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La casa era hermosa, y grande. Toda decorada con perfecto cuidado, se notaba cómo cariñosas manos habían cuidado de cada uno de los rincones.

Al ingresar lo primero que veías era una pequeña mesilla trasversal, cubierta de fotos, collages y un jarrón de flores blancas pegada a la pared del pasadizo. La sala central se abría paso con un candelabro de cristal colgando del techo, tres sillones medianos combinaban con la estancia, una fogata seca reposaba bajo la televisión de plasma y puertas blancas de madera pulida estaban salpicadas por la casa. Un suave aroma a rosas la inundó y perdió la noción por un exquisito instante.

-Quinn...- salió del trance por la voz de Rachel. -Rachel, yo... -se interrumpió a ella misma al voltear y contemplar a la joven que tenía delante. Llevaba pantuflas de conejito, bata rosa de seda, trenzas maltrechas y sus ojos estaban hinchados. ¿Había estado llorando? -¿qué te ha pasado?

-¿a mí? -su rostro se transformó en una mueca de confusión y luego en el mayor sonrojo de su vida- na-nada, nada en absoluto.

-Tienes los ojos hinchados -Quinn contradijo- ¿has estado llorando?

-¡no! -ahora Rachel se mostraba alarmada.

-¿Finn te ha hecho algo? Cuéntamelo, Rachel -la voz se le dulcificó.

-Finn no me ha hecho nada... -no pudo contener más las lágrimas-... He sido yo quien lo ha herido... -dijo causando que un sollozo escapara de su boca.

Ver como las lágrimas se deslizaban de su rostro hundió la más cruel de las puñaladas en Quinn. Sentía que debía protegerla, que debía hacer algo por ella. No dudó al dar dos pasos más y acunó a Rachel entre sus delgados brazos, dándole toda la protección que podía. Sus dedos recorrieron el cabello de la morena y su boca susurraba palabras de consuelo.

Rachel, a pesar de la pena, se sorprendió. Su pequeño cuerpo se tensó frente al contacto de Quinn y sus ojos se abrieron, aún con lágrimas cayendo. Inhaló hondo y se suavizó al abrazo de la rubia. No podía parar de sollozar pero con la valentía que nunca perdió, y los sentimientos a flor de piel, se aferró a la joven y no cesó su llanto.

-Todo va bien, todo va bien -Quinn seguía susurrándole sobre el cuello a Rachel. Tenía toda esa zona con la piel erizada, frente al cálido aliento que disparaba a su corazón.

-Quinn...-comenzó, pero la otra la atajó antes de que pudiera seguir hablando. –

No tienes que decir nada, Rachel. Estoy aquí para ti. -No era totalmente consiente de lo que decía. Las palabras le salían de muy dentro, de un lugar que Quinn no conocía, que no parecía que fuera de ella. Pero a pesar de eso las sentía muy en el fondo.

-Tengo que decirlo. Lo siento mucho. -soltaba entre sollozos la más pequeña. -Lo siento, Quinn. Yo terminé con Finn.

-No tienes que sentirlo. Está todo bien -decía sin dejar de acariciarla.

-Lo siento, porque terminé con él por ti. Porque ya no le quería a él, te quería a ti, Quinn. Te quiero solo a ti. -La voz de Rachel era quebradiza pero decidida, entre sollozos su declaración resonó en los oídos de la más alta.

-Yo también te quiero solo a ti. -