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-¡Al fin llegas, hija! ¿Dónde rayos estabas?—Pregunta mi madre preocupada por mí. Comprendo que se preocupe, me fui sin decir a dónde iba y además debo prepararme para la próxima cosecha en 50 minutos.
-Fui a dar un pequeño paseo, madre. No te preocupes—Le digo para calmarla. Junto a ella en la cocina está mi padre. Que me hace una señal para que vaya a prepararme. Mis suposiciones de que Delia se está preparando en la habitación son ciertas, ya que al acercarme a la puerta la escucho sentarse en la cama. Entro a la habitación y veo a mi hermana mayor con un vestido color gris oscuro que la hace lucir bellísima, una coleta baja que deja caer su cabello color bronce por su hombro y haciendo que sus ojos color miel se vean más hermosos de lo común.
-Como desearía lucir como tu…-Pienso en voz alta. Delia se percata de mi presencia y me sonríe.
-No desees ser alguien que no eres, Noelia. Tú misma tienes belleza y encantos, sólo que no los has descubierto aún.
-Pues ésos encantos se merecen un buen sermón. No se han dejado ver en 17 años.
-¿Segura? ¿Qué me dices de Danniel?—Por alguna estúpida razón hace que me sonroje.
-Eso no tiene sentido. Me quiere como a una hermana.
-La forma en que te mira no es la de un hermano –Sonríe pícara. ¿Cómo es que Delia siempre lo sabe todo? A veces me irrita o, como esta vez, me sonroja. Sin embargo, me alegra que me sonría una vez más antes de mi inminente partida a los juegos. Será una de las personas que más extrañaré cuando muera.
-Debo prepararme. No hay tiempo.
-Tienes suerte de que tu vestido logró secarse para hoy.
-¿Lavaste el vestido marrón?—Es el vestido que he usado en la cosecha tres años seguidos, cuándo dejé de crecer por la adolescencia. Es feo y tiene algunos hoyos, pero es decente. He querido mandarlo a remendar con la madre de Danniel pero últimamente ha estado muy enferma y su hijo muy lastimado para trabajar.
-No. He lavado tu nuevo vestido –Delia me sorprende con otro obsequio. Un hermoso vestido blanco (al parecer de manta) que le pertenecía a ella cuando era más joven. Es muy bello y además de todo: es el último obsequio que mi hermana me dará antes de partir. Debo aclarar que ella no tiene obligación de participar en la cosecha de éste año porque tiene ya 20 años, pero aún así, por ley del distrito, debe acudir a la "celebración" a la plaza y contemplar el evento como muchos adultos del distrito 10. Detengo con fuerza las lágrimas que se esfuerzan por salir a rodar a mis mejillas, pero todo es en vano. Me rompo a llorar. Delia me pregunta que si estoy bien e invento una excusa para que tanto ella como yo podamos calmarnos. Me pongo el vestido, los zapatos de siempre y, en el poco tiempo que nos queda, Delia ata un listón blanco a mi cabello en una media coleta que deja suelto la mayor parte de mi cabellera café oscura y me pone unos viejos aretes que combinan en cierta forma con mi nuevo brazalete de cumpleaños.
-Ahora soy yo la que quisiera lucir como tú –Me dice acariciando mi rostro. Se aproximan otra vez las lágrimas, pero las detengo justo a tiempo.
-Gracias, Delia –Y en verdad lo agradezco. Aunque es lo único que pude decirle antes de ir a la plaza, dentro de mí ser, lo tomé como una palabra de despedida.
Llegamos a la plaza dónde el escenario frente el edificio de justicia ya está listo, la gente adulta se encuentra alrededor de los corrales para mirar, los blancos uniformes de los agentes de la paz vigílan atentamente para mantener orden, dónde los indefensos y asustados niños y jóvenes de los dos sectores del distrito comienzan a inscribirse para luego entrar a los corrales donde los candidatos a tributos son puestos durante la cosecha. Cuando mis padres me dejan en la fila para mi inscripción me hago la fuerte para no sacar las lágrimas, les brindo un cálido abrazo a cada uno y les doy las gracias por todo lo que han hecho por mí. Sé que tendré un poco de tiempo para despedirme de ellos cuando los agentes me metan al edificio de justicia ya convertida en un tributo después de la cosecha, pero quiero aprovechar a adelantar mi despedida.
Hago fila, me pinchan el dedo y pasan a asignarme en mi lugar en el corral de las chicas. Puedo ver a unas siete chicas de distancia a Camelia, la hermana de Danniel. En mi lugar, rebusco entre la multitud con la esperanza de que Danniel esté presente entre ellos. Lo encuentro justo al lado de mi hermana a unos diez metros de mí. Su cara de dolor y algo de rabia me recuerdan que él es el único que sabe que iré a los juegos. Peor aún: él sabe que iré a los juegos del hambre por intentar salvarlo, por ponerme entre el mazo y él. Pienso que debe de estar sufriendo más que yo en estos momentos, en primera por sus heridas a lo largo de toda su espalda. Y en segunda, porque la chica que quiere como a una hermana será enviada a los juegos del hambre y morirá ahí por su culpa. Yo no culpo a Danniel, yo fui la que decidió aceptar las consecuencias de mis propios actos ése día y es totalmente válido. Yo fui quién estúpidamente se condenó a soportar la furia del Capitolio y lo mejor es que no me arrepiento de eso.
Siento un par de ojos mirarme desde lejos y la sensación es familiar. Darren Ederman me mira desde su lugar en el corral de los chicos a unos ocho metros de mí. ¿Por qué lo hace? Intento descifrar su propósito en su cara, pero su expresión es tan neutral que no podría adivinar. Desvío la vista de sus ojos de trébol porque comienzan a ponerme algo nerviosa a pesar de su belleza. Mi suposición para que Darren me observe es porque me vio aparecer en frente de su casa mientras él y su padre tenían una pelea. Eso pienso yo, o por lo menos, me obligo a pensar eso.
Las puertas del edificio de justicia se abren y la gente importante del distrito comienza a salir por ellas. El alcalde con su esposa y algunos de sus hijos, además de otra gente que no conozco, pero están presentes todos los años en las cosechas.
Observo con atención cuándo los vencedores salen del edificio. Son tres personas: Una mujer un poco mayor, la conozco por Margot, un hombre de edad similar llamado Edén, otro hombre de unos treinta y tantos llamado Brush y por último, la más joven de los vencedores, Kaya, de unos veinte y tantos años de edad. Debo admitir que la admiro, ya que fue ella la última vencedora en los juegos del hambre hace unos siete años.
La persona representante del capitolio aparece de entre las sombras para dar el discurso oficial. La mujer representante, Doroty, luce en mi opinión, ridícula. Éste año lleva puesto un conjunto verde oliva muy entallado en la cintura, unos zapatos con incrustaciones de brillos dorados, un gran moño azul rey en el cuello, su cabellera pintada del mismo color que el conjunto y un exagerado sombrero dorado con plumas del mismo color. Asqueroso.
Terminado el discurso, la película enviada directamente del capitolio para recordarnos que a causa de la rebelión matarán anualmente a 23 de nosotros y el himno, Doroty pasa a la cosecha.
-Ha llegado el momento de elegir nuestros valientes tributos de éste año, que tendrán el honor de competir en el nombre del Distrito 10 en los Septuagésimo terceros juegos del hambre. ¡Felices Juegos Del Hambre! y "Que la suerte esté siempre de su parte"—Dice Doroty con su aterradora sonrisa frente al micrófono.
Estoy a punto de hiperventilar cuándo se dirige a la urna de los nombres de las chicas. Me imagino en cómo todo esto ya está planeado desde hace unos días: todos los trozos de papel de ésa esfera tienen grabado mi nombre. El agente de la paz en jefe se ha de haber asegurado que nada me impidiera salir sorteada éste año. Ahora sé que, cualquier papel que Doroty elija, será mi nombre el que lea en voz alta por el micrófono. La mujer del Capitolio de inclina hacia la urna, revuelve los papeles unos segundos que parecen eternos y finalmente escoge el indicado. Todos en la plaza contienen la respiración. No deberían de hacerlo, no hay necesidad de que ellos se preocupen, o al menos no las chicas, ya que seré yo la que suba al escenario.
Doroty regresa frente al micrófono, despliega el trozo de papel y exclama el nombre de la nueva tributo del distrito 10:
-Noelia Lovenbrock.
