Entre el amor y el odio
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 7 Un anhelo profundo
Luego de una hora, Candy se resignó y se durmió. No le fue difícil en el fondo y el tiempo que tardó en quedarse dormida se debió a los nervios y la emoción de tener a Terry sobre ella como había soñado tantas veces. Aunque claro, quitando la parte de que estaba borracho y que la odiaba. Estaba segura de que tan pronto despertara, la sacaría a patadas de su habitación y de su vida, pero en ese momento atrapada bajo su peso, disfrutaría hasta que los rayos del sol decidieran terminar con su sueño. Sin embargo, a las tres de la madrugada quien despertaría primero sería Terry. Abrió los ojos un poco desconcertado, sin poder asimilar porque le había parecido haber dormido tan cómodo, que no se había arropado, pero se mantuvo caliente y cobijado y hasta juró que lo habían abrazado. Entonces aclaró sus ojos para ver en la oscuridad y la vio. Al principio se sorprendió. Estaba con ella, sobre ella... dormidita, inocente, expuesta, confiada... su ángel pecoso. Creyó haber estado soñando, entonces recordó haber tomado de más, recordó verla llegar, recordó que tuvieron una pequeña discusión y de ahí en adelante no pudo recordar más, ¿cómo fue que vino a parar con ella en la cama? ¿Será que...?
Se levantó un poco, suavemente, para no despertarla y vio que ella estaba totalmente vestida, hasta con jeans, entonces no debió haber pasado nada, él jamás olvidaría haber estado con ella y estaba seguro que si no se acordaba cómo fueron a parar así fue porque seguramente fue incapaz de mantener una relación sexual en sus condiciones y de haberlo sido, ella no lo habría permitido. Él nunca era el elegido, pensó.
Siguió mirándola, con los labios entreabiertos, con su respirar pausado y sus rizos esparcidos por la cara, su sostén se había desacomodado haciendo que sus pechos, ahora más llenos que hace tres años sobresalieran un poco de su blusa sin mangas y fina. Se preguntó si Neil habría notado eso y unos celos terribles lo corrompieron, endureciendo su expresión de pronto. Aprovecharía ese momento de su inconcienca y besó con ternura sus ojos cerrados, su naricita pecosa y respingada y al final... rozó a penas sus labios. ¿Cómo podía odiarla y a la vez desearla tanto? Desearla no era el problema, la amaba, no importaba cuánto doliera.
Dormida, ella se relamió los labios, como si hubiera sentido su beso. Él se preguntó si estaría soñando o si en su inconciencia pudo sentir sus labios, si esa relamida habría sido por él. Entonces ella abrió los ojos, así, de golpe y apresurada intentó sentarse, pero el peso de él se lo impidió.
-¡Terry! Al fin despertaste. Déjame irme a mi cuarto. Vamos, muévete.- Lo empujaba, pero él no era capaz del más mínimo movimiento.
-En serio estás conmigo... no lo soñé...- Le dijo mirándola de una manera que ella no entendió. No estaba su odio ni su mirada dura y desdeñosa, la miraba anhelante y ella sintió algo profundo en su alma, especialmente culpa por haberlo destrozado y significar un sabor amargo para él.
-No, Terry, no fue un sueño... te pusiste borracho como tuerca... quise ayudarte a que te acostaras y... te desplomaste sobre mí...- Mientras le explicaba, seguía haciendo esfuerzos por apartarse, pero él no cooperaba, no podía, así de sencillo.
-¿Te importaría levantarte para que me vaya?- Siguió mirándola a los ojos con anhelo y súplica, para nada iba a romper con esa dicha, maldito fuera si lo hacía, maldito y estúpido.
-No, Candy... déjame que me quede así, por lo que queda de noche, al menos... quédate aquí, por favor...- No había broma en su voz, tampoco cinismo ni ese deseo perverso con que siempre la miraba y la ponía nerviosa, había en él una necesidad grande, algo que le hacía tragarse el orgullo y rendirse. ¿Y cómo le diría que no? ¿Con qué fuerzas si ella también moría por lo mismo?
-Terry... sabes que es imposible, que no...
-Te lo estoy suplicando, Candy, no me hagas que me rebaje más, por favor. Sólo unas horas... sólo pido seguir durmiendo así, no te haré daño, lo juro. Será como... como aquella vez... ¿te acuerdas?- Ella asintió, jamás olvidaría ese fin de semana en su yate.
-Está bien, Terry... voy a quedarme contigo hasta el amanecer... pero por favor... y no te ofendas... date un bañito y lávate lo dientes... apestas a alcohol.- Se lo dijo sonriendo, pero a él eso le dio pánico.
-¿Y prometes no huir en lo que me baño?- Le preguntó preocupado y con desconfianza, ella sonrió con malicia, lo cierto era que estuvo tentada en hacerlo.
-No, Terry, no iré a ninguna parte... aquí te voy a esperar.- Le dio un beso en la frente para que se fuera tranquilo, la habitación tenía baño y Terry dejó la puerta abierta para darse cuenta en caso que ella intentara escapar. Pero no lo hizo, se levantó y estiró todos sus músculos, dormir bajo el peso de Terry era divino, pero su delicado cuerpo estaba pagando las consecuencias, le dolía todo, pero fue un dolor que valía la pena.
Comenzó a caminar por la habitación luego de haberse quitado los zapatos porque ni a eso llegó cuando Terry decidió desplomarse sobre ella. Se sentía incómoda vestida aún, pensó en ir a su cuarto y ponerse una de sus pijamas, pero Terry podía pensar que huía y ella misma sabía que si salía, no tendría el valor para regresar. Entonces fue al armario de Terry y eligió una camiseta cómoda, se desvistió rápidamente, antes de que él saliera del baño y se puso la camiseta. Se sentía tan cómoda, a ella le llegaba a medio muslo y las mangas hasta los codos... olía a él y era divino.
-La mandaré a encoger para ti.- La sorprendió Terry parándose detrás de ella y abrazándola desde atrás, un gesto tan íntimo, tan común en las parejas... ¿pero y ellos qué eran? Al estar ella frente al espejo, podía ver el reflejo de él aunque estuviera a espaldas de ella, envuelto en su toalla, con el pelo mojado y ahora el aliento tan fresco como la menta. Que Dios la ayudara a pasar la noche con él.
-Deberías secarte, Terry... es muy tarde... no debiste mojarte la cabeza...
-Sécame tú.- Le soltó quitándose la toalla y extendiéndosela, la cara de ella valía un millón, su mirada atónita... a Terry le sorprendió ese rubor y ese nerviosismo, estuvo casada, no podría ser la primera vez que veía a un hombre desnudo... Apartó el pensamiento, no quiso imaginarla mirando a otro. Ella seguía como una estatua mirándolo, con ese cuerpazo húmedo y su gesto insolente y sobre todo... con su miembro semi erecto... Parpadeó varias veces para concentrar su vista en otra parte que no fuera ahí.
Tomó la toalla y empezó por secarle el pelo, toda nerviosa y Terry disfrutó de cómo se le alzaba la camiseta cuando levantaba los brazos para secarlo, pudo ver parte de sus bragas negras de encaje, también como sus pechos se agitaban mientras le secaba la espalda y entonces cuando fue a llegar más abajo de la cintura...
-Esa parte te la secas tú.- Le devolvió la toalla y él sonriendo se secó, ella tragó en seco cuando lo vio girarse para ir al buró a tomar un bóxer, apreció bien su trasero. Luego se puso una camiseta cómoda y volvió hacia ella.
-Ya no apesto, ¿ahora sí puedo abrazarte y besarte el resto de la noche?- Se le acercó rodeándola y le hablaba en el oído, la erizó completa, él pudo ver sus pezones erectos a travez de la camiseta. La noche sería larga y él tendría que poner su mayor empeño para controlar las ganas inmensas de comprobar si era tan inocente como aparentaba. La arrastró hasta la cama y se recostó del espaldar con ella entre sus piernas y sus brazos enroscados en su cintura. Su respirar le hacía cosquillas en el cuello.
-¿Por qué, Terry? ¿Por qué haces ésto?- Preguntó a punto de llorar mientras ponía sus propias manos sobre las de él que descansaban abrazando su cintura, aferrándose a ese momento,deseando desde lo más hondo de su alma que no terminara jamás. Sin poder evitarlo miró el reloj, ya eran las tres y treinta.
-Porque siempre quise tenerte así. Porque no hay nada más que desee en éste maldito mundo que haber sido yo el que eligieras. Que tu amor no se hubiera rendido y me hubiera esperado...
-Pero, Terry... mi amor nunca...
-Shh. Te dije que no me interesan tus razones, ni ahora, ni nunca. Guárdatelas.- Un par de lágrimas le quemaron el rostro sin que pudiera evitarlo. Si tan sólo él la escuchara. Si entendiera que todavía hoy, su amor por él no se rendía, que él no era el elegido, porque ella nunca tuvo elección, él era su amor, ya estaba selecto desde el día en que lo vio.
-Sólo déjame quedarme así... no te pido nada más. Déjame abrazarte... no te quiero soltar... quiero por unas horas olvidar lo que me hiciste, hacer de cuenta que no te odio... y soñar con lo que pudo haber sido...- Comenzó a besar su pelo, llevaba tiempo deseando poder volver hacerlo, se lo echó hacia un lado para contemplar su cuello y con las yemas de los dedos se lo acarició, le dio sutiles besos que la hicieron estremecerse. Se le quedó jugando un rato con la cadenita. Luego ella se recostó más sobre él y él introdujo sus manos por dentro de su camiseta para abrazarle la cintura, pero haciendo contacto con su piel, ardía por la tentación de subir un poco más y acariciarle los pechos, pero no lo hizo. No habría vuelta atrás si lo hacía ni aunque ella se negara, lo concluiría y eso tal vez no sería de caballeros.
-Me haces cosquillas- Le dijo cuando su dedo jugueteaba con su ombligo y entonces se detuvo, pero por un arrebato de ternura comenzó darle besos por el rostro que de verdad la hicieron reir. Era como si todo estuviera bien, como si siempre hubiera sido así, como si él no la odiara. Luego las manos de él se posaron en sus caderas y de ahí fueron acariciando sus muslos, la caricia era tan íntima y deliciosa, no puedo evitar el cosquilleo que sintió allá abajo muy adentro. Terry no tenía idea de lo dispuesta que ella estaría a entregarle todo esa vez, si él lo quería. Pero ella sabía que luego su corazón no resistiría cuando él recobrara la cordura y con ésta regresara el odio que a diario le profesaba. Sería un golpe muy duro, era mejor soñarlo y no realizarlo. De pronto ella sintió que sus caricias eran cada vez más suaves y que en ocaciones se detenía, se giró para mirarlo y lo vio pelear con el sueño como un niño. Era tan adorable, tan imposible no amarlo.
-¿Quieres dormir ya?- Le preguntó ella y sonrió al ver como él abría los ojos de pronto espabilado. Le asintió y ella se acomodó sobre él.
-No, Pecas, como antes.- Le dijo y se giró para que ella quedara debajo. Se acomodó un poco mejor para no hacerle tanto peso y presión y luego los arropó a ambos.
-Así me aseguro de que no escaparás antes de que amanezca.- Se acomodó y la abrazó, su cabeza estaba acomodada entre sus pechos y pudo sentir sus latidos desbocados. Ella para calmar su nervios le comenzó acariciar el pelo, era tan suave y no se enredaba en lo dedos como el suyo. De pronto se fue lejos en sus pensamientos, sin darse cuenta que se había detenido.
-Sigue haciéndolo, me gusta.- Dijo con los ojos cerrados y llevándole las manos a su pelo nuevamente. Lo siguió acariciando y dejó que su mente emprendiera el vuelo hacia los recuerdos.
-Antes que nada, Bruma... ¿te dieron permiso?- Le preguntó Terry al verla con su bulto preparado y más que emocionada, estaba feliz, pero él no podía olvidar que hasta hace unos días era menor de edad y aunque pieadosamente, le había mentido, él quería que la pasaran bien y no terminar arrestado por el secuestro de una menor.
-Terry... yo tengo tres días que no sé de mis padres... siempre es así... pero no te preocupes... ahora sí tengo dieciocho... mira, he sacado mi carnet electoral.- Ella se lo mostró tapando su nombre con los dedos, pero en la fotografía se notaba que era ella, lo había sacado ese mismo día en la mañana, claramente se veía su edad, estatura, peso, entre otras cosas.
-Bueno, entonces sí nos vamos. Adelante, señorita.- Le sonrió galante y exageró sus gestos educados mientras le abría la puerta de su carro para que entrara.
-¿Es lejos, Terry?- Preguntó luego de ponerse el cinturón y regalándole su hermosa sonrisa y él se fijó en que no se puso camiseta, se dejó el top de su bikini, le encanta como se veía pero entonces pensó que durante el camino los demás también la verían, como el conductor del carril de al lado que no disimulaba y él ya se estaba tensando.
-Ir a donde está el yate no es lejos, sólo media ahora. Pero una vez en el mar, no tendremos prisa. Iremos a Vieques, a Culebra y a donde sea, un fin de semana para nosotros dos.- Él también tenía mucho entusiasmo. En esos días convivirían, la conocería más a fondo, no tendría que dejarla en su casa cada vez que cayera la noche, al menos no por tres días.
-¿Vieques y Culebra? ¡Sí! Nunca he ido...
-Siempre hay una primera vez. Para todo.- Le dijo con cierta sonrisita maliciosa y ella se puso nerviosa y colorada hasta la raíz del pelo.
-Bruma, ¿si te pido algo no te molestas?- Ella lo miró con los ojos bien abiertos pensando que tal vez sería algo descabellado, pero él estaba serio.
-Dime...- respondió con timidez y cierto temor.
-Te ves muy linda, me encantas, en serio, pero... ¿te podrías poner una blusa? No me gusta que te miren.- Se quedó esperando su reacción, que se molestara o se negara.
-Bueno... pensé que te gustaría más así, lo siento...- Se subió los tirantes de su vestidito de jean que colgaban en su cintura y automaticamente su pecho quedó cubierto, él no se había dado cuenta que llevaba un conjunto completo, entonces se había dejado el top visible a propósito, para él, eso le encantó.
-Hey, mírame- Le alzó la barbilla con lo dedos para que lo viera a los ojos y ella lo miró con los ojitos tristones, lo conmovió increíblemente.
-Me encantó, no sabes cuánto y me alegra que lo hayas hecho por mí, eres preciosa, Bruma. El problema es que... los demás también lo saben y te miran... con otros ojos y... lo siento. Si quieres déjatelo como estaba, yo no soy nadie para decirte como te tienes que vestir...- Recordó que no eran nada, que ni su nombre sabía y que no tenía derecho alguno sobre ella.
-Está bien, Terry. No voy a dejar que me miren. Me lo quito cuando estemos en el yate, ¿sí?- Aprovechó el samáforo en rojo y pegó su frente con la suya. Le dio un beso en la nariz aunque ella esperaba otra cosa, su nerviosismo lo dijo, pero no era el momento, no arruinaría la sorpresa.
-Gracias, preciosa.- Con eso se ganó una bella sonrisa de su parte y siguió su camino.
-Ya llegamos.- Le indicó y la ayudó a bajarse. De la mano fueron hacia el chico que cuidaba a Eleanor, el yate y Terry lo saludó con familiaridad.
-Buenos días, Cookie, ella es Bruma.- El chico la miró de más, medio coquetón, era de la misma edad de ella, aunque bajito y flacucho de pelo rojizo.
-Mucho gusto, bella dama.- Dijo Cookie y besó la mano de Candy mientras reía al ver a Terry arder de celos, pero no hizo ninguna escena, no eran nada, hasta ahora.
-El gusto es mío, eres lindo.- Le respondió encantadora porque el chico le pareció adorable, pero a Terry le pareció otra cosa y prácticamente la arrastró hacia adentro del yate una vez estuvo listo para navegar.
-Terry... me duele la mano...- Entonces él se dio cuenta que la había apretado demasiado fuerte, estaba celoso y sólo quería apartarla lo más pronto posible de la vista de todos.
-Lo siento.- Le sobó la mano y luego se la besó.
-Esto es enorme, Terry. Y precioso...- Ella sorprendida miraba todo, la cocina, el comedor, una especie de sala... el baño... tenía jacuzzi... era un sueño. Habían dos puertas más, seguramente las habitaciones.
-Me alegro que te haya gustado, todo a tu disposición, princesa.- Le sonrió y le dio un beso caliente en la mejilla que la dejó en el aire.
-Ahora, Pecosa, vamos a su sorpresa.- La llevó de la mano a uno de los cuartos. Ella temblaba de emoción, a penas podía dar los pasos sin que se le quebran las piernas que sentía doblarse. Entonces la puerta se abrió. Un cuarto pintado totalmente de blanco con una cama de edredón rozado de seda donde habían esparcidos pétalos blancos, las rosas blancas eran pureza y para él ella era eso. Con los mismos pétalos en el suelo de madera pulida estaba escrito "Feliz cumpleaños, Bruma". Encima de la cama había un enorme oso color crema, tan suave como el terciopelo sosteniendo un ramo de rosas blancas y rosadas y un corazón lleno de chocolates Ferrero surtidos. Candy estaba con la boca abierta, a punto de llorar. Jamás en la vida imaginó tanto, tanto detalle para ella, tanto... ¿amor?. Se acercó a la cama y tomó el ramo de rosas y cuando se acercó a olerlas vio algo brillando enroscado sobre una de ellas. Un brazalete de oro en el cual estaba inscrito "Angel" y colgaba una pequeña zapatilla converse. No pudo controlarlo más y lloró. Entonces él se le acercó y la abrazó.
-Es... hermoso, Terry... Gracias.- Se aferró a sus brazos con fuerza y él la apretó más. Le levantó el rostro salpicado de lágrimas y se las enjugó.
-Feliz cumpleaños, Bruma.- La miró dulcemente con sus ojos azules, esos que ella había comenzando adorar.
-Me llamo...- No lo dijo, porque entonces su primer beso estaba surgiendo. Dulce y salado, suave, tierno, como una nube en el cielo soleado. Él la levantó un poco del suelo y la sostuvo de la cintura, era mucho más alto y siguió besándola suavemente, saboreando sus labios para no asustarla, poco a poco se los fue chupando y no pudo describir lo que sintió cuando ella trató de hacer lo mismo, inexperta, pero creativa y con iniciativa. Adorable, perfecta. Poquito a poco comenzó a lamerle los labios hasta que ella suavemente los fue separando y él fue probándola con su lengua lentamente hasta que entró por completo, primero la movía suavemente, enseñándole un ritmo sencillo para que ella lo siguiera, luego fue con más intensidad y escuchó un pequeño gemido por parte de ella. Fue aprendiendo con él y el beso fue el más maravilloso que aún sus expertos labios hubieran experimentado. Por primera vez saboreó la inocencia, la pureza, la inexperiencia y la ingenuidad, todo eso en un beso.
-¡Buenos días haragán! Vamos, levántate, vamos a surfear, hace un día maravi...
Stear y Archie se quedaron de piedra al ver semejante cuadro. Entonces sí se traían algo como o había insinuado Lucy.
-¿Qué? ¿Qué pasa?- Comenzó a preguntar Terry perdido y apenas abriendo un ojo para mirar a sus hermanos que no salían de su asombro y entonces recordó. Recordó más porque ella también despertó. Eran las nueve de la mañana. Ambos se quedaron con los ojos abiertos sin saber qué decir, qué inventar... se les fue el habla y sólo se miraban.
-Yo espero que tengan una muy buena explicación para ésto.
-Albert... yo... eh nosotros...- ¿Qué diablos podía decir? Pensó Candy al ver la cara de los tres hermanos mirándola con esa malicia y apunto de reirse, especialmente Albert.
-Vayan fijando la fecha de la boda.
Continuará...
¡Hola niñas!
¿Qué me dicen de éste capítulo? ¿Les gustó? Espero que sí, ya me lo dejarán saber con sus reviews!
Bonita tarde, preciosas
Wendy
