TRES NAVIDADES PARA AMAIA
II
LA NAVIDAD DEL PRESENTE
Algunas incertidumbres y mucha, mucha magia.
Diciembre, 2013...
El gran pino, decorado con los Reyes Magos ascendiendo en círculos hacia la cima coronada por una luminosa estrella que refulgía sobre una minúscula representación del Misterio, ya llevaba días en el atrio de entrada del Hospital Mágico de San Mateo, al igual que el extenso Nacimiento montado por voluntarios. Eran fechas muy especiales que se vivían con intensidad en aquel centro sanitario donde, a diferencia de otros hospitales de magos del mundo, no se trataban exclusivamente dolencias mágicas. No en vano su nombre era un homenaje al único evangelista que había narrado el bonito episodio de los magos adorando al Niño Dios, de manera que las Navidades eran, en cierto modo, también las fiestas del hospital.
Lucía había aprovechado una mañana libre para llevar a su niña a contemplar el Belén, montado mágicamente con un sofisticado sistema de hechizos que hacían que el agua fluyera por el río, que el cielo cambiara de día a noche, con luna, estrellas y por supuesto la Estrella de Belén, con fuegos que se encendían mágicamente, las ovejas que balaban o pastaban y hasta una figurita de un hombre que tiraba de un burro que se resistía a caminar. Fer venía ayudando a montarlo desde que tenía quince años, un proceso que les llevaba a los voluntarios unas seis semanas, aunque la dedicación lógicamente no era continuada. Ya por entonces se le veía maña para los montajes mágicos. Ni siquiera el matrimonio y la residencia en Milán le habían sustraído de aquella cita anual, aunque también era cierto que el Pasillo Evanescente que había montado entre dos cuadros, un Mondrián sito en el Palazzo Orsini, y un cuadro del valle lucense natal de su abuelo Santiago, repleto de vacas pastando, ayudaba notablemente. Amaia había hecho hueco entre sus obligaciones para pasar un rato con la nieta, compartiendo con ella aquella ilusión desbordante al descubrir cada secretillo de la representación. Y descubrieron todos, puesto que el tío Fer se los sabía muy bien.
Dejó a la niña y a su madre, ambas entusiasmadas por igual, de camino a la Floriana, y regresó a su despacho y sus quehaceres.
Eran fechas de ajetreo adicional, que se sumaba al habitual trajín de los pacientes y visitantes de un lado para otro, también para la sanadora Vilamaior, que por Navidades añadía una tarea singular a las muchas que habitualmente tenía. Porque Amaia no solía dejar indiferente a nadie a quién hubiera tratado alguna vez. Quizás se debía a su dulzura, o a ese afecto que mostraba por todos y cada uno de los que pasaban por su consulta, ya tuvieran un simple catarro o medio cuerpo transformado en cactus. Consecuencia de todo aquello era la riada de regalos que le llegaban al hospital. Amaia dedicaba bastante tiempo a contestar y agradecer personalmente a todas y cada una de las tarjetas que acompañaban los obsequios, y también a redistribuir todo aquello. Cuando Lucía y Fer tendrían unos quince años, su hija se enteró de que había enviado una enorme caja de bombones a Materno-Infantil y había protestado, pero Amaia había replicado que se habría puesto enferma de comerse todos los bombones que le regalaban a su madre.
Parte de los regalos iban a parar al centro de acogida de menores mágicos, que estaba en un chalet de piedra en un pueblo de la sierra de Madrid. Y allí se encontraba aquella mañana, cargada con un montón de cajas de bombones, mazapanes, polvorones, turrones y chocolates.
No pretendía quedarse mucho tiempo, el justo para dejar su cargamento y saludar a la directora, una bruja llamada Vanesa Yáñez. Desde que falleció su madre, Amaia sentía una sensación agridulce al llegarse hasta aquel lugar. Se veía más próxima a aquellos críos sin padres, aunque no los hubieran perdido exactamente como ella. La orfandad, volvió a pensar otra vez, era descarnada, aunque una fuera adulta y tuviera sus propios hijos. Su madre siempre había sido especial, y en momentos como aquel no podía evitar echarla muchísimo de menos. Pero tampoco podía dejarse vencer por la melancolía, así que respiró hondo el frío aire serrano e hizo un esfuerzo por sonreír en respuesta al efusivo saludo de Vanesa.
-¡Amaia! Tu siempre tan detallista…
Las dos hablaron un rato de cosas insustanciales, hasta que Pepón, el anciano voluntario que se ocupaba con mimo de los mas pequeños, llamó a la puerta para avisar a la directora de que "el señor Vallejo se había Aparecido".
-Dile por favor que espere un momentín.- Contestó Vanesa.- Que ahora estoy con otra visita…
-Por mi no te preocupes, que ya me voy.- Replicó Amaia levantándose y haciendo ademán de marcharse.
- El señor Vallejo es uno de nuestros mayores benefactores...- Empezó a explicar Vanesa.- Todas las Navidades nos trae regalos para los niños, y nos dona cosas que necesitemos. El año pasado nos renovó todos los columpios ¿No quieres que os presente?
-Eso es muy loable.- Contestó Amaia.- Pero de verdad que tengo prisa. No hace falta que me acompañes, conozco el camino. Feliz Navidad y os deseo lo mejor para el próximo año.
Sin mas dilaciones, Amaia abandonó el despacho de Vanesa con paso firme. A medio pasillo se cruzó con Ricardo Vallejo, al que dedicó una mirada breve y una sonrisa sincera, pero nada mas. El mago, en cambio, pareció un poco turbado al saludarla, pero ella disimuló, como si no se hubiera dado cuenta de lo violento que se sentía el caballero. A la vista de un tercero podría parecer que eran dos perfectos desconocidos, y Ricardo, como siempre, volvió a pensar que no le reconocía. Pero no era así. Ni muchisimo menos. De hecho, Amaia sabía perfectamente de quién se trataba. Y cada vez que se lo cruzaba le ocurrían dos cosas: que veía al niño que fue aquel hombre y, a continuación, no dejaba de sentir una pequeña punzada de dolor. Sabía del pasado "conocido" del brujo y también los rumores, al igual que estaba al tanto de a dónde había llegado. Y aunque parecía reconducido, no dejaba de sentir un poso amargo cada vez que se lo cruzaba. Si Ricardo no hubiera sido tan terco, ella misma lo habría cuidado, lo habría educado como un brujo de magia antiquísima y le habría querido como a un hijo. El pasó por su vida cuando pensaba que no los tendría, siendo un crío de trece años apaleado, famélico y escuchimizado. Solo en la vida, con su madre bruja asesinada en Reino Unido por mortífagos y su padre muggle en prisión. Parecía entonces tan vulnerable... pero no se dejó ayudar. Recordaba también, vívidamente, el nacimiento de su hijo, y el misterio que envolvía la magia curativa y protectora del oro alquímico, que se había manifestado con aquel bebé prematuro. Ricardo también desconocía que ella también reconocía a Darío cada vez que se lo cruzaba por el barrio mágico.
La primera vez que Amaia se topó con Ricardo ignoraba que su madre ya había cruzado sus caminos con el niño, y al día presente todavía desconocía algunos de sus encuentros posteriores. El sabor amargo de la pérdida materna, aún a sabiendas de que no era del todo definitiva, volvió a embargarla y apretó el paso hacia el exterior, donde sin mas dilación se Desapareció camino de su casa en Bera.
Amaia asomó la cabeza un instante y contempló a su familia. Repartidos por el sofá y los sillones se encontraban su marido y sus dos hijos, y sobre la alfombra, con las piernas recogidas y la espalda apoyada en las rodillas de Fer, se encontraba Chiara, que aunque en Milán fuera una alta ejecutiva del importante grupo empresarial de su abuelo, en Bera se comportaba talmente como una mas. De hecho, parecía un poco pálida, pero tal vez se debía a que estaba algo cansada. Un Evanescente era comodísimo para conectar dos localizaciones, pero las horas de trabajo que su nuera llevara a las espaldas del día, o incluso de la semana anterior no las desvanecía ningún hechizo conocido. Tener tantas responsabilidades en lo mas alto del Grupo Orsini y en una época de tambaleos económicos restaba energías de cualquiera, aunque se poseyera la juventud de Chiara. Casi le entraron ganas de ir por un tazón de reconfortante chocolate caliente para ella, pero la vio llevarse la mano al vientre y hacer un gesto de malestar, así que lo descartó pensando en alguna digestión pesada.
-No le ha dado tiempo a armar el brazo.- Escuchó decir a Lucía mientras se encaminaba a la cocina. Estaban contemplando un partido de pelota a mano, un tipo de evento que ella jamás había sido capaz de soportar entero, mientras que su marido y sus hijos eran auténticos forofos. Al parecer, su nuera sí que era capaz de aficionarse porque en alguna ocasión anterior la había escuchado hacer comentarios. Amaia pensó, reproduciendo mentalmente la imagen familiar en la que estaban tan ensimismados en la retransmisión, que el destino parecía a veces perseverar en la repetición. Si Chiara era miembro de una familia oficialmente declarada Tocada por la Magia, como se denominaba a los Orsini de Milán cuyos miembros habían padecido durante doscientos años la maldición conjurada por una poderosa hechicera que la dejó encerrada en una hermosa vidriera de la planta baja de su palazzo milanés, Fernando no le podía ir a la zaga. La propia magia del caserío y sus aledaños le permitió ser testigo de su poder cuando, con ocho años, pudo burlar todas las protecciones mágicas y acercarse sigilosamente al prado trasero del caserío para contemplarla, escondido, revolotear en su escoba. Tenía por entonces Amaia seis años, e ignoraba que casi todo el mundo en el pueblo consideraba a los habitantes de aquel caserío, el último construido en el término municipal, como brujos. Muchos años después, cuando ella descubrió el verdadero alcance de lo que se tejía entre ambos, sintió pánico ante lo que tendría que revelarle, y sin embargo se llevó la gran sorpresa de su vida cuando Fernando, tan campante, reconoció que sabía de la magia que ella era capaz de conjurar desde los ocho años. Probablemente no habría un caso igual en siglos de historia mágica, y jamás se le olvidaría la expresión campechana de Fernando cuando ella conjuró un estropajo. Seguramente su expresión anonadada también habría sido memorable. Misterios de la magia, que aunque indemostrable era evidente que poseía cierta "personalidad". A veces se preguntaba Amaia qué pasaría si Fernando tomara su varita y la agitara un poco. A pesar de ser un completo muggle, estaba segura de que algo ocurriría. Pero él no osaría hacer tal cosa.
La magia era versátil, dinámica, en esencia vitalista y creadora, incluso en el fondo de su vertiente mas oscura. Misteriosa, siempre por descubrir y por maravillar. Muchos magie se limitaban a controlar su poder. La mayoría se conformaba con vivir sus existencias sujetas a una serie de parámetros, pero cuando se tenia el bagaje de tantos siglos detrás, cuando habían quedado en los anales de la familia sucesos tan extraordinarios, lo sorprendente sería que la magia no sorprendiera de vez en cuando, no se saliera de sí misma y se recreara en sí. Por eso en el fondo no había resultado tan extraordinario lo que había ocurrido el verano anterior, aunque hubieran sufrido todos mucho, impotentes ante el destino incierto de seis niños. Sintió un escalofrío y para controlar la oleada de angustia que amenazaba con recorrerla entera con el solo pensamiento de que podían haberlos perdido para siempre en las brumas del pasado, respiró hondo y escuchó las pulsiones de su propia magia.
La magia pulsaba con su propio ritmo en cada magie, pero se necesitaban generalmente generaciones para adquirir la capacidad de escucharla. La propia y la de otros. Y si Amaia era extraordinaria con los hechizos de diagnóstico no era porque los conjurara a la perfección, sino porque sintonizaba a la vez la pulsión. Y la magia del paciente le revelaba muchas cosas.
No obstante, Amaia no se permitió mucho tiempo de ensoñaciones ni se detuvo demasiado ante la entrada del cuarto de estar porque tenía en la cocina a su nieta, merendando fruta con su padre, que la entretenía haciendo magia. La pequeña Esperanza no había sacado ningún parecido con Lucía ni con nadie del lado materno. Mas bien era un calco de Javier, con su pelo negro y lacio y sus ojos enormes y oscuros. No le había gustado demasiado el nombre escogido para la niña, pero había de reconocer que tenía un bonito significado. Eso sí, se negaba en redondo a llamarla por ningún tipo de abreviatura. Javier era otro ejemplo palpable de los vericuetos insondables de la magia, que al final siempre acababa encontrando el resquicio para brotar con fuerza. De alguna manera a lo largo de los siglos volvían a entrelazarse los descendientes de aquellos siete hijos de los primeros Baygorri, los que descansaban en torno al pequeño altar del panteón donde también reposaba su madre. Las lágrimas amenazaron con desbordarse al pensar en ella, pero la voz de la niña lo impidió obligándola a sonreír.
-¡Yaya!
-¿Y bien? ¿Nos comemos la fruta o no nos la comemos? - Se agachó junto a la mesita infantil que había sido de sus hijos y le acarició la cabeza.
- Bueno.- Replicó Javier sosteniendo un tenedor con una rodaja de plátano pinchada.- Vamos poco a poco. ¿Verdad, preciosa?
La niña los miró con sus enormes ojos oscuros y se encogió de hombros.
- Hay que comer fruta para crecer mucho…- Añadió el padre para animarla, aunque la niña no parecía estar muy por la labor.
- Que si no, los Reyes Magos no te van a traer regalos…- Intentó persuadirla con otros argumentos. Aquello llevó a la niña a extender la manita y tomar un pedazo de manzana pelada, que se llevó a la boca sin mucho entusiasmo.
- Esperanza, si no te comes la fruta tu yayo se disgustará.- Remató Amaia percatándose de que la niña no masticaba y consciente de la influencia que Fernando ejercía sobre la pequeña. Esperanza, entonces sí, se apresuró con la manzana, para satisfacción de los dos adultos. Y Amaia sonrió pensando en la sorpresa que le preparaba para ese día tan especial.
Había tenido que subir al altillo y rebuscar un poco hasta encontrar el moisés que muchos años atrás había recibido por Reyes, de parte de su tía Katalin. Iba acompañado de un precioso bebé y de un maletín con muchas cosas para cuidarlo y curarlo. El bebé lo conservaba, pero ya había pasado de moda incluso cuando lo había rescatado por primera vez, entonces del altillo de su madre y para proceder exactamente igual con su hija Lucía. Por aquel entonces fue Sara la que compró un precioso muñeco para la niña (en realidad, compró dos, uno para Lucía y otro para Almudena), porque el original tenía el rostro de porcelana. En esta ocasión fue ella la que eligió un precioso bebé en una juguetería, y ya lo tenía depositado dentro del moisés. El maletín con los otros juguetes también lo conservaba, pero ese lo reservaría para cuando Esperanza fuera algo mas mayor. Volver a adecentar el mueble de mimbre, limpiando minuciosamente el polvo y restaurando con un poquito de magia los deterioros que pudiera presentar aquí y allá, y además lavar, almidonar y planchar cuidadosamente las vestiduras de encaje y volver a ponerlas, había sido una tarea que le había ocupado unas cuantas tardes de invierno, mientras Fernando se encargaba de los preparativos para la siguiente jornada de trabajo en el restaurante.
Pero aquella noche era Nochebuena, el restaurante estaba cerrado y el núcleo central de la familia cenaba en casa. En realidad Fernando ya tenia todo listo y solo precisaba calentar, así que podía pasar tiempo con los chicos viendo la tele. Otros años se habrían reunido en la casa de su padre, pero en esta ocasión se había marchado a Milán, con Ana y José Ignacio, Alicia, y toda la tropa de Ceci, para pasar las fiestas en compañía de Almudena y del abuelo de Stefano y Chiara. Ella hubiera preferido la clásica celebración de los Vilamaior al completo, pero comprendía perfectamente que un cambio de aires sería bueno para las hijas mayores de Ceci, teniendo la extraordinaria experiencia mágica vivida en verano, y por otra parte también Fernando merecía una Nochebuena sin tener que ocuparse de alimentar a tanta gente.
- Muy bien, mi niña...- Animó a la cría, que acababa de tragar la manzana.- Ahora el plátano... así...
-¿Mamá? ¿Puedes venir un momento?
Amaia alzó la vista y miró fijamente a Fer, que desde la puerta parecía un poco inquieto.
- ¿Qué pasa? - Preguntó caminando rauda hacia él.
- Es Chiara. No se encuentra bien...
-¿Qué le pasa?
-Lo normal... pero está doblada...- Contestó compungido su hijo. Amaia le apretó un brazo un instante y después emprendió la marcha escaleras arriba.
- Se ha tomado medicinas...- Explicaba Fer siguiéndola de cerca.- No creo que deba tomar nada mas, pero quizás tu puedas usar algo...
Ella asintió con la cabeza. Había aprendido mucho de Graciana, que atendía a todas las mujeres que acudían confiando en sus remedios.
- Quédate con ella un rato.-Le dijo después a Fer. Y él, obediente, entró en el dormitorio y se reclinó en la cama. Chiara estaba tumbada de lado, con las rodillas encogidas y los ojos cerrados, y él se puso inmediatamente a acariciarle suavemente la espalda. Amaia cerró la puerta tras de si y se topó con una anhelante Lucía.
- No es nada. Anda, vamos a dejarla descansar un rato...
-¿Qué le has dado? Fer no me ha dejado intervenir...
-No te sientas mal por ello, Lucía. - Amaia había tomado del brazo a su hija y se la llevaba por el pasillo camino de las escaleras.
- No me siento mal. Tu estás mas versada que yo en lo que puede usarse con una persona que no es mágica... por eso precisamente te preguntaba...
-Un viejo remedio de Graciana. Infusión de ruda con hierba de San Juan, en determinada proporción. Se le pasará en un rato. Dejémosla descansar, y que la mime tu hermano.
-No tenia ni idea de que lo pasara tan mal...
-Yo tampoco, la verdad. Pero vamos a dejarlo estar por hoy, que es Nochebuena. Anda, vamos a ver si tu hija ha terminado de merendar.
- ¿Te encuentras mejor?- Preguntó Fer solícito. Chiara asintió con la cabeza, sin abrir los ojos, antes de responder con un sollozo.
-Un poco...
- Tranquila...- Nos dijeron que podría pasar...
- No se si esto va a salir bien...
- No pienses en ello ahora... que es nochebuena. En el pueblo andan los niños revueltos...- Empezó a contar por distraerla.
- Creía que en España los que venían eran los Reyes Magos...
- Bueno, si. Pero aquí tenemos otra tradición. No es papá Noel, ni San Nicolás ni nada parecido. Te vas a reír. Es un carbonero. Olentzero se llama...
-¿Un carbonero? ¿Qué tiene que ver con la Navidad?
-Pues no se.- Contestó Fer con una risita.- La verdad es que a este caserío nunca ha venido.
-Ya me hubiera extrañado otra cosa...
-Una vez…- Empezó a contar Fer acariciándole la espalda.- … un chico del pueblo me emboscó cuando subía en bicicleta… se me encaró preguntándome por qué llamaba a mis padres papá y mamá y otras cosas así, aunque también sabía que podía hablar euskera mejor que él… já… no tenía idea… pero es como una tradición familiar… mi bisabuela era valenciana, mi abuelo es gallego… iba a explicarle que a ellos no les hubiera gustado que les llamáramos de otra manera, cuando se me abalanzó y me sacudió un puñetazo que me dejó los dientes temblando. Lo peor vino cuando me echó en cara que mi padre no ponía un olentzero en el restaurante cuando llegaba Navidad. Creo que eso me puso furioso, y le devolví el golpe. Subí al caserío con el manillar de la bici doblada, el labio partido y un diente en la mano, pero él no se fue de rositas.
-¡Qué brutos!
- Mis padres estaban en casa, y se pusieron muy serios. Especialmente mi madre. Se lió a hacer hechizos mientras mi padre me cambiaba la ropa. Ella arregló la bicicleta, me curó el labio y, como no podía hacerme brotar el diente inmediatamente, me colocó un hechizo de ilusión para que pareciera que lo tenía. Después mi padre me llevó al prado a cortar leña.
-Y eso ¿Por qué?
- Porque el padre del chico, de ideología bastante intransigente, subió con su coche. Encima acompañado de otro matón. A pedir cuentas, ya te imaginas. Mi madre no dijo nada, se limitó a ver de lejos la conversación entre mi padre y aquel hombre. Mi padre le señaló la bicicleta, que parecía nueva, y mi cara, que aunque me dolía como si mil duendes estuvieran mordiéndome parecía intacta. Lo dejó estupefacto, pero lo que él decía no se sostenía. Yo no tenía signos de pelea, ni mi bici tampoco, así que mi padre sugirió que tal vez el chico con el que se había peleado su hijo era otro.
-Supongo que se marcharían por dónde habían venido...
-Si. Aunque sospecho que mi madre... bueno, tomó alguna medida para que ninguno volviera a insistir en que la pelea había sido conmigo...
- Quieres decir que los hechizó.
- No lo se a ciencia cierta, pero lo sospecho. Ella no es partidaria de alterar la memoria de nadie sin permiso. Pero cuando se ha tratado de extorsión... estoy seguro de que no le temblaría la varita. - Fer frunció el ceño. Era una confidencia en toda regla, pero se la hacía a su mujer. Y Chiara estaba al tanto no solo del día a día durante años en aquellas montañas, también sabía de manera resumida la historia personal de su suegra.
-Oye...- Dijo girándose hacia él.- Ya me encuentro mucho mejor. Podemos bajar, si quieres...
-Descansa un poquito mas. La cena será abundante...
-Oye, Fer... quizás deberíamos hablar de... ésto. Con tu madre... No esta noche, pero tal vez mañana...
- Si tu quieres...
Amaia, en el fondo, no se había sorprendido tanto, aunque no tenía ni idea. Llevaba toda la mañana del día 26 de diciembre dándole vueltas a la cabeza. Tenía que pensar en alguna matro que fuera de la escuela de Graciana, que había atendido a cualquier mujer sin importarle que fueran mágicas o no. La mayoría ya no vivían, y si lo hacían estaban retiradas y demasiado mayores para consultarlas, pero al final se le vino a la mente una persona.
Manuela era una bruja jovencísima cuando ella se quedó embarazada de Lucía y Fer. De hecho, era ayudante por entonces. Pero la recordaba vívidamente porque prestaba una atención fuera de lo común a cualquier conocimiento "tradicional", de los aplicados por la generación de Graciana. No desdeñaba los avances, por supuesto. Pero sobre todo, no olvidaba. Así que la localizó y concertó una cita con ella esa misma mañana, lo cual era toda una deferencia a su persona.
- Tu nuera está muy, muy tensa.- Explicó Manuela cuando Fer ya se había Desaparecido con su esposa.- No se si lo sabes, pero anda en tratamientos de fertilidad.
- Me lo han contado.- Contestó despacio.
-Está estresada y eso no ayuda nada. Según me ha explicado, ya lo único que le queda es ir a la fecundación in vitro. Y sinceramente, con esos niveles de tensión no le veo muchas probabilidades de éxito.
-Entiendo...
- Los médicos muggles, a menudo, alcanzan grandes logros en todos los campos, mas allá de lo que nosotros pudiéramos imaginar...- Insistió Manuela.- pero si quieres mi opinión, en este caso se han excedido. Le han hecho pruebas y mas pruebas, algunas muy sofisticadas, sin encontrar nada. y ella cada día mas tensa. El problema está mas aquí.- dijo señalándose la cabeza.- que aquí.- remató colocándose la mano en el vientre.
- Y ¿Cómo ayudarla?
- Amaia... ¿Y me lo preguntas tu? Vives en punto telúrico y conoces de primera mano cómo funciona el asunto.- Replicó Manuela con media sonrisa.
-¡Oh! Pero el centro justamente está bajo el restaurante... ¿Debería cerrar unos días y ponerles una cama en medio del comedor?
- No hará falta, mujer.- Manuela prorrumpió en sonoras carcajadas.- Habla con Fer, que se olviden los dos por unas semanas del trabajo y que ella no vuelva a Milán, que se queden en Bera... tranquilos. Es una Tocada por la Magia, estoy segura de que reaccionará al ambiente.
- En sentido estricto, el Tocado por la Magia es su hermano. La maldición se heredaba por vía masculina.
- Pero la sufrían las mujeres. y según me has contado, ella no debería haber nacido de haber operado la maldición al cien por cien.
- Quizás estaba debilitada con los años...
- No lo creo. Pienso mas bien que la madre de tu nuera, aunque muggle, era especialmente sensible a la magia. Amaia, ella también es especialmente sensible, mas que el muggle promedio que se empareja con alguien mágico... No me digas que no lo has notado porque no me lo creería... Mira... yo le he dicho que descanse, que se olvide estas vacaciones de esos médicos muggles... y que te haga caso.
- ¿No le has contado a ella todo el detalle que me estás diciendo a mí? - Preguntó Amaia asombrada.
- Ya te he comentado cómo se lo he dicho. He buscado la forma que lo pudiera entender. Está tan bloqueada que, a pesar de que convive con magia, no habría entendido el alcance de la situación . Tu si lo entiendes, en cambio.
- Vaya papeleta navideña que me dejas... Me costará convencerla de que abandone por un tiempo sus responsabilidades laborales...- suspiró Amaia.
- No tanto. Y lo sabes muy bien. Tu también ansiabas ser madre.
- Es verdad... pero eso no me ayuda.
- Ya verás como sí.
Amaia suspiró resignada. De nuevo la magia, que tendría que fluir, manifestarse y recrearse. Sería mas sencillo convencer a Fer, y dejar que él hablara con su mujer. Y por qué no. Podía perdir un deseo a los Reyes Magos.
