Volví. (MÁS información abajo (?)).
South Park no me pertenece, pero Matt Stone cofcofsecretamentesícofcof.
….
10.
Bebe Stevens terminó de colocar escrupulosamente un llamativo cartel en la pared. El anuncio recitaba con letras enormes que ella era la mejor elección para ser la reina del baile de primavera. Bajo aquello, yacía una foto suya con una falsa sonrisa cubierta por un rosado pintalabios discreto.
Era hermosa, Bebe lo sabía a la perfección. Aquel narcisismo, precisamente, era lo que le empujaba a resaltar entre los pasillos. Portando siempre las mejores ropas, los más dispendiosos cosméticos y los más complejos tratamientos para cabello que mantenían sus bellos rizos como largos bucles rubios. Era perfecta, simplemente perfecta.
O al menos, Bebe se esforzaba en aparentarlo.
Bebe se alejó del lugar, con sus largos tacones repiqueteando contra el suelo y las caderas moviéndose a un compás de mera coquetería. Llamaba la atención, aun sin siquiera provocarlo por su cuenta; en cuanto comenzó a avanzar por el pasillo con los estudiantes abriéndole el paso incapaz de rozarla, todas las miradas fascinadas se posaron en ella, pero por el contrario, todas las conversaciones cesaron de súbito, como si ella hubiese presionado un interruptor de apagado.
A lo lejos, Bebe atisbó a su particular grupo de "amigas" comandado por Wendy Testaburger, a una distancia razonable. Se acercó a ellas con una expresión felina en su bello rostro, mientras captaba como las conversaciones se volvían más hostiles, y el gesto en la cara de Wendy se enfriaba.
El remordimiento por lo sucedido embargó a Bebe, y con ello, comprendió que ella, en sí, era lo más lejano a la perfección que podía existir. Ostentaba de una superficie hermosa, pero por dentro estaba descompuesta, llena de errores que los demás eran incapaces de ver.
Bebe entrecerró sus ojos con desdén, disminuyendo el ritmo de su caminata para intentar pasar inadvertida, y su disonante taconeo se disminuyó a unos golpeteos sigilosos. Avanzó hacia Wendy lánguidamente, pero de súbito una figura se le atravesó interrumpiendo su recorrido, al lapso que imprevistamente una mano cálida que conocía a la perfección se aferraba a su muñeca con fuerza.
— ¡Bebe! —exclamó Stan frente a ella, sonriéndole con dulzura.
Bebe giró el rostro, distraídamente, y su mirada se posó en Wendy que le devolvía el gesto con hostilidad con aquellas orbes avellanadas frívolas como témpanos de hielo.
—Oí la mala noticia—susurró Bebe. Sin inmutarse, aprovechando que tenía la mano de Stan ceñida en su muñeca, comenzó a jugar con sus dedos impensadamente.
— ¿Cuál de todas? —preguntó Stan, a su vez, tornándose repentinamente precavido.
—Perdieron el campeonato.
Stan le sonrió, intentando confortarla.
—Pero yo gané otra cosa—musitó, guiñándole un ojo con picardía para lucir insinuante. —Pero te contaré después. Tengo Cálculo—suspiró—. Te busco cuando acabe la clase.
Su respuesta salió precipitadamente de su boca, dando la conversación por concluida con un suave beso en su mejilla que provocó que ella cerrara los ojos. Bebe soltó su mano despacio, sin dejar de dedicarle un último gesto de comprensión.
Bebe reprimió las ansias de agitar la cabeza para ocultar el creciente sonrojo que invadía su pálida cara. Resignada, retomó su dirección originaria hacia Wendy, que le contemplaba tajante. Wendy acalló abruptamente su conversación en el instante en que Bebe se acercó lo suficiente como para percibir un fragmento de su plática. Tras haberse silenciado con su presencia, Wendy fingió ignorarla y actuando con falso infantilismo, apresó el brazo de Red entre los suyos para llevársela lejos de ahí.
Bebe quiso llamar su nombre, pero las palabras se obstruyeron en su garganta, y aquel incómodo nudo que le enmudecía y le amenazaba en convertirse a lágrimas de humillación. Lágrimas de humillación que no se permitió derramar.
….
Stan y Kyle no podían dirigirse la palabra. Ni siquiera podían cruzar miradas. Aun a pesar de que Kyle se sentara atrás de Stan, por rutina más que nada, temía observarlo siquiera un segundo, pues era consciente de que desde la otra punta del aula, Cartman lo vigilaba descaradamente, atento a cualquier movimiento furtivo.
—Préstame tu borrador—le ordenó Stan en un murmullo, sin inmutarse ni voltearse para verle.
Kyle obedeció en silencio. Era imposible que Cartman lo dañara por prestarle solamente un borrador, era una razón sumamente ridícula para culpar.
Al pasarle la goma de borrar, Stan la cogió con cuidado de no rozar su piel con la punta de sus dedos, una medida preventiva que Kyle lamentaba profundamente.
Kyle esperó con los ojos fijos en la página de su libreta, que al contrario de las de sus compañeros de clase, permanecía llena de ecuaciones ya respondidas. De repente, Stan colocó cuidadosamente su borrador sobre su butaca, evadiendo el contacto visual, como si continuaran enojados con el otro.
Kyle le dirigió una rápida mirada de soslayo a Cartman, que para su suerte, yacía con el portaminas sujeto en la mano pintarrajeando en su propia libreta. Tras estar seguro de que no le observaban, tomó la áspera goma de borrar cuadrada entre sus dedos, dispuesto a meterla a la mochila, cuando advirtió involuntariamente unos garabatos mal hechos encima. Kyle reprimió un gruñido de disgusto, hasta que discernió en el hecho de que no eran dibujos, sino que era un mensaje concreto. Escrito con muy mala caligrafía, casi inentendible, algo que resultaba hondamente inusitado en Stan.
"¿En la tarde estarán tus padres en casa?"
Kyle apretó con fuerza la goma de borrar, casi a punto de romperla, al atisbar en la parte posterior que el mensaje terminaba con un cursi: "te necesito".
Tomó el bolígrafo y le respondió precipitadamente, ocupando cualquier otro espacio limpio restante con su pulcra escritura.
"No, ¿cómo lo sabes?".
Tras verificar, nuevamente, que Cartman continuaba en su propio universo individualista, se inclinó hacia adelante con cuidado y pasando un brazo por uno de los costados de Stan, depositó el borrador sobre su libreta que yacía en blanco.
Unos segundos después, Kyle ya tenía de nuevo la goma de borrar en sus manos.
"Eso no importa. Iré a tu casa por la tarde y… te compraré otro borrador".
Kyle sofocó una carcajada, en esa ocasión de nerviosismo, porque sabía a la perfección que la razón de aquella visita no era precisamente para comprar una goma de borrar.
Stan al advertir el suave tacto de la mano de Kyle deslizándose lentamente por su muslo, aun por encima de la hosca tela de mezclilla, agradeció el hecho de estar sentado junto a la ventana. Stan, al sentir su contacto amplificado, tragó saliva ruidosamente, claramente alterado, y le regaló una sonrisa a pesar de que Kyle no la vería.
….
Tal como Stan había prometido, tras concluir con su clase de Cálculo, pasó a buscar a Bebe a su correspondiente aula, casi automáticamente. No obstante, a pesar de lo acordado, Stan no abrió la boca en el trayecto a la segunda clase, la cual ambos tenían la suerte de compartir. Ni siquiera habló cuando la escoltó educadamente hacia su tercera clase. Stan lucía serio, pero al mismo tiempo, parecía contenido, como si se mantuviera ocupado ocultándole algo de suma importancia.
Bebe colocó una mano femenina sobre su hombro, en un gesto de aparente comprensión.
—No te sientas forzado a contarme las cosas—musitó ella, mirándolo directamente a sus ojos azules que refulgían con la afabilidad que tanto le caracterizaba.
—Gracias—respondió Stan, algo aliviado por no tener que darle datos de importancia a Bebe. Se sentía liberadoramente bien el no haberle contado a nadie lo acontecido en Denver, pues si aquello implicaba directamente en la integridad física de Kyle, él actuaría de inmediato a su favor. Aun si aquello significara alejarse de él. Ya que Stan no dudaba ni un poco que Cartman fuese capaz de cumplir sus amenazas.
— ¿Sabes que todos piensan que terminaste con Wendy por mi causa? —le preguntó ella, sacándolo de sus pensamientos.
—En realidad, sí. Pero no le tomo mucha importancia, son sólo rumores—respondió él, advirtiendo como conforme más hablaba los ojos avellanados de ella lucían más distantes, como si ocultaran un secreto.
—Como digas—tajó ella, en un susurro, al lapso que desviaba la mirada evasivamente.
— ¿Qué sucede?
—Nada, Stan. Nada. —gruñó Bebe. —Me voy, pero quiero que pienses sobre esto.
Bebe se colocó de puntas para estar a su altura y nerviosa le rodeó el cuello con sus delgados brazos. Lo contempló incrédula unos instantes por lo que estaba a punto de hacer, y finalmente acortó la distancia entre sus labios. Fue un beso muy corto, pero muy satisfactor para ella, que se apartó con una sonrisa.
—Sólo fuimos amigos con derechos. Y estuvo mal—murmuró Stan entrecerrando sus ojos para mirarla con hostilidad.
—Puede que volvamos a serlo. Muy pronto.
…
Wendy se sentó en su cama, dejándose guiar por las febriles manos de Cartman que recorrían su cuerpo aun por encima de la molesta ropa.
—Ya basta…—los labios de Cartman comenzaron a descender de sus labios hasta su largo y níveo cuello, estremeciéndola. —Detente, Eric.
—Tranquila, te gustará.
….
—Más despacio, Stan —suplicó Kyle, cerrando los ojos al sentir la boca del interpelado posarse sobre la suya, para proceder a devorarle ansioso en búsqueda de un placer, que lucía insaciable. Aquel regocijo que cosquilleaba sus pieles al saber que todo aquello iba más allá de una simple implicación física, los empujaba a entregarse a caricias entusiastas que incitaban a algo más.
—Déjate llevar—le susurró Stan en su oído con voz enronquecida por el tacto de las puntas traviesas de los dedos de Kyle al recorrer su pecho.
—No puedo, tenemos que ser silenciosos—respondió Kyle, buscando sus ojos azules con la mirada.
Stan asintió con la cabeza levemente, y antes de poder agregar algo más, Kyle le silenció rozando sus labios, por una vez más, contra los de su mejor amigo.
….
Kenny continuó con su paso apesadumbrado, se dirigía a un rumbo incierto que no quería conocer. El sonido rítmico de sus pies al caminar era lo único audible, además de los súbitos susurros de los automóviles al cruzar por su lado, que opacaban el compás ordenado de su caminata.
Por alguna extraña razón, una ínfima parte en su mente le advertía sobre el verdadero destino al que se dirigía. Tan sólo por ello, temía alzar la vista y toparse de pronto con algo que él sabía que no debía ver.
Aun a pesar de aquello, se detuvo en seco, siendo embargado por el silencio de inmediato y al enfocar su mirada a la delantera, se encontró con una estructura que se alzaba imponente.
Una casa parecida a las demás de los alrededores, tan sólo diferenciable por el árbol de manzanas que yacía plantado frente al patio en un pequeñísimo jardín.
En ese instante, al mover su vista para divisar la parte superior del hogar y distinguir su desordenada cabellera rubia desde por detrás del aprisionador vidrio de su ventana que les separaba sin remedio, comprendió entonces.
Kenny McCormick estaba enamorado.
Kenny negó con la cabeza violentamente, intentando apartar aquellos malos pensamientos de su mente. Pues era imposible, para él concebir la idea de que al jugar con alguien el mismo se había atrapado. No podía ser posible. Eso estaba mal. Incorrecto. Kenny factiblemente el chico más promiscuo de todo el instituto, había caído enamorado en una más de sus jugarretas. No sólo enamorado de alguien, si no que esa persona era un hombre, y aquel hombre en concreto era su total opuesto. Butters, el joven más repudiado en los pasillos.
Kenny no era homofóbico. Por el contrario, llegaba a considerarse bisexual por algunas movidas en el pasado con otros hombres. Sin embargo, el vivir una vida destrozando ilusiones de ingenuas adolescentes le había dejado algo bastante claro. Jamás iba a permitir que alguien lo pusiera en aquella situación. Con ello, Kenny impuso el muro de la indiferencia con el amor.
—Pero claro, no faltaba el mocoso con demoledora—susurró Kenny sarcásticamente, en una octava más alta de lo anticipado y antes de que se percatara de lo que había dicho, una voz aniñada, pero sumamente dulce, le respondía:
— ¿Quién tiene demoledora? —inquirió Butters, con los ojos muy abiertos en un gesto que resultaba enternecedor, titubeaba al hablar y por lo encendido de sus pálidas mejillas, Kenny supo que él estaba esforzándose por lucir lo más indiferente que su débil cuerpo le permitía. Aquel cuerpecito esbelto que yacía cálidamente ante él, con sus manos ceñidas en temblorosos puños por el frívolo clima frente a su pecho, como si deseara apartar a Kenny de él.
—Nadie—suspiró Kenny, colocando su mano meticulosamente sobre la cabeza de Butters, que duras penas le rozaba los hombros, para después despeinarle la suave cabellera dorada en un cariñoso ademán involuntario.
— Kenny… estás ruborizado—musitó Butters, nuevamente empleando aquel tono inocente, que para Kenny resultaba provocador.
—Es el frío—replicó Kenny, incapaz de idear otra excusa más certera.
— ¿Por qué no damos un paseo? —sugirió Butters, con el tartamudeo cada vez más obvio. Kenny tras no poder discernir si era por el nerviosismo o provocado por el gélido clima, le regaló la sonrisa más sincera que su boca pudo esbozar e intentando alegrarle un poco aquel día, le tomó de las manos de súbito.
Butters, tímidamente, le devolvió el apretón con inquietud, al lapso que entrelazaba sus dedos. Sus rosados labios se entreabrieron lentamente, tentándolo a besarle, no obstante él comenzó a hablar de nuevo:
—Gracias—se limitó a decir él, en un tono que Kenny no supo interpretar si era aflictivo o de encogimiento por el repentino contacto físico.
—"Ni lo menciones, soy yo quien te debería agradecer"—pero aquellas cálidas palabras, no se dignaron a salir de la boca de Kenny.
….
—Stan…—gruñó ella con los ojos avellanados entrecerrados en un rictus de regocijo. El placer le comenzaba por nublar los sentidos y le alejaba de la cautela que le permitía fingir que era consiente que el cuerpo que temblaba de ira sobre ella no era el que deseaba. Que los labios que acariciaban su tersa piel, no eran los que quería, que las manos que viajaban por su cuerpo no eran las que amaba.
Sin poder evitarlo, las frívolas lágrimas acudieron a sus ojos desbordándose por sus ruborizadas mejillas acaloradas. El éxtasis lucía tan lejano, conforme era más consecuente de la realidad e identidad de la persona que yacía junto a ella, más se apartaba de su alcance, devolviéndole el control de sus actos sin realmente quererlo.
—P-por favor, quítate—suplicó ella a su amante, entrecortadamente, por los sollozos que se le escapaban de su garganta.
Cartman en silencio, se apartó de aquel cálido cuerpo femenino, incapaz de recriminarle.
—Llevas gritando su nombre, prácticamente desde que comenzamos, ¿por qué no me lo dijiste?, ¿no podías decirme que aún no le habías olvidado? —le preguntó él, ya de pie sobre el suelo, con hostilidad, como si se odiara a si mismo por serle imposible la acción de olvidarla. Se subió con movimientos rápidos el bóxer, y sucesivamente el pantalón en espera de una respuesta. Al menos una mentira que pudiese forzarse a creer, porque eso era lo que él, literalmente, ansiaba de ella. Correr, más no huir.
—Aun… aun lo quiero—admitió ella con las lágrimas goteando en su mentón hasta humedecer las sedosas sábanas que la protegían de la desnudez. La mano femenina, temblorosa, se dirigió inquieta hasta la mesita donde reposaba su celular y con débil voz trémula, Wendy, se lo llevó a la oreja.
— ¿A quién le marcas? —inquirió Cartman, incapaz de creer lo que sus atónitos ojos observaban.
Wendy alzó el rostro lánguidamente, y atisbó de inmediato, aflicción en su turbado rostro. Le estaba matando por dentro.
—No quiero continuar con esto. Le diré la verdad a Stan.
….
Stan le cubrió bruscamente la boca a Kyle con su mano, ahogando los gemidos que le eran imposibles de disimular. Bajo su cuerpo, Kyle temblaba preso de sus sentidos, sufriendo espasmos involuntarios de lo que implicaba alcanzar la cúspide máxima del placer. Sus manos se aferraban agitadas a la pálida espalda de Stan, recientemente aruñada por sus cortas uñas.
—Ya no puedo más—farfulló Stan, ocultando su ruborizado rostro en el hueco entre el níveo cuello y el hombro de Kyle para sofocar los suspiros que él sabía que no controlaría, al lapso que sus ojos se cerraban con fuerza.
Vagando entre los caminos del deseo y retando a lo ilícito, Kyle logró alcanzar el punto máximo al mismo tiempo que Stan le seguía con un gemido ronco. Stan agotado, temblaba ligeramente, sin embargo logró erguirse débilmente sobre Kyle, para posteriormente buscar con sus orbes celestes su mirada.
Kyle torció las comisuras de los labios en una sonrisa, mientras tomaba el rostro de Stan entre sus manos para atraerlo hacia el suyo.
—Kyle, yo…—las palabras de Stan se vieron opacadas de súbito, por el sonido característico del timbre de su teléfono móvil.
Kyle le dedicó una mirada de comprensión.
—Atiende, vamos—le motivó, sin poder evitar darle una ojeada rápida a su propio celular, el cual tenía el aviso de las múltiples llamadas perdidas de Craig. Y la culpa, aquella lastimera culpa, que le agobiaba, arrasando con él como si fuese una enorme ola capaz de ahogarle ahí mismo.
— ¿Bueno? —hubo una breve pausa de silencio, en la cual Stan sujetó entre su índice y pulgar el puente de su nariz. — ¿Wendy? ¿Qué jodidos haces en casa del gordo?... espera, espera, ¿pasar por ti? —Stan continuó charlando con preocupación, antes que de improvisto la línea se cortara, petrificándole de la angustiosa sensación de la duda golpeteando en su cabeza.
— ¿Qué sucede? —inquirió Kyle, con algo de celos en su voz.
—No estoy seguro. Cartman intentó sobrepasarse con Wendy. Ella quiere que la lleve a su casa.
Había un suplicio de necesidad en el mirar de Stan, como si no pudiera contener más las ansias de verla y escuchar su voz cantarina, el cual Kyle no pudo ignorar, aun así se obligó a asentir con la cabeza en un ademán de aprobación.
—Anda, ve. No soy nadie para detenerte—suspiró Kyle, inclinando un poco el rostro hacia abajo.
—Eres más que eso. No te preocupes.
Pero Kyle no pudo interpretar su mensaje, pues al querer replicarle, Stan ya cruzaba el umbral de la puerta con rapidez.
….
Kenny no lo soportaba más. No toleraba el tenerlo tan cerca y tener que conformarse con sólo el tacto de sus dedos entre los suyos. Dejándose llevar por sus instintos incontrolables que dominaban su impulsivo cuerpo, Kenny jaló a Butters bruscamente de la muñeca hasta apresarlo contra la corteza del áspero tronco de un árbol, sacándole un sonoro gemido de dolor por el impacto que fue acallado por su propia boca al sucumbir sobre la del pequeño.
No obstante, Butters no mostró resistencia alguna; contrariamente, correspondió débilmente, algo intranquilo por lo que los vecinos pudiesen pensar, aun a pesar de lo desoladas que se encontraban las calles. Tímidamente, entreabrió la boca involuntariamente y permitió que la lengua de Kenny arrasara en su cavidad bucal, regocijándose con su esencia tan dulce, mientras Butters, temblaba por el frío.
Sobre sus cabezas, la nieve no cesó de caer, y los blancos copos uniformes continuaron descendiendo sutiles sobre sus cabelleras.
….
Stan aparcó la camioneta de su padre frente a aquella casa que conocía a la perfección. Una vez estacionado, se inclinó hacia el asiento del copiloto para tener al alcance la portezuela de la parte derecha del automóvil. Suspiró y finalmente tras forcejear un poco con el cinturón de seguridad, que le limitaba la movilidad, logró abrir la puerta. La ligera brisa helada que penetró violentamente desde el exterior, le golpeteó contra el cuerpo, haciéndole temblar, pero quedó súbitamente estático incapaz de creer lo que observaba.
Sentada, sobre las escaleras del porche, un grácil cuerpo femenino y esbelto doblado sobre sí mismo para ocultar el rostro. Los largos mechones de cabellos negros rozaban la nieve acumulada sobre los tablones de madera de los peldaños.
Ella no era su Wendy.
Stan intentó llamarle, pero las palabras se atascaron en su garganta de la impresión. Jamás en todos los años que había conocido, jamás le había visto llorar. Era consciente de que ella no era alguien sensible que se dejase llevar por la intensidad de sus emociones frente a los demás. Wendy era fuerte y madura, pero sobretodo no lloraba en presencia de nadie. Mucho menos con él. Stan asumió la teoría de que ella, aun, no se percataba de su aparición.
—Wendy—le llamó con voz firme, intentando sonar indiferente.
Ella en respuesta, alzó el rostro y para sorpresa de Stan, no lloraba. No tenía la apariencia de haber llorado en mucho tiempo, y eso, fue lo que le inquietó. Le inquietó el reconocer que la sonrisa que esbozaba al avanzar hacia él, era de mera superficie. Era un gesto falso con el que ocultaba a la verdadera Wendy que contenía en su interior. Una máscara con la que imponía distancia entre ella y sus sentimientos. Stan bajó el rostro mientras movía la palanca del coche. No quería verla más. No quería lidiar con ello. Porque sabía, que era su culpa.
—Gracias por venir —le agradeció ella sin titubear, al tomar asiento a su lado. A los oídos de Stan llegó el estruendo de la puerta al cerrarse, y esa fue la señal con la que decidió ponerse en marcha.
— ¿A dónde te llevo? —le preguntó Stan, observándola de reojo. —Agradecería que te pusieras el cinturón de seguridad.
Wendy ignoró la sugerencia mientras fruncía el entrecejo.
—A mi casa, por supuesto. —Hizo una breve pausa, en la que aspiró profundo meditando lo que estaba por decir, — debemos hablar.
….
Craig no encontraba a quien culpar. Había sido lo correcto, en parte, haberle contado la verdad a Kyle. Pero, ¿qué era aquella desconcertante sensación que le replicaba que no era así?
No había pasado mucho de aquella noche en Denver. Tan sólo un par de días de aquel tormentoso torneo. Aunque aquel lapso de tiempo había sido corto, para Craig se le había antojado tedioso y eterno. Tan tormentoso como aquel dolor sin procedencia que le entrecortaba la respiración en esos instantes.
Lo perdía.
Craig perdía a Kyle. Aun así, no lucía muy dispuesto a luchar por él. Aunque tuviese que acallar las voces en su cabeza que le empujaban a ir a buscarle. Se cuestionaba el qué hacer a continuación y si era posible que permaneciera fingiendo ser la impotente víctima con la hipocresía de cruzarse de brazos sin actuar.
¿Para qué molestarse en fingir lo que no era? Después de todo, Craig se sentía el villano. Porque en parte, él era consecuente de que su papel decaía en ser el antagonista.
Craig cerró los ojos con fuerza, apretando los parpados mientras sus dedos, temblorosos de ira, se aferraban bruscamente a su teléfono móvil. Se rindió. Él había intentado contactarse con Kyle por medio telefónico, pero nada.
Volvió a tratar con el desespero aumentando junto con la decepción, tan vivaz y palpable, que al no recibir respuesta con la séptima llamada, se había rendido.
No había nada por hacer.
….
—Exactamente, ¿a qué te refieres? —cuestionó Stan con incredulidad ante el tono hostigador empleado por Wendy.
— ¿Por qué me engañaste? ¿Por qué con ella?, ¿por qué de entre todas las que conocemos, escogiste a mi mejor amiga, Stan? Respóndeme. ¿Por qué si éramos tan felices optaste por rebajarte a tan vulgar posición? —su voz sonaba quebrada, pero al mismo tiempo estable. Como si le costase expresar lo que sentía y lo que ansiaba decirle, pero lo suficientemente precisa como para exigir una respuesta.
Stan sintió la furia correrle por el cuerpo, una oleada de calor que ascendía desde las puntas de sus pies hasta su bello rostro impasible que se corrompió en una tosca mueca de desprecio. Aquel instinto que le empujaba a acelerar, rebasando el límite permitido hasta una velocidad irracional que provocó que Wendy se estremeciera de miedo al mismo tiempo que sus vacilantes dedos se aferraban al asiento de la camioneta.
Ella giró el rostro lentamente, atemorizada por lo que podía llegar a contemplar, porque sabía que el Stan que estaba junto a ella, no era su Stan.
—Stan basta. Baja la velocidad—le ordenó ella con voz tremulosa, incapaz de detener el titubeo producto de la súbita estrechez en su garganta reseca.
—Quieres tu porqué… entonces te daré tu por qué—masculló Stan rotando el rostro en su dirección mientras su mano apretaba dolorosamente la palanca de cambios.
En el mando de control, la aguja que marcaba la velocidad empezó a mostrarse tambaleante. Wendy, paralizada, desde donde se encontraba, se permitió soltar sus lágrimas silenciosamente, segura de que Stan no se compadecería de lo patética que lucía.
….
El celular timbró por décima vez, y Kyle se dirigió hacia él con un resoplido entre los labios. Continuaba indispuesto a responderle las llamadas a Craig. Su intención en concreto era algo similar a apagar el móvil para que no entrasen más llamadas. Kyle era demasiado cobarde como para enfrentarse a un Craig más que acusador.
Infiel. Gritó su conciencia. Kyle en respuesta, soltó un gruñido de frustración mientras cerraba fuertemente los ojos en espera de que aquello callara a su mente.
Mientras tanto una ligera ventisca, perpetró bruscamente por la ventana abierta. Tan frívola como el hielo mismo al hacer contacto con la pálida piel de Kyle. La dolorosa sensación fue apenas comparable con la de sostener un cubo de hielo entre los dedos con fuerza por mucho tiempo.
Kyle abrió los ojos de golpe, como si hubiese recibido de improvisto un golpe doloroso, y atemorizado, recordó que hacía unas horas atrás había cerrado la ventana.
Y no recordaba haberla abierto.
Un estremecimiento subió por su columna, violenta. Inevitable. Claro índole del miedo. Del terror puro. La oscuridad comenzó a abrumar el lúgubre firmamento, tan implacable como el temor que precipitó a Kyle a avanzar con torpeza a la ventana.
—Tengo un mal presentimiento—susurró tras cerrar la ventana y advertir como respiraba jadeante.
—Y haces bien al tenerlo—le respondió una voz grave a sus espaldas, tan sombría como la penumbra que consumía el exterior como una terrible neblina.
Una pesada mano se posicionó sobre su hombro simulando ser amistosa, aunque en realidad su intención iba más allá de los cánones permitidos por la palabra peligrosa, que se le ajustó al igual que otra mano que sujetó su antebrazo. Él jaló, empujándole iracundo contra el colchón de la cama ajena.
Al caer, Kyle se golpeó un poco y agradeció que esta vez, fuese en su viejo colchón y no el fango el que retuviera su caída.
—No te atrevas a ponerme un dedo encima, culón.
—Te advertí que no le dijeras nada al hippie, Kahl. Ahora tenemos bastante que conversar. Que convenientes son las ausencias de los padres, ¿no?
….
—Stan…
El interpelado resopló, incapaz de razonar.
—Te ordené que te pusieras el cinturón de seguridad—replicó él con lentitud, arriesgándose al retirar sus ojos del parabrisas, para darle una mirada rápida a su acompañante.
—Pero…
El extraño que sostenía el volante del coche con ira. El extraño con la apariencia exacta de aquel a quien ella amaba. El extraño con temperamento turbio inepto a aceptar sus objeciones agraviantes le interrumpió nuevamente.
— ¡Ponte el cinturón de seguridad! ¿Acaso quieres morir? —preguntó el desconocido que respondía al nombre de Stan.
Wendy lo meditó unos instantes. Por supuesto que no quería morirse. Aun cuando vivir fuera una penuria que implicaba amarle con intensidad y que aquel amor por sí mismo le volviese una persona que era incapaz de sacar el recuerdo de los días de gloria a su lado. Aquellos días tan refulgentes que el tiempo había empolvado en el olvido, dejando sólo rastros de dolor y más lágrimas.
Ella era fuerte. Joven e inteligente. Brillante, y con una vida perfectamente planeada. Le quedaba mucho por vivir. Una larga existencia, un positivo futuro donde Stan no se encontraría.
—No, claro que no quieres—refunfuñó Stan, apretando los dientes.
Ese segundo, en ese corto lapso de tiempo en que Stan tragaba saliva ruidosamente para después abrir los ojos taciturnamente, fue suficiente como para ver el peligro inminente. Su pie se precipitó con fuerza en el freno, mientras sus pupilas se contraían al ser atacadas por una intensa luz que provenía de la derecha, justamente desde el sitio donde se encontraba Wendy.
— ¡Detent-!
Sólo un segundo bastó para acortar el grito de advertencia de Wendy, que fue tan inútil como el intento fallido de desviar el impacto con sólo mover el volante de la camioneta para dirigirle en otra dirección.
Y la nada. La absoluta y silenciosa nada.
….
Un sonido seco. Sordo y retumbante, como el golpetear de unas pisoteadas violentas en el suelo de tablones de madera o similar al caer de una roca en un lugar silencioso. Kenny por instinto alzó el rostro, separándose de los ansiosos labios rosados que le devoraban impacientes, instantes atrás. Su vista se enfocó en dirección al ruido y fascinado contempló la escena frente a él.
A un par de cuadras no muy lejanas a su localización, para ser precisos, dos automóviles se habían fundido en un impacto letal. Uno de los autos, una camioneta pick up gris, se había distanciado ante la fuerza del impacto.
Kenny contuvo complacido las ganas de ovacionar con aplausos al conductor de la camioneta gris, al advertir que había desviado el golpe a la parte trasera del automóvil, volviendo lo que sería una inminente muerte a tan sólo un brusco choque de advertencia. El otro coche, no tan grande como la camioneta gris, se había impactado con precisión a la puerta trasera de la parte derecha, cediendo al instante como si se tratase de una lata aplastada. Kenny estaba completamente de que el conductor del automóvil rojo estaba más que jodido.
—Permíteme— se disculpó Kenny con la persona que jadeaba a su lado, por la emoción de los besos recibidos con anterioridad.
Kenny hipnotizado por el accidente, se dirigió hacia los coches en un trote ágil. Kenny encontraba a la muerte como algo seductor, cuando no le involucraba, como algo que le llamaba en un magnetismo similar al que le provocaba el débil muchachito de cabellos rubios que corría detrás de él a una velocidad más moderada, que por su pobre condición física, producto de prolongados encierros por sus estrictos padres, le volvía incapaz de alcanzarle.
— ¡Llama a emergencias! —le ordenó Kenny entre gritos con un extraño indicio de rigidez en su pecho que le impedía regular su respiración agitada.
Kenny culpó a la carrera precipitada por aquella desconcertante sensación.
Cada vez se encontraba más cerca. Kenny podía casi distinguir los rostros ensangrentados en el coche rojo, de los cuales no reconoció a ninguno. Pero intuitivamente, su cuerpo le empujó hacia la camioneta gris.
Por el vidrio delantero, desquebrajado en múltiples e incontables trozos uniformes contempló a dos personas.
Dos personas en los asientos delanteros.
—No.
Stan Marsh y Wendy Testaburger.
….
Terminé. Nuevamente, no me gustó como quedó pero well tengo tres avisos.
Primero: Ya envejecí. El jueves cumplí mis quince primaveras y sufro, porque me siento una jodida anciana. Además de que quería actualizar antes de mi cumpleaños.
Segundo: Si tardo en actualizar es por una sola cosa (aun a pesar de que estos meses anduve muy ocupada),me cambié de fandom. Sí, así como lo leen, otra más de South Park que se movió a Homestuck. Pero si VOY a continuarla, se los juro por Gamzee.
Y último pero no muy importante: Lamento no haber podido responder sus reviews, (tuve trece, wow chicas/os los amo de veras) y no sé, (bueno los estoy respondiendo ya): hay gente que le molesta que le manden mensajes privados por cada review que manda así que agradecería saber de antemano si no les molestan mis estúpidos agradecimientos.
Gracias por todos los favoritos, alertas y reviews. Hasta la próxima (que espero y sea pronto).
