Entre el amor y el odio
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 25 Desencuentro
La acostaron en el primer sofá disponible. Todos observaron la escena preocupados. Luego de varios zarandeos ella al fin reaccionó.
-¡Candice! ¿Te sientes bien?- Preguntó el pobre hombre preocupado mientras ella se sentaba lentamente y abría los ojos.
-Sí... yo... es que...- Sólo podía concentrarse en los ojos azules que jamás pensó volver a ver y mucho menos en esas circustancias. La miraban primero con asombro, luego con dureza, hasta con odio, pensó ella. Pero... ¿Tenía él derecho de reclamarle luego de que la abandonara sin razón alguna?
-Candice... ¿no te habrá bajado la azúcar otra vez?
-Tal vez se desmayó por la impresión.- Contestó Terry al hombre mayor con ironía, pero sin apartar su vista de ella. Ella no dijo nada, apartó la vista de él y tomó la mano de su "esposo" que se le extendía para que se pusiera de pie.
-No es nada, seguro fue la impresión...- Forzó una sonrisa y hacía maromas para no coincidir con la mirada azúl profundo que no se apartaba de ella, una mirada que nunca le había visto, al menos no dedicada a ella.
-Me alegra que estés bien, Candice. Él es Albert y su esposa Elsa, aquél es Terry, el amargado del que te hablé...- Eso hizo que el corazón le latiera desbocado, sentía que las piernas no la sostenían.
-Ellos son Stear y Archie, gemelos aunque no lo parezcan. Esa princesita que seguro no te dejará ni a sol ni a sombra es Lucy y estos dos soles son Angie y Willie, los hijos de Albert.-
Ella le sonrió a todos, Albert le dio una sonrisa afable, pero su gesto era totalmente enigmático y él sabía muy bien las razones, sólo que fue su sorpresa porque sabía que esa era la chica que Terry lo había mandado a buscar, la había visto en todas las fotografías que Terry tenía de ella en su celular, pero nunca pensó que fuera ese el caballero en cuestión que se la hubo "robado". Se sentía entre la espada y la pared. No pudo sentir desprecio ante la pobre muchacha, el señor le había contado a él la triste historia y Albert conocía más detalles que nadie, pero siempre desconoció su nombre. El destino había trazado muy bien su artimaña. Los gemelos aunque asombrados por su juventud, prácticamente igual en edad que ellos, pero le sonrieron con simpatía porque la expresión de Candy sabía conservar dulzura en la amargura. Los niños de Albert le sonreían medio timidones, pues a penas tenían cuatro y tres años. Elsa la miró con desdén y le brindó la sonrisa más plástica que pudiera existir.
-Hola. Te pareces a Rapunzel.- Le soltó la pequeña Lucy acercándosele sin ninguna timidez. Si no fuera porque en algún momento Terry había mencionado que tenía una hermana pequeña, ella habría jurado que era su hija. Tenía el mismo pelo castaño y lacio y sus centelleantes ojos azules. Pero sin duda su carisma, simpatía y sonrisa venían de otra parte.
-Hola, Lucy.- La saludó Candy y le sonrió. Pensó que aún si se tratara de la hija de Terry, segura estuvo de que la querría. La chiquilla enamoraba con su encanto a los cinco años.
-Eres igual a mi muñeca. ¿Verdad, Terry?- Dijo la niña señalando la muñeca Rapunzel que tenía y extendió los brazos para que él la cargara y Terry al fin pudo dibujar un atisbo de sonrisa en su duro y desencajado rostro.
-¿Puedo regalarle la muñeca a ella, Terry?- Preguntó la niña titubeando porque Terry le había regalado esa muñeca a ella.
-Si lo deseas, puedes dársela, es tuya. Seguro que a la señora le encanta jugar, aunque no sé si también con muñecas.- Obviamente la niña no entendió la indirecta de Terry, ni los demás tampoco, a excepción de Albert y el señor que no entendió, pero le pareció de mal gusto el comentario.
-No te preocupes, Lucy. No tienes que darme tu muñeca, tal vez sólo podrías prestármela de vez en cuando.- Candy volvió a sonreirle y Terry la miraba resentido, le molestaba su sonrisa, le molestaba toda ella. Tener a la pequeña cargada lo mantenía más controlado.
-No, te la regalo. Terry dijo que iba a comprarme cien muñecas más.- Y desde los brazos de Terry le extendió la preciosa muñeca lo que hizo que Candy tuviera que acercarse a él aunque no quiso. Pudo sentir su resentimiento rozarle la piel, era tan palpable como la muñeca que se le extendía.
-Gracias, Lucy...- Alcanzó a balbucear y la niña sonrió.
-¿Quieres ver mi cuarto, Candice?- Preguntó de pronto con emoción y haciendo que Terry la bajar al piso nuevamente. A Candy le extrañó esa confianza tan rápida en ella, otros niños suelen mostrarse reacios con extraños. Tal vez sólo necesitaba una figura femenina y la había visto en ella. Era la menor de cuatro hermanos, vivía rodeada de puros hombres que aunque la adoraban, jamás podrían asemejarse a una figura femenina. Estaba Elsa, pero hasta Candy notó que no había calidez en ella, ni siquiera por sus hijos a los que manoteó con desdén cuando quisieron que los cargaran y se refugiaron en brazos de Albert.
-Me temo que eso será más tarde, Lucy. Ahora vamos a cenar.- El señor rompió con el entusiasmo de la niña, pero alguna promesa le hizo entre dientes porque luego la pequeña sonrió y fue muy conforme hacia el comedor.
-Candice, ¿no te gusta la comida?- Preguntó Archie mientras se servía una segunda ración de ensalada de papa.
-Sí, está deliciosa. Es sólo que... estaba algo mareada y suele caerme un poco pesada al principio...- Se disculpó sonriendo y se llevó un bocado a la boca.
-Pues entonces debes atascarte... para que no te baje la azúcar nuevamente y todo al rededor se te vuelva bruma.- Se atragantó con el vaso de jugo y Albert que estaba a su lado le dio varias palmaditas en la espalda mientras le dirigía a Terry una mirada asesina por imprudente.
-Yo... me siento un poco mal. Creo que mejor me retiro...- Musitó ella dispuesta a ponerse de pie, pero luego recordó que no conocía la casa y que no tenía ni idea de cuál sería su habitación o si tendría que compartirla con...- Volvió a sentirse mareada de pensarlo y por poco se desmaya otra vez.
-Pobrecita... ¿no será que estás embarazada?- Esta vez el atragantado fue Terry y ella casi palideció ante esa insinuación.
-¡Elsa!- Exclamó Albert molesto por el nada discreto comentario de su esposa y porque era más que evidente la vergüenza en el rostro de Candy y la impresión en el de Terry.
-No... nada de eso. Yo... soy hipoglucémica. Espero que no les moleste si me retiro... no quería causarles esta mala impresión, pero... de verdad...
-No se preocupe, Candice. Truddy, muéstrele a la señora su habitación, por favor.- Dijo el recientemente esposo de Candy y ella sonriendo forzosamente se retiró.
Entró a la que iba a ser su habitación. Era enomre y majestuosa, la cama era tan grange y se veía tan cómoda que sólo invitaba a lanzarse sobre ella. Entonces Candy se fijó en un sobre que había sobre las sábanas. Lo abrió y leyó la nota.
Candice:
No se preocupe, no tenemos que compartir el lecho.
Sólo debemos guardar las apariencias.
En la pared pintada de rojo hay un cuadro.
Trate de descolgarlo y se abrirá otra puerta.
Ese será su lecho. Espero que sea de su agrado.
Candy sintió un gran alivio al saberlo y el aprecio que sentía por el noble y considerado caballero creció un poco más. Intentó descolgar el cuadro y efectivamente una puerta se abrió. Ella descubrió su habitación. Muy grande también y cómoda, hasta con una pequeña salita de lectura. Le pareció encantadora, pero ella estaba tan agotada mental y físicamente que no quiso reparar en los detalles. Fue directo al recién descubierto baño y se duchó. Sus lágrimas comenzaron a mezclarse con el agua. No podía creer su suerte. ¿Por qué otra vez él? ¿Por qué ahora? La vida era irónica, iban a vivir juntos... pero no era esa la manera en que lo habían planificado, sin duda. Entonces ella no sería su mujer. ¿Qué eran ahora entonces?
-Sigues doliéndome, Terry. Seguirás doliéndome. Habría preferido no volver a verte... si nuestro reencuentro iba a ser de esta manera... ¿qué fue lo que te impidió buscarme? ¿Será que te lo pensaste mejor? ¿Te diste cuenta que alguien como yo no debería aspirar jamás a un hombre como tú...? ¿Por qué tantas promesas muertas? Yo no las habría necesitado, me habrías tenido de todas formas. Era poco lo que yo tenía que perder. Tú me abandonaste y yo... yo debería odiarte... sin embargo... sólo puedo sentir que me dueles, que te me has enterrado en el alma... y me has incapacitado para ser feliz.
Con esos pensamientos abandonó la ducha. Se secó y se puso una fina bata de seda blanca, con encaje en el escote del busto y que llegaba encima de las rodillas. Se metió en la cama dispuesta a no llorar más, a no pensar más, pero era inevitable. Los recuerdos se aferraban a ella como la hiedra.
-¿Entonces ya has visto el apartamento donde viviremos?
-¡Sí! Ya di el depósito. Te encantará... tiene hasta una oficina para que puedas practicar tus libretos y guiones, como te gusta.- Le dijo Terry a Candy mientras ella se encontraba sentada en el mostrador de la cocina del yate, un fin de semana había dejado en ella un millón de maravillosos recuerdos sobre los cuales aferrarse para decir que aunque fuera de soslayo había conocido la felicidad.
-¡Pues ya quiero que sea lunes!- Expresó con entusiamso moviendo los pies que le quedaban colgando en el mostrador.
-Yo también, mi amor. Ya quiero que sea lunes...- Se quedó de pie entre sus piernas y la comenzó a besar apasionadamente, ella por costumbre ya lo abrazó con las piernas mientras se entregaba al beso. Llevaba una faldita corta y una fina blusita de manguillos corta también que le permitían disfrutar más de los besos y los roces piel con piel que él le daba. Ya ansiaba el lunes, él la encendía a millón y luego la soltaba, a pesar de sus sutiles invitaciones porque concluyera lo que había empezado.
-El lunes... ese mismo día te haré toda mía.- Le dijo enronquecido sin parar de besarla, sujetándola por la cintura desnuda y sintiendo como ambas entrepiernas hacían fricción.
-Me voy a robar a la niña... y voy hacerte mi mujer...- Paseaba sus manos por todo su contorno, por sus pechos, por sus muslos, su espalda, por toda ella, sintiendo sus poros alterados y su estremecimiento.
-Terry... ¿por qué no lo hacemos ahora...? Me emociona más imaginar mi primera vez aquí...
-Ya sabes por qué, mi amor. Pero si quieres puedo darte un adelanto de todo lo que te haré...- Lo primero que hizo que fue quitarle la blusita agradeciendo que no llevaba sostén y moldeó sus pechos con sus enormes manos para luego irlos chupando lenta y torturosamente... disfrutando sus gemidos... su desesperación, sabía que el cuerpo estaba pidiéndole más. Luego de chuparle y besarle los pechos y dejarle sutiles marquitas de chupones, le siguió besando el cuello, el pecho, el vientre hasta bajarle la falda por completo. Mientras sus manos la recorrían entera, rozaba lentamente su sexo a travez de las bragas con un dedo y la besó con ardor. La posición sobre el mostrador le pareció muy conveniente. Mientras la besaba hasta enrojecerle los labios e hinchárselos le bajó las bragas. Entonces la tuyo totalmente desnuda, expuesta, vulnerabale. Sólo cubierta por la enorme manta de su pelo largo que él adoraba.
-Prométeme que nunca vas a cortártelo- Le exigió él mientras su dedo rozaba su sexo ahora desnuda y ella a penas pudo articular un par de palabras que aseguraban cumplirle su promesa. Él la inclinó un poco hacia atrás y ella se desconcertó un poco al ver que su cara se acercaba más entre sus piernas. La fue besando ahí mismo. Ella no pensó que eso se hacía. Pero ahora que lo sabía, era sencillamente divino.
-Terry... ¿estás seguro que no podemos...? Oh...
-No, mi amor... aún no... pero pronto sí. Esto y muchas cosas más te haré.
La llevó cargada al baño para refrescarse ambos y principalmente él poder mantener el aplomo y no mandar al traste toda la sensatez porque ganas no le faltaban de hacerle el amor y al diablo las consecuencias. Pero él no quería truncarle las alas a su ángel, así que era mejor esperar.
-Todo eso sólo será parte de nuestra vida juntos, Bruma. Porque te prometo que vas a dormir siempre abrazada, no va a faltarte nada. Voy a dártelo todo, todo lo que pidas.
-¿Todo?
-Todo.
-¿Y si te pido la luna?
-La tendrás.- Ella sonrió un poco burlona y él le sonrió de igual manera, pero de lado, ese gesto que la mataba.
-¿No me crees?
-No sé...
-Tendrás la luna y las estrellas cada noche... la verás desde nuestra ventana todas las veces que te haga el amor... la verás brillando para ti.- Le dio otro beso, pero dulce y corto para no encender la mecha nuevamente.
-Eso sí, quiero que siempre que yo llegue me recibas con esa hermosa sonrisa y te enganches a mi cintura como has hecho en estos días. Quiero que no pierdas nada de eso para mí. Te adoro así.
-¡Hecho!- Rió de pura alegría y él sintió el mundo brillarle. Era tanta dicha saber que él era el motivo de esa alegría. Sus ojos sólo perdían la luz cuando ella regresaba a su casa o cuando se le mencionaba su familia, por eso él la sacaría de ahí lo antes posible.
-Cuando ya estemos totalmente asentados, Bruma. Quiero casarme contigo. Quiero muchos niños... una familia igual a la mía.
-Yo también quiero muchos bebés. Muchos bebés que me miren con estos ojitos.- Le besó sus dos zafiros que hasta parecían sonreir y él estaba acostumbrándose demasiado a sus mimos.
-Debes verte hermosa de mami.- Le dijo por último y la acomodó en sus brazos para quedar dormidos finalmente, una vez expresado sus planes y anhelos sin tener la más mínima idea de lo truncados que se quedarían.
-¡Qué ironía, Terry! Qué ironía... murmuró saliendo del recuerdo comparando la realidad y con las mismas lágrimas aún quemándola en la inmensidad de esa habitación desconocida que sin él carecía de calor. Sobraba tanto espacio en esa cama ahora que no estaba su cuerpo junto al suyo. Se sobresaltó de pronto al sentir unos pasos que parecían llegar del pasillo. Se puso el albornoz y abrió la puerta, no veía a nadie. Entonces sintió sus tripas guerrear por comida, pues a penas la probó.
No sabía si sería correcto aventurarse a la cocina. Eran las diez de la noche, ciertamente no era temprano, pero tampoco era tan tarde. Tendría que explorar la cocina asumiendo que seguro no habría ningún empleado disponible a esa hora. No sabía dónde quedaba y se perdió llegando a una pequeña salita. Estaba casi en penumbras, en silencio, una quietud sepulcral.
-Pensé que estarías en plena luna de miel.- Se exaltó cuando escuchó su suave, pero grave voz detrás de la nuca, se estremeció completa.
-Yo... estaba buscando la cocina... me perdí...- Dijo amarrándose más el albornoz porque sentía que sus ojos la veían a travez de la ropa. Se giró para irse lo más pronto posible de allí. Hasta se olvidaría de la cocina con tal de no tener que enfrentarlo. Pero su intención murió en el intento. Él la retuvo, tironeó de ella con brutalidad.
-Terrence... suéltame... me estás haciendo daño...- Le dijo aterrada, pero él seguía taladrándola con sus ojos.
-¿Te parece que te hago daño, amor? ¿Y cómo llamas lo que acabas de hacer tú?- Su tono suave y bajo era realmente aterrador, al igual que su sonrisa cínica, como un verdugo.
-Con todo respeto, tú a mí no tienes nada qué reclamarme luego de que me...
-¡Claro! Olvidaba que no somos nada. Que no fui nada para ti... y que ahora eres toda una mujer casada. ¡Bravo, Candice! ¿O prefieres que te diga Bruma? ¿Por cuál de los dos nombres te presentaste ante él?
-¡Qué cínico eres, Terrence! ¿Dónde estabas cuando...?
-Que buena actriz fuiste... No pudiste esperar por mí... ¿tanta era tu desesperación? ¿Tu ambición?- Le reclamó con rabia mientras sujetaba sus muñecas con mucha fuerza.
-¿Ambición?- Yo nunca te pedí nada, Terrence...- Le dijo ofendida con los ojos aguados, pero no por eso dejaba de haber dolor y rabia en ellos.
-No, claro que no. Sutilmente querías que te hiciera el amor a toda costa sabiendo que te embarazaría. Ahora entiendo tu afán. No pudiste conmigo y entonces ambaucaste al pobre y moribundo viejo, una presa más fácil, ¿no?
-¡Cállate! Tú no tienes ningún derecho a criticarme. Tú desapareciste y no sabes lo que ha sido mi vida desde que...
-¡Oh sí! Debió ser muy penosa tu vida, tanto que mientras yo me debatía entre la vida y la muerte... la dama estaba casándose... mandando al diablo todo lo que prometió...- Su gesto fue realmente duro, pero había en él un dolor profundo. La apretó más fuerte, la bloqueó y acorraló con su cuerpo. Liberó sus muñecas concentrando su fuerza en su cintura.
-No te endiendo, Terry... ¿de qué hablas?
-¿Qué vas a entender? Si mientras yo me moría andabas muy ocupada buscando mi reemplazo.
-No... Terry... eso no es cierto... yo te llamé muchas veces... todos los días hasta que...
-Hasta que apareció el nuevo caballero para rescatar a la damicela... ahí de pronto se te olvidó tu amor por mí. ¡Y no llores! No te atrevas a llorar, no lo hagas. ¡Ofendes al llanto!- Le dijo furioso, pero peleando consigo mismo en realidad, porque sus lágrimas hicieron efecto en él, pero no se lo demostraría. A pesar de su advertencia y de la fuerte sacudida que él le dio, sus lágrimas cayeron.
-Yo estaba desesperada, Terrence... estuve a punto de... Sé lo que debes estar pensando... pero...
-No, no tienes ni puta idea de lo que yo estoy pensando. Si lo supieras... saldrías corriendo para proteger tu mísera vida.
-Terrence... escúchame, por favor. Esto no es lo que tú crees, deja que te explique... aún hay tiempo... yo sólo tendría que hablar con él y...- La carcajada más cínica salió de la boca de él interrumpiéndola.
-¡Qué fácil! ¿Qué le dirás, Candice? Sabe... he descubierto que ya no lo quiero y que mejor me quedo con el más joven.- Soltó sarcástico.
-Se te da muy bien jugar con los demás. ¿Tú piensas que soy tu maldito juguete? ¿Que puedes tirarlo y volver a recogerlo a tu antojo? No conoces el significado de la palabra "lealtad".
-¡No he jugado con nadie! Si te callaras y me dejaras explicarte... No nos casamos por amor...
-¡Por supuesto que no! Eso puedo verlo desde un helicóptero. ¿Sabes qué, Candy?- La atrajo por completo hacia su cuerpo de un tirón y la tenía presa de la cintura en sus manos, muy fuerte, conciente de que la lastimaba, pero no le importaba. Estaba tan cerca y a pesar del miedo que ella estaba sintiendo, se estremeció con su aliento tan cerca, por el calor de su cuerpo, por esa furia en él que la podía por completo.
-Debí hacerte caso, Candice. Debí hacerte mía cuanto tuve la oportunidad, todas las veces que te me ofreciste...- Le hablaba al oído, casi tocando sus labios... en murmullos, ella estaba derritiéndose entre el pánico y la excitación.
-Debí hacerte el amor todo ese fin de semana como lo habías sugerido. Hacértelo hasta el cansancio. Eso debí hacer, dejarte embarazada... Así... hubieras tenido a mi hijo, para que cada vez que lo vieras me recordaras a mí... vieras mi cara en la suya por siempre... como un castigo...- Sus bocas estaban tan cerca. Ella juraba que él la besaría.
-Yo creí amarte, Candy... estaba seguro de que te amaba... ahora... te odio, te desprecio...- Era tan irónico el momento.- Sus palabras no concordaban con su cercanía, con la forma en que la pegaba a él, con lo cerca que estaban sus bocas, con las ansias que tenían de unirse, con lo mucho que se habían extrañado.
-Si tanto me odias y no quieres mis explicaciones... entonces déjame. No vuelvas a tocarme nunca más, suéltame.- Le expresó dolida y tratando bruscamente de safarce de su agarre. Entonces él le tomó la barbilla con violencia y la sujetó de la nuca. Sabía que iba arrepentirse luego, pero tenía muchas ganas de besarla, más bien quería destrozarle los labios con su beso, destrozárselos igual que como ella había hecho con su corazón. Ya sus bocas estaban a escasos milímetros... la respiración cada vez más acortada.
-Terry... te estaba buscando... ¿me acompañas hasta que me duerma?- La repentina aparición de una adormilada Lucy con un peluche en mano salvó la situación. Candy salió despavorida hasta su habitación aprovechando el momento. Casi no durmió. A la semana siguiente...
-No... ¡No! No puede ser posible. Él estaba bien...
-¡Candice! Tranquilízate, Candice... se fue... está muerto...
Albert que también lloraba la abrazó fuerte, el único que se mostró solidario con ella y que creyó que su dolor por la pérdida era genuino a pesar de las circunstancias.
-¡Tú! ¡Tú tienes la culpa!- Terry señaló a Candy con furia y la zarandeó, ella tembló como una hoja por la impresión y el pánico.
-¡Terrence! Contrólate.- Albert se la quitó de encima, por suerte los niños ya se habían ido a la escuela, incluyendo los gemelos que estaban en su último año escolar.
-Ya tienes lo que querías. Se te cumplió tu sueño. Ahora eres toda una viuda. Seguramente los billetes te borrarán esas lágrimas tan falsas como tú...
-¡Terrence, basta!- Tronó la voz de Albert y lo tomó por el cuello de la camisa. Entonces Terry se desplomó a llorar. Sabía que la muerte del señor estaba cerca y que nada tenía que ver con su matrimonio con Candy, pero él necesitaba desquitarse con alguien, culpar a alguien y ella era el blanco perfecto. Candy aterrada desde su rincón veía a Terry llorar como un niño, debió haberlo querido mucho, pensó, a pesar de verse siempre cierta distancia entre ellos. Irónicamente sintió unas ganas de ir a consolarlo, pero sabía lo imprudente que sería eso.
-Mi amor, me siento bien ahora que estamos desahogándonos... lo necesitábamos. Pero ya es tarde, cielo. Mejor seguimos mañana. Seguro que el bebé quiere dormir.- Candy asintió y se fueron a la cama donde durmieron abrazados.
Seis meses después
Candy se encontraba en su séptimo mes de embarazo. Se veía hermosa, radiante y todos esperaban la llegada de esa personita con alegría e ilusión. Estaban reunidos en el salón, todos, aunque nadie sabía por qué.
-Buenas tardes. La razón por la que los he reunido es porque como ya saben, el testamento debía leerse hoy...
Continuará...
¡Hola! Espero que haya disfrutado este capítulo que también ha revelado mucho. No se preocupen, ya no voy a torturarlas más, mañana sabrán quién es el viejo con que se casó Candy y lo que dice el testamento.
Gracias por todo su apoyo, ánimo y palabras de aliento. No hagan caso a lo negativo, tomen lo bueno de la situación y lo malo, deséchenlo. Yo soy feliz con lo que he logrado hasta ahora gracias al inmenso apoyo de ustedes. Amo escribir, me gusta mi estilo y no pienso cambiarlo por nadie, así que no se preocupen.
Es todo por hoy, muñecas.
Wendy
