Erwin Smith estaba orgulloso de ser considerado un hombre frío y calculador. La gente sabía que todas sus decisiones se basaban en lo que sería lo mejor para todos, aun si eso implicaba hacer sacrificios importantes. Esta frialdad, era precisamente la razón por la que había llegado a ser Capitán de casos especiales en la policía. Era un hombre respetable y admirable a quien todos conocían. No se dejaba intimidar por nada ni por nadie y no dejaba que la situación lo controlara.

Precisamente fue por esto que muchos observaron con asombro, como ese hombre tan tranquilo y frío ante cualquier situación, salió corriendo de la Estación de Policías con rumbo desconocido durante horas de trabajo. Si bien nadie objetó nada, la curiosidad rondaba en todos los presentes.

Erwin corría por los largos pasillos del lugar que le resultaba familiar. Blancas paredes y un fuerte aroma a desinfectante llenaban sus sentidos. Las visitas al hospital eran normales cuando se era el encargado de hombres y mujeres que no dudaban en dar sus vidas por sus trabajos. Estaba familiarizado con la sensación abrumadora que lo golpeaba nada más entrar. Pero jamás se esperó estar en ese lugar por algo como lo que ahora estaba ocurriendo, no de nuevo.

Él había luchado duro en su vida para lograr ser alguien importante. Luchaba por sus ideales de un mundo mejor, aunque muchos lo acusaran de tonto y soñador. Cuando había entrado en la policía, a sus diecinueve años, se había sentido orgulloso de ser capaz de haber logrado dar el primer paso para alcanzar sus objetivos.

Recordaba con dicha como poco tiempo atrás había desposado al hombre del cual se había enamorado y como había recibido con agrado la noticia de que pronto sería padre. Sin embargo, la tragedia golpeo a su vida arrebatándoles el pequeño ser que aún se estaba formando. Rivaille (su esposo) y él habían logrado superar a base de esfuerzo y perseverancia esa perdida. Había sido duro, pero lo habían logrado. Sin embargo la cicatriz seguía ahí.

Ahora, que creía que podría continuar con su vida normalmente, la tragedia lo golpea una segunda vez.

El rubio capitán se encontraba en su oficina leyendo informes sobre la operación organizada para combatir a un grupo de delincuentes dedicados al secuestro y crimen organizado cuando se vio distraído por el pitido del teléfono.

Aun con la mirada en los documentos, Erwin levantó el teléfono contestando con voz firme.

Capitán Smith

Erwin… — La voz del otro lado del teléfono le hizo sonreír instantáneamente.

Rivaille, que sorpresa que me llamas ¿A caso me extrañabas? — Erwin espero escuchar algún indicio de molestia de parte de su esposo.

Sabía lo fácil que era molestar al pelinegro e incluso tenía que admitir que a veces disfrutaba haciéndolo. Sin embargo, el silencio del otro lado de la línea le hizo apartar los ojos de los papeles que sostenía y centrar su atención totalmente a la llamada. Si bien Rivaille no era una persona muy habladora, el silencio de su esposo le hizo sentir incómodo y lo puso alerta.

¿Rivaille? ¿Todo está bien? — El silencio continúo y Erwin se comenzó a desesperar cada vez más — Rivaille…

Llamarón del hospital — El rubio se tensó. El agarre en el teléfono se intensifico hasta el punto donde sus nudillos se pusieron blancos. —Rose tuvo un accidente.

Erwin se encontraba sentado en la sala de espera. Su rostro escondido entre sus manos y los ojos fuertemente cerrados. No podía creer lo que estaba pasando.

Rose era su hermana menor, esa que le había dado la fuerza para seguir su camino. Hermosos ojos azules y largo cabello rubio. Era como una briza en verano, que te refresca hasta en el más caluroso de los días. A pesar de ser menor, se había casado mucho antes que Erwin; mucho más joven también. Armand Arlet era el nombre del hombre. Amable y bondadoso, le había demostrado al mayor de los hermanos que era digno de sostener la mano de la dulce Rose.

Se suponía que la pareja visitaría a Erwin y Rivaille para el cumpleaños del rubio. Se suponía que llegarían esa misma tarde. Se suponía que estarían a salvo. La preocupación del Capitán creció al saber que no habían ido solos, si no que su pequeño de apenas cuatro años recién cumplidos los acompañaba. Armin, recordaba que se llamaba el niño. Lo habría visto una o dos veces cuando sólo era un bebé.

Los pasos por el corredor se le hacían distantes, las voces a su alrededor no le importaban en lo más absoluto. Solo quería saber cómo estaba su hermana. Los minutos pasaron antes de sentir una mano acomodándose en su hombro. Erwin levantó la mirada, reconociendo esa mano enseguida.

—Rivaille... — El pelinegro se encontraba parado a un lado de él, con la mirada tan seria como siempre y un rostro casi inexpresivo. Sin embargo en sus ojos, el rubio pudo distinguir un brillo de preocupación particular.

— Vine en cuanto pude, lamento haber tardado tanto — Rivaille tomó asiento a un lado de su esposo y sujetó su mano — ¿Cómo están?

Erwin se talló los ojos con pesadez. Las cosas estaban bastante mal ya, las enfermeras no habían dicho nada del estado de su hermana aún, pero sabía que su cuñado no había sobrevivido al accidente.

— Armand murió en el lugar y aún no sé mucho de Rose — Rivaille asintió en respuesta. Nunca había sido muy bueno con las palabras y era algo que Erwin sabía. Para él, el hecho de que su esposo estuviera ahí era más que suficiente. — Gracias al cielo el pequeño está bien. Algunos rasguños, pero al parecer, el golpe lo recibió totalmente la parte delantera del auto.

Erwin había escuchado que el accidente había sido ocasionado por un auto cruzando la luz rojo. No sabía muchos detalles, pero la policía de tránsito se había encargado de eso.

Los minutos siguieron pasando como si fueran horas. Rivaille no se había separado de Erwin, aún con sus manos entrelazadas en señal de apoyo. Rivaille era realista, sabía que ninguna palabra de aliento que dijera cambiaría la realidad. Armand estaba muerto y el estado de Rose era incierto. Tal vez era cruel, pero la vida le había enseñado a que ninguna oración o plegaria desesperada cambiaría el hecho de que el mundo seguía girando.

De un momento a otro, como salido de la nada, un doctor se acercó a la pareja que esperaba sentada por noticias.

— ¿Ustedes son parientes de la señora Arlet? — Preguntó el hombre en bata blanca. Erwin enseguida se levantó de su asiento y asintió. Después de tanto tiempo de estar en silencio, la voz no le salía. — Hemos hecho lo que hemos podido, pero su cuerpo se encuentra muy débil y sus heridas no están sanando como deberían. Esta noche es crítica para ella.

El rubio contuvo el aliento unos momentos, procesando lo que el facultativo le decía. Ahí estaba él, el respetado Capitán de las fuerzas especiales de la policía, conocido por su frialdad al momento de hacer las cosas y su gran cualidad de mantenerse sereno en cualquier situación. Ahora no sabía qué hacer. Creyó que el haber vivido una situación similar meses atrás le haría inmune al dolor. Pero esta nueva realidad lo superaba totalmente.

— Tal vez deba estar a su lado — La sugerencia del doctor paso desapercibida por los oídos de Erwin, hasta que un ligero apretón en su mano lo trajo de regreso a la realidad. No se había dado cuenta de que Rivaille aún tenía sus manos entrelazadas.

— Deberías de ir — Le susurro con la voz tan monótona como siempre. Erwin solo asintió antes de seguir al doctor al área de cuidados intensivos donde su hermana se encontraba.

Al final su hermana había terminado falleciendo esa noche. Apenas y había tenido tiempo de entrar a la habitación y sostener su mano llena de heridas antes de que los aparatos a los que estaba conectada comenzaran a volverse locos.

El funeral fue rápido y sencillo. Dos ataúdes negros situados uno al lado del otro, familia llorando la muerte de sus seres queridos, algunos lamentándose por el pequeño que se encontraba sentado en las piernas de su abuelo paterno, aún sin entender nada de lo que ocurría.

Erwin se encontraba parado a un lado del ataúd de su hermana, Rivaille unos metros atrás de él, apoyado en la pared y dándole el espacio que sabía que el rubio necesitaba.

Después del funeral, el tiempo pasó más rápido. Y pronto se cumplió un mes de todos los sucesos. Erwin había regresado al trabajo como era su costumbre y trataba de mantener la mente ocupada en sus deberes y su esposo. Sumergirse en la depresión no era el tipo de futuro que su hermana hubiera deseado para él.

Un día, sin embargo, mientras miraba un álbum familiar que había encontrado entre las pertenencias que le habían sido regresadas de su hermana, se dio cuenta de que había dejado completamente olvidado al pequeño niño que acababa de perder a sus padres. Armin, rubio y de ojos azules como Rose, lucia siempre contento en cada una de las fotos que pasaba. Totalmente diferente al pequeño niño asustado sentado en el regazo de su abuelo el día del funeral.

La culpa invadió a Erwin y decidió ir a visitar al pequeño. Después de todo, era su sobrino y si necesitaba alguna clase de ayuda, él se la daría. Rivaille había apoyado la idea de Erwin, pero había preferido quedarse en casa en lugar de acompañarlo. Era un momento que debía compartir sólo con el pequeño y no se sentía muy cómodo con niños de todas formas.

El rubio llegó a la pequeña casa donde vivían los abuelos de Armin. En la fachada, sentado en una esquina y totalmente solo, se encontraba el pequeño rubio sosteniendo entre sus manos un libro un poco grande para un niño como él. Erwin sonrió al pequeño cuando se acercó, pero en cambio, el niño centro toda su atención en el libro abierto, como si realmente pudiera leerlo.

— Buenas tardes — Saludó amablemente al abuelo de Armin, que salió de la casa al escuchar el auto estacionarse en la cochera.

— Buenas tardes, usted debe ser el hermano de Rose. — El hombre mayor, con el cabello canoso y los ojos cansados por la edad, invitó a Erwin a tomar una taza de té con él y su esposa.

Platicaron un poco, y el señor Arlet le comentó lo retraído que se había vuelto Armin después de lo de sus padres. No hablaba mucho y no se despegaba de ese grueso libro que cargaba a todos lados. Erwin escucho atento a todo lo que se le platicaba, curioso de saber cómo el pequeño Armin estaba llevando la pérdida de sus padres.

— ¿Puedo platicar con él? — Erwin preguntó, mirando por la ventana donde se podía observar a Armin, aún sentado, aún con el libro abierto y aún ajeno a lo que ocurría a su alrededor.

— Claro, si es que le responde.

Erwin asintió con la cabeza y salió hacia el pórtico. Armin ni siquiera levantó la vista de su libro cuando Erwin se sentó a su lado. Un silencio un poco incómodo se entablo entre ambos, o por lo menos eso le pareció al mayor. Erwin podía jactarse de tener una mayor habilidad para socializar con la gente de la que Rivaille tenía, pero en lo que respectaba a niños, se sentía igual o incluso más perdido que su esposo.

— ¿Usted es mi tío? — La pregunta tomó por sorpresa a Erwin ¿No era un poco demasiado formal ese niño para tener cuatro años? Erwin titubeó antes de contestar, aún cuando no era para nada algo común en él.

— Sí, soy tu tío, Erwin Smith — Armin observó detenidamente al hombre sentado junto a él y después desvió nuevamente la mirada al libro. Para sorpresa de Erwin, Armin volvió a hablar.

— Mamá estaba feliz porque lo veríamos pronto. — Erwin volteó la vista hacia Armin, que no separaba su mirada del libro — Ella siempre hablaba de usted, ella lo quería mucho.

Erwin no pudo evitar sonreír, él también quería mucho a Rose. Era su hermana menor, después de todo. El mayor miró detenidamente al niño. Sus cabellos lacios y rubios caían por su cara como pequeñas cascadas de oro, y sus ojos azules estaban húmedos por lágrimas contenidas. Armin definitivamente se parecía a Rose. Sin pensarlo dos veces, Erwin pasó un brazo por los pequeños hombros del niño y lo acerco a él de manera protectora.

— ¿La extrañas? Porque yo la extraño mucho. — En ese momento Armin apartó la vista del libro, con los ojos llorosos, incapaz de contener más las lágrimas.

— Yo…yo la extraño… — A Erwin se le rompió el corazón al ver al pequeño niño aferrándose a su camisa y comenzando a llorar.

Entonces se dio cuenta de que era tan pequeño y estaba tan solo en ese mundo.

Los gemidos inundaban la habitación, la ropa ya se encontraba tirada por todos lados sin ningún orden. Erwin sabía que Rivaille lo regañaría por dejar el lugar hecho un caos el día siguiente, pero eso no importaba en se momento. Lo que importaba eran las manos que se deslizaban traviesas por el cuerpo ajeno, la boca que saboreaba el sabor de la piel ardiendo por el deseo, los miembros excitados que se rosaban entre ellos con desesperación.

Para Rivaille, era la noche perfecta para hacer sus cuerpos uno solo, para sentir a Erwin dentro de él, destrozándolo y haciéndole sentir el placer más grande de su vida.

Para Erwin, era la noche perfecta para tratar asuntos más importantes.

— Ah… Erwin…— Lo gemidos escapaban de la boca del pelinegro sin control alguno. El rubio sabía como volverlo loco.

— Rivaille…— Erwin besaba el cuello de su esposo con ansias. Tal vez ese era el momento adecuado para decir lo que quería decir — Rivaille… quiero adoptar a Armin.

Entonces, la temperatura de la habitación paso de un calor sofocante hasta un frío que dejaría en vergüenza al polo norte. Sin decir palabra alguna, Rivaille se separó de Erwin y comenzó a juntar su ropa del suelo.

— ¿Rivaille?

— No

— Pero…

— No

— ¡Al menos escucha mis razones! — Erwin sabía que la idea no le haría gracia a Rivaille, y que convencerlo sería trabajo difícil si no era que imposible, pero no quería darse por vencido tan fácilmente. —Los abuelos de Armin son ya mayores, no podrán con la responsabilidad de un niño ellos solos.

— Y por supuesto nosotros si podemos cuidar de un niño de tres años — Dijo Rivaille con sarcasmo.

— Cuatro, de hecho— Corrigió Erwin — Pero ese no es el punto. Rivaille, podemos criarlo entre los dos. Tal vez yo no esté muy seguido por el trabajo, pero tú estás aquí y…

— ¿¡Insinúas que aparte de adoptarlo, quieres que YO sea quien se haga cargo de él!?

"Ok" Erwin pensó "Mala elección de palabras"

— Rivaille —Erwin se tranquilizó y comenzó a pensar con la cabeza fría, de verdad quería adoptar a Armin e intentar darle el hogar que había perdido — Después de lo que ocurrió con el bebé ya no intentamos tener hijos — Rivaille se tensó ante las palabras de Erwin.

— No te atrevas a mencionar eso…

— Podemos intentar tener una familia sin arriesgarte…

— ¡Cállate! — El pelinegro se dirigió a la puerta dispuesto a largarse lo más lejos que pudiera de Erwin, pero la mano del rubio lo alcanzó antes y lo jaló en un abrazo.

— Sé que aún te duele, pero debemos seguir adelante— Erwin podía sentir la respiración acelerada de su esposo. Sabía que tal vez era una táctica sucia a utilizar, pero también sabía que no estaba mintiendo, y que lo que diría era porque realmente lo sentía — A él le arrebataron a sus padres, y a nosotros nos quitaron a nuestro hijo. Los tres estamos rotos de alguna manera.

La respiración de Rivaille se comenzó a tranquilizar. A pesar de que le estaba dando la espalda, Erwin sabía que su expresión en ese momento sería de dolor al recordar el pasado. El pelinegro era un hombre que no se ataba a hechos ocurridos anteriormente. Para el pequeño hombre vivir en el pasado era una pérdida de tiempo. No se ataba a eventos, lugares, cosas, nombres. Nada que pudiera distraerlo del presente.

Pero incluso él tenía sus debilidades, y la pérdida del bebé era una de esas.

— Podemos tener una familia los tres juntos. Tú, Armin y yo — Erwin susurro a su oído, provocando un pequeño escalofrió al más bajito.

— Mi respuesta sigue siendo no.

Rivaille no entendía. De verdad que no comprendía como demonios había terminado ahí. Sentado, enfrente de un juez, con ganas de correr a esconderse y con Erwin sonriendo felizmente como si fuera el día más feliz de su vida. Era la misma situación del día de su boda, la única diferencia era que al salir del lugar, en vez de aventarles arroz, les darían un niño de cuatro años.

Maldecía internamente la maldita habilidad que tenía Erwin de convencer a la gente. Es que no era humano. Era un jodido demonio. Debió de haber sabido que su respuesta de "Si consigues que los abuelos te den la custodia lo pensare" era demasiado suave. Por supuesto que el maldito consiguió la custodia de parte de los abuelos. Era un jodido muñeco Kent en tamaño real. Era perfecto y le daría confianza hasta al más paranoico del mundo. Era obvio que le darían la custodia. Debió de haberse negado desde el principio.

"¿¡Pero qué demonios!?¡Por supuesto que me negué desde el principio!"

Solo que Erwin era un jodido manipulador que había utilizado su punto débil en su contra. Lo había manipulado para que a aceptara a ese niño en su casa. Maldición, un mocoso de cuatro años. Sucio, con tierra por todos lados, dejando manchas por donde pase, con la cara sucia y las manos llenas de gérmenes, hiperactivo, molesto, con piojos y mocos y enfermedades y…¡Necesitaba salir de ahí! Ese hijo de la gran puta de Erwin no lo obligaría a firmar, no señor. Ya una vez había firmado y debía admitir que había sido por amor. Ahora no había amor ni nada, lo estaban obligando.

Y hablando de obligar, Rivaille se preguntó dónde estaba el dichoso niño. Ya lo había visto antes en el funeral de Rose y su esposo, había estado muy tranquilo y lo había atribuido a que los ánimos habían estado bajos para todos. No había forma de que un niño de cuatro años fuera tan tranquilo.

Lo busco con la mirada por la sala y lo encontró sentado solo, sobre el sillón del despacho del juez, con una mochila en los hombros y un libro bastante grueso en las manos. Demasiado tranquilo. Rivaille se preguntaba cuanto tiempo le duraba la tranquilidad. Lo observó unos momentos más hasta que sus miradas se cruzaron.

Por alguna razón que Rivaille no alcanzó a comprender, el niño apartó la mirada como si los ojos del pelinegro quemasen. El hombre solo alzó una ceja con confusión. Que niño más raro. Claro que Rivaille no sabía que con el ceño fruncido y mirada de querer cometer homicidio, lo único que había logrado había sido asustar al pobre Armin.

— Es su turno de firmar — La voz del juez dirigiéndose a él lo sacó de sus pensamientos. Rivaille miro la pluma que el sujeto con barba le ofrecía. Desvió la mirada indignado, dispuesto a no firmar el acta de adopción.

— Rivaille, ya habíamos hablado de esto — Erwin lo miraba con esa mirada que daba a entender que no quería volver a discutir algún asunto importante. Esa mirada podría con cualquiera, menos con su necio esposo. El pelinegro le sostuvo la mirada por varios minutos, ambos sumergidos en una especie de batalla silenciosa.

Después de un rato sosteniéndole la mirada, Rivaille frunció el ceño y con molestia tomó la pluma que aún le ofrecía el juez y firmó el condenado papel mientras que Erwin sonreía más feliz que nunca.

— La próxima cosa que firme será el divorcio — Le susurró Rivaille con resentimiento.

— Pro supuesto, amor — Le respondió Erwin demasiado acostumbrado a los comentarios de Rivaille como para tomarle verdadera importancia.

— Muy bien — El juez habló nuevamente — Ahora oficialmente, ustedes dos son los tutores legales de Armin Arlet.