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"Es mañana, ¿sabes? La cosecha…"
-Lo sé
"¿No tienes miedo?, podrías ser elegida éste año"
-No he pedido teselas, no hay probabilidades
"Es cuestión de suerte, no probabilidades"
-Hay más chicas en el distrito
"¿Y si sucediera algo… algo que te hiciera temer por tu vida?"
-¿Algo?
El sol me deslumbra la cara. Abro los ojos y percibo la manta de mi cama, percibo que estoy sola y percibo que la extraña conversación que acabo de tener conmigo misma fue solo un sueño ¿o pesadilla? No me importa mucho el hecho de que mañana sea la cosecha. Más bien, ya me he acostumbrado a temer por mi vida todos los años durante 6 años que una vez más no es mucho.
La rutina del día de recolección, aseo de la casa y la ida al mercado son como usualmente. Todo es como usualmente: monótono y aburrido, laborioso y constante. Hoy no tengo intenciones de ser optimista para nada, quiero estar un tiempo alejada del trabajo, alejada de todas las personas, alejada de servir al capitolio, a ésas horribles personas que roban a los hijos de sus madres y los obligan a matarse unos a otros en un terreno que ellos mismos controlan, que los tratan como animales salvajes apostando por ellos para ver quién será el último que salga vivo. La rabia de ésos pensamientos me inunda justo cuando al siguiente amanecer estén los agentes de la paz preparando el escenario en la plaza pública para anunciar quiénes serán los sentenciados a muerte de éste año del distrito junto con otros 22 objetos usados como piezas de su horrible y sádico juego.
Corro hacia las afueras del pueblo, dónde lo único que hay son árboles verdes, maleza y una cerca electrificada de dos metros y medio de alto. Esta sumamente prohibido salir del distrito. No huiré, solo desahogaré mis pensamientos sobre la dictadura en la que vivimos. Lo hago a menudo en las afueras porque en la ciudad puedo soltar algunas palabras y eso me traería graves problemas.
Pasadas unas cuantas horas lejos, decido volver. Tal vez mi familia esté buscándome o me necesiten en el gallinero. Pasando por la plaza noto algo muy extraño: mucha gente que forma un siniestro tumulto en el centro de la plaza que observan algo.
Noto una figura familiar entre la multitud, Delia. Me acerco a ella tocando su hombro.
-¿Qué es lo que sucede aquí?—Pregunto.
-¡Noelia!—Se gira rápidamente sorprendida de verme. Su cara no es agradable, llena de angustia y algo de dolor. –Vamos, vallamos a casa—Su tono de voz a la defensiva me hace sospechar algo.
Entonces lo escucho. El sonido de un objeto a gran velocidad impactando sobre otro objeto más blando seguido por un sonido ahogado y murmullos de la multitud.
-¿¡Qué rayos está pasando ahí!?—quito las manos de Delia de mis hombros y me decido a hurgar entre la gente para llegar a la fuente de ésos extraños sonidos.
-¡No, Noelia! ¡Regresa! ¡Noelia!—escucho a Delia cada vez más lejos mientras me zambullo entre la multitud. Ella sigue gritando mi nombre y se atreve a entrar entre la gente e intentar seguirme.
Es en ése momento cuándo mi corazón se detiene en un instante.
Intento juntar las piezas de ésta horrorosa imagen, el mazo de madera del Agente de la paz en jefe cayendo una y otra vez sobre la espalda sin ropas de Danniel. Siento que el estómago se me revuelve y que las lágrimas están a punto de brotar, pero ¿por qué diablos está pasando esto? ¿Es esto real? ¿Por qué nadie hace que se detenga? Delia jalándome del brazo es lo que me hace volver en mi misma, lo que me hace juntar todas las piezas de mi cabeza y notar que mi cuerpo se mueve solo por la ira dentro de mí.
El agente de la paz alza de nuevo el mazo en el aire y es cuando estallo.
-¡ALTO!—me interpongo entre el mazo y el cuerpo de Danniel. El agente se detiene en seco a causa de mi reacción. -¡ALEJATE DE ÉL!—Las palabras brotan de mi boca sin poder controlarlas.
-¡Apártate niña!—dice el Agente alzando de nuevo el mazo, pero ahora con dirección a mí.
-¡No!—extiendo mis brazos en gesto de una barrera -¡No dejaré que…!-
-Noelia… vete a casa…-
Su voz me interrumpe. Me ordena que salga del camino, que deje que el castigo continúe. Danniel me dice que me vaya a casa.
-¿Cómo te atreves a interponerte a la justicia?—habla el agente de la paz en jefe.
-¿Justicia?... ¿¡JUSTICIA!? ¿Crees que ésta bajeza que hacen es justicia?—Estallo contra él.
Comienzo a balbucear cosas que sólo guardaba en pensamientos a las afueras del distrito, cosas que harían que el capitolio me asesinara en aquél momento, en aquella plaza. Podría haber seguido con mis groserías, pero la suave y firme mano de Danniel me calla la boca. Con un esfuerzo sobre humano logró ponerse de pié para poner sobre mi sucia boca sus temblorosas manos.
-¡Cierra la boca!—me susurra al oído.
Pero ya es tarde, ya he dicho suficiente como para hacer enfadar de sobra al Agente de la paz, y no sólo eso, sino que lo he dicho frente a la mayoría de la gente del distrito dejándolo expuesto.
El odio puro se refleja en su expresión y puede notarse a millas. Comienzo a prepararme para lo que sigue: mi inminente muerte. "¿No tienes miedo?" me dijo mi propia voz en el sueño de ésta mañana y ahora lo entiendo. Temo morir ahora, temo por mi insignificante vida.
Siento los brazos temblorosos de Danniel rodearme en forma de protección pero lo que toda la gente esperaba, lo que nosotros dos más esperábamos no sucede.
El brazo del agente de la paz en jefe dónde contenía el mazo baja de golpe. ¿Acaso no iba a hacerlo? No, no piensa matarnos; Solamente nos mira con toda la potencia de su mirada y su ira.
-Este chico fue condenado a ser castigado por traspasar los límites del distrito 10—Nadie esperaba la explicación del Agente de la paz. –Se le vio cazando y se le arrestó—Dijo.
-¿Traspasar los límites?—me susurré a mi misma cuando finalmente la mano de Danniel liberó mi boca. Ahora entiendo más la razón por la que fue castigado, pero aún así, Danniel no sería capaz de hacerlo. No sería capaz de arriesgarse él ni a su familia rompiendo las leyes. No tiene sentido.
-Entonces, señorita…-Prosiguió el Agente -¿Piensas seguir defendiendo a éste criminal?—me preguntó.
-¡Él no es un criminal!—mi respuesta fue automática.
-¡Noelia, ya basta!—Escuché a Danniel que reclamaba.
-¿Entonces te harás tu responsable de esto, niña?—me cuestionó el agente.
-Sí—di mi respuesta.
No entendía muy bien a lo que se refería con eso, pero en aquel momento las palabras salían de mi cuerpo sin que yo las pensara siquiera, sin poderlas controlar. Noté a Danniel sorprendido por mi respuesta.
-Perfecto, entonces—Finalizó el agente de la paz. Tomó su mazo bañado en la sangre de Danniel y se retiró para entrar al edificio de justicia. Poco a poco la gente se fue disipando. Me quedo observando fijamente las puertas del salón de justicia por donde entró el agente de la paz y escucho detrás de nosotros cómo se acercan corriendo Camelia y Delia hacia nosotros. Me giro hacia Danniel observando con tristeza sus heridas abiertas en su espalda.
-¿Por qué lo hiciste?—me dice con enojo.
-Porque… él estaba golpeándote… y tú estabas…- no puedo ni terminar.
-No debiste hacerlo—Dijo fríamente.
-¿Entonces debía dejarte que te partiera en dos?—la ira estaba volviendo a mí.
-Hubiera sido mejor que esto-
Sentí que me odiaba. Sentí que un agujero dentro de mí ser se abría y que se llenaba de una mezcla de enojo y tristeza. Sus ojos me dejaron ver una parte de aquel chico que nunca había visto. Una parte oscura y llena de dolor.
Delia me toma de los brazos y me arrastra hasta casa mientras que Camelia llena en llanto toma a su hermano llevándolo de inmediato con el doctor del pueblo. No pude pensar en nada más en todo el resto del día que en su mirada.
Me encuentro parada justo fuera de la puerta de la familia Corwin. No sé exactamente por qué estoy aquí ¿Culpa? ¿Remordimiento? ¿Enojo? ¿Pena? Miro fijamente la pequeña piedrecilla verde de mi brazalete pensando en si debo tocar a la puerta o no. ¿Qué diré si me reciben? No sé ni siquiera el motivo por el cual vengo a su casa, no sabría qué decir de cualquier modo. No pasa mucho tiempo para que la puerta se abra y los rizos desordenados de Camelia me observen. Se dio cuenta que estaba fuera o tal vez me esperaba.
-¿Quieres pasar?—pregunta tranquilamente.
Una vez dentro de su choza no sé qué rayos hacer, si sentarme, quedarme parada donde estoy, decir tonterías o irme a casa sin decir nada. Los nervios me comen por dentro hasta que ella rompe el silencio.
-Está en la habitación, pasa—
-Lo haré. Gracias—
Giro lentamente la perilla para entrar en la habitación. Lo encuentro tirado en la cama con un aspecto poco agradable y una capa de vendajes alrededor de su espalda y abdomen.
-Hola—es lo único que me atrevo a decir.
-Hola— una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro.
-¿Cómo te sientes?
-Horrible
-Siento haberme entrometido ayer…
-No. Yo siento haberte tratado así. Haberte dicho ésas cosas no fue justo.
-No te preocupes, me lo merecía.
Intento sonreír un poco pero mi sonrisa se borra al notar su mirada. Una preocupación inmensa se manifiesta en ella haciendo que la tristeza de ayer vuelva a mí, haciendo que me sienta aún más horrible por haber detenido al Agente de la paz. El intenta sentarse en la cama con mucho dolor y lo ayudo. Tomó mi mano y enroscó su dedo en mi brazalete.
-¿Por qué cruzaste la cerca?—necesitaba una respuesta. Vaciló un poco.
-Necesitaba comida, para mi familia.
-Pudiste haberla conseguido en el mercado.
-Ya no nos queda nada para intercambiar en el mercado.
-Pudiste habernos pedido.
-Ustedes apenas comen, no podría hacerlo.
-Hubieras evitado todo esto.
-Es diferente, Noelia. Nuestra situación es muy grave, ya no tenemos nada.
Tomó sus dedos y los entrelazó con los míos apretándolos con fuerza y se acercó un poco a mi rostro. Normalmente me pondría nerviosa y mi reacción sería querer salir de ahí, pero esta vez era diferente, pude mirarlo a los ojos sin miedo, pude sentirme cerca de él aunque sea de ésta manera.
-Escucha. Debes prometerme que por lo que sea que pase que intentarás mantenerte a salvo.
Sus palabras resonaron en mi cabeza encendiendo una luz, una luz que me ponía a pensar demasiado en lo que pasó ayer.
-¿Mantenerme a salvo de qué? ¿De los agentes de la paz?
-Sólo prométemelo.
-¿A qué te refieres, Danniel?—esto se vuelve sospechoso.
-Un agente de la paz no deja a nadie sin darle un buen castigo, tú lo insultaste ayer y te interpusiste en su camino. No puedo llegarme a creer que se fuera sin hacerte algo— la preocupación se hace palpable en su voz.
-…Aún así me castigarán—Completo su frase.
-Por eso debes de prometérmelo. No te dejaré irte a casa si no lo haces—se acercó más a mí.
-Lo prometo.
Mi respuesta fue instantánea. Él está preocupado por mí y por lo que me pueda pasar, pero no es sólo eso, no es solo un azotamiento público de parte de los agentes, no es solo un destierro del distrito, es algo más. Algo mucho más doloroso que todos los latigazos que pueda recibir. El apretuja mi mano contra la suya y su mirada intenta gritármelo lo más fuerte que puede.
Es ahí cuando lo comprendo todo: los agentes de la paz están preparando la plaza pública para mi condena justo ahora, justo hoy, frente a todos los pobladores del distrito. Y nadie nunca pensará que el castigo que recibiré será dictado por el agente en jefe por que será todo tan natural, tan cotidiano, harán toda mi ejecución pasar desapercibida. Es cuestión de llenar toda la esfera de la cosecha con mi nombre para que reciba el castigo que me merezco.
