Brazos
Cuando has enfrentado gigantes, el espacio para lo imposible se ha hecho grande en tu cabeza.
Erwin se lo ha repetido una y otra vez a través de los años.
Esta vez los hace con lentitud, mientras su vista periférica observa aquellos brazos humanos estirándose como serpientes entre los árboles.
Su caballo se detiene de pronto.
Erwin mira a su derecha e izquierda. Incluso si ellos lo ven, no parece que vayan a decir nada. Están cansados, están llorando a sus muertos. Si eso no los va a atacar, entonces no se van a molestar en reflexionar ni cuestionar sobre su naturaleza o existencia.
Eso. Ese brazo largo y delicado, tendido a lo largo, interrumpiendo el paso de su tropa, como una línea divisoria. Dedos tan largos como la extremidad a la que se sostienen, unos cien metros hasta perderse en el bosque, cosquillean el aire.
—Vamos por este lado —ordena Erwin, desviando al grupo veinte metros a la izquierda.
Los caballos se agitan cuando la mano se abalanza, los dedos se estiran, pero incluso ese tipo de brazo parece tener un límite y regresa al bosque como un elástico estirado.
El resto del camino lo hacen a galope y en silencio.
