Entre el amor y el odio
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 4 Como sal en la herida
Candy miraba el dibujo con horror, el detective y los hermanos esperaban una explicación por su reacción.
-¿Lo conoce señora?- Candy se quedó sin habla por un momento, sólo se fijaba en el dibujo y su cara cada vez era más dramática.
-Ese es... ¡Míralo, Terry! ¡Es él!- Con un dedo tembloroso señaló el papel y entonces Terry comprendió mientras Albert y el detective seguían sin idea.
-¡Ese maldito infeliz! ¡Voy a matarlo ahora mismo!- Terry se paró del asiento con brusquedad y golpeó un archivo que había en esa ofcina.
-¡Tú sabes donde está ese hijo de puta, Candy! ¡Dímelo! ¿Aún vive en la misma casa?- Terry jamaqueaba a Candy enloquecido y Albert a penas trataba de asimilar la información.
-¡Señor Grandchester! Siéntese, por favor. ¿Podrían decirme quién es este hombre?- Terry se sentó de mala gana con la cara hecha furia, Candy estaba súper nerviosa y Albert a pesar de su angustia, esperaba la explicación.
-Ese es mi... padrastro... se llama Rogelio Rojas...
-¿Tu padrastro? ¿Qué tiene que ver ese malnacido con Lucy?- Ahí el alterado fue Albert, dio un palmetazo en el escritorio, rara vez se salía de control.
-Señores, señores, les agradecería que me pudieran explicar quién es exactamente ese sujeto y por qué querría lastimar a su hermana. Sé que la situación es difícil, pero no ayudan en nada con esa actitud, así que por favor, cálmense para que podamos trabajar e ir detrás del responsable de ésto.- Alzó la voz el oficial Padilla y los hermanos bajaron sus revoluciones y se sentaron.
-Seguramente por dinero o por hacerme daño. Abusó de mí durante mi niñez hasta que finalmente me fui de casa... Estoy segura que es él... ¡Es él!- Desesperada se puso de pie, no entendía por qué no salían a rescatar a Lucy si ya les había dicho quien era.
-Cálmese, señora. Díganos el nombre completo y si es posible la dirección del domicilio donde cree que se encuentra, será más fácil dar con él en la base de datos.- Candy se apresuró a darle la información mientras temblaba y cruzaba los dedos para encontrar a Lucy a tiempo, temía que le hiciera las cosas horribles que le había hecho a ella. Se quedaron solos los tres en la oficina mientras el detective investigaría el paradero del desgraciado de Rogelio Rojas.
-Hay algo que no entiendo... ¿por qué no ha llamado para pedir dinero por el rescate? Porque asumo que es el dinero lo que debe estarlo motivando.- La voz de Albert permanecía alterada, deseaba salir él mismo a buscar a su hermana y no esperar a que la policía hiciera todas sus mierderías.
-Tarde o temprano lo hará. Esa basura no tardará en pedir dinero. La gente vende hasta su alma por un par de pesos.- Fue Terry el que gritó y por alguna razón miró a Candy cuando dijo la última frase, otra bofetada por parte de él mientras ella parecía sólo colocar la otra mejilla.
-El dinero es lo de menos... tengo miedo de que... la lastime... como hizo conmigo... temo que la...
-¡Al diablo la policía! ¡Yo mismo iré a buscarla! Y tú, vienes conmigo- Tirándola del brazo, Terry hizo que Candy se pusiera de pie, Terry estaba decidido a ir a buscarla por su cuenta.
-¡Terrence! ¡Por el amor de Dios! Espera al menos a que llegue el oficial. ¿Cómo vas a ir por tu cuenta a buscar un sujeto que seguramente es peligroso y no sabes si esté armado?
-¡Y tú qué sugieres, Albert! ¿Que me quede aquí sentado mientras la policía juega a Adivina Quién?- Terry estaba furioso, si Albert no lo retiene a la fuerza estaba dispuesto a irse arrastrando a Candy consigo, ella tenía ganas de hacer lo mismo, ir a buscarla aunque su heroísmo le costara la vida.
-¿Es éste el sujeto, señora?- El oficial le mostró la fotografía del sospechoso, efectivamente, el padrastro de Candy, fue fácil dar con él debido a sus antecedentes penales.
-¡Sí! Se los dije. ¡Era él! Tienen que ir a buscarla. Por favor, no dejen que le haga daño, por favor.- Candy entró en crisis y suplicaba casi a los pies del oficial mientras Albert trataba de calmarla.
-¿Y qué coño estamos esperando? ¡Vamos a buscarla ya!- Volvió alterarse Terry dirigiéndose a la puerta nuevamente.
-Señor Grandchester, créame que entendemos su pocisión, pero las cosas no se hacen así. Ahora voy a prepar a mi equipo, partiremos lo antes posible.
El oficial preparó y dio instrucciones a sus hombres. Tres patrullas salieron hacia la dirección de la antigua casa de Candy. Candy, Terry y Albert iban en una de las patrullas con el detective Benson, en otra patrulla iba el detective Padilla con dos de sus hombres y en una camioneta a parte el mejor equipo de rescate. Iba también una ambulancia en caso de que le hubieran hecho daño físico a la niña.
-¿Aquí es?- Preguntó Benson a Candy y cuando ella asintió, avisó a los demás por el radio.
-Voy a ir ahora a partirle la madre a ese desgraciado- Terry iba abrir la puerta para salir de la patrulla. El oficial Benson y Albert lo pararon en seco. Candy moría de nervios y angustia.
-Señor, usted no puede interferir en el rescate. Eso sólo empeoraría todo. Haga el favor de calmarse y dejar ésto en manos de los profesionales. Contamos con el mejor equipo, se lo aseguramos.- Terry apretó los puños y echaba chispas. Candy pasó con miedo su mano sobre la suya y él la apretó. Tenía mucho miedo.
-Rogelio Rojas, somos del Departamento de Policía, abra la puerta.- Decía padilla, pero no había respuesta. Se escuchaba un televisor encendido.
-Rogelio Rojas, abra la puerta o entaremos forzados a entrar de todas formas.- Al no haber respuesta nuevamente, uno de lo hombres que lo acompañaban estaba a punto de derribar la puerta de una patada, entonces se abrió. Se asomó una mujer de unos cuarenta años, aunque sus fachas y mala vida le hacía aparentar más. Estaba en bata, con su pelo rojizo desaliñado y un cigarrillo en la boca, con su gesto indiferente, echando el humo a la cara de los oficiales.
-Soy el detective Padilla, estamos buscando al señor Rogelio Rojas, ¿se encuentra aquí?- La mujer seguía inhalando y exhalando de su cigarrillo con el mismo gesto indiferente hasta que segundos después se dignó a contestar.
-No sé dónde está, no lo he visto.- Lanzó la colilla del cigarrillo al piso y con su pantunfla lo aplastó.
-¿Es usted su esposa?- Preguntó Padilla mirándola con cierto desdén.
-¿Y por eso debo saber su paradero?- Soltó con una altanería y una insolencia que estaba acabando con la paciencia de los oficiales.
-Su esposo es sospechoso del secuestro de la menor Lucille Grandchester. ¿Sabe usted algo al respecto?
-¿Quién es esa mujer tan repugnante?- Preguntó Albert al ver la escena de lejos. Candy no pudo evitar llorar y a Terry hubo que detenerlo nuevamente para que no saliera de la patrulla.
-Es mi madre...- Musitó Candy con más vergüenza que dolor.
-Lo siento... no sabía que...
-No lo sientas, tienes toda la razón. Crecí con una familia repugnante.- Por su dolor profundo, Albert pasó la mano por la espalda de Candy, Terry sintió que hervía.
-No sé nada. Mi esposo no está aquí.- Ladró la mujer mientras trataba de encender otro cigarrillo.- ¿Le importaría que echáramos un vistazo?- Ahí se puso nerviosa y tanto Padilla como sus hombres lo notaron.
-¿Qué no necesitan una orden para eso?- Preguntó con desafío y prepotencia, pero la preocupación y el nerviosismo era palpable en su rostro.
-¿Le parece bien ésta?- Respondió el oficial mostrando la orden y abriéndose paso en la casa junto a los demás hombres. Uno de ellos se quedó a custodiar a la señora en caso de que intentara alguna estupidez.
-Aquí no hay nada.- Dijo Padilla al salir de una de las habitaciones de la destartalada y sucia vivienda.
-Sigamos buscando.- Todos iban apuntando con sus armas mientras peinaban cada rincón y recoveco de la casa. No había ni señas de Rojas.
-¡Por allá! ¡Se escapa!- Gritó uno de los oficiales señalando a la puerta de la cocina que daba al patio mientras Rogelio Rojas trataba de saltar la verja que lo conduciría a la calle.
-Rogelio Rojas, deténgase.- El gordinflón calvo y de facciones ordinarias y aparariencia poco higiénica fue capturado por tres oficiales en su fallido intento de escapar. Cayó al piso y lo esposaron.
-Rogelio Rojas, está detenido por ser sospechoso del secuestro de la menor Lucy Grandchester.- Padilla le leyó sus derechos mientras lo ponían de pie. El gordo sonreía cínicamente mientras la mujer desde la puerta de la entrada miraba todo más nerviosa que nunca. Había hecho también un intento por escapar, pero fue detenida también en el acto.
-Vamos, arréstenme. Nunca sabrán dónde está la mocosa esa.- Dijo con burla, demostrando su gran estupidez, admitiendo con eso que él estaba detrás de su desaparición. Los oficiales seguían buscando por la casa para ver si daban con Lucy.
-¿Ese es el hijo de puta que tiene a mi hermana?- Preguntó Albert y Candy asintió. Cuando vinieron a reaccionar, ya Terry había salido de la patrulla y fue hacia el gordo que estaba siendo encaminado hacia el interior de la otra patrulla.
-¡Vas a morirte desgraciado!- Terry sacó para sorpresa de todos un arma y le apuntó a Rojas que de pronto abandonó su gesto cínico y comenzó a temblar como gelatina.
-Señor Grandchester, baje el arma.- Terry seguía apuntando hacia el gordo con los ojos inyectados de furia. El oficial que custodiaba a Candy y a Albert fue hacia ellos y tanto Albert como Candy lo siguieron para tratar de evitar otra desgracia. Terry estaba fuera de control.
-Terry... no lo hagas, no vale la pena... Ya no podrá hacernos más daño...- Fue la voz quebrada de Candy, su súplica junto a su llanto lastimero que detuvieron a Terry, nisiquiera las amenzas de los oficiales o las palabras de Albert. Bajó el arma y se la entregó a uno de los oficiales.
-¿Dónde tienes a mi hermana, desgraciado?- Albert lo tomó por el cuello y Padilla tuvo que quitárselo de encima.
-Estamos buscándola aún. Rojas se niega hablar.- Dijo Padilla mientras los hombres seguían buscando sin cesar. Candy se acercó a su madre mientras le leían los derechos y era esposada.
-Tú sabes muy bien dónde está. ¡Habla! ¿Piensas seguir apoyando a éste maldito?- Su madre no decía nada, sólo le dedicaba una mirada desdeñosa.
-Eres igual a él. Ambos me dan asco. Que Dios los perdone.- Candy se alejó de ella y mientras los oficiales seguían buscando a Lucy sin éxito, la angustia de Candy crecía más. Veía de lejos a Terry y Albert desesperados y alterados.
-¡El almacén!- Gritó Candy y nadie entendió.
-¡Búsquenla en el almacén! Seguro la escondió ahí.- Desesperada señalaba al patio. Estuvo a punto de ir a buscarla ella misma si no fue porque Benson la detuvo. Candy les indicó el lugar donde se encontraba y cuatro oficiales, incluyendo una mujer fueron hacia el lugar mencionado.
-Tiene una cadena y un candado.- Dijo la oficial que se había acercado primero. Los de rescate fueron a buscar una herramienta necesaria y lograron abrir la puerta. El bagón metálico en forma de casucha estaba en penumbras malholiente y húmedo. Los cuatro oficiales se habían adentrado.
-Lucy... Lucy Grandchester. ¿Estás aquí? Somos la policía. Puedes salir, no hay peligro, Lucy.- La oficial la llamaba mientras seguía caminando y buscando en todos los alrededores, no se escuchaba nada hasta que de pronto oyeron unos sollozos.
-¿Lucy? No temas, pequeña, acércate. Ven, tus hermanos están esperándote.- Cuando la pequeña escuchó eso salió corriendo hacia la oficial y por poco se desmaya en el intento. El uniforme de la pequeña estaba sucio y raído, tenía varios moretones, tal vez el haber estado tantas horas en ese suelo metálico, temblaba. Debía estar muerta del hambre. Uno de los oficiales salió hacia afuera con la débil Lucy en brazos. Cuando Terry, Albert y Candy la vieron, se quedaron paralizados por varios segundos.
-¡Lucy! Lucy, estás aquí, pequeña.- Candy se desbordó en llanto y abrazó a la niña como si su vida dependiera de ello. Cuando por fin la soltó, Lucy se lanzó a los brazos de Terry que la cargó y la apretó mientras lloraba sobre su pequeño y delgadito cuerpo.
-Tenía mucho miedo, Terry. El gordo era malo...
-Shh. Ya, mi amor, ya pasó. Ya nadie más va a lastimarte. No vamos a permitirlo.- La niña a los minutos se safó del abrazo de Terry y voló hacia los brazos de Albert que la besó y la abrazó con devoción.
-Tengo hambre, Al.- Dijo la pequeña y todos rieron. Terry apretó la mandíbula por la rabia, su hermanita debió haber pasado un infierno, hasta hambre, pensó. A pesar de todo, sonreía y ya no se le notaba el miedo, tenía esa cualidad en común con Albert, nada le robaba el sueño, era optimista y alegre. Bonita mezcla de ambos, el físico de Terry y la personalidad de Albert. Aunque el lado traviezo venía de los hermanos gemelos, los menores de los varones que tenían la misma edad de Candy.
Se hicieron las debidas declaraciones, tanto el padrastro de Candy como su madre enfrentarían cargos. Luego de que una doctara revisara a Lucy, pudieron al fin ir a casa. Lucy tendría que tomar algunas terapias psicológicas por un tiempo. Esos tráumas siempre dejaban secuelas imborrables en el alma y no querían que nada perturbara a la pequeña que bastante tenía con haber quedado huérfana.
-Ya se quedó dormida. La pobre estaba agotada.- Le dijo Candy uniéndosele a Albert en la salita de estar. Había sido un día agotador e inolvidable, ninguno de los dos podía conciliar el sueño.
-Gracias a Dios ese malparido no le hizo daño.- Dijo Albert y la invitó a sentarse a su lado en el sofá.
-Yo misma lo habría matado si se hubiera atrevido a lastimarla.- En la voz de Candy había rabia, dolor y resentimiento, últimamente muchas cosas le traían los amargos recuerdos de su turbulenta infancia.
-¿Y dónde está Terry?- Preguntó por fin Candy, llevaba rato queriendo preguntar, pero no se atrevía. Albert conocía muy bien la historia de los dos, sabía lo que ambos sentían y tras muchos intentos porque dejaran de ser tan cabezotas y olvidaran todo el odio que supuestamente se tenían y fueran felices, tiró la toalla, tarde o temprano se rendirían y estarían juntos. Hasta un ciego podría ver la pasión que destilaban en todo, especialmente en su competencia sobre quién odiaba más a quién.
-Debe estar encerrado en su cuarto. O en el despacho. Sabes que mi hermano en los últimos años se ha transformado en un lobo solitario.- Candy suspiró ante el comentario, captó la indirecta y eso no hizo que se sintiera mejor.
-Candy... Ese hombre, tu padrastro... ¿te lastimó?- Preguntó Albert mirándola a los ojos y viendo cómo los de ella se nublaban e inundaban. Con eso le contestó todo.
-No te lo imaginas, Al. Lucy tuvo suerte. Mucha suerte.- Sus lágrimas cayeron y Albert las enjugó con su cariño fraternal. A veces Candy le recordaba a su madre, a Eleonor, su dulzura, cuando era pequeño y su madre a penas tenía unos años más que Candy, por eso jamás podía verla en un sentido romántico, sino como a alguien a quién querías proteger.
-Imagino todo lo que debiste haber pasado, pequeña. Pero ya no llores más, sabes que no puedo ver a nadie llorar. Ya está muy lejos de todos nosotros y no volverá hacerte daño, ni a ti ni a nadie.- La abrazaba y le acariciaba el cabello mientras ella dejaba ir el llanto que llevaba reprimiendo por años, porque siempre apartaba esos recuerdos cada vez que querían asaltarla, pero en los últimos días era sencillamente imposible.
-Fueron muchos, Albert. Muchos golpes... de ambos, no sé cuál de los dos era peor, no sabes todas las veces que pensé en huir... pero siempre me encontraban y era peor... No sabes todas las veces que estuve en el hospital y las mentiras que me hacían sostener para justificar los golpes que me daban... una vez...- El llanto no la dejó continuar... Albert la abrazó fuerte y sin presionarla esperó a que decidiera continuar.
-Una vez me rompieron un brazo y me tuvieron así varios días porque no se atrevían a llevarme al hospital por miedo a lo que les pudiera pasar...- Albert escuchaba los relatos de Candy con horror y rabia. ¿Cómo podía haber gente tan mala en el mundo? Se preguntó mirando hacia el vacío, pidiendo a Dios una respuesta.
-Pero eso no va a suceder otra vez. Ya todo eso pasó. Eres una mujer joven y fuerte, exitosa e inteligente. Su maldad no logró destruirte por completo. Seguirás hacia adelante.
Candy se volvió un ovillo entre los brazos fuertes de Albert. Él la acurrucó como a una niña, como a una hermana menor por los casi quince años que le llevaba de diferencia. Ella sabía cómo despertar su instinto protector.
-Me hubieran avisado para dejarlos solos.- Terry los sorprendió y Candy dio un respingo, estaba quedándose dormida. Albert en cambio se quedó muy tranquilo, conocía a Terry y las estupideces que decía o hacía cuando estaba molesto o en éste caso, celoso.
-Terry... pensé que te habías ido a dormir...
-¡Claro! Y aprovechaste para arrimártele a Albert, ¿no?- Otra vez su mirada dura se posaba en ella, la miraba con desprecio y con los ojos achicados, apretando la mandíbula.
-Terry, no vengas con tus escenitas ahora, no es el momento. Y sabes muy bien lo que hay entre Candy yo, no tenemos por qué escondernos.- Explicó Albert con toda la paciencia del mundo y sin inmutarse. Candy estaba nerviosa, a pesar de todo creyó haber logrado algo con Terry, que estaba rompiendo la barrera, pero no, seguía ahí, imponente y sobervia, consumiéndola más cada día.
-Sí, cómo no. Tal vez tú no lo veas, pero yo sí. Como te encanta ir detrás de los mayores, ¿eh Candy? ¿Estás buscando un nuevo papacito que te concienta todos tus caprichos?- Terry se estaba pasando de la raya y Albert ya se estaba enfadando.
-¡Y eso a ti qué más te da! Me tienes ya harta, Terrence. Con tu jueguito de te odio, te desprecio, pero te hago la vida de cuadros, ni contigo, ni sin ti. ¡Déjame en paz!
Albert disfrutaba viendo lo alterada que estaba Candy, le estaba gritando a Terry como una demente, había tocado el límite y había estallado y aunque Terry no decía nada porque Candy no le había dado oportunidad hablar, la miraba con las mismas ganas de matarla, esperando el momento de revirar la ofensiva.
-Házte la digna ahora, Candice. Juega a la dama refinada, pero no dejaré que engatuces a mi hermano para que termines matándolo como hiciste con...
-¡Basta! ¡No es el maldito momento para ésto! ¿Por qué en vez de estar diciendo tantas estupideces, mejor no agradeces que por ella dimos con Lucy? Deberías estar feliz de que regresó completa y podrás dormir tranquilo esta noche.- Albert estaba más que molesto también con las actitudes de Terry, Candy se quedaba callada, llorando aún por los efectos de los recuerdos y los veía a ambos discutir, estaba al borde de un colapso. Su resistencia estaba menguando cada vez más. ¿Cuánto más podría soportar su amor hacia él?
-¡Claro! Santa Candice sabía exactamente dónde tenían a Lucy...
-¿Qué insinúas, Terrence?- Intervino Albert rayando en la ira, era su hermano y lo amaba, pero ya eso era demasiado. Candy sintió que iba a quebrarse en ese preciso momento. Una cosa era su abierto odio hacia ella, su sarcasmo y sus ironías y otra muy diferente que la acusara de algo tan ruin.
-No insinúo nada. ¡Joder! Deja de defenderla a ella. ¡Deja de pensar con la polla!- Candy dio un respingo y se atemorizó cuando vio a Albert acercársele a Terry con un gesto amenazador y con los puños apretados. La cosa estaba poniéndose realmente fea.
-Yo sí que no voy a tolerar tu idiotez, vuelve a insinuar algo semejante y te parto la...
-¡Ya! Por favor... no puedo más. No se peléen. Él tiene razón, todo se arruinó cuando yo llegué a ésta casa. Ya no se preocupen por mí. Ganaste, Terrence. Me voy.- Ambos se quedaron en shock cuando vieron a Candy con el rostro tan mojado, tan dolido. Reflejaba los mil cuchillos que Terry le había clavado en el alma.
-¡Candy!- Albert trató de detenerla, pero ella siguió subiendo las escaleras. No le importaba que fuera ya medianoche, se iría, no podría soportar un día más bajo el mismo techo con Terry. Justo cuando pensaba que habían dado un paso hacia adelante, resultaba que había retrocedido dos.
En la tranquilidad de su habitación terminó de llorar. Tanta rabia, tanto dolor, tanta angustia. ¿Nadie podía ver que estaba partiéndose? Su mente comenzó a buscar refugio en algún hermoso recuerdo.
-¿Estás segura que te dejarán salir? ¿Pediste permiso?
-Terrence, yo ya tengo dieciocho años, además no hay nadie en casa, puede que vaya y regrese y aún no haya nadie.- Terry había ido a buscar a Candy para dar un paseo una semana después del accidente en que se conocieron. Se quedó casi paralizado cuando la vio. Nada que ver con la chica mohína y arapienta con la que había chocado. Candy tenía un jean azúl, decente, se veía nuevo y era ajustado, marcaba muy bien sus formas, se había puesto una hermosa blusa de corsé negro con rojo cuyos detalles eran con encaje y las mangas eran cortas y caídas, dejando el pecho y los hombros desnudos. Tenía unas altas sandalias de plataforma negras y su pelo no estaba rebelde y desaliñado, se había puesto gel dando resultado a unas hermosas y perfectas ondas. Se había puesto sombra oscura, rubor y un labial rojo que brillaba en su boca carnosa. Tuvo que recurrir a su mejor amiga para que se apiadara de ella y le prestara esa ropa y vaya que su amiga la quería porque Terry estaba que babeaba.
-Perdón, Bruma... no te lo dije antes, pero te ves... hermosa... simplemente hermosa.- Ella bajó la cabeza, no siendo capaz de mirarlo a los ojos. Él sonrió, amaba su inocencia, eso estaba volviéndolo loco, se había quedado prendido de la chiquilla.
-¿A dónde quieres que te lleve?- Preguntó luego de abrirle la puerta del pasajero para que ella se sentara. También se había fijado en él, su jean negro le quedaba perfecto, el cuerpo de ese hombre era un sueño. Tenía una polo verde Lacoste y zapatos casuales negros. Su pelo estaba peinado de una forma que Candy recordó a Christian Gray y se sonrojó como una manzana.
-Yo... quisiera ir al cine.- Fue lo primero que se le ocurrió a Candy. No recordaba la última vez que había ido. Sus amistades del barrio iban constantemente, pero ella nunca tenía dinero y terminaba inventando cualquier excusa para no pasar tantas vergüenzas.
-Al cine, entonces, preciosa.- Le guiñó un ojo y se puso en marcha. Candy estaba nerviosa, de vez en cuando lo miraba de reojo y luego posaba la vista en la carretera. Terry sonreía cada vez que la miraba hasta que al fin llegaron al cine de Plaza del Sol, un centro comercial a la vez. Terry se estacionó en el multipiso, como todo un caballero le abrió la puerta y se encaminaron al cine que quedaba dentro del mall. Terry jamás pensó que Candy llamaría tanto la atención, chicos, jóvenes, hombres adultos y maduros la miraban sin disimulo, de verdad se veía espectacular. Tanta atención para ella sola la pusieron nerviosa, sólo rogaba no caerse con los tacones. Ni cuenta se dio lo tenso que se había puesto Terry y la mirada fulminante que le daba a todo el que miraba a Candy devorándola. No pudo evitarlo y la tomó de la mano, para que todos supieran que andaba con él, aunque a penas estuvieran conociéndose y no fueran nada, tal vez ni amigos, porque ni su verdadero nombre sabía. Ella sentía que estaba en la luna, la mano de él entrelazada a la suya mientras caminaban, que cálido se sentía, él de vez en cuando la apretaba un poquito más. Candy pensó que estaba viviendo un cuento. Tantas cosas lindas no podían ser verdad, no para ella.
-La película comienza en una hora, Bruma. ¿Quieres dar una vuelta por ahí mientras?- Ella asintió y de la mano recorrieron los diferentes kioskos que vendían gafas, gorras, piercing, celulares y cosas parecidas. Terry vio que Candy se quedó mirando unos aretes de oro en forma de delfín, pequeños y delicados como ella.
-¿Los quieres?- Le preguntó con su habitual sonrisa, brindándole confianza. Ella sintió vergüenza y se quedó mirando a los aretes y a él titubeante, no era correcto aceptar, pensó. No quería que él pensara que era una interesada.
-Eh... no, no, sólo estaba viéndolos...
-Señorita, ¿podría darme los esos aretes de allí?- Terry sabía que ella los quería, se los compró. No había nada mejor que verla feliz. Ver esa sonrisa en su rostro, como si le hubiese dado un pedazo de cielo no tenía precio.
-Gracias, Terrence, pero no tenías por qué...
-Shhh. Yo quise hacerlo, además, también me gustaron. Creo que compraré unas para Lucy.- Dijo y ella se quedó intrigada. ¿Quién sería esa tal Lucy? Frunció el ceño, no sabía por qué eso le afectaba si no eran nada.
-¿Lucy es tu novia?- No resistió las ganas de preguntar aunque después se arrepintió por indiscreta.
-Sí. Y es muy celosa, no le gusta que salga con ninguna chica.- Ella lo miró con los ojos bien abiertos, no podía creerlo y él por dentro disfrutó de su expresión, estaba muy seria. ¿Celosa? Se preguntó, pero pensó que era absurdo.
-¿Y por qué no invitaste a Lucy a pasear?- Hizo énfasis en el nombre el cual pronunció con sarcasmo y Terry por poco suelta la carcajada. Ella era simplemente divina.
-Lo que pasa es que Lucy... es muy revoltosa, no se calla, no se está quieta y además... tiene cinco años. Es también mi hermana.- La cara que puso Candy valía un millón. Le estuvo tomando el pelo todo el tiempo. Él hizo de todo para no reirse, pero no pudo evitarlo.
-Eso no fue gracioso, Terrence.- Le dijo totalmente seria y Terry rió más, al final ella tuvo que reir también.
-Ya. Ven.- La llamó para que se acercara más a él y dudosa, ella fue. Le echó los rizos hacia atrás para que sus orejas quedaran libres y le colocó los aretes que él le había comprado. Para Candy ese había sido lo más íntimo que había compartido jamás, tembló cuando las manos de él hicieron contacto con su piel, rozando inevitablemente su cuello cuando le colocaba los aretes.
-Te quedan preciosas, Bruma... Oye, ¿cuándo podré saber tu nombre?- No hubo respuesta, la vio que los ojos se le estaban cerrando y se iba hacia atrás.
-¡Bruma! ¿Estás bien?
Candy despertó de su recuerdo abruptamente. Porque la misma sensación de mareo de ese día la estaba volviendo a experimentar, recordó que nunca terminó la cena y aunque luego del regreso de Lucy hicieron comida, ella a penas la probó. Muy mal para su condición, si no se cuidaba bien, terminaría en diabetes. Se comió una barrita de granola de fresa que tenía en su bolso para que no le diera un bajón de azúcar o un desmayo como el que casi arruina su primera cita y se puso a empacar. A esa misma hora. Nisiquiera tomó un baño, hizo una pequeña maleta de improviso, ya otro día vendría por lo demás. Se hizo una coleta y al mirarse en el espejo contempló sus aretes, nunca se los había quitado, no podía siendo eso uno de los detalles más bellos que tuvo en la vida. Siempre se dejaba el pelo suelto para cubrirlos y así Terry no se percatara de esa debilidad. Respiró profundo y bajó las escaleras. No había marcha atrás. Hasta ese día se dejaría humillar por Terry.
-Candy... ¿no podrías esperar al menos hasta mañana? Además, ¿a dónde vas?- Albert estaba preocupado, se cruzó con él ya casi en la salida.
-No te preocupes, Al, ya tengo a donde quedarme. Y no, no voy a esperar, lo siento. No puedo estar aquí un minuto más con tu hermano.- Sus ojos se aguaron nuevamente y él asintió con tristeza.
-Por favor, dile a Lucy que la quiero mucho y que me perdone por no haber podido cumplir mi promesa.- Se marchó deshecha, pero no miró atrás, si lo hacía volvería y eso sólo sería echar más sal sobre la herida.
-¡Albert! ¿Has visto a Candy?- Preguntó Terry luego de bajar las escaleras azorado. Albert no comprendió de pronto su repentina preocupación.
-Sí. Se fue hace media hora.- Terry tardó varios segundos en asimilar la información.
-¿Y la dejaste ir así no más?
-¿Y qué carajo pretendías que hiciera?- Ladró Albert molesto y se fue dejando a Terry solo. Terry dio un puñetazo en la licorera de la sala con frustración. Luego sacó algo de su bolsillo. Se quedó observándolo con melancolía. La cadenita de oro de la cual colgaba un pequeño y delicado delfín, iba a juego con los aretes que hace tres años le había comprado, nunca se lo pudo entregar.
Continuará...
¡Hola bellezas!
Aquí estoy, diariamente, lo prometido es deuda. Espero que les haya gustado este intenso capítulo preparado con todo el amor del mundo para ustedes. Quiero darles las gracias por su infinito apoyo, han dejado unos reviews preciosos, todas ustedes, me los he leído uno a uno, no saben la importancia que tienen, esa es la apreciación por mi trabajo, la forma de saber que mi esfuerzo vale la pena, les agradezco que se tomen la molestia de dejarlos e incluso agradezco a las que presionan para que actualice rápido.
Quería mencionar, por si las dudas, que aunque pasen estas situaciones fuertes con la pareja principal, no significa que vivirán separados del todo, recuerden que ellos viven entre el odio y el amor, hay que ver hacia dónde se inclina más la balanza porque a la larga, de los dos sentimientos, el único verdadero es el amor, ya que el odio es mera fachada como han podido ver.
Recuerden que mencioné que éste sería un trabajo diferente a los que había hecho, pues tengo que evolucionar ya que en un futuro es mi intención llegar hacer al menos un libro. Los personajes secundarios tendrán su participación y alguna influencia en la historia, pero no tendrán su historia individual como en mis otros fics. Aquí la pareja estrella será Candy y Terry y en ellos me enfocaré.
Cuento con sus reviews, preciosas
Su amiga,
Wendy Grandchester
