Al fin terminé el siguiente capítulo! Por el momento no tengo mucho que decir, solo agradecer que sigan leyendo este fic y que me sigan dejando sus comentarios, favs, follows, ánimos, críticas, etc.
Los invito a leer este humilde capítulo que como siempre hice con todo mi amor (hoy traigo mucha miel, no sé por qué).
Disc. One Piece y sus personajes son obra del genial mangaka Oda sama (*-*) yo solo tomé prestados algunos de ellos para realizar este fic.
Por Instinto
Capítulo 10: El sacrificio
Se sintió como si al mostrar los pedazos de la piedra y decir que lo lamentaba, Robin acababa de firmar una sentencia de muerte. Tuvo que bajar el rostro luego de haber visto las caras de sus compañeros, y a pesar de que había notado lo vacías, efímeras e insignificantes que se sentían sus emociones últimamente, pudo reconocer que el dolor de la situación sería duradero y pesado, pues había fallado y quién sabe qué sería de Zoro (y de ella, y de ambos…) en adelante. Nadie supo qué decir. A juzgar por la expresión de Robin, debían consolarla, pero, ¿cómo hacerlo? ¿Qué podían decir para tratar de mitigar un poco el dolor que ella mostraba?
Luffy se inclinó a su lado y le puso una mano en el hombro. Robin lo miró y le costó reconocer en ese rostro lastimado a su animoso y feliz capitán. Se veía cansado y demacrado. Fue entonces que levantó la vista y los observó a todos una vez más. Ella no era la única culpable, ella nunca estuvo sola. Pero aun así, eso no era un consuelo. Después de un momento de cansado y desolador silencio, el sacerdote se acercó a ella y sujetó con respeto, entre sus manos, la mano donde Robin tenía firmemente sujetas las piezas de la piedra. Le sonrió.
-Puede que esté rota, pero aún la tienes- le dijo, como si estuviera buscando un hueco, un error en el "contrato"- si estás dispuesta, puedes intentarlo. Pero… el sacrificio que hagas a cambio de tu compañero deberá ser aún mayor al que esperabas. Tú tienes la decisión, Robin-san.
Robin lo observaba con fijeza. Después de unos segundos, asintió, y el sacerdote no esperó más porque era muy claro que ella no era capaz de ofrecer mucho más en ese momento.
-Ven conmigo, tengo que decirte lo que sé pero es preferible que solo tú lo escuches, ya que eres la principal implicada en esto.
Robin asintió de nuevo. Se puso de pie y ambos caminaron juntos hasta un lugar apartado de la cubierta. Los demás los vieron en silencio mientras hablaban. Robin ya no se veía triste, pero aun así, el gesto siempre tranquilo de su rostro revelaba el dolor por el que había pasado, y por el que seguramente continuaría, de seguir así las cosas.
Tenía muchos cortes en su cara, ligeros, que seguro no dejarían ningún tipo de marca, pero que demostraban inequívocamente todas las desventuras que había tenido que pasar para llegar a este punto….bastante lastimada, es cierto, pero firmemente decidida a todo lo que tenía que hacer, y que lo iba a hacer seguramente, costara lo que le costara.
Todos lo sabían, pero nadie lo quería decir y era triste de admitir pero era la verdad; Robin había llevado toda la carga desde un principio y ellos, aunque dispuestos a ayudar en todo lo que pudieran, no tenían seguramente la más mínima idea de todo lo que su compañera había enfrentado en esos días. Quizás quien tenía la idea más clara era Franky: ella había enfrentado una carga muy fuerte de sentimientos que había tenido que enfrentar prácticamente sola, y eso había sido por demás doloroso y cansado y ahora no solo eso, sino que sería ella misma quien tendría que efectuar un sacrificio, por lo visto muy fuerte, para recuperar los sentimientos de su nakama.
Robin sabía que sus compañeros no conocían sino la punta del iceberg. Ellos no sabían, como Franky, que ella había desarrollado una extraña relación con ese Zoro sin sentimientos, ni que antes de que ocurriera todo aquello habían pasado por una declaración y habían compartido unas pocas emociones que simplemente no habían podido ser.
Ellos no sabían que todo lo que ella había hecho, había sido por un nakama, sí, pero también había sido por un hombre que, como ellos, había conocido lo peor de ella, su lado más oscuro, sus peores momentos, y aun así había decidido amarla y pedirle que lo amara. Robin se sentía en deuda por no haber contestado en seguida esa noche, porque de haberlo hecho quizás nada hubiera pasado, quizás seguirían en altamar porque los planes de Nami se hubieran trastocado de algún modo, quién sabe. Y se sentía responsable porque de lo contrario, ¿quién sino ella lo sería? Ella era la mujer que Zoro había elegido amar, y ella le correspondía. No había más explicación. Sin querer casi, se habían entregado un poco el uno al otro, aunque hubiera sido algo mínimo, había algo en el interior de ambos que había servido para decir que aquello era lo que debía pasar. Zoro la amaba y ella correspondía y ninguno de los dos necesitaba nada más, o al menos así hubiera sido si la fatalidad no hubiera decidido entrometerse entre ellos.
Cuando Robin y el sacerdote volvieron a acercarse a ellos, una vez más se respetó el silencio de la arqueóloga y su gesto ambiguo, y nadie comentó nada al respecto pero sabían cómo estaban las cosas; ella haría un sacrificio, uno muy fuerte.
La desolación se dejó sentir en el Sunny con tal fuerza que nadie se movió después de pasados unos pocos minutos. El cuerpo de Zoro seguía en la cubierta y no se había movido, pero su piel repentinamente enrojecida y perlada de sudor llamó la atención de Chopper, quien se inclinó a su lado para revisarlo y meneó la cabeza con preocupación.
-No está bien- dijo en voz baja. Acto seguido cambió a su Strong Point y sin decir nada ni pedir ayuda de ningún tipo se lo llevó a la enfermería.
Lo miraron alejarse en silencio y fue entonces que Nami comenzó a repartir nerviosamente unas pocas tareas. Así, mientras Franky y Ussop le ayudaban a mantener el correcto flujo del barco, Brook estaría haciendo su vigilancia, Sanji prepararía algo nutritivo para ayudarlos a recuperar fuerzas y dejarían Robin descansar un poco.
Ella deseaba descansar, por supuesto, pero no sabía qué descanso podía tener luego de todo lo que habían pasado y lo que aún faltaba por suceder.
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Habían pasado unas pocas horas y ella seguía sentada junto a los mandarinos de Nami viendo las últimas luces del sol desaparecer a lo lejos, dejando tras de sí un cielo de un color azul oscuro, pero suficientemente despejado y con estrellas.
No había querido leer y, aunque lo intentara, tratar de ayudar a los demás solo había servido para distraerlos e incomodarlos en sus tareas, de modo que terminó por desistir y sentarse a descansar, aunque también había fracasado en su intento desesperado por dormir un poco y olvidarse de todo lo que había ocurrido.
Al menos estaba tranquila, ahí sentada. Pronto escuchó los pasos firmes y ligeros acercarse a ella, sin duda, el delgado cuerpo de su capitán moviéndose por la cubierta poco a poco hasta llegar a ella y quedarse parado frente al sillón donde estaba recargada.
Luffy la miraba, pero ella no pudo devolverle la mirada como le hubiera gustado. Usualmente habría volteado hacia él, le habría sonreído y le habría asegurado que todo estaba bien y que no era necesario que se preocupara por ella. Pero se había quedado tan vacía, tan drenada, que no sentía que esto le fuera posible aunque lo intentara con todo su corazón, ya que quería mucho a su capitán.
Aunque él no exigió nada de su parte. Ni siquiera le dirigió la palabra.
Solo fue allí, y se sentó a su lado, mirando hacia la nada igual que ella. Y Robin estaba muy agradecida por ello, aunque por el momento no sintiera que tuviera una forma de decírselo sin que sonara falso.
Pasaron varios minutos en aquel silencio hasta que Sanji hizo un llamado un tanto tímido a cenar. Todos habían comido algo al llegar al barco pero venían tan cansados que poco tiempo después sintieron hambre de nuevo y él se había apresurado a hacer la cena.
Los demás seguían cuidando el rumbo del barco junto con Nami aunque Robin podía jurar que aquello no era más que una manera de distraerse de la situación actual y quizás un intento de no perturbarla a ella, pues solo volteaban de vez en cuando a verla de reojo, como asegurándose de que se encontraba bien. El sacerdote se había ido persiguiendo a Chopper rumbo a la enfermería para ver si podía hacer algo para ayudarle con Zoro, aunque todos sabían perfectamente que encontrándose el espadachín en ese estado era realmente muy poco lo que se podía hacer.
Al escuchar la voz de Sanji, Robin observó que sus nakama que se encontraban a la vista comenzaban a dirigirse a la cocina con calma y silencio, lo cual era muy poco habitual. Luffy a su vez se puso de pie y finalmente la miró. Ella también lo miró y algo parecido a una sonrisa apareció en ambos rostros cansados y heridos. Robin se puso de pie y se dispuso a seguir a su capitán hacia la cocina.
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Pocas veces en el Thousand Sunny se había sentido un ambiente tan pesado, sobre todo en la cocina. En cualquier situación ni siquiera hubieran podido comer, pero hacía tanta hambre después de toda la aventura que una vez que Sanji terminó de poner la mesa, todos comenzaron a devorar los alimentos frente a ellos. Incluso Robin lo hizo, aunque no faltó quien sospechara que solo lo estaba haciendo para que nadie se preocupara con ella, lo cual parecía volverse habitual en su actitud. Nadie se atrevió a preguntar de todas maneras.
Luffy se había sentado a su lado en lugar de sentarse junto a Ussop o Nami, como normalmente lo hacía. Parecía que de algún modo él deseaba protegerla, aunque a estas alturas pareciera imposible. Nadie dudaba, sin embargo, que tener a Luffy sentado a un lado los hacía más fuertes, a cualquiera de ellos, y quizás ese único e insignificante factor fue el decisivo para que aquella cena no fuera tan triste, culpable ni desoladora.
Cuando terminaron de comer, todos le dieron las gracias a Sanji, y aunque el sacerdote se ofreció a ayudarle a limpiar la cocina en agradecimiento por tanta hospitalidad no se lo permitió. En lugar de eso, Franky se lo llevó para mostrarle el lugar donde podía dormir esa noche. Nami calculaba que llegarían a la isla a eso de las siete de la mañana y la verdad era que todos necesitaban desesperadamente descansar si querían que todo saliera bien al día siguiente.
Robin salió a cubierta solo para ser interceptada por Chopper. El médico se dirigió hacia ella con respeto, como si no fuera Robin sino una especie de autoridad a la que había que guardar reverencia. En cierto modo, este comportamiento de su parte la perturbó, pero no protestó porque comprendía que sus compañeros no sabían cómo actuar hacia ella en ese momento.
-Zoro se encuentra estable, creo-le dijo en voz baja y firme, como si supiera que ella necesitaba específicamente esa información- está dormido. Sigue con fiebre y a veces parece tener problemas para respirar pero creo que está muy cansado para despertar pronto y ponerse violento de nuevo.
Robin lo había mirado con atención. Asintió.
-Robin… puedes ir a verlo si quieres. Está en la enfermería.
Robin miró un momento a Chopper y no consiguió definir si él estaría más tranquilo si ella iba a la enfermería o si decidía no hacerlo. Sin embargo ella sabía, o más bien, ella sentía que era algo que debía hacer, quisiera o no. Ver a Zoro, asegurarse de primera mano que estaba bien. Verle dormir. Tocar su piel un segundo y esperar que su cercanía lo calmara o, de ser posible, que al estar a su lado al menos por un momento fueran ella y su corazón los que se calmaran aunque fuera un poco.
Chopper la acompañó hasta la puerta en silencio y la dejó entrar sola sin darle mayores instrucciones; Robin era quizás el único miembro de esa tripulación que parecía saber cómo comportarse dentro de su enfermería sin hacer un desastre.
Una vez allí, la dejó y se retiró. Robin abrió la puerta lentamente y entró en la habitación en silencio.
Adentro la oscuridad era ligeramente atenuada por el resplandor amarillo y cálido de la lámpara que Chopper había dejado encendida sobre la mesa. Bajo esta luz, la piel de Zoro brillaba debido a todo el sudor que la cubría, y esta imagen la dejó petrificada un momento en la puerta antes de decidirse a caminar a su lado, a acercarse y tocarle. Estaba cubierto hasta la cintura con la sábana de la camilla, y el resto de su piel estaba descubierta. Robin tomó una toalla que había sobre la mesa de noche y procedió a secarle el sudor. Pero no tardó en darse cuenta de que no podía hacer mucho para ayudarle en ese sentido ya que el sudor volvía con rapidez, además de que su piel en general se sentía exageradamente caliente. Igualmente, su pecho subía y bajaba con bastante más velocidad de lo que hubiera sido normal y su pulso también estaba acelerado.
Robin sabía, por un comentario vago que le había hecho Chopper, que Zoro se encontraba en cierto modo estable. Tanto él como el sacerdote habían podido definir que debido a lo avanzado que estaba su "estado" no podían aspirar a que se encontrara más tranquilo que en ese momento, era lo más estable que lo podían dejar. Lo único que podían esperar era que al día siguiente todo sucediera rápido y que, lo que fuera a hacer Robin, sirviera para que él finalmente se recuperara.
Ella se quedó allí un par de horas, pues aunque su intención hubiera sido no alejarse de su lado, Chopper entró y la sacó de la enfermería con tal gravedad y seriedad que ella no pudo negarse a obedecerle. Ella caminó hasta el camarote que compartía con Nami, comprobando que dentro ella estaba despierta aún, como si la estuviera esperando. Cuando entró, pudo ver que la había hecho sobresaltarse, pero trató de tranquilizarla con una sonrisa.
Ya todos los demás se habían retirado a descansar, aunque tal como Robin lo pensaba, era altamente probable que ninguno de ellos durmiera esa noche. Bueno, ella al menos pensaba intentarlo.
-Robin…- la vocecilla extrañamente temblorosa de Nami llamó su atención. No era habitual en ella tener tal nerviosismo en su voz ni tal inseguridad al momento de expresarse, y esto causó en Robin un vago sentimiento de incomodidad. Volteó hacia ella mostrándole que le prestaba atención, y Nami aguardó un segundo antes de seguir hablando- ¿te encuentras bien? Lo de mañana…puede pasar cualquier cosa.
-Lo sé. No te preocupes por mí, Nami. Yo acepté esto. Puedo soportar cualquier cosa que ocurra- sonrió aún más ampliamente- te lo aseguro.
Nami la miró sin poder ocultar la gran duda que tenía hacia esto, pero sabía perfectamente que Robin no era fácil de descifrar, e igualmente, no era fácil de vencer. Tendría que confiar en ella. Todos lo harían. Aun así, era demasiado injusto.
-Descansa- le dijo finalmente, con resignación- seguiré manteniendo al Sunny en marcha, pero tú necesitas al menos tratar de dormir tranquila esta noche.
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Y Robin durmió toda esa noche, entre constantes sobresaltos y realmente sin mucho descanso, pero al menos el suficiente para que ella se sintiera mínimamente mejor al levantarse al día siguiente al llamado de Sanji a desayunar.
Le sorprendió de nuevo el ambiente de seriedad que se sentía en la cocina. Según Nami, en menos de una hora llegarían a la isla, y todo lo demás fue un completo y abrumador silencio que ella realmente no supo bien cómo debía interpretar. Sobre todo porque aun cuando los demás terminaron de comer antes que ella, nadie se levantó de la mesa, de modo que cuando ella también terminó, se quedó sentada esperando, solo esperando.
-Lo estuvimos hablando en la noche, Robin- habló Franky, quien parecía haber sido el escogido para transmitirle a ella las conclusiones a las que habían llegado. Intermitentemente volteaba a ver a Luffy, quien con una increíblemente callada dignidad presidía la mesa, como buscando su aprobación. El capitán no daba muestra alguna de desacuerdo así que el ciborg continuó- creo que ayer nos precipitamos demasiado. Ya sabes… lo ocurrido con Martella, la huida rápida, lo del diamante…
-¿A dónde quieres llegar?
- A que no vamos a forzarte a que te sacrifiques de este modo mientras nosotros nos quedamos tan tranquilos. Déjanos llevar algo del peso y vayamos todos al famoso lugar sagrado, que sea lo que tenga que ser. No puedes ir tu sola como carne fresca al matadero si nosotros tenemos la oportunidad de ayudarte en algo.
Cuando Franky terminó de hablar, fue Luffy quien tomó la palabra.
-Zoro está metido en esto por mí, y de ser posible, estoy más que dispuesto a asumir la responsabilidad ahora mismo. No he sido un buen capitán, no debí dejarte cargar con esto, era mi asunto desde un principio y no pensé que fuera a pasar todo esto. Perdóname Robin. Ahora es tiempo de que yo haga lo que tenga que hacer y que tú te quedes tranquila.
Robin guardó silencio cuando Luffy también terminó de hablar, y pasó su vista por encima de todos sus compañeros. Bajó un poco la mirada de nuevo mientras reflexionaba y tomó una serena decisión, pues sabía que si no actuaba de frente en ese momento ellos no comprenderían la necesidad que tenía de hacer eso por Zoro. Reflexionó un momento, y al fin pudo decidir qué era lo que debía decirles.
-Zoro confesó sentir algo pro mÍ, antes de que todo esto ocurriera- una expresión de sorpresa se dejó venir de sus compañeros, cosa que ella sin duda esperaba, por tanto no la perturbó- y yo…yo le correspondía. Pero no le di una respuesta en el momento.
Un silencio aún más pesado que el que había anteriormente se ciñó sobre ellos, lo cual le sirvió a Robin para saber que tenía que ahondar en esa explicación aunque, tal como el día anterior, no se sintiera capacitada emocionalmente para mostrar algo más en su rostro que no fuera una fría y tranquila determinación, de modo que no estaba segura de que su expresión sirviera para confirmarle a sus nakama que hablaba en serio acerca de lo que iba a hacer.
-Me siento culpable. Todos estos días he pensado en todas las cosas que pudieron pasar que impidieran de algún modo que ahora mismo nos encontremos en esta situación. Ustedes no me han mandado al matadero, yo he tomado mis decisiones a consciencia y sin han derivado en esto no queda más que intentar hacer lo mejor. Solo les pido que comprendan…que si me impiden hacer esto no estarán beneficiándome en modo alguno. Luffy- levantó la vista hacia su capitán, imprimiendo en esa mirada las emociones de las que creía aún podía disponer-, Zoro nunca lo hubiera permitido, y lo sabes. Él no está en este barco solo por cumplir su sueño, sino también el tuyo, y está… o al menos estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario, incluyendo un sacrificio como este. Me siento responsable por hacer lo mismo.
El silencio volvió a gobernar en la mesa durante un largo minuto en el que nadie más supo qué decir; era obvio que Robin estaba más que decidida a hacerlo.
Estaba a punto de levantarse para irse de allí, cuando Luffy volvió a hablar.
-Entonces te apoyaremos- decidió- te acompañaremos lo más lejos posible y te facilitaremos el camino- se puso de pie- ¡Todos muévanse! Hay que llegar a la isla lo más pronto posible.
El sonido enérgico de las palabras de Luffy sacó rápidamente a sus compañeros de la incertidumbre aletargada en que habían estado, y todos salieron a cubierta para, bajo las instrucciones de Nami, acelerar el Sunny y llegar rápidamente.
Robin salió tras ellos, pero fue interceptada con el sacerdote, que se había detenido en la puerta de la cocina para esperarla.
-Robin san… necesito hablar con usted.
Robin asintió y le siguió, en silencio. Se sentaron en un lugar apacible cerca de los mandarinos de Nami y fue entonces que Robin notó que el sacerdote tenía entre sus manos el libro que ella había estado consultando todos esos días para tratar de ayudar en algo a Zoro.
-Nami san me lo proporcionó. Usted disculpe, hay cosas que no puedo recordar muy bien. Además, necesito indicarle con claridad el lugar a donde vamos a ir, por si sucede cualquier cosa.
-De acuerdo.
El sacerdote abrió sobre el piso aquél libro. Había puesto un separador en el lugar donde había un mapa de la isla. Robin lo observó con atención mientras él hablaba.
-Más o menos aquí- indicó señalando con su dedo un lugar en la costa- es a donde vamos a llegar. Después caminaremos hasta mi casa y seguiremos el camino hacia la montaña. Está a dos o tres kilómetros, no nos tomará mucho tiempo llegar a ella.
Robin recordó lejanamente una montaña en el paisaje de la isla un par de días atrás, pero no conseguía darle forma en su mente ni hacer un cálculo de qué tan lejos estaría de la casa del sacerdote de acuerdo con su propia perspectiva, aunque de todas maneras sabía que podía confiar en él.
-Dentro hay un túnel. Subiremos a través de él hasta alcanzar cierta altura. Pero llegaremos a un punto en que no podremos avanzar más. Solo tú vas a poder continuar, a los demás no nos será permitido dar otro paso.
El sacerdote siguió hojeando el libro, mientras Robin procesaba aquella información.
-Conforme continúes, llegarás a un punto donde no podrás subir más que escalando, y finalmente llegarás a una cámara, grande y redonda con algunos pilares alrededor, como en la primera isla.
-Lo recuerdo.
-En el centro de esa estancia encontrarás una mesa de piedra. A partir de ese momento, no te sabría decir qué es lo que va a pasar. Solo tú puedes encontrar la forma de hablar con nuestro amo. Lo único que puedo aconsejarte es que no pierdas la calma ni olvides, por ningún motivo, lo que vas a buscar y lo que vas a hacer. También puedo decirte que pienses en esto, dime, ¿a quién le pertenece esa piedra?
Robin amagó a dar una respuesta, pero él la detuvo.
-Solo piénsalo. No es necesario que contestes. Tenlo muy presente y haz que él lo sepa- Robin comprendió todo aquello perfectamente, y asintió. El sacerdote le dio una última mirada al libro antes de cerrarlo y entregárselo de regreso.
-Tus amigos no saben que solo pueden hacer una pequeña parte del recorrido a tu lado. Ellos están convencidos de que te acompañarán hasta el final del camino pero ahora sabes que no va a ser así. El señor Franky preparó mochilas con arneses para todos, para cuando llegue el momento de escalar. Pero yo puedo decirte, querida niña, que eso no les va a servir de mucho. Así que toma tu mochila y prepárate, porque puede llegar un punto donde sea demasiado difícil continuar.
Robin asintió, comprendiendo. Si sus compañeros tenían acceso a esa información, simplemente no la dejarían ir. Comprendió entonces la preocupación que el sacerdote mostraba. Aunque le costó trabajo, le sonrió.
-Muchas gracias por todo. Cuando llegue el momento, hágame el favor de decirle a mis nakama que no se preocupen por mí, y que voy a estar bien. Es todo lo que le pido.
-No se preocupe, Robin san.
En eso estaban cuando Nami anunció enérgicamente que ya llegaban a la isla y que debían prepararse para detener el barco y desembarcar. Robin se puso de pie y comenzó a caminar hacia la barandilla, desde donde pudo ver la isla y un poco a lo lejos la montaña a la que debían de escalar. Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y encontró en su interior la pequeña bolsa de tela que había cosido Nami para que guardara allí los pedazos de la piedra. Pensó en Zoro. Se lo imaginó dentro de la enfermería, acostado sobre la camilla con el pecho descubierto. Imaginó el sudor en su piel y la luz de la lámpara iluminándolo aún en la penumbra de la enfermería.
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Un rato después ya habían tomado sus cosas y habían bajado a la isla. El sacerdote comenzó a guiarlos a través del camino para llegar a su casa; después de haber descansado y comido bien en el Sunny se veía mucho mejor que cuando Brook lo encontró, y aunque ahora llevaba el bastón de este último para apoyarse, no parecía necesitarlo tanto como antes. Franky iba cargando a Zoro en su espalda, con todo el cuidado que le era posible. Planeaban dejarlo en casa del sacerdote, pues pensaban que ahí estaría más seguro que en el Sunny ya que el barco podía ser blanco de un ataque por parte de los marines de nuevo o de cualquier otra tripulación, y ninguno de ellos iba a quedarse a vigilar.
Al cabo de unos pocos minutos estuvieron en la pequeña casa. Entraron, y el anciano les mostró una habitación dentro de la cual podían dejar a Zoro, y él estaría de lo más tranquilo y cómodo, sin duda.
Su aspecto no había cambiado desde la última vez que Robin lo había visto, aunque quizás el hecho de que ya no estuviera iluminado por la lámpara de la enfermería influenciaba el que se viera un poco menos….irreal. No tenía otra forma de decirlo; el Zoro que Franky cargaba se veía mucho más tangible, y en consecuencia, más vulnerable y más frágil.
Lo depositaron en la cama que había dentro de la habitación y Chopper procedió a hacer el último chequeo de sus funciones corporales con todo el cuidado que le fue posible. Le pareció que estaba bien, en realidad no había cambiado casi nada su estado, no había mejorado pero tampoco estaba peor, por lo cual el pequeño reno estaba tranquilo.
Después de cerrar todas las puertas con cuidado, Sanji, Luffy y Franky salieron a asegurar los alrededores, y al decidir que no había nada de qué preocuparse, el sacerdote los reunió en la mesa del comedor y les enseñó el mapa. Básicamente les explicó el recorrido que Robin tendría que hacer para llegar al lugar donde haría el ritual. Por supuesto, en ningún momento les dijo que en alguna parte del camino ellos simplemente no iban a poder avanzar. Ella lo notó, intercambiaron una mirada y un pequeño asentimiento que nadie más pudo ver por tener los ojos fijos en el mapa. Luego de ponerse de acuerdo, salieron de la casa, la aseguraron por fuera y volvieron a seguir al sacerdote, quien ya había tomado su bastón de la casa, rumbo a las faldas de la montaña, donde comenzarían la parte fuerte del recorrido.
Como el anciano le había sugerido que hiciera, Robin tomó su mochila y se la puso en la espalda, negándose rotundamente a permitir que Sanji la tomara y la llevara él. No dio explicaciones y la expresión seria de su rostro y el ánimo de la expedición fueron dos factores definitorios para que el joven cocinero no insistiera.
El silencio reinó en todo el recorrido a través del bosque, y finalmente, llegaron a la orilla de la montaña, donde el anciano los guio hasta el lugar exacto donde se encontraba la entrada al túnel que debían recorrer. Esa entrada estaba disimulada con unas enormes piedras que indicó a los Mugiwara que retiraran.
El agujero era lo bastante alto y ancho como para que todos entraran con soltura. Sacaron lámparas que llevaban en sus respectivas mochilas y comenzaron a recorrerlo. El grupo era dirigido por el sacerdote. Justo detrás de él iba Robin, luego Luffy, Nami, Choper, Ussop, Sanji, Brook y Franky cerrando el grupo.
Como era de esperarse, esta parte del camino no fue mucho más ligera que lo demás. La pesadez era mayor quizás por encontrarse dentro del túnel, y esta parte se les hacía a todos preocupantemente repetitiva. Las grandes extensiones de oscuridad frente a ellos, conforme caminaban, no lo hacían mucho mejor. Hacia atrás ya no se veía la entrada, después de unos minutos, como si alguien la hubiera cerrado apenas ellos entraron allí.
Aun así, continuaron el recorrido con decisión.
Después de un buen rato de caminata y una claustrofobia que iba aumentando considerablemente, notaron que el camino comenzaba a inclinarse hacia arriba. Poco a poco necesitaban hacer un mayor esfuerzo por ascender, y también comenzaron a ayudarse con las manos para continuar. Mantenerse erguidos dejó de ser una opción en algún momento, y aunque la mayoría demostraba tranquilidad era más que obvio que el nerviosismo aumentaba.
Los únicos que al parecer guardaban una calma total en ese momento, eran Robin, el sacerdote y Luffy, que avanzaban como si no hubiera obstáculo alguno por delante. Esto solo impulsaba a los demás a continuar haciendo como que nada pasaba; si los primeros podía, ellos también, perfectamente.
Y claro que no faltó un comentario de Ussop sobre lo peligroso que aquello podía ser, o de Chopper, para quien ese ambiente era demasiado caluroso, o de Nami, cuyas fuerzas iban flaqueando conforme avanzaban, pero a pesar de esto todos sin excepción siguieron adelante.
Pronto llegaron a una sección horizontal del camino donde al fin pudieron descansar. Mientras todos tomaban aire, Robin observó con su lámpara el túnel que continuaba, completamente vertical hacia arriba.
Sabía que además del arnés podría usar sus poderes, así que por ese lado no había problema. Ahora, ¿cómo hacer que los demás comprendieran que ella tendría que hacer el resto del viaje sola? hasta donde podía ver, eso sería de lo más complicado. Ellos se negarían. Ellos no la dejarían sola aunque ella se los pidiera de todas las maneras imaginables.
Pero algo no los dejaría continuar de todas formas, ella podría seguir sin tener que preocuparse por ellos y eso ya era ventaja. No deseaba preocuparlos, eso era todo. No quería que se quedaran pensando en que algo malo pasaría con ella.
Entonces se dio cuenta de que no deseaba seguir pensando en eso, y ya que extrañamente no se encontraba cansada, comenzó a ponerse el arnés antes de que los demás recuperaran un poco el aire.
-Ro…Robin, espera un segundo, es muy pronto-, pidió Nami, visiblemente cansada-, nosotros aún estamos agotados.
Robin ni siquiera volteó a verla y esto fue más que suficiente para que Nami notara que algo iba mal. Se puso de pie como pudo y se acercó a ella.
Robin la miró entonces, y le sonrió.
-No te preocupes por nada, Nami.
Nami iba a decirle algo cuando notó que no podía acercarse más a Robin, como si estuviera siendo protegida por un campo de fuerza. Su mano no palpaba nada, y su brazo podía llegar más allá, pero cuando trataba de avanzar, el resto de su cuerpo era retenido en su lugar o expulsado, si ella trataba de avanzar imprimiendo más fuerza a sus pasos. Esta escena consiguió que los demás se pusieran de pie y también lo intentaran, a excepción del sacerdote que se quedó dónde estaba, pues era el único que además de Robin comprendía lo que estaba sucediendo allí. La arqueóloga entonces miró a sus amigos a través de esa capa transparente y volvió a sonreír, tratando de parecer tranquilizadora, pero pronto comprendió que para sus compañeros semejante gesto podía ser algo así como una burla. Desistió.
-No necesitan hacer más que quedarse aquí y esperarme- anunció, sin dirigirse a ninguno de ellos en específico-. Ya han hecho bastante con todo lo que me han ayudado hasta ahora, y con todo lo que me han acompañado aunque sientan que no han hecho nada. Debo avanzar sola ahora. Les prometo que para cuando vuelva, todo estará bien.
Sin decir nada más, Robin se dio la vuelta y se introdujo en el túnel con la mayor decisión. La perdieron de vista en pocos segundos.
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-¡Es usted un cabrón mentiroso!- decía Sanji, zarandeando al sacerdote e insultándolo con la variedad más florida de palabras malsonantes que tenía en su repertorio- ¿No pudo decirnos desde un principio que esto pasaría? ¡De haber sabido no la hubiéramos traído hasta aquí, hijo de puta!
-¡Ya suéltame, larguirucho abusivo!- gritaba escandalosamente el sacerdote tratando de darle con su bastón en la cabeza, pero estaba tan mareado por el zarandeo que no podía acertar- ¡Si les hubiera dicho que esto pasaría no la hubieran dejado venir! ¡Lo siento mucho, pero su sacrificio era más que necesario!
Al oír esto, Sanji no tuvo otra opción que dejarlo en el piso y retroceder de mala gana mientras seguía rezongando. Ya más que suficiente había tenido con oír de la boca de ella misma que estaba enamorada de Zoro, y ahora esto. De cualquier forma, Robin ya había entrado en ese túnel y no había nada que ellos pudieran hacer. Franky ya había recorrido toda la estancia y había comprobado que no había túneles secretos, puertas falsas ni otra manera factible de pasar y tratar de detener a Robin. Tampoco podían hacer otro túnel; corrían el riesgo de derrumbar el que usaba Robin en ese instante y no se podían dar ese lujo.
Estaban incapacitados para producir respuesta alguna que no fuera quedarse allí y esperar; lo cual era por demás frustrante.
Luffy estaba haciendo un berrinche de aquellos. De no ser porque se lo impidieron claramente, hubiera derrumbado la montaña desde su base para sacar a Robin de allí en ese instante y llevársela de regreso al barco.
Aunque también estaba en juego la vida de su mano derecha. Luffy no se podía quedar sin Zoro y esto era algo que sorprendentemente el joven capitán parecía comprender con la mayor facilidad. Pero no por eso dejaba de estar molesto de que Robin actuara así, sin decirles nada de lo que iba a ocurrir.
Todos comprendían que todo lo que la arqueóloga deseaba era evitarles preocupaciones, pero a decir verdad era algo que les hubiera sido difícil aceptar bajo cualquier circunstancia.
Poco a poco los ánimos se fueron calmando, y siguiendo el ejemplo del sacerdote, ellos se fueron sentando en el piso, cansados, silenciosos, solo esperando a lo que fuera a pasar. Sanji seguía molesto. Ussop seguía asustado. Franky, Brook y Chopper seguían a la expectativa de cualquier cosa. Luffy seguía con las mejillas hinchadas y rojas por el berrinche, y Nami seguía preocupada mirando hacia el túnel, sabiendo que seguramente faltaba un buen rato para que Robin volviera a través de él.
En esto estaban, cuando un ruido vino del túnel del que ellos habían salido. Como si alguien estuviera recorriéndolo a toda velocidad, y se dirigía sin descanso, obviamente hacia donde estaban ellos.
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Robin levantó la cabeza, y comprobó con la luz de la lámpara que la salida de ese túnel aún no estaba cerca. Sentía el sudor acumulándose en su frente, y que poco a poco el cansancio iba haciendo mella en su cuerpo, pero aun así continuó ascendiendo al mismo ritmo que había llevado hasta el momento.
Al principio llegó a creer que en el segundo menos pensado sus amigos aparecerían de la nada tras ella y la obligarían a volver, o se aferrarían a ir con ella. No estaba segura de que aquello fuera una simple evocación de su mente o un deseo, pero se disipó de su cabeza casi tan rápido como había aparecido; no había forma de que ellos subieran allí. Ella estaba recorriendo ese camino porque la maldición era real; lo ocurrido con Zoro también, y por lo tanto el hecho de que solo ella pudiera subir por ese túnel era algo irrevocable que ninguno de sus amigos podría cambiar.
Con este último pensamiento en mente, volvió a mirar hacia arriba. Los murmullos de las voces de sus amigos se habían desvanecido en el aire apenas un par de minutos antes.
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-¿¡Qué demonios es eso!?- preguntó Ussop, con los ojos saliéndose de las órbitas- ¿¡Qué es!?
Nadie contestó la pregunta, pero tanto Sanji como Luffy tenían la respuesta. Los demás, solo lo sospechaban.
Al asomarse al túnel con las lámparas vieron, apenas distinguible a lo lejos, la figura envuelta en sombras cuyos ojos parecían brillar en la oscuridad. Dada su agilidad para subir por el túnel a toda velocidad a cuatro patas, cualquiera hubiera dicho que se trataba de un animal salvaje, un tigre, una pantera, pero la forma de su espalda y sus miembros apenas iluminados por la luz de las lámparas les revelaron su identidad igualmente sorprendente y temida; se trataba de Zoro, que subía sin detenerse, y que era cada vez más distinguible ante los ojos de todos.
Retrocedieron cuando él se abrió paso con un salto poderosísimo hacia arriba. Cayó al suelo, un poco desorientado, pero en seguida se repuso, se irguió y comenzó a caminar a paso seguro hacia el túnel por el que se había ido Robin.
El camino sin embargo le fue rápidamente bloqueado por Sanji, Luffy y Franky, que se habían puesto en guardia con presteza. De todas maneras sabían que Zoro no podría avanzar hacia allá, pues la única que al parecer lo tenía permitido era Robin, pero debían asegurarse de que el espadachín se quedara quieto y no los dañara mientras estuvieran allí, y más importante aún, que no se dañara a él mismo.
Él no dudó en continuar avanzando hacia ellos. No los miraba, más bien, parecía que miraba hacia atrás, su mirada permanecía fija en el túnel aun cuando ellos estaban bloqueándolo.
No parecía que fuera específicamente a pelear contra ninguno, o que tuviera deseo alguno de hacerles daño, pero tampoco parecía dispuesto a frenarse ante el más mínimo obstáculo.
Fue entonces que Luffy se fijó en algo que en cualquier otra situación probablemente nunca se hubiera dado cuenta: los ojos de Zoro ya no estaban opacos ni grises, y él los miraba directamente, parecía vivo, y consciente, por primera vez luego de mucho tiempo.
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Robin por fin pudo ver, con ayuda de su lámpara, que había una abertura en el camino que seguía hacia arriba, de modo que seguramente no le faltaba mucho para llegar. Esto le causó un gran alivio, pero el sonido de las voces de sus amigos llegó hasta ella a través del túnel. Ellos gritaban, se escuchaban angustiados, desesperados.
Por un momento sintió el impulso de volver hacia abajo y asegurarse de primera mano de lo que estaba sucediendo, pero al mismo tiempo algo le dijo que tenía que continuar hacia arriba sin detenerse y llegar hasta el final de su recorrido. Decidió hacerle caso a esa segunda voz, porque de un momento a otro las voces de sus compañeros simplemente se volvieron indistinguibles y ella comenzó a sentir que estaba siendo seguida de cerca, lo cual solo sirvió para aumentar la sensación de claustrofobia y pesadez que ya tenía ese lugar de por sí, y el nerviosismo que ella comenzaba a sentir, poco a poco, el cansancio, esa presión que le hacía sentir que su cabeza iba a explotar, un mareo, un zumbido en los oídos….
Usó sus poderes para recorrer el último tramo del viaje, deshaciéndose del arnés en el proceso y gastando un poco más de energía de la que había implementado hasta el momento, pero al menos fue mucho más rápida y pudo encontrarse en una superficie segura en la cual se detuvo a descansar.
Respiró profundamente una vez en suelo firme, y utilizó su lámpara para alumbrar los alrededores. La cueva en la que se encontraba ahora continuaba por un pasillo, al final del cual seguramente debía haber una última cámara en la cual encontraría la mesa y haría el resto del ritual.
En este punto se dio cuenta de todo lo que había sido depositado sobre ella, todo lo que debía de hacer, y todo lo que podría costarle. Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó la bolsa con los pedazos del diamante. Apretó la bolsa con su puño y la volvió a guardar. Pensó de nuevo en Zoro. Pensó en todo lo que habían pasado, y pensó en lo que podía pasar si ella no se atrevía a continuar en ese segundo exacto.
Se puso de pie, y sintió que sus rodillas le fallaban. Aun así, no cayó. No se permitió caer.
Empuñó la lámpara con su mano izquierda y con la derecha se fue sujetando de la pared de tierra para acercarse a la entrada de ese pasillo.
Entonces escuchó algo que no correspondía a los sonidos que hasta el momento habían inundado su ambiente; alguien se acercaba a ella, otra vez, alguien recorría el túnel a toda velocidad.
¿Sus nakama? eso era imposible. ¿Quién podía ser?
Antes de pudiera descifrarlo un millón de imágenes acudieron a su mente en tropel, atropellándose unas con otras sin permitir que ella pensara con claridad; tantas personas, tantas muertes, tantos fantasmas recorrían ahora ese túnel dispuestos a llegar a ella y absorberla hasta que no quedara absolutamente nada.
Robin no se pudo mover. Se quedó congelada viendo ese punto, esperando que de un momento a otro acudiera aquél que la seguía, para enfrentarlo.
Pero cuando lo vio, se quedó aún más petrificada de lo que ya estaba.
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Todos miraban el mismo lugar como antes. De algún modo inexplicable Zoro, aún en ese estado inconsciente en el que estaba, había logrado pasar a través de la barrera invisible que ellos no habían conseguido eludir y ante la vista de sus nakama había logrado subir por el túnel, esto después de una brevísima pelea contra Sanji, Luffy y Franky, que terminó únicamente porque en un descuido de éstos, él se escabulló a la parte protegida de la cueva y subió.
Distintos grados de preocupación y desesperación cruzaban los rostros de los Mugiwara en ese momento. No sabían qué esperar ahora. En ese estado Zoro podría hacer prácticamente cualquier cosa y era un hecho, al menos por lo que podían ver, que hacerle un bien a Robin no estaba entre sus planes.
Ya no pudieron sentarse. Todos se quedaron de pie mirando hacia allí, en la más grande y total desesperación por no poder acercarse ni hacer nada. Solo les quedaba tratar de confiar en que ella conseguiría hacer lo que tuviera que hacer antes de que Zoro le hiciera daño.
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Robin retrocedió, al fin, un paso, cuando se dio cuenta de que Zoro se acercaba otro tanto hacia ella.
-No, Zoro- indicó, aun sabiendo dentro de sí misma que Zoro ya no la escucharía. Él avanzó todavía más hacia ella, y ella volvió a retroceder, presa del miedo más frío y cruel que alguna vez hubiera sentido, que le impedía moverse con libertad, que no le dejaba la cabeza clara ni siquiera para tratar de usar sus poderes. La visión de la sangre quemando sus venas en medio de una marea de rabia tampoco sirvió para calmarla. No había en ese momento ira, miedo, valentía, deseo o pasión que pudiera retenerla en modo alguno, ahí solo estaban ella y Zoro, en un espacio solitario, reducido….¿cómo era que había conseguido entrar? Si los otros no venían tras él solo podía significar que no habían podido pasar, ¿por qué él sí?
Claramente sintió el momento exacto en que sus dientes comenzaban a castañear. Su piel se erizó y sus piernas cada vez estaban más débiles. El sudor que su piel había ido acumulando en el camino había adquirido una frialdad tal que le resultaba angustiante y cada vez le costaba más respirar.
Entonces Robin se obligó a recordar, se obligó a si misma a recordar ese momento en que Zoro le había pedido hablar solos, alejados de los demás; recordó la luz de la luna enmarcándolo, recordó sus palabras, trató de sentir en sus oídos de nuevo el tono poderoso y fuerte de su voz, trató de sentir de nuevo ese calor que parecía irradiar su piel y trató de construir una última escena en su mente donde ella le decía que lo amaba y no dudaba un segundo en lanzarse hacia él y olvidarse de todo lo demás, al menos en ese momento…
De pronto se dio la vuelta y comenzó a correr por aquel pasillo, pero no consiguió avanzar casi nada antes de que el pesado cuerpo de su nakama la embistiera y diera con ella en el piso, con un golpe pesado en el cual los dos terminaron rodando hasta pegar contra una pared fuertemente.
Ella sacudió la cabeza y con sus últimas fuerzas trató de ponerse en pie; pero él no se lo permitió, la aferró con tanta fuerza que casi la dejaba sin aire. Robin luchó con todas sus fuerzas hasta que consiguió florecer un grupo de manos que formaron una mano gigantesca, con la cual consiguió golpear a su compañero. Con el aturdimiento, él la soltó un segundo, cosa que ella aprovechó para ponerse en pie y correr, pero su cuerpo no le respondía, sus piernas se doblaban y ella zigzagueaba sin control, dando tumbos y golpeando contra las paredes.
Cayó y se levantó dos veces más antes de que el aturdimiento pasara casi por completo, no así el dolor que inundaba todo su cuerpo que no le permitía avanzar como ella lo hubiera deseado. Fue entonces que sintió de nuevo los pasos atrás de ella, y antes deque pudiera evitarlo él la embistió una vez más, pero apenas con la fuerza suficiente para dar contra una pared.
Una vez que la tuvo allí apresada, se inclinó sobre ella y en un intento desesperado, tal vez, por retenerla, le dio una mordida en el cuello, tan fuerte, tan salvaje, que Robin temió por su vida en ese momento exacto, pero él la soltó antes de hacerle un daño más significativo, apenas el suficiente para asustarla y conseguir que no se moviera más.
Su pecho subía y bajaba a un ritmo que la asustaba, que no creía que pudiera tener. Tener a Zoro sobre ella prácticamente, respirando sobre su piel, mordiéndola, estrujándola, no ayudaba en nada. No ayudaba en nada que él tratara…. ni siquiera estaba segura de qué era lo que él quería. ¿Querría acaso terminar lo que habían dejado inconcluso la vez anterior, o simplemente quería terminar de matarla de una vez por todas?
Su respuesta vino pronto. Él la besó. Pero ese beso fue lo más doloroso que pudo haberle hecho a Robin en ese mismo instante. En ese beso, Robin sintió claramente el sabor de su propia sangre, lo cual la asustó demasiado, pero apenas lo suficiente para traerla de nuevo a la realidad, para ayudarla a reaccionar.
Primero se relajó y sus labios recibieron a los de su nakama. El inferior temblaba en un intento infructuoso de contener las lágrimas, que bajaron a caudales por su rostro, provocadas por la impotencia y el dolor del momento. Los labios de Zoro abrieron los de ella con la mayor facilidad y se acariciaron mientras ella continuaba temblando. Sus manos también soltaron los brazos de su compañero, que al verse liberado de aquella fuerza que se interponía a sus deseos también relajó considerablemente la fuerza de su agarre alrededor de ella.
Entonces, en lugar de sujetarle los brazos, ella le tomó de los hombros y se apoyó en ellos ligeramente para darle fuerza al resto de su cuerpo de separarse un momento del de Zoro.
Se separó de sus labios, y quedó apenas a un centímetro de su cara. Lo miró a los ojos y sintió cierta pequeña alegría de que no verlos opacos. Sintió el aire caliente que compartían al respirar. Cerró sus ojos y juntó su frente con la de él, que se había quedado bastante quieto cuando ella dejó de oponer resistencia.
-Clutch- susurró contra los labios de su compañero, y lo miró caer al suelo frente a ella un segundo después.
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Robin terminó de recorrer aquél pasillo, y finalmente llegó a la estancia circular donde tenía que llevar a cabo el ritual. Alrededor estaban esas pequeñas columnas, y en el centro estaba la mesa de piedra.
No sin algo de miedo, avanzó. Se paró frente a la mesa.
Sacó la bolsa de su abrigo y la abrió. Tomó los pedazos del diamante en su mano. Se aseguró de que estuvieran todos, y no supo qué más hacer.
Vio las columnas, y recordó lo ocurrido en la isla del Alba, y creyó entonces tener una idea de lo que podía hacer. Se acercó a una de ellas, y la tocó. Nada ocurrió.
Entonces, fue por su segunda opción. Dejó el diamante fragmentado en la mesa y descansó en ella sus manos, con las palmas de sus manos vueltas hacia abajo.
-Espíritu-habló; su voz se escuchaba débil, cansada, trémula-, no soy…una habitante de estas islas. Yo y mis amigos cometimos la imprudencia de perturbar un lugar sagrado y… y en nombre de todos ellos… te pido perdón. Te pido perdón y también te pido algo que me ha costado demasiado trabajo soportar todos estos días. Ayúdame a devolverle a mi amigo sus sentimientos… y a cambio te daré lo que quieras.
No había planeado nada de lo que debía decir, por lo que esas palabras salieron directamente de su corazón cansado y drenado. Aún nada ocurrió, pero entonces, sintió algo que estaba a medio camino entre un zumbido y un temblor. Se estremeció cuando vio que una de las columnas, la que ella había tocado un minuto antes, comenzaba a brillar. Pero su brillo no era rojo, como en la otra cueva, sino azul, un azul oscuro que parecía limpio, tranquilizante, y que como un río, se esparció a las demás columnas con gran rapidez. Robin las miró hasta que todas estuvieron cubiertas con esa luz, y de una de ellas salió un rayo que la iluminó.
Apenas ese rayo tocó su piel, Robin sintió algo en su cabeza. Era una voz, pero en realidad no la escuchó, esa voz simplemente se instaló dentro de su mente como si fuera parte de ella.
-¿Por qué está así esta piedra?
Robin se vio tentada a culpar a Martella por aquello, pero pronto recordó lo que el sacerdote le había dicho. Ella debía demostrar que la piedra era suya. Tomar responsabilidad completa sobre ella le parecía el mejor comienzo.
-Fue mi descuido. No la protegí como era debido y fue destruida.
Pronto descubrió que no podía simplemente pensar en su respuesta, sino que tenía que decirla en voz alta, como si esa persona o lo que fuera se lo estuviera exigiendo de algún modo.
-¿Qué es lo que quieres?
-Quiero que mi nakama tenga sus sentimientos de regreso, es decir, que esta piedra vuelva a él, que vuelva a sentir. Ya le he dicho que a cambio estoy dispuesta a dar cualquier cosa.
No hubo respuesta esta vez, pero Robin pudo ver que más líneas de luz llegaban a ella. Esto no la asustó en lo más mínimo. Se mantuvo firme.
-Lo que me pides es muy difícil de hacer, sobre todo con la piedra rota en pedazos de este modo.
Robin respiró profundamente, pero no demostró lo asustada que estaba.
-¿De quién es esa piedra, Nico Robin?
Escuchar tan claramente su nombre pronunciado dentro de su cabeza consiguió que su corazón diera un vuelco repentino. Comenzó a temblar mucho más que antes y sintió más vivas que nunca las lágrimas que habían bajado de su rostro cuando tuvo que aplicarle a Zoro el clutch. Aun así, se mantuvo lo más serena que pudo. No supo qué contestar en un principio, pero luego volvió a pensar en muchas cosas, y se dio cuenta de detalles que antes no había considerado, y en consecuencia, de que tenía una respuesta razonable a lo que el espíritu le estaba pidiendo en esos momentos. Se armó de valor y trató de darle un poco de forma a su respuesta antes de decirla. Luego se dispuso a hablar firmemente, sin dejar escapar nada más que su voz, fuerte y segura, o al menos, lo más fuerte y segura que podría ser en ese momento.
-El diamante es mío. Zoro me lo entregó. Es la parte de él…sobre la que me hizo responsable el día que dijo que me amaba.
-¿Estás segura de lo que dices?
Robin asintió como si supiera que él (lo que fuera) la veía. Sintió algo rodeándola, como una corriente de aire, que mezclaba calor y frío. Trató de ignorarla, pero las luces comenzaban a pasearse sobre ella y al darle en los ojos la perturbaban. En ese momento se juntaban tantas cosas a su alrededor, tantas sensaciones, y su estado corporal solo parecía empeorar bajo cualquier estímulo.
-Lo que me pides es demasiado difícil. El sacrificio que va a requerir puede ser demasiado para ti. Aun así, ¿estás dispuesta?
Robin sintió como si su corazón se fuera a salir de su pecho. En ese punto no habría más vuelta atrás. Las luces seguían danzando, la corriente de aire era cada vez más fuerte, y al tocar su rostro sintió dos o tres lágrimas más que habían bajado de su rostro debido a lo fuerte de la situación. Quiso preguntar qué sacrificio sería finalmente, pero no deseaba dar la impresión de que dudaba.
-¡Estoy dispuesta!- su voz cada vez era más fuerte, conforme su miedo y sus ansias aumentaban-, ¡no me importa lo que sea necesario! Amo a Zoro… y estoy dispuesta a dar lo que sea con tal de que vuelva a la normalidad. Lo que sea.
Volvió a haber un movimiento más desordenado de luces y de aire a su alrededor, lo cual ocasionó que perdiera un poco el piso y tuviera que sujetarse con fuerza de la mesa para no caer. Apretó los ojos y bajó la mirada para que las luces no la lastimaran mucho más, y aún entre todo ese alboroto y esa situación que tanto la estaba asustando, escuchó otra vez la voz dentro de su cabeza, que dio con sus palabras la sentencia final para toda la tortura que había estado pasando.
-Con la piedra destruida, tomaré de ti un tesoro aún mayor del que hubiera sido en un principio. En adelante tu vida no será más la misma, pero tu amigo volverá a ser el de antes…
Dicho esto, la corriente de aire se hizo aún más fuerte, al grado que comenzó a levantar las piedras del piso e incluso parecía tener la capacidad de distorsionar las formas de luz que provenían de las columnas. Robin se sintió extraña. Primero sintió una ligereza increíble, su cuerpo dejó de dolerle y poco a poco sus pies se despegaron del suelo. Luego, ya en el aire, sintió como si algo entrara en su pecho; una de las luces se había posado allí emitiendo un calor muy fuerte que le dio la impresión de que en cualquier momento le iba a perforar la piel. Apretó los ojos y los dientes pero resistió. A su alrededor todo seguía moviéndose como un enorme tornado; las luces, las piedras, el viento, el calor y el frío, todo se conjuntó en el momento en que sus ojos, sus oídos y su piel quedaron completamente saturados de sensaciones y no fue capaz de percibir mucho más de lo que sucedía. Las últimas palabras del espíritu se repetían en su cabeza hasta el cansancio, pero las suyas propias también.
¡Estoy dispuesta! ¡No me importa lo que sea necesario! Amo a Zoro…
Finalmente, en algún momento en que pudo entre abrir los ojos, logró ver algo pequeño y redondo que salía de su pecho envuelto en esa luz azul. Un momento después el viento y las luces fueron bajando de intensidad y ella volvió poco a poco al suelo.
Los pedazos del diamante también habían comenzado a flotar. Se habían juntado en uno solo de nuevo, y habían bajado hacia el piso, transfigurándose en una poderosa luz de un color verde que se implantó dentro del pecho de alguien, que estaba allí.
Ahí en el piso frente a ella, estaba Zoro.
Estaba arrodillado, pero aparentemente, estaba dormido.
Los últimos vientos y las últimas luces se disiparon, y los pies de Robin finalmente se asentaron bien en el piso. Se dejó caer de rodillas frente a su compañero y comprendió que todo había terminado.
Respiró profundamente. Sonrió. Todo había terminado.
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Después de unos segundos de calma, al cabo de los cuales comprobó que se encontraba bien, Robin alzó su mano hasta el rostro de su compañero.
Le acarició la mejilla y luego los labios.
-Zoro. Zoro…despierta.
Lo sujetó de un hombro y lo sacudió un par de veces, lo suficiente para que él se despertara repentinamente, sobresaltado y un poco desubicado, respiraba entrecortadamente y volteaba en todas direcciones, saliendo de la pesadilla, como preguntándose qué era lo que pasaba, y dónde estaba. Luego de un par de segundos su mirada se fijó en Robin.
-Mujer…-Robin se sonrió-, Robin…Robin…
Zoro no pudo decir nada más, y se sorprendió a si mismo con un nudo en la garganta que nunca antes había sentido. Se inclinó hacia adelante y se recargó en su hombro, escondiendo su rostro para que ella no se diera cuenta de que estaba llorando. Sí, estaba llorando, y no se podía controlar. Eran demasiado fuertes los sentimientos que se habían acumulado dentro de su pecho, y ya no podía contenerlos más.
Robin le puso una mano en la espalda cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando. Lo sintió temblar y estremecerse. Lo escuchó sollozar tan quedamente que por un segundo casi lo dudó, pero era verdad; Zoro estaba llorando.
Sí, estaba llorando, y ella se obligó a rodearlo con ambos brazos para tratar de confortarlo. Al hacer eso, su nakama se derrumbó por completo. La abrazó y apretó entre sus puños la tela de su abrigo mientras sollozaba con mayor fuerza, completamente impedido de contenerse.
Mientras él sollozaba, Robin le acariciaba la espalda, el cuello, el cabello.
Pasó un buen rato antes de que se calmara lo suficiente para que dejara de temblar. Ella resistió el peso de su cuerpo en esa posición todo el tiempo. Cuando pareció más tranquilo, no lo soltó.
-Debe ser muy difícil- le dijo con su voz más dulce, cerca de su oído, como si tratara de arrullarlo con sus palabras-, pasar por esto así. Entiendo lo que sientes. Debes estar exhausto. Debes sentirte culpable por haber peleado así con todos y por haberlos lastimado. Por haber hecho que Nami se torciera el tobillo y porque casi matas a Sanji. Debes sentirte muy mal por haber preocupado a Chopper y por haber asustado a Ussop. Debes tener mucho enojo contra ti mismo por que sientes que le has fallado a Luffy y que nos has puesto a todos en peligro.
Cuando ella dijo esto, se detuvieron los sollozos, los gruñidos que trataban infructuosamente de aminorar el llanto, se detuvo el temblor y el estremecimiento y solo quedó la certeza de que él la estaba escuchando, él estaba poniendo verdadera atención en sus palabras por primera vez en mucho tiempo, y no iba a atacarla, no iba a dañarla en modo alguno.
-Pero debes entender que todo esto lo hemos hecho porque somos tus nakama. Te queremos y no podríamos dejarte así nada más. Luffy está orgulloso de ti. Los demás también. Saben que si todo esto pasó fue porque tú nunca dejarías que algo le pasara al capitán antes de cumplir su sueño, y es por eso que todos estuvimos dispuestos desde el principio a hacer lo que fuera necesario por ti. Incluyéndome.
Al pronunciar Robin esta última palabra, ambos deshicieron el abrazo, muy lentamente, solo para quedar de frente una vez más. Se miraron, y Zoro notó las marcas de lágrimas en el rostro de su compañera, que no había podido ver antes. Levantó su mano hacia ellas, pero no se atrevió a tocar la piel que tenía ante sí y solo logró un estremecimiento más. Estaba demasiado nervioso, vulnerable, hipersensible. Vio la marca que minutos antes le había dejado en el cuello al morderla y un nuevo nudo se formó en su garganta, impidiéndole hablar correctamente.
-Lo siento…. todo lo que te hice…. yo….lo siento, por favor, perdóname…
Robin suspiró y le sonrió con confianza, observando la mueca de angustia que se había apoderado de él; sus mejillas rojas, las lágrimas, los ojos brillantes. Su compañero, siempre tan fuerte, tan viril, derrumbado por toda esa oleada de sentimientos que lo habían azotado juntos sin darle oportunidad de defenderse, le estaba pidiendo disculpas y ella simplemente no sabía qué podía responderle. Cualquier cosa que dijera podría restarle gravedad a la situación, pero lo cierto era que tampoco se trataba de algo tan sencillo de asimilar.
Zoro observó a Robin un momento y respiró profundamente cuando notó que ella se le acercaba.
Se besaron. Tan ligeramente, tan inocentemente que supo que no había lugar para más. Ni siquiera era un beso de amor. Zoro comprendió que con ese beso Robin le perdonaba todo lo ocurrido, con ese beso ella terminaba con todo ese episodio y le brindaba una nueva oportunidad de seguir viviendo, y él no podía pedir más. No había amor en ese beso. Pero al menos en ese momento, Zoro tampoco necesitaba más.
Robin se separó de él y le sonrió de nuevo. Zoro no pudo evitar notar que ella lucía diferente, parecía que una fuerte melancolía la rodeaba.
-Robin…
-Salgamos de aquí. Los demás deben estar asustados porque subiste.
-Robin…
-No te preocupes más. Aclararemos todo cuando hayamos descansado cuando menos un poco, ¿te parece bien?
Zoro no dijo nada más, solo observó, preocupado, como Robin se ponía en pie, y sintió una necesidad muy fuerte de seguirla. Le tomó la mano suavemente y comenzó a caminar tras ella de regreso. Tenía tantas cosas en qué pensar, qué explicar, qué preguntar y qué decir con respecto a todo eso, pero sobretodo, necesitaba desesperadamente hacer que ella comprendiera que realmente lo lamentaba todo, que no podía verla a los ojos sin sentirse mal de todo lo que la había forzado a hacer, sobretodo porque Robin se estaba portando tal dulce y tan comprensiva con él que le era difícil de creer que no sintiera ningún tipo de desprecio hacia su persona, lástima, o aunque fuera un mínimo enojo, porque a pesar de que su beso expresaba perdón, no podía terminar de creerlo, no podría creerle a sus ojos enrojecidos de llanto y ni siquiera a su expresión sincera. Robin no decía la verdad, Robin estaba ocultándole algo, Robin no se encontraba bien y su piel se sentía tan helada en ese momento que solo confirmaba a Zoro que algo pasaba, algo realmente grave…
Continuará….
No falta mucho para que esto termine pero aún faltan cosas que resolver. Ya quería volver a escribir a Zoro con sentimientos, tenerlo tanto tiempo en modo criatura salvaje instintiva no fue muy cómodo, pero me lo tomé como reto personal al escribir.
Y sin mucho más que agregar, les agradezco que sigan el fic y que me sigan dando ánimos para continuar escribiendo.
alanlazcano, si lees esto, me disculpo por no haber subido la semana pasada como te dije en el PM. Se me atravesaron unas cosas que no estaban en mis planes, pero ya está n.n
Besos a todos!
Aoshika October
