Kariy: ¡Lamento muchísimo la demora! La universidad me bloquea a veces (solo a veces) tuve que hacer un viaje de estudios, pero ya regrese a mi casa con mi preciado internet. No se preocupen, cuando sea el turno de Curlies de escribir… la cosa será peor con eso de las actualizaciones (es broma, ella es muy cumplida xD)
En fin, estaba notando que no poníamos Disclaimer, pero creo que todos saben que SnK no es nuestro y eso.
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Pronto, el tan esperado lunes llegó, Erwin se levantó de la cama extrañamente entusiasmado, comenzó a arreglarse antes de despertar a Armin para ayudarlo con sus propias ropas. Rivaille sólo continuó dormido mientras escuchaba el escándalo fuera.
El pelinegro había terminado cocinando hasta las tres de la mañana el desayuno de Armin, no que realmente quisiera tenerle algo listo al niño, solo que se había concentrado en todo lo que el libro sugería y había terminado queriendo ponerlo en práctica. Había incluso cocinado algo para Erwin y había dejado notas encima de los trastes que contenían la comida. Había puesto: "Para el mocoso" en una y en la otra "Para el idiota". Más les valía a ambos comerse todo lo que les había puesto.
— Rivaille, nos vamos — Erwin se agachó sobre la cama y besó los labios de Rivaille, que estaba aún algo adormilado.
— Más les vale no olvidar los jodidos desayunos — Respondió el pelinegro arrastrando las palabras.
— Lo llevamos, gracias por prepararlos — Erwin salió de la habitación y momentos después toda la casa quedó en silencio. Rivaille se estiró un poco antes de levantarse. Desde que había dejado de trabajar, su rutina diaria le había parecido tediosa. Se levantaba, hacía ejercicio, se bañaba, arreglaba la casa y hacía la comida. Que Erwin agradeciera que fuera bueno cocinando.
Sin pensarlo dos veces, Rivaille salió del apartamento rumbo a su rutina diaria de ejercicio.
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Erwin conducía el auto con emoción, cada vez más cerca de la escuela de Armin, no podía evitar mirar por el retrovisor al nervioso rubio. Armin había insistido en llevar ese libro grande y grueso a todos lados. Por alguna razón, el mayor prefería no preguntar sobre esa preciada pertenencia del rubio que al parecer era un recuerdo de sus padres. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Erwin cuando vio el nerviosismo con el que el niño apretaba su libro contra su pecho, como si se tratara de un escudo.
Según el rubio mayor había averiguado cuando había ido a la anterior escuela de Armin para darlo de baja, el niño era bastante participativo en clases, hablaba como cualquier niño de su edad y le gustaba mucho aprender cosas nuevas. Sin embargo, a raíz del accidente, se había vuelto bastante ansioso, retraído y callado. Erwin solo esperaba que este nuevo comienzo fuera bueno para el pequeño.
— Bien Armin, hemos llegado — Dijo con voz tranquila.
Enseguida Armin se arrinconó más en su asiento, mirando nervioso por la ventana. Un montón de pequeños niños más o menos de la edad de Armin caminaban de la mano de sus padres hasta la entrada de la escuela, donde una alegre mujer (posiblemente la maestra) los animaba a entrar.
— Vamos, no será tan malo — Erwin se desabrochó el cinturón de seguridad y volteó a ver al pequeño en el asiento trasero — ¿Tienes miedo?
Armin negó con la cabeza.
— ¿No te gusta la escuela acaso?
El rubio volvió a negar.
— ¿Entonces qué es? Estoy seguro que todos serán muy amables contigo — Erwin se estaba comenzando a preocupar. Podría simplemente obligar al niño a bajar del auto, pero no quería causarle ningún tipo de trauma (con Rivaille bastaba). Se tomó un momento para tomar aire y tratar de pensar en algo — Si no me dices que ocurre no podré hacer nada para ayudarte a mejorar la situación.
Armin pareció pensar un poco en las palabras del adulto, mientras volvía su mirada del libro que sostenía con fuerzas hacia la ventanilla del auto. Erwin noto con algo de remordimiento como los ojos del niño se humedecían ¿había sido demasiado duro con él?
— Mi- mi mami no estará aquí cuando salga.
Oh. Así que era eso. Algo en el corazón del mayor se removió dolorosamente.
— Armin… — Esa era una de las pocas veces que el Capitán Erwin Smith se quedaba sin palabras. No sabía que decir ni qué hacer para hacer sentir mejor al pequeño.
Sin embargo, y para su sorpresa, Armin se limpió las lágrimas que habían logrado escapar de sus ojos con la manga del suéter azul que siempre vestía y miró a Erwin de manera decidida.
— Pe-pero ¿Estará usted aquí cuando salga, tío Erwin?
Una sonrisa apareció en el rostro de Erwin. Ese niño era impresionante.
— Por supuesto que sí.
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Rivaille estaba tomando un baño después de regresar del ejercicio. Odiaba estar todo sudado y sucio. Sentir el agua caer por su cuerpo lo relajaba. Después de unos minutos, cerró la llave y salió dispuesto a vestirse y ordenar la casa.
Como era su costumbre comenzó por su propia habitación. Erwin solía dejar toda su ropa tirada por todo el piso, con las prisas de arreglarse e irse. Los primeros meses que habían compartido casa habían sido casi una tortura para Rivaille. Erwin dejaba su ropa en la sala, los platos sucios en la cocina, no se limpiaba los zapatos al entrar, no levantaba la taza del baño y solía tener costumbres que molestaban al pelinegro. Afortunadamente para él, Erwin aprendió rápido, sin embargo dejó costumbres como no doblar su ropa al quitársela y dejar la pasta de dientes abierta. Rivaille suponía que podía vivir con eso.
Cuando estaba haciendo la cama se dio cuenta de que llevaba cerca de una semana sin lavar las sábanas, con el ceño fruncido quitó las blancas cobijas y comenzó a poner otras. Normalmente Erwin y él manchaban las sábanas en sus noches de pasión, haciendo que Rivaille tuviera que cambiarlas casi a diario. Pero con la llegada del mocoso a la casa, Erwin apenas y había podido tocar un poco a su esposo. Tener un niño era agotador y mandaba la privacidad a Marte.
Después de terminar con la habitación, como de costumbre bajó a la cocina, a la sala, se encargó de la ropa sucia y aspiro todas las alfombras. Cuando creía que todo estaba tan limpio como sus estándares exigían, recordó que había otra habitación que había olvidado. Suspiró con pesar al recordar el cuarto del niño.
Los niños por naturaleza eran desorganizados, sucios y un jodido desastre, al menos eso era lo que pensaba el pelinegro, por eso la idea de entrar al cuarto del rubio no le hacía mucha gracia. Ya se imaginaba toda la ropa por todos lados, juguetes regados en el piso y la cama hecha un desastre. Agradecía que, al parecer, la etapa de hacerse de baño en la cama hubiera pasado para el mocoso.
Sin embargo, cuando abrió la puerta de la habitación del niño, Rivaille se encontró con la grata sorpresa de que esta estaba casi perfectamente ordenada. La ropa de dormir del mocoso estaba acomodada en la cama, un poco arrugada y con dobleces chuecos, pero acomodada. La cama en sí estaba tendida (tan tendida como puede dejarla un niño de cuatro años), los juguetes en su cajón, la ropa sucia en el cesto de ropa y el piso despejado.
Rivaille no pudo evitar dejar salir una sonrisa. Comenzaba a pensar que ese mocoso tal vez no era tan malo como pensaba.
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Eran las once y media de la mañana y eso sólo significaba una cosa para los niños de preescolar: la hora del desayuno. Todos los niños corrieron emocionados por sus loncheras, que esperaban afuera del salón colocadas en un estante de madera, y fueron a ocupar sus asientos en el comedor.
Armin, sin embargo, se tomó su tiempo para ir y recoger su lonchera con el desayuno, que según le dijo su tío, había preparado el señor Rivaille especialmente para él, y fue a buscar un lugar. Para cuando llegó al comedor, todos los lugares estaban ocupados, a excepción de uno que estaba en la esquina cerca de un ventanal. Con calma, Armin se acercó a la mesa y se sentó solo en la silla.
Cuando abrió la lonchera se sorprendió de la variedad de alimentos que llevaba: Rivaille había colocado un pequeño trastecito con un poco de pasta fría con crema y papas, otro trastecito más con varias frutas picadas, un poco de avena y yogurt, unas cuantas galletas saladas y jugo de manzana. Todo se veía delicioso. El fugaz pensamiento de que no había tenido un desayuno así para la escuela desde que su mamá murió golpeó a Armin.
Sus ojos se aguaron un poco, pero como lo había hecho en el carro con su tío, resistió las ganas de llorar. Sabía que llorar no traería a sus padres de regreso, por más que los extrañara. No quería causarle problemas a su tío ni al señor Rivaille. Sin pensarlo más, se llevó un poco de la pasta a la boca.
— Se ve rico ¿puedo probar? — una voz saco de sus pensamientos a Armin. Cuando volteó la mirada se dio cuenta de que un niño se había sentado junto a él. El niño, de cabellos castaños, cargaba su lonchera con motivos de caballos y le miraba con curiosidad. Armin se sintió algo intimidado por la atenta mirada del otro.
— ¡Tengo una idea! Vamos a compartir comida — Sin dejar decir nada a Armin, el niño sacó de su lonchera un traste que abrió para que el rubio viera. Armin arqueó una ceja cuando se dio cuenta de que el contenido del trate era una pequeña hamburguesa con queso acompañada con unos cuantos nuggets de pollo.
— ¡Mi nombre es Jean por cierto! ¿Cómo te llamas tú?
— Armin…
— Armin — Repitió el Jean, como procesando el nombre — ¡Bueno, vamos a comer!
Sin esperar más, Jean estiró la mano dispuesto a tomar un poco de la comida de Armin. Sin embargo y por reflejo, Armin apartó sus trastecitos del alcance de Jean.
— Yo…yo no puedo comer de tu comida… —Dijo Armin nervioso, aun recordando el incidente del sándwich. Siempre había tenido curiosidad por probar la carne. Sus compañeros del preescolar al que asistía cuando vivía con sus padres siempre llevaban el tipo de comida que Jean tenia, pero su mamá le había dicho que eso no era muy saludable, y que lo mejor era comer vegetales. Sin embargo, la sensación de sus estómago cuando comió el sándwich de jamón que le dio el señor Rivaille fue suficiente para olvidar esa curiosidad hacia las carnes.
Jean, sin embargo, parecía molesto por la acción de Armin.
— ¿¡Por qué no!? — Reclamó el pequeño castaño con el ceño fruncido— ¿Crees que tu mamá cocina mejor que la mía?
— N-no es eso... — El rubio comenzó a ponerse nervioso con la actitud del otro niño, y con la mención de su mamá sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.
— ¡Pues que sepas que mi mamá cocina mejor que la tuya! — Jean por su parte parecía más afectado por el rechazo de Armin, por lo que su voz comenzó a sonar más agitada y sus ojos también se comenzaron a llenar de lágrimas.
— Mi ma-má n-no hizo la comi-comida— Sin poder evitarlo, las lágrimas comenzaron a salir de los ojos de Armin. Cuando Jean se percató de esto, comenzó a llorar también. No era su intención hacer llorar al rubio, pero se había ofendido un poco cuando el niño no aceptó su comida, sólo había querido ser amable y ahora el remordimiento lo carcomía.
Era curiosa y algo tierna la escena que las maestras encontraron, de los dos niños llorando ruidosamente sobres sus comidas.
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Erwin alzó una ceja mientras habría el contenedor de comida que le había hecho Rivaille. Pasta, fruta, avena, yogurt, galletas y jugo. Nada de carne, ni un sándwich de jamón ni nada. Se preguntó internamente si su esposo le habría mandado las sobras de la comida que le preparó a Armin. Soltó un suspiro, bueno, al menos sabía que el pequeño tendría un buen desayuno.
Sacó su tenedor y comenzó a comer mientras se preguntaba cómo le estaría yendo al pequeño rubio en su primer día de clases. Esperaba que el pequeño no fuera muy tímido e hiciera amigos rápido para que así distrajera un poco su mente del asunto de su madre.
Un golpe en la puerta llamó su atención, y con el tenedor en la boca se las arregló para decir un "adelante".
— ¡Erwin~!— Hanji entró alegremente por la puerta, corriendo casi enseguida al escritorio cuando se dio cuenta de que Erwin tenía comida. — Wow ¿Comida hecha en casa? Eso es raro de Rivaille, que te prepare algo para el trabajo. Normalmente te despide con una patada en el trasero y un beso, si tienes suerte.
— No te ilusiones, de seguro son las sobras del desayuno de Armin — Erwin comentó con sentido de humor. Hanji siempre era tan enérgica y le encantaba molestar a Rivaille, aún cuando el pelinegro no estuviera presente.
— ¿¡Desayuno para el pequeño!? ¡Eso es aún más increíble…! Espera, ¿dónde está la carne?
— Armin es vegetariano, por eso Rivaille le preparó el desayuno. Si no fuera porque ya sufrió en carne propia las atrocidades de darle carne al niño, ten por seguro que le hubiera empacado un sándwich y nada más. — El rubio sonrió ante la expresión de horror de Hanji ante la mención de las preferencias alimenticias del niño.
— ¡Qué horror! ¿Cómo le niegan a un niño el placer de la carne en la boca? …aunque claro, si cuando crezca tiene los mismo gustos de sus padres, estoy segura de que en algún momento probara lo que es tener carne en…
— ¡Hanji! — Erwin golpeó la mesa con las manos, impidiendo que la mujer terminara su frase — ¡Es solo un niño! Dios, no quiero ni pensar en eso — El capitán se limpió la boca con una servilleta. Si por el fuera, Armin permanecería puro y virgen toda su vida. No le importaba que fuera con una mujer o un hombre, ese niño era demasiado inocente para ese tipo de cosas.
— Lo siento jefe, no sabía que era del tipo papi celoso — Hanji soltó una risa frenética por su propia broma. Erwin sólo alzó una ceja y terminó de comer lo que tenía en frente, Rivaille lo mataba si dejaba una sola migaja en el traste.
— No creo que hayas venido a hablar sobre la futura y, espero, lejana vida sexual de Armin. — Hanji se limpió las lágrimas que le habían salido por tanto reír y enderezándose negó con la cabeza.
— De hecho venía a infórmate que habrá una junta a las dos de la tarde, no puedes faltar. Es con los jefes de departamento.
— A las dos tengo que recoger a Armin — Recordó el rubio.
— Pues parece que mami Rivaille tendrá que hacerse cargo.
Erwin miró a Hanji con diversión antes de suspirar y tomar el teléfono. Solo esperaba que Rivaille estuviera de buenas, si no estaría metido en un gran problema y probablemente, dormiría en el sofá.
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Faltaban quince minutos para las dos de la tarde. Rivaille dejó el libros de comida vegetariana para niños que leía y tomó las llaves de su auto. Erwin le había llamado horas antes para pedirle que recogiera a Armin por él. Que el rubio agradeciera que lo había agarrado de buenas; se había apresurado a terminar la comida, que consistía en una sopa de verduras, arroz blanco y había preparado un poco de carne para Erwin y él. Se colocó el abrigo para protegerse del frío y se dirigió a la salida.
Sin embargo, cuando pasó por la cocina vio algo en el piso que le llamó la atención. ¿Era eso…una cucaracha? Definitivamente era una cucaracha caminando campante hacia su estufa. Oh no, ningún animal rastrero se acercaría a su estufa. Sin pensarlo dos veces corrió al armario que se encontraba debajo de las escaleras y saco una escoba, un recogedor, el spray anti insectos y sus guantes de aseo.
Rápidamente se acercó a la cucaracha con spray en su mano enguantada y centímetros antes de llegar a la estufa la interceptó con la escoba. Sin ningún miramiento le apuntó directamente con el spray y la roció con el líquido. Pasaron solo segundos antes de que esa asquerosidad se retorciera en el suelo y muriera.
Con una sonrisa en el rostro, Rivaille barrió la cucaracha y con el recogedor la llevó al bote de basura. Sin embargo, cuando estaba a punto de salir de la cocina y dejar sus instrumentos de limpieza, un escalofrió recorrió su espalda. Al darse la vuelta y mirar hacia la estufa su ceño se frunció. Un montón de cucarachas, más de veinte tal vez, salían a toda prisa de debajo de su estufa.
Lo único que pensó Rivaille cuando sacaba el encendedor de su bolsillo fue "esto es guerra".
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Armin estaba sentado en su con su libro sobre la mesita. Petra, la maestra, no dejaba de darle miradas de preocupación. Ya eran pasadas de las dos cuarenta y nadie había pasado aún por el niño. La castaña intentó comunicarse al teléfono de emergencia que le habían proporcionado en dirección, pero no contestaban. Dirigió su mirada nuevamente hacia Armin.
El niño había decidido permanecer en silencio y sentado mientras hojeaba el libro que había llevado a la clase. Después del incidente a la hora del desayuno, el pequeño había permanecido en silencio el resto de las clases.
— Armin, ¿Qué te parece si le llamamos a tus padres nuevamente? Tal vez ahora contesten el teléfono — Dijo Petra con tono condescendiente. El niño sólo levantó la mirada y la miró con un deje de tristeza. A la castaña le pareció que Armin diría algo, pero en vez de eso solo asintió con la cabeza.
Petra miró con tristeza al rubio y tomó su celular para remarcar el número que ya había guardado. Apenas habían sonado dos tonos cuando, como una rápida ráfaga de viento, un hombre pelinegro abrió la puerta del salón de par en par, algo agitado y con un fuerte aroma a insecticida.
— Vengo a recoger al mocoso.
Tanto Petra como Armin miraron a la puerta con asombro. El hombre solo entró al salón y tomó la mochila del niño antes de volver a caminar hacia la puerta. Cuando se dio cuenta de que Armin no lo seguía, regresó en sus pasos y lo tomó de la mano para guiarlo a la salida.
— Lamento la tardanza — Dijo levemente a la maestra antes de cerrar la puerta.
Petra sólo se quedó mirando por donde el pelinegro había salido sin poder decir nada. Un leve sonrojo adornaba sus mejillas. La castaña sacudió la cabeza cuando el pensamiento de lo apuesto que era ese hombre pasó por su mente.
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Rivaille sabía que cuando Erwin se enterara de su olvido, se iba a molestar. Pero había sido casi inevitable, era su deber acabar con ese montón de cucarachas que habían aparecido de la nada en la cocina, lo cual había hecho satisfactoriamente.
Cuando llegó al estacionamiento del colegio, soltó al niño y abrió la puerta trasera para meter la mochila y subir al rubio. Fue entonces que se dio cuenta que el niño estaba llorando. Oh maldición ¿ahora que hacía?
— Deja de llorar, es incómodo — Rivaille trató de evitar a toda costa de mirar al niño, desviando la mirada hacia otro lado — ¿Acaso creíste que te habíamos olvidado o algo? No seas ridículo y sube al auto.
Rivaille se dio la vuelta dispuesto a olvidar el asunto y subir al auto, aunque lo negara, la culpabilidad había llegado a él.
— Pe-pensé que les había pasado algo — Rivaille detuvo sus pasos y miró al niño. Armin trataba de detener el llanto limpiando sus lágrimas desesperadamente con las mangas de su suéter — Pensé que les ha-había pasado algo como a mis papás — La voz de Armin se escuchaba quebrada por el llanto — No quiero perderlos como a mis papás.
El rubio no fue capaz de hablar más, las lágrimas inundaban su rostro y los sollozos escapaban de sus labios.
Rivaille no fue consiente en el momento, pero un sentimiento que pocas veces había experimentado le llenó el pecho. Sintió una tristeza profunda ante el dolor y el miedo del pequeño. No estaba preparado para eso. Siempre pensó que ese tipo de sentimiento llegaría al ser padre, cuando su bebé naciera. Pero ese momento nunca llegó y nunca creyó que pudiera llegar nuevamente. Simplemente se resignó a que nunca podría sentirse así ante el dolor de un niño.
Pero ahora estaba ahí, parado en el estacionamiento de un jardín de infantes, con una tremenda opresión en el pecho mirando llorar al sobrino de su esposo. Sin pensarlo, Rivaille se acercó al niño y colocó una mano en su cabeza. No sabía cómo consolar a alguien, y menos a un niño, pero las palabras simplemente fluyeron de sus labios, tal vez más suaves de lo que esperó.
— En ese caso solo debo de llegar temprano la próxima vez. Así no tienes por qué preocuparte de que algo haya pasado.
Armin, aún llorando, miró a Rivaille y vio sorprendido una sonrisa pequeña en el rostro del mayor. Sin saber por qué, eso le tranquilizó. El rubio se limpió las lágrimas y subió al auto. Tal vez todo estaría mejor ahora.
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Para cuando Erwin llego a casa, portafolio en mano y bastante molesto por la llamada de la directora informándole que habían pasado por Armin casi una hora después de la salida, no se sorprendió al encontrar a Rivaille y Armin comiendo tranquilamente en silencio. Tampoco le sorprendió que Rivaille le permitiera al niño tener la televisión encendida en el canal infantil mientras comían, siendo que el mismo pelinegro se lo había prohibido.
Lo que le sorprendió fue el intenso olor a insecticida y a quemado que emanaba de la cocina, y pronto su sorpresa se convirtió en incredulidad al ver la estufa que no tenía más de un año de haber sido comprada, totalmente quemada.
— Cucarachas — Fue la única respuesta que le dio su esposo antes de llevarse una cucharada de sopa a la boca.
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Había pasado casi una semana desde que Armin había comenzado a ir a la escuela. Era por fin Jueves por la noche y acaban de cenar. Rivaille le había dado cereal con leche de soya al niño. Armin le había comentado el Martes, con un poco de temor, que no tomaba leche de vaca porque era un poco intolerante a la lactosa. Rivaille sólo había alzado una ceja y ese mismo día había ido a comprar algo de leche de soya para el niño (leche que había comenzado a obligar a Erwin a tomar).
Armin se fue a la cama después de cepillarse los dientes y arreglar sus cosas para el día siguiente. Su tío Erwin lo acompañó a su cuarto y apagó la luz, deseándole buenas noches. Le informó antes de irse que la mañana siguiente debía irse antes y por eso sería Rivaille quien lo llevaría a la escuela.
Las horas pasaban y el niño se removía incómodo en sus cama. Un pequeño ardor en su brazo no le permitía dormir. Algo desesperado, se levantó la manga del pijama y se miró el brazo. No había nada. Aun con la escasa luz pudo observar que no estaba irritado, ni tenía alguna herida. Tal vez sólo era el calor. Se planteó la idea de ir con el señor Rivaille y con su tío, pero era ya muy tarde y su tío debía despertarse temprano. No quería ser más molestia de lo que ya era.
Así, acurrucándose contra su almohada y tratando de ignorar la molestia, se quedó completamente dormido.
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Rivaille estaba tan profundamente dormido que no escuchó cuando su esposo se levantó de la cama y se fue. Sólo fue consiente de la hora cuando el despertador sonó a las ocho de la mañana. Con pereza, se levantó de la cama y se estiró. Le tocaba llevar al mocoso a la escuela y no quería que se le hiciera tarde. No quería escuchar los reclamos de Erwin como la última vez (aunque algo le decía que eso tuvo más que ver con la estufa quemada que con otra cosa).
— Despierta ya, es hora — Dijo Rivaille abriendo la puerta. El niño en cambio no se movió ni un poco. Alzó la ceja, Erwin había jurado que el mocoso se levantaba al primer llamado. Se acercó un poco y movió ligeramente al niño que estaba enredado en sus sábanas. — Te dije que te levantaras, es hora.
Nada, el rubio no se despertaba. Sin pensarlo mucho Rivaille quitó las sabanas de un jalón. Con sábanas en mano, miró al niño dormir y se dio la vuelta para regresar a su cuarto. Estando ahí tomó su celular y marcó el número que se sabía de memoria.
— Rivaille, cariño, estoy algo ocupado. Tú sabes, de esas veces que tienes un arma en mano y tu vida cuelga de un hilo...
— ¿Qué tan normal es que el mocoso esté cubierto de granitos rojos?
Silencio, después disparos y maldiciones fue lo único que se escuchó del otro lado de la línea. Rivaille esperó paciente.
—…No mucho — La respiración de Erwin se escuchaba agitada, como si estuviera corriendo — Rivaille, tengo que colgar, ¿podrías llevarlo al doctor?
— ¿Acaso tengo opción?
— No realmente, te amo, adiós — El pelinegro suspiró antes de dejar el teléfono en la mesa de noche. Bueno, ese día no podía ser peor.
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— ¿Varicela? ¿Enserio? — Rivaille miraba al facultativo con incredulidad. Armin estaba sentado en la camilla de revisión con los ojos humedecidos, la cara algo sonrojada y el rostro lleno de ronchitas rojas. Pequeños quejidos escapaban de su boca y le costaba estar sentado.
— Me temo que es así. Últimamente ha habido brotes en las escuelas. Sin embargo, para su edad es normal. — El viejo doctor se colocó detrás de su escritorio y comenzó a escribir una receta para el rubio. Rivaille tomó asiento enfrente de él pasando su mano por el rostro, lo que le faltaba, el mocoso enfermo.
— No es algo de qué preocuparse si se trata correctamente. En adultos es más problemático, pero claro, a usted ya le ha dado varicela ¿cierto?
Oh, mierda.
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Tal vez quien lo viera diría que estaba actuando un poco ridículo, pero cubre bocas, los guantes y el anti bacterial en aerosol eran solo precauciones. Ahora Armin estaba acostado en su cama, durmiendo con un paño en la frente para tratar de bajar la temperatura. Rivaille no tenía más remedio que cuidar del mocoso. El doctor había dicho que pasaría una semana antes de que los granitos secaran y tal vez una semana más antes de que la enfermedad dejara de ser contagiosa. El pelinegro miró el reloj, pronto sería la hora de darle su medicamento a Armin. El pequeño se removía incómodo por la fiebre. Rivaille volvió a tomar la temperatura del niño. Treinta y ocho grados, no había bajado ni un poco.
Con cuidado, Rivaille volvió a sumergir el paño en el recipiente de agua que tenía al lado y lo exprimió, colocándolo de nuevo en la frente del rubio.
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Por más temprano que le hubiera encantado llegar, Erwin no se logró desocupar hasta pasada la media noche. Después de cortar la llamada con Rivaille y de lograr desocuparse un poco, había meditado las palabras de su esposo y había concluido que el niño probablemente tenía varicela. Gracias al cielo él ya había tenido la enfermedad de niño, por lo que era poco probable que se contagiara de nuevo.
Dejó su maletín sobre la mesa de la cocina y vio un plato con lo que le pareció algún tipo de sopa a medio comer. Era uno de los platos con motivos infantiles que había comprado para Armin. Observó que no había más platos, tal vez Rivaille había preparado comida para que el niño probara algo. Sabía por experiencia que cuando se estaba así de enfermo resultaba casi imposible comer, sólo esperaba que el pelinegro no hubiera perdido la paciencia con el pequeño.
Tomó un poco del contenido del plato. Crema de tomate. Sabía rica, solo estaba ya algo fría. Erwin se dirigió al cuarto de Armin para ver como seguía. Mentiría si dijera que no le sorprendió ver a Rivaille sentado junto a Armin con su mano en la mejilla del niño. A un lado de él, en la mesa de noche, descansaban unos guantes y un cubre boca.
Sin decir nada, dejó la habitación rumbo a la cocina en busca de algo que comer.
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— Te odio tanto — Fueron las palabras que Rivaille soltó con "cariño" hacia su esposo, mientras éste pasaba un trapo húmedo por la frente del pelinegro.
— Yo también te amo Rivaille.
Bueno, tal vez tener varicela a los veintidós años no era tan malo. Siempre y cuando olvidaras la comezón y el dolor de cabeza, ah, y por supuesto, que los granos al parecer también salían en la boca, los pies y en un lugar algo escondido de la anatomía humana que no tenía ni ganas de pensar.
— Perdón por contagiarlo, señor Rivaille.
Armin, que estaba acostado a un lado de Rivaille en la cama de la pareja, cubrió su rostro lleno de granitos con la sábana, provocando que el paño húmedo de su frente cayera un poco. Erwin había insistido que tenerlos a los dos en el mismo cuarto le facilitaba atenderlos mejor.
— Sólo no se te ocurra enfermarte de nuevo en los próximos diez años, mocoso.
Erwin no pudo evitar soltar una pequeña risa al ver cómo, a pesar de sus palabras, Rivaille se apresuró a acomodar el paño nuevamente en la frente del pequeño.
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Curlies: Aw~ que linda madre resultó ser Rivaille *coffcoff*hastaqueseacuesteconelnoviodesuhijo*coff coff* Digo, ¿qué?
Bye~
