Hola! Por el momento no tengo mucho qué decir, solo agradecer que lean este fic, y que lo sigan a pesar de mis retrasos con la actualización.
Los invito a leer n.n
Disc. One Piece y sus personajes son propiedad de Oda-sama *-* solo la trama de este fic es creación mía.
Resumen: ¿Qué puede ser peor que no tener un sueño? Actuar por mero instinto. Herir a quienes te quieren. Poner en peligro verdadero a quien amas. No poder hacer nada ante ello y depender por completo…de esa persona.
Por Instinto
Capítulo 4: Es lo que quieres
Aunque estuvo un buen rato aplazándolo, Robin llegó al momento en que tenía que levantarse de su silla y salir. Sabía perfectamente bien que no podía quedarse toda la noche encerrada en la biblioteca, además, se había comprometido, junto con Chopper, a cuidar de Zoro prácticamente desde el momento en que le dio el reglamento y se la pasó asegurándose de que lo cumpliera.
Entonces, ya decidida a enfrentar lo que fuera, Robin cerró el libro y lo tomó entre sus manos firmemente mientras caminaba rumbo a la puerta.
La abrió y se asomó, cuidándose de no parecer demasiado ansiosa.
-Buenas noches, Zoro.
Él estaba sentado junto a la puerta, justo como Franky le había dicho, con los brazos cruzados y la vista al frente. Al escuchar su voz, volteó y la miró, pero sin responder al saludo. Se puso de pie velozmente y se quedó en la misma posición, como si esperara que ella le dijera algo o le diera órdenes.
Robin sonrió, pensando que quizás Franky había exagerado. Tal vez el hecho de que Zoro estuviera allí, afuera de la biblioteca, no era más que una simpática coincidencia. Este pensamiento la hizo sentir mucho más tranquila.
-Ya es algo tarde y hace frío. Deberías ir a dormir. Buenas noches.
Dicho esto, se encaminó a su habitación pensando que había terminado y que era una exageración preocuparse de más. Pero no había dado ni cinco pasos cuando sintió perfectamente que el espadachín no había hecho caso de su indicación, sino que la seguía. Se detuvo, y detrás de ella se escucharon los últimos pasos que dio su nakama antes de detenerse también.
Un poco asombrada por esto, Robin se dio la vuelta hacia él y una vez más le miró.
-Zoro, escucha- le dijo ahora con mayor firmeza que antes-, debes ir a dormir, a tu habitación. Yo iré a la mía.
Se volvió a poner en marcha, pero Zoro no acató su indicación sino que siguió caminando atrás de ella, al punto de conseguir ponerla realmente nerviosa. Robin decidió entonces no detener su andar hasta que alcanzó el cuarto que compartía con Nami y se encerró en él, sin permitir que Zoro siguiera caminando tras ella.
Una vez que estuvo dentro, esperó unos segundos hasta que sus latidos se tranquilizaron, y se aseguró de que Nami ya estaba dormida, pues sería muy raro que la hubiera visto entrando así a la habitación, como si estuviera huyendo de alguien.
Se sentó en la orilla de la cama y antes que cualquier otra cosa metió la mano en el bolsillo de su abrigo.
Sacó la piedra y la miró con atención. Un pequeño brillo se notaba desde su núcleo, era más notorio quizás por la penumbra. Trató de no ponerle atención al detalle de que cada vez parecía ser más fuerte.
Desenganchó la cadena de sus pantalones y guardó cuidadosamente la piedra bajo su almohada.
Se cambió la ropa por un pijama cómodo, perfecto para la fría noche, y se acostó para poder descansar.
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Temprano en la mañana, los ruidos que hizo Nami al despertar le llamaron la atención, pero decidió quedarse acostada, no quería levantarse y hacía frío. Además, seguramente su amiga iba a echar a andar el barco y luego los mandaría a todos a dormir de nuevo como había hecho últimamente, y lo cierto es que ella no tenía mucho en qué ayudar en esos casos, y casi siempre terminaba siendo una mera espectadora, sobre todo si Sanji se ofrecía a hacer su trabajo.
Por lo tanto, cerró los ojos sin haberse movido casi nada, y se quedó dormida por un rato más.
Cuando despertó ya debían haber pasado una hora u hora y media, de modo que se incorporó y se sentó a la orilla de la cama, ya bastante descansada. Frente a ella, en la otra cama, estaba sentada Nami, mirándola seriamente. Por eso mismo, Robin no le dijo nada, sino que esperó a que fuera ella quien hablara.
-Buenos días, Robin.
-Buenos días, Nami, ¿ocurre algo?
Nami volteó hacia un lado, como si tuviera que pensar con calma o analizar lo que estaba a punto de decirle. Tomó mucho aire antes de hablar y su expresión parecía de derrota.
-Está allí afuera, sentado junto a la puerta. Creo que durmió allí. Robin, esto no me gusta nada.
Robin solo pareció confundida un momento. Se acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja y luego volvió su vista hacia Nami.
-No creo que pase nada malo, Nami. Zoro…
-Se está portando muy raro contigo, Robin- insistió la navegante, poniéndose de pie- ¿qué tal si te ataca? No quiero ni pensarlo pero…sabes que puede hacerte mucho daño, es muy fuerte, si se sale de control podría suceder algo que…
-Pero no tienes de qué preocuparte- le sonrió ella entonces, interrumpiéndola-, Zoro no me lastimaría.
-¿Por qué estás tan segura…?
Eso. ¿Por qué lo estaba? Podía dar muchas respuestas a esa pregunta pero ninguna le gustó. Se encogió de hombros, sonriendo con una gran confianza, y se puso de pie.
-Yo me encargo de él, no te preocupes- le dijo a su compañera mientras sacaba sus cosas para asearse.
-Como quieras- suspiró Nami, dándose momentáneamente por vencida- pero por favor, ten mucho cuidado.
Le advirtió. Cómo si ella no supiera. Robin suspiró. Como si no lo supiera.
Nami salió de la habitación, y tal como lo esperaba, Zoro permaneció allí sentado junto a la puerta. Esto la hizo sentirse enojada y algo inquieta… no sabía qué podía esperar de él.
Pero si Robin creía poder manejarlo, debía confiar en ella.
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Desde el primer día se habían dado cuenta todos de que quizás Robin era la más adecuada para lidiar con Zoro en el estado en que se encontraba. No era que no quisieran ayudarle o entrometerse, sino que Zoro además se mostraba extrañamente atento a las solicitudes de la arqueóloga. Es decir, a todos los escuchaba y obedecía si las exigencias eran razonables, pero en el caso de Robin, respondía con mayor facilidad, accedía a hacer lo que ella le indicaba o le pedía, de la manera más rápida y eficiente. En cuanto a Robin, ella era ciertamente la más paciente de la tripulación, parecía además que había sido quien mejor había comprendido el estado en que se encontraba Zoro, y siempre tenía en los labios el tono correcto de voz para dirigirse a él en cada situación.
Las cosas no habían cambiado mucho, pero lo preocupante para Nami era que ahora no solo era más atento con ella que con todos los demás, sino que desde que Robin tenía la piedra con ella, Zoro no parecía querer alejársele por un segundo. Se notaba todo el tiempo, y no era algo cómodo de pensar, mucho menos algo que le pareciera que fuera posible controlar.
Si a Zoro se le metía una idea en la cabeza, pero sobre todo si era algo que no podía llevar a cabo por cualquier razón, las consecuencias podían ser horribles para todos, pero sobre todo para Robin.
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Robin salió de la habitación, y lo primero que vio afuera fue a su nakama, sentado tal y como Nami le había dicho que estaba.
-Buenos días. Zoro, ¿No fuiste a tu cuarto a dormir?
Aunque no volteó a verla, Zoro movió la cabeza negativamente, pues en realidad le había escuchado con atención.
-Esto no es saludable- le advirtió ella- sobre todo con el clima de esta zona. Lo mejor es que duermas en una habitación, preferentemente la tuya.
No le dijo nada más, y comenzó a caminar rumbo al baño para darse una ducha.
-No me sigas, por favor- pidió al escuchar los pasos a sus espaldas, que se detuvieron casi en seguida-, gracias. Deberías ir a hacer algo con los demás. Sanji no tarda en hablarnos para el desayuno.
Siguió caminando, y a su vez, los pasos detrás de ella se desviaron y tomaron un camino distinto.
Robin siguió caminando hasta el baño, donde se desvistió y se duchó con agua caliente para desestresarse un poco. Al salir y vestirse de nuevo se aseguró de dejar la piedra enganchada en sus pantalones y perfectamente guardada en el bolsillo de su abrigo.
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-Hoy pasaremos por una pequeña isla. No creo que haya gran cosa, al parecer que está deshabitada. Pero podríamos bajar a ver si encontramos algo que nos sea útil…y a descansar un poco.
Nami suspiró. Llevaban días en altamar, desde lo de la isla del Alba no habían parado demasiado. Era cierto, a veces pasaban meses, larguísimos meses sin ver otra cosa más que agua a su alrededor, pero aunque ahora solo habían pasado unos pocos días, se dejaba sentir un terrible cansancio alrededor de todos ellos, quizás porque en esta ocasión el agotamiento era más mental que físico.
Aunque la mayor parte del tiempo quien lidiaba con Zoro era Robin, todos estaban siendo afectados por el comportamiento de este, todos estaban involucrados. Hasta Sanji, que a pesar de la "situación delicada" todo el tiempo lo trataba de "idiota", "cabrón", "bastardo", entre otros pintorescos adjetivos, no podía evitar que, de vez en cuando, se le saliera un gesto, una mirada o una expresión que denotara su preocupación por su nakama. Si así estaba el cocinero, ¿qué se podía esperar de los demás?
Bajar un rato a una isla no les caería nada mal a ninguno de ellos.
Todos estuvieron de acuerdo y siguieron almorzando. Extrañamente, Robin había logrado que Zoro se sentara a la mesa a comer con ellos, después de haber pasado varios días comiendo donde y cuando le daba la gana. El resto de los Mugiwaras, en correspondencia a los esfuerzos de Robin por mantener el barco en la línea de la cordura, consiguieron que Luffy no intentara robarle nada de comida de su plato, que dicho sea de paso, estaba casi tan repleto de alimentos como el del capitán, petición que Robin le hizo a Sanji y que el rubio, solo por tratarse de ella, cumplió al punto.
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A eso del mediodía llegaron a la mencionada isla. Se trataba, como ya lo habían previsto, de una isla deshabitada. Casi toda la extensión estaba ocupada por un bosque de coníferas – capricho de la naturaleza, supusieron, considerando que se encontraba rodeada de mar.
Bajaron del barco y se dispusieron a explorar los alrededores. Luffy insistía en ir a buscar si había algún enorme animal que Sanji pudiera prepararles para cenar, y tanto insistió que al final no les quedó más remedio que hacerle caso. Franky se quedó atrás, cuidando el barco, y los demás salieron detrás de Luffy, incluso Zoro aunque nadie sabía a ciencia cierta si era porque seguía a Robin o porque algún "instinto" lo obligaba a actuar como si sus nakamas fueran la manada a la que tenía que seguir.
El ambiente seguía siendo bastante frío. Había muchas hojas secas tiradas en el camino, y Luffy, Chopper y Ussop se detenían a juntarlas por montones y lanzarlas como si de confeti se tratara. Juntaron montones enormes para lanzarse sobre ellas. Reían y jugaban, por primera vez en varios días parecían sentirse genuinamente felices y esto hizo sentir a sus amigos felices también.
Robin estaba contenta de verlos así, pero no por eso dejó de notar que Zoro mostraba una enorme inquietud. Se lo comentó a Nami.
-Llévalo a que haga algo útil- sugirió ella, encogiéndose de hombros- podría cortar algo de leña para una fogata, ¿qué te parece? Sería agradable pasar la noche aquí.
-Supongo que es buena idea. ¿Les molesta si nos vamos por otro camino?
-En lo absoluto. Solo… cuídate, ¿de acuerdo?
Robin sonrió, confiada.
-No tienes de qué preocuparte.
Iba a darse la vuelta, pero Nami la tomó del brazo y la detuvo.
-Hablo en serio, Robin. Si pasa algo…cualquier cosa. Corre. Corre y pídenos ayuda.
Robin miró a Nami seriamente y asintió. Nadie había prestado atención a esta plática porque estaban demasiado ocupados con las hojas como para escucharlas, y por su parte, Zoro estaba demasiado ido… e inquieto, cabe agregar, para prestar atención a cualquier cosa.
Discretamente, Robin se acercó a él sintiendo la mirada preocupada de Nami siguiéndola. Trató de sonreírle para que no se preocupara tanto, pero el gesto de ella no cambió.
Robin tocó el hombro de Zoro y le pidió que la siguiera. Comenzaron a caminar, tomando un camino distinto al que sus amigos tenían planeado seguir.
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-Necesitamos leña para una fogata, Zoro- le indicó ella mientras avanzaban por un bello camino cubierto de hojas secas, techado por las ramas de los árboles que había a los lados- y ya que tú tienes tus espadas, nos vendría muy bien que te hicieras cargo de eso.
Zoro no contestó, pero ella sabía bien que a pesar de eso seguramente la había escuchado, y le haría caso.
La caminata les sentaba bien a ambos, a decir verdad. El aire del bosque era delicioso, quizás porque era filtrado por los árboles, de modo que respirarlo era una delicia. El sonido de las hojas secas bajo sus pies también era bastante relajante, a pesar de que en realidad se encontraba un poco- solo un poco- incómoda por estar a solas con su compañero. No podía negar, sin embargo, que esto también le gustaba mucho. En el pasado, rara era la ocasión en que recordaba poder estar con Zoro a solas, así nada más, caminando tranquilamente. Estaba feliz de tener esta oportunidad.
El espadachín, por su parte, aunque no expresaba mucho, estaba notoriamente cómodo.
Robin adivinó que se sentía así porque se encontraba en contacto con la naturaleza y se sintió feliz al notar que él incluso había relajado su caminar, no mostraba tanta tensión, como en otras ocasiones, no parecía que de un momento a otro fuera a salir huyendo o que intentaría atacarla a ella o a alguien de la tripulación.
En realidad esto era lo que había notado en él antes, no necesariamente la inquietud que le había mencionado a Nami. Podría decirse que había sido plan con maña. Sabía que por su naturaleza, lo mucho o lo poco que conocía de él, Zoro disfrutaría más si se le daba la oportunidad de alejarse un poco de los demás, estirar los brazos y respirar a sus anchas.
Por eso fue que se lo llevó de allí. Quería darle esa oportunidad.
Siguieron caminando. El aire fresco soplaba por entre los árboles, las hojas se removían y crujían a sus pies, e incluso había cierto aroma en el ambiente, a naturaleza, a tranquilidad.
Zoro miraba a su alrededor, en realidad Robin no hubiera podido decir si lo hacía con curiosidad, pero se notaba ciertamente que tenía un interés muy significativo por todo lo que los rodeaba. Seguían caminando, pero con mucha mayor lentitud que cuando estaban con los otros, disfrutando del paisaje con la mayor calma.
Pronto, encontraron un árbol, que al parecer había caído recientemente. Robin se alegró, así no tendrían que cortar ningún árbol que aún estuviera vivo.
Se acercó a la enorme masa. La examinó y la palpó. Finalmente, volteó a ver a Zoro esbozando una sonrisa llena de satisfacción.
-Es perfecto- le dijo- la madera es fuerte. Si pudieras cortar una parte para usarla…
Zoro sacó sus espadas de su funda y se acercó al tronco.
Robin supuso que con eso podría dejarlo entretenido un rato, y se alejó un poco para sentarse en una roca y recargarse contra otro árbol. Observó a Zoro durante unos momentos, pero aunque antes se había sentido feliz de verlo así –tan verdadero y natural- ahora le entristecía ver que sus habilidades con las espadas se habían visto extrañamente reducidas. No era que no pudiera usarlas en lo absoluto, solo que sus cortes, aunque poderosos y letales, no eran tan precisos, y su técnica no tenía la belleza física que solía tener.
Sus movimientos, recordó ella sintiéndose extraña por pensar así, solían ser increíblemente estéticos, algunos en perfecta simetría, algunos expresados en movimientos firmes que denotaban su enorme poder, y otros, efectuados con tanta precisión, con tanta consciencia de su espacio y de su propio cuerpo que le parecía inconcebible que un hombre con semejante manejo de sí mismo fuera capaz de perderse incluso siguiendo un camino recto.
El Zoro que tenía frente a ella no tenía menos fuerza física, pero evidentemente era mucho menos dedicado a lo que hacía. Este Zoro no amaba a sus espadas porque de por sí no podía sentir nada. Y sin ese amor, sin ese deseo de hacer las cosas y sin esa pasión intoxicante corriendo por sus venas, Zoro seguía siendo un gran y eficaz espadachín, de eso no había duda, pero no era el dios de la batalla ni el demonio cazador que siempre había sido.
Pensando en esto, soltó un ligero suspiro, provocando que su nakama volteara a verle. Ella, distraída, sacó de una bolsa que había llevado consigo el libro que le había dado el sacerdote, y siguió leyéndolo. No había podido avanzar demasiado porque el vocabulario usado en él era de un estilo muy antiguo, por eso se había visto obligada a ir a la biblioteca, más de una vez tuvo que consultar distintas referencias para estar segura de lo que querían decir esas páginas. A estas alturas creía poder continuar sin necesidad de hacer consulta tantas veces, de modo que decidió aprovechar el tiempo mientras Zoro cortaba la madera, aunque sabía que no iba a tardar demasiado.
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Tal y como ella lo pensó, Zoro cortó el enorme árbol en varias piezas, todas más o menos del mismo tamaño, en cuestión de unos pocos minutos. Levantó la vista un poco sorprendida.
-Ahora deberíamos buscar a los demás para que nos ayuden a llevar esto de regreso al barco- sonrió. Zoro estaba un poco agitado, por lo que ella no dio indicios de ponerse en camino en seguida- si necesitas retomar aire podemos esperar. Descansa un rato, este sitio es precioso. Sería una lástima no disfrutarlo como se debe.
Zoro comenzó a caminar hacia ella. Se sentó en el suelo, cerca de la roca donde ella estaba sentada. Cruzó sus piernas en posición de loto y dejó sus brazos descansar sobre sus rodillas. Por un momento Robin pensó que quizás se pondría a meditar como siempre lo hacía cuando terminaba alguna de sus largas tandas de ejercicios, pero no lo hizo, solo se quedó allí sentado. Se veía que disfrutaba estar allí. Robin sonreía al verle, pero no podía evitar pensar que de todas maneras seguía sin tener sentimientos. Solo sus instintos hablaban por él, y en este caso, estaban siendo satisfechos por el contacto con la naturaleza, la actividad física, el descanso corporal y, quizás, estar solo y alejado de los demás, sin ser molestado ni siquiera por ella.
Últimamente Luffy, Brook Ussop y Chopper se mostraban con un poco más de confianza hacia él. Incluso llegaron a convencerlo de "hacer pesas" con ellos, levantando un brazo (del cual colgaban Luffy y Chopper) y luego el otro (donde estaban encaramados Ussop y Brook). Algunos otros juegos se les habían ocurrido, principalmente porque según Chopper quizás podrían reintegrarlo a la vida "normal" dentro del barco, pero lo cierto era que él solo les hacía caso…porque sí. Aunque en algún momento sí llegaba a parecer cansado de ellos.
Ahora era diferente. Parecía que Zoro estaba en paz y eso hacía sentir a Robin contenta por él y aliviada de pensar que quizás ella estaba ayudándole realmente en algo.
Aun así, esa paz que sentían no era más que algo artificial e incompleto. En este caso, la paz no era sinónimo, y ni siquiera, parte de la felicidad.
De pronto la mencionada paz se vio interrumpida cuando Zoro se puso de pie bruscamente.
-¿Ocurre algo, Zoro?
Él no contestó nada, como ya era costumbre, pero comenzó a caminar hacia el frente, muy despacio.
-Zoro- le llamó ella una vez más. Cerró el libro y se levantó, dejándolo sobre la roca- ¿Qué sucede? ¿Te encuentras bien?
Sin siquiera dar indicios de haber escuchado a Robin, Zoro comenzó a correr a toda velocidad, alejándose de allí.
-¡Zoro!- Robin recogió el libro y lo guardó en su bolso rápidamente mientras comenzaba a correr tras él. Pero no había avanzado mucho cuando se dio cuenta de que ya lo había perdido de alcance por completo. Ni siquiera escuchaba sus pasos cerca.
Se detuvo, y rápidamente floreció varios ojos en un perímetro considerable, sin embargo la sacó de concentración un ruido que se escuchó cerca de donde estaba ella.
Se dio la vuelta. Habían sido hojas secas y ramas, de eso estaba bastante segura.
-¿Zoro?- preguntó en voz alta, pero antes de obtener respuesta observó un gran movimiento en los follajes de árboles cercanos.
Algunos animales corrieron en dirección contraria al sonido que había escuchado antes, evidentemente, huyendo. Robin los observó y luego volvió a voltear hacia aquél lugar.
Retrocedió un par de pasos cuando una especie de sombra avanzó hacia donde ella estaba, moviéndose entre los árboles, esta vez estaba completamente segura de que no se trataba de Zoro.
Trató de no hacer sonido alguno, se quedó quieta, y redujo todo lo que le fue posible su respiración y cualquier sonido que pudiera provenir de ella. Permaneció mirando fijamente en esa dirección, y esperó.
Fuera lo que fuera, no siguió avanzando hacia ella, pero pudo escuchar una especie de rugido que provino de allí, y que decenas de pájaros que descansaban en los árboles cercanos salieran volando. Ella siguió guardando silencio. Le dio la impresión de que la criatura seguía por otro camino, y aprovechó esto para dar otro paso en retroceso, preparándose en para salir corriendo en cualquier momento.
Al siguiente paso que dio, su tobillo se encontró con una rama, y sus pies estaban tan mal asentados en el piso debido a su intento por no hacer mucho ruido que se fue para atrás y cayó de sentón, causando un gran alboroto de hojas y ramas.
Los ruidos dejaron de escucharse por un segundo, pero casi en seguida escuchó un rugido más. Robin se puso de pie lo más rápido que pudo pero no consiguió retroceder a tiempo, pues la criatura apareció frente a ella abriéndose paso entre los árboles.
Era algo así como un león, solo que era muy grande, unas tres veces más grande que ella, y claro que tenía una enorme melena, pero el resto de su cuerpo se parecía más al de un oso.
Maldición.
No le tenía miedo, claro está, más de una vez se había enfrentado a ese tipo de animales (Cerberus, reyes marinos o cualquier otro animal propio de las islas que visitaban), pero quería evitar un enfrentamiento porque tenía que cuidar a Zoro, y bueno, en este caso, encontrarlo primero.
Pensó rápido y creyó que lo mejor sería, quizás, inmovilizar al animal hasta que se calmara, o asustarlo para que se alejara de ella. Lucía muy molesto, a decir verdad, y Robin no quería arriesgarse a nada en ese instante, y realmente tampoco quería herirlo.
No le dejaba opción. Iba a florecer unos cuantos brazos para darle un par de golpes que lo sacaran de balance. Los ojos de la criatura no dejaban de ver a los suyos mientras que su boca estaba abierta, mostrando sus filosas hileras de dientes. Entre ellos corría su saliva, y la sangre de algún animal pequeño que había asesinado en el camino. Su desagradable olor llegó a la nariz de Robin, quien por nada del mundo retiró la vista. De bondadoso o amigable no tenía nada, eso era un hecho.
Ella cruzó los brazos sobre su pecho, preparándose para el ataque que iba a llevar a cabo. No le tomaría demasiado, era algo bastante simple que había hecho en varias ocasiones.
-Cien Fle… ¡¿Zoro?!
El animal había comenzado a mover la cabeza desesperadamente de un lado a otro mientras el espadachín, que había aparecido de la nada y ahora estaba sujeto de él, no soltaba para nada su cuello. Robin se hizo para atrás, pues la enorme bestia comenzó a moverse caóticamente tratando de quitárselo, sin dejar de mover la cabeza. Saltaba y se agitaba con muchísima fuerza, pero Zoro estaba agarrado con firmeza de él y no parecía tener motivo alguno para soltarle.
-¡Zoro, suéltalo!- ordenó Robin mientras trataba de acercarse, pero su nakama no le hizo caso, a diferencia de otras ocasiones. Ella repitió su grito dos o tres veces pero él seguía igual.
El animal se paró en sus patas traseras, levantó las delanteras y dio otra poderosa sacudida con la que logró quitarse al espadachín. Éste cayó en el suelo sobre uno de sus hombros, arrastrándose por varios metros, y terminó estrellándose contra unos arbustos. Robin fue hacia él, pensando que quizás estaba herido, pero no pudo acercarse mucho porque aún entre la polvareda levantada con el impacto y el alboroto de hojas secas, él se puso de pie como un rayo y volvió a correr contra su oponente.
-¡Zoro, basta ya!- pidió ella por enésima vez, y de nuevo, no fue escuchada.
Zoro corrió con todas sus fuerzas hasta llegar al animal y volvió a colgarse de su cuello, y a sujetarlo, al parecer lo que intentaba era ahogarlo. No usaba las espadas, peleaba a mano limpia, como si no estuviera consciente de que hacía mucho que lo hubiera vencido de haberlas usado.
Robin trató de florecer sus manos para hacer que Zoro le soltara, pero no consiguió nada con eso pues él parecía demasiado invulnerable hacia cualquier estímulo y más aún, estaba tan concentrado en atacar al león que seguramente las manos de Robin no le habían hecho ni cosquillas.
El animal no dejaba de sacudirse y de tirarle zarpazos para hacer que le soltara.
Finalmente lo consiguió y su pesada pata con enormes y filosas garras alcanzó a azotar a Zoro en el pecho, pues este había hecho un movimiento en falso, dejándose a sí mismo expuesto.
El golpe lo mandó al piso, y se golpeó de lleno en la espalda. Su abrigo desgarrado cayó hecho tiras y aún había alcanzado a herirlo, pues con la ropa abierta eran visibles las tres líneas cubiertas de sangre que ahora atravesaban su pecho.
-¡Zoro!- Robin gritó una vez más y se acercó a él, que yacía en el suelo boca arriba, como inconsciente. Le tocó la cara y trató de hacerlo reaccionar dándole pequeños golpes en las mejillas.
-Zoro… ¿estás bien? Zoro…
En eso estaba, cuando percibió la sombra de la pata del animal sobre ella. Se dio la vuelta dispuesta a atacarlo, pero a su lado, Zoro se puso de pie una vez más con una velocidad asombrosa, la sujetó de un hombro y la empujó hacia el piso mientras él se adelantaba de vuelta hacia el animal.
Robin sabía que su fuerza física era mínima en esta situación, no podía quitar a Zoro de ahí con sus poderes y mientras él estuviera agarrado del león de ese modo ella no podía atacar a la criatura, porque de hacerlo podría lastimar más a Zoro de lo que ya lo había hecho.
Se sentía frustrada y atada de manos.
Esta vez, Zoro se sujetó del hocico del león, y este trató de nuevo de quitárselo moviéndose y lanzándole zarpazos de todo tipo. Quién sabe qué haría Zoro pero de un momento a otro la criatura se desesperó y siguió saltando y removiéndose con mucha más violencia que antes.
Zoro seguía sin soltarlo, hasta que el animal comenzó a correr rumbo a una roca, dispuesto a aplastarlo contra ella.
-¡Zoro, cuidado!- gritó la arqueóloga en este punto.
El león continuó corriendo con todas sus fuerzas.
En el último instante, Zoro lo soltó y se dejó caer mientras el león se estrellaba de lleno contra la roca para, a continuación, caer pesadamente en el suelo. Confundido, molesto y desesperado, el inmenso animal se puso de pie y salió corriendo de allí.
Robin, aún un poco exaltada por lo recién ocurrido, observó mientras el polvo se asentaba alrededor de su compañero, quien le daba la espalda y tardó en hacer cualquier movimiento o reacción.
Ella esperó unos segundos más antes de hablar. Lanzó un suspiro y finalmente lo hizo.
-No debiste hacer eso, Zoro. ¿Estás bien?
Lentamente, Zoro volteó hacia ella. Su cabeza estaba agachada, pero ella no tardó en percibir que él continuaba con sus músculos tensos. En sus brazos y su cuello se marcaban las venas, y las heridas en su pecho, aunque superficiales, mostraban gotas de sangre bajando poco a poco.
Robin no volvió a preguntar; estaba claro que no estaba bien, y más aún, estaba muy claro que algo muy, muy raro pasaba con él. Ella por su parte, aún a la distancia, trató de atisbar en sus ojos, más no logró ver más allá de la sombra que parecía cubrirlos ya que Zoro no subía la cabeza.
Iba a caminar hacia él para asegurarse de primera mano qué era lo que pasaba, pero Zoro levantó la cabeza de golpe y fue tan rápido, que ella no tuvo oportunidad de reaccionar más allá de dejarse caer en el piso de espaldas, cuando su nakama quedó a cuatro patas encima de ella.
Aspiraba y respiraba con tanta fuerza que la asustó. Mostraba los dientes de manera amenazante, y peor aún, sus ojos estaban cubiertos una vez más por ese velo que habían visto cuando la planta carnívora atacó a Chopper. La tenía completamente acorralada contra el piso y no parecía tener intenciones de dejarla ir con facilidad.
Robin en ese momento se asustó tanto que se quedó congelada donde estaba por un instante. Trató de no hacer ningún movimiento en falso que pudiera perturbarlo y de mantenerse lo más serena que pudiera para que él no percibiera la confusión que la había invadido.
-Zoro- murmuró ahora, cuando se sintió más tranquila- cálmate, por favor. Ya pasó. Se fue, ya pasó.
Zoro relajó su rostro, pero su cuerpo seguía tenso y su respiración, era agitada y tortuosa.
Robin levantó poco a poco su mano, hasta que consiguió tocar el pecho de su compañero. Él dio un respingo, pero ella se había cuidado de no tocar sus heridas para no lastimarlo. Tanteó su piel hasta dar con el latido del corazón, tan acelerado que ella no supo entonces definir si estaba asustado, enojado, o una mezcla de los dos. Lo miró a los ojos y trató de descifrarlo.
Zoro por su parte, pareció tranquilizarse por el toque de la mano de su compañera sobre su piel. Poco a poco fue calmándose más, pero el velo blanco e inquietante no cayó de sus ojos.
Robin fue moviendo su mano hasta su cara. Le acarició ligeramente la mejilla, y la movió hasta su nuca. Lo acarició repetidas veces, mientras seguía pidiéndole que se tranquilizara.
Se fue moviendo hacia atrás hasta que consiguió sentarse, y de este modo, liberarse un poco del acorralamiento tan incómodo que Zoro efectuaba sobre ella. Él seguía apoyado sobre sus manos y sus rodillas, y no se movía, pero continuaba viéndola con atención. Robin sintió cierto peso en su bolsillo, y por encima de la tela, tanteó la piedra.
No pudo evitar sonreír.
-Estoy bien- le dijo con gran tranquilidad, sintiendo que era eso lo que debía de decirle-, no me pasó absolutamente nada. Tú eres el único herido aquí.
Zoro se fue relajando poco y poco y, para sorpresa de Robin, sus ojos se volvieron claros otra vez, de un momento a otro.
Él se movió lentamente, se notaba que estaba mucho más sereno ahora. El siguiente movimiento que hizo, fue totalmente inesperado para la arqueóloga. Zoro se fue recostando, hasta acomodar la cabeza sobre sus piernas.
Hecho esto, no tardó mucho antes de quedarse profundamente dormido.
-Zoro… ¿Zoro?
Lo tocó y lo movió un poco, tratando de despertarlo, pero al no conseguirlo rápido decidió no molestarle y dejarlo descansar un rato. Sonrió pensando que después de todo, él solo había tratado de protegerla, y esto le daba una sensación de felicidad muy extraña en su corazón, ciertamente era algo inesperado y agradable de pensar, sin embargo, no podía sentirse del todo tranquila. La razón era que, después de todo, comenzaba a vislumbrar que lo más probable era que Zoro se portara así con ella porque era ella quien cuidaba la piedra que contenía sus sentimientos.
Por lo que había leído, era algo que Robin podía afirmar en ese momento, y era a partes iguales tranquilizador y decepcionante.
De una manera casi inconsciente, acarició la cabeza de su nakama, que reposaba sobre sus piernas. Nunca pensó que algún día Zoro le tendría tanto apego, ni tanta confianza, como para hacer eso. Pero sobre todo, nunca se había planteado de manera seria que algún día ella misma iba a disfrutar de encontrarse con él en una situación así, de acuerdo, quizás nunca, hasta hacía algunos días…
Después de todo, lo que Zoro le había confesado no era para menos. Sus palabras le calaron hondo, pero de una forma muy hermosa a la que sin embargo aún no encontraba una manera adecuada de corresponder. Sobre todo ahora que su compañero carecía de sentimientos.
Por el momento, lo más que podía hacer, tal y como ella lo veía, era protegerlo, cuidarlo del modo en que él lo haría con ella, aunque supiera muy bien cuánto trabajo le iba a costar.
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Pasados unos veinte minutos, lo llamó para que despertara y se pusieran en camino de regreso a la playa. En lugar de esperar a llamar a los demás, como Robin había sugerido en un principio, Zoro se las arregló para juntar todos los pedazos de leña en una pila, y levantarlos sobre uno de sus hombros con ayuda de su monstruosa fuerza. Robin sonrió pensando que, con o sin sentimientos, en algunas cosas Zoro simplemente era el mismo.
Pensándolo bien, y quizás porque en cierta forma tenía sus sentimientos cerca, aunque fuera a modo de piedra, Zoro parecía ahora un poco más "animal". No llegaba a comportarse aún con normalidad, pero sus acciones parecían más vivas que antes, mostraba cierto grado de curiosidad, y como había dicho el sacerdote, de empatía. Con ella había demostrado ciertos indicios de enojo, preocupación y alivio, aunque estas reacciones, tal y como ella las percibió, eran casi cien por ciento instintivas. Sin embargo, no por esto eran frías como antes.
Al llegar a la playa, ya sus compañeros habían regresado e instalaban cosas para pasar el resto del día y la noche acampando allí. Robin comenzó a ayudar en lo que pudiera y Zoro ayudó a Franky a preparar una fogata. Como sus reacciones podían llegar a ser muy precisas, le fue muy sencillo seguir las instrucciones del ciborg para preparar una fogata perfecta, en la que más tarde, Sanji fue preparando por partes el enorme animal que Luffy había conseguido cazar. Por supuesto, el capitán consumía al mismo ritmo que el chef cocinaba, de modo que él solo se comió aproximadamente la mitad del animal, y el resto sus compañeros.
Pasaron un buen rato descansando y conversando, pero Robin se mantuvo bastante hermética porque continuaba tratando de vislumbrar cualquier tipo de información que el libro pudiera ofrecerle.
No era muy tarde en la noche cuando decidieron dormir alrededor de la fogata, por la mañana saldrían temprano, como siempre. Cada quien sacó una bolsa de dormir, y poco a poco todos se fueron quedando dormidos, menos ella, Nami, y Zoro, quien se encontraba un poco más allá, recargado en el tronco de un árbol mirando a la nada. Robin no notó mucho de esto hasta que Nami se acercó a ella en una actitud bastante preocupada, como ya se estaba volviendo habitual cuando se trataba de Zoro.
-¿Qué fue lo que les pasó hace rato?
-Justo lo que les expliqué cuando llegamos, Nami- contestó Robin sin perder la calma- nos atacó un animal y Zoro peleó contra él. No pude detenerlo y salió herido, pero no fue nada de gravedad.
Nami se removió, impaciente.
-Pero, ¿a ti no te hizo nada, verdad?
-Claro que no, ¿qué iba a hacerme?
-No lo sé, Robin- contestó la pelirroja, muy seria- eso es lo que más me preocupa.
Robin le sonrió, por enésima vez, tratando de tranquilizarla.
-Te he dicho ya que no creo que me haga daño. Zoro es muy noble, esté como esté. No creo que se atreva lastimarme, nunca.
Nami suspiró, como dándose por vencida.
-Lo dices tan tranquila, que creo que puedo creerte. Por el momento creo que lo mejor es dormir. Buenas noches.
-Buenas noches.
Robin observó a Nami mientras se metía en su bolsa de dormir. Siguió leyendo.
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Un rato después, ya bastante cansada, la arqueóloga se puso de pie y comprobó que su compañero seguía donde ella lo había visto por última vez. Se aproximó a él sin hacer mucho escándalo.
Una vez que estuvo frente a Zoro, este también se levantó de donde estaba sentado, y apuntó su mirada firmemente hacia el rostro de su compañera. Robin le sonrió, pero su expresión pasó a una de tristeza.
-Zoro…- le llamó despacio. Tocó su pecho.
Al llegar allí, Chopper le había curado. Como ella creía, sus heridas fueron de lo más superficiales, tanto que ni siquiera fue necesario más que desinfectarlas un poco y darle una camiseta limpia y un abrigo que pudiera ponerse. Aun así ella se sentía preocupada y un poco culpable.
Quizás porque sabía que Zoro no comprendería del todo lo que iba a decirle, se animó.
-Yo quiero protegerte- murmuró, mirándolo a los ojos- pero es difícil. Y si ya es difícil protegerte de otros… me siento como una completa inútil si se trata de evitar que tú mismo te hagas daño. Es decir… no pude detenerte. Y si no puedo detenerte cuando es necesario, no puedo protegerte de ti mismo tampoco.
Zoro se quedó callado y realmente a ella eso no le sorprendió, y de hecho podría decirse que era lo que esperaba, y lo mejor que le podía pasar.
-Si pudieras ayudarme a… protegerte…- no supo cómo continuar. Se sentía tonta porque sabía perfectamente que era como hablarle a una pared, de modo que desistió-, no me hagas caso. Hay que dormir ya.
Le fingió una sonrisa y se dio la vuelta para irse a dormir como había dicho, pero no pudo hacer mucho más que darse la vuelta.
Porque casi en seguida, sin embargo, sintió que su nakama la sujetaba de los hombros y la hacía darse la vuelta hacia él. Lo siguiente que vio fue que se acercaba a ella.
No cerró los ojos. Estaba más que sorprendida cuando vio que él lo hizo, y se inclinó sobre sus labios, besándola.
Robin no se movió, solo se quedó parada sintiendo los labios de Zoro moviéndose sobre los suyos, en unos pocos segundos que le parecieron eternos.
Después de unos momentos de extrañas y entorpecidas caricias gracias a la negativa de su nakama a acceder, él mordió su labio inferior, como pidiéndole que se moviera también, pero ella no lo hizo. Volvió a morderla, delicadamente, tanto, que consiguió que ella, aún confundida, cerrara sus ojos y dejara su boca entreabrirse para que sus labios se acariciaran con los suyos deliciosamente. Luego, la lengua de Zoro salió y los humedeció, facilitando con esto el movimiento pausado y excitante.
Robin no supo cómo fue que terminó así, pero ahora estaba aferrada de las solapas del abrigo de Zoro, como si fuera a caer si se soltaba, y él la abrazaba de la cintura, acercándola cada vez más a su cuerpo.
Por un momento de ensoñación, ella se hizo a la ilusión de que algo dentro de Zoro se hubiera movido y él hubiera recobrado sus sentimientos, pero al recordar que la piedra seguía dentro de su bolsillo, al estar de nuevo consciente de su peso, se deshizo de esta idea, enojada consigo misma por haberse dejado llevar así, por un simple beso.
Al separarse de él, vio sus ojos, y se dio cuenta de que en efecto, estaba igual que antes.
Se llevó la mano al rostro y se acarició los labios.
-¿Por qué hiciste esto, Zoro?- preguntó, tratando aunque fuera, fingir tranquilidad.
Zoro la miró.
-Es lo que quieres- contestó él fríamente, y la respuesta la horrorizó. Pero aún más, cuando él trató de acercarse y besarla de nuevo. Robin le soltó para rechazarlo, pero Zoro la sujetó de los codos con fuerza y cambió de posiciones con ella, haciéndola chocar contra el árbol, de espaldas. Nadie estaba equivocado, la fuerza de su nakama seguía siendo brutal.
-Te equivocas- susurró ella, tratando de calmarlo- esto no es lo que quiero.
Por toda contestación, Zoro únicamente la miró. La soltó despacio y se quedó parado frente a ella. Robin lo pensó un momento.
-¿Lo hiciste porque pensaste que era lo que quería?
Él asintió. Robin se sintió extrañamente apesadumbrada. No lo quería aceptar, pero en cierto modo… sí, lo había deseado con mucha fuerza. Ahora, sin embargo, no estaba segura.
-No lo hagas. No es necesario- le indicó-, ahora, vayamos a dormir.
Robin se dio la vuelta sin esperar una contestación. Tomó uno de los sacos de dormir que quedaban y lo acomodó junto a la fogata. Se metió en él y se cubrió casi hasta la cabeza.
Trató de ignorar el hecho de que Zoro acomodó su saco cerca del de ella. Decidió no prestarle demasiada importancia y dormir.
Tanteó su bolsillo con una mano y sujetó la piedra firmemente por encima de la tela. Le dio la impresión de que estaba muy tibia, y por curiosidad, la sacó y la miró un momento.
Su brillo era perceptible aún con las llamas de la fogata tan cerca.
Decidió no pensar más en ello y dejar a su mente dormir y descansar.
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La isla del Alba se estremeció al sonido de los cañones. La amenaza fue fuerte, pero no le hizo daño a nadie de todos modos. Los habitantes y algunos turistas vieron el barco alejarse en el horizonte.
El sacerdote se apoyó todo lo que pudo en su bastón hasta que uno de sus ayudantes le consiguió una silla y se la acercó.
-Esa mujer es un monstruo- pronunció con trabajo mientras se sentaba- no puedo creer que fuera tan salvaje.
Le acercaron una botella de agua, pero él la rechazó. Parecía muy afligido.
-Que esos muchachos me perdonen, pero no tuve opción.
-¿Señor?
-Tenemos que advertirles- el anciano se puso de pie y la gente lo siguió. Su autoridad siempre había sido incuestionable, sobre todo en situaciones así- alguien traiga una gaviota. Les enviaré un mensaje.
Rápidamente le consiguieron el animal mensajero, papel y una pluma para escribir. Se apoyó en una mesa de los tantos locales que seguían abiertos. La celebración nocturna se había visto tan repentinamente perturbada que mucha gente seguía sin terminar de comprender qué había pasado allí, pero todos estaban igual de aliviados de que el barco se hubiera ido.
Después de enviar a la gaviota, el sacerdote no se sintió mucho mejor, pero no le quedaba más que esperar.
-Y esos son los que supuestamente nos protegen- añadió como para sí mismo, entre dientes, mirando las banderas de la Marina que aún se notaban, ondeando a lo lejos.
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-¿Y bien?
La voz, aunque agradablemente femenina, fue más que suficiente para estremecer a los marines al entrar a la habitación. Uno de ellos se atrevió a dar un paso al frente.
-Hace más de una semana que pasaron por aquí, señora. Ya deben ir bastante lejos.
El hombre tuvo que cerrar los ojos, cuando una especie de relámpago pasó junto a él, dándole un rozón en una oreja que le dejó una pequeña línea de sangre. Pasó por entre los otros marines que había atrás de él y se clavó en una pared, un cuchillo no muy grande, con una empuñadora de acero y un filo brillante y letal.
Rezaban en silencio todo lo que sabían, con esa mujer nunca había a qué atenerse.
-¿Qué les he dicho de llamarme "señora"?
-Perdón, señorita, ama, maestra, jefa…- pronunciaba el sujeto, nervioso, entre torpes inclinaciones imitadas por sus compañeros.
-Capitana, inútil.
-Capitana Martella…perdónenos.
La mujer soltó un bufido.
Encendió la lámpara de su escritorio y miró a sus subordinados, analizándolos de uno por uno.
Su cabello rojo relucía con la luz de la lámpara. Debajo de su saco de marine lucía una blusa de encaje negro, bastante escotada, y una falda corta, también negra. Usaba unas botas largas hasta arriba de las rodillas, y aunque siempre se mostraba orgullosa de su cuerpo, muchos pensaban que su modo de vestir era un examen más para tener un pretexto para torturar psicológicamente a los hombres a su cargo.
Estaba sentada sobre el escritorio, de modo que todos veían con claridad sus piernas cruzadas y su perfecto escote, pero se cuidaban de no hacerlo evidente, sobre todo mientras ella les examinaba.
Era una mujer muy hermosa. Su piel blanca y brillante enmarcaba perfectamente unos profundos ojos verdes y una sonrisa casi tan roja como su cabello. Su porte elegante le hacía parecer tener siempre el control sobre cualquier cosa, y su voz podía ir de lo más amenazante a lo más tierno y dulce. Martillo, le llamaban algunos compañeros, pues era lo que su nombre significaba y además le hacía honor a su fama de dura y violenta.
-Les pedí a los Mugiwaras vivos o muertos, no que me trajeran excusas- se puso de pie y tomó unos cinco o seis cuchillos que tenía en una vieja taza de café, sobre su escritorio. Comenzó a caminar frente a los siete marines que se habían fajado lo suficiente los pantalones para entrar a verla.
-Pero ya se han ido, y hace mucho, señ….capitana.
La mujer torció un poco la boca.
Tomó uno de los cuchillos y lo lanzó por entre las cabezas de los primeros dos marines. Ellos contuvieron la respiración por un momento.
-Qué hacerle- respiró profundo- ¿Obtuvieron por lo menos alguna información interesante?
El silencio que inundó la habitación fue la respuesta más elocuente que hubiera podido recibir. Ella solo curvó los labios en una nueva risa. Habló en tono amable.
-Mi error, lo siento, ustedes son marines, no detectives, ¿cierto?
El siguiente cuchillo pasó por entre las cabezas de los siguientes dos en la línea. Ella continuó caminando.
-No debería exigirles tanto, se podrían cansar- agregó, compadeciéndolos burlonamente- después de todo esos piratas son muy astutos, y ustedes podrían salir lastimados, ¿No es cierto?
Estiró ahora su brazo más hacia atrás al lanzar el siguiente cuchillo, y éste quedó clavado casi hasta la mitad en la pared de madera.
-Quizás hasta me equivoqué de barco- sugirió, cambiando a un tono de voz más alto, pero sobre todo más acusador- porque lo único que hay aquí… ¡Es un montón de buenos para nada, patéticos e imbéciles retrasados hijos de perra!
Los marines salieron corriendo de la habitación, y ella lanzó con toda su fuerza los cuchillos que quedaban en su mano contra la puerta en cuanto esta se cerró tras ellos.
Se acercó a ella a grandes zancadas y le dio una patada, lanzando un grito de frustración. Acto seguido sacó los cuchillos de la madera, al igual que los que habían quedado clavados en la pared y los dejó todos en la taza.
Llevaba meses persiguiendo a los Mugiwaras. Cuando le asignaron la misión ella lo vio como un juego, como siempre, pensó que sería cosa fácil. Pero ya era la tercera vez que les perdía el rastro, y al escuchar de las hazañas que habían realizado en diferentes islas e incluso contra la marina o el gobierno, capturar por lo menos a uno de ellos y entregarlo a las autoridades se había vuelto un reto personal.
Sabía todo sobre ellos, o al menos, había podido recopilar mucha más información de la que le podían brindar en las oficinas administrativas de la Marine. Confiaba en tener la capacidad para prever algunos de sus movimientos, y además era una mujer muy versada en distintos métodos de pelea, captura, tortura, amenaza y chantaje.
Perderlos de esa forma una y otra vez era un golpe para su orgullo en más de un sentido.
Levantó un den den mushi al tiempo que se sentaba ante el escritorio, donde subió los pies para descansarlos un poco. Casi sin ningún esfuerzo logró que su voz sonara dulce y tranquila de nuevo, al hablarle a uno de sus segundos.
-Mayor.
-¿Sí, capitana?
-Mantenga el rumbo. No se preocupe, si mis cálculos no fallan…los alcanzaremos en poco tiempo. Espere nuevas instrucciones.
Martella conocía esas aguas bastante bien, y creía saber a dónde iban a ir a dar los Mugiwaras, y según sus cálculos, si tomaba un atajo los alcanzaría.
El camino a recorrer para pasar por las tres islas era curvo, pero el magnetismo del log pose hacía imposible que un barco pudiera ir de la isla del Alba a la isla de la Noche sin pasar antes por todas las demás, es decir, usar un camino en línea recta y en consecuencia más corto.
Martella había arreglado eso hacía mucho, a su favor, consiguiendo que le fabricaran un eternal pose de la isla de la Noche y de todas las que había alrededor.
Era algo simple, que a cualquiera se le pudo haber ocurrido, pero era otra de las medidas de seguridad que los sacerdotes habían empleado para mantener a la gente alejada de los lugares sagrados, no hacer eternal pose de ninguna de esas islas.
No había actuado bien y lo sabía, pero francamente no le importaba en lo absoluto si podía lograr su cometido.
Sonrió cuando vio una gaviota mensajera pasar cerca de su ventana. Se vio tentada de clavarle un cuchillo en el ojo, pero pensó que solo lo haría más divertido.
-Veremos qué consiguen contra mí, Mugiwaras.
Tras ella, se alzaba un tablero con carteles de recompensa a modo de blancos, y sus cuchillos estaban clavados en todos lados, pero sobre todo, había uno entre los ojos de cada uno de los Mugiwara.
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Al día siguiente, por la madrugada, se despertaron a la voz de Nami para subir al barco y zarpar cuanto antes. Apagaron bien la fogata y guardaron las cosas.
Robin caminó a paso lento hacia su cama para dormir un rato más, pero sintió en la nuca lo pesado de esa mirada, que a pesar de haber perdido gran parte de su brillo, no había perdido su fuerza, como todo él.
¿Qué tan lejos podían llegar? ¿Y qué problemas podrían ocasionarse uno al otro?
Seguía diciéndose a sí misma que necesitaba proteger a Zoro, pero, ¿Cómo hacerlo? ¿Y exactamente de quién?
De otros, de él, y ahora de ella misma.
¿Cómo decirle lo que sentía a esas alturas?
La piedra en su bolsillo emitía un calor que la inquietaba. Pero no la sacó de sus ropas, debía cuidarla y eso lo tenía más que claro.
Cuando cerró la puerta de la habitación, estuvo completamente segura de que Zoro se quedaría afuera esperándola. No supo cómo sentirse al respecto.
Continuará…
Esto de crear villanos de la nada no es lo mío, pero quise pensar en una especie de mujer fatal para hacer a Martella, que por cierto, tengo entendido que esa palabra sí significa martillo, o mazo. Me gusta cómo suena para una mujer, sobre todo para una de One Piece, y con ese carácter jeje.
En cuanto a Zoro y Robin, pues ya hemos visto como las cosas –como siempre- van complicándose poco a poco. Solo imaginarme la situación –sobre todo la parte del beso- me hace bastante impaciente por seguir escribiendo, pero será mañana porque tengo sueño.
Si quieren ir sacando conclusiones, adelante. Espero que les haya gustado el capítulo.
Saludos :D
Aoshika October
