18

Las pantallas encendidas, decenas de ellas transmitiendo imágenes de mil lugares recónditos de la arena de éste año hacia la sala de control, dónde aquellas personas vestidas de blanco las observan detenidamente en busca de información que les proporcione una idea de cuál sería la manera más sangrienta y entretenida de aniquilar a aquellos niños que luchan por sobrevivir. Escalones y escalones de mesas redondeadas en una estructura parecida a un estadio, cada una de ellas tiene una silla y cada una ocupada a su vez con una figura dispuesta a matar.

En el centro de las gradas, se alza una plataforma a un metro del suelo, también redonda, pero esta es de un diámetro extenso, y en ella no hay pantallas, ni sillas, ni teclados, ni siquiera botones que presionar, sólo flota un atisbo de imagen con coordenadas, puntos y luces parpadeantes.

La única persona de pie se encuentra en el centro, junto a la plataforma principal. Se pasea alrededor de ella con ojos calculadores y maliciosos, pensativos a la vez que alternan la mirada de la esfera holográfica a las pantallas colgadas por toda la sala.

Se escuchan las puertas abrirse, sacando a muchos de los sujetos de su máxima concentración, incluidos el hombre que vaguea por el centro del estadio. Alza su vista, con duda y ve a dos agentes de la paz entrar por el pasillo que da a las puertas. Estos se ponen de pie mirando hacia el hombre de rojo y se manifiestan con el típico saludo militar.

-¿Qué pasa con ustedes? –Les reclama el hombre de barba extravagante, de una manera grosera e irrespetuosa. -¿Qué no saben que entrar sin permiso a esta base está sumamente prohibido?

-Señor Crane, tiene una visita. –Le dice uno de los agentes.

-No quiero visitas de nadie, estoy muy ocupado con la arena.

-Le recomiendo que venga con nosotros, el Presidente quiere hablar con usted en persona. –Dice finalmente el agente.

Los ojos del señor Crane se abrieron como platos y su boca se deformó por la sorpresa causando que el cuidadoso diseño de su magnífica barba se viera inapropiado por un segundo. Intentó calmarse ante las miradas de las decenas de personas a su alrededor, carraspeó con la garganta y acomodó las solapas de su saco de vestir hecho a mano antes de dirigirse al pasillo escoltado por los dos agentes de la paz que fueron en su búsqueda.

Al atravesar las puertas, ahí se encontraba el admirado hombre que todo el Capitolio amaba, espectacularmente vestido como siempre, y con una perfecta rosa blanca haciéndola de prendedor en su traje. El hombre de blanco se volvió a Crane y le sonrió con sus desfigurados labios. El hombre rojo pudo sentir el inicio de un escalofrío que comenzaba a ponerle los pelos de la nuca de punta, a la vez que el hombre mayor les daba una señal a los agentes para que desaparecieran de su vista.

-Señor, es un placer tenerlo aquí en la sala de los vigilantes. –Comenzó Crane.

-Si, claro, un placer. –lo interrumpió el hombre con sarcasmo. –Mira Seneca, iré al grano de una vez ya que no tengo tiempo suficiente para andarlo gastando en formalidades.

-Como usted desee, señor Presidente.

-Lo que pasa es que tengo un pequeño problema, con respecto a los juegos de éste año.

-¿Un problema?

-Así es, un problema.

-Si me dice lo que es prometo arreglarlo cuanto antes, Señor.

-Me alegra escuchar eso. –Dijo tranquilamente para proceder a toser un par de veces. –Como ya he dicho, no tengo tiempo para andarlo gastando ni en formalidades ni en cualquier otra cosa. Espero que me comprendas.

-Lo siento señor, pero no comprendo. –Dijo nervioso el hombre de rojo.

-Tú, como Vigilante en jefe, te encargas de todo acontecimiento causado en la arena, ¿No es así? –Crane asintió. –Entonces, significa que tú también eres responsable del tiempo que pase en ese entorno sin que suceda nada en absoluto, ¿Estoy en lo correcto?

-Si, Señor.

-Y resulta que yo como presidente de la nación debo estar presente y atento a todo lo que suceda dentro de esa arena también… quién muere, quién vive, quién asesina a quién. –Se arregló la rosa perfumada en su solapa. –No me mal entiendas, me encanta hacerlo, lo disfruto incluso. Pero justo ahora tengo otras cosas más importantes que hacer y necesito tiempo para hacerlas, ¿Entiendes a lo que me refiero?

-¿Usted quiere que estos juegos terminen rápido?

-Exactamente. Y tú serás el obediente vigilante que cumpla mis deseos. –dijo apenas moviendo sus carnosos labios, pintados de un extraño rojo.

Crane no podía terminar de entender cuáles eran los motivos del Presidente para pedirle tal cosa. Al público les gustaba la época de juegos, les gustaba sentir la tensión de las situaciones de los jovencitos en la pantalla de sus casas, era el programa más visto en todo el país aunque siempre llegara a durar máximo dos semanas. Esa era la fecha límite de días con el que Seneca contaba, dos semanas.

-¿En cuánto tiempo? –Preguntó a Snow.

-¿Te parece bien dos días? –Le sonrió.

-Dos días… Señor, eso es muy poco tiempo.

-Si, lo es. Y ten en cuenta que te estoy dando más de lo que debería. –Dijo dándose la media vuelta para salir del pasillo. –Te dejaré elegir la manera en que termine, como compensación. –Dijo al cruzar la puerta al final de la sala, siendo acompañado por los dos agentes de nuevo, dando por terminada la conversación.

.

.

.

.

Escuché los pasos en la maleza causados por unas botas y me apresuré a sorber por la nariz y limpiarme como pude con el cuello de mi camiseta las lágrimas que se empezaban a secar en mis mejillas. Un destello de cabellos dorados pasó por mi lado, unos hermosos ojos azules me miraron con compasión, pero con algo de enojo en ellos y una blanca mano tocó mi hombro en forma de despedida.

-En seguida regreso. –Dijo Astrid.

-¿Qué? –Le dije casi ahogándome. -¿A dónde vas?

-Por la comida de hoy.

-No, Astrid. Se supone que yo iría por ella. –Le dije frunciendo el seño.

Me pasé la mano por la cara para librarla de aquellos cabellos que me estorbaban la vista e intenté caminar con el paso más seguro que pudiera para adelantarme a mi aliada y demostrarle que yo era la que me había ofrecido a alimentarnos; Sin embargo, ella me detuvo jalándome del brazo y regresándome unos pasos detrás.

-Tú no irás a ningún lado. –Me dijo seria.

-¿Qué te pasa ahora? –Comencé a alzar la voz. –…Oh, ya entiendo. Te has dejado llevar por su discurso, ¿verdad? ¿Te ha convencido de que no debo ir? ¿Es eso?

Estaba a punto de hablar más, pero apretó más su mano alrededor de mi brazo, haciendo que doliera y callara de un instante a otro. Al mirarla, la rabia en su rostro había aumentado.

-No eres siquiera capaz de conseguir algo de agua por ti misma. Sólo mírate, Estas tan cansada que no puedes mantener los ojos abiertos y tan angustiada que con unas cuantas palabras rompes a llorar.

-No lloro porque lo desee.

-Ya has tenido suficientes excursiones tu sola. –Dijo, calmando su tono. –Él dice que ha colocado unas trampas para animales cerca de aquí, hace unos días. Me permitiré confiar en él e iré a buscarlas, con suerte habrá alguna presa en ellas.

-Claro… -Susurro para mí misma. –Trampas.

-Es la única forma de confirmar si podemos confiar en él o no, dependiendo si nos miente o nos dice la verdad. Además, él debe estar tan hambriento como nosotras; Después de todo, los profesionales están acostumbrados a comer mucho y cada rato les da hambre.

-Déjame ir contigo.

-No empieces con súplicas. Tú te quedas aquí y vigilas a esa sanguijuela para que no trame nada.

Oh, no. No puede estar diciéndolo en serio.

-Astrid. –Le digo, y bajo la voz para que solo ella pueda escucharme. –No me dejes sola con él, te lo suplico. –mi voz suena algo desesperada a estas alturas.

Ella me mira por un par de segundos y noto como piensa las cosas, tal vez en busca de otra alternativa, pero al final no hay ninguna.

-Lo siento, pero debes hacerlo, aunque sea un par de horas en lo que regreso. –Dice al final.

Me da un golpecito en el hombro y se gira para comenzar su camino.

.

.

.

Ahora soy yo la que se encuentra sentada en la entrada del agujero con una cara de pocos amigos, sin hablar y con el arma cargada en la mano. Mis ojos comienzan a perder la hinchazón de hace unos minutos mientras miran fijamente al chico tirado de espaldas al fondo de la cueva, observando cada movimiento que hace o que pueda llegar a hacer. No puedo estarme totalmente quieta, y menos durante un par de horas en lo que tarde Astrid en regresar, así que mi mano se mueve, adelante y atrás, jugando a pasar la cerbatana de metal cargada por mis dedos, sin siquiera mirarla y en un movimiento automático. Sin perder mentalmente el lado de la pajilla donde se encuentra la punta de la espina envenenada, ya que si la llego a necesitar, no equivocarme de extremo cuando la lance. No debo desperdiciar ninguna de ellas de ahora en adelante, la tonta rana decidió morirse dentro de su prisión ayer y me ha dejado sin veneno para mis municiones restantes. Malditas sean las ranas.

En cuanto a mi compañero/Prisionero, está despierto pero mantiene los ojos cerrados, su respiración no es tan calmada ahora y de vez en cuando suspira. Ahora, también ha comenzado a mover los dedos de su mano izquierda como si acariciara el piso, mojándolas con algo de lodo y pareciera que siente la tierra húmeda entre sus dedos.

Me frustra que no quiera intentar nada contra mí. Una parte de mí desea que lo haga, mi parte que ahora está furiosa con él, para tener tan siquiera una excusa para atacarlo y poder hacerlo sufrir.

"Tranquilízate, Noelia" me dice mi subconsciente.

Pasa otro minuto y comienzo a pensar que la voz tal vez tenga razón. No creo que Darren intente nada, se le ve demasiado calmado y pensativo mientras acaricia el suelo. Lo más seguro es que se sienta mal todavía por haberme hecho enojar, quizá pueda usar esa culpa para que me deje revisar su herida, ya que después de todo, me sigo preocupando por la salud de su brazo… Quizá pueda permitirme confiar en él.

Una risita burlona de parte de Darren hace que pierda el hilo de mis pensamientos.

De la nada, mis ojos se incendian y un enojo surge en mí, creyendo que ese gesto es una burla.

-¿Qué te parece tan gracioso? –Pregunto con voz dura.

No contesta de inmediato, se toma su tiempo para suspirar de nuevo y veo que abre sus ojos junto con su boca para manifestar una amplia sonrisa.

-Te quedaste después de todo. –Susurró.

Mis sospechas de burla se confirman, se está burlando de mí porque él ha conseguido que me quedara a pesar de que fue él el que ha iniciado toda la pelea.

-Cierra la boca. No quiero que hables. –Le reclamo con voz enfadada. Esto provoca que su sonrisa desaparezca y que intente alzar la cabeza para mirarme. Los intentos son el vano, y al perder las fuerzas, se deja caer al suelo, quedando de nuevo tirado en el suelo.

-Lo lamento. –Dice.

No respondo y dejo que el silencio alargue la distancia entre los dos.

-Lamento haber reaccionado así. –Continúa. –No quería que sintieras agobiada, sólo quería que te preocuparas más por ti que por mí… Y no quiero morir. No quiero que me regreses al río donde me encontraste, eso sería muy peligroso para ustedes. Camira intentó matarme, pero sólo consiguió herirme y eso no es bueno; Debe estar buscándome ahora, ya que no ha de haber escuchado el cañón que esperaba oír. Así que no quiero que se acerquen al pie de la cascada de ahora en adelante, Camira y los demás pueden estar rondando por ahí buscando alguna pista de mí… incluso podrían hacer cambiado el campamento cerca de la cascada, Willem es la clase de persona que pensaría en ese tipo de cosas.

-¿Willem? –pensé en voz alta.

-El chico del 2. Puede llegar a ser muy astuto cuando quiere. –dice mirando aún el techo.

Aprieto mi mano alrededor de la cerbatana y por un momento siento que comienza a temblar. Está hablando del chico del 2, aquél que vi morir con la mismísima duda plasmada en el rostro… ahora mi estómago se estremece un poco al saber que su nombre solía ser Willem y al escuchar que Darren cree que aún sigue vivo.

Una fuerza misteriosa hace que me ponga de pie y que me sitúe enseguida del muchacho. Y otra fuerza aún más grande me obliga a guardar la cerbatana cargada para intentar ayudarlo a sentarse, justo como lo pretendía hace rato. No digo palabra alguna, sólo cargo con el peso de Darren para ponerlo recto, y él me mira. Me mira con un símbolo de cuestionamiento en la cara por lo repentino de mi cambio de humor; Sin embargo, no da objeción y más bien hace lo que puede para completar la tarea. Suelto su espalda cuando ya está bien sentado y sin mirarlo a los ojos procedo a quitarle la chaqueta que lleva encima. Ahora sé que no despreciará el gesto, ya que siente culpa de lo pasado hace una hora, y eso me da la luz verde de ocuparme de él sin que rezongue.

Le he quitado ya la camiseta y veo que su herida ya está cerrando, sólo hace falta limpiarla y cambiarle el vendaje, tendré que usar mis calcetines o los de él para improvisar otro vendaje, pero eso lo veré ahorita. Ubico mi mochila a un lado mío y meto la mano para sacar alguno de los recipientes que deben de contener agua… Quiero rogar a los cielos que la bolsa de plástico tenga agua suficiente para lavarle la herida, ya que el agua del termo de Astrid se agotó ayer. Siento el plástico y tiro para sacarlo, dejando al descubierto una bolsa con apenas un chorro de agua dentro de ella. Me da alivio al saber que no tendré que dejar el agujero para buscar más, o por lo menos no sola hasta que Astrid vuelva.

Abro la bolsa transparente y la ladeo para concentrar toda el agua posible en una de sus esquinas, para usarla toda. En ése momento, Darren se mueve girándose hacia mí, para quedar cara a cara conmigo.

-Dime que aceptas mis disculpas. –Me dice con sus ojos brillando de ansiedad. –No puedo soportar que no hables.

Me quedo congelada con la bolsa de agua en alto por unos segundos. Aquellas palabras aún no son totalmente procesadas por mi conciencia, entran demasiado lento en mi cabeza, pero entre más entran, más hacen que el cuerpo se me estremezca… y que el corazón se acelere.

Esta mañana había visto los ojos de Darren por primera vez desde antes de que comenzaran los juegos, pero no me habían impactado tanto como lo hacen ahora. Ahora son de un color brillante, pero a la vez profundo y que muestran sus verdaderas emociones a los míos que intentan no perderse en ellos… ¡Diablos, sus ojos son hermosos! Y no sólo eso, Mi mirada hace una observación general al chico adolorido que tengo enfrente. Sentado débilmente en el suelo húmedo, Con su torso desnudo y sucio de tierra y mugre, unas mejillas ligeramente sonrosadas por un comienzo de fiebre, un magnífico cabello negro azabache igual de sucio y despeinado totalmente y finalmente unos grandes ojos verdes suplicantes. Todo eso frente a mí, a pocos centímetros de mí… y mostrándose sólo para mí.

Tengo que controlar mi cabeza, antes de que comience a girar más rápido. Tengo que desconectar nuestras miradas, antes de que haga algo tonto, algo de lo que pueda arrepentirme.

Estos sentimientos no están permitidos en mí ser.

Estos sentimientos no están permitidos en la arena.

-Pareces un tonto… -Digo fingiendo una carcajada. –Acabaré con tu sufrimiento y aceptaré esas disculpas. –Le digo, bajando la mirada al sentir que la cara me empieza a arder.

Él abre la boca para decirme algo, pero no se lo permito cuando agrego el agua a su herida, causando que apriete los dientes y se estremezca un poco por el dolor. Tomo la parte de debajo de mi camiseta, la volteo a su cara interior y con ella limpio la mugre y la sangre seca de su hombro. El gruñe de nuevo, pero no pone objeción. La venda anterior no está demasiado sucia, así que puedo volvérsela a poner y lo hago, al terminar, me vuelvo a sentar a su lado y me atrevo a mirarlo a los ojos segura de que ésta vez no me atrapará con la guardia baja. Él no me mira más, pero se deja caer poco a poco hacia mí hasta quedar su cabeza recargada en mi hombro izquierdo.

… y se suponía que no me tomaría con a guardia baja.

-Gracias. –Me susurra. Y mi coraza se desmorona.

Sin pensarlo, paso uno de mis brazos a lo largo de su espalda y el otro por el frente de su cabeza, para terminar abrazándolo. Él no pone resistencia y a mí, la verdad, a estas alturas ya no me importa. Estamos solos y ahora sé que él no me odia, que no pretendía despreciarme abiertamente por haberlo salvado, de hecho me lo estaba agradeciendo. Un vago recuerdo de nuestra infancia me llega de repente y me causa una punzada de tristeza en el estómago… aquello fue la primera y única vez que había besado a un chico, a éste chico.

Hundo mi cara un poco en sus cabellos, que no huelen más que a tierra y a Darren, y siento cómo pasa su brazo bueno para posar su mano en mi cintura. Quiero estremecerme, pero no lo hago, ya que tengo que luchar con los dolorosos recuerdos de ambos hace cuatro años y los recuerdos que se generan lentamente de nosotros justo ahora. Es demasiado triste, mucho, saber que uno de los dos o incluso ambos lleguemos a morir en cuestión de días…

-Me disparaste en la Cornucopia. –murmuro. Siento como su mano ejerce más presión en mi piel.

-Tenía que hacerlo. Estabas paralizada y aquella chica iba a clavarte un cuchillo. –Me susurra. –Tenía que hacer que recuperaras el control y te movieras… Lo siento tanto.

No había pensado en aquello, pero ahora que lo dice y la manera en que lo dice me hace creérmelo todo completo. Éste chico tiene la habilidad sobrehumana de encantarme, aunque ni yo misma lo desee… pero creo que justo ahora lo deseo.

¡No, debo parar!

Debo detener mis pensamientos antes de que me destruyan. Debo concentrarme en la verdadera situación que hay en el entorno, concentrarme en lo que pasará después con nuestras vidas.

-Ayer… -Comienzo. –Cuando te encontré, escuché tres cañones.

-¿Supiste de quiénes? –Dijo sin separarme de mí, ni yo de él.

-Uno fue del chico del Dos, justo después de que cayeras de la cascada, el otro fue del muchacho del Doce, que fue decapitado por un muto. –Darren pudo sentir que temblé por un segundo. –Y el tercero no tuve idea de quién fue.

-¿Willem está muerto?

-Si. Camira le disparó cuando tú flotabas en el agua.

Oigo que suspira, no sé si fuera por pena, enojo o alivio.

-El tercer cañón… -Me explicó. –Fue del chico del 4, Lowan. Yo lo maté ayer.

-Es por eso que Camira quería matarte. –le dije, y el asintió entre mis brazos. –Pero entonces, ¿Por qué mató al chico del Dos?

-Ni idea. Pudo haberlo hecho solo por despecho, para descargarse.

-Astrid me dijo que iría a revisar tus trampas. ¿Nos has mentido o en realidad si existen?

-No les mentiría, esas trampas son reales. Las había colocado para conseguir comida por mi cuenta cuando escapara… Tenía pensado asesinar a los que pudiera para después huir, pero Lowan los hizo despertar a todos antes de lo planeado. –No contesto a causa de la impresión que me da toda esa información. Apenas lo proceso bien. –Astrid no debería de tardar tanto, no están tan lejos de la cascada. Le dije que el punto de referencia era una Ceiba joven, un árbol bastante más grande que los demás, al Oeste de aquí.

Intento repasar mentalmente el mapa que me describe Darren y mis ojos forman la imagen de un árbol grande, más grueso de su tronco que los demás a su alrededor y una trampa para animales cerca de él.

Gimo de repente, en busca de oxígeno para mis pulmones que lo han perdido. Darren se sobresalta y se separa rápidamente de mí para ver qué sucede conmigo. Se encontrará con una cara pálida, una mirada perdida y un rostro que ha sido golpeado por el miedo del recuerdo.

-Noelia. ¿Qué sucede? –Me dice sin saber qué hacer.

-¡Levántate! –Le grito. – ¡Tenemos que ir por ella!

-¿Por quién? ¿Por Astrid? –Me pregunta, pero yo ya estoy de pie.

-¡Un árbol grueso con una trampa para animales cerca de él! –Digo desesperada. –Ahí no hay presas… Ahí es donde el muto asesinó al chico del Doce.

.

Como podemos, corremos desesperadamente por entre la vegetación.

Darren lleva mi chaqueta puesta de manera que soporte su brazo herido, y yo llevo mi cerbatana cargada en la palma de la mano, que tiembla como nunca a la vez que mis piernas adoloridas no se detienen al seguir a mi compañero entre la maleza. Vuelvo de nuevo a la persecución de la rata que escarbaba en el tronco de un árbol, recordando vagamente los tipos de hojas que me golpeaban la cara antes de que se me perdiera de vista. Darren se ubica mejor que yo y nos conduce como puede, tropezándose con casi todo, hasta el sitio donde se encuentra aquél árbol.

Llegamos a un punto en que todo el entorno está invadido por arbustos gigantes, demasiado altos como para ocultar a una persona… o a un muto.

Recuerdo que estuve por aquí cuando me encontré con la bestia y que corrí en dirección a mi izquierda de donde estoy ahora. El impulso de nervios me hace ignorar totalmente a Darren y seguir con mi carrera, hacia donde creo, estaba el árbol. Me desaparezco entre los arbustos y escucho que la voz del muchacho me llama por mi nombre se hace más lejana; Sin embargo, no me detengo. Sé muy bien que por aquí estaba aquella vez y que pensándolo bien, Astrid ha tardado demasiado en volver al agujero. Siento que el corazón se me saldrá del pecho por tanta presión que ejerce en mi piel, pero solo falta una capa de plantas más, antes de que llegue al punto de la trampa.

Acelero desesperadamente para atravesarla, y cuando lo hago, me detengo en seco automáticamente.

Astrid se encuentra frente a mí, de pie, inmóvil. Me ha escuchado llegar y ha levantado su brazo derecho al aire para obligarme a detenerme bruscamente. Está de espaldas a mí y algo me dice que no pretende voltear a verme, está mirando algo más. Algo que yo no puedo ver, pero que ella sabe que ahí está.

-Astrid. –Digo.

-Shhh. –me suelta para que me calle. Su cabeza se mueve en busca de lo que sea que esté cerca. –No te atrevas a moverte. –Me dice despacio.

-Hay que regresar, debemos salir de aquí cuanto antes.

-No podemos. Ya no podemos movernos.

-¿Por qué? –Pregunto.

-Justo ahí. –Me dice apuntándome con la cabeza a un arbusto gigante. –Ahí hay algo. Algo que nos está acechando justo ahora.

Volteo para observar mejor más allá del arbusto y mi corazón se detiene.

Es eso. Ese mismo muto que decapitó al otro chico. Y ahora está acechándonos, Cazándonos.

Astrid lleva su lanza fuertemente apretada en su mano y lentamente la acomoda para tomarla al mismo tiempo con ambas, dirigiéndola al arbusto donde está la bestia. ¿Qué planea hacer? ¿Atacarlo?

-Corre, Noelia. –Me dice sin mirarme. –Los vigilantes no la alejarán hasta que mate a alguien.

¿Qué? ¿Está diciendo todo esto en serio? ¡Tiene que ser una broma!

-No. –Digo, con la voz ya quebrada.

-Noelia, Corre. –Repite.

-¡No!

Y al gritar, el inmenso arbusto escupe al felino que da uno de sus magníficos saltos para atrapar a sus presas.

-¡Corre! –Me ordena Astrid al tiempo que dirige la punta de la lanza al animal que está en el aire.

Todo es tan rápido. Yo retrocedo un paso, Astrid enfrenta al tigre muto, éste cae sobre ella y su lanza, la lanza sale despedida hacia un costado mío y el cuerpo de Astrid desaparece debajo de las patas del animal. Caigo de lleno al suelo de espaldas, provocada por la lanza que me pasa por un lado, volando.

Astrid grita.

El Muto ruge.

Y grito también.

Logro ponerme de pie y tomo la lanza que me queda a menos de un metro. La tomo en mis manos, dispuesta a atacar y comienzo la estampida, pero algo me jala hacia atrás.

-¡No! –Me reprende Darren a mis espaldas, jalando de mi camiseta para sacarme de equilibrio.

Al retroceder, enreda su brazo bueno en mi cintura y me aprieta contra él para no dejarme ir, después pretende levantarme del suelo.

-¡No! –Chillo. -¡Suéltame! ¡Déjame ir! ¡Maldito! –Se me cae la lanza de las manos y es ahí cuando comienzo a pegarle directo en la cara con los brazos. Estoy ya llorando y pataleando.

La bestia se mantiene concentrada con el cuerpo de Astrid, que ya no produce ningún sonido, ni tampoco da pelea. Lo último que alcanzo a vislumbrar con la mirada empañada en lágrimas antes de que Darren me introduzca a la densa vegetación de nuevo, es el muto abriendo sus fauces, con sus gigantes y afilados colmillos alrededor del cuello de Astrid, dando finalmente el bocado mortal.

Después, todo es verde hierba.

Quiero gritar su nombre, el nombre de mi aliada, pero lo único que sale de mi garganta es un gemido desgarrador y Darren comienza a correr con mi cuerpo flotando sobre el suelo.

No puedo ser consciente de nada más.

Nada.

Sólo el sonido del cañón que me parte en pedazos.


¡Buenos días, tardes o noches!
Aquí les traigo la entrega número 18. Lamento la muerte de Astrid,
de verdad, sufrí mucho al escribirlo, pero tenía que suceder.

Ahora sí lo publico a tiempo y les prometo que la historia está
en su recta final. Un par de capítulos y un epílogo, tal vez.

Muchísimas gracias por haber leído hasta aquí. Me llenan de felicidad.
¡Se vale dejar Review! ;D

-AV-