Entre el amor y el odio

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 16 Destino sin escrúpulos


-¿Hospital? ¿Quién está en el hospital, Terry?- Preguntó Candy alarmada al ver como Terry se incorporó en fracciones de segundos y estaba tomando sus llaves para salir, actuaba, no pensaba.

-Albert. Tengo que irme, Candy, fue algo grave...- Se le apagó la voz, Candy veía cómo se desmoronaba y sintió una opresión en el pecho.

-¿Albert? ¡Dios mío! Voy contigo.- Se apresuró en salir detrás de él, estaría con él en su angustia, además adoraba a Albert, él había sido un gran apoyo en sus momentos difíciles.

-No. Tú tienes que recoger a Lucy en el colegio. Por favor, que no se entere de nada hasta que sea conveniente...- Otra vez vio como él estaba a punto de derrumbarse, pero resistía.

-Está bien, mi amor. Por favor, mantenme informada, ¿sí?

-Sí.- Fue toda su respuesta y le dio un beso en los labios mientras la observaba unos segundos, como obteniendo fuerzas de ella, que lo miraba con esos ojitos que siempre le daban paz, ese toque de ángel que lo hacía sentir invencible.

-Cuídate mucho, Terry.- Ese consejo sonó más bien a súplica, sabía lo impulsivo que era Terry y por nada del mundo quería que él terminara teniendo otro accidente como el de aquella vez... ese que decidió su destino sin querer... una sensación de dejá vu seguida de un escalofrío la recorrió.

-Con tu beso de ángel no me pasará nada, preciosa. Cuídate tú y cuida a Lucy. Cuídate mucho, mi amor, recuerda que puede ser que haya un bebé aquí.- Esas palabras de él vinieron porque fue conciente del recuerdo de ella y en sus ojos leyó el miedo, había pasado y temor en ellos. Volvió a besarle los labios y ella instintivamente llevó sus manos a su vientre donde segundos antes él había tocado. Le sonrió con la ilusión de que fuera verdad que haya concebido a su hijo en esa entrega tan hermosa que tuvieron.

Entonces él se fue y estando ya solo en su carro demostró la gran angustia y la opresión que sentía, su miedo y aquellos amargos recuerdos, esos que le arrebataron su felicidad por tanto tiempo. Pidió a Dios que su hermano no pasara por lo mismo, que no haya sido tan grave. Terry adoraba a todos sus hermanos, pero con Albert siempre tuvo una fuerte conexión, una roca fuerte sobre la que apoyarse y tenía un miedo profundo sobre lo que podía encontrarse cuando llegara a ese hospital. Se fue perdiendo en el pasado sin poderlo evitar.

Terry iba por la carretera, camino a casa, con una alegría rebosante en su corazón luego de ese fin de semana tan especial. El amor lo había golpeado fuerte. Fue un shock a primera vista. Se perdió en la profundidad de sus enormes y tristones ojos. Se enamoró de su luz, de su inocencia, de sus ganas infinitas por cambiarle el mundo. Había pasado la semana anterior al viaje en yate buscando un apartamento para los dos, seguro dentro de su corazón que ella aceptaría y se iría con él, donde cada día él se aseguraría de que fuera feliz, de abrirles todas las puertas que se le habían cerrado. Viviría por verla sonreir, verla cumplir los dulces y humildes sueños que ella le había expresado una noche en su yate.

-¿Qué es esa libreta, Bruma? ¿Tu diario?- Le preguntó él en la habitación que había arreglado para ella en su yate, estaba sentada en su regazo, hojeando una libreta de portada dura y de diseño de animal print, leopardo rosa en ese caso y una coqueta pluma rosa con peluzas y un corazón peludo que se movía al estar sujeto a un resorte.

-Sí. Este es mi diario de los sueños. Se supone que si los cuentas a alguien, no se cumplen, entonces, yo los escribo aquí, así puedo desahogarme y sólo mi libreta y yo lo sabemos.- Giró la cabeza de lado para mirarlo un momento y le sonrió, derritiéndolo por completo y él la cobijó más fuerte entre sus brazos, aspirando su olor dulce e inocente, empapándose de ese cuerpo pequeñito junto al suyo. También crecía el deseo y las ganas de sentirla suya, pero no quería quitarle todavía su aura de niña, aún era muy pronto y ella no estaba lista, él respetaría eso.

-Y... si me compartes al menos uno de tus sueños, el menos imposible... yo podría convertirme en el ángel del sueño y cumplirlo para ti.- La oferta le pareció tentadora, de todas formas pensó que tal vez sus sueños nunca se cumplirían, pues cada vez la arropaba más la oscuridad y su única luz eran esos momentos que pasaban juntos.

-Sabes, me gusta escribir... es uno de mis pocos talentos. Escribí este libreto para una pequeña obra de la escuela. Era una competencia y mi escuela ganó. Es el único premio que me he ganado.- Él estaba enajenado por el entusiasmo de ella, veía sus ojos brillar cuando hablaba, la ilusión de una joven de dieciocho años que a pesar de todo sonreía por la alegría de vivir simplemente.

-¿Entonces te gusta escribir? Las obras... actuación... ¿No te gustaría ver tus ideas en la pantalla algún día?- Le animó él y vio como sus ojos se pusieron enormes y brillaron, fulminantes, la amaba, se dio cuenta de ello en ese instante y se juró que haría que ese brillo permaneciera en esas hermosas pupilas.

-¿En la pantalla? No, Terry, ya eso sería mucho pedir. Es mi libreta de los sueños... son sueños, en mi vida, son sólo eso, sueños. Antes pensé que podrían realizarse, pero ya me bajé de esa nube.- Aunque sonreía aún, él vio como su expresión se apagó, vio el deseo frustrado en sus ojos y unas ganas desesperadas de que no fuera así. El amor lo llevó a poder ver dentro de ella, a sentir y experimentar su dolor, sus alegrías, sus anhelos.

-¿Se te olvida que estás hablando con el ángel del sueño, pecosa?- Le sonrió y ella le devolvió la sonrisa, invadida de ternura, él sabía cómo hacer brillar su mundo, sus estados de ánimo estaban dependiendo totalmente de él.

-Si eso es lo que más te gusta y es lo que quieres hacer... entonces lo harás, cuenta con eso.- Le dijo con total seguridad, sosteniéndole el rostro con ambas mando y disfrutando de la sonrisa dulce que había plasmada en éste.

-No me prometas cosas imposibles, Terrence. No hace falta, yo no voy a quererte menos si no puedes ayudarme a cumplir mis sueños.- La vio apagarse nuevamente. Había perdido sus esperanzas y definitivamente le costaba un mundo confiar, se preguntó si alguien alguna vez le había dado alas y se las había cortado o si sencillamente nunca dejaron que crecieran sus alitas para que pudiera emprender el vuelo y abandonar esa tristeza que la opacaba aún cuando sonreía espléndidamente.

-Usted, señorita, me ofende. ¿Cómo osa subestimar mis poderes?- Candy se rió por la voz que puso Terry, su risa angelical le inundó los sentidos a él, se veía más niña aún cuando reía, cuando le salía tan natural, del alma.

-Déjeme decirle, señorita incrédula, que usted está muy cerca de realizar ese sueño, más de lo que se imagina.- Argumentó él con su adorable arrogancia, esta vez exagerándola un poco a propósito.

-¿Y cómo está tan seguro de eso, Alteza Terrence?- Preguntó ella en el mismo tono y esa vez fue él el que rió, una risa que ella adoraba, que le llegaba al alma.

-Digamos que conosco al dueño de la empresa de telecomunicaciones más grande del país y que bastaría con que yo hable con él para que tu sueño comience a materializarse...- Ella se giró frente a él con la rapidez de un rayo y lo miró con su asombro infantil.

-¿En serio? ¿Tú conoces a alguien que le pueda interesar mis ideas?- Ella no tenía idea que ese alguien era él, que era uno de los dueños, pero no se lo diría de momento, sería parte de la sorpresa.

-Claro que sí, encanto. Seguro que le fascinarán tus ideas.- Ella se lanzó a sus brazos y lo abrazó fuerte sonriendo, como una niña a la que le acababan de dar su juguete más deseado. Ella estaba prácticamente encima de él, una posición un poco comprometedora, pero que su imperturbable inocencia no la dejaba imaginarse el peligro que corría con él estando así y toda la fuerza de voluntad que él tenía que reunir para no hacerla su mujer en ese preciso instante.

-Terry... te quiero mucho. De verdad te quiero, muchísimo. Eres el mejor novio que he tenido.- Le besó los labios sutilmente y se recostó de su pecho, pero Terry se pronto se tensó ante su último comentario e hizo un gesto para que ella levantara la cabeza de su pecho y lo mirara a la cara.

-¿Tú has tenido otros novios, Bruma?- Ella fue la que se tensó en ese momento, sin enteder el por qué de la pregunta.

-No... yo sí me había enamorado alguna vez... pero nunca he tenido novio... digamos que yo era la marginada del barrio y de la escuela, soy.- Aseveró ella y a él se le estrujó el alma con esa revelación. ¿Marginada? Estaban ciegos todos los chicos entonces, pensó. Le dio tristeza ese comentario y hasta se arrepintió de haber formulado la pregunta. Ella ni siquiera sabía besar hasta hace uno días, se sintió idiota por preguntar algo tan ridículo cuando era más que obvio que no había tenido novio o al menos uno que la hubiera besado.

-¿Y tú, Terry? ¿Tú sí has tenido muchas novias?- Fue su turno de tensarse ahora, ella preguntaba inocentemente, aún cuando imaginaba la respuesta, pero aún así preguntó.

-No voy a mentirte, muñeca, he tenido varias novias y he estado con muchas mujeres, no he sido un santo precisamente. Soy un hombre, cielo, soy mayor que tú y he vivido más que tú.- Ella se puso seria de pronto, imaginaba la respuesta, pero aún así le daban ciertos celos infantiles.

-No pongas esa cara, mi amor. Esa experiencia me ha ayudado a diferenciar lo que es un sentimiento verdadero y a ti te quise desde que te vi. No importa las que hayan estado antes, lo que importa es que ahora estás tú, mi ángel y a ti, yo no te cambiaría por ninguna de ellas, ni por todas ellas juntas. Te quiero a ti.- La besó y ella enloqueció con su beso, sintió mil cosas, mucha felicidad, pero seguía un poco seria.

-¿Y eran guapas?

-Lo eran. Pero ni a cien años luz como tú.

-¡Mentiroso! Seguro que eran más lindas y tenían más cuerpo que yo...- Él no pudo evitar reir al ver su carita tan seria y las cosas que estaba diciendo, la vio mirarlo y enrojecer de coraje ante su osadía de reirse de ella.

-¿Más cuerpo, Bruma? Tal vez, pero ahora mismo, el único cuerpo que yo deseo es el tuyo. Me gusta este cuellito tan delicado y blanco, este ombliguito perfecto y muchas cosas más que no necesitas escuchar en este momento.- Ella enrojeció más, pero ya no del coraje y él volvió a darle un beso de esos que le robaban el habla.

-¿Tenían pecas como yo?

-No. Eres el primer ángel pecoso que conosco. Por eso te quiero más, me gustan tus pecas, hasta he separado algunas como mis favoritas. ¿Quieres saber cuáles son...?- Algo traviezo brilló en sus ojos azules y ella se estremeció, pero le ganaba la curiosidad.

-¿Cu-cuáles?- Se animó a preguntar abriendo mucho los ojos. Él se le acercó más, se sentó y se la puso a ella en el regazo, ella se acomodó a horcajadas, para tortura de él, pero sin que hubiera malicia en sus ojos, nada que ver con lo que había en los zafiros de él, tenía que encomendarse a Dios y a todos los santos cada vez que ella tenía ese tipo de gestos tan espontáneos que lo metían en serios aprietos.

-Para empezar, me gustan estas de aquí, que se mueven en tu naricita. Y estas que tienes en estos cachetitos de bebé también son mías. Pero estas que están aquí... me las quisiera comer.- Señaló un par de lunarcitos pardos que sobresalían del nacimiento de sus pechos que su camisilla de manguillos no cubría. La mirada de él fue tan intensa que ella se ruborizó completa, sintió la piel erizársele y sus pezones se endurecieron, él lo notó y algo en su entrepierna también. Fue a darle un beso y ella lo envolvió rápidamente con su boquita carnosa, él fue descendiendo hasta su cuello dejando un cosquilleo y un rastro húmedo que la hicieron experimentar un palpitar y unas punzaditas de dolor en su zona secreta, pero que le estaba fascinando lo que fuera que estaba provocando en ella. Entonces él besó la parte de sus pechos que sobresalían, cumpliendo la fantasía de besarle los pequeños lunares que habían ahí. Ella gimió involuntariamente y se pegó más a él. Fue conciente de su erección y aunque se puso nerviosa, no se alejó. Enroscó más sus piernas en su cintura y dejó que él la siguiera besando toda, que sus manos la tocaran y la exploraran. Las palpitaciones y el dolor abajo era más notable, pero más placentero cada vez, ella le gemía en los labios, entre besos. Él iba tocándole toda la espalda, la cintura, el vientre y subió a sus pechos, los acarició delicadamente y ella se retorció sobre él. Él sabía que andaba en terreno peligroso, pero sus ganas de sentirla y tocarla podían más, sólo al momento que ella protestara se detendría.

-Bruma... ¿Puedo besarte todita? ¿Me dejas?- Le preguntó mientras le comía el cuello y la oreja, ella no fue capaz de decirle que no. Entonces él le quitó la camisilla, viendo por primera vez sus pechos totalmente al desnudo, los besó con hambre y devoción mientras sus dedos recorrían su piel, rozó sus poros alterados por tener la piel erizada y rozó con su lengua sus labios y su cuello. La acostó en la cama y le bajó el short de su pijama, sólo le dejó sus bragas, no quiso llegar tan lejos, no quería asustarla y que le perdiera la poca confianza que le tenía. Entonces fue besándole los pies, le encantaron, pequeñitos, suaves, delicados y con las uñitas pintadas de un esmalte transparente con escarcha. Besó sus piernas delgadas y esbeltas hasta sus muslos, veía como ella disfrutaba de sus caricias y sus besos. Él acarició y apretó sutilmente sus muslos, besó su entrepierna a travez de las bragas y a ambos se les escapó un suave gemido. Entonces él ascendió a su vientre, jugó con su ombligo y lo besó. Se quedó contemplándolo, tan plano y hermoso. Entonces se preguntó cómo se vería redondeado y abultado, llevando en él un bebé de los dos. Entonces en ese momento se detuvo, si no lo hacía y si ella no ponía resistencia, iba hacerle el amor ahí mismo y probablemente saciaría su curiosidad de ver cómo luciría un hijo suyo creciendo dentro de ella. No podía hacerle eso en esos momentos. Por amor a ella se detuvo. Subió un poco, acomodándose encima de ella, lo suficiente para no aplastarla con su peso y le besó la frente y los labios.

-Pronto, mi amor, vas a ser mía completa. Te quiero para mí.- Se recostó en su pecho y ella con cierta timidez le comenzó acariciar la espalda.

-Terry... ¿quieres que sea tuya ahora?- Él levantó la cabeza de golpe y algo brilló en sus ojos.

-Me encantaría, preciosa. Pero este no es el momento, no estás lista aún y...

-En serio, no me importaría si quisieras hacerme el amor ahora.- ¡Dios! Ella estaba acabando con todo su autocontrol, no sabía de dónde estaba sacando las fuerzas para resistirse y no tomar lo que le estaba ofreciendo en ese momento.

-Quisiera hacerte el amor ahora mismo, Bruma, no voy a mentirte, llevo tiempo deseándolo. Pero sé que no estás lista, debes confiar en mí plenamente para que des ese paso. Yo quiero que sea perfecto para ti y en estos momentos, mi cielo, yo no cuento con los medios para protegerte... ¿entiendes?- Ella asintió con tristeza y él lo notó.

-Sí te hago mía ahora, estoy seguro que será hermoso y maravilloso, pero tengo planes mejores para ti, para los dos, sobre todo, ganarme tu entera confianza. Si lo hacemos ahora... sería brincarnos un paso que podría resultar contraproducente en nuestra relación y además, resultar en embarazo. No te mereces eso.- La besó para que cambiara esa carita triste mientras iba imaginando el momento en que la haría suya, pensando en darle una primera vez de ensueño, una con la que seguro ella había soñado y que él estaba más que dispuesto a cumplirle.

-No me importaría embarazarme de ti.- Le soltó de pronto, ella lo sorprendía cada vez más y esa revelación le llegó al corazón y la amó todavía más, por su entrega total y por la forma en que los muros de su desconfianza se iban derribando.

-A mí tampoco, preciosa. Tú serías perfecta para cargar a mi bebé. Pero eres muy joven y necesitas vivir un poquito más, tengo que llevarte poco a poco y lo primero, mi amor, es ayudarte a cumplir tus sueños, luego tú cumples el mío. Ser mi esposa y tener a mi bebé. ¿Harías eso por mí?

-Sí.- Le dijo y lo abrazó, hizo presión sobre él para que se recostara encima de ella.

-Terry, ¿quieres dormir así esta noche? Ya mañana nos vamos... quiero dormir contigo, no te vayas a tu cuarto.- Ella no tuvo que rogarle mucho para que él la complaciera, además, con lo cómodo que estaba sobre su cuerpo y disfrutando de las caricias que ella le hacía en su pelo, era imposible que prefiriera irse a su cuarto a dormir solo, lejos de su cuerpo y su calor. Esa fue la primera vez que durmieron juntos, él sobre ella y sin que pasara nada. De ahí vino su anhelo profundo por volver a dormir así sobre ella ese día en que se emborrachó e inconcientemente se durmió encima de ella, como aquella vez.

-Me llamo Candy.- Fue lo último que ella le dijo cuando la dejó en su casa luego de ese fin de semana, luego de que le hubiera dicho que la amaba. Iba sonriente, perdido en sus pensamientos, ya llevaba media hora de camino cuando su celular comenzó a sonar. Llamada de ella, le brilló el alma y cuando fue a contestar, sólo supo que todo a su al rededor se volvió oscuro, luego de un gran estruendo, un estallido, estuvo conciente hasta ver como su carro se volcaba, un golpe fuerte y abandonó el mundo sumergiéndose en las en las aguas profundas de la incertidumbre, debatiéndose entre la vida y la muerte. Un celular que misteriosamente a penas sólo sufrió unos arañazos en la pantalla sobre la cual podía leerse: Llamada entrante: Bruma, fue rescatado de la escena del accidente cuando llegó la policía seguida de la ambulancia.

Continuará...


¡Hola chicas!

¡Sorpresa! Otro capítulo para ustedes. Espero que lo hayan disfrutado al igual que yo al escribirlo. Este fue otro capítulo revelador, así es cómo irán descubriendo los motivos de la dolorosa separación de dos seres que se amaban tanto. Claro que todavía falta jejeje. Eso seguirán averiguándolo en los próximos capítulos que le faltan a esta historia. ¿Qué pasó con Albert? Esperen a mañana jejejeje.

Gracias a todas por sus mensajes, comentarios, las que han puesto esta historia y las anteriores como sus favoritas, las que las están siguiendo y me siguen a mí y por supuesto, a ustedes que leen de forma anónima. Un beso desde Puerto Rico.

Bonita tarde, muñecas.

Wendy