South park no me pertenece.

.

7.

Era la tercera ocasión en que compartían una cama. Probablemente la cuarta, después de todo no era un hecho de mucha relevancia. Aun así Craig no podía suprimir aquella sutil sonrisa involuntaria que le torcía los labios.

Kyle dormía apacible a su lado, indiferente al trazado irregular que Craig seguía con las yemas de sus largos dedos por encima de su empalidecida piel de su brazo izquierdo.

Kyle comenzó a removerse intranquilo en la cama, despertando de un largo sueño mientras soltaba simplezas ininteligibles por lo bajo apenas audibles para su acompañante.

Súbitamente unos brillantes ojos verdes se abrieron de golpe. La intensa luz que penetraba con impudicia por el desnudo vidrio de la ventana le lastimó la vista al acto, de pronto al no estar familiarizado con la luminosidad, contrajo sus heridas pupilas y la iris tonalidad similar a las hojas de los robres aumentó considerablemente su diámetro.

Kyle blasfemó, maldiciendo la luz, cuando cerró sus enceguecidos orbes.

Un profundo gemido de sufrimiento ascendió por su garganta al comenzar a sentir los dolorosos daños del alcohol transmutarse en una punzante jaqueca- con suma ironía ya que beber había sido una actividad placentera- y a pesar de que nunca había experimentado una molestia afín con anterioridad, era consciente de que se trataba de una resaca de gran magnitud, provocada por la fiesta de ayer que se había mermado a enormes lagunas en su memoria.

Craig permaneció discretamente callado, observando la expresión de mera turbación que Kyle le había dedicado. Kyle parecía capaz de darle un puñetazo o dos y Craig se limitó a retirarse silenciosamente, tan sólo preocupado por su propia integridad física.

Kyle contempló con desesperación el techo de su habitación, que forzosamente lo hipnotizaba. Su cabeza, literalmente, le mataba. La simple acción de pensar resultaba dolorosa, y le abrumaban unas ansias pasmosas de vomitar aun con el estómago vacío.

Con aquel nocivo tormento palpitándole en las sienes, le parecía complicado recordar sus acciones cometidas la noche anterior, y por más atractivo-y vergonzoso- que sonara rememorar aquellos íntimos momentos que había compartido con Craig-lo comprendió gracias a su desnudez-, su mareada cabeza no se lo permitía.

Por más superficial que sonara, a su mente le llegó la idea de lo fatal que debía lucir en esos instantes e inquietamente, sin parar de maldecir, ciegamente buscó a tientas en el mueblecillo de madera de su derecha algún indicio del paradero de un par de lentes.

Suspiró con alivio al encontrarse insospechadamente con unas gafas oscuras de estilo aviador, algún rincón de su mente le gritaba que había sido el ostentoso regalo de alguien, alguien a quien no quería recordar.

Kyle ignoró sus deseos inaccesibles de permanecer bien abrigado en su cama el resto del día, irrevocablemente se obligó a levantarse -aun con aquellas lagunas que le impedían saber cómo es que había llegado ahí-, y sus piernas mecánicamente le fallaron, doblándose al percibir un dolor paralizante en su parte posterior.

Atisbó avergonzado entre sus sábanas unas sobresalientes manchas rojizas, al mismo tiempo que por sus fosas nasales le invadía con brusquedad un agrio olor. El claro olor del sexo, o en palabras más procaces: semen y sudor.

Se hizo prometerse así mismo que jamás volvería a beber en su vida, y Kyle sabía que lo iba a cumplir, especialmente después de que el insolente de Tucker hubiera tenido el descaro de tirárselo la noche anterior, beneficiándose personalmente de que no estaba en sus cinco sentidos. Resultaba deprimente que él no recordara ni un simple detalle de su primera vez.

Kyle se dirigió con torpeza, producto de la resaca, al baño, que era el grande cuarto de enfrente a su habitación.

Frente al elegante lavabo observó el reflejo que el espejo circular le brindaba. El otro Kyle le devolvía la mirada con amargura, unas terribles ojeras purpureas se pintaban bajo sus opacados orbes que parecían distraídamente apartadas, lejos, muy lejos de ahí.

Se enjuagó el rostro con agua fría, en espera que eso le arrebatara el letargo que le hacía cabecear. El sonido del agua correr no fue tan desagradable como imaginó que sería y por el bien de su higiene personal, terminó por darse una ducha rápida.

Kyle al salir de la regadera, entre una nube de vapor que serpenteaba en blanquecinas ondas hacía el techo, advirtió un agrio sabor en su boca- como si algo se le estuviese pudriendo en las entrañas-, se cepilló meticulosamente su inmaculada dentadura un par de veces. Se colocó las gafas oscuras, logrando su objetivo de ocultar las destacadas ojeras que contrastaban de sobremanera con la palidez natural de su piel y se dedicó una mirada de aprobación en el espejo.

Con el cabello chorreante de agua, se retiró lentamente a la cocina.

La larga escalera que conducía a la planta inferior se le figuró eterna, gracias a aquel dolor en su trasero que no se dignaba a cesar ni por un par de segundos. Bajó los escalones toscamente, con una gracia peculiar apenas comparable con la de un zombi arrastrándose patéticamente por los suelos.

Tras la puerta abierta que daba a la cocina, a los oídos de Kyle llegó la escandalosa conversación que Ike mantenía con Craig. Kyle con la cabeza palpitante, se repitió a si mismo que no había necesidad de gritar en absoluto.

Una voz aguda y desafinada, claramente en desarrollo, le taladraba los tímpanos. Su vista atarantada se dirigió a la pequeña mesa de pino, sin poder reprimir un suspiro de complacencia. Kyle no pudo descifrar con exactitud que estaba servido, pero olía delicioso. Sus irresolutos orbes verdes ocultos tras las estilizadas gafas se posaron involuntariamente en Craig, que tenía la presunción de permanecer semidesnudo.

Craig preparaba café sin suspender su charlar con Ike. A pesar de ser una escena enternecedora, Kyle no pudo evitar callarlos abruptamente sin temer en romper el cálido cuadro.

En el instante en que Ike advirtió la presencia de Kyle en la cocina, se giró hacia él para observarlo con detenimiento y carraspeó divertido, avisándole que sólo portaba un ligero bóxer al igual que Craig.

Ike no era estúpido, por lo tanto eso solamente logró fomentar más sus sospechas de la procedencia de aquellos extraños sonidos que había escuchado la noche anterior, aquellos que le habían perturbado de tal modo que le habían arrebatado el sueño.

Kyle se encogió de hombros con pereza, indiferente a los verdaderos pensamientos que embargaban la indecorosa mente de su hermano menor. Procedió a callarlos nuevamente, con un disgusto creciente.

Craig volvió su inquebrantable rostro hacia Kyle, sin destruir su fría máscara de inmutabilidad al reparar en que se había duchado. Maldijo mentalmente, desechando mecánicamente cualquier plan reciente de hacerlo suyo una y otra vez de nuevo bajo la ducha.

Kyle comenzó a golpearse levemente su adolorida cabeza contra la mesa inútilmente, pensando que perdería-o más bien se le escaparía por la boca- la poca cordura que le quedaba en su organismo si ambos continuaban alzando la voz.

Craig colocó una taza de humeante café frente a Kyle, el cual en respuesta le mandó una mirada hostil que decía "Tenemos que hablar".

—Entonces, Craig es tu novio—aquello era más una afirmación que una simple pregunta. Ike se recargó contra la pared, esperando su respuesta con un gesto cínico en el rostro.

Kyle abrió la boca con intención de replicar, y negar aquel falso dato; pero Craig habló primero con voz clara y frívola, careciente de emoción.

—Así es— Craig tomó asiento en la silla contigua a la de Kyle, Kyle arrugó el ceño ante la acción, irritado.

Kyle prefirió no tomarle mucha importancia y alcanzó con la mano una rebanada de pan tostado calientita de un plato que estaba colocado en el centro de la mesa. Comenzó a mordisquearla lentamente, inseguro de la estabilidad de su estómago, pero por el contrario este pareció asentarse casi al instante. Kyle gruñó notando que estaba famélico y se devoró el resto del pan tostado impaciente.

— ¿Vendrás seguido? —preguntó Ike con curiosidad morbosa.

Kyle sintió la desconfianza punzar su piel, como un millar de minúsculas agujas dándole leves piquetes por cada rincón de su epidermis, aquella ronda de preguntas se estaba embaucando en un rumbo inestable e incómodo.

Pero parecía que la suerte estaba de su lado, pues Craig sólo hizo un gesto despectivo con la mano que no expresaba nada. No era un sí, no era un no. No era una respuesta concreta y Kyle contuvo una exhalación de puro alivio.

Ike permaneció callado unos segundos, algo colérico porque no mostrarán interés alguno en él. Kyle advirtió en sus ojos negros un atisbo de picardía, supo él entonces que no se avecinaba nada bueno.

—Si vienes yo no tengo problema. Pero no hagan tanto ruido la próxima vez, hay personas en su sano juicio que tratan de dormir—soltó Ike enfatizando el fragmento del "ruido".

Kyle casi se atragantó con su tercer pan tostado. Y no pudo evitar calumniar ese "casi", porque nada hubiera sido mejor que morir a tener que vivir esa aberrante humillación.

—Es pan integral, puedes comer todo el que quieras—dijo Craig con tranquilidad, perceptiblemente intentaba evadir el pequeño discurso de Ike.

—Parecían gatos en celo…—resopló Ike, esperó y sonrió satisfecho ante sus expresiones horrorizadas— Hum, pan con mermelada, mi favorito.

Ike sosegadamente tomó uno de los panecillos y se dirigió con ligeros saltos a la nevera para tomar el frasco de mermelada, omitiendo una risa presuntuosa.

—Kyle, necesito un favor—comunicó Craig con súbita calma, ignorando los comentarios del canadiense.

— ¿Qué cosa? —preguntó Kyle en respuesta, rodó los ojos antes de tomarle un pequeño sorbo a su café.

—Necesitamos que te unas al equipo de baloncesto.

Craig estuvo a punto de añadir que Kenny se había ausentado las últimas semanas a los entrenamientos por razones injustificadas, pero se contuvo. Un solo vistazo al rostro cansado e irritado de Kyle le indicó que era el momento menos apropiado para soltar explicaciones.

—Si te callas, sí—murmuró Kyle con agresividad, poniéndole fin a aquella conversación.

Craig sólo atinó a suspirar, no un suspiro de alivio, sino de exasperación. Kyle era una persona muy complicada. Algo se removió en su interior y le acogió la certeza de que ese año se llevarían el trofeo a casa.

….

Kenny contempló a Tweek sin molestarse en ocultar su fascinación. Tweek ingenuo ante la mirada escrutiñadora de Kenny, colocó el letrero centelleante que anunciaba que la cafetería de los Tweak se encontraba cerrada.

Era una hora avanzada de la noche. Una fina llovizna nocturna golpeteaba rítmicamente contra las vacías calles calmosamente. Gotas irregulares resbalaban por el enorme cristal del ventanal de la pared de enfrente de la cafetería. Afuera, todo estaba sumido por las sombras de aquella tormentosa noche, y al ser un pueblo pequeño, unos escasos carros pasaban por la avenida principal alumbrando momentáneamente con los faros a su paso.

Tweek se dirigió a Kenny con una pequeña sonrisa amistosa. Kenny era la única persona en el instituto lo suficientemente cercano a Tweek que era consciente que su incapacidad para mantenerse quieto era por una razón estrechamente apartada a las enormes cantidades de cafeína que Tweek ingería diariamente.

Tweek padecía la enfermedad de Parkinson.

Kenny advirtió un escalofrío recorrerle la espina dorsal al recordarlo, sin poder evadir un deje de abatimiento en aquellos cansados ojos avellanados. Había sido diagnosticado recientemente, y antes de darle la inmerecida noticia a su novio Craig Tucker, él le había puesto el fin definitivo a esa relación, a la que Craig se ofuscaba con terquedad a describir con el término "enfermiza".

Probablemente esa era una de las tantas causas por las que Kenny le atesoraba tanto odio a Craig.

El futuro de aquella relación lucía tan brillantemente positivo, que inclusive Kenny se había sorprendido al escucharlo de la propia boca de Tweek.

"—S-e acabó Kenny, y ya. Ni siquiera se m-molestó en justificarse, ngh."

Acabó. Y mal. Demasiado. Ambos, Craig y Tweek, eran incapaces de mantener una conversación sin sentirse incomodos, y mirarse a los ojos se había tornado una tarea imposible.

Kenny, simplemente no podía hacer nada más que observar como Tweek diariamente se ceñía más, con hipocresía, a su capa de aparente felicidad con la que se enfrentaba al mundo. Al injusto mundo.

La única y pequeña parte positiva de todo aquello era que Tweek podía ejercer una vida normal, con medicamentos y terapias adecuadas, lo cual impedía en gran parte que el Parkinson se fortaleciera dentro de él. No obstante, Tweek era fase dos, y a pesar de todo, parecía empeorar lentamente como una condena. Como un reloj de arena que marca el tiempo lánguidamente.

Para Kenny no era anormal preocuparse de sobremanera por Tweek, después de todo cuando todos le habían traicionado, dándole la espalda, Tweek fue el único que le extendió la mano desinteresadamente: y Kenny no dudaría ni un segundo en hacer lo mismo por Tweek.

Aun le dolía truncadamente el pecho, con el recuerdo de su padre. El irresponsable de Stuart McCormick los había abandonado a él, a sus hermanos y a su madre, por otra mujer. Stuart se había largado a la otra punta del país, y a Kenny le avergonzaba el hecho de carecer de una imagen de aquel farsante al que debía llamar padre donde no estuviera embriagado, malgastando en vicios que lo consumían de a poco a poco los deprimentes fondos económicos de los que la familia McCormick disponía.

Kevin, hermano mayor de Kenny, siempre había sido igual que Stuart. Cargaba con sus genes desvergonzadamente: si no estaba metiéndose en problemas por aquella pandilla callejera a la que pertenecía, estaba bebiendo o trabajando para adquirir más cerveza.

Fue entonces que la responsabilidad de "hombre de la casa" decayó en los hombros de Kenny, con tan sólo catorce años de edad y ya era el encomendado de mantener a lo que restaba de su familia, por lo menos en un estado no tan miserable.

Tweek terminó por ofrecerle un empleo de mesero en la cafetería local de sus padres, con un sueldo base bastante decente. El trabajo estrechó sus relaciones, volviéndolos amigos más cercanos, e incluso en diversas ocasiones al terminar sus jornadas bebían café acompañado por una cálida conversación.

A los ojos de Kenny, Tweek era un gran tipo;-una de las personas más buenas que tenía el gusto de conocer. A pesar de vivir situaciones muy distintas, a su vez ambos poseían problemas serios y Tweek era el único que conocía su deplorable realidad.

—He oído p-por ahí que, ngh, has e-estado faltando a tus e-entrenamientos—declaró Tweek inquietamente. Sonaba inseguro. Lucía inseguro, lo delataban sus nerviosas pupilas, pues no permanecía enfocada en el mismo punto por más de escasos segundos.

Kenny entendió que lo que Tweek buscaba era un porqué. Kenny tomó asiento en una de las sillas de la mesa rectangular, y Tweek tembloroso le imitó sentándose frente a él.

—Es verdad—acotó Kenny, sin ansias de decir más.

Tweek lo contempló afligido. Él sabía lo mucho que Kenny amaba jugar baloncesto. Además sus habilidades brotadas de sus experiencias con la muerte le habían dotado de una capacidad para mantenerse en constante alerta, que lo convertían en uno de los jugadores más valiosos del equipo escolar.

—T-también es muy o-obvio que has trabajado h-horas extras en el c-café—agregó Tweek, sirviendo torpemente un humeante café en dos tazas.

Cuando Tweek le ofreció una de las tazas amablemente, Kenny advirtió, distraídamente, que su dedo índice temblaba violentamente en contra de su propia voluntad.

—Con cuidado, Tweek—le advirtió Kenny con una dulzura que resultaba fraternal al aceptar gustoso la taza. Después de todo, a nadie le viene mal el café posteriormente de unas largas horas de trabajo.

Un silencio nada cómodo invadió la estancia y Kenny recordó de inmediato las palabras de Tweek.

—Mi madre está enferma. Yo necesitaba comprarle los medicamentos, es todo.

—Vaya… ngh ¿Nunca has p-pensado lo duro que trabajas? —le preguntó Tweek con la mirada fija en su taza.

Kenny lo miró confundido, sin saber sus exactas intenciones.

— ¿A qué quieres llegar? —inquirió él a su vez.

—M-mereces un aumento... pero n-no lo digo por la p-presión de ser tu a-amigo ¡Gah! —… Kenny resopló molesto, interrumpiéndolo. Se levantó bruscamente de la silla y observó a Tweek con el entrecejo irritado.

Esa era una de las razones por las cuales Kenny no solía confiar en cualquiera. La lástima. Era exasperante que todos lo miraran con aflicción, preguntándole que podían hacer por él. Lo hacían sentir como un niño, un niño insuficiente por el cual imploraban misericordia. Como si él no demostrara diariamente lo contrario. Kenny pensaba que podían ir y meterse su "misericordia" por el culo.

—Así que tú también... Creía que eras el único que al observarme me miraba a mí y no al infeliz que tiene que mantener a su familia. Eres mierda, Tweek. Eres mierda, como todos.

Las emociones detonadas en su hablar eran casi tan tangibles como sólidas, por lo tanto adquirieron un efecto negativo en Tweek, que atemorizado abría y cerraba la boca de inmediato, sin saber que decirle para tranquilizarlo. El pánico transitó por su cuerpo representándose en leves espasmos que se tornaron violentos y de sus agitados dedos se resbaló la frágil taza, la cual no era capaz de sostener con suficiente firmeza y cayó al suelo con un sonido sordo, destrozándose al instante.

Entre una de las grietas de los tablones de madera que conformaban el suelo se deslizó un delgado borbotón de café caliente. La fina taza estaba reducida a miles de añicos irregulares que yacían amenazantes sobre un pequeño charco.

—N-no te tengo lástima—musitó Tweek mordiéndose los labios con fuerza para soportar las lágrimas acumuladas en sus cuencas, que le desafiaban con desbordarse humillantemente.

Kenny posó su mirada en Tweek, que tembloroso había caído de rodillas al suelo, mojándose las rodillas de café. Lucía vulnerablemente roto y Kenny se sintió como un verdadero bastardo por haberle dicho eso.

Kenny arrepentido se inclinó hacia Tweek, y lo envolvió torpemente en sus brazos, sin saber qué hacer en realidad. El abrazo tuvo una buena reacción en Tweek, mejor que cualquier frase ingeniosa que se le hubiera podido ocurrir. A pesar de que no correspondió, Tweek descansó su cabeza contra el pecho de su alto amigo, con los brazos inertes a los costados y el cuerpo espasmódico por la agitación de las lágrimas y las emociones afanosas.

—Lo siento, de veras—se disculpó Kenny con veracidad, enterrando su fina nariz en el desordenado cabello dorado de Tweek.

—Pero s-si ve lo que he h-hecho, ngh, tienes razón s-soy una mierda—finalmente Tweek se permitió llorar silenciosamente, sin importarle si empapaba la sudadera gastada de Kenny.

El arrepentimiento le desgarraba las entrañas a Kenny, un sufrimiento incesante, que le hacía desear volver atrás y nunca haber abierto su indiscreta boca. Kenny comenzó a repetir insaciablemente múltiples "lo siento" que resultaban inútiles y Tweek se separó de su posesivo agarre para observar sus ojos.

—S-sólo no quiero crecer y que alguien t-tenga que hacerse c-cargo de mí.

Kenny supo que no se referían en absoluto a sus ofensivas palabras, si no a la taza destrozada del suelo. Evidencia de su padecimiento, que parecía corroerlo como veneno, tanto mentalmente como físicamente, pero sólo por su voluntad, sólo porque Tweek era inepto para ver lo fuerte que en realidad era y detener sus pensamientos perjudiciales. Era el mismo quien se imponía sus propios límites, era el mismo el que se rendía ante el pesimismo. "Demonios, Tweek tienes que luchar más" pensó Kenny, sin ser lo suficientemente valeroso como para decírselo de frente.

—Tweek, estamos en el siglo veintiuno, la medicina no es lo que solía ser, sólo con que continúes tu tratamiento te estás prometiendo a ti mismo una vida normal como a cualquier otro. Nada te asegura que vayas a empeorar.

—N-nada me a-asegura que vaya a e-estar bien, ngh—nuevamente su desesperanza cargaba su aguda voz— pero no h-hablemos más del t-tema, por favor.

De pronto, el rostro de Tweek se endureció mostrando una expresión que Kenny no supo interpretar. Tweek se irguió con torpeza, pero Kenny continuó de rodillas, indeciso.

— ¿Kenny? —le llamó Tweek, inclinándose ligeramente hacia el interpelado.

Kenny se mantuvo cabizbajo para no tener que encararlo. Se puso de pie, quedando a escasos centímetros de distancia de Tweek, sacudiéndose los trozos de la taza que se habían adherido a su raído pantalón para lucir casualmente despreocupado, y lo miró. Lo miró como nunca lo había hecho.

Él nunca había notado lo bajo que era Tweek, apenas y le llegaba a la barbilla, él sabía que Tweek era corto de estatura, pero el advertir la enorme diferencia con su casi metro noventa le hizo sonreír afectuosamente.

Tweek también lo observaba con incredulidad en sus grandes orbes azules. Era un azul que no era muy común, pero existía y la simple presencia de Tweek lo confirmaba. Sus ojos ligeramente rasgados, tenían un iris tan claro como el cristal, pero casi tan azulado como las aguas del lago local cuando se derretían en los más calurosos veranos.

—Iré por algo para limpiar esto—le anunció Kenny con voz enronquecida, grave de la sorpresa. Un tono tan seductor, -que incitaba a tentar pecaminosamente-, que los temblores de Tweek aumentaron de intensidad por un momento, casi imperceptiblemente y Tweek se obligó a tragar saliva haciendo el menor ruido posible.

Kenny se dispuso a ir a la parte trasera de la cafetería, con la cabeza hecha un bullicio personal de pensamientos acusadores por intentar de seducir a Tweek. Tweek era su amigo, uno de los pocos verdaderos que tenía, no era justo por ningún motivo que se propusiera jugar con sus sentimientos suciamente. "Como Butters" pensó Kenny deteniéndose en seco a mitad de su trayecto.

— ¡E-ey! ¡Gah! ¿A-aceptarás mi aumento? —le preguntó Tweek intentando no sonar muy desesperado.

—Si tanto lo deseas así…

Nuevamente estaba empleando la entonación sugerente en sus palabras, y Kenny se estrujó mentalmente las bolas. Pero Tweek por el contrario no reparó en ello, simplemente sonrió, satisfecho.

—P-por cierto… el c-cuarto de limpieza, está del o-otro lado.

….

Kenny arribó en su pequeña casa, cansado y empapado: de camino de regreso hacia su hogar después de una larga jornada de trabajo, le había sorprendido la intensidad que la leve llovizna había tomado, la cual se había convertido en una lluvia torrencial. Le escocían un poco las rodillas y la parte baja de sus piernas; tan sólo unos pequeños rasguños provocados por los restos de la taza, aun así no era nada que fuese a provocarle una muerte inmediata.

Se adentró a su humilde hogar sin poder evitar un gesto de abatimiento. Las goteras que humedecían la alfombra rota y empolvada le avisaban que necesitaban un nuevo techo con urgencia.

La sala de estar, siempre llena de ruido proveniente del televisor o de las voces de sus hermanos, permanecía inusualmente silenciosa. Era una habitación reducida y con escasos muebles, gastados y otros devorados parcialmente por la plaga de polillas, con el viejo televisor que seguía en su mismo sitio desde que cursaba tercer grado. Estaba vacía, vacía de un modo perturbador.

Se dirigió a la recamara que solía ser de sus padres, con un mal presentimiento plantando raíces de malditas ideas en su cabeza. Contempló al entrar, a su madre, Carol McCormick recostada impávidamente sobre el deteriorado colchón, arropada con sábanas desteñidas para mantener el calor. Desde el umbral, Kenny pudo escuchar el silbido de su trabajosa respiración y sus dedos se aferraron con fuerza al marco de la puerta.

— ¿Kenny? ¿Has estado haciendo turnos extras de nuevo? —le preguntó su madre sin molestarse en moverse una pulgada de su sitio en la cama.

Kenny la observó ácidamente, no parecía estar en muy buen estado y eso era algo que les preocupaba a sus tres hijos, sobre todo a Kevin que en búsqueda de olvidar la situación, acudía a la compañía de los pandilleros del peligroso barrio donde tenían la mala suerte de vivir.

—Sí. Por cierto, te llevaré al doctor el martes—le informó Kenny, haciendo un gesto despreocupado con la mano al mismo tiempo que se esforzaba por poner una buena cara.

—Necesito que hables con tu hermana—dijo ella con voz enronquecida.

Kenny automáticamente se cuestionó como es que no había reparado en ello antes. La voz ahogada evidenciaba que Carol había estado llorando con anterioridad, Kenny se giró para no tener que ver su rostro con el fin de mantenerse frívolo.

—Lo haré, ma—respondió Kenny, retirándose de la habitación con prisa, como si el ambiente deprimente de la estancia le sofocara.

Percibió al avanzar a la recámara de su hermana que unas punzadas dolorosas le cruzaron por sus agotadas piernas-un dolor muy distinto al de los leves rasguños-, no le sorprendería en absoluto morir de cansancio antes de girar el pomo de la puerta.

Se detuvo momentáneamente justo detrás de la única puerta blanca de la casa, advirtiendo unos leves jadeos entrecortados, el característico sonido que las personas solían proferir al llorar.

Le apesadumbraba el saber que desde la partida de su padre, no se había permitido derramar una lágrima por nada ni por nadie. Triste era el entender que su dura vida había descompuesto su carácter tan gravemente que lograba a sorprenderse de su repentina frialdad; a veces hasta traer chicas a su casa en noches solitarias para descargarse, había perdido su sentido. Kenny siempre agradecía un buen par de piernas bien torneadas, a las cuales sucumbir ante el placer, pero que fuera deleitable no le daba un significado concreto. Ni siquiera una lógica o una razón.

Kenny dio unos leves toquecillos con los nudillos sobre la madera de la puerta.

— ¿Puedo pasar? —preguntó.

Hubo una larga pausa silenciosa antes de que las viejas bisagras de la puerta rechinaran agudamente, claro aviso de que estaba siendo abierta, y una mata de cabellos castaños voló precipitándose en su dirección, al mismo tiempo que unos largos pero débiles dedos se aferraran con desesperación a la espalda de su vieja sudadera anaranjada.

Karen, su hermana, le estaba abrazando con fuerza mientras las lágrimas no dejaban de correr por sus mejillas trigueñas, mojando aún más sudadera. Impotentemente, Kenny le acarició fraternalmente su cabellera castaña, que se deslizaba con facilidad por entre su mano, suave al tacto, como si cada hebra castaña fuese de seda.

—Tranquila, puedes decirme qué paso—le alentó Kenny.

Karen con sus bellas facciones, un poco marcadas por la infancia, deformadas por el dolor, se apartó de Kenny sin alejar sus femeninas manos de su amplia espalda masculina. Kenny clavó sus ojos en los de ella, advirtiendo de inmediato que aquellos orbes motivo de suspiros masculinos, tan coquetos, tan provocadores como los de su hermano, estaban hinchados e inyectados en sangre, indicio de que al igual que Carol, había llorado por horas.

—E-está muerto. Kevin está m-muerto—balbuceó ella antes de llorar desconsoladamente de nuevo.

Kenny la observó suplicante, que se aferraba a él como si fuese lo último que le quedara en el mundo, esperando que tarde o temprano Karen le dijera que todo era una vil broma aun cuando sabía a la perfección que no iba a ser así.

Su hermano mayor, el único que tenía, estaba muerto. Kevin podía haber sido un idiota egoísta, pero lo amaba de la forma impotente en que se ama a alguien con el que compartes vínculos de sangre. El único consuelo de Kenny era que sabía que Kevin le amaba de igual forma, aunque nunca se lo hubiera dicho, pero así estaba plasmado en el código de hermanos.

No iba a volver; Kenny asió la espalda de su hermana hacia él, apretándola contra su cuerpo convulso para llenarse de su calor, mientras reconocía una lágrima resbalar por su mejilla. Tan fría, tan helada como sus propias manos que temblaban espasmódicas.

El arrepentimiento lo atacó de nuevo, rompiendo en pedazos lo poco que le quedaba de sanidad; destazándolo como en sus más viles muertes. Y acabó, terminó el dolor.

El hilo de dolor fue cortado tan rápidamente como un parpadeo, consumido por la ira. La ira lo condujo al vacío del rencor, y el rencor a las ansias de venganza.

….

Era absurdo, una completa tontería. Era la idea más estúpida que Kyle había escuchado jamás, buscó entre la biblioteca personal, -así denominaba a su brillante cerebro-, sin poder encontrar el adjetivo que se ajustara a la perfección a la descripción de aquella simple afirmación.

— ¿Dos semanas? —chilló Kyle horrorizado.

El entrenador Cole asintió con la cabeza, con una expresión dura en su ridículo rostro.

—Sé que suena imposible, pero de todas formas estarás todos los partidos en la banca…

Algo estalló en la cabeza de Kyle con aquellas palabras; si había algo que le enfadara en el mundo aún más que lo tratasen como chica, era que lo subestimaran. Soltó un gruñido que sobresaltó al entrenador Cole y enceguecido por la ira comenzó a bramar y a hablar precipitadamente con suma torpeza, como solía hacerlo cuando le encolerizaban.

—Le juro, señor, que dentro de dos semanas me estará suplicando que los acompañe al torneo, y no justamente para permanecer sentado en una banca, entrenador.

El entrenador sonrió satisfecho, y al hacerlo unas arrugas surcaron al derredor de sus pequeños ojos cafés.

—Ese es el espíritu muchacho—exclamó con entusiasmo, al mismo tiempo que le daba agresivamente unas palmadas amistosas en la espalda.

….

Kyle notó la ausencia de Kenny a la tercera hora. Le preocupaba que su amigo se hubiese metido en problemas o algo peor. No era como que Kenny nunca faltara a la escuela, y también cabía la posibilidad de que había muerto camino a la escuela como solía pasar antes. Pero algo iba mal. Simplemente, algo iba muy mal.

Kyle no sabía cómo es que había llegado a esa conclusión, no sabía si era una impaciencia enfermiza o algo similar, pero… era solamente que sentía una extraña opresión en el pecho, como un mal presentimiento. No tenía razón alguna para comportarse pesimista, pero… Kyle lo sentía.

Por eso es que Kyle necesitaba información del paradero de Kenny, y no tenía ni idea de a quién recurrir. Él dudaba que Butters tuviera algún dato útil; no obstante, aun así, terminó buscándolo por los pasillos abarrotados del instituto y no le sorprendió encontrarlo leyendo solitario en una banca.

— ¡Butters! —le llamó Kyle al estar a pocos metros de él.

Butters apartó tímidamente la mirada de su libro, "Por quién doblan las campanas", para observarlo.

—Hola, Kyle—le saludó Butters titubeante, mientras cerraba el libro de golpe.

A Kyle le incomodaba interactuar con Butters, por su torpeza al hablar. El hijo de los Stotch era probablemente una de las personas más introvertidas del pueblo, viviendo en constantes castigos se le impedía salir, lo cual lo había vuelto repudiado por las personas que vagaban por el instituto, e irrespetuosamente lo tachaban de "bobo"-uno de sus sobrenombres más afamados era bobutters- y "raro".

Lo primero fácilmente podía contradecirse, tomando en cuenta sus calificaciones casi tan sobresalientes como las de Wendy Testaburger, pero para lo segundo era imposible encontrarle una objeción bien fundamentada.

— ¿Dónde está? —le preguntó Kyle, sin dar muchos rodeos.

Kyle no quería alargar mucho la conversación, pues no le agradaba que lo vieran charlando con él-bastante tenía con que le llamaran empollón-, y no toleraba en sí al mismísimo Butters.

Por la forma nerviosa en que Butters comenzó a frotarse sus nudillos, Kyle llegó a la conclusión de que debía estar adivinando en que estaba pensando.

— ¿Quién? —inquirió a su vez Butters, con inocencia. Parecía estar confundido y un brillo de curiosidad resplandecía en sus tímidos ojos.

—Kenny.

A Butters se le iluminó el rostro ante la mención de su nombre, además lucía como si le hubiesen encendido el interruptor que ponía a trabajar su brillante cerebro.

—No lo sé.

Pero tal parecía que no era tan brillante…

—Gracias—farfulló Kyle con hostilidad. Dispuesto a irse de ahí, dio media vuelta, dándole la espalda a Butters y comenzó a caminar con el entrecejo fruncido.

Butters le gritó su nombre, para llamar su atención nuevamente. Kyle se detuvo a mitad del pasillo, sin siquiera darle una ojeada de vuelta, pero aun así le hizo un gesto desdeñoso con la mano para que continuara.

— ¿Es verdad? ¿Es cierto que andas con Craig?

Kyle maldijo por lo bajo, preguntándose si Craig había andado por los pasillos divulgándolo o si era el mismo "el obvio" al estar en su compañía en clases o en los pasillos.

—Hum, sí.

Nuevamente retomó su trayecto para apartarse de Butters y su indiscreción vergonzosa, cuando una voz le secundó con inquietud:

— ¿Hablas enserio?

"—Si me entero que le contaste a alguien sobre esto, te juro por la tumba de mi padre que la próxima sangre que se va a derramar aquí, será la del hippie asqueroso ese, ¿entendido?".

Los vagos recuerdos de la noche del sábado le llegaron inesperados a la mente, invocados por la propia voz de Stan. Algo dentro de sí le gritaba que se alejara de ahí, antes de que Cartman lo viera. Ignorando las ansias de verle el rostro o contestarle su pregunta, se alejó rápidamente a pasos deliberados a un rumbo inseguro.

— ¡No me ignores!

Pero si lo hizo, y desobedeciendo la orden de su supuesto "súper mejor amigo" se alejó de la escena con la mirada fija en el suelo.

….

Kyle esperaba que fuera su imaginación, pero nuevamente mientras Craig le tomaba de la mano, sintió millares de ojos acusadores clavados en su espalda.

—Cartman encontró tu celular—murmuró Craig, jugando distraídamente con los dedos de Kyle.

"Ese culo gordo de seguro lo tuvo todo el tiempo" masculló Kyle mentalmente, mientras apretaba los labios frustrado, gesto que Craig notó al instante, pero ignoró el gesto pensando que carecía de importancia.

—Dile que… gracias—farfulló Kyle forzándose a decir la última palabra. Contempló como Craig depositaba su conocido celular negro en la superficie de la mesa con la mano libre.

—Bien…—Craig esperó—. ¿Qué te dijo el entrenador?

—Nada que no supiera antes. Que en dos semanas irían a Denver, que sería imposible ponerme en forma en tan poco tiempo, pero que de todas formas estaría en la banca—relató Kyle, resumiendo todo lo que le había explicado el entrenador Cole tras ponerlo a trotar por quince minutos.

— ¿No podías simplemente decirme que te aceptó? —le inquirió Craig, con los ojos verdes entrecerrados de forma burlona.

—Cállate.

….

Para Kyle el resto de la semana se fue muy acelerado. Demasiado para su gusto personal, cuando menos se percató ya era viernes. Ese mismo día Stan pareció comprender finalmente las intenciones de Kyle al ignorarlo, y le siguió el juego, aplicándole hostilmente la ley del hielo.

Aquellas dos horas de entrenamiento diario se volvieron un tormento personal para Kyle, especialmente al momento de simular equipos para practicar el entrenador tenía cierta obsesión por ponerlos en grupos contrarios, y Stan tomando ventaja de la situación aprovechaba cualquier oportunidad para rozar "accidentalmente" a Kyle.

La mayoría del tiempo la vista de Stan permanecía posada en Kyle, pero lejos de alagarle, a Kyle le preocupaba. A veces terminaba por devolverle la mirada por escasos segundos, antes de que alguno apartara la mirada. Y por lo general ese "alguno" era Kyle.

Stan observó lastimeramente a Kyle, que fingía no saber que lo observaba nuevamente. Kyle charlaba con Token sobre los partidos más sobresalientes de la semana. El entrenador había puesto el fin al entrenamiento del viernes, segundos atrás.

Aún no había oscurecido, pero desde el lugar donde Stan estaba de pie en el gimnasio escolar, tenía de vista una gran porción del cielo, que yacía de un tono grisáceo y uniforme por las nubes que se arremolinaban en la intemperie, era un paisaje que resultaba deprimente de solo verlo.

Le frustraba que Kyle le ignorara sin razón aparente, sobre todo porque parecían estar tan bien antes del sábado. Jodidamente perfecto. Tal vez, sólo Kyle era un buen mentiroso.

Kyle no le hablaba, no contestaba sus e-mails, ni sus mensajes, ni siquiera respondía sus llamadas. Stan tenía que conformarse con los escasos momentos en que él le devolvía la mirada. Momentos muy cortos, de pocos segundos.

Stan le preocupaba la verosimilitud de los numerosos rumores que había tenido el placer de escuchar esa semana, todos sobre su súper mejor amigo, que parecía ser la comidilla del instituto al mantener una relación homosexual tan abiertamente. Unos consideraban eso como algo tierno e incluso lindo; pero otros por el contrario se dedicaban a mirarle con repulsión, y pensaban que debía ser echado de algo tan "masculino" como el equipo de baloncesto. No obstante, a pesar de las amenazas, ahí estaba, a escasos metros de él. Con un balón anaranjado bien sujeto bajo los brazos ligeramente marcados.

Kenny por otra parte había faltado al instituto toda la semana, y solamente Cartman y Stan sabían que su ausencia era gracias al luto que le guardaba respetuosamente a su difunto hermano mayor.

No habían encontrado el cuerpo nunca, sin embargo Kenny se había aventurado en su búsqueda, ya que era indetenible por su falta de miedo a la muerte. Era algo estúpido e irracional, pero ni Eric ni Stan alzaron la voz a contradecir, Kenny podía llegar a ser tan jodidamente terco como Kyle.

Durante los cinco minutos-sí, Stan los había contado cada uno de ellos- que duró la conversación entre Token y Kyle, él no dejó de repetirse mentalmente su plan una y otra vez, era bastante simple: era cuestión de llegar primeramente, apresarlo, y obligarle a darle un par de respuestas.

Stan levantó el rostro, y divisó a lo lejos a Token despedirse efusivamente de Kyle con la mano. Cuando Stan advirtió que Kyle se disponía a ir a los casilleros por sus cosas, Stan lo siguió sigilosamente como una sombra.

Tal como Stan supuso los casilleros estaban solitarios. Aprovechando la soledad de la estancia, Stan se colocó en el camino de Kyle bloqueándole el paso precipitadamente, con ambos brazos.

—Tenemos que hablar, Kyle—. Stan percibió como aumentaba el sonrojo en las mejillas de Kyle conforme más se acercaba.

—No hay nada que hablar—tajó Kyle con voz apagada, retrocediendo ligeramente para no estar tan cerca del rostro de Stan.

— ¿Por qué jodidos me ignoras? —Stan sonaba patético, pero prosiguió alentándole a que le contara la verdad que tanto ansiaba: —Dímelo.

—No te diré—musitó Kyle en respuesta claramente molesto.

En ese preciso instante la espalda de Kyle topó con la pared, dejándole sin escapatoria alguna. Tenía el rostro de Stan a un par de milímetros del suyo, ambos sabían lo que venía. Kyle respiró fuertemente, al advertir la suavidad de la punta nariz de Stan rozar la suya con delicadeza… y se apartó bruscamente, ladeando el rostro.

— ¡Entiende por favor que no te puedo dar respuestas! —Antes de que Stan se quejara, Kyle retomaba la palabra de nuevo. —Lo hago por tu bien ¡Maldita sea!

Sus ojos se encontraron involuntariamente, magnetizados. Las pupilas de Kyle se complacieron de quedar hipnotizadas por el azul tan atrapante del iris de Stan. Un azul que nunca había visto en otra persona.

—Lo siento.

Dicho esto, Kyle se agachó, para escabullirse entre el pequeño espacio que quedaba por debajo de uno de los brazos de Stan y se fue. A Stan le quedó cierta sensación de deja vú. Lo contempló alejarse como tantas veces sin molestarse en hacer nada. Y demonios, como comenzaba a cansarse de eso.

.

Chan chan chan chán. Veamos qué tal le hace Stan en el próximo capítulo que abarcará todo el torneo en Denver, va a ser uno largo, les advierto (por mi propia salud mental espero y no). Trataré de tenerlo listo para el sábado. (Entiendan que tengo bloqueos muy frecuentemente), pero la buena noticia es que actualizaré más rápido (ahí vamos de nuevo con mis contradicciones), y que ya vamos a la mitad. Sólo siete capítulos más y se acaba ¿Pueden creerlo?

En fin, gracias de veras por sus todos Reviews, alertas y favoritos, los aprecio mucho. Sus palabras de aliento son mi más grande inspiración y motivación para continuar con esta historia.