Entre el amor y el odio
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 3 Al borde de la desesperación
Cuando Terry asimiló las palabras de su asistente, su rostro y todo su ser se oscureció como una noche de tormenta. Si había alguien a quien Terry amaba con una devoción inquebrantable era a Lucy. Su cariño hacia ella era casi paternal, pues podía ser su hija por la diferencia de edad. Cruzó la mesa de la sala de juntas llevándose enredada a la pobre Susy. Le dio una patada a la puerta del elevador porque no entendía su emergencia y se puso en marcha. ¿Pero a dónde? Se preguntó. Decidió llamar a Albert porque con Candy no tenía ganas de hablar, sabía que no evitaría insultarla y eso sólo podría empeorar la situación. Albert le dijo que se encontraban en la casa con la policía y que ya habían puesto una alerta ámbar, siendo Lucy una Grandchester, ya la noticia de su desaparición estaba circulando por todo el país. Albert había ofrecido una recompensa de un millón al que ofreciera información sobre el paradero de la pequeña.
-Terry...- Murmuró Albert con sus celestes ojos empañados de llanto y Terry se sintió el ser más inferior del planeta. Su hermano mayor, siempre tan fuerte y optimista ante la vida estaba llorando, derrotado mientras la policía lo interrogaba. Entonces Terry reparó en Candy que lloraba a lágrima viva y a penas podía contestar las preguntas que los oficiales le hacían.
-¿Qué fue lo que pasó?- La pregunta de Terry fue dirigida a todos, pero era a Candy a quien miraba, tratando inconcientemente de señalar a un culpable.
-Yo... yo fui a buscarla a las tres, como de costumbre y... cuando llegué estaba la policía allí y el guardia de seguridad estaba tirado en el suelo inconciente... Entonces pregunté por Lucy... y...- Sus sollozos interrumpieron su diálogo, el nudo de su gargante se aflojó y Terry la seguía mirando con la misma dureza de siempre, seguro pensando que ella era la responsable de todo.
-Me dijeron que no estaba... nadie la vio irse...
-Así que nadie la vio irse... ¿No será que te entretuviste y la niña se te escapó?- Le reclamó acercándosele amenazadoramente y ella retrocedió con temor ante su grito. Sus ojos azules seguían mirándola con esa rabia y ese rencor intenso. Nada en la vida le había dolido más.
-¡Cálmese, señor! La señora está nerviosa, cuando ella llegó ya la niña había desaparecido. Estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo para dar con su paradero.- El detective de unos cuarenta años, moreno y alto intervino y detuvo al alterado Terry, el otro detective le extendió a Candy con pañuelo. El pobre Albert estaba ido.
-Si me disculpan un momento, necesito hacer una llamada. Quiero ver que mis hijos estén bien.- Dijo Albert y se fue a parte para llamar desde su celular. Era divorciado y sus dos hijos, William y Angie sólo pasaban dos fines de semana al mes con él. Tuvo miedo de que quien estuviera detrás de la desaparición de su hermanita, fuera hacer lo mismo con sus pequeños de cinco y siete años.
-Señor Granchester, como le habíamos preguntado a la señora y a su hermano, nos gustaría saber si usted sabe o sospecha de alguien que pudiera estar detrás de la extraña desaparición de Lucille... ¿algún enemigo...? ¿Un cliente insatisfecho...? ¿Alguien con quien haya tenido algún tipo de altercado y esté tomando represalia?- Le preguntó el moreno y Terry se paso los dedos por el cabello mientras buscaba en su memoria alguna pista de alguien que quisera vengarse de él de alguna manera, pero no dio con ella.
-No... no que yo sepa... bueno, a veces tener dinero y éxito es sinónimo de tener enemigos, pero... ninguno conocido, nadie que lo haya expresado abiertamente... lo siento... ¡No tengo ni puta idea de nada!- Gritó dándole un puñetazo a la pared que más tarde lamentaría. Candy se asustó y cerró los ojos, como queriendo escapar de alguna manera de esa pesadilla. Albert fue hacia su hermano y lo abrazó, ambos estaban llorando en brazos del otro, fue más de lo que Candy pudo soportar y volvió aflorar su llanto. Deseó que Terry no la odiara tanto para poder acercársele y abrazarlo también, decirle cuánto le dolía verlo así de destruído. Que él puediera confiar en que ella también sufría y que amaba a esa niña tanto como ellos. Deseó estar a su lado y consolarlo, decirle que lo amaba más que a su vida y que estaba ahí para él. ¿Por qué todo tenía que ser tan injusto?
-Bueno, señores, es todo hasta el momento, mi equipo y yo no descansaremos hasta que demos con su hermana. Por favor, estén pendiente a sus teléfonos, estaremos trabajando este caso veinticuatro horas hasta que se resuelva. Si reciben alguna información, de cualquier tipo, por favor, cumuníquense conmigo antes de tomar cualquier decisión.- Los tres asintieron y los detectives se marcharon. Albert y Terry rompieron el abrazo cuando Candy se les acercó.
-Albert... si deseas, ve a ver a tus hijos. Yo me quedaré pendiente de todo, te mantendremos informados. Ve con ellos.- Candy posó una mano sobre su hombro y Albert se la acarició como gesto de solidaridad, él no tenía sentimientos románticos hacia Candy, sentía por ella un amor fraternal y sólo le inspiraba ternura y admiración, pues su corazón estaba también ocupado aunque estuviera soltero. Pero Terry no asimiló el gesto de esa manera, ese simple gesto desataron unos celos atroces y una furia incontenible hacia Candy. Esa caricia debió ser suya y no de Albert ni de nadie. A él sería a quien debería estar apoyando.
-Ah, ahora sí vas a estar pendiente. Ahora que ya desapareció seguramente por tu culpa. Seguro llegaste demasiado tarde y se la llevaron...
-¡Terry! No seas absurdo. ¿No ves que ella también está deshecha? Sabes muy bien cuánto quiere a Lucy. Entiendo que no te lleves bien con ella, pero en este momento, guarda tus resentimientos para luego. Sus malditas diferencias déjenlas para después. Ahora lo importante es que Lucy aparesca. ¡Dios!- Se alteró el rubio perdiendo la paciencia y ni Candy ni Terry pronunciaron palabra alguna, él tenía razón.
-Lo siento, Al. No fue mi intención alterarte. Estoy de acuerdo con ella, ve con tus hijos. No sabemos si el infeliz que se llevó a Lucy esté también tras ellos.- Terry de pronto se mostró prudente y sensato, Candy prefirió permanecer en silencio. No le echaría más leña al fuego.
-Manténgame informado de todo. Volveré en la noche. Y por favor... no se maten durante mi ausencia.- Los miró a ambos con intención, Candy no dijo nada y Terry la miró ratándola a que lo hiciera. Albert se fue luego de darle un abrazo a Terry y otro a Candy que encendió nuevamente la furia del castaño. Candy no tuvo idea de nada. Su cabeza no estaba para eso en ese momento. Todo lo que importaba era Lucy.
-Yo... voy a tomar un baño... si se te ofrece algo, me avisas.- Dijo Candy antes de dirigirse a las escaleras para ir a su habitación, Terry la miró con desprecio mientras vertía Whisky en un vaso pensando la forma de herirla y que se sintiera tan miserable como él.
-Tú no tienes nada que yo pueda necesitar. Desaparecer sería tal vez algo muy útil.- Otra bofetada para el alma despedazada de Candy. Le costaba creer que ese era el mismo hombre que alguna vez la amó y la trató como una delicada flor. Pero Candy entendía bien su dolor, si aún tenía fuerzas para insultarla en medio de esa situación, entonces no todo estaba perdido, aún había esperanzas de guardar la calma y su corazón le decía que Lucy volvería. Ella moriría si algo le pasaba, no habría cumplido con su promesa. No reviró la ofensiva de Terry y se fue a su habitación.
Luego de haberse dado un baño, se puso una ropa cómoda, no le quedaba ánimo para nada y siendo el día libre del servicio, sabía que tenía que ocuparse de la cena, aunque ella no tenía ganas ni apetito, pero era hipoglucémica y debía llevar una dieta balanceada. Se sentó en el borde de la cama y pensó en Lucy... si estaría bien, se preguntó si estaba asustada, si le habían hecho daño... ¿dónde la tendrían? Su mente no se detuvo ahí, viajó mucho más, hacia recuerdos dolorosos.
-¡Candice! ¿Piensas que la comida cae del cielo? ¿Que no cuesta dinero para que andes desperdiciándola?- Dijo su madre dando un golpe en la mesa que hizo que el plato de la pequeña Candy de diez años en aquél entonces brincara y su vaso de jugo se derramara sobre la comida.
-¡Mira lo que has hecho! ¡Estúpida!- La abofeteó y ella se puso a llorar con pavor. Miró su puré de papas con pollo echado a perder y flotando en el jugo que le había caído.
-Ahora que se lo coma así. Nada va a desperdiciarse en esta casa.- Su padrastro hizo su aparición con su repugnante gesto y su mirada diabólica, sin camisa como siempre y rascándose la panza.
-¿A dónde piensas que vas, mocosa? ¡Siéntate!- Ladró su madre y ella misma la lanzó de mala gana a la silla mientras la pobre Candy veía su plato con asco.
-¡Abre la boca!- Eliza la amenazaba con la cuchara llena de la estropeada comida frente a su cara mientras el gordo de su padrastro la miraba con un placer retorcido. Su boca permanecía sellada mientras sus lágrimas seguían corriendo por su rostro.
-No, mami, por favor... no tengo hambre... yo limpiaré todo, pero por favor...- La cuchara repleta de comida se introdujo en su boca de forma brutal que ella pensó que le había partido un diente. Permanecía con la boca llena, incapaz de digerir esa comida.
-¡Traga!- Le gritó su padrastro asustándola y haciendo que se ahogara con el bocado. Comenzó a toser desesperada y mientras lo hacía parte de la comida fue escapando de su boca yendo a parar a la cara del gordinflón.
-Vas a comerte ésto quieras o no. ¿Escuchaste?- Le metió la cara en el plato y Candy gritó tratando de safarse, de mala manera, Eliza la lanzó al suelo y Candy se golpeó con la mesa.
-Mamá lo siento... ya no me pegues... no volveré a... ¡buah!- Un ataque de náuseas interrumpió su súplica y el líquido ácido fue expulsado de su boca inevitablemente llegando a los zapatos del gordo de su padrastro.
-¿Ahora sí que te la ganaste, mocosa?- La estrujó en su propio vómito sin importar los gritos y las súplicas de la pobre pecosa, la dejó tirada en una esquina luego de haberse cansado de jamaquearla. Candy yacía aterrada y sucia abrazándose las piernas, temblando de pánico.
-No sé que más hacer con ella.- Eliza se dirigió a su esposo y él de pronto se puso a meditar. Candy lo miró con pavor, no se sabía cuál de los dos era más desalmado cuando se trataba de ella.
-No te preocupes, hoy aprenderá una gran lección. Lo pensará cien veces antes de desperdiciar la cena.- Eliza no dijo nada y se retiró dejando a su hija pequeña muerta de miedo y en manos de su terrible padrastro.
-¡Levántate!- Le gritó tirando fuerte de su bracito. La arrastró hacia el almacén de metal en forma de casita que había en el patio de la casa y la tiró adentro. Ella iba a gritar por el miedo, pero él la tomó del cuellito y ella no se atrevió artircular palabra.
-Más te vale, malparida, que no grites ni hagas ninguna estupidez. Aquí pasarás la noche. El gordo le cerró la puerta con candado dejándola a ella ahí, presa del terror, entre un montón de porquerías que no se decidían a tirar, con frío, sin nisiquiera una manta para recostarse sobre el frío metal.
Allí Candy tuvo muchas pesadillas tratando de conciliar el sueño, su cuerpecito le dolía y sudaba frío por los horribles sueños que había tenido. Vino a quedarse dormida la pobre cuando ya estaba a punto de amanecer y ahí fue que su madre se acordó de ella y fue a buscarla. La luz del sol cegó a Candy cuando al fin pudo salir de su confinamiento. Tambaleaba por el dolor físico y por el hambre.
-Espero que hayas aprendido tu lección. ¡Uff! ¡Tú sí que apestas!- Sin remordimiento alguna Eliza la arrastró hasta la casa.
Candy sacudió fuerte la cabeza para liberarse del doloroso recuerdo. Le lavó la cara y decidió bajar hacer a la cena. No tenía idea de lo que haría, así que se puso a peinar toda la alacena. Se decidió por unos spaguetties con carne molida. Sacó los utencilios necesarios y fue al refrigerador para reunir todos los condimentos que usaría. Ya había puesto el agua a hervir y partió los palitos de pasta para arrojarlos en la olla. Luego de sazonar y especiar la carne molida comenzó a cocinarla en una olla a parte. Estaba tan metida en lo suyo que ni cuenta se dio de la presencia que observaba cada gesto y movimiento suyo.
-Lady Candice aún recuerda cómo cocinar. La vida trae sorpresas- Su ironía y su arrogancia hicieron que Candy se girara hacia él de golpe, pues juraba que estaba sola.
-Haré spaguetties con carne, ¿te apetece?- Le preguntó ignorando su sarcasmo, haciendo lo posible por llevar la fiesta en paz.
-¡Claro que sí! ¿Cómo no? Ahora mismo muero por darme un atracón mientras mi hermana debe estar muriendo de hambre quién sabe dónde- Su sarcasmo fue doloroso y Candy se sintió fatal. No había forma de acertar con él. Respiró profundo.
-Estoy preparando la comida para que mi condición no me provoque un desmayo que termine empeorando la situación, créeme que haré un gran esfuerzo para poder digerirla. Te ofrecí por educación y solidaridad.- Su respuesta fue tan calmada y sin doble intención que fue el turno de él para que se sintiera mal. Recordó una vez que ella se le desmayó en los brazos en la primera cita que tuvieron, un bajón de azúcar por llevar más de veinticuatro horas sin comer. Él pasó tremendo susto con ella. El recuerdo le dio remordimientos por su actitud.
-Lo siento, Candy... es que estoy desesperado... ¡Estoy volviéndome loco! Necesito sacar todo lo que llevo dentro. Lo siento, lo único que puedo hacer es desquitarme contigo. Contigo al menos puedo pelearme. Lo necesito.- Candy vio su frustración, Terry estaba llorando, estaba mal. A ella se le movió el mundo entero, no le importó que la rechazara, ya que probablemente eso sería lo que haría, pero se le acercó, apagó las ollas para dedicarse por esa vez a él aunque le costara más desplantes y dolor.
-Comprendo tu angustia, Terry. No importa, si desquitarte conmigo te hace sentir mejor hazlo. No voy a defenderme esta vez. No tengo fuerzas para ello.- Terry se perdió en la sinceridad de sus ojos verdes. Después de mucho tiempo volvió a verla como antes, volvió a ver aquella luz angelical que le había robado el alma. No podía dejar de mirarla y perderse en sus ojos.
-No es que me haga sentir mejor, Candy... es que... lo necesito. No lo puedo evitar. Hace tiempo que sólo vivo para odiarte...- Ya estaban demasiado cerca y ahora era Candy la que se perdía en su mirada azúl.
-Olvida ese odio por un momento, Terry. Olvídalo y déjame abrazarte. Deja que compartamos el dolor- Lo abrazó, fue impulsiva, se expuso al rechazo, pero lo abrazó y se empapó de su calidez aunque él no estaba correspondiendo a su abrazo, sólo se quedaba quieto y no pudo evitar sentir el calor del cuerpo pequeño que se aferraba al suyo. Al bajar un poco la cabeza, decidido y rendido a entregarse a ese abrazo que tanta falta le hacía, el olor de su pelo lo hipnotizó, dejó su nariz pegada a él y Candy lo abrazó más fuerte.
-Te odio, Candy. Quiero que siempre tengas presente eso. Pero en estos momentos no tengo las fuerzas para seguirlo demostrando. Necesito tu calor ahora. Te necesito- La apretó con tanta fuerza que quería fundirla en su ser por ese momento. Porque tarde o temprano volvería a odiarla, pero ahora la necesitaba, mañana sería otro día.
-Estaré siempre aquí, Terry. Cuando me necesites, cuando quieras mi calor, insultarme, desquitarte, para todo estaré aquí. Te... te... te voy ayudar a pasar toda esta angustia- Le decía con la voz amortiguada por estar con la cara enterrada en su pecho. Él la estaba abrazando y ella quiso detener el tiempo y que ese abrazo lo hubiera provocado un acto de amor y no un momento de angustia y tragedia. Tanta fue su necesidad de él que por poco le soltaba que lo amaba.
-Candy... ¿tú alguna vez me quisiste?- La pregunta barrió con Candy, no se lo esperaba. No supo exactamente qué debía contestarle. Se lo había intentado decir tantas veces, pero él nunca le dio la oportunidad.
-Terry... yo te...
-Shh. Está bien. No me lo digas, no sé si quiero saberlo.- La silenció y ella vio el temor y el dolor en su mirada, tenía un gran temor a la verdad. Seguía pensando que ella nunca lo quiso, que sólo lo usó a conveniencia como una vía de escape. No sabía que Candy lo amaba más que así misma y que daría su alma con tal de borrar esa angustia de su rostro. Que le traería a su amada hermana de vuelta si estuviera en sus manos.
-Pero Terry... es que yo a ti te...
-¡No me lo digas!- Le gritó con desesperación y dolor.
-No lo hagas, sólo déjame quedarme así un momento más- Sus brazos la abrazaban por la cintura mientras su cabeza descansaba en el hueco de su hombro. Candy lo acarició, con mucha ternura, pasó sus delicados y delgados dedos por el cabello de Terry.
-Todo el tiempo que necesites, Terry. Te abrazaré toda la noche, si así lo deseas.- Él alzó la cabeza de pronto y separándose un poco de ella, pero sin dejar de abrazarla por la cintura, se quedó mirándola, como si quisiera plasmar cada detalle suyo en su memoria, aunque conocía bien cada rasgo de ese bello rostro. Fue acercándose lentamente a su boca y ella lo miraba con ansiedad, también se iba acercando, titubeante. Se hicieron eternos los segundos que tardó antes de que él tomara su boca en la suya. Esa vez no actuó con brutalidad. Había una delicadeza extrema en su beso, la besaba suavemente, recorriendo cada línea y pliegue de sus labios, saboreándola, buscando un rinconcito de paz. Su lengua entró a su boca dulcemente, sin abrirse camino a la fuerza. La suya la recibió y la cobijó en una danza sutil y cálida, se detuvo el reloj en ese momento. Sus manos permanecieron en su cintura sin moverse, sólo quería sus besos, sus besos y su paz. Sólo tenerla cerca, no importa si su amor no lo hubiera elegido, ahora era a él a quien besaba y sólo eso importaba. Ella dejó que su boca se saciara de la suya a su antojo y necesidad. No iba a negarle nada, que tomara todo lo que necesitaba. Ella le debía eso y mucho más. El celular de Candy sonó haciendo que sus bocas se separaran abruptamente.
-¿Cómo? Claro, claro, vamos para allá inmediatamente.- Dijo Candy en el teléfono y Terry estaba desesperado por saber que se había sabido, impaciente.
-¿Qué te dijeron, Candy? ¡Habla!- Le gritó desesperado, todo volvió a ser como antes.
-Hubo un testigo. Un niño vio todo. Tenemos que estar con los detectives lo antes posible.- Candy se cambió de ropa a velocidad para no provocar la impaciencia de Terry y su mal humor. Se fueron juntos en el carro de él aunque no hablaron en todo el camino, pero no puso resistencia cuando Candy entrelazó su mano a la mano libre de él en muestra de apoyo, de vez en cuando, él la apretaba y la acariciaba. En el camino llamaron a Albert para informarlo.
-Buenas noches. ¿El detective Padilla?- Preguntó Terry a penas respirando y arrastrando a Candy de la mano para que fuera a su paso.
-En la oficina tres, a mano derecha.- Respondió uno de los policías que trabajaban en el mostrador. Terry y Candy fueron al lugar indicado, pero otro oficial que custodiaba la puerta les dijo que debían esperar, el niño estaba declarando su versión de los hechos.
-Vamos, Jeffrey, puedes decirle al oficial lo que me contaste a mí. Tal vez puedas ayudarlos a encontrar a tu amiguita.- La madre del niño lo alentaba hablar aunque el pequeño tenía temor. Era compañero de Lucy, pelirrojo y de ojos verdes un poco flacucho y pequeño para su edad.
-Cuando se acabaron las clases y sonó el timbre todos corrimos hacia la acera de espera... Lucy estaba conmigo y esperamos a que el señor Vélez abriera el portón... Lucy y yo fuimos los primeros en salir... había un señor grande y feo esperando en el lado de afuera... cuando Lucy y yo salimos, el señor grande golpeó al señor Vélez y agarró a Lucy... yo fui corriendo a esconderme... tenía miedo.- Dijo el pequeño y unas lágrimas se le salieron. La detective que acompañaba al detective Padilla tenía los ojos aguados mientras la madre lo alentaba a que continuara y Padilla estaba pendiente a cada detalle que ofrecía el niño.
-¿Qué más recuerdas, Jeffrey?- Preguntó la detective Farías luego de unos minutos en que el pequeño se había calmado.
-Me escondí en un rincón y vi que cargaba a Lucy en los hombros, ella trataba de soltarse y lo golpeaba en la cara y le arrancó una máscara negra que tenía en la cara. Como la que usan los malos en las películas.- Concluyó el pequeño sintiendo un escalofrío. Los detectives sintieron algo de alivio, al menos había visto el rostro del desgraciado. Él niño también dio una descripción de la camioneta en que se la llevó, pero fue mucho desear que el pequeño pensara en memorizar la matrícula.
-¿Recuerdas la cara del hombre que se llevó a Lucy?
-Sí, yo mismo lo dibujé, mire.- El niño le mostró un dibujo que a pesar de haber sido hecho por alguien de su edad, serviría de mucho, era bastante descriptivo.
-Señor Grandchester, señora, disculpen la espera, pero no podían estar presentes mientras el niño era interrogado.- El detective Padilla tomó asiento y los invitó hacer lo mismo. Albert también había llegado.
-Éste dibujo fue hecho por el niño testigo. ¿Le es familiar este sujeto?
-¡Oh no! ¡No puede ser!- Gritó Candy desconcertando a los tres hombres que la miraban expectativos.
Continuará...
¡Hola niñas lindas!
Primero que nada quiero agradecerles infinitamente por su apoyo y solidariad hacia la familia de mi amiga Kary Cruz. Sé que el poder de Dios se mueve cuando el pueblo ora y mis oraciones no la han soltado. Gracias a todas por sus hermosas palabras.
Espero que les haya gustado éste capítulo, pues como ven, estoy cumpliendo con actualizar a diario, siempre que pueda lo haré. Estaré esperando sus reviews.
Bonito domingo, preciosas.
Wendy
