Entre el amor y el odio
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 24 Decisiones
¡Cásate conmigo! Esa frase de pronto pareció perder significado en cualquier idioma para Candy que no salía de su estupor.
-¿Cómo?- Preguntó con los ojos bien abiertos y el rostro totalmente desconcertado.
-Escuchó bien, señorita Candice. Cásese conmigo, le prometo que...
-¿Se ha vuelto loco? Si ya lo decía yo; nadie hace nada por nadie de gratis. Yo habría esperado alguna propuesta indecente... algún indicio de perverción... y no lo vi... pensé que usted era diferente... resulta que es igual a todos...- Estaba alterada y soltaba todo a borbotones, las demás personas miraban hacia su mesa con curiosidad y él sólo esperaba el momento en que ella se calmara y se callara.
-Cálmese, Candice. Escúcheme, por favor. Le aseguro que no hay ninguna doble intención en mi propuesta. No tengo ningún deseo carnal ni lujurioso hacia usted.- Ella lo miró con duda, pensando en lo cínico que era.
-Seré totalmente sincero con usted, le ruego me escuche.- Se aclaró la garganta y prosiguió.
-No me queda mucho tiempo, Candice. Mi corazón cada vez está más débil. Mi vida se reduce con cada soplo. Sólo me quedan un par de meses...- El dolor se reflejaba en sus ojos, no por no querer partir, sino por todos a los que dejaría atrás.
-Quiero ayudarla. No quiero que siga sola y desamparada en este mundo. Yo tengo demasiado y ahora que pronto he de partir, no podré llavarme nada conmigo, excepto todo el bien que haya hecho por los demás. Quiero que usted sea mi heredera, Candice.- De la lástima, Candy pasó al asombro, a lo inverosimil de la situación.
-¿Su heredera? ¿Por qué querría usted hacerme su heredera si a penas me conoce? Ni siquiera sabe si...
-La he conocido lo suficiente como para elegirla. Los planes que tengo para usted van a cambiar su vida para siempre, tendrá la vida que usted merece, Candice. Sé que usted no es apegada a lo material, me he dado cuenta, estuvo dispuesta a abandonar sin mirar atrás, sin aferrarse a nada, eso la hace perfecta para mis planes.- Candy cada vez entendía menos, pero al menos ya no estaba alterada y lo escuchaba con atención y claro, con incredulidad. ¿Cuántas promesas no le habían hecho ya? ¿No había confiado y la dejaron en el aire como la tonta más grande el planeta?
-¿Pero por qué casarnos? ¿No podría simplemente...?
-Me pasó por la mente, Candice.- Expresó adivinando su pregunta.
-Pensé en reconocerla como hija o adoptarla, pero... usted ya es mayor de edad, no es fácil adoptar a alguien luego de los dieciocho, además, tendrían sus padres que estar dispuestos al cambio de apellido y es un proceso un poco largo y tedioso, yo no dispongo de ese tiempo, Candice. Puede que mi vida se apague en el proceso.- Otra vez volvió a invadirla la compación por él, debía ser duro vivir sentenciado a muerte.
-Si se casa conmigo, cuando yo muera, usted podría heredar automáticamente y nadie podría hacer nada por evitarlo. Es la manera más rápida y segura. Tengo otros dependientes, Candice, que no sé si la aceptarían o intentasen al momento de mi muerte impugnar el testamento sólo porque usted apareció de la nada. Acepte, Candice. Sé que lo agradecerá luego.
-Pero... si tanto desea ayudarme... ¿por qué simplemente no me nombra en su testamento con una pequeña parte? Yo no necesitaría más y seguramente lo que sea que usted me ofrezca será más de lo que yo podría tener en toda mi vida.
-Le dije que tengo planes para usted, señorita. Haré ciertos cambios en el testamento, pero usted debe casarse conmigo antes. Sé bien que usted sería capaz de desaparecer sin dejar rastro si lo hago de otra manera, conosco su naturaleza desinteresada y las pocas ganas que tiene de aferrarse a algo. Sé que le han arrancado esa ilusión. Lleva esa decepción en la mirada.
Entonces a ella se le aguaron los ojos. Él tenía un don para ver a travez de su alma. Tenía la habilidad de desnudarla. En esas casi tres semanas no había dejado de sangrar por Terry. No había pasado ni una sola noche sin llorar, pero cada día que pasaba, se convencía que él ya no regresaría. Que sólo había sido alguien de paso y que al menos tuvo la decencia de dejar algo de alegría en su vida gris.
-Entonces, Candice, ¿acepta?- Ella se quedó titubeando y de pronto se agachó bajo la mesa aterrada. El mundo tenía casualidades malditas. Por la acera en que se encontraba el café en que conversaban, iba pasando su padrastro. Cuando se aseguró de que ya se había alejado, volvió a su silla llorando y temblando.
-Acepto. Me casaré con usted.- Respondió desesperada.
-Yo salí del coma al día siguiente que te casaste...- Expresó Terry con dolor y pesar.
-Todo fue tan injusto, Terry... realmente no tuve opción. Quería esperarte. Soñé durante todas esas semanas que volverías por mí... que no podía ser real el que me hayas dejado atrás luego de tantas promesas... pero cada día que yo pasaba sola y desamparada... era un día más cerca de la muerte que tenía. Porque ya estaba despedazada... ya había llegado al límite del sufrimiento y tu abandono fue lo que terminó de destruirme... porque tu llegada a mi vida fue lo que la cambió, lo que me dio luz y de pronto... de pronto ya no existías más.- Lloró amargamente como si se encontrara aún en ese tiempo, el dolor la atrevezaba como si fuera reciente, pero sentir sus fuertes brazos enroscados a su cuerpo le hacía ver la diferencia de la realidad.
-Yo también sufrí tanto, Candy. Yo quería todo contigo... cuando desperté y me enteré de eso... yo deseé haberme muerto en ese accidente. Nunca en la vida, Candy, luego de la muerte de mi madre, había experimentado algo tan doloroso. Sentí como si hubiera vivido un castillo de mentiras... que tu mirada tan transparente y dulce me había engañado... que te fingiste tan inocente... y fue a partir de ese momento que lo único que deseé fue poder odiarte, odiarte con todas mis fuerzas para poder sacarte de adentro, para borrar ese desengaño.
La abrazó con más fuerza, para deshacer el escalofrío que le provocaba sólo recordar esos momentos. La giró de frente a él para poder mirarla bien y darse cuenta que era real lo que estaba viviendo, que ella estaba ahí con él, que no era un sueño. Que tenía su cuerpo aferrado al suyo como siempre debió ser, como dos piezas de rompecabezas. Eran sus labios los que estaba besando y eran reales. Ella estaba ahí, sería su esposa y tendría a su hijo.
-Ahora no te dejaré ir nunca más, Candy. No pienso separarme de ti ni un sólo segundo. No quiero que tengas otra elección en esta vida que no sea yo.- La besaba como un sediento mientras la tenía colgada a su cintura, en la posición perfecta para los dos, porque siempre caían así, porque para eso habían estado hechos, para encajar uno con el otro y estar fundidos por siempre.
-No volvería a separarme de ti nunca, Terry. Te esperaría mil años más si sé que estaré junto a ti. Nací para ti. Nunca quiero volver a tomar otra salida que no seas tú. No quiero creer en otras palabras, en otras promesas que no sean las tuyas.
Se besaban como si no quisieran desperdiciar ni un minuto de poder estar juntos y pertenecerse. Es que eran como el agua, su amor era como el agua, algo con lo que no podrías vivir si faltara. Porque siempre en sus momentos más divinos, el agua estaba cerca, la playa, el mar... recuerdos de bañera y jacuzzi, su amor era vital para los dos, como ese momento en que seguían en la bañera, paracía que iban a gastarse, pero lo cierto era que se regeneraban con cada encuentro.
-No vuelvas a cambiarme por nadie, Candy, nunca. Elígeme a mí siempre. Siempre piensa que aunque no me veas... estaré siempre esperando por ti en cualquier lugar.
Tornó su beso en uno ardiente y se encajó perfectamente en su interior, suavemente, sus cuerpos habían estado diseñados el uno para el otro. Él la amaba dulce e intesamente. La exploraba con su boca y sus manos como si fuera siempre la vez primera. Saboreando todo de ella y ella siempre se había entregado a él sin reservas. Se dejaba amar de todas las formas que él conociera y ella también lo amaba. Era alucinante la suave danza de sus cuerpos unidos, convertidos en uno. Cada caricia era tan conocida y a la vez tan única.
-Voy hacerte el amor todos los días de mi vida, Candy. Todos los días, todas las veces y todos los momentos que pueda. No volveré a reservarme nada para después, después siempre puede ser demasiado tarde y yo... nunca más voy a guardarme nada.
La tenía tan sujeta, le daba tantos besos y no paraba de moverse en su interior, ni ella.
-Quiero todo de ti, Terry. Quiero que siempre vuelvas a mí. Que nunca... nunca dejes de amarme de esta manera...mmm...- Ella no entendía por qué de pronto todo se volvía más divino, más placentero. No alcanzaba a entederlo en su mente humana, era sólo sentir, sólo eso, amar y sentir.
-Lo tienes todo, Candy... desde que te vi te quedaste con mi corazón, con mi vida. Todo lo que soy es tuyo.- Extasiados ambos, pudieron alcanzar la cúspide del placer juntos. Entonces Terry se encargó de bañarla él mismo. Tomó una suave esponja y vertió jabón. Había que ver la ternura inmensa con que la enjabonaba.
-Quiero que estos momentos sean los que formen nuestra vida diaria, Candy. Prometí que iba a consentirlos como nunca.- Se la sentó en el regazo para enjabonarla parte por parte. Con adoración y devoción. Vertió un poco de agua sobre su pelo y luego aplicó un poco de shampoo, ella fue a lavárselo ella misma, no confiando en sus habilidades y porque además su pelo era bastante largo y abundante.
-Déjame a mí, Candy. Siempre he querido hacerlo.- Y ella se sintió en la gloria por la forma tan divina en que él frotaba su cuero cabelludo, cuando sus largos y suaves dedos se introducían en su cráneo y a veces producían cosquillas en su cuello. Cerró los ojos, la sensación era tan placentera.
-¿Te gusta, mi amor?- Ella asintió con los ojos cerrados, su expresión era cien por ciento éxtasis.
-Terry... quiero que sepas que... no te cambiaría por nadie. Eres perfecto para mí, te amo con todos tus defectos porque sólo tú puedes lograr que me parezcan perfectos.
Él le enjuagó el pelo y luego se lo echó hacia un lado para que su cuello quedara despejado y dejar en él un beso. Candy fue a tomar el acondicionador, pensando que como hombre él no pensaría en ese detalle, pero a penas estiró su mano hacia el pote de acondicionador, él ya lo había tomado y vertió gran cantidad en su mano para aplicárselo a ella.
-Deja que el maestro se encargue, Pecas.- Siguió masajeando su pelo notando cómo se hacía más suave cada vez. Luego se lo enjuagó y la enjuagó completa a ella. Hizo que se pusiera de pie y la envolvió en una toalla.
-Ahora sécate bien y vístete, mi amor. No quiero que se me resfríen. Yo iré con ustedes en unos minutos.- Le abrió la toalla un momento para dejar un beso en su vientre.
Cuando Terry salió del baño, Candy estaba esperándolo con dos tazas de chocolate y panecillos con mantequilla.
-¿Por qué no me dijiste que todavía tenías hambre, cielo? Si quieres puedo comprarte algo de...
-No, mi amor. Es sólo un antojito para los dos. Aún falta más por contar... hay cosas que aunque ya las sepamos... en su momento causaron mucho dolor y quiero que nos las saquemos todas de adentro, quiero sacarnos todas esas espinas. Es un nuevo comienzo para los tres.- Dijo sonriendo y señalando su barriguita, se puso un pantalón de pijama largo, pero la camisilla era de manguillos y muy corta, a penas llegaba más abajo de los pechos para que Terry tuviera total acceso a su vientre como había solicitado.
Se sentó a su lado en el pequeño sofá de la habitación y se dedicó a darle cariño a su bebé mientras ella le daba panecillos en la boca y hasta los sorbitos de chocolate.
-Tres... pronto seremos tres. Quiero que nazca ya... y me pregunto... qué será...
-Los meses se pasarán volando, mi amor. Pronto llegará nuestro ángel, no importa si es niño o niña... aunque siempre he imaginado un niño como tú.
-¿Un niño? ¿Crees que sea un niño?- Preguntó dándole muchos besos y sin dejar de acariciarlo.
-No lo sé, mi amor. Me gustaría, pero que sea lo que Dios quiera.
-No me importaría que sea una niña... y podríamos llamarla Ángela...
-Le llamaremos como tú digas, mi amor. Es tu bebé. Aunque yo quería que si es niño por ser el primero llevara tu nombre...
-¿Te gusta mi nombre?
-Sí. Pero si quieres que se llame Ángel, entonces ese será su nombre.
-Podríamos ponerle ambos nombres y lo llamamos Ángel para que no se confunda conmigo.
-Buena idea.
Ya habían terminado los panecillos y el chocolate y Terry se había recostado sobre el regazo de ella, su rostro pegado a su vientre mientras ella le acariciaba el pelo. Era la vida que siempre había querido, por eso le había parecido una mentira cuando llegó a su mente el recuerdo de su boda.
Candy contemplaba el sencillo vestido con el que se casaría por unión civil. Lo tenía extendido sobre la cama de hotel. Lo miraba con lágrimas, con cierto desdén. Era color crema, lijero, de manguillo y largo hasta los tobillos, ceñía bien su figura, era sencillo, pero elegante. Lloraba porque no era esa su idea de una boda y tampoco el novio era que el que había habitado en sus sueños.
Ella había soñado con un vestido blanco, el más precioso que pudiera existir, que a Terry le faltara el habla cuando la viera encaminándose al altar. Que tuviera una larga cola y un hermoso velo. Lo veía a él impaciente junto al que fuera su padrino, con su smokin impecable y con su rostro de ensueño, sonriéndole, esperándola. Trató de imaginar quién la encaminaría al altar, no hubo nadie que se pudiera imaginar, pero lo importante era que él estaba ahí, de pie y la esperaba. Que ambos gritarían a los cuatro vientos un: sí, acepto y que al ser declarados marido y mujer se fundieran en un apasionado beso que hiciera sonrojar al cura. Que bailaría el vals con él, con el que fuera su suegro y con todos los hermanos que en algún momento él mencionó que tenía. Que más tarde abandonarían la fiesta a escondidas para entregarse a ese momento que tanto habían esperado y seguramente él le daría una primera vez de ensueño. Sonrió porque era muy probable que con las ansias que se tenían ambos, ella no hubiera llegado virgen al matrimonio, pero estaba segura que sería una noche de bodas de ensueño, sabía lo detallista que era Terry.
Lo imaginó siendo tan tierno, desflorándola con ternura, como en esas novelas que había leído. Que le diría te amo luego de hacerle el amor y que al final se quedaría dormido sobre su cuerpo. Imaginó que al día siguiente encontraría una nota perfumada con una flor luego de que el olor del desayuno la despertara. Que en pocos meses le daría la noticia de la espera de su primer hijo. Se imaginó un hermoso niño con los ojos azules en sus brazos mientras Terry acariciaba su vientre en donde se encontrara el segundo fruto de su amor, porque estaba segura, tendrían muchos niños.
Pero nada de eso pasó. Candy se casó en una pequeña oficina con un señor mayor, noble y moribundo que sólo quería ayudarla a dejar atrás su miseria. Sólo había una pareja mayor como testigos, traídos por él. Por supuesto no habría noche de bodas, ni notas perfumadas al día siguiente y mucho menos un bebé.
Ella volvió a su hotel y una semana después él la llevaría a su casa a conocer a la familia, a la casa que sería de ella también y esa semana llegó volando. El gran día llegó aún con más rapidez.
-Les presento a mi esposa, Candice White de... ¿Candice? ¿Candice? ¡Reacciona!- Gritaba él pobre señor desesperado luego de que ella cayera en sus brazos como una hoja seca...
Continuará...
¡Hola niñas!
Más revelaciones jejejejeje. Bueno, pero Roma no se hizo en un día. Hay que ir de a poco jajajaja. Las que han hecho especulaciones y apuestas sobre quién es ese misterioso caballero... tengan cuidado jejejeje. Las cosas no son siempre lo que parecen... y cuando muy pronto ese testamento se lea... (bueno, esperen para saberlo).
Muchas gracias por el apoyo y por la paciencia, sé que quieren matarme, pero no es mi culpa que ustedes sean tan desesperadas jajajaja. Estamos cerca, muy cerca de descubrir toda la verdad, más cerca de lo que piensan, se los aseguro.
Estaré esperando sus reviews que estoy segura que me matarán... pero bueno... tomaré el riesgo... jajaja
Las quiero, preciosas. (Confíen en mí)
Wendy
