TRES NAVIDADES PARA AMAIA

III

Una Navidad del futuro...

Compasión y Redención

Bera de Bidasoa, diciembre de 2018…

Amaia sintió un ahogo y buscó desesperadamente una silla en la que reposar. Era la primera vez que le ocurría, y aunque sabía que era un síntoma preocupante, no se inquietó. En cierto modo, venía esperándolo desde hacía treinta años. Y en cierto modo, pensó que había tenido suerte.

En los noventa se descubrió que ciertas pociones inhibidoras de pesadillas que se habían popularizado en los setenta entre los Psiquemagi para tratar trastornos del sueño provocados por traumas no eran inocuas. En muchos pacientes se había producido una degeneración precoz progresiva del sistema nervioso, con unos resultados generalmente devastadores. Otros experimentaban un deterioro de los pulmones que los iba dejando poco a poco sin oxígeno. La minoría eran los casos en los que se enroscaba alrededor del corazón. Esos se apagaban.

Durante décadas acudió puntualmente a sus pertinentes revisiones. Con resultados satisfactorios. Hubo una época en la que Lucía se ponía muy nerviosa cada vez que llegaban aquellas fechas, pero con el tiempo se aferró a la esperanza de que su madre no sufriera aquellos efectos secundarios. Se apoyaba en un argumento cargado de sentimientos pero tampoco exento de lógica: Amaia había tomado poquísima cantidad de aquellas pociones, en buena medida gracias al férreo control que sobre las mismas ejerció la familia porque en esos momentos lo que se sabía a ciencia cierta era su carácter adictivo. Con Fernando, en cambio, la cosa resultó mas natural.

- Así no tendría que quedarme sola, esperando reunirme contigo por décadas.- Había dicho ella cuando supieron del tema.- Pero lamentaría mucho que tuvieras que afrontar un proceso degenerativo. Los he visto y es, es como una especie de Alzheimer mágico…- Fernando le envolvió las manos entre las suyas y la miró fijamente a los ojos, tragando lágrimas que no quería que asomaran.- Yo te quiero, Amaia. Te quiero y te querré siempre. Sana o enferma. Aunque no pudieras reconocerme, seguirías siendo la chica de la que me enamoré.

Amaia también tragó lágrimas y procuró sonreír para quitar tensión a la situación.

- Bueno. No nos pongamos dramáticos, que no estoy enferma.

Eso había ocurrido muchos años atrás. Había vivido mucho desde entonces: Lucía convertida en Sanadora, y Fer en ingeniero mágico; ambos casados; ambos con niños; bodas y bautizos; algunos que se fueron, sobre todo del lado de Fernando. Y su madre. Sobre todo, la marcha de su madre. Aunque con los años, los Vilamaior habían acabado convencidos de que Sara no se había ido del todo.

Ahora, al parecer, todo indicaba que le llegaba el turno. Debería tener miedo, pero estaba serena cuando Fernando la encontró exhausta, y supo con sólo intercambiar una mirada qué estaba pasando.

- Avisa a Lucía.- Había dicho Amaia. Y Fernando, simplemente, asintió.

-Mamá…- Lucía, con los ojos anegados de lágrimas mal contenidas, intentó hacer acopio de aplomo profesional para no echarse a llorar.- Debes ir al hospital y…

- Lucía...la verdad es que quiero morirme en mi casa.

-¡Pero si es el corazón aún tenemos una posibilidad!

Fue quizás la expresión anhelante de su hija y también de su marido, aunque Fernando respetaría lo que ella decidiera. Lucía tragó con mucha dificultad. Y se habría echado a llorar desconsoladamente si no hubiera sido porque su padre le echó el brazo por los hombros. Y Amaia no era tonta, sabía que la probabilidad era mínima, pero estaba ahí.

-Está bien... pero si no es el corazón no me dejéis allí.

Fueron un par de semanas muy intensas y cada vez Amaia se sentía con menos fuerzas. La primera semana podía ir de la cama a un sillón, y del sillón al sofá, pero a partir de la segunda no tenía ninguna gana de abandonar el lecho. Un día ya estaba decidida a pedirle a Fernando que la sacara de San Mateo. Su marido dormitaba en el sofá que se convertía en cama para los acompañantes, así que ella decidió descansar también. Cuando se despertara, le comunicaría su decisión...


Dos semanas antes...

Reunidos en una sala de reuniones del hospital se encontraba la flor y nata de la sanación. Y algún invitado adicional. Tenían sobre la mesa un expediente bastante grueso. El de su sanadora mas querida.

-Afortunadamente está localizado en el corazón.- Empezó a hablar Elisa, la adjunta de Amaia con la que no siempre las relaciones habían sido fluídas.- El problema es que atenaza la coronaria. Podría llegar a paralizarlo por ahí.

-Por eso no deberíamos demorarnos.- Intervino un invitado muggle que no era otro que el doctor Orsini.- Es una suerte que tengamos el equipo...

- Cortesía de uno de nuestros principales benefactores. Al parecer, aprecia mucho a la tía de su nuera... No creí que consiguiera el aparato así, tan deprisa...

- No obstante, no basta.- Siguió Stefano.- Necesitaríamos alguien experto en cirugía cardio-vascular.

-¿Y de dónde lo sacamos? Habría que convencer a un cirujano muggle...- Intervino Lucía evidentemente nerviosa.

-Podríamos traerlo hechizado.- Dijo Elisa.

-Tendríamos serios problemas con el Ministerio.- Cortó el Director.- Ahora mismo hay mucha polémica en torno a manipular muggles...

-¿Ni siquiera para salvar una vida? - Preguntó Elisa un poco perpleja. Lucía le dedicó una mirada un poco perpleja pero agradecida mientras Stefano se acariciaba la barba.

-Conozco uno que... si no hacerlo... al menos podría enseñarnos.

-¿Enseñarnos? - Replicaron Aguirre, Elisa y Lucía a la vez.

- Si. Podría enseñarnos lo que hay que hacer, si es que le convencemos para que lo haga.

-¿Quién es ese cirujano, doctor Orsini? - preguntó el director con interés.


El dottore Di Salvo miró a Stefano con estupefacción.

-¿Pretende que le enseñe a llegar al corazón? ¿Usted? ¿Para qué?

No era raro que desconfiara. Stefano tenía un extenso curriculum profesional en el ámbito de la neurocirugía infantil. Hablar de cirugía cardio-vascular en adultos era otra cosa totalmente diferente. Para eso había otros expertos, como el propio Di Salvo. ¿Por qué no recurrir directamente a él? Era sospechoso por todos lados. Y además, Stefano no podía dar referencia ni de la paciente ni del hospital ni de nada.

-No, Orsini. Mi tiempo está para otras cosas...

Stefano se había esperado la negativa, pero no por ello había sido menos doloroso recibirla. No obstante, Almudena era la que parecía mas frustrada. Pero era peleona. De acuerdo, en España habría estado mal visto que manipularan a un muggle. Pero Italia era otro país... y mira por dónde, se le ocurría que podría tener un aliado.

Cuando Almudena Pizarro le expuso la situación, Ricardo comprendió a la primera. Y no solo no dudó en participar. Hasta se ofreció a ser él el que conjurara el hechizo, un confundus la mar de singular. No en vano, tenía muchísima experiencia pasada en manipular voluntades con la varita. Y el fin merecía y justificaba de sobra los medios, al menos desde su punto de vista. Así que un Di Salvo menos expresivo que lo habitual y provisto de un potente hechizo de traducción del italiano al español - del que por supuesto no sabía nada - pasó horas y horas en un hospital madrileño del que jamás volvería a recordar nada repasando todo el expediente de Amaia y entrenando al equipo para hacerlo.


Dos semanas después...

- Deberíamos decidir cuándo lo hacemos.- Apremió Aguirre. El sería el encargado de reparar el corazón maltrecho de Amaia, una vez lo tuvieran fuera del cuerpo, con ella en un estado inducido de semi hibernación, gracias a sus poderes curativos con las manos, fruto de haber nacido con la cruz de Caravaca en el paladar.- Yo por mi parte estoy listo...

-Yo creo que los demás no nos vamos a sentir completamente preparados nunca...- Espetó Elisa resumiendo el sentir general.

-Tiene razón Andoni.- Intervino Lucía.- El tiempo juega en contra y en cualquier momento puede experimentar un cambio a peor que...

El ruidillo del teléfono la interrumpió. Lucía hizo ademán de apagarlo, pero cambió de idea al ver que era el número de su padre.

- Oye Lucía.- Dijo la nerviosa voz de Fernando.- Tu madre está como medio groggi..

- ¡Vamos ahora mismo!

Lucía colgó nerviosa y los miró casi temblando.

- Es corazón se le empieza a ralentizar.

-Vamos.

Ruidos de sillas que corrieron por el suelo, de papeles recogidos a toda prisa y de pasos apresurados. Ya no cabía lugar a la duda o la indecisión. Había que actuar.

-¡Lucía! - Cuando salían a toda prisa de la sala de reuniones Babe abordó a su tía.- Dicen que...

- No tenemos tiempo Babe. Vamos a hacerlo ya. ¡Síguenos!

Babe apresuró el paso tras el equipo. Su tía era también su supervisora, y era obvio que había decidido tenerla presente en la operación, cosa que ella agradecía infinito. De hecho se lo había insinuado un par de veces, pero Lucía tenía la cabeza en otras muchas cosas como para prestarle demasiada atención. Pero ahora estaba claro que lo había pensado y meditado. Y resuelto en sentido positivo. Babe se sentía halagada y preocupada a partes iguales, pero sobre todo quería que todo fuera bien. Se puso las ropas de quirófano en silencio, como todos, rezando en silencio por que aquella operación tan innovadora fuera un éxito.


Amaia se encontró de repente detrás del círculo verde. Aquello era un quirófano del hospital, lo podía reconocer perfectamente, y enseguida supuso que la que estaba sobre la mesa de operaciones era ella. No le dio tiempo a dudar sobre si estaba viva o no porque también percibió el vínculo de plata que la unía con su cuerpo y le entraron ganas de suspirar. No se estaba muriendo. Al menos, de momento, solo se había salido a otro plano astral.

Ya que estaba fuera de su cuerpo pensó que sería interesante asomarse a ver qué le estaban haciendo, pero cuando hizo ademán de avanzar sintió un tremendo dolor en el pecho. Bajó la vista y, con horror, se vio una raja que le iba de la base del cuello a la del estómago como poco. Su yo astral se tambaleó un poco de la impresión, y si hubiera estado en su cuerpo habría jadeado ávida de aire. Se dijo que era absurdo impresionarse siendo sanadora, pero claro, una cosa era verlo, e incluso hacer cosas parecidas en los demás y otra muy distinta en ella misma. En cualquier caso los esfuerzos por no mirar a la herida la llevaron a percatarse de que tenía puesta del revés una bata de quirófano, de manera que quedaba abierta por delante. Con premura se la cerró por encima de la enorme incisión y decidió que era mejor prestar atención a las caras. Y eran unos cuantos.

Tras las mascarillas podía reconocer a Stefano, que iba pidiendo todo tipo de instrumental. Al parecer, él estaba llevando el peso de la cirugía. "¡Pero si es experto en niños y yo soy una adulta!" - Quiso gritar. Pero no tenía voz, así que dejando atrás la impresión, se acercó a mirar.

"¡Oh! ¡Me habéis abierto como a un conejo!" -Exclamó a pesar de que nadie podía oirla. "¡Auch! ¡Stefano! ¡Eso duele! Mejor no miro...Ah, Lucía... estás aqui...Y Elisa... ¿Qué hace Elisa ahí?"

-Tapona la arteria, Elisa.- Decía en ese momento Stefano.

"¡No me fío de ella!" - Espetó Amaia, aunque nadie la podía oir.

-Ya está... perfecto...- volvía a hablar Stefano...- ¿Cómo están las constantes?

- Correctas. - Replicó Lucía. Tenía clavados los ojos en un aparato enorme y muggle que Amaia no había visto nunca, aunque enseguida sospechó para qué servía.

"¡Me estáis congelando!" - Volvió a protestar.

- Podéis sacar el corazón dentro de unos minutos...

-Perfecto... ¿Preparado Aguirre?

-¡Listo! - Andoni Aguirre elevó las manos enguantadas y, ante el asombro de Amaia, recibió amorosamente en ellas su corazón. ¡Su corazón! Se elevó unos centímetros sobre el suelo para mirar bien y siguió con atención las evoluciones del sanador, que le daba la vuelta a la víscera con cuidado hasta encontrar una zona oscurecida.

"¡Oh! ¡Ahí está la lesión!" - Volvió a exclamar ella misma. Ahora Aguirre manipulaba mágicamente. Amaia se mantuvo tensa unos instantes, hasta que se hizo evidente que el tono oscuro aclaraba para recuperar, progresivamente, el tono rojizo rosado inicial.

"Debería volverme ahí dentro, antes de que me lo vuelvan a poner" - Reflexionó en voz alta, aunque seguían sin oírla. "El caso es que no se..."

-Ammma...ia

"¿Qué?" Amaia se giró intentando localizar la procedencia de la voz, pero no vio a nadie. Nadie que se dirigiera a ella, porque gente en el quirófano había mucha.

-Ammma...ia

"¿Pero dónde?" Dio una vuelta completa a su alrededor hasta que le pareció ver un punto oscuro hacia una esquina del atestado quirófano.

"¿Qué es eso?

AMMMA..IA...

"¿Quién está ahí?"

Amaia se asomó por el círculo oscuro, ahora del tamaño de un ventanuco, y de repente se vio rodeada de voces que no podía entender.

AMMMA...IAaaaaa

"¿Quién me llama? ¡No te veo!... o si..."

Una sombra oscilante se aproximaba a toda velocidad hacia ella, y cuando parecía que la iba a rodear se convirtió en una visión. La visión mas horrible que Amaia podía imaginar, aunque consiguió contener un grito silencioso de espanto.

Tenía ante sí un ser humano. Un cadáver. Pero no era un cadáver normal. No era un esqueleto limpio, ni tampoco una momia o un fantasma. Lucía media cara bastante destrozada y la otra media era puro esqueleto, y cuatro pelos tiesos de color castaño asomaban desde la parte posterior del cráneo. El resto del cuerpo era similar, y Amaia pensó en las películas de zombies que habían visto sus hijos cuando eran más jóvenes para aplacar la repulsión.

"¿Qué...?" Iba a preguntar qué quería aquel ser de ella cuando el espectro extendió una mano huesuda e hizo ademán de aferrarla por la muñeca. Ella dio un respingo, pero no se movió. Otra mano, esta vez totalmente carnosa, se había interpuesto.

"No" - Dijo una voz, y cuando Amaia giró la cabeza para ver quién era la propietaria de la mano ya sabía que vería a su madre.

"Vamos, Amaia. Este no es tu sitio."

"Ya lo se." Contestó sintiéndose mucho mas segura con su madre a su lado.

"Vamos hija"

Amaia asintió aunque antes de seguir a su madre fuera de aquel espacio oscuro miró fijamente al espectro que se desvanecía como absorbido por el agujero, con la mano extendida.

"¿Me he muerto finalmente? Preguntó una vez a solas con su madre.

"No. Sigues en un plano astral."

"¿Por qué me he salido? ...Me habría ahorrado verme abierta en canal".

"No estoy muy segura, pero creo que fue porque atendiste a la llamada."

"¿La llamada? ¿De qui..? ¡Ah!... pobre... pobrecillo... ¿Eso es... el infierno?"

"No se realmente cómo es el infierno, Amaia"

"Pero lo devolviste a... de dónde viniera..."

"Qué va. No hubiera podido salir del todo de ahí... ni arrastrarte".

"Pues no parecía que él pensara igual"

"Es la desesperación, supongo".

"Ya..."

"Mira... te están cosiendo... han terminado"

"¿Terminado? Verás, mamá. Todavía tienen que asegurarse de que me han estabilizado, calentarme un poco porque me tienen con la temperatura rebajada y el metabolismo retardado. Después tendré que despertarme y... a ver si todo va bien."

"Todo irá bien. Tienes todavía mucha cuerda"

"Pues será cuerda de segunda mano mamá. ¿De dónde han sacado el aparato? Que yo sepa no disponíamos de uno en el hospital..."

"Una donación. Cortesía de Ricardo".

"Debería haberlo supuesto. Pero estos aparatos tienen plazos de entrega... ¿Cómo lo ha conseguido tan pronto? Ah, vale, no me contestes, que me lo imagino. ¿Y la cirugía? ¿Se la ha aprendido Stefano?"

"Les diseñó la operación un cirujano italiano. Con cierta persuasión mágica, también obra de Ricardo. Aunque Almudena estaba más que dispuesta a hechizarlo."

"Pues igual te parece mal lo que te voy a decir, pero me siento agradecida."

"Lo entiendo. En el fondo, yo también".

"Y han metido a Babe en ésto. Pobre. Si solo es una estudiante de tercero de medicina."

"Pero avanzada."

"Y Elisa... no me lo esperaba... oye mamá... ¿podemos salir de aquí?"

"Claro. ¿Dónde quieres ir?"

"Quiero buscar a Fernando. ¿Dónde está?"

"Ven conmigo..."

Fernando se hallaba en la pequeña capillita del hospital, sentado en un banco, con los ojos cerrados, las manos juntas y la cabeza un poco gacha. Amaia acercó su yo astral hasta él y se sentó a su lado. Lo miró fijamente y sintió mucha ternura. Fernando estaba llorando quedo.

"Dios Santo... que se recupere... si se muere... yo le prometí que cumpliría su deseo de descansar en casa..."

´Fernando..."- Amaia extendió su mano astral y le acarició la mejilla con ternura. "Mi vida... yo no me enfadaría contigo ni por morirme."

"Que no te vas a morir. Por cierto, deberías volver ya a tu yo físico."

"Supongo..." Amaia remoloneó un poco contemplando a Fernando para finalmente darle un beso en la mejilla. "Hasta dentro de poco, mi amor. Y ahora, madre, ¿Me ayudas a volver? No se me está dando nada bien este paseo astral."

"Yo te llevo..."


- Ha sido larguísimo.- La voz era la de Babe.- Pero ha valido la pena. He aprendido en horas lo que valdría por un curso entero en la facultad de Medicina..."

- Estoy convencido de que es así.- Ese era Stefano.- Yo también he aprendido mucho. Nunca pensé que sería capaz de hacer cirugía de adultos..

- No te ha quedado otra.- Almudena esta vez.- Y eso que habría estado dispuesta a Confundir y después Desmemorizar al gordo de Di Salvo. Salvatto, pero por poco.

-Mujer, es una eminencia...

-Mi tía también es una eminencia en lo suyo.

"Ole por la sobrina" pensó Amaia. Aunque era incapaz de abrir un párpado ni mover un dedo. Y encima empezaba a notar que el pecho le dolía como si le hubieran puesto unos hierros abriéndola. Claro que igual se los habían puesto y todo.

- El caso es que todo ha ido bien... -Esa voz no la reconocía del todo.- Pero quizás Isabel debería irse a dormir.- Ah, ya caía. Era la suegra de Babe.

- Creo que tienes razón.- Darío esta vez. Al parecer, había reunión en torno a su cama como si fuera una mesa camilla.- Ve a casa a dormir, que estás que te caes...- Eso lo había dicho en tono mas suave y cariñosón. Seguro que le había hecho una caricia a su sobrina. Eran un par de mimosones esos dos.

-Vaya. Mirad quién tenemos aquí.- Ahhhhhh, Fernandooo. Solo escucharle y ya se sentía mejor.

-La Nona sigue dormida, pero se va a despertar en cualquier momento.- Lucía acompañada de su taconeo. Seguro que se había acercado al niño. ¡Pobre niño! Traerlo a verla cuando estaba abierta y recosida. En cuanto espabilara, hablaría con el padre de la criatura.

- Y este brujillo ¿Quíen es? - Toma castañas. Hasta Elisa estaba ahí. Pero ¿No era una reunión familiar?

-Me llamo Fernando Larumbe.- Dijo el niño con soltura. Amaia hubiera corrido a darle un beso a su nieto.

-Ah, Fernando Larumbe segundo.- Matizó Elisa muy ufana.

-Tercero.- Corrigió el niño.

-Es verdad, perdona.

-Yo diría que ha pestañeado un poco.- José Ignacio. Pues entonces Ana no andaría lejos. Salvo que no hubiera sido capaz de colocar a su Segunda Edición de Descendientes.

-Igual te lo estás imaginando.- Efectivamente, Ana estaba ahí.- Pero tiene muy buen color.- Su hermana le había asido una mano y Amaia quiso apretársela en agradecimiento, pero todavía no controlaba nada su maltrecho cuerpo.

-Está muy plácida.- Amparo. Tenía mérito la cosa, porque ella era aprensiva integral.- ¿No estamos demasiados aquí dentro? - Efectivamente, Amparo. Has dado justamente en el clavo. Siempre fuiste la mas lista.

- Yo me llevo a Isabel.- Bueno, Darío es otro ser sensato...- Que tiene que descansar. Y todavía tiene clases mañana en la facultad. Venga, despídete que nos vamos...- A ver si se suma alguno mas. Lucía, por ejemplo, podía llevarse a su sobrino a merendar. O a comer. ¿Qué hora sería? ¿Qué día?

- La verdad es que es cierto que estamos muchos.- Jaime, el que faltaba. No había oído a su padre, pero estaba ahí. Podía percibirlo.- No se... que opinen los sanadores y médicos...

-Yo lo que creo es que estáis deseando ir a la cafetería.- Elisa en plan jocoso.

- Pues algo de razón no te falta...- Lucía. Venga mujer, llévate a "Fernando Larumbe Tercero", pobre niño, que me está viendo hecha unos zorros.

-Marchaos tranquilos, yo me quedo.- AHhhhhhhhh. Eso. Fernando. Tu si. Quédate. Quédate siempre.


21 de diciembre de 2018...

- Feliz cumpleaños...- Fernando se inclinó sobre su mejilla. Eran las siete de la mañana y enseguida entraría algún personal sanitario para saber cómo había pasado la noche y para administrarle las primeras dosis de pociones del día.

- Gracias... aunque no se si ahora tendré que celebrar dos cumpleaños en diciembre...

-El 21 y el día que te operaron...

-Eso es.

-Te quiero.

-Y yo te quiero a ti. ¿Cómo te encuentras hoy?

-Mejor, mucho mejor que ayer. Ya casi no me duele...

-Estupendo. Creo que nochebuena en casita, guapísima.

-En ningún lugar como en casa, Fernando. Aunque esté recosida de arriba abajo.

-Un buen tajo, si. Pero valió la pena...

- Aunque lo pasaste canutas.

- Soy tu marido. Claro que lo pasé canutas.

- Oye... no te hubiera reprochado desde el Mas Allá si no hubiera salido bien.

-¿Por qué dices eso, Amaia?

- Porque lo se. Te... vi. En la capilla. Estuve de parranda un rato.

Fernando abrió mucho los ojos, aunque a aquellas alturas de la película no se sorprendía del todo.

-Un paseo... astral. Me vi abierta por la mitad, y a Aguirre con mi corazón en las manos haciendo magia... Te vi a ti...y...

- Y... ¿qué mas...?

-Fernando.- Amaia respiró hondo y por primera vez el dolor del pecho fue moderado.- Cuando salga de aquí y me recupere, tenemos que hacer una visita a cierto pueblo perdido de Guipuzcoa.

- Como quieras.- Fernando no preguntó el lugar porque solamente con su mirada ella se lo estaba diciendo.


Marzo, 2019...

Habían pasado mas de tres meses, pero el invierno había sido frío y no le convenía todavía exponerse a sus rigores. Ni siquiera bajo una capa cálida de reconfortantes hechizos. La primavera, sin embargo, se estaba anticipando, y el verdor del valle se salpicaba de puntos de color. No había nadie en aquel cementerio, hilerri, "el pueblo de los muertos", cosa que agradeció el matrimonio porque no les apetecían mirones.

Amaia encontró la tumba sola, con facilidad, aunque en la vida había estado allí. Ni siquiera cuando lo enterraron. Quizás él la seguía llamando aunque no pudiera escucharlo, con sus labios descarnados y su garganta medio al aire. Fernando permaneció unos pasos atrás, silente. Aquel era un momento entre ella y su primer marido. Habían hablado de él en distintos momentos de sus vidas, pero quizás nunca con la sinceridad de los últimos tiempos.

-Lo siento, Andoni.- susurró Amaia en euskera.- Siento cómo fueron las cosas. Siento que te equivocaras y que ahora, tras el velo, pagues las consecuencias... - Sus ojos azules brillaron y se le escapó una lágrima que se apresuró a retirar con la mano enguantada. - De verdad que lo siento... - Añadió en cuclillas junto a la lápida. Mas lágrimas brotaron y ella las dejó correr un instante. Al poco se levantó, se sonó la naríz y se limpió la cara y volvió junto a Fernando, que la tomó del brazo con afecto mientras la guiaba fuera del camposanto.

-Te quiso...- Susurró Fernando girando la cabeza junto a la verja, si que Amaia le escuchara.- Pero ahora, por siempre, es mía.


Una lágrima se coló por un resquicio de la losa, escurrió por la tierra endurecida por el invierno y tocó la tapa de madera hasta que se filtró. Dentro había unos restos desperdigados, huesos rotos e incompletos que malamente había podido recoger la Gendarmerie y meter en una bolsa. La lágrima tocó el hueso y se esfumó.

En el mas allá, un alma doliente encontró una pizca de consuelo.


- Un acto de compasión... Decía el espíritu de Sara a Santiago.- Nuestra hija es tan, tan buena, que ha sentido compasión por el alma de Andoni. Y aunque no ha encontrado la redención, te aseguro que está mejor, por hablar en términos que me puedas entender... Me pregunto... me pregunto si... bueno, si esta recaída de Amaia tantos años después de la medicación, haya podido ser... un guiño del Creador.

- Es posible.

- Ella lo amó. Hubo un tiempo en que, sinceramente, estuvo enamorada de él.

- Supongo que él también la quiso en algún momento. Quizás a su modo...

- Hmmmmmm

- Compasión y redención.

-Si, pero... ¿Quién podría mostrar compasión de Tom para que siquiera pueda reunir sus trocitos de alma? Supongo que un vivo.

-No lo se...

-Tal vez, como esto, se nos vaya revelando el camino.

-Sara... siempre se nos va revelando...


FIN