Entre el amor y el odio

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 2 Dulce tormento


Candy estaba agotada. Había mucho cansancio y aturdimiento en su ser. Miraba hacia el vacío en su habitación, acostada en su cama y en soledad, pero aún así su mente no conseguía descansar, sus pensamientos no encontraban la paz. La paz realmente era un estado de ánimo que pocas veces en su vida ella había sentido, a sus veintiún años podía contar esas ocaciones con una mano y le sobrarían dedos. Pero la costumbre tiene mucho poder, a veces puede más que el sentimiento. Luego de tres años, había aprendido a convivir con el desprecio y los desplantes de Terry. Y todo estaba bien o al menos ya se había acostumbrado aunque su corazón perdiera un pedazo cada día. Pero entonces ese beso. ¿Cómo podía él venir y debilitarla por completo con un beso? Porque las ganas de él siempre han sido irresistibles. Porque desearía volver a nacer y detener el tiempo justo ahí en el momento que lo conoció. De pronto alguien tocaba la puerta. Ella se sobresaltó.

-Voy ahora, Lucy.- Adivinó que sería otra noche en que la niña desearía dormir con ella porque le temía a la oscuridad. A Candy no le pesaba la dulce Lucille, todo lo contrario, era una parte hermosa de su vida, porque había estado muchas veces tan sola como ella. Los toques en la puerta seguían siendo insistentes.

-Lucy, se paciente, ¡Dios! Me vas a derribar la puerta.- Cubriéndose con un albornoz fue abrirle. Pero no, esa vez no era Lucy la que estaba ante su puerta.

-¿Tú? ¿Qué quieres ahora? Creo que es muy tarde para que vengas a fastidiarme.- Lo recibió con fastidio aparente porque por dentro su corazón iba subiendo y bajando de la cabeza a los pies. Con su semblante serio, tan imponente y dominador. Sus ojos azules se mantenían mirándola fijamente. Ella apretó más el nudo del albornoz porque su mirada escrutinadora le daba escalofríos.

-No, no vine a fastidiarte. No como tú piensas.- Sonrió con malicia y se recostó del marco de la puerta mientras la seguía mirando con intensidad. Sabía que estaba poniéndola nerviosa y eso le gustaba. Cualquier cosa que le fastidiara o la lastimara era su única misión en la vida.

-Terrence, yo estoy muy cansada, tengo sueño y no estoy para tus impertinencias. El horario para fastidiarme es a partir de las ocho de la mañana. Buenas noches.- Iba a cerrarle la puerta en las narices, pero él la detuvo y la sonrisa cínica se le había borrado de su apuesto rostro. Apareció de nuevo su mirada resentida y la retuvo de la cintura mientras cerraba la puerta de un trancazo.

-No trates de hacerte la fuerte, Candy. No te va. Sabes muy bien por qué estoy aquí. Sabes bien lo que quiero.- Su agarre era exageradamente fuerte, pero ella era incapaz de sentir dolor o sensatez cuando sus cuerpos estaban tan cerca. Cuando su aliento se le colaba en los sentidos. No podía permitirse ser débil otra vez. Eso sólo conseguía lastimarla más.

-Si lo dices por lo que ocurrió hace un rato en el estudio, olvídalo. No fue nada.- Le brindó un gesto indiferente, como si se tratara de la cosa más insignificante y eso desató su furia.

-¿No fue nada? ¿A quién pretendes engañar, princesa? Yo aún puedo sentir tu boca pidiendo más, tu cuerpo temblando...- Se le iba acercando más y más y le hablaba suave, su boca cada vez más cerca de sus labios, su aliento rozaba su cuello y su cuerpo no estaba ni a un escaso centímetro del suyo. El aire comenzaba acortarse y en ese momento a ella le temblaba hasta el pelo.

-Creo que estás muy cansado, Terry. Ve a dormir, seguro que ésto mañana nisiquiera lo recordarás.- Trató de apartarlo para dirigirse a la puerta y echarlo. Terry no se movió ni un ápice, en cambio, de un fuerte halón la atrajo hacia sí.

-Permíteme refrescarte la memoria a ver si es cierto que no fue nada- Su boca la asaltó como un león que llevaba tiempo estudiando a su presa. Ella trataba de empujarlo, pero él con brusquedad le colocó los delgados y delicados brazos alrededor de su cuello para seguir besándola, su resistencia sólo hacía que él aumentara su brutalidad. La pegó a la pared y sus manos estaban muy firmes sobre su cintura. Fue desatando el nudo de su albornoz, ella bajó sus manos en un intento por detenerlo, él se las volvió a colocar en su cuello sin delicadeza alguna y una vez había desatado el nudo, sus manos acariciaban la parte de su vientre que la diminuta y fina franelilla no cubría. La calidez de sus manos hicieron que ella olvidara todo por un momento. Dejó de luchar contra su boca. Una vez más se rindió y dejó que su lengua la invadiera a plenitud. Entonces el beso ya no era obligado, era apasionado, dulce y amargo a la vez, un beso compartido entre amor y odio que impregnaba todo su ser con su agridulce sabor. Estaban tan pegados que pudo sentir su erección y volvió a temblar de nervios y deseos.

-Te deseo, Candy. Deseo tenerte más que a nada en este mundo- La besaba más lento, dejando suaves mordiscos en su labio inferior mientras sus manos se habían adentrado debajo de su franela. Una caricia tan simple la hacía gemir. No protestó cuando el albornoz cayó al suelo y ella quedó ante él con muy poca ropa.

-Yo también te deseo, Terry. Te he deseado siempre. No importa si mañara vuelves a recordar que me odias. Hoy... hoy déjame estar entre tus dedos...- Ella volvió a encender el beso y él se aventuró a quitarle la franelita. De inmediato se ocupó de los pechos redondos y excitados que se exponían ante él. Los acarició suavemente a ambos, sintió un orgullo inmenso al escucharla gemir.

-¿Quieres ser mía, Candy?- Él ya casi no tenía voz, estaba desesperado y su erección ya era dolorosa. Ella no respondía.

-Recházame y tendré otro motivo más para odiarte.- La siguió tocando, ésta vez intentaba abrirle paso a su mano en el interior de sus bragas. Ella sentía que moriría en ese momento. Se había mojado de una manera que su cuerpo sólo deseaba que la tomara ahí mismo, así mismo, ya.

-Al menos hoy, elígeme a mí. Esta noche, ámame a mí y mañana... vuelve a odiarme tanto como yo a ti.- Le quitó las bragas y se deshizo él de sus pantalones y calzoncillos como si el mundo fuera acabarse si no la tomaba ya. La levantó y la cargó sobre su cintura, ella estaba acalorada, sudada, parecía desfallecer. Haría el amor con él, sería suya al menos una vez.

-¡Jam!- Despertó azorada y empapada en sudor. ¿Había sido todo un sueño? Sencillamente no podía creerlo. Todo había sido tan real... tan fuerte. Se limpió el sudor de la frente. Cuando su respiración se calmó un poco pudo sentir su gran humedad. Puede que haya sido todo un sueño, pero lo que sintió fue real. Se sentó sobre la cama, el aire le faltaba. ¿Era que nisiquiera en sus sueños podría encontrar algo de paz? O al menos podría el ángel del sueño ser menos cruel y dejarla al menos concluir su sueño. Claro que no, porque a ella le había tocado una suerte peor que a la ardilla de La era de hielo. Dispuesta a calmar su ansiedad, pensó en ir a la cocina, un buen vaso de agua le hacía falta. Se detuvo de pronto en la puerta al notar que no era apropiado salir con esa pijama tan diminuta y menos con lo acalorado que estaba su cuerpo, pero entonces se fijó en la hora, era un poco más de media noche, nadie podría estar rondando la cocina a esas horas, nisiquiera el servicio.

Decidió ir de todas formas, la casa estaba en penumbras, pero no encendió ninguna luz para no llamar la atención de nadie. Con cuidado por fin llegó a la cocina que estaba en el piso de abajo luego de bajar las escaleras con mucho cuidado fue casi en puntillas hacia el área deseada. Todo estaba bastante oscuro, pero nuevamente decidió no encender ninguna luz, las habitaciones del servicio estaban cerca y no quería alertar a nadie y mucho menos que la vieran en esas fachas. Se puso en puntitas y tomó un vaso del gabinete. Al abrir el refrigerador pudo ayudarse bastante con la luz que éste le ofrecía. Comenzó a beber el agua desesperadamente, como si con eso fuera a calmar el fuego dentro de ella. Porque no era cualquier sueño mojado, no si el protagonista era Terrence Grandchester.

-Alguien debió haber cruzado un desierto.- Se atragantó con el agua cuando escuchó esa voz. Tuvo que toparse con la última persona en el mundo con la que quería coincidir en ese momento.

-Yo...pensé que todos estaban durmiendo- Se explicó nerviosa y tratando inútilmente de taparse de la mirada desnudante de Terry. Al verlo sin camisa, sólo con el pantalón de su pijama, se le fue el aire porque todo lo que vino a su mente fueron las candentes escenas de su sueño hacía a penas unos minutos.

-O te olvidaste de encender el aire acondicionado o estabas masturbándote. Una de dos- Su comentario burlón y su sonrisa cínica la pusieron más nerviosa que nunca. Su suposición no estaba muy lejos de la realidad. Él podía sentir su nerviosismo y estaba disfrutando bastante a su costa.

-Me voy. Buenas noches.- Fue apresurada a su habitación y él se quedó muerto de la risa en su soledad. Se preguntó si su acaloramiento se debía también a que al igual que él, no podía dormir a causa de ese beso. Tampoco podría ahora que la vio semi desnuda, su pene erecto le dijo que esa noche tendría que hacerse una solitaria a su nombre.

Era un día como cualquiera en Grandchester & Co. Television Group. Mucho trabajo, mucho ruido, gritos y algarabías. Claro que era peor cuando había algún casting y ese día lo había. Sí, porque don Terrence Grandchester no quería saber del guión que había preparado Candy para el dichoso comercial de la pasta dental. Tampoco de los actores que lo llevarían a cabo, al menos tuvo la decencia de pagarles la cantidad acordada. Candy estaba que hervía de rabia. Terry era el director, después de todo y para colmo de males, algo así como su jefe. Estaba sumergida entre el teclado y el monitor de su computadora trabajando en un nuevo libreto a ver si lograba complacer el delicado paladar de Su Excelencia Grandchester.

-¡Candy! ¡Uff! Ésto es un completo caos. Pensé que ya habíamos terminado con el puñetero comercial. ¿Qué diache fue lo que pasó?- Annie, la encargada del vestuario y maquillaje aprovechó un momento para escabullirse a la oficina de Candy. Sólo era unos pocos años mayor que Candy, otra belleza muy codiciada en ese trabajo, pero Annie Spencer adoraba su soltería. A sus veinticinco años era una mujer bellísima, alta, elegante y esbelta. Tenía el pelo negrísimo y unos enormes ojos azules, sus sexys atuendos dejaba a más de un compañero de género masculino cubriendo sus entrepiernas en los peores momentos.

-¿Qué pasó? ¡Todo pasó! El idiota de... ya sabes quién dijo que mi guión era mediocre y cursi como una novela de Colorín Colorado.- Detuvo su argumento en seco porque Annie comenzó a reirse como una desquiciada. Porque ella no le veía la gracia, quería ver la cabeza de Terry bajo una guillotina.

-¿Colorín Colorado? Jajajajaja. ¡Ay Candy! ¿No será Corín Tellado?- Annie puso énfasis en el nombre de la conocida novelista.

-¡Esa misma! El caso es que ahora estoy aquí, rompiéndome la cabeza pensando en un maldito guión que pueda cumplir con las expectativas de Lord Grandchester.

Annie le sonrió, las riñas entre Candy y Terry era el pan de cada día, era realmente el único momento de entretetimiento durante toda la jornada. Sus riñas muchas veces eran todo un espectáculo de balazos verbales e indirectas que sólo ellos comprendían. Admiraban a Candy porque sólo ella podía desafiarlo, mandarlo al diablo y conservar su empleo.

-Lo que no entiendo es la razón para que te odie tanto. ¿No será que le gustas y ese es su modo infantil de demostrarlo?

-¡Ay, Annie, por Dios!- Refunfuñó molesta y trató de seguir en lo suyo, pero Annie estaba dispuesta a no darle tregua.

-Con los hombres nunca se sabe. Pueden ser tan idiota a veces. Por eso mi soltería y yo cumplimos otro hermoso mes.- Candy torció los ojos. Al parecer todo el mundo estaba chiflado en esa empresa. Claro, para soportar a Terry había que estarlo.

-¡Candy! ¿Qué haces aquí? Te están esperando en el salón de juntas hace diez minutos.- Susana Monroig, la asistente administrativa de Terry estaba agitada por la carrera que se había pegado para dar con Candy ya que los elevadores por encontrarse tan lleno de gente el lugar, demoraban siglos por tanta gente que subía y bajaba. Había usado las escaleras y la oficina de Candy quedaba en el tercer piso. Susana era gordita, eso la sofocaba más. Candy la observaba con curiosidad mientras se alizaba la rubia melena lacia con la manos y se acomodaba los lentes que no ocultaban sus ojos azules.

-Nadie me dijo nada sobre ninguna junta. Claro, otra de las características de Sir Grandchester, hacerme quedar mal.- Se paró de su silla giratoria de mala gana y tanto Annie como Susana no opinaron ni pío, cada una se dirigió a lo suyo y Candy que no estaba dispuesta a bajar dos pisos por las escaleras con sus zapatos de tacón, decidió esperar a que la puerta del elevador le diera la gana de abrirse. Si Terry quería puntualidad, que le avisara más temprano la próxima vez.

Candy llegó diez minutos más tarde a la sala de juntas, con su calma habitual, no iba a darle el gusto a Terry de verla apurada y nerviosa. Lo vio sentado en el centro de la mesa con gesto impaciente y con su típica mirada que no ocultaba su odio visceral hacia ella.

-Buenos días, señora Candice, su majestuosa presencia era añorada en ésta sala.- Su sarcasmo a veces no conocía límites. Candy haló una silla y se sentó como si no lo escuchara.

-Habrían contado con mi puntualidad de haberme avisado que teníamos un junta. Buenos días, caballeros. Soy toda oídos.- Puso la misma sonrisa cínica e insolente que había aprendido del maestro Terrence y esperó para enterarse del motivo de la inoportuna reunión. También había una cara masculina desconocida que la miraba con interés, ella podía sentirlo y llegó a ponerse un poco nerviosa, pero no lo demostró.

-Señor Harrison, la razón de esta junta es con respecto al comercial que solicitó y cuyo guión estaba a cargo de la señora aquí presente.- Señaló a Candy haciendo un gesto con la cabeza y ella lo fulminó con la mirada, ahora tenía muy en claro sus intenciones.

-Ya veo. La señora se comunicó conmigo ayer y me aseguró que todo estaba bajo control y que el comercial saldría al aire pronto...- Miró con itención a Candy y dibujó una a penas perceptible sonrisa. Le gustó desde que la vio, Candy se dio cuenta, no era tonta y sabía cuando le gustaba a un hombre. Y ese hombre en cuestión no era nada feo, era muy guapo al decir verdad. Su pelo de un castaño medio rojizo y sus ojos eran una mezcla entre pardos y amarillos, como el ámbar. No debía pasar de los treinta años y por su vestimenta formal y a la medida se vía su elegancia y buen gusto. Sus rasgos eran finos, pero varoniles y emanaba cierta vanidad de conocer muy bien el efecto que tenía con las féminas, ni Candy pudo evitar notarlo a pesar de que su corazón había sido ocupado hace mucho.

-Pues verá, yo difiero con mi compañera en cuanto a eso, señor Harri...-

-Neil.- Lo interrumpió y Terry llegó a perder el hilo de la conversación, especialmente al notar que de vez en cuando la mirada de su receptor se desviaba hacia Candy que le sonreía con total descaro.

-Disculpe, Neil. Resulta que cuando estaba haciendo los ensayos para poder lanzar el comercial al aire me di cuenta que no era adecuado, no era lo que debía proyectar. Yo sé que usted lo que quiere es promocionar su producto, no vender a una parejita de tortolitos modelos lanzándose piropos en lo que lo menos que la gente repararía sería en el producto principal del comercial...- Mientras hablaba, miraba a Candy con un gesto de pura maldad y pudo oler sus ganas de reventarlo desde el otro extremo de la mesa mientras el cliente parecía no dar la más mínima importancia a lo que Terry decía, observaba a Candy con su blazer abierto mostrando la blusa de manguillos que hacía sobresalir sus hermosos y lozanos pechos sobre los que caía un rizo de su sedoso cabello. Terry estuvo a punto de dar un puñetazo en la mesa para que el tipo aterrizara.

-Como bien dice el señor Grandchester, diferimos, señor... eh Neil.- Al decir su nombre sonrió con coquetería y Terry la fulminó con la mirada.-

-Yo di lo mejor de mí para crear ese guión, busqué dos modelos, femenino y masculino porque sabía que eso llamaría la atención en ambos géneros, el amor entra primero por la vista en la mayoría de los casos. Pensé que de esa manera, cada vez que alguien vea su producto, pensaría en el guapo chico o la sexy chica del comercial y lo comprarían. Todo el mundo conocería la pasta dental Maxwhite Advanced, especialmente los modelos o figuras públicas, como esos actores que contraté que por ser rostros conocidos harían que el producto se vendiera solo. Hoy día tener una sonrisa radiante es más importante que prepararnos para un aviso de guerra.- Candy hablaba con tanta seguridad y fluidez, que Neil parecía estar en una nuble flotante pendiente de cada gesto y movimiento de sus labios mientras Terry sólo quería extrangularlos a ambos.

-Me parece muy acertado su punto de vista, Candice.- Le sonrió con galantería mostrando una sonrisa blanquísima como la que prometía su producto. Terry quería vomitar ante la escena y la abierta coquetería entre ambos.

-Puedes llamarme Candy, Neil. Ya que estamos en confianza...- Le guiñó un ojo y Terry tuvo que hacer un gran esfuerzo para no degollarla. No tenía vergüenza, pensó.

-Disculpen, si me lo permiten, me gustaría exponer mi idea acerca del comercial...- Alzó la voz más de lo necesario para llamar la atención de ellos que parecían creer que estaban solos en esa sala.

-Me encantaría escucharte, Terrence, pero de verdad tengo que estar en otra junta en una hora. No te preocupes, la idea orginal de la señorita me parece perfecta, sé que no van a defraudarme. Fue un placer haber compartido con ustedes. Candy, encantado de conocerte, preciosa. Cuento con tu criterio.- Le estrechó la mano a Terry y cuando hizo lo mismo con Candy se la retuvo unos segundos más de lo necesario, segundos que Terry tuvo que encomendarse a todos los santos para no partirle la cara a Neil Harrison.

Cuando él se fue, Candy se puso de pie para alizarse su falda negra ceñida que acentuaba sus caderas y su trasero, llegaba a medio muslo, su blazer era rojo al igual que la fina blusa de manguillos que llevaba dentro, sus tacones eran negros también y acentuaban sus pantorrillas.

-Veo que hoy te has puesto tu disfraz de viuda negra.- Ella lo miró y en esta vez no se ofendió, todo lo contrario, se rió, a carcajadas. Pues recordó que la araña llamada "viuda negra" era precisamente negra y en la parte superior tenía una marca roja parecida a un reloj de arena. Se había propuesto que los desplantes de Terry no le dolieran ya. Ella había querido explicarle muchas veces, pero él no había querido escucharla. Pues que se fuera al diablo, se dijo a sí misma tras muchos intentos fallidos por recuperarlo o al menos cambiar la imagen que él tenía sobre ella. Su risa hizo que se enfureciera más.

-Eres el colmo del descaro. No sientes ni pizca de remordimiento.- La sujetó de un brazo para escupirle las palabras acompañadas de una mirada de apasionado odio que siempre conseguía arrebatarle la calma y el autocontrol.

-Piensa lo que quieras, Terrence, cree lo que quieras, humíllame mientras puedas si con eso consigues sentirte mejor, pero cuando quieras escuchar la verdad, búscame.- Se soltó de su agarre y se marchó dejándolo a él solo con sus pensamientos. No le pasó desapercibido el tono herido de su voz y la profunda tristeza de sus ojos verdes, los que alguna vez él vio brillar en el corto tiempo que estuvieron juntos. Entonces fue él el que decidió sacudir el cajón de los recuerdos, pero serían los recuerdos los que le darían la sacudida a él.

-Bruma, sé que no quieres irte a casa, pero ya es tarde, creo que ha sido suficiente por hoy.- Él también sufría porque no quería abandonar la compañía del ángel que se había cruzado en su camino y cuya peculiar belleza y personalidad lo habían cautivado en cuestión de horas. Ella tampoco quería despedirse por alguna extraña razón y mucho menos para llegar a su casa, pero sabía que no tenía remedio.

-Está bien... ¿aún quieres llevarme a casa?- Preguntó con cierto titubeo al ver que había oscurecido bastante y que eran pasadas las diez de la noche, tenía miedo de regresar sola.

-Claro que te llevo. ¿O también pretendes que te deje conducir?- Le sonrió con su arrebatadora sonrisa de lado y ella por largos segundos enmudeció.

-No te preocupes, no sé conducir aún.- Miró al suelo con timidez y él se conmovió mucho, todo en ella le movía el alma, no se lo explicaba.

-Entonces te enseñaré otro día.- Dijo mientras le abría la puerta del pasajero. Algo dentro de ella vibró. ¿Volverían a verse? Aunque no lo expresó, en lo más hondo de su ser deseó que fuera así. Ella lo dirigió a su casa, estaba que se moría de vergüenza al hacerlo atravezar esas deprimentes calles de su barrio y ver como todos los vagos que se encontraban aún a fuera miraban el carro de Terry y a ellos con curiosidad y algunos lanzando uno que otro improperio. Terry se mantenía sereno, no decía nada ni su expresión indicaba nada. Sólo le dedicó una mirada que ella nunca olvidaría, una que por primera vez mostraba compación y hasta cierto grado de cariño y más viniendo de un hombre. A sus dieciocho años en ese entonces aún se sonrojaba tan sólo con una mirada. Terry a sus veintiseis jugando a los tortolitos con el ángel en zapatillas y su caparazón de rebeldía. La vida solía ser muy irónica.

-Ya llegamos aquí, Bruma. Entra antes de que mamá te pegue con la ramita de limón.- Bromeó sin saber lo relativamente cerca de la realidad que estaba. El profundo suspiro de ella le indicó que tal vez no se equivocaba mucho.

-¿Quieres que te acompañe?- Le sugirió al ver el temor en sus ojos y la figura nada confiable del hombre gordo sin camisa que estaba sentado en el balcón de la casa.

-No, no te preocupes. Estaré bien.- Le sonrió débilmente y fue abrir la puerta para bajarse, pero él la detuvo.

-Apunta el número de mi celular. En caso de que necesites algo, sólo llama. Es más, antes de acostarte, llámame para saber que todo está bien.- Ella estuvo a punto de llorar, ni su madre se había preocupado tanto en la vida por ella y un extraño que conoció por accidente estaba desbordándose en atenciones por ella.

-Yo... no te podría llamar. No tengo celular y el teléfono de la casa lo suspendieron...- Dijo bajito y muerta de vergüenza, pero era la verdad.

-Toma éste.- Le extendió su moderno y costoso celular y ella no podía creerlo. Titubeó bastante antes de tomarlo.

-Pero... ¿y tú?- Preguntó confusa, él le brindó la sonrisa más cálida que se hubiera visto.

-Yo te llamaré ahí. No te preocupes, hay muchos más de dónde vino ese. Espera mi llamada.- Rozó levemente su delicada mejilla con la mano y por esa ocación ella no le esquivó la caricia. Pensó que esas manos tan fuertes y cálidas jamás podrían hacerle daño.

-Gracias por todo, Terrence.-Abrió la puerta nuevamente, ya no podría retenerla más, tenía que entrar a casa y encomendarse a Dios.

-No hay nada que agradecer, Pecas. No olvides mi llamada.

-¡Terrence! ¡Dios, llevo rato buscándote!- Otra vez Susana llegó a la sala de juntas agitada y sofocada sacando a Terry de su trance.

-¿Qué pasa, Susy? ¿Viste un fantasma? Preguntó con fastidio a la rechoncha rubia que hablaba con la voz cortada por el ejercicio que implicó bajar las escaleras hasta su piso.

-Su hermana, señor. La señora Candice fue a recogerla en el colegio y no la encontró. Nadie sabe de ella.

Continuará...


¡Hola niñas lindas!

Espero que les haya gustado el capítulo. Pues me he tirado la misión de publicar diariamente o al menos lo intentaré tanto como me sea posible. Cuento con sus reviews y agradeceré siempre su respaldo.

Esta noche, personalemente me siento triste, me dieron la noticia de que una de mis fieles lectoras se encuentra en estado de coma y su esposo está desesperado, ella es muy joven y tiene dos bebés. Su tía me dijo que aún en coma su esposo continúa leyéndole mis historias, eso me llegó al alma y me hizo llorar. Deseo de todo corazón que te recuperes muy pronto, Kary Cruz. Paz y fortaleza para tu esposo y tu familia. Yo confío en que te pondrás bien en el nombre de Dios.


Agradecimientos:

LAURA GRANDCHESTER-NAHOMI DEGRANDCHESTER-NERCKKA-ZAFIRO AZUL CIELO 1313-ANAALONDRA28-SHARELI GRANDCHESTER-DALI-COMOAGUAPARACHOCOLATE-CLAUDIA-LUISA-PRISITERRY-WISAL-FATI-DULCE MARIA-ROSE GRANDCHESTER-1997-ELI DIAZ-MARIA DE JESUS L H-ARE-LUNA 99-LUCYLUZ-BETK GRANDCHESTER-

Wendy