DE ARDIDES Y MENTIRAS
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CAPÍTULO ANEXO
Notas de la editora:
Parece que no estamos listas para dejar ir del todo este fic ( u.u). Este pequeño cuento es una precuela del relato principal. Cuencas Vacías lo escribió en un rapto de amor hacia los personajes secundarios, especialmente Hagen y Eyvindur. En vez de que ella lo subiera en su cuenta me rogó publicarlo como parte de "De ardides y mentiras"; y no sé decirle que no. Una disculpa porque no es propiamente Thorki aunque se les hace alusión. Esperamos que les guste.
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Capítulo Anexo:
Con humildad les narramos una breve crónica de cómo no seducir al más sublime de los príncipes elfos en los nueve reinos para luego echarlo a perder patosamente. Cortesía de Hagen, el dragón negro quien no sabía que para enamorarse no hacen falta dos:
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Larus y Thyra se sientan juntos a la cabeza de la mesa en calidad de anfitriones. Steindor el palacio de veraneo de ambos está decorado con cientos de luces doradas que brillan adheridas a las paredes, su luz resalta contra las copas, los floreros, los cubiertos e inclusive contra los elfos. Toda la escena es blancura que sin embargo no deslumbra. Los reyes: Odín, Laufey, Gerenot, Giselher y Audün mantienen el semblante serio. Es difícil impresionarlos. Sus hijos son otra cosa. Hildetand de los gigantes no para de ver en derredor asombrado con la arquitectura. Hjörtur y Hrafn, los gemelos de Vanaheim no dudan en comentarse uno al otro todos los detalles que acaparan sus ojos.
–Mira esa joya. –Mira ese candelabro. –Mira como brilla el techo. –¡Mira la comida!
Thor acaba de conocerlos hace poco y no dice nada pero voltea en cada dirección que ellos señalan. Adalster está por ahí pero casi nadie lo nota. Hagen en cambio tiene ya la atención de varias elfas sobre su persona, es el único que luce algo aburrido.
Todos toman asiento para la cena. Y la organizadora de todo, que no es Larus, sino su esposa Eyriander, indica a los siervos que hagan desfilar los alimentos entre todos. Falta un príncipe más, cuya silla está vacía. Su lugar ubicado en el lado opuesto de la mesa frente al de Larus y Thyra. Eyriander lo hace a propósito como la reina de los enanos ya sabe. Como si su hijo fuera parte de la decoración, siempre se las arregla para que entre al último y deje sin aire a todos con esa belleza que las nornas le concedieron. Así sucede esta vez. Se hace silencio como siempre pasa cuando el príncipe elfo entra en un recinto de gente que lo mira por primera vez. Thyra lo maldice.
–Mira esa chica –dice Hjörtur. Su gemelo y él lo miran embobados, sin recato.
–No es una chica –dice Tryggvi que ya conoce de sobra a Eyvindur y lo encuentra tedioso e insufrible. –Es el hijo de Larus –los corrige.
–Wooow –dicen a coro los gemelos. Tryggvi rueda los ojos.
El aludido se dirige a ellos como si flotara y los saluda a cada uno con un gesto cortés. Sus ojos se detienen en Thor que le está sonriendo como si lo conociera de toda la vida. Todos lo miran y hasta Hagen, le presta toda su atención.
Se ponen a comer y a beber, los gemelos sueltan los cubiertos cada vez que Eyvindur voltea a mirarlos pero en vez de apenarse estallan en carcajadas como si estuvieran jugando con él. Son apenas unos críos entrando en la adolescencia y la vida les fluye. El príncipe elfo les da una fría sonrisa de circunstancias pero ellos parecen halagados con eso y le guiñan un ojo. Le coquetean descaradamente sin importarles el rango o el género. Su padre Audün, parece muy acostumbrado a esa forma de comportarse, no dice nada y ni siquiera parece reparar en ellos. Está metido en una conversación con Odín.
Eyvindur tiene a Adalster a su izquierda seguido de Thor, y a la derecha están Tryggvi y Hagen. Conoce a Karnilla, la prima de éste último pues ambos estudiaron algo de hechicería cuando niños con uno de los sabios astrónomos de Svartálfheim. La tiene en alta estima aunque hace mucho tiempo que no la ve. Se gira para tratar de hacer conversación con el hijo de Giselher, tal como es su obligación.
–¿Qué tal la temporada de pesca en tu reino? –Le pregunta, se hizo informar desde antes de los intereses del príncipe –se dice que eres buen navegante –en realidad nadie alabó sus méritos al respecto pero Eyvindur está decidido a ser de lo más amable.
En respuesta Adalster se atraganta con el bocado que estaba comiendo. Se pone rojo, casi al tono de su cabello, tosiendo y tratando de recobrar la compostura. Intenta beber de su copa pero aquello empeora la situación y casi le escupe encima a Eyvindur. Al final se levanta de la mesa para tratar de recobrar el aplomo en medio de las carcajadas de los demás. Hildetand le da una palmada que le devuelve el aliento pero lo lanza al suelo. Hjörtur y Hrafn parecen al borde de un colapso de risa.
Desde el lado de los reyes, Giselher mira a su hijo y mueve la cabeza con un suspiro. Gerenot le dice algo y deja de mirar a su vástago con censura. Adalster vuelve a sentarse junto a Eyvindur aunque parece que preferiría estar en cualquier otro sitio. Ni siquiera recuerda lo que le preguntó y trata de empequeñecerse en el asiento sin seguir comiendo. Hagen lo mira y se compadece.
–Dicen que tú diseñaste esas luces –le dice a Eyvindur alejando su atención de Adalster. El elfo asiente. Tryggvi dice algo de que él fue quien las forjó y los tres comentan el tema.
Eyvindur parece que se aburre al cabo de un momento. Contempla a los demás príncipes como si él fuera su dios, como si les hiciera un favor por el hecho de estar ahí entre ellos. No ayuda que los gemelos parezcan adorarlo y que Adalster esté apabullado y se encoja cada vez que voltea a mirarlo. Hagen sacude la cabeza ante tanta altanería. Le gustaría descolocar al elfo por el puro gusto de hacerlo. Él es una marejada incontrolable. Ni siquiera tiene que meditar si es o no buena idea fastidiar al príncipe anfitrión cuando ya lo está haciendo.
–Eyvindur –le pone una mano sobre su mano. El elfo lo mira como si no pudiera creer que alguien tenga la osadía de tocarlo. –Pareces una fría estatua de mármol, sólo quise comprobar que en realidad tengas pulso –le dice acariciándolo. –Pensé que tendrías manos de doncella –dice Hagen y Tryggvi definitivamente se levanta y se aleja de ellos. Hagen no le hace caso. Eyvindur lo mira con incredulidad y no atina a responder nada –es que no tienes la piel tan suave.
El elfo finalmente se zafa.
–Soy un artífice, trabajo con magia y con las manos, no soy un ocioso cortesano si es lo que pensabas –Hagen le sonríe sin dejarse amedrentar ni provocar.
–Como dije, pareces una estatua, no te imagino trabajando –el elfo se ve aún más ofendido. –Invítame a tu taller y me sacaré esa idea de la cabeza. –Eyvindur lo mira incrédulo. Nadie osa tratarlo de aquella descarada manera pero está asintiendo a la petición de Hagen antes de meditarlo. –Hoy mismo –añade el norn. El elfo no lo sabe pero el hijo de Gerenot vive como si siempre tuviera prisa.
Eyvindur le pregunta por su reino y Hagen se explaya hablando de las montañas Hovedoya, un poco de su padre y otro tanto de sus primas, un mucho de su abuela y nada de su madre, aunque el elfo la sabe muerta. Hagen lo interroga sobre detalles de Svartálfheim, sobre los santuarios entre los bosques, sobre los ríos, sobre su observatorio. Llegado a ese tema es el turno del elfo de apoderarse de la conversación pues él es uno de los encargados de ese recinto a pesar de su corta edad. La astronomía es una ciencia muy venerada entre su raza y él no está exento de esa pasión. Hagen lo observa hablar de la confluencia de los reinos con auténtica emoción y deja de parecerle una estatua. La risa del elfo deja de ser fría, su rostro ya no parece una máscara. Le gusta lo que ve.
Él ya sabía que Eyvindur era una belleza. Su reputación lo precedía. Si se hubiera tratado de una doncella la hubiera evitado a toda costa. Hagen era un mujeriego sin escrúpulos, encontraba en el sexo la emoción que le faltaba a su vida y tenía cierta facilidad para seducir, en parte por su aspecto, pero sobre todo, como comprobó algo anonadado, por su facilidad para hablarle al bello género. Si Eyvindur fuera mujer la evitaría pues se metería en un tremendo lío como se atreviera a seducirla, y tenerla cerca hubiera sido aliciente suficiente. Sin embargo no es el caso. El aspecto del elfo es aún más sublime de lo que había pensado, en particular sus iris. Tiene dos estrellas por ojos y es demasiado blanco: su piel, su boca, su cabello; como si todo él fuera un lienzo destinado a destacar su mirada cristalina. Es hermoso de una manera casi sagrada que a él no le va. Le gustan los senos frondosos, las caderas torneadas, el trasero firme, los labios carnosos, las melenas oscuras. Le gustan las féminas con consistencia, no aquellas que parecen muñecas que él podría romper, y de esa categoría de belleza es el elfo.
Por todo eso se sorprende de encontrarse a sí mismo preguntándose si los labios de Eyvindur podrían adquirir algo de color si se los muerde. Aprieta los párpados para borrar aquella visión de su mente y culpa al vino, aunque sigue tomando. De pronto le parece que se despierta de un sueño. El comedor está casi vacío, quedan Tryggvi hablando con Hildetand, Odín hablando con Larus y nada más. No sabe en qué momento todos se han ido ni cómo es qué se prendó de la plática del elfo.
–A tu lado, el tiempo parece que va diferente– le dice todavía como atontado. Eyvindur se sonríe de buen grado, asume que el comentario es alguna broma con tan poca gracia que no puede hacer otra cosa que reír.
–Vamos –le dice y se pone de pie. El cuerpo de Hagen está siguiendo el movimiento del elfo sin pedirle opinión a su dueño.
–¿A dónde? –El semblante del elfo se vuelve frío, parece ofendido.
–Pues, a mi taller… dijiste que querías verlo, aunque si prefieres descansar lo entiendo –Hagen está negando, desea complacerlo y cumplir su palabra.
–Vamos –le dice y sonríe caninamente.
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El taller de Eyvindur es caótico aunque pareciera que no hay nada fuera de su lugar. Tiene muchísimas armas colgadas de una pared y en otra tiene muchísimos cristales, lupas y lentes colgados. Una fragua arde sin llegar a caldear el ambiente y hay herramientas de extrañas formas dispuestas sobre una mesa. Hagen recorre el lugar sin guía señalando pero sin tocar nada, la mirada de advertencia de Eyvindur le deja en claro que ese no es sitio para jugar.
El elfo lo mira sin saber que pensar de él. Le gusta que su apariencia no parezca impresionarlo, que no se quede sin habla cuando lo mira directo a los ojos, y en lo profundo de su ser, le gusta que lo haya tocado. Casi nadie nunca lo toca y cuando alguien lo hace procede a disculparse como si su piel fuera a mancillarse. Alguna vez, cuando aún tenía interés en las doncellas, invitó a una que encontraba de su particular agrado a su taller. Ella al igual que Hagen se mostró curiosa con todo lo que había allí.
"¿Qué te parece?" Le había preguntado el hijo de Larus luego de que ella inspeccionara su colección de piedras preciosas.
"Es sublime y hermoso, igual que tú" dijo ella. Eyvindur se sintió decepcionado por aquella respuesta. Dejó de frecuentarla poco después.
–¿Qué te parece? –Le pregunta al príncipe norn. Hagen se detiene delante de un reloj cósmico, una de las cosas más valiosas que Eyvindur fabrica en ese lugar.
–Creo que eres uno de esos genios chiflados –le dice y le lanza una sonrisa desde dónde se encuentra –una vez le vi uno de estos a mi abuela –señala el reloj –me explicó cómo usarlo media docena de veces pero jamás logré entenderlo, mi conclusión fue que no era culpa mía sino que el que los fabrica debía estar loco y a la vez ser un genio. Y resulta que ese eres tú.
Eyvindur se cruza de brazos algo ofendido por la falta de aprecio que Hagen parece tenerle a su obra de arte. Vale, que el tipo no se amedrenta con su belleza ni con su inteligencia, pero está yendo un algo lejos con su actitud de "a mí nada me sorprende". Hagen parece que va un paso delante suyo, el elfo acaba de decidirse a despreciarlo por su impasibilidad cuando su invitado suelta una exclamación de asombro. Eyvindur va a su lado, está señalando una armadura que fabricó hace meses.
–¡¿Qué es esta maravilla?!– Parece ansioso por tocarla. Eyvindur le desprende el guantelete que protege el brazo y se lo pone a Hagen.
Es una armadura negra, pero negra más allá del color, negra de una forma que al mirarla parece que devorara la luz a su alrededor.
–Es una aleación de bronce recubierta de polvo de obsidiana, pero la embrujé. Absorbe la luz y está imbuida de magia que ofusca los sentidos. No fue mi obra más apreciada, eres el primero que se emociona al verla.
–Debe ser porque tu raza ama demasiado la luz. Creo que es excepcional. Parece que te quedas ciego cuando la miras. Si la portara cuando combato le daría muchos problemas a mis enemigos para seguir mis movimientos. Mis respetos, es una auténtica obra maestra.
Eyvindur sonríe. Hagen le devuelve el guantelete y el elfo lo vuelve a acomodar en el brazo de la armadura que parece el cascaron vacío de un fantasma.
Un siervo aparece buscándolos. Larus pregunta por su hijo. Eyvindur asegura que acudirá de inmediato donde su padre y el paje se marcha dejándolos solos de nuevo.
–Debo retirarme, y tú deberías descansar. Se está hablando de organizar una partida de caza entre los príncipes, tú sabes, para divertirnos mientras los reyes dialogan.
–No me di cuenta pero parece que te acaparé. Espero no haber abusado de tu paciencia –Hagen parece que puede ser cortés cuando se lo propone. Ambos abandonan el taller.
–No lo hiciste. Y ahora sabes por qué no tengo manos de doncella aunque el resto de mi persona te parezca más similar a una fémina –con aquellas palabras el elfo se despide.
Cuando Hagen llega a su cama se da cuenta de que es plena madrugada, definitivamente Eyvindur mueve el tiempo a su antojo. Se duerme sonriendo sin proponérselo.
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La partida de caza de los príncipes atrae la atención de, aparentemente, todo el reino. Un grupo de elfas se aposentan para animar a sus favoritos, el hijo de Odín recaba el mayor número de fanáticas, parece que van a desmayarse tan sólo con verle los fornidos brazos. Los gemelos vanir están algo crudos, su juventud no es barrera para haber accedido al vino la noche anterior. No se muestran animados con el revuelo a su alrededor.
–Quiero morir –dice alguno de los dos cada pocos minutos y el otro lo secunda en su queja.
Hildetand y Tryggvi han hecho migas, lo que ocasiona burlas debido a lo dispar de su tamaño. Aunque cuando cualquiera de los dos mira en derredor todos callan amedrentados. Hildetand no acusa ni el mínimo de resaca, a diferencia de los demás, no bebe.
–Si tomo demasiado vino me entran ganas de matar –había dicho la noche anterior para horror de Adalster y admiración de los gemelos vanir. Si ellos dijeran una cosa así causarían risa, pero en labios de aquel gigante de aspecto feroz sonaba como algo muy serio. Hildetand decía "matar", en el mismo tono que ellos pedían su desayuno.
Hagen se apuesta junto a Adalster el cual ya se está haciendo un lío con su montura y ni siquiera han empezado. No se ríe. Conoce al hijo de Giselher desde la infancia y sabe que todos se meten con su falta de habilidad. Procura no sumarse a ese común denominador. Mira en derredor esperando por Eyvindur pero no aparece. Está decepcionado cuando se van sin él.
La partida arranca entre apuestas de los nobles y suspiros de las damas.
Thor lleva un caballo blanco, Tanngrisner, que parece sacado de alguna leyenda. Los deja atrás aparentemente sin esfuerzo. Hagen espolea su montura, que por supuesto es negra y le da alcance. Los dos se miran, se miden, se retan. Se meten en los bosques de Svartálfheim riéndose. Son jóvenes, nada les preocupa.
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El día avanza. Adalster se ha quedado demasiado atrás pero nadie parece notar su ausencia. Thor y Hagen van empatados en el número de presas junto con Tryggvi. El enano porta una ballesta de intrincado diseño y tiene muy buena puntería. Hildetand es fuerte pero no sigiloso y eso es requisito casi indispensable en aquel deporte. Los gemelos se han pasado la partida animando y riéndose más que participando. Cuando el sol va cayendo nadie da señales de querer volver. Tryggvi los conduce entre los árboles rumbo a una edificación que se vislumbra a lo lejos. Es un templo levantado en torno a la caída de una cascada. El príncipe enano no los lleva propiamente a éste sino a un claro junto a un lago formado por la caída de agua. Cuando se acercan se percatan de un par de fogatas, hay siervos levantando tiendas de campaña. Eyvindur está ahí dirigiendo todo eso para sus huéspedes.
–Espero que hayan atrapado algo digno para la cena –los saluda el elfo con sus modos mandones que Hagen ya le va conociendo. Los gemelos vanir desmontan y corren a saludarlo con un abrazo. Eyvindur se queda de piedra pero ellos ni lo notan. Tienen hambre y les da inmensa felicidad que él haya dispuesto todo.
Hay odres de vino, pan, frutas secas y la carne es cortesía de Thor, Hagen y Tryggvi. Hay corzo y venado, algunas aves y un jabalí. Las presas sobrantes son enviadas para el disfrute de los reyes allá en Steindor.
–¿Qué es ese templo? –Pregunta Thor a Tryggvi.
–Es el templo dedicado a Berthandi –la norna del presente, la más adorada por los elfos pues se dice que el presente que teje conforma el manto estelar. –Después podemos visitarlo –afirma y lo describe brevemente para Thor.
Se ponen a cenar y a beber. Alguno de los siervos es también un bardo y entona algunas de las canciones de los elfos. Hjörtur quiere saber si Eyvindur sabe cantar. El aludido se niega en redondo y su actitud da a entender que el tema lo fastidia. Se van a quedar a acampar en ese sitio así que se reparten. Hildetand y Tryggvi juntos, los gemelos se mofan de que es la única forma de que quepan a gusto en la tienda de campaña. Ellos dos son inseparables y acuerdan alojarse junto con Thor.
–¿Te quedas conmigo? –Pregunta Hagen, Eyvindur niega.
–Debo volver a palacio –comenta y los gemelos lo miran con reproche. Él vuelve a su cómoda cama y a ellos los deja varados fuera. –No es por falta de ganas, pero soy encargado de garantizar la comodidad de nuestros invitados, debo hacer arreglos… –sus excusan se van debilitando. Hagen está seguro de convencerlo con ayuda de los vanir pero en eso son interrumpidos.
Adalster finalmente ha dado con el grupo. A Hagen se le había olvidado por completo. Eyvindur le da la bienvenida, el alfh no parece perturbado ni molesto. Ni los gemelos se burlan aunque Hildetand mueve la cabeza reprobatoriamente. Le es ofrecida la cena y Hagen le hace compañía.
–¿Dónde estabas? –Lo increpa pero su amigo no puede explicarlo pues simplemente andaba perdido. Cuando el príncipe norn se acuerda de que debe persuadir a Eyvindur de quedarse, el elfo se ha ido.
A nadie le extraña que su partida de caza degenere en borrachera. Acaban todos metidos en sus tiendas de campaña cuando ya casi amanece, al día siguiente nadie da para seguir de cacería y mejor se quedan a disfrutar de aquel enclave.
Hildetand congela el lago por el puro gusto de hacerlo. Los gemelos se tiran bolas de nieve que raspan de la superficie gélida. Los siervos les sirven el almuerzo con más vino y Hagen se la pasa esperando a Eyvindur sin darse cuenta de que lo espera pero volteando en derredor a cada momento.
El hijo de Larus los alcanza cuando Thor les está contando de Sif, tiene a casi todos embobados con la descripción de la valkiria. Hagen la conoce pues vivió una temporada en Asgard, aunque Thor y él no se hayan vuelto precisamente amigos por ello. El norn asiente a todo lo que Thor dice sobre su amiga.
–Yo me la pido de novia –dice Hrafn, su gemelo asiente.
–A mí también me encantaría conocerla –dice Adalster y Thor lo mira pero no se ríe.
–Ven a Asgard y te la presentaré –le promete.
Eyvindur se sienta en el pasto junto con ellos, cerca de Hagen el cual le sonríe y le roza una mano como para asegurarse que de verdad está ahí.
–Hildetand, ¿no tenías un hermano? –Pregunta Tryggvi. Todos han escuchado acerca del hijo menor de Laufey pero nadie, ni comerciantes, ni embajadores lo han visto nunca; los vanir y Thor piensan que aquel jötun es una leyenda y que realmente no existe.
–Si –dice el gigante –pero nunca sale del reino –no explica por qué –aunque seguro está feliz por escapar de la vigilancia de nuestro padre. Ya me lo imagino haraganeando en palacio.
–Algunos príncipes son demasiado blandengues –dice el enano, lo hace mirando a Eyvindur.
–Y algunos otros son demasiado bocazas –dice Hagen. El enano se muestra ofendido.
–¿Estás defendiendo al hermano de Hildetand?
–Estoy diciendo lo que estoy diciendo, hay de todo, rápidos y hábiles –mira a Thor –amenazantes y fuertes –ahora a Hildetand –algunos no sé bien para que valen pero seguro su valor tienen –los gemelos no parecen ofendidos y Adalster menos –y hay otros que apuntan demasiado alto con sus palabras –añade mirando a Tryggvi.
–¿Alto? ¿Es eso una burla?
–Dije lo que dije –Tryggvi se levanta raudo y su mano va a su espada pero se frena. Eyvindur ha alzado una mano hacía él indicándole calma.
–¿Un duelo? –Reta a Hagen. Los gemelos vitorean a coro divertidos con la posibilidad de que los príncipes se maten entre ellos.
–Sea –Hagen siempre sostiene lo que dice, así sean estupideces. –¿Qué arma?
–Tryggvi… –Eyvindur va a amonestarlo pero su análogo no lo escucha enfadado como está. Los enanos no toleran ningún tipo de burla.
–Hielo –dice de pronto Hildetand y hace aparecer dos espadas de ese material. Nadie esperaba que se metiera parece que él también encuentra divertido el reto.
–Que luchen sobre el lago congelado –añade Thor.
–Sea, ¿quién será tu segundo? –Pregunta Hagen –Hildetand no cuenta, tiene demasiada ventaja en el hielo –asegura y todos asienten.
–Thor –pide Tryggvi y el aludido consiente. Odín seguro lo mata si se entera de que se metió en un duelo pero eso no le preocupa. –¿El tuyo?
Los gemelos y Adalster alzan una mano.
–Lo haré yo –Eyvindur se levanta. Hagen le sonríe halagado –pero que sepas de una vez que no soy un guerrero diestro, así que más vale que ganes pues si el duelo recae en los segundos seguro que Thor me hace trizas.
Hildetand clava las espadas en el hielo, se está riendo como si tuviera un chiste privado. Va a sentarse con los gemelos y con Adalster. Ya están apostando. Sólo el alfh apuesta por Hagen, los demás, incluido Hildetand están seguros de que Tryggvi va a ganar.
–¿Por qué? –Pregunta Adalster –Hagen es muy hábil.
–Los enanos tienen la piel más insensible y curtida que los demás –responde Hildetand pero Adalster no entiende eso que tiene que ver.
El gigante se ha vuelto juez de aquel encuentro. Grita la señal de iniciar. Hagen y Tryggvi corren hacía las espadas y las sujetan. Los dos las sueltan dando alaridos. Hildetand se ríe. Ya sabía que se iban a quemar, seguro que dejaran el pellejo de las manos prendido al arma para sacarla del hielo. Las clavó con demasiada fuerza para divertirse viéndolos hacer el ridículo. Ambos contendientes no se rinden. Se aferran a aquellas armas procurando no gritar. Tryggvi logra sacar la suya y arremete maldiciendo a la jötun que parió a su amigo. Hagen esquiva el golpe de espada, sigue desarmado, no hay manera de sacar aquella hoja del hielo. El enano le exige una disculpa que él le niega. Tryggvi lo persigue. Hagen es ágil y no cesa de burlarlo pero al final sigue desarmado. El enano le tira un tajo a las piernas y lo hace caer. Arremete con velocidad.
–Ya es suficiente –Thor va a frenarlos pero no hace falta. Las manos de Hagen se incendian y sujeta la espada quitándole filo a la hoja con ello. El enano se desconcierta y el norn le asesta una patada que lo derriba y lo desarma. Hagen tiene ahora la espada que ya no corta pero igual debe doler si la usa como lanza. La levanta pero la mano de Eyvindur se cierra en torno a su muñeca.
–Basta –le pide y la molestia de Hagen se deshace.
–Eyvindur se metió. ¿Entonces quién gana? –Pregunta Hjörtur.
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Esa noche vuelven a acampar. Tryggvi y Hagen cenan con torpeza debido a sus manos vendadas, luego de quemarse con hielo. Aun así ninguno de los dos parece guardar rencor al otro, hasta brindan a la salud del hermano de Hildetand, el cual no se los agradece.
La cena termina más temprano pues al día siguiente deben volver. Hagen se mete a su tienda de campaña luego de despedirse de todos. Adalster comparte con él pero está ocupado bebiendo con Tryggvi y Thor.
El príncipe norn los oye cantar a coro esa canción sobre el mortal que enamoró a la valkiria. Se envuelve en las mantas y cierra los ojos. Vuelve a abrirlos pues le parece que hay demasiada luz y debe apagarla. Se da cuenta de que en realidad es Eyvindur que se ha colado en su tienda.
–¿No te ibas a palacio?–El elfo niega.
–Hoy me quedo. Quería charlar contigo –le dice al norn. Hagen se sienta, es todo oídos. Antes de que el elfo diga nada primero lo mira a los ojos y se queda quieto haciendo sólo eso. Hagen no lo entiende pero le sigue la corriente, lo mira sin desviar la mirada hasta que Eyvindur sonríe encantado. Le gusta que Hagen lo vea de esa manera. Le es como quitarse un disfraz de encima para mostrarse como realmente es.
–¿No dirás nada? –Eyvindur ya no parece un dios severo.
–Me fastidia la manera en que me abordan, como si fuera perfecto, es raro que alguien logre tratarme más allá de mi aspecto. Me juzgan, me evitan, se atragantan cuando les hablo.
–Pues, no ayuda que lances miradas ofendidas cada dos por tres –le dice Hagen y Eyvindur se crispa. –Como esta que ahora me diriges –el elfo baja los ojos. –Suaviza tu actitud y habrá quién logre acercarse.
Asiente dándole la razón. Hagen no se lo cree, que estén ahí a solas, él con uno de los seres más bellos de los nueve mundos, y que en vez de estar haciendo algo interesante se limite a darle consejos.
–¿Qué piensas? –Pregunta Eyvindur. La boca de Hagen va más rápido que él.
–Con eso que dices, ¿te ha besado alguien?
–No es que no vaya a responderte pero, ¿a qué viene la pregunta?
–Cómo tienes este aspecto pensé que serías… –un mujeriego como él –un conquistador, tú sabes, con un séquito de admiradoras y amantes por doquier, pero me estoy dando a la idea de que tu imagen no atrae sino que atemoriza.
–Sí he besado –le dice el elfo a aquella duda morbosa.
–¿Y te gustó? –Eyvindur ríe y en su risa hay negativa.
Hagen lo está besando al siguiente instante, tomándolo de la barbilla para que no vaya a escaparse, aunque el elfo se queda petrificado, igual y no había riesgo de eso. Eyvindur le responde y se prueban despacio. Hagen percibe lo suave que tiene la boca, lo muerde un poco y lo suelta. Tal como esperaba la piel del elfo adquiere algo de color. Vuelve a besarlo y a morderlo.
–Y tu boca, agridulce cereza que amé –le canturrea una tonadilla que su abuela le cantaba cuando era niño y que de pronto le vino a la mente. Eyvindur le sonríe fascinado con la situación.
–¿A qué vino eso? –No es una queja.
–No lo sé, con todo lo que me contaste sentí que era mi obligación darte un beso como se debe – Eyvindur lo encuentra ególatra pero no lo reprende por ello.
Siguen hablando de lo que sea, desgranando la noche para ellos dos. No vuelven a besarse aunque de pronto Hagen le toma la mano. No quieren separarse, ni quieren que nadie los interrumpa aunque no saben bien a bien que se supone que están haciendo.
Adalster entra en la tienda cuando el sol empieza a clarear pero Hagen no está. El alfh no le da importancia y se tumba a dormir. Lleva un par de minutos en ello cuando escucha a Tryggvi gritando.
–¡Eyvindur regresa!– Cuando sale a ver qué pasa se encuentra con los príncipes espabilándose.
–Qué más da, déjalo en paz–dice Hrafn. Al parecer el príncipe elfo se ha ido a quién sabe dónde con Hagen.
–Oh no –susurra el pelirrojo, conoce a su amigo, menos mal que Eyvindur no es una chica o su padre ya podría ir enviando un ejército a darles caza antes de que lo deshonre.
–Se llevaron a Tanngrisner –dice Thor echando en falta su caballo.
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Larus recibe la noticia y al principio no la cree. Su hijo es demasiado formal y responsable como para haber abandonado sus deberes de anfitrión en manos de Tryggvi, sin ninguna explicación. Cuando le dicen que se fue con el hijo de Gerenot se preocupa. El viejo rey de Nornheim se toma todo con calma.
–No pasa nada –le dice a Larus –mi muchacho es impulsivo pero en forma alguna representa una amenaza para el tuyo. Seguro vuelven pronto –le asegura con firmeza.
Los reyes tienen mucho de qué hablar que no sea de sus hijos así que Larus deja correr el tema aunque le pide a Eyriander que esté pendiente del retorno de su hijo.
Giselher se muestra molesto. Lo que menos necesitan es que Hagen ofenda a Larus y echárselo encima. Aquel concilio conseguido con mucho esfuerzo está por derrumbarse. Odín es demasiado codicioso, quiere liderar una coalición de reinos cuya finalidad sea plantarle cara a enemigos como los infiernos. Una amenaza que él encuentra vacua igual que las pretensiones del rey tuerto. Gerenot calla aunque siempre respalda al rey de Alfheim. Laufey se muestra abiertamente hostil contra la política asgardiana. Audün de Vanaheim está con el aesir pero Thyra y Larus se niegan a ponerse de parte de nadie. Si Hagen inclina la opinión de Svartálfheim a favor de Odín, Giselher jura despellejarlo personalmente.
–Tranquilo –dice Gerenot con su sempiterna paciencia hacia su descarriado hijo. –¿Qué hará con el joven elfo? ¿Seducirlo?
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Hagen había dicho que quiere ver el observatorio de la confluencia de los mundos que Eyvindur protege. Lo dijo de pasada y al siguiente momento el elfo se estaba poniendo de pie para partir hacia allá. El príncipe norn nunca se echa atrás. Le pidieron a un ebrio Thor su caballo prestado para Eyvindur y Hagen ensilló rápidamente su propio corcel. Se fueron dejando botado el concilio y a sus padres. Una auténtica fuga.
La confluencia de los ríos es el corazón de Svartálfheim. Un sitio como pocos. Eyvindur lo guía hacia allá. Su nombre se debe en efecto a que ahí se unen los brazos de cuatro ríos del reino formando uno mucho más ancho que corre raudo hacia el mar. Asentado en la orilla hay un observatorio cuya función es similar a la del bifrost en Asgard. Ahí descansa la reliquia de ese mundo, la que abre portales hacia los demás reinos. También viven ahí los astrónomos . Eyvindur a veces se recluye en ese sitio, durante meses, para estudiar las estrellas, para encerrarse en sí mismo y para meditar.
Cuando llegan al complejo de templos de mármol blanco Hagen no se ahorra la exclamación de sorpresa. El sitio parece un sueño. Siente que ha ido a meterse a un mundo onírico siguiendo al elfo. Llegan a la entrada, Eyvindur desmonta de Tanngrisner y conduce al caballo. No hay siervos en ese lugar. Hagen hace lo propio. Pareciera que no hay nadie.
–Los astrónomos son los que abren los portales pero no viajamos tan seguido. Se recluyen, duermen durante el día y permanecen en vigilia durante la noche observando el firmamento –le dice a Hagen.
Se dirigen al observatorio, al entrar en él todo se oscurece. Eyvindur parece que puede ver en la oscuridad, le tiende una mano para guiarlo. Hagen lo sujeta, siente la mano cálida de Eyvindur, ya se ha quitado las vendas. El elfo parece irradiar luz por donde camina, los ojos de Hagen se acostumbran a esa penumbra y a seguirle los pasos.
El hijo de Larus lo conduce entre columnas, el rio pasa dentro del observatorio encauzado por piedras labradas por los enanos. El techo del lugar es alto y circular pero al centro parece inconcluso y se abre hacía el cielo. Hay una plataforma justo bajo el centro para observar las estrellas, telescopios y lentes. Eyvindur lo conduce hasta allá con el sonido del agua de fondo. La famosa reliquia no está a la vista y ninguno la menciona. Se quedan callados. Un silencio que el norn quiere llenar pero no sabe cómo. Para variar no sabe cómo.
–Te voy a besar de nuevo–piensa pero no lo dice. Está seguro, el paisaje es ideal, la persona también, la ocasión es precisa. Un seductor como él sabe que ese tipo de oportunidades no deben desperdiciarse. Sí. También se ha involucrado con hombres. A la hora de amar, él no discrimina. Se gira a mirar a Eyvindur. El elfo cierra los ojos y su magia blanca, no podía ser de otra tonalidad, fluye de su cuerpo. El observatorio se enciende respondiéndole. Hagen observa mapas de las constelaciones labradas en las columnas y en el techo brillando a pesar de que es de mañana. Hay un planetario que no había notado antes el cual se pone en movimiento mostrando la posición de los mundos en relación con Ygdrasil. La luz emana del elfo quién le sonríe. Ahora sí Hagen se siente intimidado por él.
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Eyvindur tiene habitaciones propias en el templo anexo al observatorio. Luego de que le dejara mirar las lunas de Nornheim a través de un telescopio se dirigieron hacia los aposentos del príncipe. A Hagen no le extraña encontrarse con un montón de libros acomodados sobre una larguísima mesa junto con un montón de mapas estelares, y un telescopio a medio construir. La habitación es sencilla. Apenas esa mesa, una cama y un par de butacas.
–¿Quieres dormir? –Pregunta el elfo. Van a esperar a que anochezca, Eyvindur quiere mostrarle el observatorio en su máximo esplendor y eso sólo es a la luz de las estrellas. Han pasado la noche en vela y Hagen está medio embotado.
Se tumba en la cama de su anfitrión. No le cuesta trabajo quedarse dormido. Cuando abre los ojos no sabe cuánto tiempo durmió. Se incorpora sin saber dónde está y le toma un momento dilucidarlo. El elfo no está. Se pone de pie y recorre su habitación con parsimonia. Va a su mesa de trabajo y observa los planos de distintos aparatos que Eyvindur ha trazado con manos hábiles y líneas precisas. No entiende de qué tratan. El elfo se le antoja justo como eso, incomprensible, inefable.
No trata de desenmarañarlo, ni le hace las preguntas que debería. Si lo hubiera hecho su historia habría sido distinta. Eyvindur está muy solo pero a Hagen le tomará demasiados años darse cuenta.
La puerta se abre y su acompañante entra llevando comida. Su sentido de la oportunidad es admirable. Se sientan a comer en el marco de la ventana el cual es muy grueso. Desde ahí se aprecia el paisaje. Hagen no quiere preguntarle si Larus no se molestará por el hecho de que se escaparon. No quiere preguntarle por sus obligaciones. Prefiere ser un egoísta y quedárselo sólo para él por ese día y por esa noche. Ya luego lo devolverá a su reino. Le gusta. Eyvindur le está explicando sobre los templos que los rodean pero Hagen apenas lo escucha.
Está mirando como mueve las manos mientras come y mientras habla. Sabe que hay poemas sobre los ojos del elfo, lo cual no le extraña, pero si él tuviera algún talento lírico mejor le cantaría a sus manos. Deja de lado lo que está haciendo y le agarra una. Eyvindur deja de hablar y se queda muy quieto.
–¿Quieres ser mi amante? –Pregunta Hagen directo al punto, como siempre hace. No espera una respuesta, en cambio se inclina a besarlo.
No para de hacerlo, lo levanta consigo y lo lleva a la cama. Eyvindur se deja besar todo lo que él quiere, hasta volver a enrojecer sus labios como pretendía, pero cuando las manos de Hagen tratan de soltar su ropa lo frena. Llegado a ese punto, el norn sabe que debe decirle algo que aplaque sus dudas, algunas promesas, unos cumplidos: le va a jurar que será placentero, le dirá que nunca se ha sentido así con nadie más, le asegurará que su belleza lo tiene deslumbrado y por último si todo eso falla podría soltarle un "siento que nos conocemos de toda la vida".
Excepto que nada de eso servirá esta vez. Las manos de Eyvindur no son las de una doncella, y su mirada le dice a Hagen que no es prudente atreverse a mentirle.
–Te conozco –le dice Eyvindur –traté de saber sobre todos ustedes antes de que vinieran para saber cómo tratarlos. Sé de tus aventuras en Asgard, sé de tus mujeres en Nornheim. Aun así me gustas mucho, no niego que te deseo pero no soy juguete de nadie.
Hagen no sabe cómo es que la conversación ha adquirido ese cariz.
–¿Quién es juguete de quién? –Lo increpa. Ventajas de estar con un igual, no sólo en género sino en rango. –Pensé que me estabas conquistando.
–No sé cómo hacer eso. He estado con algunas personas y ha bastado con mirarlas para que se entreguen, a ti no te pasa así. No te estaba seduciendo, sólo me gusta tu compañía.
–Y a mí la tuya, sólo quería tú sabes, darnos placer –el elfo lo mira suspicaz. –No pasa nada.
Hagen lo suelta y se levanta. Eyvindur lo imita. De pronto están incómodos.
–Aunque podríamos seguirnos besando.
–Me leíste la mente– le dice Hagen y lo vuelve a sujetar para volver a probarlo.
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No se supone que ellos dos deberían enredarse uno con el otro. No se supone que deberían buscarse de esa manera. No se supone que Hagen, y sus malos hábitos, encontraría la forma de abrirle la ropa mientras lo besa, casi sin que lo note. Eyvindur como que se aterra cuando siente aquellas manos sobre su piel, atrayéndolo y apresándole la espalda.
–Hagen– se queja pero no se aparta. Por no quedarse atrás ayuda a Hagen a deshacerse de su ropa y se encuentran fundidos en un abrazo, se quedan quietos sintiendo piel contra piel.
El norn lo tumba de espaldas y termina por quitarle toda prenda. Lo va mirando mientras lo hace. Eyvindur no debería existir, alguien así, tan irreal no debería vivir. Es absurdo. Deja de serlo cuando Hagen empieza a tocarlo y a besarlo. Eyvindur se deshace en suspiros. Hagen prácticamente se le echa encima.
–¿De casualidad? –Pregunta mordiéndole el cuello, dejándole marcas –¿has estado antes… –Hagen no sabe cómo preguntar lo que va a preguntar. Tiene sus manos puestas en las caderas de Eyvindur y lo atrae hacia él para frotarse.
–¿Con otro hombre? Nunca.
Hagen se detiene y lo mira. Por Siofua. Maldición.
–¿Quieres? –Pregunta, debería haberlo hecho cuando aún tenían ropa encima.
–¿Duele? –Hagen se siente duro de pensar en hacérselo por primera vez. Nuevamente debería decirle que todo estará bien, que será gentil con él y demases.
–Sí. –No es que se lo hayan follado antes pero su experiencia con amantes masculinos le ha dejado en claro que así es. –Pero podemos hacer otras cosas –se consuela y vuelve a apresar a Eyvindur.
El hijo de Larus ha estado con algunas mujeres antes. Tuvo una favorita durante un tiempo. El sexo ha sido entretenido y satisfactorio, ha recibido ternura y caricias suaves; pero nunca nadie se había atrevido a tocarlo con tanta pasión como Hagen, cuyas manos van por toda su piel, quien le muerde un hombro mientras le aprieta las nalgas, quien le abre los muslos y le cuenta los lunares. Se siente apabullado y apenas es capaz de reaccionar.
–Vas muy rápido –le dice a Hagen pero no lo frena ni cuando el norn le hunde el rostro entre las piernas para probarlo de arriba abajo y por todos lados. Hagen parece que sabe lo que hace y Eyvindur deja que lo haga como quiera. Que lo gire para morderle la espalda, lamerle la línea de la cintura y morderle el trasero. Que le meta mano apretándole los pezones y el vientre, y por último que vuelva a girarlo le tome una mano y lo guíe a su hombría. Eyvindur se está sonriendo mientras lo toca, Hagen también lo está acariciando en la misma sensible área. No se dicen nada pero Hagen le da a entender con ojos de cómplice que quiere que le siga el ritmo.
No lo va a penetrar, no quiere hacerlo sufrir de ninguna manera, y tocarse les es suficiente esa noche. No paran hasta que se corren, las manos de uno sobre el otro, y los labios encontrándose para entregarse un gemido que resuena en la boca ajena.
Se quedan abrazados y pegajosos. Se duermen soñando lo mismo. Hagen envuelve a Eyvindur con su cuerpo.
Se despiertan cuando la noche ya cayó. Eyvindur lo obliga a salir de la cama, a vestirse y a salir al observatorio con el olor a sexo impregnado en la piel todavía. El elfo es un ser nocturno. Los astrónomos están despiertos también. Son seis y son sabios. El príncipe norn es presentado y les permiten usar los telescopios. Eyvindur le enseña a Hagen a distinguir algunas constelaciones, eso será lo único de astronomía que el príncipe norn aprenderá en toda su vida.
Regresan a la habitación de Eyvindur el cual está emocionado, Hagen espera que no sea sólo debido a las estrellas, espera que en parte esté emocionado por él. Se dan un baño juntos y Hagen le cuenta los lunares a su amante. Tiene uno en el hombro izquierdo, dos atrás de la rodilla derecha y su favorito es uno que tiene en el muslo. Besa todos pero marca el último succionando la piel hasta enrojecerla. Todo eso en la regadera. Cuando termina con ello Eyvindur tiene fiebre y él se la quita usando igual sus labios pero ya no en los lunares sino en otras zonas a las que está seguro de que nadie había accedido nunca.
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Un heraldo le avisa a la reina Svartálf del regreso de su hijo. Ella acude a buscarlo a sus habitaciones. Su hijo se está cambiando de ropa para unirse al concilio nuevamente. Eyriander sabe de las preferencias de Eyvindur, lo aceptó cuando él se lo comunicó pero le resulta difícil pensarlo al lado de otro hombre ahora que pasa.
Eyvindur le jura que todo está bien, que no volverá a desatender sus deberes y pide disculpas que a la reina le suenan sinceras. Lo reprende con el discurso que redactó en su mente mientras él andaba fuera y lo encomia a pedir perdón a Larus.
–Sé discreto –le pide –apártate del príncipe norn, podrías ocasionar problemas políticos entre tu padre y el suyo.
Eyvindur lo promete.
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Y cumple. Por lo menos mientras todos los miran. Decanta su atención hacía Thor y los gemelos, le resulta fácil convivir con ellos. Hjörtur y Hrafn lo adoran por alguna razón. Se ríen cuando es irónico, lo alientan cuando es sarcástico y se quedan embobados cuando les prodiga trato de dios supremo. Si Eyvindur le habla a Adalster y este se embrolla, tropieza o suelta lo que tenga en las manos; los gemelos lo festejan como si el elfo lo hiciera a propósito para divertirlos. Llega un punto en que eso es cierto. Thor le vuelve a prestar a Tanngrisner, le cuchichea cuando está harto de oír a sus padres discutir larguísimos tratados que al final no firmaran y lo hace reír.
Parece que Hagen lo aburre. Nadie comenta su escape juntos pues todos dan por hecho que fue irrelevante e inclusive que dio pauta a que se desencantaran de su mutua compañía.
Cuando nadie mira, Eyvindur se cuela en la habitación de Hagen, quien lo espera ansioso y casi desesperado. En cuanto se le pone al alcance lo besa hasta el cansancio. Lo desnuda para disfrutar de la palidez de su piel a la luz de la luna y lo toca como si fuera necesario para creerse que es real. El elfo se acostumbra demasiado rápido a dormir con Hagen enroscados, y a ser tocado por él. Delante de Larus se conduce con frialdad y calma pero por dentro está en constante ebullición, deseoso de que Hagen lo acaricie hasta el éxtasis.
Llevan una semana así y los dos saben que aquel concilio no durará por siempre.
–Hagen –Eyvindur irrumpe más temprano de lo habitual y avanza hacía su amante con determinación. –Quiero que me lo hagas.
Hagen le besa una mano y lo abraza.
–Te lo hago todas las noches –Eyvindur niega.
–Quiero que…– lo mira elocuente. Los ojos de Hagen parecen dilatarse. El elfo respira agitado y eso que aún no pasa nada.
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Hagen lo prepara, con los dedos, con los labios, lubrica todo lo que debe. Siente el nerviosismo de Eyvindur pero procura que no se le contagie. Lo tiene echado boca abajo con las piernas separadas para él. Lo toca, lo besa, lo prueba hasta que siente que se relaja. Se lo hunde despacio. Eyvindur se muerde los labios para no hacer demasiado ruido. Siente que Hagen lo está desgarrando y se ve tentado a suplicarle que pare.
–Tranquilo, ya está– le dice Hagen. No se mueve. El cuerpo de Eyvindur lo aloja pero no le da espacio alguno para embestir. –Respira –le pide pues el elfo está conteniendo el aliento. Eyvindur lo sigue e inhala. Se queja. –Trata de relajarte.
–Me siento mal.
–¿Quieres dejarlo? –Eyvindur niega. Trata de respirar y no olvidarse de hacerlo. Hagen le acaricia la espalda, sigue sin moverse. Espera, lo besa, se recuesta sobre su amante y le alcanza una mano para entrelazar sus dedos. La calidez de su cuerpo envolviendo el de Eyvindur parece surtir mejor efecto que sus palabras. No le pide permiso sino que al sentirlo relajarse embiste despacio. Apenas se ha movido pero Eyvindur vuelve a tensarse, sin embargo no se queja y Hagen sigue. –¿Mejor? –Pregunta cuando siente que el elfo empieza a dilatarse. Su amante asiente. El príncipe norn empieza a sentir calor bulléndole en las entrañas. Procura controlarse, no quiere lastimarlo y está seguro que después, con algo de práctica, podrá disfrutar de Eyvindur a su antojo.
Se lo hace con parsimonia, Eyvindur gime entre lágrimas que le oculta a Hagen como puede. Se deja amar, cede todo lo que puede. Cuando terminan no está seguro de que aquello le haya gustado pero está seguro de que se muere por repetirlo.
–Me estás volviendo masoquista.
–Y tú me estás volviendo adicto a ti. Mejorará. Ya lo verás.
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Sin duda mejora. A la tercera ocasión, con la confianza que ya se han tomado y lo mucho que lo desean Eyvindur se entrega como nunca. Hagen se lo hace profundo y a su gusto. De frente para no perderse el orgasmo de Eyvindur, pues le gusta el elfo, pero le gusta mucho más cuando se corre. Se lo hacen toda la noche. Al día siguiente no son ellos mismos. Van demasiado relajados y algo dispersos. Y Giselher se mete.
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–¿Te estás follando al hijo de Larus? –Le pregunta a Hagen delante de Gerenot y de Adalster.
–Sí –acepta sin más. Giselher mira a Gerenot.
–Hijo –dice éste –eso es muy insensato de tu parte. Un príncipe no es una ramera con la que te diviertes y luego puedes desecharla sin consecuencias, menos aún este de entre todos. Es demasiado cercano a su padre, es la joya de su reino, un mago poderoso, casi un erudito. Lo que haces no se puede interpretar más que como una deshonra.
–Ya, no pasa nada –dice Hagen y hace ademán de irse.
–¡Mocoso estúpido! –Es Giselher el que le grita. –Se supone que el imbécil aquí es mi hijo, no tú –Adalster baja la mirada como hace siempre que su padre lo reprende por su torpeza. – Déjame aclararte el panorama. Este concilio nos ha dejado en claro una cosa: iremos a la guerra contra Asgard. –Hagen se queda petrificado. –Aún nos tomará años organizarnos pero es un hecho; más aún, un aliado inesperado se nos ha acercado. Laufey está interesado en forjar un lazo con nosotros, no sólo con nuestros reinos sino con nuestras familias. Dice que tiene un descendiente apropiado para casarse con un extranjero y todo parece indicar que va a escogerte a ti.
Hagen siente hiel subiéndole a la boca. Mira desesperado a su padre quien asiente ante las palabras de Giselher.
–Tú amorío llega en el peor momento hijo –completa lo dicho. –Tendrás que desdeñar al príncipe elfo tarde o temprano, y como lo despeches y su padre se entere podría decantar la preferencia de Svartálfheim por Asgard. No es conveniente, nada conveniente. Los elfos no deben meterse en la guerra, Larus se ve neutral por ahora. Si todo sigue así seremos Nornheim, Alfheim y Jötunheim, contra Asgard y Vanaheim –era seguro que Audün apoyaría a Odín. –Tus acciones tienen consecuencias. Deja por la paz a ese muchacho, puedes conseguirte a quién tú quieras, pero no a nadie tan peligroso.
–Y como alguno de los dos repita algo de lo que acabamos de decir los consideraré traidores y ya saben cómo se paga eso –amenaza Giselher. Ambos príncipes juran obediencia y se retiran. Gerenot alcanza a ver que Hagen toma de un hombro a Adalster como consolándolo por la reprimenda que le ha ocasionado.
Los reyes se quedan a solas.
–A veces quiero llorar por el destino de nuestros mundos en manos de estos dos. –Dice Giselher. –Anoche escuche a los gemelos vanir llamar "tubérculo con ojos" a mi hijo –Gerenot asiente, no escuchó el comentario pero notó el estallido en carcajadas en la mesa de los príncipes. Hasta Hildetand y Thigvy se reían. –Lo peor de todo no es que yo no lo haya defendido, sino que estoy de acuerdo con ellos. Adalster es…– Gerenot ya sabía lo decepcionado que Giselher se encontraba. –Por lo menos Hagen, aunque es impulsivo, tiene cerebro y es un hábil guerrero.
Y completamente incorregible. Hace años que Gerenot dejó de intentar encaminar el comportamiento de su hijo.
–Si pudiera escoger, Hagen no gobernaría Nornheim. Si ocurriera una hecatombe le dejaría el reino a mi sobrina Karnilla –habla Gerenot.
–Sólo debes ser más duro con él –afirma Giselher, severo como siempre. –Te dije desde hace tiempo que ese muchacho lo que necesita es que lo mandes azotar. Aunque, con la guerra que se avecina igual y madura.
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A Hagen no se le pasa ni un segundo por la cabeza dejar de frecuentar a Eyvindur debido a la amonestación de su padre y de Giselher. En cambio, esa noche cuando el elfo llega a sus brazos se lo hace brusco y de prisa. Eyvindur protesta bajo el peso de su cuerpo, entre embestidas feroces, y las manos de Hagen apretando su piel hasta marcarla. Hagen se viene en su interior y Eyvindur arquea el cuerpo. Luego de eso el norn no le dedica ni una palabra pero lo abraza posesivamente y hunde el rostro entre su cabello casi albino. El elfo lo percibe desconsolado y se lo permite sin recriminarle, al menos por un momento.
–¿Qué pasa? –Pregunta al cabo de unos minutos.
–Nada –Hagen se endereza y lo besa. –Perdona que te haya tratado así –le dice desvergonzadamente, era la única forma de gritar que Eyvindur era suyo. –Ahora mismo te lo compenso.
–Idiota –le dice Eyvindur pero se deja compensar.
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Hildetand los sorprende besándose en uno de los corredores antes de la cena. El príncipe elfo le lanza una mirada perentoria que encierra una sentencia de muerte como diga algo. El jötun retrocede algo asqueado y muy perturbado.
–Maricones –masculla sentándose junto a Thigvy. Evita inclusive mirar a Eyvindur. Al final de la cena los gemelos están comentando que el gigante parece intimidado por el elfo.
El concilio está por terminarse. Su padre dice que tiene algún plan pero no se lo cuenta. A Hildetand no le extraña aquello. Se va a quedar en Svartálfheim con Thigvy. Ha escuchado que Thor hará lo propio con Larus, y que inclusive el rey elfo ha extendido su invitación a los amigos cercanos del hijo de Odín. Thyra igual encomió a Laufey a permitir a su hijo menor, ese hijo legendario, a visitarla pero el rey jötun se rehusó con amabilidad.
Los vanir quieren quedarse con Eyvindur pero su padre no se siente bien, tiene este extraño sopor, este dolor de cabeza constante y esta sensación de perdición acechando. Audün dice que volverán a casa al terminar el concilio, algo en su rostro preocupa a sus hijos y para variar no protestan.
Giselher se sienta entre los reyes. Su trato hacía Odín más frío que nunca. Observa con cuidado a Hagen y a Eyvindur, están sentados por separado cada uno platicando y bebiendo sin hacerse ningún caso. El rey alfh come, habla con Laufey, brinda con Larus pero no los pierde de vista así que cuando se miran él lo nota. Eyvindur aparta los ojos sin que nada en su semblante lo delate pero Hagen se sonríe.
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Adalster está preparando el bagaje por anticipado. Siempre olvida algo así que esta vez procura que no sea así. Hagen está contándole acerca de una increíble armadura negra que Eyvindur le ha regalado. En eso su padre, Giselher entra como un huracán en su alcoba. Adalster se echa a un lado para quitarse del camino de la furia de su padre quien va como ave de presa sobre Hagen. Su amigo le planta cara, como él nunca ha hecho. A ninguno le sorprende que Giselher le suelte un puñetazo que no lo derriba pero que de inmediato le enrojece un ojo. Hagen se queda como estatua, ni siquiera se soba y no dice nada.
–¡Qué se jodan todos! –Lo increpa Giselher. –Siempre y cuando el poderoso Hagen consiga revolcarse con quien quiera, que se jodan todos, pues él y su polla son lo más importante.
El rey alfh se marcha bramando improperios en su idioma. Adalster mira a Hagen asustado con la reacción que tendrá, aunque no hace falta, su amigo se queda desmadejado en el suelo. El príncipe tubérculo se agacha junto a él y le da unas palmaditas en la espalda.
–Déjalo estar. Ellos tienen razón. Además tú puedes tener a quien quieras en casa, sin problemas.
Hagen asiente, el ojo empieza a inflamársele.
–Me invitó a quedarme con él una temporada. Dice que Thor igual va a quedarse así que no resultaría tan extraño.
–¿Qué le dijiste? –Pregunta Adalster como si fuera Hagen el que decidiera aquello y no Gerenot.
–No le he dicho nada.
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–Eyvindur no puedo –le dice. El concilio está oficialmente terminado. Los reyes partirán pronto llevándose a sus hijos algunos, planes secretos otros, y decepciones por igual para todos.
El elfo lo mira. Están conversando como nunca lo hacen, vestidos y a plena luz del día. Hagen no ha querido decirle porqué lleva un ojo morado.
–Es una cuestión diplomática –están en el taller del elfo quien está guardando en un baúl la armadura negra que deslumbró a Hagen.
–¿Y después qué? ¿Cuándo se nos termine esta prórroga?
–Entonces me invitas a visitar Nornheim y me voy contigo otra temporada. Y después ya se nos ocurrirá algo –Hagen niega. Eyvindur cierra el cofre y no se da cuenta.
–Eyvindur esto sólo ha sido como un sueño –el elfo se pone serio cuando se vuelve a él. –Es hora de despertarnos. El concilio se terminó y nosotros también. –Eyvindur hace una mueca de dolor que no impide que Hagen continúe. –Lo siento.
–¿Por qué? –Pregunta el elfo, se mantiene firme con el semblante tranquilo pero le corren lágrimas silenciosas por las mejillas. Se siente estúpido y herido, humillado por no poder controlar su llanto pero igual le planta cara a Hagen por quien de repente siente el más profundo rencor combinado con un deseo indescriptible de posesión. No es que no supiera que aquel romance no tenía futuro. Por Siofua, ambos son hombres, y encima príncipes; no está en sus manos el elegir compañera, pero se dejó cegar y actuó como si aquellos días fueran a durar para siempre. Lo que le duele, además de su idiotez, es la frialdad con la que Hagen se lo toma. Como si él, Eyvindur fuera cualquier cosa, cualquier polvo que una vez disfrutado es hora de apartar de su lado sin contemplaciones.
–¿Porqué? Lo sabes mejor que yo –le dice Hagen. –No es políticamente adecuado que forcemos las cosas. –Hay más. La inminente guerra de su padre contra Asgard lo incita a separarse del elfo pero eso no se lo puede decir. –Eyvindur –Hagen trata de abrazarlo para consolarlo pero se pone fuera del alcance y le lanza una mirada de advertencia, de que acabará con más que un ojo morado como se atreva a tocarlo. Hagen quiere decirle que lo venera y que pueden seguir siendo amigos pero por una vez se queda callado.
–Bien, si se terminó vete, tan sólo vete.
–En verdad lo siento –Hagen se marcha dejando tras de sí al elfo solitario, quieto y roto.
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Eyvindur apoya una mano en el mentón, su pose perfecta sabiendo que muchos ojos lo observan. Steindor se siente algo vacío sin los reyes, los príncipes y sus comitivas. Aunque los aesir que han llegado llenan en algo el espacio que dejaron. Los tres guerreros y lady Sif, la famosa lady Sif. Eyvindur la encuentra divertida y fuerte. Le parece ideal para Thor aunque pronto se percata de que entre ellos dos no hay esa chispa que pudiera iniciar un romance.
El elfo hizo llegar a Hagen la armadura que se olvidó cuando se despidieron. Eyvindur estuvo a punto de ponerle una maldición para fastidiarlo cuando la use pero al final no lo hizo. Se siente inerte, el pecho le duele. No ha vuelto a llorar, a fuerza de voluntad está decidido a enterrar ese estúpido amorío. Se siente vacío y deprimido pero se porta como una estatua fría y distante.
El rubio, Fandral lo está mirando. Eyvindur le clava una de sus miradas despectivas pero éste le sonríe y alza su copa en su honor. El príncipe elfo está por ponerse a rumiar la afrenta y su odio hacia Hagen cuando una mano en su hombro lo distrae. Se gira hacía su interlocutor. Es Thor. El luminoso dios del trueno quien le disipa las tinieblas del ánimo.
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Hagen no se lamenta lo sucedido. Atesora sus recuerdos de Eyvindur sin pena. Cuando la guerra inicie, le escribirá una carta a Eyvindur explicándole que esa contienda fue el mayor motivo por el cual tuvo que alejarse de él, y le pedirá que lo perdone por haber pisoteado sus sentimientos. Sin embargo, esa misiva no obtendrá ninguna respuesta excepto el silencio por parte del elfo. Dejarán de verse años y cuando vuelvan a encontrarse los dos habrán cambiado demasiado.
Hagen aun sonríe cuando porta la armadura negra. Así es él, no sabe lo que es el amor no correspondido, por ahora.
En muchos años, luego de que las nornas dicten una vida desgraciada para Hagen, perderá su alma, su reino, su familia, su trono y acabará en los infiernos. Allá se volverán a ver. El hijo de Gerenot terminará de guardián del hijo de Larus. El elfo le habrá salvado la vida dos veces. El dragón negro prendado del dios del engaño y el príncipe elfo prendado del dragón negro. Su historia seguirá cuando la pensaban ya concluida pero de eso no se habla más en este relato.
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Gracias mil gracias por leer. La historia De Ardides y Mentiras tiene una continuación llamada "De amor y Traición", la cual pueden encontrar en mi perfil. Muchas gracias por continuar leyéndonos.
