Entre el amor y el odio

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 23 Vía de escape


El caballero se presentó con su nombre y su apellido mientras seguía extendiéndole la mano, la cual ella seguía renuente a aceptar.

-Usted es muy joven, señorita, además de bella. Dese una oportunidad. No se rinda aún.- Todavía con la mano extendida él trataba de convencerla mientras con disimulo se acercaba un poco más. Ella lo miraba con sus ojos llenos de lágrimas, queriendo confiar en su cálida mirada, en ese cansancio de su rostro surcado por algunas arrugas de haber vivido mucho aunque debía tener unos cincuenta y cinco años, no más de sesenta, le calculó ella, que a sus dieciocho años podía decirse que él la triplicaba en edad.

-¡Aléjese!- Le gritó cuando lo vio dar un paso hacia ella y él retrocedió, pero su mano seguía firme, insistía.

-No voy a alejarme, señorita. Además sé que en el fondo no quiere hacerlo, se necesita mucho valor para lanzarse a ser machacado en la autopista.- Entonces ella miró abajo donde los carros pasaban como almas que llevaba el diablo y supo que era cierto lo que él decía. Jamás tendría el valor, pero también era cierto que no deseaba seguir viviendo. Tomó la mano que se le extendía, temblando, confió, no tenía opción y de todas formas pensó que no tenía nada que perder. Sintió el contacto de la mano de ese caballero, era grande y cálida, suave, como quien nunca ha hecho trabajo forzoso o pesado, lloró más porque sintió la misma calidez y seguridad cuando tomaba la de Terry. Sacudió la cabeza, no quería recordarlo, no iba a recordarlo. El señor a pesar de sus años se adivinaba que había sido muy apuesto en su juventud. Era alto, elegante, tenía gallardía, pero no había altanería en él a pesar de su andar decidido y erguido. Hasta Candy pudo notar cierto sufrimiento en la mirada de él, aún cuando le sonreía afable.

-Ya está a salvo. Si hubiera saltado, yo habría muerto con usted por el dolor y la impresión.- El caballero le mostró su marca paso. Candy se sintió la persona más cobarde y pusilánime del mundo. Iba a desperdiciar su vida mientras el cabellero en cuestión agradecía por cada segundo de la suya. No fue capaz de decirle nada, sólo de mirarlo.

-La llevaré a casa, venga.- Esas palabras le trajeron un sentimiento de dejá vu. Terry le había dicho las mismas palabras luego de que la atropellara y sus ojos reflejaron el mismo pánico de entonces.

-¡No! Yo no puedo...

-Entiendo.- La interrumpió él intuyendo que de casa seguramente vendrían sus problemas y desesperación.

-¿Tiene algún otro lugar a dónde ir?- Llorando a lágrima viva, ella negó con la cabeza y a un lado de su rostro él le vio un moratón, seguramente causado por los zarandeos y lanzadas al piso que le dio su padrastro. Él comprendió.

-Venga conmigo. Le encontraré un lugar.- Ella lo miró con recelo. Siempre pensó que en la vida nadie hacía un favor sin nada a cambio y sabía lo mañosos que podían ser los hombres, su padrastro era el vivo ejemplo.

-Puede confiar en mí, señorita. No la llevaré a mi casa si eso es lo que está pensando. Usted podría ser mi hija o incluso mi nieta. Sólo... permítame ayudarla.- Había sinceridad en sus ojos, su preocupación era genuina. La chica le recordó a alguien que él había amado mucho y que había conocido cuando estaba en los mismos años que Candy.

Candy se fue con él, se subió a su Mercedes sintiendo la misma sensación de dejá vu. Era poco lo que tenía que perder y si su caballero resultaba ser un psicópata, entonces le haría un favor matándola.

A los veinte minutos llegaron a un sencillo hotel y Candy siguió todos los movimientos de él como una autómata. Sin cuestionar, sin fuerzas de nada, simplemente se dejó arrastrar al paso de la corriente. Estaba jugando a la gallinita ciega.

-¿Traes alguna identificación?- Ella negó. La forma en que escapó despavorida no le dio tiempo a tomar nada.

-No importa, de todas formas te he reservado dos semanas a mi nombre. Y hablando de nombres... ¿cómo te llamas?- Ella soltó su nombre en un susurro a penas, hasta articular le resultaba pesado.

-Hermoso nombre, como usted. Bueno, debe estar agotada, yo también. Aquí tiene las llaves de su habitación. Me mantendré en contacto con usted. No tenga miedo ni escatime, pida todo lo que necesite y lo carga a mi cuenta. Le aconsejo que coma algo. Seguro que sus mejillas lucirían más hermosas con algo de color.- Le dio la misma sonrisa cálida y ella sólo se limitó a asentir, pero fue capaz de darle una triste y forzada sonrisa.

Candy tomó el elevador y fue directo a la habitación que le fue asignada. No era un hotel de lujo, pero era acogedor, elegante y hermoso. La habitación era la más bella y cómoda que hubiera tenido jamás. Se lanzó a la cama, eran tan cómoda, mullida. Le recordó a la cama del yate... ¿Por qué todo tenía que recordarle a él? Se puso de pie y se quitó el sencillo y bonito vestido en tono turquesa, había sido regalo de Terry y era por el momento lo único que llevaba consigo, pero no le importó. Fue al baño y era grande, cómodo, con una enorme bañera. Habían productos para lo que prometía un muy relajante baño.

Llenó la bañera por completo y echó lo que le pareció ser jabón. Se dio cuenta que con sólo un poquito hacía bastante espuma. Se hundió en el agua y entre lágrimas rió y jugó con las burbujas como una niña. Por las ironías de la vida. Hacía unas horas había estado en su mugrosa casa a punto de ser mancillada por el ser más repugnante de la faz de la tierra y ahora estaba en la bañera de un hotel, disfrutando de un baño de burbujas. Rió con sarcasmo e ironía. Pero los recuerdos eran inevitables. Una semana atrás había estado de esa misma forma, en el jacuzzi del yate de Terry. Fue lo más hermoso y erótico que le había pasado en la vida. No quería pensar en él, en serio no quería, pero...

-¿Entras?- La invitaba Terry al jacuzzi burbujeante y ella lo miraba con timidez, no sabía si debía. Pero la tentación era grande y además era una oportunidad que no se veía todos los días. Se acercó y cuando iba a entrar, él la ayudó tomándola de la cintura. Era cierto que aún tenía su bikini, pero la situación era tan... erótica porque no cabía otra palabra. Ella se sentó en el murito que quedaba en frente del suyo, se miraban de frente y el agua a ella le llegaba al pecho.

-¿Por qué tan lejos, mi amor? Ven aquí conmigo.- Con sus manos se palmeó el regazo, indicándole que se sentara sobre él. Ella sabía que era terreno peligroso, pero allá iba. Además, estaba más que dispuesta a entregarse a él si se lo pedía.

-Así esta mejor.- Le dijo abrazándola por la cintura y acomodando la cabeza en el hueco de su hombro. Su respirar le hacía cosquillas que la estremecía y le erizaba la piel. Ella comenzó a mover los piesitos en las burbujas y al hacerlo, era inevitable que sus piernas se levantaran un poco y le dieran una buena vista de sus muslos húmedos y brillantes en donde resbalaba la espuma. No pudo evitar acaraciárselos y le dio besos en el cuello viendo como se arqueaba.

Llenaba espacios inimaginados

un sólo beso lo podía todo

hacía que el mar de algún extraño modo me hiciera caso

llegaba a sitios donde nunca antes

había pisado corazón alguno

el paraíso de los inmortales lo vimos juntos

Mientras seguía repartiendo besos en su cuello, acariciaba su espalda, moldeaba su figura y luego la giró de frente a él, quedando a horcajadas.

-Me encantas, Bruma.- Se apoderó de sus labios en un beso ardiente, de esos que la dejaban temblando. Mientras la besaba acariciaba sus muslos y caderas y los movimiento sutiles de ella sobre él lo estaban volviendo loco. Ella echó la cabeza hacia atrás para que él pudiera disfrutar de su cuello a plenitud y dejó que le acariciara los pechos sin objeción alguna, su cara extasiada valía un millón.

-Te doy una semana, Bruma. Una semana para que recojas tus cosas y vengas a vivir conmigo. Te necesito conmigo. Quiero hacerte mía.- Le decía ronco y jadeante sin dejar de besarla ni tocarla y ella se había quedado incapacitada, a penas era capaz de gemir por sus besos y sus caricias.

Era capaz de transformar la luna

en un espejo para ver su cara

llenar de estrellas una noche oscura

con su mirada

el sólo roce de su piel de seda

y esa manera tierna de acercarse

podían hacer que yo me convirtiera

en presa fácil

-Terry... yo no quiero regresar a casa nunca, por favor... llévame contigo desde ya. Seré tuya, ahora mismo si lo deseas.- Le suplicaba envuelta en sus besos, con los mismos jadeos y enroscada a su cintura, rozando descaradamente su erección.

-Entonces te llevaré conmigo. Pero al menos déjame hablar con tus padres, quiero hacer las cosas bien, los enfrentaré y te llevaré conmigo.- Le decía mientras la besaba y tocaba como un desesperado. Le quitó el top del bikini para acariciar sus pechos.

-Bruma, tengo tantas ganas de hacerte mía, no sabes cuántas. Pero si te hago el amor ahora... sé que te lo haré toda la noche y todo este fin de semana y... es tan probable que te deje embarazada. No es justo para ti ahora...- Decía sin saber de dónde obtenía el valor porque seguía tocando su cuerpo desenfrenadamente, besándola hambrientamente.

-Hazlo, Terry. No importa. No me importa si me embarazas, por favor...- Ella se moría por ser suya, por pertenecerle a alguien y él deseaba hacerla suya también, pero tenía la madurez suficiente para saber que no era el momento indicado para dejarle un embarazo cuando faltaba tanto por conocer uno del otro y porque apurar demasiado las cosas no llevaba a nada bueno, su hermano era el ejemplo de eso. Dejó que Elsa lo arrastrara y fue testigo de hasta dónde habían ido las cosas. De no haber sido él un hermano leal, habría sucumbido a las artimañas de esa arpía.

Nunca imaginé

que se podía amar así

el cielo estaba al alcance de sus labios

nunca imaginé

que alguien así podía existir

alguien capaz de transformarme en un esclavo

nunca imaginé

que de la forma en que llegó iba a marcharse

el día menos pensado

mi corazón entre sus manos

-Sabes que no puedo hacerte eso, preciosa. Te lo prometí. Primero tus sueños y luego los míos. Llegaremos domingo... el mismo lunes te llevaré conmigo luego de que hable con tus padres... y te prometo que apenas pongas un pie en nuestro departamento... vas a ser mía... voy hacerte el amor en todas las partes de la casa... las estrenaremos todas.- Le dijo rompiendo el beso porque si no, lo que iba a romper eran todas sus promesas. Ella no insistió, sabía que él tenía razón y que ella estaba actuando sin sensatez, dejándose llevar por la pasión del momento.

-No creo que haya en el mundo otro hombre como tú, Terry. Otro ya me habría...

-Pero yo no soy otro. Estoy aquí para acerte feliz.- Le dijo callándola con un dedo sobre sus labios y perdiéndose en el verde de sus ojos. La conversación profunda que estaban teniendo hizo que sus cuerpos se aliviaran un poco y se mantuvieron abrazados. Mirándose uno a otro.

Era capaz de transformar la luna

en un espejo para ver su cara

llenar de estrellas una noche oscura

con su mirada

el sólo roce de su piel de seda

y esa manera tierna de acercarse

podían hacer que yo me convirtiera

en presa fácil

Candy abrió los ojos, sacó la cabeza de la bañera, despertando el recuerdo y volviendo al presente, a la realidad, a esa semana de desengaño y promesas rotas. No podía comprender por qué Terry la había dejado atrás de esa manera, sin una llamada, sin explicación, simplemente se esfumó. Su madre se había burlado muchas veces de la situación, pero ella ni siquiera llegó acostarse con él, aún en los momentos más ardientes él sacó fuerza de quién sabe dónde y la respetó. Sus detalles no habían sido los de un hombre que sólo quisiera echarle un polvo como había expresado su madre, ya que ni eso hubo.

-Entonces supiste fingir muy bien, Terry. Y yo fui la tonta del siglo.- Se dijo a sí misma en medio de unas lágrimas que parecían no tener fin.

Nunca imaginé

que se podía amar así

el cielo estaba al alcance de sus labios

nunca imaginé

que alguien así podía existir

alguien capaz de transformarme en un esclavo

nunca imaginé

que de la forma en que llegó iba a marcharse

el día menos pensado

mi corazón entre sus manos

Terminó de asearse y se secó. Se puso un albornoz porque era lo único que había disponible. Se sentó en la cama y se quedó observando el teléfono. Coqueteó con la idea de tomarlo y marcarle a Terry. No conocería el número y si contestaba, al menos a ella le serviría para comprobar que era especificamente a ella a quien no quería contestarle. Se armó de valor y marcó, pero esa vez ni siquiera sonó. La llamada fue desviada al buzón de voz inmediatamente. Quiso dejar un mensaje, uno de tantos que había dejando sin obtener respuesta, pero el nudo en la garganta le ahogó la voz. Se convenció de que él no quería ser encontrado y lo aceptó. Se rindió. Aunque por alguna razón siguió marcando cada día durante las dos semanas que estuvo en ese hotel.

-Lo siento tanto, Candy. ¿Quién iba a imaginarse que yo tendría ese accidente? Sólo puedo decirte que ahora... ahora comprendo que fue mejor así porque... si nos ponemos a pensar... tal vez si te hubieras ido conmigo ese mismo día... yo hubiera tenido el accidente de todas formas y si tú hubieras estado conmigo en ese momento... tal vez no habrías corrido con suerte...- Se estremecieron ambos de sólo imaginarlo y más aún porque se encontraban precisamente en la bañera, sólo que hoy, ahora y estaban juntos, con planes de boda y un bebé en camino.

-Eso no lo digas, mi amor. Ya estamos juntos y yo confío en ti. No habrá nunca secretos ni misterio entre nosotros. Y lo más maravilloso es mi hijo. Gracias por este bebé, Terry. Cumpliste mis sueños, cumpliste tus promesas aún cuando... me odiabas...

-Yo nunca te odié, Candy. No se puede odiar a un ángel.- Le dijo besándola y luego se quedó horas muertas besando su barriga. Vertía chorritos de agua en ella y con la espuma le hacía dibujitos mientras ella continuaba con el relato.

El caballero había ido a visitar a Candy todos los días durante las dos semanas que se estuvo quedando en el hotel. Habían comido juntos, habían platicado y Candy se abrió completamente a él, le contó toda las angustias que le estaban consumiendo. Algo en él la hacía confiar. Le había dejado dinero para que se comprara algo de ropa luego de verla dos días corridos con el mismo vestido. Ella no quería aceptar, pero ya le gente la miraba raro por no cambiarse, así que aceptó, total, ya él le había dado muchísimo más que eso. Era el último día que le quedaba en el hotel, al día siguiente se cumpliría la segunda semana reservada y él había quedado en hablar con ella en una cafetería cercana.

-Bien, señorita, la cité aquí porque necesito que me escuche con atención y por favor, no se asuste con lo que le voy a...

-No se preocupe, no tiene que decirlo. Sé que debo irme... de todas formas yo quería agradecerle por...

-¡Qué manía de no dejar a uno terminar tienes!- Exclamó él sonriendo y ella también sonrió avergonzada.

-Lo que quería decirte es... suena descabellado... pero es la solución más rápida que tengo, niña. No me queda mucho tiempo y no quiero dejarte desamparada por el mundo. Si voy a morirme... al menos quiero asegurarme un rinconcito en el cielo.- A ella se le aguaron los ojos. Siempre se preguntó por qué las personas nobles y buenas tenían siempre trágicos finales.

-Cásate conmigo, Candice.

Continuará...


¡Hola!

Pues yo aquí otra vez, con un nuevo capítulo y deseando que tengan un feliz sábado. Bueno... seguimos aclarando misterios aunque algunas ya desean matarme por no decir quién es el dichoso viejo jejeje... ¿Pero por qué el apuro? jajajaja. Pronto se sabrá quién es, me he reído bastante con todas sus especulaciones... veremos más adelante de quién se trata... el misterioso testamento que según Albert se leería en un año, cuando Terry cumpliera treinta y ya casi los tiene... También lo más emocionante... la boda... el nacimiento del o la bebé o los bebés, quién sabe... y por supuesto, un fabuloso epílogo... pero falta un poco para eso... quedan algunos capítulos...

Gracias por el apoyo, preciosas. Hasta mañana.

Wendy


Canción de Candy y Terry: "Nunca imaginé" De: Tommy Torres