15
Cuando dejo de rodar apenas puedo pensar. Todo me da vueltas, no sé en dónde paré ni cuantos metros caí. Estoy tirada sobre el lado izquierdo de mi cuerpo. Mi cara la siento llena de lodo y hojas húmedas y pegajosas, así que no puedo ver absolutamente nada, debo limpiarme los ojos. Como siento entumido todo el lado izquierdo de mi cuerpo, intento girarme para quedar boca arriba y poder limpiarme la cara pero, al tomar impulso para voltearme, una punzada de horrible dolor se apodera de todo mi brazo. ¡Mierda! Me he lastimado al golpear con alguna roca.
Al despejarme la cara me doy cuenta que no estoy sola. Ahogo un grito a la vez que el pequeño cuerpo del chico se apresura a retroceder. Alcanzo a verlo correr y desaparecer detrás de los delgados troncos y las frondosas hojas de los árboles cercanos. ¿Qué está pasando? ¿Qué hacía el pequeño niño del 9 cerca de mí?... parpadeo un par de veces y no logro verlo más a simple vista, pero mi instinto me dice que sigue cerca. Y así es efectivamente, ya que logro notar entre las hojas un pequeño ojo de color gris. Me tenso al ver que observan fijamente, y me entra más el pánico al verlos mejor y recordar que los ojos del niño del 9 no eran grises, eran oscuros. No dejan de mirarme, los ojos de la otra persona no dejan de mirarme, pero tampoco se mueven para atacarme. Estoy poniéndome en una posición para poder huir en cualquier momento y en ése instante recuerdo esos deslavados ojos grises: El pequeño del 8. En cuanto hago el descubrimiento, las hojas de aquél árbol se convulsionan y las perlas grises desaparecen, acompañados de más de un par de pies.
Nunca hubiera pensado que aquellas dos figurillas indefensas hubieran sobrevivido al baño de sangre, y más aún que hubieran unido sus fuerzas para seguir viviendo. También me sorprende el hecho de que no me hayan aniquilado antes de que me recuperara, aunque tal vez no tengan armas para hacerlo.
La siguiente punzada de dolor me recuerda mi situación.
Debió ser una roca afilada la que me ha golpeado porque estoy sangrando a la altura del antebrazo. Además del dolor y la herida, está cubierta de mugre. Debo obligarme a sacar mi chaqueta de la bolsita como puedo y entre gemidos de dolor, la amarro fuertemente haciendo un torniquete a la altura del codo. Me siento más mareada aún y puedo pensar muy poco, junto con la deshidratación, las magulladuras por los golpes y con aquél infernal sonido agudo aún en mis oídos. Localizo un tronco algo grueso entre los delgadísimos árboles del rededor y me arrastro como puedo para recargar mi espalda en él para tomarme un minuto y recuperarme.
Para concentrarme, intento pensar en lo último que hacía antes de rebotar entre los troncos y las piedras. Los recuerdos de la cruenta masacre del Cuerno, de la chica del 12 y el charco de sangre que humedecía aún más las plantas que crecían entre el suelo me llegan poco a poco. Me estremezco al preguntarme cuánto tiempo habrá de tener ahí aquella chica y recuerdo a las figuras del suelo de la Cornucopia que no volvieron a ponerse de pie… No puedo creerlo, el baño de sangre ha terminado, el primer día esta por pasar a ser la primera noche y al parecer más de la mitad están muertos.
No sé si ponerme feliz o triste por poder salir con vida de aquél asesinato grupal. Tal vez haber salido de ahí me haya dado una oportunidad nueva de vivir, o puede que el haber sobrevivido me haya dado otras mil y un maneras de cómo ser asesinada. Ya no siento mi brazo a causa del entumecimiento que causa el nudo de tela y plástico, pero ya puedo tomar control parcial de mi conciencia y de mis piernas, así que tengo que ponerme en marcha. Uno de los primeros pasos que tanto Kaya como Brush me dieron para la arena era el de encontrar agua y ahora con ésta humedad, la pérdida de sangre, y las náuseas que siento en éste momento que tal vez me lleven al vómito, me harán deshidratarme en cuestión de horas. Me obligo a levantarme y me toma alrededor de una hora recorrer un par de kilómetros. ¡Rayos!, a éste paso alguien me encontrará y me atrapará en cualquier momento.
El sol comienza a bajar y además de buscar agua, tengo que encontrar un lugar dónde dormir.
Mi nariz capta un olor y poco después mis oídos, que gracias al cielo han dejado de chillar por la explosión, pueden escuchar un débil y fluido sonido. Un sonido tan natural y un olor tan puro y lleno de vida... ¡Agua! La adrenalina por la emoción se dispara. Mis piernas se mueven sin que yo se los ordene y corren directo al sonido, al líquido vital. Estoy cerca, cada vez más cerca, ya veo el río que corre, quiero beberla, tocarla, zambullirme en ella. Mi cuerpo lo desea tanto que sin dudarlo doy un salto en la orilla y me sumerjo sin cuidado alguno.
Gloria. Pura Gloria.
El agua me envuelve, me limpia la cara, el cabello, las manos, la ropa, todo. Está helada, pero a estas alturas me da igual, incluso hasta me encanta, me despoja del calor infernal del exterior. Tengo que salir gracias a la tonta falta de aire. Es ahí cuando mi subconsciente me alarma de los riesgos que puede tener el encontrar agua: Enemigos. Meto la cara a la mitad, dejando solo los ojos fuera y me pego lentamente a una roca oscura que sobresale del río para ocultarme. Miro alrededor pero no hay nadie. Sigo alerta porque no puedo ver del todo bien ya que está oscureciendo, poniendo especial atención a cada rincón cercano, activando todo lo que puedo mis oídos, sorbiendo tragos del agua lentamente, mientras limpio la herida me mi brazo bajo el agua. Me atrevo a quitarme el torniquete y me alegra que el sangrado se haya detenido, al parecer la herida no era tan profunda.
Al salir del agua, me siento renovada. La energía perdida ha vuelto a mí, el brazo ya está limpio, me siento limpia y, aunque los moretones de la caída comienzan a hacerse presentes, ya casi no me duelen. Pegada a la roca de la superficie, abro la pequeña mochila y lleno la bolsa de plástico con agua que después amarro con un nudo y la meto a la mochilita, pasando los dardos y la cerbatana a un segundo compartimiento al exterior de la mochila, esto hace que el cuero oscuro engorde. Casi no puedo cerrarla, pero no me importa.
El primer cañonazo es el que me hace tensarme con escalofrío.
Recuerdo que en cada edición de los juegos, el cañonazo marca la caída de un tributo, y generalmente después del baño de sangre los emiten al anochecer para contar a todos los muertos del primer día. Diez… once…. Once los cañonazos emitidos. Cada uno acompañado de la foto de la persona que lo posee y el número de su distrito. Darren sigue vivo, eso lo sé perfectamente. Vivo y formando una alianza con los profesionales para cazarnos a todos. Solo muestran los rostros de las chicas del 8 y del 9. Eso me roba una sonrisa, ya que sé muy bien que los pequeños de esos distritos siguen vivos. Al final veo el rostro de una chica, la última en aparecer antes de que el escudo del Capitolio se manifieste acompañado del himno. La chica del 12 es aquella cara. Se me pone la piel de gallina al recordarla, con su cuello partido en dos. Lo único que puedo decirme a mí misma es que era linda.
Hojas secas quebrándose y otras más moviéndose es lo que llega a mis oídos. Bajo la vista rápidamente veo que alguien se acerca, y ése alguien corre, hacia mí. En un movimiento de un segundo, me enrosco la mochila en el pecho y echo a correr en dirección desde dónde llegué. Al mirar mis pies para confirmar que se muevan, noto que el suelo que estaba cubierto de verde, ahora se ha convertido en suelo cubierto de gris, café y negro. Demasiado oscuro para ver hacia dónde voy ya que el sol se ha ocultado. Pero aún así escucho que viene hacia mí sea quien sea, y no planea detenerse.
Mi corazón me sobresale del pecho y crea la adrenalina que me impulsa junto con el pánico hacia adelante. Las ramas delgadas de los delgados árboles me pegan en la cara, me arañan y las grandes hojas se aferran a quitarme velocidad, pero no pienso detenerme, no pienso morir ahora… No quiero morir ahora. Lo que sí quiero es mirar hacia atrás pero no me atrevo. Una parte de mí quiere desesperadamente hacerlo y la otra parte me dice que si giro caeré y por consecuencia me atraparán y moriré.
Le hago caso a la segunda parte y no miro, sólo intento aumentar la velocidad.
Justo cuando me resigno a no mirar atrás, caigo en la cuenta de que no son sólo un par de piernas las que corren para alcanzarme. Con más de un par de piernas. ¿Dos? ¿Tres? ¿Seis?
Recuerdo vagamente al ver los juegos de los años anteriores que en muchas ocasiones los profesionales se unen, toman sus mortales armas y salen a cazar almas inocentes cuando cae la noche. Las atrapan creando una fogata o buscando un lugar para dormir.
Un grito parecido a un chillido escapa de mi garganta.
Son ellos, los profesionales. Vienen por mí. Vienen a asesinarme con sus lanzas, espadas, sables y flechas. Darren viene por mí. Quiere terminar de atravesarme ya que no pudo hacerlo hace unas horas… Todo aquello de que quería morir el primer día eran estupideces que me tragué fácilmente. Quería que confiara en él, para que bajara la guardia y matarme más rápido. No quiero llorar. No debo llorar. Debo correr.
Como no veo por dónde voy, mí costado derecho choca bruscamente con el tronco de un grueso árbol, haciéndome caer sobre mi brazo herido. Grito de dolor y exploto en llanto al saber lo que significa caer.
Moriré. Moriré hoy. Ahora, justo ahora vienen por mí. Y se cercan más, cada vez más.
En un último y débil esfuerzo ruedo como puedo para esconderme detrás del tronco del árbol que me hizo caer. Sé que tal vez no sirva de nada, pero no hay tantos árboles gruesos por aquí y tal vez esconderme detrás de éste me dé un segundo para poder gritar antes de morir. Pego mi espalda a la madera que queda opuesta a la dirección de las pisadas y me muerdo el labio inferior para no sollozar tan alto. Las pisadas están a unos metros de mí y no desaceleran.
Un sonido de algo cayendo al suelo, más pisadas acercándose, el sonido de una espada en el aire y después un chillido de dolor combinado con el llanto hacen que el escalofrío más aterrador de mi existencia de deslice por toda mi columna vertebral.
-¡NO! –Alguien grita.
Reconozco la voz al tiempo que mi mano derecha sube hasta mi boca y abro los ojos como platos. El agudo grito del pequeño niño del 8 es el que me da a entender lo que en verdad está pasando. La noche ha caído, las antorchas han sido encendidas, se han tomado las espadas y los profesionales han salido a cazar. Justo como todos los años.
El agua que he tomado se ha convertido en lágrimas saladas que me bañan el rostro ahora. Cada una de ellas me hace comprender que aquellas pisadas no venían hacia mí, o por lo menos no en un principio. Aquellas pisadas lejanas eran de los profesionales, claro, pero había otras más cercanas a mi posición, las pisadas de cuatro pequeñas piernitas de los niños del 8 y del 9 que también intentaban escapar. Que eran las presas principales.
Las espadas llegan, los gritos del pequeño del 8 aumentan mientras que, entre todos los sonidos, logro captar unos débiles gemidos de agonía. Se me hunde el pecho y me obligo a morderme el interior de la mano para no gritar. Otro cuerpo cae al suelo.
-¡No, por favor, no! –Dice el niño del 8.
-Oh, claro que sí, pequeña sabandija. –Dice una voz femenina.
Otras voces insisten a la persona que termine con el chico para ser seguidas por el sonido de una hoja metálica que corta el aire, un grito de desesperación y después nada. Dos cañones suenan sobre la tenue luz de las antorchas que trajeron los monstros, el primero por el niño del 8 y el segundo por el niño del 9.
Siento perfectamente cómo se me marchita el corazón al dejar de escuchar los gritos. Muerdo de nuevo el interior de mi mano y creo que la hago sangrar. Mis ojos no pueden estar más apretados al cerrarlos ahora y una parte de mi alma se ha hecho añicos… Imagino los cuerpos, ya que no puedo verlos, atravesados o quizá decapitados por una espada. Aquella voz femenina era la de Camira, la chica del 4. La rabia quiere inundarme, pero el pánico, el dolor, la tristeza, la desesperación y las ganas de gritar no dejan que siga su camino. Hay risas, risas de victoria y burla por doquier.
Estoy temblando por la nueva idea que invade mi cabeza. Dicha idea me dice que yo seré la próxima, así que me quedo sin respirar, abro los ojos y todo mi cuerpo se tensa quedando en un estado de alerta máxima. Quiero mirar, pero la oscuridad no me lo permite, veo frente a mí unas gotas de luz que llegan débilmente de las antorchas y me dan ganas de gritar al saber que no se mueven, ni en mi dirección ni en dirección contraria. Los monstros hablan entre ellos sobre cosas que no logro escuchar bien, ya que susurran, se escucha como guardan la espada y como todos ellos comienzan a avanzar. Escucho que uno de ellos sacude los cuerpos inertes del suelo.
Mis ojos no pueden estar más abiertos ni mi pulso más acelerado. Sólo puedo mirar fijamente en la luz que emanan las varas brillantes y se reflejan en las hojas frente a mí.
-No tienen nada importante. –Dice el demonio.
-Déjalo, Lowan, de todos modos no necesitamos nada. En el cuerno tenemos de todo. –Habla Camira.
Lowan hace un sonido en el musgo del suelo al levantarse y se reúne con los demás monstros para seguir su camino. Las líneas de luz se alejan y se oscurecen al entrar en la vegetación. Mi cuerpo se queda congelado, aunque el temblor de las extremidades vuelve, pero no cambio de posición en minutos. Mi mente aún no procesa todo lo que ha pasado y, cuando logra hacerlo, estallo en lágrimas de nuevo. Ahora puedo llorar con sollozos, con verdaderos gemidos de dolor, aunque no muy altos. No puedo respirar bien, mis ojos no se abren de lo hinchados que se encuentran y ni siquiera siento mi corazón en su lugar, es como si ya no estuviera ahí.
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Deambulo por la oscuridad río arriba, esperando encontrar algún tronco en el qué dormir o algún otro árbol alto de tallo grueso para escalarlo. Pude haber escalado aquél árbol en el que estaba escondida, pero el aerodeslizador tuvo que llegar por los cuerpos y debí huir; además de que no quería estar en ese sitio un segundo más. Llegué al punto donde disfruté del agua hace unas horas y seguí caminando y caminando. Mis ojos, además de hinchados, se cerraban solos a causa del cansancio y el sueño, Mis piernas se mueven solas arrastrándose por el lodo, mi brazo izquierdo ya no me duele y cuelga junto con el derecho a mis costados.
Llega un punto en la noche en el cual la vegetación comienza a ser menos densa a mí alrededor, doy un vistazo y noto que el río es ahora más ancho y corre más rápido. Al parecer mis oídos estaban desconectados de mi cuerpo, ya que ahora lo único que puedo oír es el sonido de millones y millones de litros de agua caer. Al alzar la vista, veo que se alza una figura enorme y oscura a unos 30 metros de distancia, río arriba. Las estrellas se ocultan detrás del gigante y me impulsan a saber qué es. Casi sin aliento, me encuentro con la quijada desacomodada al ver tanta agua caer por aquella cordillera. Una roca gigante, de unos 40 metros de altura de dónde cae infinita cantidad de agua.
-…Cascada –Me susurro.
Aquél libro que leí en la escuela era muy viejo, pero era demasiado interesante. Se llamaba "Ecosistemas de la tierra" y hablaba de todos los hábitats que existían antes en la tierra, algunos ya extintos y otros que nunca había podido ver, como la jungla hasta ahora.
Me acerco y la admiro, es preciosa incluso de noche, tanto, que quiero meterme en ella o escalarla. Tardo una hora más en rodearla, ya que detrás de ella se alza una montaña más enorme aún, aquella que vi al iniciar los juegos. Al llegar a la inclinada colina intento recargarme en una pared de roca porque siento que mis piernas ya no pueden con mi peso, que se quebrarán. Alargo un brazo e intento apoyarlo en una sábana de vegetación que cubre el pie de la montaña, no puedo recargarme porque cuando apoyo todo mi peso, caigo dentro de la cueva que se ocultaba detrás de todas ésas plantas.
Caigo con toda la cara en el suelo resbaloso de la abertura de la pared de piedra. Gruño al sentir toda una orquesta de dolor tocar en mi cuerpo. ¿Es que no puedo dejar de sentir dolor por hoy?... Estoy tan cansada y harta de las desgracias que lo único que hago es gatear hacia dentro de la cueva unos metros. Tengo tanto sueño y cansancio que pretendo hacerme un ovillo y dormir aunque sea unas horas, suspirando por poder encontrar un lugar oscuro, escondido y en el que nadie pueda encontrarme por el momento… ¿O no?
-¡No te muevas! –Me susurra una voz al fondo de la cueva.
¡Mierda! Ya decía yo que el destino quiere que muera definitivamente hoy. Busco desesperadamente con la mirada al fondo del agujero negro, intentando tomar la posición de huída.
-¡Te he dicho que no te muevas! –Me repite la chica que se encuentra al fondo.
Pego las palmas de las manos en la mohosa superficie del suelo de piedra, mientras los ojos azules se clavan en mí y avanzan lentamente con la lanza en mano, lista para disparar. Estaba equivocada al pensar que mi corazón se había ido, ya que revive acelerándose locamente… la verdad es que estoy tan cansada que no creo que pueda huir ahora, que estoy casi segura que moriré aquí. ¡Rayos!, creo que sólo me queda rogar por mi patética vida.
-¡No!, no, por favor. No me mates.
-¿Por qué no lo haría?
-Porque… porque… podríamos sobrevivir mejor juntas. –Digo tonterías a estas alturas.
-¡Já! Yo podría sobrevivir mejor sin ti que contigo.
-Pero yo no podría sobrevivir sola. –Le digo.
Se detuvo un momento a pensarlo, no pude verlo, pero creo que se formó duda en su expresión.
-¿Quién te hizo eso?
-¿Qué?
-¡He dicho que si quién te ha hecho eso!, En tu bazo ¿Te han seguido? –Dice apuntándome con la punta de la lanza hacia mi brazo izquierdo.
-Nadie. No me han lastimado. No me sigue nadie. –Le digo, segura. Después dudo un poco. -…Me lo he hecho yo misma.
Oigo que suelta un pequeño bufido para reprimir una carcajada. Wow, se reirá de la chica herida antes de matarla.
-Astrid. –Le digo, y se tensa alzando la lanza, pero debo continuar. –Mi compañero de distrito ha intentado matarme, me ha traicionado y se ha ido con los profesionales. Están cerca pero no me han seguido…
-¿Y por qué no? –Me gruñe interrumpiéndome.
-Porque… porque han cazado a los pequeños… -Le susurro y se me quiebra la voz en la última palabra. –A los del 8 y 9…
Y ya no puedo hablar más. Se me entrecorta la respiración y me entran las ganas de llorar de nuevo. ¡Mierda, soy tan débil!
-Bien.
-¿Qué? –Le digo con un graznido.
Baja la lanza a medias y se acerca lentamente, cuidando cada paso. Sus ojos azules y su belleza extraordinaria me Cega los ojos por completo. Alza el brazo libre y me extiende la mano… No puedo creérmelo, se me abren los ojos que siguen hinchados y abro a medias la boca. Esto era lo que temía acerca de ésta chica que puede ser sólo un año mayor que yo, pero que inspira una confianza que llega a dar miedo.
-Seremos aliadas entonces. –Me sonríe Astrid.
Ya sé, ya sé. Un día de atraso.
Mátenme si quieren... pero después de leer el capítulo ;) jeje
Estuve conversando con una amiga sobre la redacción de las
muertes próximas, y tengo unas cuantas ideas de cómo serán,
pero no coman ansias, que ya vendrán!
Espero que disfrutes del capítulo y recuerda, se vale dejar Review.
-AV-
