Roommate


Levi está acostumbrado. No es que nunca les hubiera tenido miedo. Simplemente, es una cosa o la otra.

Y ellos no le van a ganar.

No importa que tengan los ojos en forma vertical ni que sus dientes sean puntiagudos o sus caras sean de paja o que simplemente no tenga cara.

Levi está acostumbrado. Por eso, cuando abre ese viejo armario abandonado por siglos o entra a ese sótano oscuro, está preparado.

Si ellos pueden atacarle, entonces significa que él puede responderles.

Casi siempre un escobazo es suficiente.

Además, suelen ser enemigos de lo limpio y luminoso, de modo que luego de que ha pasado por ahí, no suelen aparecer de nuevo.

Esa es una razón buena para ser tan limpio, piensa. Aunque no la única y ni siquiera una razón para él.

Pero por donde pasan su mopa y estropajo, ellos ya no vuelven.

Lamentablemente, no es lo mismo en otras partes ni con otros.

Como con Rozencrast. El muchacho vive aterrado de esa cosa que vive bajo su cama, culpable de las ralladuras al cuero de sus botas. No es como si se lo hubiera dicho a alguien en serio, pero Levi lo ha atrapado mirando horrorizado bajo su cama y hasta su baúl.

Pero no es culpa de "eso", esta vez es culpa de Rozencrast.

Levi se lo ha dicho tantas veces: "limpia tu muladar, soldado".

A lo que Rozencrast replica, a sus espaldas e indignado, que tiene cosas más serias de las que preocuparse que de barrer su lado de la habitación.

Levi se encoge de hombros. Él no es el que va a dormir mal en las noches.