Muchísimas gracias por todos los reviews! Kariy y yo (Curlies) queremos agradecerles a todos su apoyo! ;u;
-.-
Rivaille estaba sentado con las piernas cruzadas en el sillón de la sala en el departamento que compartía con Erwin, y que ahora sería el hogar de Armin. Mientras tanto, el niño se encontraba sentado en otro sillón frente a Rivaille, mirándolo con algo de temor. Ninguno de los dos decía nada. Rivaille estaba demasiado molesto como para hablar, y sabía que si lo hacía podría decir alguna cosa de la que después se arrepentiría.
— Muy bien Armin, tus cosas están ya ubicadas en la habitación. — Informó Erwin con una sonrisa en el rostro. Rivaille frunció más el ceño con esto. Que ganas de quitarle esa sonrisa del rostro a golpes.
El pelinegro se levantó de su asiento dispuesto a irse a su habitación y encerrarse ahí toda la vida si era posible. Aún no estaba del todo convencido con la situación. Pensaba que Erwin se había dejado llevar demasiado. No entendía la necesidad tan grande de su esposo por adoptar a un mocoso e incluso un repentino remordimiento lo embargó. ¿Tanto quería Erwin tener un hijo?
Cuando Rivaille estaba por salir de la sala, el teléfono de la casa comenzó a sonar. Siendo el más cercano a éste, respondió la llamada.
— ¿Quién es y qué quiere? — Tan elocuente como siempre.
— Jajajaja ¡Hola pequeño Ravioli! — Ya está, iba a colgar. — ¡Espera, espera, no cuelgues!
— ¿Qué demonios quieres, Hanji? — Rivaille no tenía ganas de soportar a la loca que había tenido como compañera en las Tropas Especiales.
— ¿Qué no puedo llamar para decir hola? — Preguntó con voz animada — Escuché que eres mamá ¡Felicidades!
— Hanji, te juro que si no me das una buena razón para no colgarte en tres segundos…
— Ok, ok, necesito hablar con Erwin — Dijo con voz un poco más seria.
Rivaille dirigió la mirada a Erwin, quien se encontraba platicándole a Armin sobre lo mucho que se divertirían los tres juntos. Armin parecía un poco más animado y el miedo se había esfumado de su rostro. Rivaille se preguntó que había hecho para que el niño le tuviera tanto terror.
— Erwin, te llama la loca de Hanji. — El rubio se levantó y tomo el teléfono agradeciéndole a su esposo. Fue a la cocina, importándole poco la conversación que Erwin tuviera con Hanji.
Había sido un día pesado. Rivaille no creía que pudiera soportar más, había agotado su cuota de tolerancia. Necesitaba dormir un poco, le dolía la cabeza y se sentía a punto de estallar. No necesitaba preocuparse por Armin, Erwin se quedaría con él, después de todo había sido su idea adoptarlo.
— Rivaille, tengo que ir a la estación. — Rivaille observó como su esposo lo miraba con una sonrisa nerviosa en el rostro. El pelinegro lo miró, con el vaso de agua que había tomado en la mano.
—… Llévale un abrigo al mocoso, hace frío.
— Sabes que ese lugar no es para niños.
Oh no, ese maldito no le iba a dejar al mocoso para cuidarlo.
.
— ¿Qué tanto miras? — El pelinegro estaba ahora sentado en frente de la computadora tratando de buscar algo con lo que pudiera distraerse. Erwin se había ido hacía poco más de quince minutos y el silencio reinaba en el apartamento.
Armin no había dejado de seguir a Rivaille a donde quiera que fuera, y eso ya le estaba poniendo nervioso. Lo peor era que el mocoso no hablaba y solo miraba intensamente al mayor, como esperando algo de él. Cuando Rivaille lo enfrentó, Armin bajo el rostro al suelo, con algo de miedo, incapaz de sostenerle al mirada al mayor. Comenzó a jugar con las mangas del suéter que vestía y a abrir y cerrar la boca como intentado decir algo.
Sin embargo, las palabras no fueron necesarias cuando el pequeño estómago del niño hizo un rugidito, delatando al menor. Rivaille alzó una ceja. "Así que el mocoso tiene hambre" pensó mientras rodaba los ojos con exasperación. Se levantó de su silla sin decir nada y comenzó a caminar a la cocina, por supuesto siendo seguido por Armin.
Rivaille nunca había cuidado de un niño, así que no estaba seguro de qué comían los niños. Pensó que tal vez podría llevarlo a comer una hamburguesa o alguna de las comidas chatarra que tanto veía que les gustaban a los niños, pero descartó la idea porque no tenía ganas de salir y mucho menos con un mocoso a quien cuidar. Pedir una pizza quedó fuera de las opciones; era demasiado para un niño y no quería desperdiciar el resto, pues él no tenía hambre y no comería, además de que tardaría mucho en llegar y para cuando lo hiciera, probablemente ya tendría a los trabajadores sociales encima, demandándole por matar de hambre a un niño.
Así que se decidió por revisar el refrigerador y ver qué le podría preparar. Cuando abrió las puertas del aparato observó con detenimiento en su interior. Había restos de comidas pasadas, comida china que había sobrado de la cena, cervezas, y algunos vegetales. Entonces Rivaille vio el jamón escondido detrás de algunos trastes y una idea se le vino a la cabeza.
Tomó el jamón y la mayonesa y los colocó sobre la barra, enfrente de donde Armin ya había tomado asiento en uno de los bancos y miraba curioso lo que el pelinegro hacía. Buscó entre los estantes el pan y al encontrarlo lo colocó junto con las otras cosas.
Un sándwich fue la opción más fácil que había, además ¿a quién no le gustaban los sándwich de jamón? Sin mucho esfuerzo lo preparó y lo colocó en un plato frente a Armin.
El niño lo miró un poco antes de tomar el pan de arriba y levantarlo, para después observar el jamón como si jamás lo hubiera visto en su vida. Un tic apareció en la ceja de Rivaille ¿Acaso el moco estaba inspeccionando la comida que le había preparado?
— Come — Dijo con voz autoritaria, cansado de ver como Armin seguía mirando el sándwich como si fuera lo más raro que hubiera visto antes. El pequeño rubio levantó la mirada y observó a Rivaille con confusión — Dije que comieras — Rivaille entrecerró los ojos de manera amenazadora. Más le valía al mocoso comerse el jodido sándwich o él mismo se lo estampaba en la boca.
Armin dio un pequeño brinquito en su asiento algo espantando por el tono con el que el mayor le había hablado. Temblando un poco, tomó el sándwich y le dio un pequeño mordisco. La mirada de Rivaille se suavizó un poco y una mueca de satisfacción cruzó su rostro.
.
Erwin se encontraba en su oficina revisando unos papeles sobre un arresto que había ocurrido recientemente. Le habían pedido que volviera a la central pues el personal era escaso y habían llegado un montón de casos que necesitaban de su atención inmediata. Era un día muy ocupado, y para evitar distracciones había decidido desconectar su teléfono y apagar el celular (aunque sabía que de seguro ya debería de tener unas 50 amenazas de Rivaille en el buzón).
No había sido su intención dejar a Armin solo con Rivaille; el pelinegro no parecía muy contento aún con la idea de adoptar a Armin, así que había pensado en darle algo de tiempo para que se acostumbrara. Pero ser el capitán de las fuerzas especiales era un trabajo exigente y no le había quedado más opción de dejarlos solos.
— Erwin, tienes una llamada en la línea tres — Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la voz de Mike, la mano derecha de Erwin en el trabajo.
— Mike, pedí que no me pasaran llamadas, estoy ocupado — Dijo sin despegar la vista de las hojas que sostenía.
— Es tu esposo — Mike sonrió un poco antes de terminar — Se escucha un poco histérico.
Erwin separó la mirada de los documentos y levantó una ceja ¿Rivaille histérico? Sin dudarlo mucho levantó su teléfono y presionó el número tres.
— ¿Rivaille?
— Oh dios mío, ¿porqué tardaste tanto en contestar?
— ¿Ocurrió algo? ¿Armin está bien? — Aunque le había sorprendido, debía admitir que la voz del pelinegro si se escuchaba un poco histérica.
— ¡No, no está bien, creo que lo he roto!—ok, Erwin no se esperaba eso.
— ¿Di-disculpa? — El rubio apartó el teléfono de su oído cuando escuchó a su esposo gritar cosas poco entendibles que sonaban como "ni se te ocurra hacerlo fuera de la taza" y "te haré limpiar eso si ensucias el piso"
— ¿Ese mocoso tiene garantía o algo? Porque ¡Oh Dios, no ha dejado de vomitar desde hace quince minutos!… ¡Aléjate de la alfombra! — Erwin no sabía si reír o llorar. Rivaille lo ignoró los próximos minutos mientras parecía que peleaba con el pobre niño sobre que debía mantener la cabeza cerca del inodoro para evitar manchar el lugar.
— Rivaille, es un niño, no creo que los niños vengan con garantía…— El rubio intentó hacer razonar a su esposo mientras los gritos seguían del otro lado de la línea.
— ¡Pues no sé cómo, pero vas a regresarlo! ¡Ese mocoso me vomitó encima! — Oh vaya, ese era un problema. Le sorprendía que Rivaille mantuviera un poco la compostura considerando lo obsesivo que era con los gérmenes y la limpieza.
— Muy bien, tranquilízate y escucha — Erwin se masajeó el puente de la nariz tratando de mantenerse tranquilo. Independientemente de que Rivaille estuviera histérico y molesto por lo del vómito, no era normal que un niño de cuatro años vomitara tanto. Se había ido no hacía más de una hora y el rubio parecía estar bien — ¿Acaso comió algo en mal estado? ¿Tiene fiebre? Tal vez deberías de llevarlo al doctor…
— Oh, no, ese mocoso no entra a mi auto. No, no.
— Rivaille…— Erwin usó su voz de "haces lo que te digo porque lo haces y punto"
— ¡Si tanto quieres llevarlo al doctor ven tu por él! ¿¡Cómo es posible que vomite tanto si lo único que le di fue un jodido sándwich de jamón!?
—Espera, ¡¿que le diste un qué?!
—... ¿Un sándwich de jamón? — Oficialmente Erwin quería golpearse la cabeza contra el escritorio. Rivaille lo iba a matar, pero merecería saberlo.
— E-escucha cariño, digamos que olvide decirte algo sobre Armin…
— Oh maldición, no, como eso tenga algo que ver con el hecho de que este cubierto en vómito de niño, te mato, Erwin Smith.
—…Rose y Armand eran vegetarianos — Silencio, demasiado silencio para ser bueno — Probablemente Armin no ha probado carne en su vida…
—…Limpiarás este desastre y dormirás en el sillón una semana.
"Bueno" pensó Erwin al escuchar cómo se cortaba la línea "Pudo haber sido peor".
.
La espalda el dolía, aún con el pequeño cojín acomodado en la silla era una tortura estar sentado todo el día. Ya no soportaba la situación, hacer papeleo no era lo suyo. Lo suyo era perseguir criminales por las calles de la ciudad, mientras esquivaba a la muerte en numerosas ocasiones y salía victorioso del campo de batalla. Por eso se había unido a la policía y estaba orgulloso de ello. Y sin embargo estaba ahí, rodeado de un montón de papeles mientras sus compañeros iban y arriesgaban la vida persiguiendo criminales.
Como su esposo, que se había largado a hacer una redada a un bar en el que se había averiguado que vendían drogas a menores. Se había llevado a su compañera Hanji, a Mike y a otros agentes. Como siempre, se había ofrecido a ir, aunque sea a conducir el auto, pero Erwin se había reído y le había pedido que se quedara y mantuviera a salvo a su bebé.
Se enderezó un poco y estiró los brazos y las piernas. Las tenía completamente entumidas. Pero sabía que estar parado todo el día sería tal vez peor. Sus pies se ancharían y caminar sería un suplicio. Maldijo en voz baja al idiota de Erwin. Esto era su culpa.
Decidió levantarse por un poco de agua, servía que se distraía un poco del jodido papeleo. Con algo de esfuerzo se levantó de la silla y enseguida e inconscientemente se llevó una mano a su redondo vientre. Era una costumbre acariciárselo sin incluso darse cuenta desde que le habían dicho que esperaba un bebé, casi ocho mese atrás. Erwin decía que era tierno verlo hacer eso.
Mientras se dirigía a la máquina de agua, Rivaille pensó que de cierta forma agradecía que sólo le quedaba ese día de trabajo antes de que le dieran la incapacidad por embarazo. Miró el reloj de reojo, una hora más y sería libre.
Pasar el tiempo en su departamento viendo la televisión y comiendo todo el día no era muy alentador para él, pero prefería eso a que lo tuvieran encerrado haciendo el papeleo.
La idea de regresar a las calles le parecía más atractiva. Correr, someter a los que se revelaran en su contra, la adrenalina de disparar un arma. Un pequeño golpecito en el vientre le llamó la atención. Casi sin notarlo una sonrisa cruzo su rostro. Así que a su pequeño también le emocionaba la idea. Las pataditas continuaron un rato más y Rivaille se concentró en sentirlas. Pensó con orgullo que sería un bebé muy activo. Ya en su vientre no dejaba de patear y moverse. Aunque a veces le resultaba incómodo, al pelinegro le alegraba saber que eso significaba que el bebé estaba bien.
— ¿¡Que hacen!? ¡Deténgalo! —El grito de uno de los guardias llamo su atención. Enseguida levantó la vista de su vientre y miró la escena que se desarrollaba frente a él.
Uno de los criminales que llevaban a la estación para interrogarlo y encerrarlo se había soltado del agarre de los guardias y ahora golpeaba a todos los que intentaban detenerlo. Rivaille frunció el ceño. Esos imbéciles, no sabían hacer nada bien.
Movido por la costumbre y su necesidad de acción, se acercó al individuo, esquivando a las personas que eran lanzadas por él. Al llegar a su lado le propinó una patada que le hizo perder el equilibrio y casi caer, pero se sujetó a un escritorio que estaba cerca. Rivaille lo sujetó del cuello de la camisa y le dio un puñetazo que lo dejo algo aturdido.
— ¿Qué no pueden hacer nada bien? Espósenlo y llévenlo a la celda — Todos los presentes asintieron. A pesar de tener ocho meses embarazo, la fuerza de Rivaille no había disminuido en lo más mínimo, aún era alguien de temer.
Los policías, aún algo temerosos, se acercaron al sujeto que se encontraba en el piso, dispuestos a hacer lo que el pelinegro les había ordenado, pero no contaron con que, movido por la furia, el criminal tomo a uno de los policías de la camisa y le quitó el arma que llevaba en el cinturón.
— ¡Tiene un arma! — El grito hizo que Rivaille volteara de regreso a donde había dejado al hombre con los policías. Sus ojos se abrieron con asombro al ver que ahora ese sujeto, con el rostro desfigurado por la furia, le apuntaba directo con el arma.
— ¡Me las vas a pagar, maldito enano! —
Todo ocurrió demasiado rápido. No pudo moverse ni sacar su propia arma. Los policías a su alrededor corrieron a detener al hombre, pero el disparo llegó más rápido.
Rivaille sintió como su cuerpo temblaba, su respiración se agitaba y sus piernas fallaban. La gente gritaba a su alrededor cosas sin sentido. Sus manos se dirigieron a su vientre de manera automática. Sintió algo húmedo en el lugar exacto donde momentos antes había sentido a su bebé patear. Bajo su mirada y lo único que pudo ver fueron sus manos cubiertas con sangre.
Su bebé...Por favor, que su bebé estuviera bien...Ese pequeño que había aprendido a amar aun sin conocerlo…
Su mundo se volvió negro, no pudo distinguir más si sus ojos se habían cerrado o seguían abiertos. Sus manos seguían alrededor de su vientre, cubiertas de sangre. Ya no supo nada más.
"Perdóname, Erwin, nuestro bebé…"
Rivaille despertó de repente, su respiración agitada y su cuerpo temblando. Estaba desorientado, no sabía dónde estaba. Miró con desesperación a la habitación y se dio cuenta de que Erwin dormía a su lado. Parecía no inmutarse con la repentina reacción del pelinegro. Se pasó una mano por el cabello, estaba húmedo por el sudor. Se restregó el rostro con la mano.
— Una pesadilla — Susurró para sí mismo — sólo fue una maldita pesadilla.
Por supuesto que había sido una pesadilla. Nada había sido real, sólo un mal sueño.
Con cuidado se levantó de la cama, sus pies temblaban pero aún así continuo caminando. Sin hacer ruido abrió la puerta de la habitación que compartía con Erwin y comenzó a caminar por el pasillo hasta llegar a una puerta pintada de color azul cielo. Con sus manos temblando, la abrió.
Sus ojos se posaron enseguida en el pequeño bulto que descansaba en la cama, acurrucado entre las sábanas y durmiendo tranquilamente ajeno al intruso en su habitación. Con cuidado de no despertarlo, Rivaille se acercó y le acarició los rubios cabellos con delicadeza. Fue entonces que se dio cuenta.
Ese no era su bebé, no era el pequeño que había estado en su vientre ocho meses. Su sueño no había sido una pesadilla, había sido el cruel recuerdo de que había perdido a su hijo no nacido. Al pequeño que lo despertaba con dulces pataditas y al que le hablaba cuando nadie lo veía.
Casi con desesperación se llevó la mano al vientre y por debajo de la camisa lo sintió. Sintió la cicatriz que le recorría de un lado a otro su vientre. Y un poco más arriba, sintió la cicatriz del disparo que le quitó a su pequeño bebé.
Esa noche se quedó despierto sin poder volver a dormir, sentado a un lado de Armin contemplándolo dormir y desenado que fuera su bebé el que se encontraba dormido en esa cama.
