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Nada… No puedo pensar en nada. La voz de Doroty leyendo mi nombre retumba dentro de mí mil veces y otras mil más. ¿Por qué reacciono de ésta manera si sabía que sucedería? Tal vez sea la idea de que moriré inevitablemente para entretener al país, o por lo menos, a la menor y más poderosa parte de él. Siento las miradas, las miradas de todas las chicas jóvenes del distrito y encuentro de todo. Desde enojo, tristeza y lástima, pasando por el agradecimiento. Mi cuerpo tiene que tomar una gran bocanada de aire por mí. El miedo no me permitía el paso del oxígeno en ése momento. Comienzo a pensar que debo ser valiente, por lo menos una vez en mi vida. Ya soy una chica grande y debo afrontar mis problemas, además, yo misma fui la que decidió proteger al chico que quiero, así fuera a aceptar la muerte.

Es fascinante como puedo seguir de pié. Sentía que mis piernas no aguantarían mucho, pero ya es hora de que caminen, Doroty me llama cada vez más desesperada para poder continuar con la cosecha.

Salgo de mi corral siendo escoltada por dos agentes de la paz, uno a cada lado. Quiero mirar hacia atrás, pero no me atrevo. No podría continuar si viera el sufrimiento que le causo a mi familia, a Camelia y a Danniel, rompería en llanto. De todos modos, tendré unos minutos con ellos para llorarles después, en éste momento, tengo que subir a ése escenario.

Al llegar a él, Doroty me recibe con su desfigurada risa artificial acercándome al micrófono.

-Dime, querida ¿Cuántos años tienes?

-Diecisiete.

-¡Oh, toda una mujer!

Todo el distrito 10 me mira ahora. Los niños, jóvenes, adultos, ancianos. Todos sintiendo pena por mí. Saben que no regresaré. Incluso yo sé que no regresaré. Doroty continúa con la cosecha y se dirige a la urna de los chicos. Dentro, muy dentro de mí, un pequeño ser se tranquiliza al saber que Danniel no puede ser sorteado ésta vez. Él ya se libró de éste horrible festejo. Aunque yo muera en éstos juegos, siempre me alegraré de que Danniel y mi hermana ya no participen en la cosecha. Sin embargo, Camelia aún puede morir, pero veámoslo de ésta manera: éste año yo la he salvado de ser elegida y dentro de dos años se librará de la cosecha y podrá ocuparse de sus problemas tranquilamente. La suerte sólo tendrá que estar de su parte un año más, así que con eso puedo conformarme.

La mujer del Capitolio rebusca entre los finos trozos de papel doblado de la urna de los chicos. Saca de ella uno y, desdoblándolo, se acerca al micrófono para nombrar al tributo masculino de éste año:

-Ty Lauzon—Dice finalmente Doroty.

Es como si me cayera un rayo eléctrico encima, partiéndome en dos.

Ty Lauzon, hijo del carnicero, el pequeño niño de Doce años ha sido sorteado para los Juegos del Hambre. Una parte de la multitud refleja la misma mirada de dolor, pena y desesperación que la mía, ya que conocen al vivaz hijo del carnicero.

El pequeño no se lo puede creer. Todos los chicos a su alrededor lo miran, aterrados y, sin más precedente, el niño rompe en llanto al igual que su madre y su padre entre la multitud. Dos agentes de la paz deciden entrar al corral a sacar a Ty a la fuerza para que suba al escenario. Yo estoy en la parte más alta de la plaza, es por eso que puedo ver todo lo que pasa. Uno de los agentes está a punto de tomar bruscamente al pequeño por el brazo cuando otro ser se interpone entre ellos, tomando la muñeca del agente de la paz y apartándola de la pobre víctima. Enseguida, una mano se alza entre la multitud del corral de los chicos.

-¡Me ofrezco como voluntario! –Dice Darren Ederman.

¿Qué?... ¡Esto no puede estar pasando!

Me sentía ya totalmente desdichada por los hechos de los últimos días. Pero, cuándo pensé que todo mi sufrimiento había terminado… me lanzan ésta bomba. Comenzaba a tranquilizarme porque mis seres queridos iban a estar a salvo, pero no contaba con que Darren apareciera de las sombras a causarme más dolor. Sé que se alejó de mi vida hace años, pero de todas maneras, la conexión que formamos algún día, no se podría perder fácilmente. Sigue siendo mi amigo aunque no esté cerca de mí, y siempre he pensado de ése modo. Además, verlo y escuchar su voz de nuevo ésta mañana me hace retorcerme aún más por la acción que Darren acaba de hacer.

Enojado, el voluntario aparta al agente de la paz del pequeño, se vuelve hacia Ty y le susurra unas palabras. El niño lo mira con sus ojitos empapados en lágrimas y una admiración que no se compara con ninguna otra mientras Darren le dedica una rápida sonrisa y se da la vuelta para partir con los hombres de uniforme blanco. ¡Idiota! pienso al verlo recorrer el camino hacia el escenario. ¿Por qué será? Tal vez sea la idea de que acaba de sentenciarse a sí mismo para morir asesinado por algún extraño en una arena mientras graban su sufrimiento. O será tal vez que no siente miedo alguno, que su cara es tan neutral, incluso de valentía o gozo al caminar por el pasillo y subir las escaleras.

-¡Qué emoción! Nuestro primer voluntario en años—Chilla Doroty. Le preguntó al chico por su nombre y su edad y Darren respondió fríamente –…Muy bien. Ya tenemos a nuestros tributos para los Septuagésimos tercero Juegos del Hambre. ¡Vamos! Dense las manos –Intenta acercarnos uno al otro jalando nuestros brazos y eso no me gusta. De hecho, ni siquiera tengo ganas de mirar a Darren a los ojos.

Pero debo hacerlo. Él ofrece su mano y, aunque sea por educación, debo presionar mi palma contra la suya, aceptando que ahora es un tributo al igual que yo. Miramos de nuevo a la audiencia antes de que una ola de uniformes blancos nos dirija hacia el interior del edificio de justicia y nos metan a mí y a Darren en dos cuartos diferentes.