-Nnnngh…
Una suave brisa acariciaba su aterciopelada piel pálida bajo aquellas sábanas que lo envolvían con calidez. ¿Ya era por la mañana?
Bostezando sonoramente se incorporó de la cama y miró hacia todas partes, ya algo, aunque todavía no podía verlo por el sueño, no encajaba.
Se acarició su pelo, de color negro, con pequeñas mechas amarillas en las puntas, mirando hacia todas partes intentando reconocer el lugar. Miró fijamente hasta el último detalle, hasta que vio el último que se le estaba escapando. A los pies de la cama, había un casco. De rayas. Que reconocería a kilómetros si fuera un ave rapaz –y sin serlo también- y que recogió con suavidad, estrechándolo entre sus brazos.
Ya había estado en este lugar, pensó para sus adentros.
El camarote de Killer, claro.
Entonces, como un martilleo en la cabeza, su resaca vino de la mano junto con todos los recuerdos de todo lo acontecido anoche. Todas aquellas caricias y todos aquellos jadeos en algún rincón oscuro de la ciudad donde habían atracado.
Oh dios, que vergüenza, pensó sonrojándose suavemente y dejando el casco sobre la cama, levantándose y dándose cuenta de que, además, estaba desnudo.
Arrugó la nariz de manera juguetona empezando a vestirse y aguantando el dolor de cabeza que se acentuaba por joder.
Pero, ¿Dónde estaba Killer?
Como si la realidad lo estuviese insultando descaradamente, se percató del ruido de la ducha. Joder, se acababa de dar cuenta. La duda lo reconcomía por dentro, no sabía qué hacer.
¿Debía esperar a que saliese y despedirse o irse sin más y punto?
No estaba familiarizado con el sexo esporádico, y menos con esos encontronazos así, en cualquier sitio, tan salvajemente…
El sólo recordarlo le estaba devolviendo las ganas de vivir y de jugar con su rubio preferido. Se golpeó mentalmente, intentando acallar esos crecientes pensamientos que tenía sobre él cuanto se sentía sólo o simplemente, se acordaba de él. ¿Por qué le tenía que pasar eso a él? No era justo, seguramente el otro estaría tan feliz por haber follado otra vez sin pensar en nada más… Maldita sea, envidiaba su despreocupación y odiaba su manera de darle vueltas a las cosas.
Céntrate, pensó, y terminó de vestirse y se puso su adorable gorro con pompón rojo sobre la cabeza, intentando escapar de allí sin hacer el mínimo ruido.
Bien, había conseguido salir del camarote, que era lo más fácil. Ahora venía la parte jodida. Salir del barco sin ser visto.
¿Y CÓMO COÑO IBA A SALIR DE UN BARCO ENEMIGO SIN SER VISTO?
"No entres en pánico, Pengüin" –Pensó para sí mismo contando las opciones que tenía para salir ileso de esa. Despacio, empezó a caminar mirando a todas direcciones, asegurándose de que nadie de la tripulación de Kid pudiera verlo.
Con el "modo sigilo" activado constantemente, preparado para partirle la cara a cualquiera que pudiera advertir de su presencia.
Antes de que pudiera reaccionar, unas fuertes manos le cogieron de la espalda y le metieron en una habitación. MIERDA, pensaba una y otra vez entrando su cabeza en pánico, intentando visualizar a su enemigo entre la penumbra para atacarlo al más mínimo movimiento.
Entonces lo vio. Un brazo que iba a cogerlo por el hombro. Sin dudarlo un instante, intentó golpearlo con todas sus fuerzas, pero su contrincante fue mucho más rápido y lo esquivó sin problemas.
Maldita sea, ¿cómo había alguien tan rápido como para esquivar eso sin inmutarse?
Hasta que cayó en la cuenta. Sí que había alguien en ese barco capaz de ser tan ágil.
Como leyendo su pensamiento, la luz de la habitación se encendió mostrando al enorme rubio que estaba de pie junto a él. Y dado que no decía ni una palabra, parecía molesto.
Intentó no mirarle a la cara porque, a pesar de que Killer llevara el casco puesto, podía notar de sobra que le estaba clavando los ojos verdes en los suyos negros. Y no de cualquier forma. Con enfado. Y enfadar a los piratas de Kid no era muy saludable.
-Killer, me has asustado –gruñó de manera infantil Pengüin, fingiendo naturalidad.
El rubio a modo de contestación lo agarró por el hombro con fuerza, dejando que el moreno soltara un pequeño quejido.
-Podrían haberse pensado que eras un polizón. ¿Qué cojones tienes en la cabeza, Pen?
Se sintió un poco culpable, dejando que la visera destapara sus ojos de la oscuridad permanente en la que se encontraba su rostro para mirarle con súplica. Pidiéndole perdón de la mejor manera que tenía.
-Esas miradas no funcionan conmigo –su voz sonaba más fría que un témpano- ¿Tanto te costaba esperarme?
Pengüin arrugó la nariz en una mueca inocente e infantil, inflando los mofletes adorablemente.
-Pero tenía hambre…
-Te he dicho que eso no funciona conmigo –pero a pesar de decirlo, no pudo evitar reír suavemente cuando el moreno gruñó a modo de protesta- Si quieres desayunar sólo dilo.
Para la sorpresa del tripulante de los Heart, Killer lo cogió del brazo para sacarle a trompicones de la habitación y tirar de él a la cocina. Vale, si lo de antes ya le estaba avergonzando, esto mucho más. Todos los piratas de Kid estaban en la cocina. Todos. Sin excepción. Y lo estaban mirando a él con infinita sorpresa. Qué ganas de que se lo tragase la tierra…
Decidió sentarse ante su enorme sonrojo, al lado de Killer, el cual le preguntaba qué le apetecía de desayunar mientras todos los demás le miraban con infinita curiosidad. Que no preguntasen, que no preguntasen, que no preguntasen…
-Comandante…no quisiéramos ser grosero, pero, ¿Qué hace aquí un pirata Heart?
Ala, ahí estaba la dichosa preguntita. Antes si quiera de poder esconderse como las tortugas, Killer había abierto la boca para contestar aún a sabiendas de que iba a matarlo por la respuesta.
-Follar conmigo. ¿Alguna duda más?
Más que asombro, los tripulantes tragaron saliva ante el tono que teñía esas simples palabras, lo suficiente como para saber que si hacían más preguntas servirían de carnaza para los reyes marinos del Grand Line.
Entre tanto, Pengüin no dejaba de darle codazos y puñetazos en el brazo, muerto de la vergüenza y sonrojado a más no poder, quejándose una y otra vez de su ínfima discreción para decir las cosas. Eso era muy íntimo para alguien como él, y que lo fueran pregonando a los cuatro vientos, sinceramente, no ayudaba.
Killer se descojonaba cuando, al ponerle el plato de tostadas frente a él, dejó de quejarse instantáneamente y se puso a comer en silencio, suavemente sonrojado pero agradecido por la comida, dado que estaba famélico.
Los rayos de sol le iluminaban su piel morena, obligándole a regañadientes a abrir los ojos con profunda pereza. Bien, tenía dos molestias.
La primera era la luz de la mañana, y la segunda, que estaba sólo en la cama. Como siempre.
Se sentía idiota, ¿Por qué esta vez iba a ser distinta?
Realmente molesto, se levantó de la cama en silencio y comenzó a vestirse, con un silencio sepulcral que hacía que todas las ganas de sus tripulantes de saludarle se desvanecieran al instante.
Dejándose prácticamente arrastrar por sus pies a la cocina, cogió una manzana y la devoró en cuestión de visto y no visto, lanzando el corazón a la papelera en lugar de dárselo a Bepo, el cual le miraba disgustado.
Salió a cubierta sin decir nada a nadie y respiró profundamente la dulce y suave brisa del mar que acariciaba su piel y su pelo, revolviéndolo suavemente, en un intento de desperezarle y dejar la mente en blanco.
Por qué…
Por qué…
No encontraba ninguna respuesta a esa pregunta. No tenía.
Sólo sabía que todas las noches con el pelirrojo para él eran las mejores de su vida.
Pero el día siguiente al despertar estaba profundamente sólo.
No era solo el hecho de estar solo durmiendo en la cama. Era el hecho de que Kid no se quería quedar con él. Como si todo lo que había sucedido entre las cuatro paredes de sus dormitorios no significara nada.
Absolutamente nada.
Y eso le hacía sentir de mil maneras distintas.
Realmente sabía que siempre iba a pasar lo mismo. ¿Para qué iba a engañarse?
Eso era lo que eran. Punto. No había otra manera de mirarlo.
Seguramente él estuviera con su tripulación hablando de cualquier cosa despreocupadamente y él…
¿Por qué tenía que ser él el que pensara en todas esas gilipolleces?
¿Por qué tenía que sufrir él la ausencia del calor de su cama por las mañanas?
Sabía que podía tener a quien le apeteciese en la cama. Que con unas miradas y cuatro palabras dichas en el tono adecuado podría conquistar hasta a la persona más fría de los siete mares.
Pero algo le sucedía, y era que desde que había probado los duros labios de Eustass Kid no le apetecía buscar otros. Los suyos eran realmente únicos. Con su tacto duro, robusto, con un ligero sabor al alcohol que solía beber. Unos labios que derretían hasta el hielo.
Aunque fuera a muchas tabernas, a muchas islas, vivieran miles de aventuras lejos, sólo quedaba en su memoria los suyos.
No era porque no lo hubiera intentado. El simplemente olvidarse de él y jugar a su mismo juego, a meter en la cama a quien fuera cuando le apeteciese aunque fuera por aburrimiento.
Pero no lo conseguía. Algo se lo impedía.
Y es que él no quería los labios de cualquier fulana de cualquier calle en algún rincón perdido de una ciudad en alguna isla lejana. Quería los suyos. Anhelaba los suyos. Deseaba los suyos.
Estaba llegando hasta un punto en el que ni él mismo se podía reconocer.
Porque Trafalgar Law nunca había pasado por algo así, y no comprendía que alguien pudiera tener un efecto tan potente sobre el cuerpo de otra persona.
La gente podría llamarlo de mil maneras. Él solamente quería creer en una. Destino. El destino que siempre acababa por unirlos de nuevo, en alguna parte del mundo. El que escuchaba sus ruegos silenciosos y le permitía, aunque fuera por una noche, volver a sentir el tacto de aquella piel porcelánica. Esa piel pálida que hacía tan perfecto contraste con la suya tostada. Esa piel que, al contacto con la suya, provocaban fuego.
Fuego que ardía en su interior, fuego que incineraba sus entrañas y que le dejaba, como siempre, ahí sólo, mirando al mar. Contemplando la infinidad del cielo y el océano unirse eternamente.
Soltó un largo suspiro y se frotó los ojos, intentando dejar de pensar en él. Desde luego, jamás aceptaría todo aquello en público, y mucho menos en alto, porque las paredes tienen oídos y no le interesaba en absoluto que en su submarino se supiese que Trafalgar Law tenía una parte delicada por dentro.
Él era el cirujano de la muerte, que diantres.
Así que con ese pensamiento saltó por la borda cayendo grácilmente sobre la arena de aquella playa de suaves tonalidades y arena fina, fijando la vista en aquellas infames escaleras de piedra que llevaban al interior de la ciudad.
-Capitán~
Oyó que le llamaban con un tono extrañamente familiar.
Giró la cabeza y pudo divisar a lo lejos a un ya conocido Pengüin saludándole desde la distancia con el brazo alzado y ondeándolo para llamar su atención. Le miró con indiferencia viendo cómo se acercaba a él a grandes zancadas.
-¿De dónde vienes?
Vaya, como no. En un principio Pengüin había pensado en mil y una excusas para soltarle a Law y así evitarse el refriego de tener que contarle todo lo que había pasado con él y Killer aquella noche. Para empezar porque si lo hacía le mataría, y segundo por no haber avisado de que se iba. Y como era predecible, era imposible engañar a su capitán. Así que todo se resumía en algo muy sencillo.
Estaba jodido.
-Yo…bueno, he madrugado para dar un paseo por la playa y venía ahora… -se rascó la nuca nervioso, rezando a todos sus santos para que aquello colase. Pero los ojos grises del moreno le escrutaban sin desviar la mirada ni un solo milímetro, poniéndole hasta nervioso. Como siguiera así se iba a delatar él solito e intentó mantener la calma en todo momento.
Para la sorpresa del subordinado, el joven capitán se limitó a desviar la mirada segundos después y empezar a caminar hacia el interior de aquella sinuosa y turística ciudad.
-C-Capitán, ¡Espere! – corrió tras él, soltando un disimulado suspiro de alivio al ver que Law había decidido ser piadoso. Porque colar no había colado ni de coña, eso seguro.
Así se adentraron más y más, pasando por las calles principales, que a esas horas de medio día estaban abarrotadas de gente. Muchas mujeres con sus pequeños, caminando alegremente de la mano y hablando de cualquier cosa mundana. Los tenderos promocionando a voz alzada todos sus productos para convencerte de que te quedaras a probar la comida.
Algo en el moreno le hacía relajarse ante un ambiente tan poco hostil, un ambiente en el que todo parecía estar en eterna calma.
Unos gritos alteraron la deliciosa paz de una de las tiendas.
-¡CAMARERO, MÁS COMIDA!
El camarero se rascó la nuca nervioso intentando explicarle por octava vez al joven pirata que estaban haciendo lo que podían, que había tragado hasta lo que tenían en el almacén y que por favor, fuera paciente y esperara a que terminaran de cocinar.
A lo que Luffy hinchó los mofletes y se cruzó de brazos, esperando a que le trajeran más con el ceño graciosamente fruncido.
El ruido de la puerta hizo que algunos clientes se giraran para mirar, asustados, al imponente hombre que entraba con su séquito tras él, amenazador y temerario.
El que parecía el más fuerte de ellos se sentó al lado de Luffy sin dudarlo, mirándole primero a él y luego a sus platos vacíos, estirando la mano para ver la carta con cara aburrida.
-¿Hay algo aquí de comer que no sepa a bazofia?
-Hola Kid, shishishi~-el moreno sonrió de oreja a oreja al verle, mientras que Killer, a su lado, empezó a reprocharle por tan basto comportamiento y por su malísima educación.
-Sí, sí, hola a ti también –lanzó una mirada más que amenazadora al que parecía el camarero- ¿Es que no me has oído, escoria? Tengo hambre. Así que sírveme algo que esté en condiciones o te lo haré tragar junto con tus dientes.
Asustado, el susodicho entró a trompicones a la cocina metiendo prisa a las cocineras, igual de asustadas que él. Porque hacía ya tiempo que no se veía en la misma isla a tan altas recompensas juntas.
El ruido de la puerta volvió a resonar, haciendo que Luffy se volviera a girar para ver quien llegaba. Kid simplemente ni se dignó a hacerlo.
Dejando la nodachi sobre la barra, Law se sentó junto con Luffy con una minúscula sonrisa torcida, mirándole de reojo.
-¿Ya has dejado sin existencias a los cocineros, Mugiwara-ya?
-¡No es mi culpa! –se limitó a defenderse en vano- ¡Es que no tenían comida suficiente! ¡Deberían comprar más!
-Verás, Mugiwara-ya, no siempre llega alguien como tú a un restaurante. Sueles ser su ruina.
El menor desvió la mirada hacia otro lado poniendo una carantoña mucho más infantil que antes, provocando que el mayor de todos simplemente sonriera de lado al verle.
Muy acelerado, el camarero volvió a hacer acto de presencia cargado de platos, dejando dos de los mejores de la casa para el pelirrojo y varios más para la máquina tragona, la cual nada más ver la comida sintió que su disgusto se esfumaba de golpe y se zampó lo que había en un visto y no visto.
Con sus escasos modales el pelirrojo le siguió, y Law no pudo más que mirarles comer, mientras Pengüin intentaba controlarse al sentir que alguien lo estaba mirando.
¿Quién si no?
Tras una buena comida gracias al tabernero, que Luffy les dejara sin provisiones, que Kid se cagara en todos los muertos de algunos un par de veces e intentara matar a alguien, pareció que todo volvía a su caudal.
Había que aprovechar que ahora estaban los tres juntos.
Killer fue el primero en carraspear, mirando a Luffy a través de su capitán, que estaba molestamente en medio y le tapaba la visión.
-Bien, ahora estamos solos. Creo que es un buen momento para discutir el motivo de nuestra llegada.
A lo que al oírlo el mayor intentó no burlarse de ellos y Luffy simplemente sonrió con amabilidad, algo tan natural en él que no se hacía notar tanto como en otras personas.
-Es verdad, al final ayer nos liamos con la fiesta y se nos fue de las manos, shishishi~ -el menor se acomodó sobre la cabeza su sombrero de paja, quedando sus ojos misteriosamente tapados por la penumbra que este le proporcionaba.
Y el silencio se hizo.
Un silencio tenso, que prácticamente se podía masticar y tragar.
Law adoptó su postura cómoda e indiferente de nuevo, pero eso no significaba que le importara poco. Es más, por dentro ardía en deseo de saber a qué tanto secretismo. Aunque ya había oído algo no se lo había creído, y sólo se lo iba a creer cuando su aliado lo dijera de sus propios labios. Por el otro lado de la moneda, Kid y Killer estaban impacientes, mirando a sombrero de paja esperando a que hablase de una puta vez.
Para su sorpresa volvió a alzar su sombrero.
Sólo un poco.
Lo justo para que sus ojos pudiesen iluminarse de nuevo con la luz del local y cobrar un misterioso brillo. Una especie de pulso, que dejó a todos los presentes que no fueran ellos totalmente inconscientes.
Los que estaban sentados en las mesas cayeron sobre ésta y sobre los platos de comida. Se podía oír como dentro de la cocina las cocineras habían dejado de trabajar debido a lo que acababa de suceder.
"El haki del conquistador" pensó Kid mirándole y tensándose simultáneamente. Eso quería decir que lo que iban a hablar allí, en ese preciso instante, era totalmente clasificado y que nadie podía enterarse de esa conversación sin acabar muerto.
Ahora, el pequeño capitán sonrió con su mueca despreocupada, como el que dice que se ha ido a comprar el pan.
-Creo que he encontrado donde se encuentra el One Piece.
La mandíbula de Kid pareció desencajarse de su sitio, porque tenía la boca tan abierta que parecía que se le iba a caer al suelo. Killer hasta había dado un salto en su taburete y se había quedado agarrado a la barra. Aunque no se le veía la cara se podía sobrentender la cara de asombro que esta tenía.
Por el otro lado, Law simplemente amplió su sonrisa. Así que era cierto. Ya habían puesto lugar al tesoro más famoso del mundo. Una ubicación exacta. Donde Gol D Roger escondió toda su fortuna y empujó a crear una nueva era de piratas en busca de tal aventura.
Un tembloroso Pengüin miró a su capitán y luego a Killer. Más que asombrado, parecía preocupado. ¿Era eso posible? ¿El One Piece? ¿Aquello que le había guiado hasta los confines del mundo y le había llevado hasta miles de lugares diferentes?
Y a personas diferentes, pensó. Si nunca hubiera embarcado en ese submarino en la búsqueda del mayor tesoro de los tiempos, nunca hubiera conocido a Killer.
Y el hecho de encontrarla…les acercaba al final de sus historias.
Luffy estalló en carcajadas.
-¿Qué os pasa? ¡Vaya caras tenéis todos! Shishishishishi~
-GILIPOLLAS CALLA. ¿Me estás diciendo…que sabes dónde está el tesoro de Gol D Roger?
El moreno asintió al instante.
-El One Piece…
Continuará
