¡Feliz Día de la Matanza de San Valentín a todos! Siento no haber actualizado antes, estoy bastante liada con una historia propia y planificando otro fic que no sé si saldrá bien…

De todas formas quería dejaros este pequeño oneshot para celebrar el 14 de Febrero. La canción es una de mis favoritas, When the Darkness Comes, de Colbie Caillat. Espero que os guste ^^

When the darkness comes

When you're feeling lost I'll leave my love

Hidden in the sun

For when the darkness comes

Como el resto de días de esa semana, Brennan se despertó sola en la cama de matrimonio. Booth llevaba cuatro días fuera, realizando unos cursos en Los Ángeles al que su jefe le había obligado a asistir. El agente había aceptado de mala gana, viendo que no tenía otra opción, ya que ir significaba perderse a celebración del día de la matanza de San Valentín con sus chicas favoritas. Todos los años, el 14 de febrero, Booth y Brennan se encontraban a mediodía en la sala de práctica de tiro, iban casa con Christine y la dejaban elegir lo que quisiera para comer (normalmente algo con mucho chocolate) a la tarde jugaban con las pistolas de bolas de pin pon por toda la casa y llegada la noche Max iba a recoger a Christine, para que pasara la noche con él y así dejar que sus padres tuvieran una celebración más íntima. Pero ese año no habría nada de eso.

Brennan preparaba el desayuno mientras su hija de seis años terminaba de pintar una tarjeta de San Valentín para llevar a clase.

-Mira mamá – la niña levantó orgullosa su obra de arte. – He dibujado un corazón antocicamente correcto.

-Anatómicamente – le corrigió Brennan suavemente mientras observaba el dibujo de su hija.

Lo había copiado de una de las enciclopedias de su madre, estaba dibujado desproporcionado y con líneas torcidas, pero se había encargado de dibujar todas las arterias y las venas en su lugar correcto, además de diferenciar aurículas y ventrículos.

-Está muy bien. – comentó con orgullo la antropóloga.

-¿Por qué el corazón es la figura del amor? – preguntó la pequeña, siempre curiosa y sabiendo que su madre era la persona más lista del mundo (al menos eso es lo que siempre le decía su padre).

-Porque antiguamente, las grandes civilizaciones creían que la base de todos nuestros sentimientos estaba en el corazón, además lo veían como la fuente de la vida. Ahora guarda eso y desayuna.

Apartó el dibujo y cogió la cuchara.

-¿Papá va a venir hoy?

-Sabes que no puede. Pero le veremos en un par de días.

La niña asintió con la cabeza, resignada, y se centró en tomarse sus cereales.

Sin casos y con su marido fuera de la ciudad, Brennan pasó la mañana en el Limbo, identificando restos. Cuando subió al laboratorio, horas más tarde, se encontró con una muy sonriente Ángela.

-Alguien te echa de menos… - canturreó al ver a la antropóloga.

-¿Qué?

- Mira en tu despacho.

Sobre su mesa, Brennan tenía un enorme ramo de margaritas, y bajo este una caja cuadrada decorada con un lazo de raso. La nota del ramo rezaba:

"Resérvame un día y lo podremos utilizar. Booth"

-¿Qué es? – preguntó ansiosa Ángela, casi como si fuera para ella el regalo. – Por favor, dime que es lencería.

-No – rio Brennan al abrir la caja. – No es nada de eso.

Doblado dentro de la caja había un monigote de papel, igual que los que tenían en la sala de tiro.

-Yo hubiera preferido un bonito conjunto de encaje rojo – comentó la artista con picardía, viendo la sonrisa en la cara de su amiga – Pero entiendo que la idea de Booth con un arma te haga feliz.

-Y deberías verle con su chaleco rojo – añadió la antropóloga con el mismo tono pícaro.

Como menú para ese año Christine había elegido gofres con chocolate y nata, y de postre helado de chocolate. Brennan miró con desaprobación como su hija se ensuciaba toda la cara mientras devoraba el gofre. No estaba en absoluto conforme con la idea de una comida tan poco sana, pero aceptaba que formaba ya parte de la tradición de esa familia, y hacía feliz a su marido y a su hija.

Su móvil vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Booth, con una foto en la que se veía un gran vaso de batido de chocolate y tortitas. Brennan sonrió, y envió a su vez una foto de su hija lamiendo los restos de sirope que quedaban en el plato. La contestación de Booth no se hizo esperar. "Os echo de menos".

Ya que no iba a pasar a noche con su nieta, Max fue a buscarla a la tarde para ir al parque. Brennan le dejó las pistolas de pin pon, hizo prometer a su hija que se portaría bien y le dio un beso en la frente. Durante el resto de la tarde aprovechó para adelantar trabajo en artículo que estaba escribiendo, siempre pendiente del móvil por si Booth la llamaba. Sabía que a esas horas estaría aún en alguno de los seminarios con el móvil en silencio, y que ya le llamaría él cuando acabara.

Horas más tarde, cuando ya había dado de cenar a Christine, tras darla un baño y dejarla en la cama con la luz apagada, Brennan aún no había recibido ninguna llamada de Booth y empezaba a mosquearse. Un pitido al informó de un nuevo mensaje.

"Enciende el DVD"

Miró el mensaje, dudosa, pero hizo lo que Booth le pidió. Tras darle al Play apareció en la pantalla la primera escena de la película de los años sesenta, "La Matanza de San Valentín". Cogió una copa de vino y se puso cómoda en el sofá para ver la película. A pesar de estar separados por miles de kilómetros, Booth se había ocupado de que siguiera siendo un día especial. Brennan lamentó no haberle preparado nada a él, y decidió que harían su propia celebración en cuanto volviera de Los Ángeles.

Terminó la película. Dejó su copa vacía en el fregadero y se aseguró de que todas las puertas y ventanas estaban bien cerradas antes de apagar las luces. Se asomó al cuarto de Christine, viendo como dormía plácidamente, agarrada a su gato de peluche.

Mientras se desmaquillaba ene l baño su móvil empezó a sonar en su mesita de noche. Corrío para cogerlo.

-Brennan.

-¿Te ha gustado la película? – preguntó la voz de Booth.

- Si – sonrió ella. – Un bonito detalle. Como el regalo de esta mañana.

Pudo escuchar la risa de Booth a través del auricular.

-Quería que tuvieras algo para celebrar el día, aunque yo no pudiera estar ahí. Siento habérmelo perdido.

-No es culpa tuya – contestó Brennan con toda su racionalidad. – No fue idea tuya ir a ese curso.

-Ya… pero podría haberme librado de alguna forma…

-Booth. No pasa nada. Cuando vuelvas iremos a la sala de tiro para estrenar tu regalo. Luego iremos a comer al Diner con Christine y dejaremos que mi padre cuide de ella el resto del día para que tú y yo celebremos nuestra propia matanza de San Valentín.

El tono sugerente no dejaba lugar a dudas del tipo de celebración que Brennan estaba planeando.

-Suena muy bien. Estoy deseando que este par de días pasen y poder volver a casa. Odio el calor y la humedad de aquí. Y odio estar lejos de vosotras.

Hubo silencio en la línea durante unos segundos, ninguno de los dos quería cortar la llamada. Por fin Brennan habló, notando como sus ojos se empezaban a cerrar por el cansancio.

-Feliz día de la matanza de San Valentín, Booth.

-Feliz día de la matanza de San Valentín, Huesos.