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Pensaba. Era todo lo que podía hacer ahora, las opciones se le habían acabado y sus planes no salieron como lo deseó. Rachel Berry había llegado a su límite, estaba harta de lastimar a los demás. ¿Le dolía? ¿Dolía por lo que había hecho o dolía porque se lo hizo a Finn? Que más daba. Ella ya no quería, ni podía seguir junto a él fingiendo ser feliz, no con el sentimiento por Quinn. Ese sentimiento que le quemaba por dentro, hasta bien dentro de sus entrañas. Pero ahora estaba sola. No tenía a Finn. No tenía a sus amigos cerca, ni a sus padres. Sola en su habitación, tumbada en la cama de siempre, sufriendo como siempre. Hasta que sonó el timbre.

-¡Ya voy! -gritó mientras se fundía en sus pantuflas y se cubría el pijama con una bata. Bajó las escaleras de dos en dos y abrió la puerta, no tuvo de tiempo de preguntar quién era; pero cuando lo supo sintió el alma se le iba, igual que la pena.

-Quinn -fue todo lo que pudo decir antes de que sintiera que la voz se le quebraba.

-Hola, Rachel. -la hermosa voz resonó en sus oídos como un angelical canto- ¿puedo pasar?

-Cla-claro. -tartamudeó antes de abrir la puerta en su totalidad y darle el paso debido a la chica que amaba.