Entre el amor y el odio
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 6 Instinto asesino
Candy estaba visiblemente nerviosa y sus ojos querían salirse de sus órbitas y aunque Terry disfrutaba de su reacción, lo cierto era que él también estaba nervioso por ser cachado por Albert, que él que tanto se burlaba lo cachara en semejante acto de debilidad. Un golpe bajo para su orgullo. Aunque no dejaba de mostrar su sonrisa de lado, su arrogancia y su adorable cinismo. Albert los miraba a ambos como esperando una explicación, pero la burla brillaba en sus ojos celestes.
-Candy, ¿por qué no me lo dijiste? Si yo te lo dije que los que se pelean mucho luego se enamoraran, ¿verdad, Albert?- Las ocurrencias de la pequeña Lucy estaban haciendo que a Albert se le hiciera cada vez más difícil controlar la risa que estaba a punto de salir. Candy no sabía cómo destrozar las ilusiones de la niña, pero tampoco podía volver atrás, buscaría la manera.
-Eh...Lucy, a ver, te explico...- Se separó Candy de Terry y se dirigió a su "cuñada".
-¿Te acuerdas que te dije que grabaríamos un comercial para el día de los enamorados?- Lucy asintió, pero no perdió la sonrisa ilusionada que brillaba en su dulce rostro. Terry miraba con arrogancia qué diablos haría Candy para escapar de Lucy, no sería fácil, él la conocía.
-Pues tu hermano y yo pensábamos salir en el comercial y... estábamos practicando la escena de enamorados... Así que todo el beso que viste fue de mentirita. Él sigue siendo tu hermano y yo tu hermana si lo prefieres.- La disilusión de Lucy era casi palpable y en el fondo, a los tres adultos se les rompió el alma, especialmente a Candy, pero ella no podía seguir sacrificando su corazón, al que ya no le cabía un parche más de tantas heridas y tantos golpes. Terry a la vez estaba molesto. ¿Un beso de mentirita? Ya encontraría la forma de vengarse por eso.
-¿Osea que no se han enamorado?- Nadie contestó, no tenía caso decir que sí, y decir que no era una mentira que aunque quisieran, no escapaba de sus bocas.
-¿Y cuántas peleas necesitan para enamorarse? Lo dos son guapos, deberían enamorarse.- Definitivamente no era fácil barrer con las esperanzas de un ser tan lindo e inocente, los tres tenían un nudo en el pecho y Candy deseó matar a Terry. Ella también lo besaba. ¿Y? Él empezó, él tuvo la culpa. Era tan fácil engañarse.
-Lucy... las cosas no pasan así...- Candy trataba de buscar una explicación que la mentecita de Lucy pudiera comprender, pero Albert y Terry se quedaban calladotes, sin dar la mano, esperando que ella arreglara todo el atolladero y los miró a ambos con ganas de matarlos.
-Lo que necesitan son más besos. Seguro que así se enamoran, ¿verdad, Albert?- Albert asintió con malicia y Candy de haber podido lo hubiera matado con su mirada.
-Terry, ¿podrías darle otro beso a Candy? Seguro que se enamora de ti. ¡Corre! Antes de que se vaya.- Candy se quedó mirando a Lucy con los ojos bien abiertos, juró estar en esa oficina con un enemigo y dos traidores.
-Está bien, Lucy. Sólo porque tú me lo pides.- Cuando Candy reaccionó, Terry estaba apoderándose de su boca otra vez, era un beso dulce a pesar de todo, no daría un numerito frente a su hermana, se escuchaban sus risas y sus aplausos y un muy sorprendido y boquiabierto Albert.
-Vamos, Lucy, tenemos que dejarlos solos para que se enamoren mejor.- Y Albert se fue con la niña a seguir saludando y recorriendo todos los alrededores de la empresa. A pesar que todos se habían ido y que el espectáculo había terminado, Terry no liberaba a Candy de su beso y aprovechando la privacidad que muy generosamente les dejaron sus hermanos, intensificó el beso a pesar las protestas y esfuerzos de Candy por safarze de él. Cuando terminó de besarla hasta la saciedad, entonces la soltó.
¡Plaf! -¿Qué coño piensas que estás haciendo?- Preguntó Candy furiosa luego de estamparle un bofetón a Terry. Por la cara que él puso sabría que habrían consecuencias, pero él se lo merecía. La furia en los ojos azules no tardó en relucir. Le agarró fuerte ambas manos y se le pegó todo lo que pudo. Ella comenzó a temblar aunque su expresión seguía siendo desafiante, aunque con rabia, Terry admiraba y amaba ese desafío de ella, eso de no dejarse intimidar aunque ahora la quisiera degollar. Pudo sentir su temblor y su nerviosismo, estaba perdida, si no alzaba la vista, ella sólo podría mirar al pecho de él, a pesar de sus tacones, ella a penas le llegaba al hombro.
-¿Recuerdas lo que te dije sobre tocar mi cara? ¿Lo recuerdas?- Le gritó apretando sus manos más fuertes, ella no contestó, pero el desafío seguía ahí, queriendo escapar de esas pupilas que destilaban fuego.
-Ésta, Candy, te la voy a cobrar. Y no sabes cómo.- Se dijo con su amenazante paciencia, sin disminuir la fuerza de su agarre y ella lo miró como quién declara la guerra.
-¿Y qué vas hacer? ¿Me la vas a devolver? ¿Eres tan poco hombre que me vas a pegar?- Su respuesta fue una sonrisa cínica y aterradora.
-Sí. Donde más te duele.- Le contestó rozando suavemente sus labios y luego la liberó de su agarre aún con su sonrisa cínica.
-En ese caso, anótame también ésta a la cuenta.- Le dio otro bofetón que lo dejó en shock y salió a toda prisa de su oficina hacia la de ella para recoger lo poco que le interesaba llevarse de ahí.
Llegó a su oficina y encendió la luz. Todo estaba tal cual ella lo había dejado. Incluso las notas pegadas al cristal del escritorio. Una de ellas era de Neil, sólo su nombre y su teléfono estaban en la nota. ¿Será que no estaba a gusto con el comercial? Se preguntó y no estaba firmada, para saber cuál de las recepcionistas la había dejado. No le dio importancia al asunto, que se comunicara con Terry, se dijo. De sólo recordar su nombre los recuerdos la asaltaron. Los candentes besos que habían compartido hacía un rato. Siempre caía sin poderlo evitar, todo estaba bien hasta que probaba sus labios y todo se iba al diablo. ¿Por qué? ¿Por qué no podía arrancárselo de adentro y odiarlo tanto como deseaba? Su mente deseó viajar en el vagón del pasado.
-Sueño cumplido, Bruma. Estamos en la playa, de noche.- Ella le sonrió, no había nada que deseara que él no le consiguiera. Una tarde que hablaban por teléfono ella había expresado querer visitar la playa de noche alguna vez y ahí estaban.
-Gracias... se ve hermosa. Es así mismo como la describen.- Su emoción siempre le llegaba al alma. Le fascinaba su asombro infantil y su personalidad espontánea. Había tenido tan poco en la vida que se conformaba con lo más simple, como contemplar la playa de noche. Él veía como ella sonreía y brillaba cuando estaban juntos y como su rostro se transformaba y desfiguraba cuando llegaba el momento de regresarla a casa. Nunca le decía qué pasaba con su familia, al contrario, se ponía a la defensiva cuando se tocaba ese tema, se cerraba en banda y él dejó de insistir para no arruinar sus encuentros. Respetó incluso que no le quisiera decir su nombre y que no se interesara por saber más de él, excepto los maravillosos momentos que él le daba y que probablemente terminarían y a ella se le rompería el corazón, pero no podía simplemente desprenderse de él, de sus charlas a diario por teléfono y el tiempo increíble que pasaban juntos.
-Terrence, ¿es cierto que de noche es cuando salen los tiburones...?- Él la miró y sonrió ante su evidente preocupación.
-Eso dicen, pero si te quedas en la orilla no creo que se te acerque ninguno.- Le pellizcó suavemente una mejilla y disfrutó su sonrisa. El viento le volaba los rizos haciéndolos bailar y uno que otro mechón se le pegaba a los labios. Tenía un sencillo vestido blanco veraniego y en su cuello observó el nudo de la parte de arriba de su traje de baño. Le dijo que lo llevara por si acaso.
-¿Te he dicho lo preciosa que eres, Bruma?- Se puso nerviosa y se sonrojó hasta los pies. Sólo negó con la cabeza y bajó la mirada concentrándose en la arena.
-Pues lo eres. Muy hermosa y especial.- Le levantó la barbilla para que lo mirara y fue como si esas dos esmeraldas le hubiesen disparado, al fin había brillo para sacar un rato la tristeza que siempre los opacaba.
-Quiero que nunca dejes de sonreir para mí. También espero que algún día puedas confiar en mí... que puedas sacar todo ese dolor que guardas. No voy a presionarte... no haré esfuerzos por averiguar tu nombre... aunque no sería difícil, bastaría con preguntarle a alguien del barrio... pero mi meta es poder ganarme tu confianza y que seas tú que me lo digas... sé que debes tener un nombre precioso, tan dulce como tú.- Las palabras de él eran siempre como música para ella, a penas sí habían pasado un par de semanas de conocerlo, pero sencillamente se había quedado hechizada por él, aún así, su corazón se resguardaba hasta de él y eso a él muchas veces le dolía.
-Terrence... ¿si te confieso algo no te molestas?- Lo miró con los ojitos suplicantes y asustados. Él tomó una de sus pequeñas y delicadas manos y la besó. A ella le encantó y sintió haber estado en la luna durante el segundo que sus labios rozaron su mano y entonces tuvo más miedo de hacer su confesión por miedo de espantarlo y no volverlo a ver. Pero se lo dijo de todas formas.
-Es que... no tengo dieciocho años como te dije... pero... pero los cumplo la próxima semana. Te lo juro.- Se apresuró en contestar antes de que se decepcionara de ella.- Él no se veía molesto, pero sí se había puesto muy serio y ella tuvo miedo.
-¿Estás enojado? Lo siento, es que...
-No estoy enojado, Bruma. Bueno, sólo un poco. Pero, de ahora en adelante...- La miró a los ojos serio y le tomó la mano, ella sintió algo de miedo.
-No quiero que me mientas, Bruma. Nunca.- Ella asintió y él le apretó la mano y se la volvió a besar, le regaló una sonrisa que le devolvió la paz.
-¿Podemos ir al agua en la orilla entonces?- ¿Y cómo iba él a decirle que no? Si se lo pedía de esa forma y con ese entusiasmo de niña, además, él estaba ahí para complacerla y hacer su vida un poquito menos gris.
-Lo que usted diga, señorita.- Se quitó la camiseta y el pantalón, quedándose en traje de baño y ella no fue capaz de disimular el asombro cuando vio su torso, su adbomen plano y marcado, había soñado mucho con sus brazos y ahora totalmente desnudos eran perfectos, fuertes y perfectos. Él se dio cuenta de su impresión y aunque le causó gracia, no hizo comentarios para no intimidarla. Sabía que era inocente y hasta cierto grado, ingenua.
-¿Me ayudas con ésto?- Ella se puso de espaldas ante él para que le aflojara el nudo del vestido que iba amarrado al cuello al igual que el traje de baño. Él respiró profundo cuando ella se alzó el pelo dejando su delicado y blanco cuello al descubierto. Por alguna razón se preguntó cómo sería besarlo y morderlo. Apartó el pensamiento tan pronto como surgió. Tiene diecisiete años, Terrence. Se dijo y al fin le desabrochó el nudo. Entonces automáticamente el sencillo vestido comenzó a descender y él vio toda su espalda, la forma de su cintura, fina, preciosa y cuando el vestido desapareció por completo entonces vio su trasero, ella era delgada y pequeña, su trasero tenía las proporciones correctas, pequeño y respingado, unas nalguitas redonditas y apenas sobresalían un poco del bikini. Se giró de frente y le sonrió con timidez y entonces él quedó embobado con su vientre y lo hermoso que era su ombligo. Ascendió y se fijó en sus pechos, no eran grandes, pero sí llenos, redonditos y perfectos para su cuerpo. Ella era un ángel, hermosa era la única palabra que la describiría y aún así no le hacía justicia.
-Vamos, antes de que lleguen los tiburones.- De la mano se dirigieron al agua. Ella metió los pies lentamente, estaba fría, pero ella no dejaría de aprovechar ese momento y siguieron adentrándose.
-Terrence... ya me llega a la barbilla...-Él se echó a reir. Había olvidado que era bajita y él aún podía seguir caminando a sus anchas. Se acercó a ella.
-Súbete para que no te ahogues.- Se puso de espaldas para que ella se le colgara, pero se quedó quieta, dudando.
-No te dejaré caer. Te lo prometo.- Le dejó un beso tan dulce en la mejilla que la conveció mientras todo dentro de ella vibraba. Él no esperó que ella se lo devolviera y fue su turno de temblar cuando sintió los carnosos y húmedos labios sobre su mejilla. Deseó poder hacer mucho más, pero se controló. Cuando ella al fin se decidió a montarse sobre él, la impulsó de las piernas y los muslos para que quedara bien enganchada a su cintura y así, con ella sobre su espalda caminó un poco más adentro.
-Mira, Terrence, un bote, allá.- Le señaló con entusiasmo como si nunca hubiese visto uno. Todo con ella era tan mágico. Sintió un escalofrío, supo que se estaba enamorando y hasta algo de miedo le dio.
-Mi yate te gustará más. Te llevaré a dar un paseo en él un día, ¿te gustaría?
-¡Sí! ¿Cuando vamos?- Gritó con entusiasmo y su risa le hizo consquilla en el oído a Terrence, en esos momentos él le daba el mundo entero si ella se lo pedía.
-Será el día de su cumpleaños, señorita, ¿o pretende que me arresten por secuestro?- Los dos sonrieron, entonces sería muy pronto. Desde ese momento ella soñaría con ese día.
-Ya se había oscurecido bastante y con dolor había llegado la hora de partir. Terry siguió con ella cargada hasta la orilla y ahí la soltó, fueron hasta el auto. Terry sacó una toalla y ella se dio cuenta que olvidó la suya.
-No puedo dejar que resfríes, Pecas. Sin importar que él estuviera empapado, la comenzó a secar a ella, el momento y la situación eran demasiado íntimos, los corazones de ambos iban desbocados, pero ninguno dijo nada. Cuando Terry fue a limpiarle algo de arena de la cara se le quedó mirando los labios, algo moraditos por el frío, pero apetecibles como siempre.
-¿Te han besado alguna vez, Bruma?- Él no supo por qué se lo preguntó y ella abrió los ojos enormemente. Se puso roja como tomate y se limitó a negar con la cabeza.
-No soy tan linda para eso.- Dijo finalmente con una sonrisa tímida y triste.
-Eres más que linda, preciosa. Y tu boca, por si no lo sabías... está hecha para el beso.- Le soltó suave en el oído y ella sintió cómo la piel se le erizó por completo. Se puso a temblar cuando vio su rostro acercándose cada vez más al suyo, ya se tocaban y los labios de él dejaron un beso en la comisura de sus labios.
-¿Qué día cumples año, Bruma?
-El cinco de Julio- Respondió con desconcierto, luego de una breve pausa para asimilar la pregunta porque la sensación aún latente de los labios de él sobre su piel la había dejado fuera del planeta.
-Ese día tendrás tu primer beso.
-¡Candy! Te estábamos buscando por todas partes. Mira quiénes llegaron de vacaciones.- La abrupta llegada de Lucy y su entusiasmo sacaron a Candy del valle del recuerdo.
-¿Quiénes, linda?- Preguntó con una débil sonrisa para que la pequeña no viera lo triste que realmente estaba.
-¡Pues nosotros!- Entraron los gemelos Grandchester, los hermanos pequeños de Albert y Terry.
-¡Stear, Archie! ¡Qué sorpresa!- Los saludó con alegría, al igual que Lucy, ellos también la adoraban, por tener los tres la misma edad se llevaban de maravilla. Todo con ellos era diversión, no podrías aburrirte jamás en su compañía, de ahí venían las travezuras de Lucy.
-¡Estás guapísima, Candy!- Le dijo Archie, el más coqueto de los dos, castaño con traviezos ojos color miel y un simpático hoyuelo en la mejilla derecha. Era guapo, todos los Grandchester lo eran, era un rasgo característico de esa dinastía.
-No seas adulador, Archie, Candy no te hará la tarta de manzana por más piropos que le eches.- Eso vino de Stear, el más gracioso de los hermanos, el más dulce y tierno también. Tenía el pelo negro y ojos cafés, era muy guapo también aunque con cierto aire despistado y aparariencia a veces adorablemente estrafalaria, un verdadero encanto.
-Bueno, chicos, ya. Vamos a casa y dejen respirar a la pobre Candy. Aprovechemos el sol para disfrutar de la piscina.- Entró Albert para rescatar a Candy de sus atosigadores, pero adorables hermanos.
-¡Piscina! ¡Sí! ¿Puede venir también Candy?- Preguntó Lucy justo en el momento en el que también Terry hacía si aparición tensando a Candy por completo.
-Lucy... creo que eso no será posible, tengo mucho trabajo pendiente y...
-Pero qué trabajo ni qué nada, Candy. No dimos un viaje hasta acá para que nos desaires, ¿verdad, Stear?
-¡Por supuesto que no! Vamos, Candy... ¿a caso no somos tus favoritos?- Stear como un niño le abrazó una pierna y ella no pudo evitar reir.
-Está bien, me convencieron. Pero sólo será un rato, luego tengo que ir a trabajar...- Dijo y se quedó a mitad porque seguramente ellos no sabían que ya no se estaba quedando en la mansión Grandchester.
-¡Perfecto! Así, cuando Terry te vea en bikini se enamorará más de ti y se casará contigo y...
-¡Lucy! ¿Por qué mejor no nos vamos ya? Ya son las tres y treinta y queremos aprovechar el sol- Dijo Terry con fastidio, pero eso no era nuevo, ellos sabían que aborrecía a Candy, aunque desconocían el motivo. Lo que no entendieron fueron los comentarios de Lucy, pero por la cara de Terry prefirieron no preguntar.
Se fueron a la casa y en el camino Candy no pudo abandonar su tensión. En que lío se había metido por no salir corriendo luego de dejar la renuncia. Su deseo de matar a Terry iba en aumento. Ella llegó un poco más tarde que los demás porque se detuvo a comprar un traje de baño, tomó el primero que vio de su talla y se fue a casa, lo hacía por los chicos, por nadie más.
-Candy, pensamos que no vendrías.- Dijo Lucy enfundada en su traje de baño de Monster High y luego de ella la saludaron los hijos de Albert muy alegres, Angie y Willie, dos hermosos rubios de ojos color miel.
-¿Y defraudarlos a ustedes, chicos? Jamás.- Le dio un besito a ambos y se fue a la habitación a colocarse el traje de baño. Cuando se lo colocó, a pesar de no haberse fijado bien en el diseño, le gustó como se veía y decidió salir, al abrir la puerta se econtró con quien menos desearía.
-¿A dónde piensas que vas vestida así?- La miró evidentemente molesto y retratándola entera. Ella no iba a dejar que le arruinara la tarde.
-Si mal no recuerdo... creo que me invitaron a una tarde de piscina... ¿te suena?- Le respondió con sarcasmo y se giró para irse. De espalda, Terry pudo ver que el bikini dejaba bastante de su trasero al descubierto. Eso no iba a permitirlo.
-¡Quítatelo!- Le ordenó halándola bruscamente de la muñeca causándole dolor.
-¿Perdón? ¿Quién eres tú para decidir lo que visto y lo que no? Andas medio confundido últimamente, sabes.- Terry nunca había tenido tantas ganas de degollarla y más cuando se fijó que también sus pechos sobresalían bastante.
-No bajarás así a la piscina. ¡Quítatelo ahora mismo!- Y el mismo Terry comenzó a desamarrarle el top decidido a que quitarle el traje de baño mientras iba arrastrándola hasta la puerta de su habitación.
-¡Suéltame!- Lo empujó y volvió acomodarse el top.
-¿Todo bien por aquí?- Intervino Albert que iba pasando y ninguno de los dos dijo nada, sólo se veían sus miradas furiosas.
-Candy, te ves espectacular. Ven, vamos, los chicos te están esperando. Quieren jugar volleyball.- Albert se la llevó de la mano escaleras abajo mientras Terry los seguía con una cara que nadie quería desafiar, pero lo ignoraron y finalmente llegaron al área de la piscina.
-¡Candy! ¡Qué sorpresa! No esperaba verte aquí. Estás preciosa como siempre.
-Pues yo jamás imaginé verte aquí a ti, Neil. Tienes razón, ¡qué sorpresa!- Le sonrió y le dio la mano, pero Neil la tomó suavemente y se la besó mientras unos ojos azúl zafiro hervían de celos. Apretó los puños y Albert notó todo, no sabía que se conocieran, pero disfrutó el momento, tal vez eso haría finalmente reaccionar a Terry.
-Entonces ya conocen a Neil, es un buen amigo mío. Bueno, a disfrutar de la piscina y el sol.- A propósito, Albert le lanzó el balón a Terry que bullía de rabia y estuvo a punto de asesinar a cierto sujeto durante los segundos que sus labios rozaron la mano de Candy.
-Papá, apriétame más el traje de baño.- Se acercó Tommy, el hijo de siete años de Neil y entonces Candy supo que también tenía un hijo, idéntico a él, precioso y le sonreía a ella con la misma coquetería que su padre.
-Entraron a la piscina de adultos donde Stear y Archie esperaban a Candy y a los demás para jugar. Como Neil fue uno de los primeros en entrar, le extendió la mano a Candy para que entrara y una vez abajo, sin querer sus manos se colocaron inevitablemente en su cintura, fue sólo unos segundos y Candy ni lo notó, fue un gesto muy breve y leve, pero Terry deseó ahogarlos a los dos.
-Vamos, Candy. Te toca el saque.- Dijo Terry lanzándole el balón tan fuerte que por poco le pega en el pecho, pero sus reflejos funcionaron bien y la atrapó. Comenzó el juego y todos reían y se divertían, excepto Terry que jugaba porque no le quedaba más y no disfrutaba de nada por estar pendiente a Candy y a su nuevo admirador que parecía que no tenía a quién más arrojarle el balón que no fuera a ella y ella se lo arrojaba a todos menos a él. Después de un buen rato gozando, Candy se salió un momento para servirse limonada, según caminaba, Neil no perdía detalle del contoneo de su cuerpo, nadie lo notó, nadie excepto Terry que salió detrás de ella unos minutos después.
-¿Crees que no me he dado cuenta?- Se le acercó de pronto asustándola y haciendo que derrame un poco de limonada. Ya se le había hecho costumbre lo de sorprenderla.
-No sé de qué mierda hablas, Terry, y no estoy para ti, si me disculpas... están esperándome...
-¿Te gusta el imbécil de Harrison? ¿Es eso?- La agarró fuerte del brazo y la fulminó con sus ojos, los celos eran casi palpables.
-Quien me guste o me deje de gustar no es tu asunto y suéltame por favor.- Con un movimiento áspero se deshizo de su agarre, pero él no la dejó ir tan rápido.
-No voy a dejarte en paz, Candy. No voy a dejar que seas feliz con nadie, ¿entendiste?- Su rabia era evidente, su pasión también, sobre todo cuando se le acercaba de esa manera y posesivamente se aferraba a su cintura.
-En esta vida, Candy, si no fuiste mía, no serás de nadie más mientras yo viva, eso puedes jurarlo.- Sin que nadie los viera, le dio un ligero beso en la boca dejando un suave mordisco sobre el labio inferior.
-Pensamos que no regresarían. Ya comienza a oscurecer, así que se acabó el día de piscina.- Dijo Albert y la mayoría ya estaban saliendo. Candy comenzó a secarse.
-Papi, ¿aún hay tiempo para ir al cine a ver la película de los Guardianes?
-Claro que sí, Tommy, pero debemos apurarnos.- Le dijo Neil a su hijo con cariño. Debía ser un padre soltero, pensó Candy, como Albert...
-¿Y podemos invitar a Lucy y a Candy?- Candy se quedó sorprendida por la extraña petición y Lucy estaba emocionada mientras que Terry...
-Lucy tiene que descansar. Será en otra ocación.- Dictó Terry y la niña por poco llora porque realmente quería ir.
-¡Vamos! Son las seis de la tarde, claro que puede ir. Además, Candy los acompañará, ¿cierto?- Intervino Albert con toda la intención y Terry lo fulminó con la mirada mientra Lucy brincaba de alegría.
-Bueno... ¿quieres ir, Candy?- Preguntó Neil, pues notó que nadie había esperado su respuesta y no quería que fuera en contra de su voluntad, él no tenía necesidad de forzar a ninguna mujer, todo lo contrario.
-¡Porfis, Candy! Luego te enamoras de Terry, pero ahora... por favor...
-Lucy, no hay nada entre tu hermano y yo. Está bien, los acompañaré, pero sólo porque te quiero mucho, eh.- Le dijo con cariño mientras Terry se retiró hecho una furia y sin siquiera despedirse.
Fueron al cine y la verdad la pasaron muy bien, los niños se portaron excelente y la película, aunque infantil, fue bastante interesante. Neil fue todo un caballero, no insistió en nada ni preguntó de más, tampoco se puso a insinuarse, sólo disfrutaron de una salida familiar con los niños a pesar de su visible interés en ella.
-Gracias por aceptar, Candy. Espero que se repita.- Dijo Neil cuando las dejó a ambas en casa y por primera vez besó la mejilla de Candy. No supo que unos ojos azules miraron todo el panorama. Eran la diez de la noche, acostó a Lucy y pensó en volver al apartamento de Annie, pero estaba tan cansada que decidió pasar ahí la última noche. Todos estaban dormidos, así que ni se enterarían y se marcharía a primera hora en la mañana, con suerte, tampoco la verían irse. Cuando fue a dirigirse a su cuarto se chocó con Terry en la oscuridad llevándose el susto de su vida, gracias a Dios no gritó.
-¿Te la pasaste bien?- Le dijo acercándose con rabia, el olor a alcohol invadió a Candy, también los pasos vacilantes de Terry.
-¡Esto es el colmo! ¡Estás borracho!- Le dijo molesta y apartándolo, pero lo retuvo nuevamente al ver que por poco se caía.
-Claro... porque tú prefieres estar con el imbécil de... Harrison...- Arrastraba las palabras, su lengua se sentía pesada y estaba nuevamente peligrosamente cerca de ella.
-Terry, ven a tu cuarto. Vamos, a dormir. Mañana no vas a recordar ésto.- Lo arrastró como pudo hasta su habitación que estaba a dos después de la suya y entró con él. Levantó la colcha para que él se acomodara.
-Vamos, acuéstate.- Y lo hizo. Pero cayó sobre ella, ambos en la cama y él con todo su peso encima de ella.
-Terry... déjame levantarme... me estás aplastando... Terry...- Terry no se movía, se había acomodado a la perfección sobre ella y cerró los ojos.
-Terry... déjame irme a mi cuarto, levántate.- Lo empujaba, pero no conseguía moverlo.
-¿Por qué? ¿Por qué nunca me eliges a mí, Candy?- Balbuceó con su hablar pesado y arrastrado y se quedó dormido sobre ella.
-¡Dios! Terry, esto no puede estar pasándome.
Continuará...
¡Hola niñas!
Otro capítulo más, espero que les haya gustado. Cuento con sus reviews.
Muchos besos y cariño
Wendy
