Colecta
El ambiente huele a muerte. Ese aroma metálico, el de la sangre, le causa melancolía.
Mike asiente una vez más, lamentando la muerte de tantos buenos soldados.
A unos metros, nota a Petra y Rose paradas ante una carreta cargada de cuerpos.
Han logrado liberar ese pueblo, de modo que no pueden dejar los cadáveres ahí. Necesitan llevarlos a buena distancia y quemarlos.
—¿Qué sucede? —pregunta Mike, acercándose a las muchachas, que parecen complicadas. Quizá temen que la carreta no soporte el peso.
—Señor… —susurra Rose.
Mike siente un fuerte aroma a sudor despidiendo de las axilas de la joven.
—¿Pasa algo? —insiste Mike, reparando en que la carreta está llena pero nadie planea poner más cuerpos ahí.
—Señor… —Petra señala con la mano, su dedo tiembla.
Mike ajusta su vista, entrecierra los ojos y los ve. Entre un par de brazos, un torso y dos cuerpos apilados uno sobre el otro. Ocultos entre las sombras creadas por la composición.
—¿De quién son…? —susurra Petra.
Mike tiene el hábito de cerrarle los ojos a los muertos que encuentra. Nanaba le contó que era una tradición que conservaban en su familia: de ese modo evitas que los cuerpos sean poseídos.
Ahora que lo piensa, Mike cree que hubiera sido útil haberle preguntado a Nanaba qué cosas podrían querer poseer un cuerpo.
Se acerca a la carreta, tomando nota para recordar su curiosidad cuando la vuelva a ver.
Se inclina y observa un poco más.
Entonces tiene la certeza de que ya se ha respondido la pregunta.
Regresa hacia Rose y Petra.
No lo mencionan durante el camino, tampoco a los demás.
El movimiento de la carreta sobre el suelo salvaje, mueve los cuerpos. A veces los cubren. Otras los descubren. Pero ocultos entre las sombras, es difícil saber a qué pertenecen.
Que no es humano ni pertenecen a uno de los cuerpos, es un hecho.
La última vez que los ven, es cuando arrojan los restos a la pira.
Las cuencas blancas, los irises negros, les miran hasta que el fuego se hace tan intenso que el humo lo cubre todo.
En las cenizas de la mañana, solo descubren unos ojos torpemente dibujados en el suelo, como si los hubiera hecho una mano infantil.
