Sé qué no tengo perdón ni excusa después de un año, así que sólo diré lo siento. En compensación vuelvo con un oneshot bastante más largo de lo que habitúo.
Es un
AU basado en la idea de ¿Qué pasaría si los padres de Brennan hubieran huido con sus hijos en lugar de abandonarles y ella se hubiera unido al negocio familiar?
Los versos son de Lope de Vega.

Varios efectos del amor

Creer que un cielo en un infierno cabe,
Dar la vida y el alma a un desengaño:
Esto es amor. Quien lo probó lo sabe.

El ruido sordo de una carpeta cayendo sobre su escritorio hizo levantar la vista a Booth, que hasta ese momento había estado inmerso en escribir un informe en su ordenador. Se encontró con la mirada de su superior, Andrew Hacker.

-Tenemos una pista sobre la Doctora.

Booth le miró con más interés. La Doctora era el apodo que la prensa le había dado a la ladrona que desde hacía dos años jugaba al ratón y al gato con el FBI. Ese mote se debía a que ocultaba su rostro tras una mascarilla quirúrgica y unas gafas de laboratorio cuando perpetraba sus robos. Aunque sospechaban que su actividad delictiva había empezado mucho antes, hasta hace dos años no se había sabido nada de ella. Su objetivo eran joyerías, bancos, galerías de arte e incluso en un par de ocasiones casas privadas. Era inteligente, estudiaba el terreno antes de robar, los sistemas de seguridad y las vías de escape; sus atracos no duraban más de 20 minutos.

-Hace tres meses que robó ese Van Gogh de la casa de subastas - intervino Booth. – Y lo único que sacamos de allí fue una grabación de una cámara de seguridad con interferencias.

-Ahora ha aparecido uno de sus alias en vuelo para hoy a Las Vegas: Joy Keenan. Ya lo usó anteriormente para colarse en la gala del año pasado del Jeffersonian.

-Lo recuerdo. Nadie la vio ni se fijó en ella, pero se llevó varias obras incas…

-Aztecas – le corrigió su superior.

-Eso. Vegas ¿señor? ¿Cree que se va a atrever con un casino?

-No lo sabemos pero es muy probable. Nuestra central allí en Nevada ya está al tanto, pero quiero que vayas y dirijas tú mismo al equipo.

-Señor, no estoy seguro... – comenzó Booth. Sus supervisores no conocían el problema de juego que intentaba superar en esos momentos.

-Es una orden Booth. – Zanjó Hacker, dejando un billete de avión sobre la carpeta que había tirado antes.

Nada más aterrizar en Las Vegas, Booth fue directamente a la central del FBI, donde el grupo de agentes ya le estaba esperando. Revisaron todas las cintas de seguridad del aeropuerto, de tráfico, cajeros… todo vídeo al que pudieran echar mano. El resultado en todos ellos fue cero. Al fin y al cabo ¿qué esperaban encontrar si ni siquiera sabían cómo era la cara de la mujer que buscaban?

El segundo día en la ciudad del pecado lo dedicaron a trabajo de campo. Lo agentes se dividieron en parejas, mientras que Booth fue solo, preguntando en hoteles, casinos y moteles.

-Soy el agente especial Booth – dijo con voz cansada Booth, enseñando la placa. Era la séptima vez que se presentaba así ante la recepción de un hotel esa tarde.

-¿En qué puedo ayudarle? – contestó cortésmente el recepcionista, vestido y peinado de forma impecable.

-Busco a esta mujer – Booth sacó una foto sacada de una cámara de seguridad, donde la ladrona tenía la cara tapada por su característica mascarilla quirúrgica, sabiendo que el pobre recepcionista no sería capaz de reconocer nada.

-Lo siento, señor, pero no la reconozco.

-Bien. – Se guardó la foto. – ¿Podría comprobar si se registró ayer una mujer con el nombre de Joy Keenan?

-Un momento. – Introdujo el nombre en el ordenador. – Nada, señor. Lo lamento.

-Gracias de todas formas. – Booth estuvo a punto de irse cuando una idea le vino a la cabeza. – Hágame un último favor; compruebe si hace dos días se registró alguna mujer sola.

El recepcionista así lo hizo, sin quejarse.

-Ayer se registró una mujer en una habitación individual. La 447 a nombre de Roxy Scallion.

Ese nombre no le decía nada a Booth. Pero una mujer sola en ese hotel tan lujoso sólo podía significar dos cosas: una mujer que engañaba a su marido o esa era la ladrona que buscaba.

-Muchas gracias – dijo Booth alejándose por fin de la recepción.

No podía pedir la llave de la habitación sin una orden de registro, y no le darían esa orden sin más pruebas que su instinto. Subió hasta la cuarta planta y llamó a la puerta de la habitación 447. Primero quería echar un vistazo a esa tal Roxy. Nadie abrió. Pegó la oreja a la madera pero no oyó ningún ruido dentro. No había nadie en la habitación.

Bajaba las escaleras, planteándose si debía llamar a la central para pedir un equipo de vigilancia, cuando el ruido y la música de las máquinas tragaperras le hizo para en seco. Junto a las escaleras, a la izquierda, se encontraba la entrada al casino del hotel. Durante los dos días que llevaba allí había logrado ignorar las luces, la música y el sonido de las monedas; pero todo tiene un límite y su mente empezaba a fallar en esa labor. Pensó que si se dejaba llevar una única vez, entonces luego podría concentrarse de verdad en el caso.

Encontró una mesa de Blackjack vacía y se sentó. La primera vez tuvo suerte y sus dos cartas iniciales sumaron 21. La segunda vez ganó al crupier con sólo uno de diferencia. La tercera vez empezó con un número bajo, pidiendo cartas hasta llegar a 17. Se quedó un segundo pensando, e hizo el ademán de pedir otra carta cuando una voz de mujer detrás de él le paró.

-Yo no lo haría.

Booth se giró para encontrarse con una mujer joven, de cabello castaño, ojos azules como el cielo despejado y pronunciado escote. Podría haberla ignorado, pero en su lugar se plantó. El croupier levantó la carta que le quedaba bocabajo. Un tres, de manera que su total sumaba 15, lo que le obligaba a coger otra carta: un rey. 25 del crupier contra 17 de Booth. Este sonrió satisfecho mientras recogía sus ganancias.

-Muchas gracias. – Le dijo con una sonrisa a la mujer de los ojos azules, que se había quedado a ver la resolución del juego. – Hubiera perdido de no ser por usted. Deje que la invite a algo – señaló las fichas que acababa de ganar.

-Será un placer. Me llamo Temperance Brennan. – Le tendió la mano. Él la aceptó con gusto.

-Seeley Booth.

Se sentaron en el bar del casino y pidieron dos cafés. A distancia corta era una mujer aún más impresionante si cabía. Hermosa y elegante, destacaba entre el resto de mujeres que estaban en el casino.

-De nuevo muchas gracias por la ayuda – dijo Booth.

-No hay de qué. El sistema del blackjack me resulta muy sencillo, es pura matemática. Cuantas las cartas y así sabes que tiene el crupier.

-¿Cuentas cartas? – preguntó sorprendido. – ¿Es por eso que estás en Las Vegas?

-No. Sólo estoy aquí por negocios… espero conseguir un contrato importante estos días.

-¿En qué trabajas?

Brennan dudó un segundo.

-Contabilidad. Nada emocionante.

-Entonces ¿nada de diversión? ¿Sólo trabajo en Las Vegas? – preguntó con cierta picardía Booth.

-No tengo tiempo. – Una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Brennan. – Debo volver pronto a casa. Mi sobrina está en el hospital.

El semblante de Booth adquirió un tono sombrío antes un tema de conversación serio.

-Lo lamento.

-Es por eso por lo que necesito ese contrato. Lo mínimo que puedo hacer por ayudar es pagar las facturas del hospital. Mi hermano está teniendo problemas ahora mismo.

Un silencio incómodo se instauró entre ambos. Brennan se apresuró a romper el hielo.

-Lo siento. Entiendo que hablarte de mis problemas familiares te pueda resultar incómodo. No es un convencionalismo social aceptado al habernos conocido hace tan sólo unos minutos.

Booth sonrió. Jamás había oído expresarse a una persona de esa manera, lo cual la hacía más única y por tanto más encantadora.

-No pasa nada. De hecho me alegro que ya confíes en mí como para abrirte y contarme eso.

Brennan no dijo nada, pero Booth pudo ver un ligero rubor en sus mejillas.

-Hagamos una cosa, a cambio te contaré algo yo también.

-Seeley – intervino ella de inmediato. A Booth le gustó como pronunciaba su nombre – No tienes porqué.

-Pero quiero hacerlo. – Pensó durante unos segundos que podría contarle. – Tengo un hijo. Se llama Parker. Su madre y yo no nos llevamos especialmente bien, por lo que no le veo tanto como quisiera. A veces pienso que de mayor me echará en cara el no haber estado allí cuando lo necesitaba, que he sido un mal padre.

-Lo siento – es lo único que pudo decir Brennan.

-Tú no tienes la culpa.

-Lo sé. Yo no soy la madre de tu hijo. Pero aun así quiero mostrar mi empatía. Por eso, lo siento.

-Gracias.

Pasaron horas allí sentados. Ninguno de los dos sabría decir exactamente cuánto, pero a ambos el tiempo se les pasó volando. Booth ni se molestó en mirar el reloj hasta que le llamaron al móvil. Hacía una hora que debería haber vuelto a la central. Se disculpó un segundo y se levantó para buscar un sitio más privado.

Era uno de los agentes del FBI, preguntándole donde estaba. Booth dijo que estaba siguiendo una pista, vigilando el hotel donde podía estar alojada una sospechosa, algo que tampoco era del todo falso. Rechazó el envío de refuerzos, alegando que podía encargarse él. Al fin y al cabo, como mucho, sólo tendría que pasarse por recepción a preguntar si la clienta de la 447 había vuelto ya.

Al volver a la mesa, Brennan había sacado el monedero de su bolso.

-Se está haciendo algo tarde ya.

Una presión se instauró en el pecho de Booth al oír esas palabras. Acababa de conocer a esa mujer, pero había algo en ella que le atraía y le hacía desear pasar más tiempo con ella. Habían pasado horas hablando y riendo. Jamás había conectado con una persona tan rápido, y tenía la sospecha de que ella tampoco.

-Claro, sí – contestó él. – Es tarde y estás cansada. No quiero molestarte…

-Había pensado que podías subir conmigo a mi habitación. Pedir algo de cenar y seguir con nuestra conversación. – Su expresión era neutra, pero la voz le temblaba por los nervios. – Lo cierto es que estoy disfrutando de tu compañía.

-Me encantaría – sonrió Booth, aliviado y emocionado por la proposición. – Sólo deja que pague por esto.

-¡Oh, no! Déjame que invite yo. Así tú podrías pagar esa cena.

Un brillo de picardía iluminó los ojos de Brennan. Cuando Booth aceptó su oferta llamó al camarero y le enseñó la tarjeta de su habitación.

-Por favor, cargue esto a la habitación 447.

Booth se quedó clavado en el sitio. ¿Habitación 447? ¿Había escuchado bien? El recepcionista había dicho que esa habitación estaba bajo el nombre de Roxy Scallion, pero ella se había presentado como Temperance Brennan ¿Por qué usaría una contable una falsa identidad? Ella no era una mujer buscando una aventura, entonces sólo le quedaba la segunda opción: ella era la Doctora.

-Seeley ¿estás bien?

Brennan le miraba con preocupación. Sus preciosos ojos azules estaban fijos en él.

-¿Has cambiado de idea sobre lo de la habitación? – preguntó desilusionada.

-¡No!

Se sorprendió a si mismo ¿No había cambiado de idea después de averiguar quién era ella realmente? Si subía ahora a su habitación podría buscar más pruebas allí. "Y estar los dos a solas" añadió una voz dentro de su cabeza.

Booth se mostró muy cauteloso mientras observaba cada movimiento de Brennan, y juraba que el movimiento de sus caderas podía hipnotizar a cualquier hombre. Ella abrió la puerta de su habitación y dejó entrar primero a Booth. El agente tenía todos los sentidos alerta, su mano preparada por si necesitaba coger su pistola.

La habitación era amplia, con paredes pintadas en colores neutros y muebles modernos. A la derecha una puerta daba al baño, y al frente un ventanal tenía vistas al Strip. Las luces de los casinos empezaban a alumbrar la calle mientras el sol se ponía, dejando el cielo con un tono rosado.

-Nunca había invitado a subir a nadie a mi habitación. Esto es raro – dijo con voz débil Brennan.

Al mirarla en esos momentos, Booth no vio una ladrona ni una mente criminal. Vio a una mujer, la mujer con la que había estado hablando toda la tarde, la que le había contado que su sobrina estaba enferma, que se había reído de sus chistes tontos y le había mirado con confusión al hablarle del último éxito en taquilla.

-¿Quieres que pida la cena al servicio de habitaciones? – preguntó Brennan en su intento por romper ese silencio incómodo.

Fue a coger el teléfono pero Booth la paró antes de llegar a él. Sus caras se quedaron a centímetros y ambos podían sentir la respiración del otro en su cara. Brennan fue la que terminó de unir sus labios en un beso apasionado. Booth la rodeó por la cintura, atrayéndola más hacia él y haciéndoles caer sobre la cama que estaba detrás.

Se quitaron la ropa sin prestar atención a lo que hacían, sólo buscaban besos y caricias. Booth tomó la iniciativa, colocando a Brennan debajo de él y recorriendo con sus manos todo su cuerpo. Se olvidaron de que afuera había un mundo, y emplearon la noche en su propio disfrute.

Brennan tenía la asombrosa habilidad de despertarse a las 7 de la mañana, y ese día no fue la excepción. Los primeros rayos de sol se introducían entre las cortinas, alumbrando la figura dormida de su ¿amante? No estaba segura de si era correcto llamarle así, tras un único encuentro.

Nunca antes había hecho algo parecido, pero tampoco nunca antes se había sentido así. Brennan siempre había sido muy cuidadosa con el tipo de hombres que se llevaba a la cama. Pero había algo en él que le atraía de una forma diferente; era guapo, sí, con una estupenda estructura ósea y definición muscular, pero también era divertido y, siendo honesta, uno de los mejores amantes que había tenido.

Miró su reloj. Tenía que encontrarse con su contacto en un par de horas. Se levantó sin hacer ruido para no despertar a Booth. En su camino hacia el baño fue recogiendo la ropa que la noche anterior habían tirado por el suelo, sin preocuparse de donde caía. Cuando se agachó para recoger los pantalones de Booth vio el arma ¿Cómo se le había pasado eso anoche? Metió la mano en el bolsillo y su temor se confirmó al sacar la placa del FBI. Soltó de inmediato los objetos, cogió su móvil y se cerró en el baño. Las lágrimas recorrían su rostro mientras marcaba un número de teléfono.

-¿Diga? – una voz dormida contestó al otro lado de la línea.

-Papá. – Brennan ya no podía contener los sollozos.

-Tempe, cariño ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo malo?

-Estoy bien papá… - se sentía estúpida ¿por qué no podía para de llorar? – Pero he cometido un gran error.

-¿Qué clase de error? – su padre sonaba totalmente despierto ahora.

-Ayer conocía a un hombre, nos hemos acostado juntos y esta mañana he visto que tiene una placa del FBI en sus pantalones.

-Por favor Tempe, dime que eso es algún tipo de metáfora sexual.

-No, no lo es – susurró con furia Brennan.

-¿Él sabe quién eres?

-No lo sé.

-¿Está despierto ahora?

-Está dormido. – Dejó escapar otro sollozo.

-Vas a recoger todas tus cosas sin hacer ruido y vas a salir de esa ciudad del inmediato.

-Pero el contacto…

-Volveremos a organizar una reunión con él en otro sitio. Lo entenderá.

-Muy bien. Lo siento, papá.

-Tú asegúrate de salir de allí sana y salva.

Ignorando las lágrimas que aún salían de sus ojos, Brennan salió con cuidado del baño. Booth seguía dormido en la cama. Sacó su maleta del armario y metió todo lo que se había llevado con ella a ese viaje. Mientras recogía la ropa del suelo para volver a vestirse se encontró con la corbata de Booth, de color rojo vibrante. Sin pensarlo se la llevó a la nariz e inhaló su aroma; olía igual que Booth. Miró a la figura dormida de la cama. Si tan sólo se hubieran conocido de otra forma… si su forma de vida hubiera sido otra, entonces puede que hubieran tenido una oportunidad.

Intentando luchar contra las lágrimas, Brennan se metió la corbata en el bolsillo y salió de la habitación.

A penas una hora más tarde Booth estiró el brazo, buscando a Brennan a su lado. Cuando no encontró a nadie abrió los ojos. El armario estaba abierto y vacío, el baño a oscuras y la ropa de Brennan de la noche anterior había desaparecido. Asustado, Booth se levantó de golpe, tropezándose con su propia ropa. Vio entonces la placa del FBI tirada en el suelo. Se dejó caer sobre la cama, ocultando su rostro entre las manos.

Había huido y había perdido la posibilidad de capturarla. Pero eso era lo que menos le importaba. Lo que más le importaba era que había dejado escapar a la mujer de su vida. Ella había descubierto que era agente del FBI, se había asustado y había huido. Jamás la volvería a ver, y si lo hacía ella jamás se fiaría de él. Se sentía encerrado en un infierno.

Entre el montó de ropa que estaba en el suelo, su móvil empezó a sonar. Contestó con voz apática:

-Booth.

-Soy Hacker. Me han dicho desde Nevada que ayer estabas siguiendo una pista y no habían vuelto a saber nada de ti desde entonces ¿Ha ocurrido algo?

Booth se planteó si sería capaz de delatar a Brennan, dejar a un lado sus sentimientos y hacer su trabajo. Pero su corazón le gritaba que no, que debía ocultarla a los ojos del FBI, que ella no se merecía estar en prisión. Estaba ante la peor decisión de su vida: traicionar a su corazón o a su deber. Se dejó llevar por el instinto:

-No ha pasado nada. La pista de ayer no me llevó a nada. Lo siento, señor, peros seguimos sin tener nada sobre la Doctora.

Brennan había huido y, por mucho que le doliera a Booth, confiaba en no volver a verla nunca. Sólo quería que ella siguiera con su vida, en libertad, lejos del FBI, lo que le incluía a él. Y si no podía estar con ella, al menos le alegraría el pensar que estaba a salvo.