Primero que nada, Disculpas por los días inactivos y
por la falta del capítulo. pueden colgarme si quieren o
arrojarme a los mutos, como prefieran. jeje
Pero no sin antes dejarles el capítulo de hoy.
16
Hacía frío a pesar de la espesa humedad del ecosistema de la arena. Sentía perfectamente como aquella línea de hielo recorría mi espalda a la vez que el grito del pequeño del 8 se alargaba más y más. Mi corazón se aceleraba estruendosamente y los ecos del llanto del pequeño castaño del 9 se unían a los sonidos ya existentes y me abrían un hueco cada vez más grande en el interior. De repente, los gritos de los niños se fueron transformando hasta convertirse en uno solo, un grito agudo y femenino… era el mío.
Astrid tuvo que despertarme sacudiendo mis hombros, a la vez que me exigía que cerrara la boca. Era mejor que me despertara, ya que si yo fuera ella, no habría aguantado mucho a alguien tan ruidoso como yo y lo hubiera matado desde hace rato; sin embargo, ella es buena persona ya que lleva dos días aguantando mis pesadillas que terminan en llanto y gritos. Ni siquiera he podido retomar las energías que he perdido desde que nos soltaron aquí, solamente he podido dormir unas cuantas horas desde hace un par de días, ya que desde que presencié la muerte de los chicos de 12 años, no puedo juntar los párpados sin que los sonidos aterradores me asalten.
Se podría decir que he sido el parásito de Astrid desde que acepto ser mi aliada. Ella es la que sale por la comida y yo la holgazana que se queda en la cueva haciendo guardia, aunque ayer la acompañé a buscar unas cuantas frutas en una zona que ella localizó el primer día. Al regresar río arriba se detuvo en seco y me hizo un sonido con la boca, el que se usa para advertir que guardes silencio.
-No te muevas. –Me dijo mirando al suelo. –No vayas a moverte.
-¿Qué sucede? –Susurré levantando las manos.
-Ahí, justo ahí… ¿La ves? –Apuntó cerca de la orilla del río, a un puntito naranja brillante entre el lodo. –Dame tu chaqueta, nos servirá atraparla.
Hice caso inmediato de su orden y me quité la chaqueta depositándola en su mano. Aquél puntito naranja chillón que alcancé a ubicar era un pequeño animal con unos ojos grandes y negros. Logré ver Ranas unas cuantas veces cuando llovía en el 10, pero eran de un color café y a veces verde, pero nunca había visto una de un color tan llamativo.
-Cuidado. Puede ser un muto.
-No lo es. En el 6 leí sobre ellas, no son mutaciones, pero son venenosas.
Abrió la chaqueta en sus manos, dobló las piernas y un instante después se abalanzó sobre ella aprisionándola con ambas manos en una jaula de tela y plástico.
Al llegar de nuevo a la cueva, me explicó que ésa llamativa ranita era una de las más venenosas especies que existían en los antiguos ecosistemas, antes de que las aguas ahogaran la mayoría del mundo. Se creían extintas, pero al parecer los vigilantes las revivieron para una ocasión especial. Resulta que ese pequeño animal es capaz de secretar un líquido blanquizco de su piel, y al humedecer cualquier objeto cortante, punta de lanza o dardo de cerbatana, se convertía en un arma totalmente mortal. Y era cierto. Astrid me enseñó a usar la cerbatana y me explicó como frotar los dardos en la piel de la rana anaranjada sin matarla para poder cazar con éxito. Perdí algunos dardos en los primeros intentos, pero al final, pudimos conseguir una especie de gato salvaje que se encontraba durmiendo en la rama de un árbol cuando buscábamos comida.
Para nuestra buena suerte, nos encontramos con una extraña planta que tenía infinidad de largas espinas, exactamente del tamaño de los dardos e igual de filosas. Guardé cuantas pude y al regresar me aseguré de restregarlas con veneno para la próxima salida de caza.
Eso ha sido lo único bueno que he aportado a la alianza. En estos momentos sigo tirada en el suelo de roca de nuestro escondite, jadeando, llorando y sudando a más no poder a causa de las pesadillas. Astrid solo se sentó junto a mí, de cara a la entrada y con su lanza en la mano, esperando a que se me pase. No entiendo cómo es que puede ser tan tolerante, aún cuando soy tan inestable y débil físicamente comparada con ella.
El cielo se ilumina con un círculo de luz, con el sello del Capitolio, para después entonar su despreciable himno. Es de noche y es la hora de que sepamos cuántos han muerto hoy. Quiero secarme las lágrimas y asomar mi cabeza fuera de la pared para ver al cielo, pero la falta de energías no me permite hacerlo, así que desisto y me quedo tirada. En cambio, Astrid se pone de pie y atraviesa la cortina de vegetación que cuelga de nuestro agujero.
Me empiezo a inquietar cuando deja de escucharse la música y el cielo vuelve a oscurecerse, pasando dos tres minutos, quizá cuatro, y ella no regresa. No oigo pasos, nada. Y es ahí cuando decido levantarme para ir a ver que está sucediendo. Me siento en el suelo, para intentar ponerme de pié, pero Astrid cruza el arco de nuevo, tranquila, haciendo que suelte el aire que tenía sostenido en mis pulmones.
-Me has asustado. –le dije un poco molesta.
Ella me ignoró, se sentó a mi lado, dejó la lanza en el suelo y me miró directamente a los ojos.
-Mi compañero de Distrito está muerto. –Me dijo en tono uniforme.
Un silencio que duró casi un minuto llenó aquél hueco de la montaña. No sabía que contestar, o tal vez si debía contestar o no.
-Yo… Lo lamento. –Le dije después de un rato.
-No importa ya. –bufó bajando la mirada. Alcanzó su mochila, la abrió y se puso a revolver su interior fingiendo que buscaba algo. –De todos modos él también me había traicionado, igual que a ti.
-¿Era tu amigo? –Pensé en voz alta. Ella dejó de buscar en su mochila.
-Un amigo no. Era más un conocido que un amigo. –Dijo atenuando el volumen de su voz. –No pensé que fuera a morir antes que yo… -se susurró a ella misma, frunciendo un poco el seño.
Una punzada de familiaridad cruzó por mi cabeza. Me recordó que yo misma hubiera pensado en eso antes de que los juegos comenzaran, que creía que moriría en el baño de sangre mientras que Darren sería uno de los que llegaran a los ocho finalistas. Pensé un poco más y llegué a la conclusión de que el chico del 6 debía ser aún más fuerte que Astrid para que ella pensara que no moriría antes que ella… lo que significa que era más que un conocido, tal vez me mentía y en realidad si era un amigo… que tardó unos minutos en volver al refugio porque no creía que su compañero había muerto, o tal vez se permitió derramar algunas lágrimas por él, Quien sabe. Lo que más me inquieta es que si e muchacho del 6 era lo suficientemente fuerte para valerse por sí solo todo éste tiempo, debió haber sido asesinado por alguien más poderoso que él mismo… o algo más poderoso que él mismo.
Un escalofrío comenzaba a atacarme, pero las palabras de Astrid lo frenaron.
-Y tu compañero traidor… -Me dijo dudando un poco en continuar. -¿Es tu amigo? ¿O sólo un conocido?
Los cabellos de mi nuca se tensaron. Me preguntaba por Darren a la vez que su profunda mirada azul se inundaba del brillo de la curiosidad. ¡Rayos! Lo malo del asunto es que ella contestó a mi pregunta, así que ella misma me ha obligado a contestar ahora que ella es la que cuestiona.
-No.
-¿No qué?
-No es mi amigo. –Le digo, ahora siendo yo la que busca ayuda en el interior de su mochila.
-Me estás mintiendo. –Me dijo seria.
-No lo hago. Sólo te digo que no es mi amigo.
-Oh, ya veo. No es tu amigo, pero antes solía serlo ¿Me equivoco?
No había caído en cuenta de los intensos golpeteos en mi pecho, ni del creciente calor en mi rostro. Intento ocultarlo, pero ella me sigue con la mirada, ejerciendo presión. No encuentro nada en la maldita mochila que pueda salvarme, así que me obligo a respirar hondo y atreverme a mirarla a los ojos.
-No.
-¿No qué?
-…No te equivocas.
Y me sonrojo más al ver la triunfante sonrisa que me dedica. Después de eso, tengo que ofrecerme voluntaria para la primera guardia de la noche, ya que sé que no podré volver a dormir tranquilamente por hoy, y ella acepta.
Me paso el resto de la noche intentando averiguar cuáles fueron las razones por las que mi cuerpo se tensó e incomodó de aquella manera, en el por qué probablemente Astrid me mintió con respecto a su compañero y en el cómo reaccionaría si fuera yo la que viera la cara de mi compañero en el cielo con aquella molesta música de fondo.
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Apenas salió el sol, Astrid seguía dormida. No sé si alguien alguna vez pudiera sentir cuando se forman esas bolsas oscuras bajo tus ojos, pero podría jurar que es lo que siento en éste momento. La veo y la envidia de su plácido sueño me hierve en todo mi interior. Llevo horas sin pensar en nada, sólo sé que tengo mucho sueño, pero sin poder dormir. Una voz en mi interior me grita que tengo que moverme, que tengo que hacer que la sangre vuelva a mis piernas y que me brinde energía para soportar las noches en vela que se aproximen. Pero para eso necesitaré también comida. Me arrastro hacia la mochila de Astrid, dónde pusimos su termo y mi bolsa con agua y me doy cuenta que están casi vacíos. Tomo ambos y los meto en mi bolsita, cuento los dardos y espinas que me quedan para la cerbatana (Que son 13) y me amarro la bolsita al pecho. Doy un último vistazo a mi aliada, que sigue dormida, antes de salir atravesando la cortina de plantas… Tal vez se moleste conmigo cuando despierte y no me encuentre, incluso podrá llegar a pensar que la he traicionado, pero la verdad lo que más necesito en éste momento es caminar y conseguir comida.
Camino lo más alerta que mis sentidos me permiten. Me paseo sin perder la alta pared de roca que se encontraba a mi izquierda intentando rodear la montaña, cuidando mis pasos. Al cabo de una hora llego a la cascada, pero no me siento satisfecha, así que mi espíritu me inyecta una dosis de valentía y me impulsa a alejarme de la corriente de agua. Una de las razones es que no encontraré comida si no voy más dentro de la hierba y además de que cerca de la cascada podrían encontrarse los enemigos que salen en manada.
Llego al suelo de musgo y me aventuro dentro de él, al tiempo que mis piernas sienten la circulación deseada y mis manos se coordinan para cargar la cerbatana con una de las espinas envenenadas. Camino un poco más y algo más, buscando en el suelo alguna señal de animales, alguna huella o algún indicio de que haya vida macroscópica por los alrededores. Como el suelo no sirve, desvío la vista hacia arriba, esperando que probablemente encuentre otro de esos mamíferos parecidos a los gatos; Sin embargo solo veo verde y más verde, con un toque de café por los troncos finos de los jugosos árboles. Mi estómago me exige alimento, grasas, energía, pero no he encontrado nada.
Por un momento recuerdo aquellos trozos de carne de res que a veces lograba conseguir papá de los campos de ganado. No estaban en su mejor aspecto, pero aún así servían para asarlos o hacer algún delicioso estofado… Se me contrae el estómago al imaginarme aquél olor y por un momento odio el tener que recordar la antigua comida con el sazón del Distrito 10.
Oigo en ese preciso instante el movimiento de unas hojas. Me paralizo y busco rápidamente con la mirada en el suelo. No hay nada, pero las hojas se siguen moviendo. Una de ellas se desprende de su rama original y cae sobre mi cabeza, rebotando y deslizándose al suelo. Lentamente alzo la cabeza, y ahí la tengo, La comida servida en la mesa. No es uno de aquellos deliciosos gatos que esperaba encontrar, más bien es algún tipo de rata gigante, pero de todos modos es carne y la tengo justo encima de mí.
Acomodo la cerbatana con la espina en mi mano, apuntándola silenciosamente hacia mi objetivo. Llevo la pajilla de metal a mi boca poco a poco, hasta que toca mis labios. Al parecer, la criatura no me ha notado, ya que sigue con su ardua tarea de querer hacer un agujero en un tronco, está tan concentrada que no nota que está a punto de tiro. Tomo una bocanada de aire y soplo fuerte.
La espina sale disparada, pero no acierta en el blanco.
La rata Chilla al notar el ataque y sale disparada hacia mi derecha, a toda velocidad entre las delgadas ramas de los árboles. ¡Mierda! No debo dejarla ir. Mi estómago me recuerda que no puedo permitirme el dejarla escapar y mis piernas comienzan la persecución. Apenas y la veo deslizarse entre las hojas con sus enormes y rosadas patas, aferrándose con toda la agilidad posible con sus largas uñas. Yo sólo sigo corriendo, dándome con ramas que me rasgan la cara y casi cayéndome por las enredaderas regadas en el suelo, sin embargo no quiero dejarla huir. Juro que si ese animal no fuera de un pelaje café oscuro, la hubiera perdido de vista desde hace rato.
No sé por dónde voy y no me da tiempo de fijarme, ya que si aparto la vista un momento la perderé. Como puedo, coloco otro dardo en la pajilla y lo libero. Falló. Esta criatura es aún más ágil que el gato y puede incluso esquivar los proyectiles y seguirse moviendo. Tiro otro dardo y lo pierdo, no puedo darme el lujo de detenerme a recuperarlo, sólo sigo corriendo.
La maldita bola de pelos me deja atrás en un cambio de dirección que no logré prever. Derrapo, cayendo al piso, para levantarme lo más rápido posible y seguirla de nuevo… pero ya no está.
Se ha ido. Se ha escapado. He perdido el desayuno y, probablemente, la comida de un par de días.
Puedo seguir escuchando las hojas revolverse en las copas de los árboles mientras se aleja aunque no puedo precisar en qué dirección se ha escapado. Y ahí me quedo. Sola, sin comida, con los sonidos de la jungla haciéndose más fuertes a mi alrededor. Un alrededor que no me parece conocido… ¡Perfecto! He perdido el alimento y ahora también me he perdido.
Decido usar las renovadas energías que me ha dado la persecución para intentar volver a la cascada, llenar los recipientes con agua y dirigirme a la cueva. Me siento un poco tonta (decepcionada de hecho) al tratar de empezar la marcha, pero escucho de nuevo que las hojas se revuelven. Me quedo inmóvil por un segundo, esperando que el sonido se repita. Al escucharlo de nuevo noto que es un ruido lejano, pero que aún así se va acercando… ¿Habrá decidido volver la rata para darme su carne por lástima? No lo creo.
Intento ubicar la fuente del siseo con la mirada, que al parecer viene de mi izquierda. Agudizo el oído lo más que puedo y los vellos de la nuca se me erizan al escuchar el cercano rugido de un animal. Uno grande. Y que se acerca rápidamente.
¿Es que mi vida se podrá resumir en carreras como éstas?... En ése momento tal vez sí.
Escapo hacia el sentido contrario del alarido, aunque siento que me alcanza, que se aproxima. ¡Mierda, ahora lo entiendo todo! Aquel regalo peludo de largas garras que pensé ilusamente que podía atrapar por mi cuenta fue solo un anzuelo. Un anzuelo enviado por los Vigilantes para llevarme a la verdadera criatura que tenían preparada para mí. No sé cuál sea su aspecto, pero no quiero quedarme para averiguarlo. No quiero morir, no ahora.
Siento el movimiento de la maleza a metros de distancia y acercándose cada vez más. Puedo jurar que mi corazón podría estar en la palma de mi mano ahora, pero mi piel se lo impide. ¡Tengo que buscar algo, algo! Se acerca más, me ruge. Incluso puedo imaginar su tamaño gracias a su sonido y tengo la libertad de decir que es más enorme que yo misma.
"Correr no te salvará, Noelia. No esta vez", me dice mi interior.
Y tiene razón. Debo hacer otra cosa, algo más.
En un arranque de desesperación (o estupidez) me detengo un segundo para mirar a mi alrededor. Barro con la vista mi entorno más cercano y localizo un árbol con un tronco generosamente grueso y ramas que puedo alcanzar. Comiendo la huída de nuevo, pero ahora con dirección al árbol, doy un salta como jamás lo he dado en mi vida y me cuelgo de la primera rama. Tomo la segunda y la tercera, apoyando mis pies en la rama que hay debajo, escalando como puedo. Escucho a la bestia salir de entre los arbustos detrás de mí pero no me atrevo a mirar, sólo grito y avanzo hacia arriba resbalándome unas cuantas veces.
Tomo una rama y ésta se quiebra, haciendo que casi caiga al suelo. Pero logro aferrarme e intentar ascender de nuevo, tomando una rama que parece ser suficientemente estable como para sentarse en ella. Oigo que la bestia brinca hacia mí y siento cómo un par de sus garras se clavan en la suela de mi bota, jalándome hacia abajo.
Chillo.
Sacudo como puedo el pie y las garras se deslizan liberándome. Con un impulso de fuerza, logro tomar la rama gruesa y llegar hasta ella, aunque el animal intente alcanzarme de nuevo. Me aferro a la rama como puedo, abrazándola, y me atrevo a abrir los ojos. Fue una mala idea hacerlo, ya que pude ver a mi atacante claramente: Un felino gigante, un muto, de color café claro, aunque con franjas más oscuras en su lomo, unas patas del tamaño de mi cabeza y unos ojos amarillos que parecían casi humanos… lo más inquietante eran sus colmillos, un par de colmillos enormes que sobresalían de su hocico hacia abajo, totalmente afilados y listos para devorarme.
Estoy a punto de llorar, y la bestia a punto de saltar de nuevo cuándo el sonido de una soga tensándose nos distrae a ambos. Después un grito.
Proveniente del otro lado del árbol dónde me encuentro pude escuchar una réplica del gemido anterior: desesperado, frustrado, atemorizado. Noto que el felino mueve sus orejas, como si fueran unas antenas, buscando la fuente del sonido. Sus pupilas se dilatan pintando todos sus ojos de un negro profundo, para después quitar sus garras del tronco del árbol en el que me encuentro y salir en caza de la nueva presa. Un escalofrío me recorre la médula y el miedo me anima a gritar otra vez. Pero no lo hago, no debo hacerlo. No debo llamar la atención de la criatura que ha encontrado a otro individuo a qué matar, pero aún así, mi lado humano teme, y no solo por mí, sino por aquella alma en desgracia que ha llamado la atención del muto.
Me atrevo a despegar mi cara de la madera, alzar mi rostro y girar mi cabeza hacia la escena de mis espaldas. Por el rabillo del ojo, con gruesas hojas verdes interfiriendo, alcanzo a detectar a la persona que sigue gritando. Es un chico, delgado y moreno, y está colgando de una rama con su pierna enredada en el nudo que probablemente estaba diseñado para cazar algún animal que pudiera servir de alimento. Ahogo un gemido de desesperación al ver que se encorva intentando alcanzar la soga que envuelve su pierna para desatarse y escapar, pero el nudo es demasiado bueno.
En un segundo, el muchacho pierde las fuerzas y sus brazos caen volando al aire, dejando su cabeza suspendida boca arriba. Alcanzo a ver lo siguiente que ocurre: las pisadas del muto hacen crujir el musgo del suelo, los ojos del chico lo localizan y la piel del rostro de aquél ser humano palidece. La figura comienza a sacudirse como si se estuviera convulsionando a la vez que intenta tomar la cuerda de la que cuelga, pero para escalar por ella esta vez. Escucho un alarido profundo. El felino da un salto magnífico y rasga el pecho del muchacho con una de sus patas, arrancándole la mochila que llevaba en la espalda.
El chico grita.
Quiero separar la vista de la escena, pero el terror me ha paralizado.
Cuando veo que el muto salta de nuevo, esta vez no acierta en su pecho, sino que va directo a su cuello. Sus fauces rodean la cabeza del agonizante joven y, al caer de cuatro patas la bestia al suelo, arranca la cabeza con cabellera café del chico haciendo que deje de moverse el resto de sus extremidades y que la sangre caiga de su cuerpo al musgo como el agua de la cascada.
El cañonazo de su muerte me retumba en el cerebro.
Me doy cuenta que me he mordido fuertemente la lengua para no gritar y pruebo el sabor de mi sangre en la boca al tiempo que veo lo que queda de su cadáver. Me aferro a la rama con las uñas cerrando fuertemente los ojos y tratando de lidiar con las arcadas que amenazan con hacerme vomitar; Sin embargo, no puedo soportar y vomito.
El sonido del aerodeslizador es el que me despierta. Baja su mano metálica y se lleva los restos del humano decapitado que han quedado colgando. Cierra sus compuertas y desaparece.
Creo que me he desmayado por unos minutos porque, al volver a la consciencia, el muto se ha ido y los sonidos de las aves tropicales cantando vuelven a llenar el ambiente; sin embargo, hay algo diferente, un hedor a sangre que se seca y se pudre con la humedad. Sigo tensa, buscando al felino alrededor del árbol, pero no escucho ni veo nada más. Decido esperar unos minutos más antes de bajar a toda prisa y salir corriendo en la que creo es la dirección de la cascada.
Al escuchar el sonido del agua, una sensación de alivio se dispara en mi interior y me impulsa a llegar a ella. Salgo disparada de la maleza hacia la orilla del río con ganas de arrojarme con un clavado, pero me contengo. Recuerdo que tengo que llenar el termo y la bolsa con agua antes de volver. Me lavo la cara primero y bebo el revitalizante líquido de la vida, para después abrir la bolsita lo más rápido posible, sacar el termo de un litro de capacidad y comenzar a llenarlo.
Volteo continuamente hacia mis espaldas, alerta de cada sonido de hojas moviéndose. Siento como el sudor frío vuelve a surgir en mi nuca y me obligo a apurarme en mi tarea para volver al escondite con Astrid. No quiero seguir aquí afuera, ya no más por hoy. Ha sido demasiado. El estómago se me revuelve de nuevo recordando el olor de la sangre, cierro los ojos de nuevo y concentro mi atención en terminar de llenar el termo.
Le doy vuelta a la rosca de la botella para cerrarla, y cuando me dedico a ponerla en la bolsa, suena otro cañón.
Salto de miedo, cayendo de sentón en el suelo. Sin saber la procedencia de la muerte, tomo el termo y corro detrás de un arbusto lo bastante grande como para cubrirme. Me tapo la boca con una mano e intento no temblar demasiado.
Pasados unos segundos, caigo en la cuenta de que ese cañonazo pudo haber venido de cualquier parte de la inmensa arena, de que tal vez ni siquiera haya muerto aquella persona cerca de la zona en dónde me encuentro y aún así estoy tontamente escondida detrás de un arbusto en la orilla del río. Pero mi cuerpo no se atreve a salir de ahí, Me advierte que en ese momento el manda.
Sólo me permite girarme y despejar una sección de la vegetación de la planta para aumentar mi campo de visión. Y ahí espero un minuto, o quizá dos. Suficiente tiempo para ser testigo de una lucha.
Más bien una caza. Llevada a cabo en la punta de la cascada.
Mi pulso se acelera al ver a dos figuras pelear una contra la otra, mientras luchan con sables en mano, uno de ellos cubierto de rojo. ¿Qué rayos le está pasando a la arena hoy? Habrá muertes por todos lados, ya que en los últimos dos días solo ha muerto una persona y el público requiere más sangre.
Abro los ojos todo lo posible por ver, aunque tenga malas experiencias al no apartar la mirada antes; Sin embargo, hay algo en ésas figuras que me llama totalmente la atención: Son dos hombres peleando, uno rubio y otro… cabello negro.
¡Por todos los cielos!... ¡Es Darren luchando con el que parece ser el chico del 2!
Contengo la respiración por unos segundos, sin creerme la situación actual. Estoy a punto de darme la vuelta para no mirar, para ignorar lo que pueda pasarle a cualquiera de los dos, cuando veo a una tercera figura aparecer. Es una chica de cabello corto, Camira, y en sus manos hay una ballesta perfectamente cargada. Darren logra esquivar la cuchilla del chico del 2 y clavar su sable manchado de rojo en uno de sus brazos. El chico del 2 retrocede con un rugido, pero suelta su arma dándole la oportunidad a Darren de acabar con él. Levanta el arma, para terminarlo, pero Camira levanta el mecanismo con la flecha tensada en el cable; El chico de cabello negro la localiza, ella apunta cerrando un ojo, él baja el sable y se vuelve para echarse a correr, para saltar por la cascada, pero Camira suelta la flecha más rápido dándole de lleno en la espalda.
Ahogo un grito.
El impulso del chico hace que vuele 40 metros junto con la flecha hasta caer ruidosamente al fondo del río. Lo veo atravesar el agua y siento como mis ojos arden queriendo dar paso a las lágrimas, pero solo alzo la vista a las figuras en lo alto de la cordillera. El chico del 2 se aprieta el brazo con la mano y Camira mira directamente al agua donde ha caído Darren, después de ver que no sale a la superficie, escupe hacia abajo y se vuelve hacia el chico rubio que tiene a sus espaldas. Saca otra flecha del Caraj que lleva amarrado a las caderas y coloca el proyectil tensando el cable de nuevo, pero esta vez apuntando hacia el fornido chico rubio que, con la duda plasmada en la cara, levanta su mano en señal de protección y pregunta algunas cosas que no puedo comprender. Camira ignora sus palabras y aprieta el gatillo de la ballesta, soltando la cola de la flecha que se posaba en el cable, atravesando su corazón.
El chico del 2 cae de espaldas al suelo a la vez que su cañonazo suena.
Mi quijada ha estado desencajada desde que todo el teatro comenzó y hasta ahora me doy cuenta. Veo la figura de Camira arrancar la flecha del pecho del chico muerto, ponerla de nuevo en el caraj y volver por el camino del que llegó. Al perderla de vista mi cabeza se desvía hacia el agua del río que no para de correr y luego de buscar rápidamente con la mirada, veo como un bulto flota con una fleca sobresaliendo en la superficie.
¿Qué hago ahora? ¿Qué debería hacer? ¿Qué diablos acaba de suceder? Se suponía que Darren era parte de los aliados de los profesionales… pero si decidió traicionarlos, ¿Por qué Camira mató también al chico del 2? ¿Qué hago? ¿Tendré que ir por su cuerpo y sacarlo del agua? ¿Sigue vivo?
Una dosis triple de adrenalina se dispara en mis venas y sin pensarlo más me pongo de pie, dejo la botella con agua en el fangoso suelo y corro hacia la orilla del río. Localizo la ubicación del cuerpo de Darren, que se acerca al límite del agua y, tomando una bocanada grande de aire, salto al fondo. Toco las rocas del fondo con las botas y me impulso para sacar la cabeza. La flecha en el bulto flota a unos 3 metros de mí y hago un esfuerzo inmenso para patalear hacia ella, ya que nunca he aprendido a nadar. Al llegar a mi compañero, le doy la vuelta poniéndolo boca arriba y tomo uno de sus brazos para jalarlo a la orilla. Al sentir las rocas menos profundas en mis pies, jalo de Darren para sacarlo a tierra firme cuidando la flecha clavada en su espalda.
Lo dejo tirado boca abajo sobre el lodo mientras recupero el aliento. ¿Ahora que sigue?, Supongo que verificar si sigue vivo. En ese instante recuerdo que solo se oyeron dos cañonazos y no tres, uno de ellos antes de que Darren y el chico del 2 aparecieran en la cascada y el segundo fue el del mismo chico rubio.
El pecho se me infla de alivio al ver que mi compañero aún respira, aunque sea de una manera agitada e inconsciente. Debo quitarle la flecha de la espalda si quiero ponerlo boca arriba, así que gateo hacia él y, con la mano temblorosa, tomo la cola de la flecha de acero que encaja en su hombro derecho. Tomo aire, cierro los ojos y cuento hasta tres.
-Uno… Dos… ¡Tres! –exclamo sacando la flecha.
Un gemido de dolor de parte de Darren hace que entre en pánico, además de la cantidad exagerada de sangre que emanaba del lugar anterior a la flecha.
-¡Maldición! No, no, no, no… -Repito temblando sin saber qué hacer.
Darren ya no produce sonido alguno y eso me inquieta más. Desamarro mi bolsa del pecho y la arrojo a un lado, me quito la chaqueta y la empujo en la herida haciendo una bola con ella. La prenda comienza a teñirse de rojo en un principio pero al pasar un minuto, la hemorragia ya no parece tan grave.
Si lo dejo solo aquí morirá. Y si me quedo aquí con él nos atacarán.
Tengo que llevarlo a la cueva, no puedo dejarlo aquí.
No sé por qué lo hago, pero quiero hacerlo.
¡Demonios!... Astrid va a matarme por esto...
Juro ponerme al corriente la próxima semana.
Si no, yo misma me arrojo a los mutos con olor a rosas y sangre! D:
Recuerden que se vale dejar Review. :)
-AV-
