Sonatina
La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa.
Simplemente algo dulce y fluffy con este poema de Rubén Darío.
Apoyado contra su Toyota, Booth esperaba a que se abriera la puerta principal. El calor de la primavera empezaba a hacerse presente y el agente se había quitado la chaqueta de su traje de tres piezas, para gusto de otras tantas mujeres que también esperaban allí.
No iba a negar que apreciaba la atención de las féminas, pero él ya estaba cogido…más que cogido y no se podía quejar.
Dentro del edificio sonó un timbre y a los pocos segundos una avalancha de niños apareció saliendo por la puerta del colegio, dispuestos a disfrutar del fin de semana. Booth dio unos pocos pasos, adelantándose para poder distinguir a su hija entre esa marabunta.
Normalmente, él y Brennan se turnaban para ir a buscarle. A la antropóloga le solía ser más fácil escapar del laboratorio que a su marido, pero Booth aprovechaba todas las horas posibles para ir a recoger a la pequeña Samantha.
Pudo reconocer enseguida la melena castaña y la diadema plateada de su hija cuando bajaba las escaleras. Era igual que su madre, a excepción de los ojos: el marrón de sus irises era el mismo que el de su padre. Cuando la niña vio a su padre una sonrisa se dibujó en su rostro de seis años. Samantha echó a correr tan rápido como pudo con una mochila cargada de libros a su espalda. Y es que la pequeña no podía ir al colegio si no llevaba con ella todos sus libros de lectura preferidos.
Se lanzó a los brazos de su padre, quien la levantó del suelo dándole un sonoro beso en la mejilla.
-Papiiii.
-¿qué tal mi princesita? – preguntó él con una sonrisa mientras se dirigían al coche.
-Bien – contestó la pequeña encogiéndose de hombres – He tenido un diez en el test de cálculo.
-¡Pero eso está muy bien! ¿Por qué no estás más contenta?
Ella se encogió de hombros de nuevo, mirando al suelo.
-Mamá estará muy orgullosa de ti cuando se lo digas – continuó Booth abriendo la puerta del Toyota.
Samantha no dijo nada, simplemente se subió a su sillita sola, dejando la mochila en le asiento de al lado, y dejó que su padre le abrochara el cinturón de seguridad.
El viaje al Jeffersonian fue extrañamente silencioso. Cualquier otro día Samantha estaría entusiasmada, relatando cada detalle de lo que había ocurrido ese día en clase. Pero no abrió la boca, Samantha estaba demasiado callada para gusto de Booth.
Un suspiro desde el asiento trasero hizo mirar por el espejo retrovisor al agente, que vio a su hija cabizbaja.
-Samy, ¿estás bien?
Ella asintió con la cabeza pero no dijo nada. Booth maldijo por los genes de su mujer a la hora de compartimentar. Estaba claro que algo le ocurría a Samantha, pero la niña no iba a decir ni una palabra sobre ello.
Cuando estaba en el laboratorio había una norma que se debía cumplir a rajatabla: Samantha siempre debía ir cogida de la mano de un adulto. Tan bien conocía la pequeña esa norma que no hacía falta que le dijeran nada, ella sola buscaba la mano de sus padres o tíos.
Una vez en la puerta del despacho de Brennan, Samantha se soltó y corrió hacia su madre.
¿Qué tal el colegio hoy, Samy?
-Bien – contestó simplemente la niña.
-¿Tienes tarea?
-No
-¿Quieres dibujar?
Cuando Samantha asintió con la cabeza, Brennan le dio papel y lápices de colores para que la niña se fuera a pintar a la mesita. Booth se acercó a su mujer y le dio un beso como saludo. Ella se mantuvo pegada al cuerpo de él, con sus manos apoyadas sobre la tela del chaleco.
-Mmmm… me encanta cuando llevas estos trajes.
-Lo sé, por eso me los pongo.
Volvieron a besarse. Ni el matrimonio había podido acabar con su pasión, era como si siguieran siendo una par de adolescentes rebosantes de hormonas. Un suspiro les hizo separarse y mirar a la vez a su hija.
Samantha dibujaba con la cabeza apoyada en una mano. A su alrededor había cierta aura melancólica que no le gustó ni un pelo a su padre.
-¿Qué le ocurre? – preguntó Brennan
-Así que tú también lo notas…
-Puede que no sepa leer a las personas tan bien como tú, Booth, pero cuando se trata de mi hija reconozco las situaciones anormales.
-Tendrías que hablar con ella – sugirió Booth
-¿Qué? ¿Por qué yo?
-Porque eres su madre. Y porque yo ya le he intentado preguntar pero no me ha contado nada.
Booth l edio un ligero empujoncito para animarla a que caminara hacia Samantha. Ella le miró, implorando, pero no le quedó más opción que ir a hablar con su hija. Se arrodilló junto a ella, apoyando su mano en la espalda de la pequeña.
-Samntha ¿qué te ocurre?
-Nada, mami.
Brennan levantó la mirada hacia Booth, pero él simplemente le indicó por señas que continuara.
-Sé que te ocurre algo. Te comportas de forma anómala…extraña.
Samantha miró a su madre con dos ojos marrones iguales a los de su padre. Después miró a este, que esperaba junto a la mesa de Brennan. Y finalmente volvió a mirar a su madre.
-Mañana es el cumpleaños de Mike.
-Lo sé, y ya he comprado el regalo que me dijiste ¿es eso lo que te preocupaba?
Samantha negó con la cabeza, su melena moviéndose al compás.
-No. Es que… - la frase terminó en un susurro que Brennan no logró entender.
-Samantha, habla más alto.
-¿Cómo sabes si le gustas a un chico? – preguntó la niña, avergonzada.
-¡Oh! Pues… - Brennan se había quedado de piedra – Sigue dibujando, ahora vuelvo.
Brennan se levantó y fue ahacia Booth, cuya expresión facial era exacta a la de la antropóloga.
-¿Ha dicho lo que yo creo que ha dicho?
-Tienes que hablar con ella. Yo puedo contestar porqué el cielo es azul o porqué se caen las hojas de los árboles en otoño, pero con esto no puedo. No sé que decirle.
-¿Y crees que yo si? Esperaba no tener una conversación así hasta dentro de diez años.
-¿Y qué le voy a decir yo? No creo que explicarle como reconocer los efectos fisiológicos que el deseo sexual provoca sea una buena idea.
Un carraspeo desde la puerta del despacho le hizo girarse. Ángela les miraba con una sonrisa burlona.
-¿Por qué no dejáis a la tía Angie esto?
-Porque preferiría que no traumatizaras a mi hija – contestó Booth.
-Booth, me ofendes. Sé tratar con niños y prácticamente soy una experta en el tema que pregunta Samy.
Ángela fue empujando a la pareja poco a poco, hasta dejarles fuera del despacho y cerrarles la puerta en la cara.
-¿Me acaba de echar de mi propio despacho? – preguntó Brennan con incredulidad.
El sábado por la tarde, Booth y Brennan llevaron a Samntha al cumpleaños de Mike en el parque. Aunque intentaron preguntarle, la niña no dijo nada sobre su charla con Ángela. Nada más abrir la puerta del coche, Samantha salió corriendo hacia el grupo de niños que ya habían empezado a jugar. Brennan dejó el regalo junto al resto y saludó cordialmente al resto de padres. Booth estaba más pendiente de controlar lo que hacía su hija.
-¿Preocupado? – le preguntó Brennan.
-No…asustado. Pensaba que me quedaban años para enfrentarme al tema de los chicos.
En ese momento Samantha apareció frente a sus padres, arrastrando tras ella a un chico rubio y pecoso con una corona de papel en la cabeza.
-Mami, papi, este es MIke, mi novio. Ahora vamos a ir a jugar a los columpios.
Y sin dejar decir nada al niño se alejó de allí, arrastrándole con ella. Booth les miró irse con la boca abierta.
-No sé que le ha dicho Ángela y creo que no quiero saberlo – comentó el agente.
-Estoy segura de que aún no hay nada de lo que preocuparse – observó Brennan sonriendo – Si le das a elegir entre sus libros y Mike, elegirá sus libros sin dudarlo.
Algo más contento, Booth rodeó la cintura de su esposa con un brazo y le dio un beso en la mejilla.
