South park no me pertenece.
Notas: La primera canción que se menciona es la de "I could be the one" de Avicii. La segunda es la de "Instant crush" de Daft Punk, letras traducidas para mayor comodidad leyendo. Sé que está muy largo. Son veinte hojas en Word con letra diminuta. Léanlo en un día, en dos, en tres. Creo que compensa mi ausencia de un año o más. Espero que lo disfruten, puse mi alma en esto. Me dolió mucho escribir las últimas partes, espero haberme expresado correctamente ahí abajo. Gracias por leer, y por aquellos que me esperaron, y por hacer posibles los 100 reviews. I love you. Si hay errores, lo siento. Son las 3 a.m.
El título del capítulo es un mensaje subliminal. También el discurso de Stan es un mensaje subliminal, literalmente.
El próximo capítulo es el último.
Advertencias: Temas fuertes, muy fuertes.
…
13.
Miércoles por la mañana. La primavera se presumía cercana, y sin embargo no se manifestaba aún ningún indicio de su tórrida presencia. En aquel helado pueblo, el invierno no conocía fin. Stan frotó suavemente sus manos, pretendiendo recuperar calor con la fricción. La calefacción de la furgoneta de su padre no funcionaba apropiadamente, y muy pronto, Stan se vio forzado a abrazarse a sí mismo en un intento fallido de protegerse del frío. Definitivamente iba a extrañar su antigua camioneta. Al menos su vehículo era totalmente capaz de mantenerlo caliente en las más frívolas noches.
Stan desvió la mirada, y estudió discretamente a su padre, que conducía con destreza la furgoneta con una sola mano, mientras descansaba su antebrazo en la ventanilla que yacía abierta. A pesar de que una brisa helada le golpeaba de pleno en el rostro, a Randy no parecía molestarle en absoluto. Por el contrario, portaba una sonrisa de gozo bajo su espeso mostacho negro. Stan instintivamente asumió que su buen ánimo correspondía a que después de casi dos largas semanas de tener a su hijo internado en el hospital, al fin podía llevarlo a casa.
Casa.
Iba a donde pertenecía. Entonces, ¿por qué todo parecía una gran farsa?
Estar confinado a una sola habitación, con poca movilidad y escasas distracciones le había regalado una cantidad considerable de tiempo para reflexionar. Las palabras de su mejor amigo se habían quedado en su mente, marcadas con fuerza. Sí, probablemente Kyle había sido sumamente egoísta al exigirle tanto en un lapso tan corto, pero en parte también había cierto grado de razón en lo que había dicho.
Después de todo, Kyle rara vez se equivocaba.
Sus pensamientos eran un caos. La culpa le punzaba el pecho, le imposibilitaba respirar con tranquilidad. Culpa por Wendy. Por Kyle. Por todos aquellos a quienes había dañado. Culpa por sí mismo. Por esforzarse tanto en aparentar ser alguien que no era. Por forzarse a ser amado y evitando la posibilidad de ser repudiado. A veces, cuando las horas en el hospital se le antojaban eternas, pensaba en el cómo se había convertido en quién era ahora. Desde pequeño había sentido una atracción peligrosa por la atención, pero Kyle siempre había estado ahí para mantenerle ambos pies muy plantados en la tierra. Ocasión tras ocasión, siempre terminaba demostrando lo poco que importaba el amor de la gente si no era sincero. Más valía tener pocos amigos de verdad, que montones de compañeros que le alabasen por sólo parpadear.
Literalmente, en eso consistía su popularidad. La gente le idolatraba sin parar por cualquier cosa que hiciese, aún por más mínima y estúpida que fuera. Tenía un atractivo natural. Cabello oscuro que contrastaba con un par de amables ojos azules, y un cuerpo atlético debido a un estilo de vida activo. Su novia era una de las más guapas del pueblo, y era capitán del equipo de baloncesto.
Poco a poco, los cumplidos le saturaron la cabeza y nublaron su sentido de humildad. Tampoco ayudaba el hecho de que Kyle y él se distanciaban más y más. No había estado en sus manos controlar la situación, simplemente sucedió. Empezaron con pequeñas diferencias. Entre más viejos se volvían, se percataban de que las cosas que les solían unir, ya no tenían gran importancia. Sus intereses diferían al igual que sus personalidades. Dejaron de frecuentarse en las tardes. Se reunían para "estudiar", pero en la mayoría de los casos Stan inventaba excusas para no asistir. Después de todo Kyle constantemente accedía a que copiara de sus exámenes.
En el instituto siempre estaban juntos, pero Kyle terminó volviéndose una sombra con título de mejor amigo. Alguien que siempre se encontraba a su costado, siguiéndole por instinto. Caminaban por los pasillos separados por menos de un metro, y aun así parecía que les distanciaban millas.
Hablaron en incontables ocasiones. Pero ambos eran hombres. No chicas. No podían sencillamente expresar sus frustraciones por un efímero momento, para después esperar que repentinamente todo fuera como antes.
Stan estaba desesperado. Lo ocultaba bien. Tan bien como Kyle fingía que no le interesaba en lo más mínimo que se estuviese corrompiendo su amistad.
Personas desesperadas toman medidas desesperadas.
Stan comenzó a frecuentar más fiestas. En cada una de ellas, forzó a Kyle a que le acompañara. Entonces, él entraría en un frenesí de diversión y vicios. Entre más dañino mejor. Alcohol. Cigarros. Drogas. Siempre había sido propenso a caer con facilidad ante la presión de la gente. No le importaba el daño que le provocara a su cuerpo, porque al final de la noche, Kyle estaría presente para llevarle a casa. Ayudándole a escurrirse discretamente hasta su habitación, pasando desapercibido de los regaños de Sharon Marsh. Después de darle los cuidados apropiados (pastillas que sólo Kyle sabía para que servían; algún té medio olvidado en la alacena de su cocina; cambiándole las ropas fétidas por un par de pijamas limpios), le rodearía los hombros con un brazo, y lo conduciría hasta su propia cama, donde se acostaría a su lado, con mucho cuidado de no tocarle.
A veces, Kyle no dormía. Stan asumía que su insomnio se debía a su carácter con tendencias que rayaban ligeramente en lo exagerado. Era la clase de persona que podía llegar a suponer, que por fumar media cajetilla de cigarrillos en un rato, uno estuviese destinado a sufrir complicaciones respiratorias a la mitad de la noche. Ridículo. Pero a Stan no le molestaba. Le agradaba que se preocupara tanto por él.
Tal vez fueron esos los momentos que detonaron nuevos sentimientos. Aquellos que les conllevaron a algo más que una simple amistad. Pequeños gestos que hacían la diferencia. Era amanecer a la mañana siguiente con Kyle a su lado, y sus prendas sucias de la noche anterior limpias y listas para volver a ser portadas. Entonces, entre ambos harían el desayuno, riéndose de las idioteces que habían atestiguado la noche anterior, y Stan le llevaría a su casa.
Si para Stan querer vivir de nuevo aquellas mañanas implicaba sufrir noches de vicios, mentiras y resacas, lo haría de nuevo.
Stan terminó aislado en un círculo vicioso, donde el hacerse daño a sí mismo se convirtió en la vía más accesible para llamar la atención de su mejor amigo.
Pero eso había sido largo tiempo atrás. Un año, tal vez dos.
Nuevamente, había afirmado con sus errores, que una amistad con bases débiles siempre concluiría por derrumbarse.
— ¿Quieres que te ayude a bajar?—inquirió Randy, interrumpiendo sus pensamientos.
Stan negó lánguidamente, con la cabeza y encaró a su padre, que le observaba con cierto desaire alarmante. Pero al descender de la furgoneta, sus piernas le fallaron. Stan frenó una fatal caída sobre la nieve, tras sujetarse con fuerza a la manija de la portezuela del vehículo. Randy cuidadosamente le rodeó la ancha espalda con un brazo, permitiéndole que se apoyara en él. A pesar de tener el orgullo fragmentado, Stan aceptó la ayuda de su padre. Después, ambos se tambalearon sin gracia, por el estrecho patio frontal de su hogar.
Ante la puerta principal de su casa, Sharon le recibió con efusividad, besándole ambas mejillas, para después retenerlo entre sus brazos, en un abrazo maternal. Stan cerró los ojos, e intentó bloquear toda contemplación que le hiciese sentirse más culpable respecto a sus padres. No quería imaginar el suplicio del que habían sido alimentados la semana anterior. No quería visualizar a su madre en aquella habitación blanca del hospital, junto a su cama, esperando a que despertara.
…
El jueves Stan se sintió con las fuerzas suficientes como para asistir al instituto. Al principio agradeció infinitamente la atención que recibía por parte de sus compañeros. Resultaban siendo una distracción muy eficaz contra sus pensamientos. No fue hasta que intentaron bombardearle con preguntas relacionadas a Wendy, que comenzó a sentirse abrumado. Conforme más era presionado, el presentimiento de que debía haberse quedado resguardado en casa incrementaba.
A la hora del almuerzo se sentó en una mesa que terminó obstruida de gente curiosa que buscaba su versión de lo acontecido. Stan no dijo nada respecto al tema, por lo que sus compañeros se dieron por vencidos y le dejaron casi a solas, a excepción de Bebe e, irónicamente, Cartman.
Cartman yacía arrellanado en el asiento de su derecha. Stan notó como parecía ausente. Así pues se mostró indiferente a Bebe, que parloteaba sin cesar, y se abstrajo observando los movimientos casi ansiosos de Cartman. Su rostro era inexpresivo, el entrecejo se arrugaba ligeramente. Los ojos avellanados se fijaban en un plato harto de comida que no iba a consumir. Por el resto del receso, estudió los movimientos mecánicos que hacía Cartman al mover su comida con el tenedor, de un extremo de la bandeja al otro.
No fue hasta que Stan se desplazó a su próxima clase, que atisbó en medio del pasillo a su antiguo mejor amigo. Kyle, quien yacía absorto en una conversación con Craig, Clyde y Kevin, que les secundaban por ambos costados, demasiado cómodos con su nuevo colega.
De momento, Kyle parecía estar bien. No como Stan, que por dentro se sentía miserable con su ausencia. Por ello, incapaz de romper su burbuja de felicidad, Stan desvió su ruta, y decidió no cruzarse con él. Tomaría la ruta larga, y llegaría tarde a Historia. Pero no importaba. Su único interés, era que Kyle no advirtiera su presencia. Tal vez estaba siendo cobarde, tal vez realmente lo hacía porque no quería borrarle la sonrisa de su rostro.
…
Fue accidental, el que se encontraran en la entrada principal del instituto. Kenny no lo había planeado, y Butters parecía tan inocente como lo usual. No fue hasta que sus ojos se cruzaron, aquellos traviesos ojos avellanados y entrecerrados en una expresión sugerente, contra unos orbes azuladas abiertos de sobremanera en una expresión infantil. Kenny fue el que se acercó primero. Butters permaneció estático, y se ruborizó violentamente cuando Kenny posicionó sus manos sobre sus estrechos hombros.
Pasaron el resto de la mañana juntos. Kenny le escoltó a todas las clases donde no coincidían, y en las que tenía el placer de compartir con Butters, se sentó detrás de él. Comúnmente, esta actitud pesada sólo acostumbraba a mostrarla con posibles intereses sexuales, pero con Butters era distinto. Kenny realmente disfrutaba de su compañía, y sinceramente, no esperaba para el momento en que volviera a besarlo.
No habían compartido un momento tan íntimo desde el día del accidente, aun cuando pasaban largos periodos de tiempo en conjunto del otro. Kenny todavía no comprendía con precisión qué era lo que sentía por él, y aunque a veces no quería aceptarlo totalmente, era como si todas sus dudas se disipaban cuando le acariciaba. Aprovechaba cada oportunidad para tocarle. Siguiéndole por los pasillos, le tomaba de los hombros. En clases le tironeaba del corto pelo rubio platinado que le rozaba la parte posterior del cuello. Pero los almuerzos eran lo mejor.
Era cuando se escabullían. Había cierto lugar entre los jardines del instituto, entre unos densos arbustos. Había que ser sumamente ágil para adentrarse en el pequeño claro que yacía protegido contra cualquier intruso, rodeado de altos pinos característicos de la zona, que le daban cierto perímetro limitado. Era un lugar cómodo, donde Kenny se sentía en casa.
O tal vez Butters era quien le hacía sentir que pertenecía.
Llevaban una semana, o más, pasando el tiempo libre ahí. Recostados sobre la suave hierba (la nieve no cubría el suelo ahí, debido a la misma protección de los árboles), las horas transcurrían veloces. A veces charlaban de cosas banales, a veces el silencio era suficiente. Un par de veces, Kenny le había tomado de la mano, y el martes, Butters había recostado su cabeza sobre su pecho.
—Iras al baile conmigo, ¿verdad? —preguntó Kenny, el jueves por la mañana.
— ¿No te preocupa que te vean conmigo? —inquirió Butters, a su vez, acostado boca arriba, con las pupilas fijas en ningún punto en específico. Kenny yacía a su derecha, recostado por igual, sólo que de lado, con la mirada puesta en él, y sólo en él.
—No. No seré el único hombre con otro hombre, y aun si no fuera así, no me importa.
Por primera vez en mucho tiempo, Butters se frotó los nudillos nerviosamente. Kenny advirtió de inmediato su incomodidad.
— ¿Algo pasa?
—Es sólo que… —Butters se incorporó bruscamente, tambaleándose un poco al quedar sobre sus rodillas. Después, se arrastró lentamente hacia Kenny, posicionándose con cuidado sobre él. Una de sus delgadas piernas quedó atrapada entre las de Kenny, en un gesto incitante. Kenny arqueó una ceja sorprendido —Hace mucho tiempo que no me besas… ni me tocas, c-como antes.
—Te besé hace… dos semanas—replicó Kenny, fingiendo que se tomaba un par de segundos para contar con los dedos. En realidad, en su mente, el cálculo de los días en que sus labios habían estado distanciados, era un pensamiento constante. — ¿Quieres que te bese?
Butters titubeó ligeramente, y repitió sus movimientos inquietos. Las puntas de sus dedos, repasaron con cuidado las curvas de las prominentes articulaciones de sus dedos, Kenny lo contempló con cierta fascinación perversa, cuestionándose a sí mismo cómo se sentirían esas caricias sobre su propia piel.
—No lo sé—Butters retrocedió, separándose de Kenny, y se enderezó lo más rápido que le fue posible. Una vez de pie, dio un par de pasos impacientes. Adelante, atrás; atrás, adelante. —Quiero decirte algo, pero no quiero que lo malinterpretes. P-por favor, no vayas a pensar mal. Por favor.
—Dime.
Kenny le imitó, se levantó del suelo, y fingió restarle importancia mientras se sacudía la desgastada chamarra anaranjada.
—Al principio, cuando me hacías todas esas cosas… no me g-gustaba. Yo sólo permitía que lo hicieras porque realmente me agradaba estar contigo.
Butters mantuvo el rostro agachado. Le había costado todo el valor que guardaba en su pequeño cuerpo el haber confesado algo de tremenda magnitud. Kenny, por su parte, de momento era incapaz de sentir algo. Se limitó a tragar saliva ruidosamente, antes de hablar, por temor a que su garganta respondiera mal y rompiera su voz.
— ¿Y hasta ahora me dices? —a Kenny casi le sorprendió la firmeza con la que se expresaba. Después, una vez que sintió como sus puños se apretaban a sus costados, intuyó que se debía a la ira que le consumía. Era un coraje puro, hacia su propia persona. — ¿Me estás diciendo que "literalmente" te violé?
Dolor. Kenny podía ver en aquellos irises azules que Butters estaba herido. Y en parte, todo lo que le estaba diciendo tenía sentido. Eso explicaba por qué existían ocasiones donde lo sentía muy tenso, o cuando había apretado la boca, mientras soportaba incontables caricias. Le había hecho daño, y aquella afirmación era tan cruda, tan terrible, como la aserción de que era total e irrevocablemente su culpa. Sólo de él. Butters era inocente. El sólo había tolerado todo. Por amor… o simplemente, porque se sentía sólo y no quería perder al único "amigo" que al parecer tenía.
Cada teoría era peor que la anterior.
—Butters, respóndeme la verdad—Kenny inhaló profundamente, preparándose para cualquier posible réplica. — ¿Me quieres o no?
—Sí—Butters clavó su mirada irritada en él, algo inusual de su carácter. Parecía ofendido por la pregunta. — Es sólo que creo que tú nunca has sido rechazado, en ese modo, digo, ya sabes, de tocar. Nadie te ha dicho que "no" cuando los tocas. Y yo no quería ser la primera persona que te lo dijera porque no quería perderte, ni que pensaras feo de mí.
Culpa. Kenny se había encargado de corromper a la más pura de las personas que conocía. Todo por su estúpido ego. Y que Butters se expresara de esa forma, atropelladamente, y con palabras sumamente pueriles, y propias de un niño, sólo le hacía sentirse peor.
—Lo siento.
Sus manos encontraron su camino hasta los bolsillos de sus pantalones. De súbito, hacía mucho frío.
—No, no. Es mi culpa, Kenny.
Butters le regaló una brevísima sonrisa, sincera y cálida, contrastante con la gélida brisa que le mandaba escalofríos por su piel. Aquel gesto, tan honesto, tan lleno de un cariño que Kenny jamás había percibido por parte de alguien más, fue el fin de la discusión. Todo pensamiento casi coherente que era capaz de procesar, sólo se agolpaba con los demás. Su mente era una anarquía, de la que sólo quería escapar.
Tenía que escapar.
—No vayas al baile conmigo. Será mejor si invitas a alguien más. Iré con Kyle y los chicos, puedes unirte si quieres. Sólo, apártate de mí—su garganta estaba tan estrecha, que el simple hecho de hablar le dolía físicamente. —Ya no hablemos más de esto. Claramente, esto no te hace bien a ti.
Kenny le dio la espalda, dispuesto a retirarse. Los ojos le escocían, debido al frío viento que se los había irritado un poco, o al menos se quería convencer de ello.
—No es tu culpa. Yo nunca he sentido esto por nadie. Si me dejas ahora, me va a doler—una mano se aferró a su antebrazo, sus dedos se enroscaron entorno a su muñeca con fuerza.
—Te va a doler más si sigues conmigo. No te convengo. Ya vamos a salir de la preparatoria, y tú eres muy inteligente y probablemente vayas a alguna universidad fuera del estado, y yo me quedaré en este pútrido pueblo, para trabajar en algo estúpido. Estarás bien sin mí. Estarás mucho mejor sin mí.
Butters aflojó su agarre, casi como si meditara sus palabras, sus dedos le fueron soltando, uno a uno. En cuanto Kenny quedó libre, se retiró.
…
Acabó la mañana escolar, y Stan invitó a Cartman a tomar el almuerzo. Fueron a un local de comida rápida, donde comieron hamburguesas sumidos en un silencio incómodo. Posteriormente, fueron al hospital, con la intención de pasar tiempo con Wendy. No obstante, ella no despertó en ningún momento de su visita.
Su respiración era laboriosa. Cartman tenía la ligera impresión de que cada vez que la veía lucía más demacrada, que aquellos pómulos algún día serían capaces de romper su delgada piel, y que esas ojeras tan similares a marcados hematomas, quedarían tatuados bajo sus bellos ojos castaños por la eternidad. Stan parecía pensar lo mismo, mientras sostenía con desespero una de sus raquíticas manos entre las suyas, que parecían tan enormes en comparación de esos delgados dedos.
—Se ha de sentir horrible, ¿no? —preguntó Cartman, empleando un tono melodioso, usual en él, para fingir empatía. —Siendo consciente de que es tu culpa, después de todo.
En realidad, él era como si fuera incapaz de procesar sus sentimientos. Comúnmente, sólo sentía un vacío dentro de él. Inclusive ahora, viéndola recostada e inconsciente, Cartman era incapaz de sentir algo que no fuese la nada y el coraje.
—Fui muy estúpido. Yo debería estar aquí. Yo debería estar muriéndome y ella debería estar haciendo trámites para una beca en una universidad muy importante al otro lado del país.
—Pero no. Ella está estancada ahí. Ella no irá a la universidad por tu culpa. Dios, es posible que ni siquiera vuelva a caminar, todo por culpa de un hippie asqueroso—masculló Cartman, regalándole una ojeada venenosa.
Stan le devolvió la mirada, demasiado herido como para responderle con ingenio. Cartman sonrió, satisfecho.
— ¿Para eso me trajiste aquí? ¿Para sentirte menos culpable? —inquirió Stan.
A Cartman le irritaba demasiado que todavía sostuviera la mano femenina entre sus dedos. Él debería ser el que estuviera tomándole la mano. Esperando a que despertara.
— ¿Culpable, yo? Parece que no me conoces, hippie.
—Es lo menos que podrías sentir…—Stan la soltó, apartándose de ella. Como si asimilara de pronto, que no merecía su cercanía. —Tú abusaste de ella.
Inesperadamente, Cartman acortó toda distancia con Stan, y lo empujó violentamente contra el muro más cercano. La espalda de Stan impactó contra la rígida pared, y él gimoteó por lo bajo, un fuerte dolor punzándole el cuerpo magullado, al mismo tiempo que Cartman le tomaba del cuello de la camisa y lo levitaba del suelo.
—Repite eso y no vivirás para contarlo—farfulló Cartman, apretando los dientes con fuerza, su mandíbula tensa, y sus facciones contraídas en una mueca de suma molestia.
— ¿Y por qué te afecta tanto que te lo diga? Así fue… te aprovechaste de ella. Como con todos. Nunca te ha importado nadie, culón. ¿Cómo puedes amar a alguien cuando ni siquiera te amas a ti mismo?
El rollizo puño de Cartman colapsó contra la mejilla de Stan, la fuerza del impacto rompiéndole el labio inferior. Un hilo de sangre se deslizó gradualmente de su magullada boca hasta su barbilla, donde empezó por gotear, manchándole la pechera de la sudadera.
—No sabes nada.
Hubo otro golpe. En esta ocasión en el estómago. A Cartman no le importó en lo más mínimo que Stan estuviese recuperándose de una reciente salida del hospital, pues su único propósito era mandarlo de vuelta a aquella camilla.
Para que sintiera lo mismo que Wendy en esos momentos.
La absoluta nada. La inconsciencia.
—Tú eres el imbécil que la ha lastimado. No te conformaste con romper su corazón. Tenías también que destrozarle el cuerpo, ¿no? Pudrirla para los demás. Para que no pudiese amar a nadie más que a ti.
El tercer y último puñetazo, en uno de sus costados, lo dejó sin aire, y con la certeza de una costilla astillada. Stan resbaló hasta el suelo, donde se patéticamente, se abrazó a sí mismo, sujetándose el abdomen, donde un par de hematomas comenzaban por marcar su pálida piel.
—No sabes que sentí. No sabes que es tocar a una persona, y saber que esta "persona" no es capaz de disfrutarlo porque está pensando en el idiota que le rompió el corazón. Que te usen, porque es lo único que les ha enseñado el amor. A ser usados y a utilizar a los demás. Un maldito círculo vicioso… Me das asco. Me da asco lo que le hiciste.
—Cartman…—suplicó Stan, aún sobre las baldosas blancas, demasiado débil como para incorporarse.
—Largo—murmuró Cartman, sentándose sobre una silla, junto a la cama donde Wendy permanecía en su inconsciencia. A pesar de sonar totalmente enfuriado, su expresión era la más triste que Stan jamás había avistado. Era como ver el rostro de un extraño. Donde solían haber únicamente muecas de burla, ahora sólo existía una profunda melancolía. —Lárgate. ¡Vete de aquí antes de que acabe contigo!
Stan no supo con claridad de donde surgió la fuerza que enderezó sus piernas, pero en cuanto logró ponerse de pie, se arrastró lentamente, con un costado apoyado contra la pared. No volteó a ver a Cartman, ni una vez antes de salir. Quería despedirse de Wendy, pero eso tendría que esperar.
Al arribar al exterior del recluido cuarto, se encontró en un pasillo demasiado blanco, con la luz demasiada fuerte, el olor demasiado penetrante. La cabeza le daba vueltas, y una humedad caliente le corría de la barbilla. Destilando. Stan se concentró en el sonido de las gotitas al caer al suelo, hasta que la oscuridad le abrazó, y dejó que la inconsciencia le arrastrara, a aquel lugar donde no tenía que pensar en que tenía la culpa de todo lo malo que sucedía.
…
Despertar fue como un deja vu. Stan tenía la convicción de que ya había pasado por esa experiencia con anterioridad. Sólo había una enorme diferencia. Kyle no estaba esperando porque retomara la consciencia, y en su ausencia, su madre yacía junto a él.
— ¿Quisieras explicarme que sucedió? —preguntó su madre, fingiendo estar irritada, aun cuando Stan era totalmente capaz de leer su espesa consternación, casi palpable en la habitación. Sharon le acariciaba el brazo, ausentemente, pero con la ternura inconfundible de una madre.
—No me acuerdo—mintió, en respuesta. Stan se incorporó de la camilla, sentándose sobre el colchón, advertía la fuerza regresando lentamente a su cuerpo. La humedad en su rostro ya no le molestaba, y omitiendo el malestar en su abdomen, no le dolía nada más. Se recuperaría. —¿Qué día es hoy?
Siempre se recuperaba.
¿Por qué Wendy no podía ser tan fuerte como él?
—Sigue siendo jueves, cariño.
—Bien, creo que me siento mejor—replicó Stan, sorprendido. Sentía como si hubiesen pasado días, en vez de un par de horas. — ¿Podemos ir a casa, mamá? No quiero estar aquí.
Stan se precipitó sobre sus pies, lanzando las blancas sábanas al suelo del cuarto, mientras se paraba. Una repentina molestia en el estómago le hizo encogerse sobre sí mismo, pero se apoyó contra el borde de la cama del hospital, para recobrar el aliento perdido.
—Odio los malditos hospitales—masculló Stan, una vez que sintió los brazos de su madre rodearle el cuerpo, de modo que pudiese descansar en ella. Stan reclinó parte de su peso en ella, hasta que se acostumbró a aquel desconcertante letargo que nunca parecía abandonarle. Terminaría volviéndose parte de su vida diaria. El agotamiento, junto con la culpa. Vaya forma de vivir.
—Te entiendo. Vámonos, antes de que te vuelva a pasar algo y tengas que pasar aquí la noche.
…
Stan no durmió en toda la noche. Permaneció envuelto entre blandas cobijas, con los focos apagados, esperando a que la luz matutina traspasara su ventana. De pronto, era viernes. Fue como si entre sus manos hubiese un control remoto con el que podía controlar su vida y la estuviese apresurando hasta el momento en que la oscuridad remplazó al sol de nuevo.
Era su noche. Estaba pronosticado que sería el rey del baile de primavera. Subiría un par de escaleras hasta el escenario del gimnasio escolar, junto a Bebe Stevens, recibiría una corona de plástico, y después daría un breve agradecimiento.
Pero aquel muchacho que le devolvía la mirada desde el otro lado del espejo, tenía aspecto de todos menos de un rey. Unas ojeras comenzaban a opacarle los ojos azules, que lucían inexpresivos. Los labios resecos, tensos en una fina línea. El cabello de ébano desordenado y sin brillo. Parecía patético.
Por supuesto que continuaba luciendo tan atractivo como un modelo extranjero, con un esmoquin negro ajustándose justo en las partes exactas de su cuerpo, ensanchando sus hombros, estrechando sus caderas; y un discreto moño tonalidad vino contrastando contra una camisa impecablemente blanca. No obstante, Stan sentía que su confianza le abandonaba esa noche.
Por otra parte, su mente se encontraba en otro sitio. Deliberaba acerca de aquel vestido áureo, que le confería cierta palidez sensual a la piel de Wendy. Probablemente empolvado en el rincón más oscuro de su armario mientras ella era partícipe de un trágico poema, la protagonista entre la vida y la muerte. Stan no pudo evitar pensar en que si ella pudiese portarlo ahora, se le caería de los hombros de lo delgaducha que se había tornado durante su estancia en el hospital.
…
Bebe descendió las escaleras de su casa, a un compás lento, repleto de seducción, con una de sus manos acariciando la madera de la barandilla conforme bajaba. Portaba con elegancia un hermoso vestido, del mismo color que el moño de Stan, un escarlata oscuro, que acentuaba sus curvas.
Justo al lado de Stan, la señora Stevens parecía al borde de las lágrimas.
—Estás hermosa—admitió Stan en un murmullo, una vez que ella le saludó con un delicado abrazo, de modo que no fuese a estropear su sofisticado peinado.
— ¿Listo para ser el rey? —inquirió Bebe, tomándole por los hombros, y encarándole con firmeza.
Stan afirmó con la cabeza, ansioso. Al fin, después de tantos años de construir la reputación perfecta iba a recibir su recompensa. Sin embargo, la idea de recibir un trozo de plástico ya no le hacía sentir satisfecho. Al contrario, era como si hubiese perdido todo a costa de ser reconocido una noche.
—No te preocupes, Stan. Todo es perfecto tal como está.
¿Cómo demonios Bebe parecía tan despreocupada? Era como si su mejor amiga no estuviese muriéndose en el hospital. Como si en vez de verlo como una inevitable tragedia, lo interpretase como una señal del destino. Un obstáculo menos para alcanzar su objetivo.
Intentando distraerse, la tomó de la mano. Bebe entrelazó sus dedos con sutileza, y Stan se volvió auto consciente de lo mucho que le sudaban las palmas de las manos.
— ¡Esperen, las fotos! —exclamó la madre de Bebe, apuntando una cámara digital hacia ambos.
Antes de que pudiesen ser capaces de adoptar una postura apropiada, la señora Stevens procedió a disparar un par de tomas espontáneas. Stan gruñó por lo bajo, y se sostuvo el puente de la nariz entre el dedo índice y el pulgar. Después, posaron un rato, a deleite de la mamá de Bebe, cuyas mejillas yacían humedecidas por lágrimas de orgullo.
Tras un par de minutos, donde la señora insistió en que le llamara "suegra". Stan colmado de vergüenza, fingió sentirse halagado y agradeció su confianza.
—Cuida de mi pequeña esta noche.
Stan no comentó nada. No confiaba en su capacidad de proteger a los demás desde lo que había acontecido con Wendy. Si bien, aquella noche no estaría al volante, dentro de aquella limosina que les esperaba en la acera, justo en los asientos que correspondían a ambos, había una botella de Capitán Morgan. Y el propósito de Stan, era vaciarla en un tiempo récord.
…
Un horrible presentimiento le punzó la consciencia. Kyle estudió meticulosamente el gimnasio del instituto, reparando en todos los coloridos adornos que ornamentaban la enorme estancia, y las mesas que se aglomeraban en torno a una improvisada pista de baile en medio de la cancha. Al cruzarse con las casillas de votación, ("Rey" a la izquierda, "Reina", caja blanca a la derecha), pasó de largo. Algo terrible estaba por acontecer.
Para su sorpresa, Craig no había tenido como designio llevarlo de pareja. Por el contrario, su intención había sido asistir en un grupo reducido. Clyde, Kevin y Kenny, les seguían, todos enfundados en refinados trajes. Kyle tenía la leve sospecha de que había actuado como tal para protegerlo. Quería evitar cualquier posible ataque contra su persona.
Eran las diez de la noche cuando llegaron. La fiesta comenzaba a las nueve, así que mucha gente ya se apretujaba en la pista, donde se movían al ritmo de una canción electrónica de la cual Kyle desconocía el título.
La coronación era a las once.
De inmediato, Kyle divisó a Stan en el centro del patio, bailando animadamente junto a un numeroso conjunto. La gente se movía al ritmo de la música, todas reunidas en un sitio demasiado reducido. Las inconfundibles luces de colores parpadeaban en el entorno, tiñendo todo de colores antinaturales. La euforia absorbía a las personas, algunas entonando la letra de la canción a medias, otros gritándola, como si presumiesen de sus conocimientos musicales.
Kyle suspiró aunque el sonido terminó sepultado gracias al retumbante ritmo electrónico. La música vibraba a un compás sumamente veloz, la gente parecía cohabitada por la música, no había espacio ni tiempo para la vergüenza. Sólo para la diversión de una noche que no iban a olvidar.
El primer baile de muchos, el último para los que cursaban el semestre más avanzado.
Abril y mayo. En dos meses todo esto quedaría en el olvido. Todos se separarían. Se irían lejos. Muchos no se volverían a ver. Kyle, ignorando la pena que le coloreaba las mejillas, se acercó a la pista, justo a la sección donde habían más caras conocidas, accedió que la música ingresara en él, como si se apoderara de su torrente sanguíneo, y se dejó llevar por el ritmo.
"¿Piensas en mi cuando estás solo?/Las cosas que solíamos hacer y lo que éramos."
Kyle se sintió aliviado al reconocer la canción, y se puso a cantar junto a los demás, el alto volumen de la música le hacía sentir más cómodo, aun con tantas personas invadiendo su espacio personal. Frente a él, no muy lejos, alcanzó a observar a Stan, que lo veía por igual. Movía la boca, más como si murmurara, que como si cantara. Kyle enfatizó su pronunciación. Como si quisiera que le leyese los labios.
"Yo podría ser quién te haga sentir así/Yo podría ser quien te libere."
Stan permaneció un par de minutos con una expresión de desconcierto. Lucía ausente. Dio un par de torpes pasos al frente, como si muriera por acercarse. Pero al final optó por retroceder, y volver a su pequeño mundo de mentiras donde todo era perfecto.
Tras un largo rato, Kyle reconoció más rostros. Las amigas de Wendy, las chicas populares, se encontraba ahí, al igual que Bebe, más gloriosa de lo usual, enfundada en intenso carmín que contrastaba con su cabellera dorada; Tweek, también había asistido, inclusive su camisa había sido abotonada correctamente. Casi todo su curso hacía acto de presencia. Excepto Cartman, que brillaba por su ausencia (al igual que Stan, sobresalía en las fiestas, aunque por razones muy distintas a las de Stan) e indudablemente, Wendy, que supuestamente, aún no despertaba.
Finalmente, la directora del instituto, una mujer de avanzada edad, enfundada en un discreto vestido de gala gris, se paró frente al micrófono, sobre el escenario. La música se detuvo, y el alumnado comenzó a vitorear frenéticamente.
— ¿Cómo se encuentra la preparatoria de South Park esta noche? — Comenzó, con cierta emoción en su hablar. No necesitaba papeletas de apoyo, era un discurso que había repetido incontables veces, parecía incluso capacitada para recitarlo al revés. —Como ya conocen la tradición anual… ¡Espero que ya todos hayan votado por su favorito para Rey y Reina del ciclo escolar!
Erosionaron retumbantes aclamaciones, la gente claramente más entusiasmada.
—Y su rey esta noche es… —La directora abrió un sobre, ante varios silbidos de desespero. Para después sacar una papeleta blanca. Kyle no comprendía el suspenso, ya todos sabían quién pertenecía a ese puesto. — ¡Stan Marsh!
Stan sonrió afablemente, aunque era un gesto extraño ante el punto de vista de Kyle, quién observó cómo los hombres a su alrededor le propinaron palmadas amistosas en la espalda. Los gritos de entusiasmo parecían no tener final. Stan se rió, sus mejillas estaban ruborizadas, su conjunto continuaba impecable. Después se aproximó a las escaleras que conducían al estrado, y Kyle advirtió que era lo que anda mal.
En vez de caminar, Stan osciló mientras ascendía. Sus pasos inciertos, parecía que se caería en cualquier instante. Estaba ebrio. Y nadie, definitivamente nadie lo había notado, excepto Kyle. Las exclamaciones continuaban, su nombre retumbaba en la enorme estancia con sumo fanatismo.
Una hermosa chica, colocó una enorme corona sobre su cabeza, y la directora retrocedió, de modo que Stan pudiese acercarse al micrófono a expresar sus agradecimientos.
— ¡Buenas noches, compañeros! —su hablar era firme. Era la voz de un líder nato. Esperó a que el alumnado guardara silencio antes de alargar su discurso. —Antes que nada, ¡muchísimas gracias! Gracias a mis amigos y a todos los que votaron por mí… Y a Kyle. Te extraño, marica. Eres un pedazo de mierda. Pero te amo. Pero sigues siendo un pedazo de mierda.
Kyle no sabía dónde esconderse. Imploró a quien escuchase su desesperada plegaria, que ocurriese un terremoto y la tierra se lo tragara vivo. Ahora todos lo observaban. La mayoría del público optaba por verlo, y luego contemplar a Stan, sucesivamente, como si no comprendieran que Stan acababa de admitir que poseía tendencias homosexuales.
Alguien en el fondo empezó a reírse, y muchos le secundaron.
— ¡Marica!
Stan con porte cándido, se apartó del micrófono, como si estuviese sordo y no escuchase sus insultos. Una mueca de alivio adornaba sus atractivas facciones, pero sus ojos miraban la nada.
La directora retomó el control velozmente.
—Bueno, eso fue todo un… discurso, ¿no? —Carraspeó un poco, intentando aclararse la garganta. Buscando con desespero una forma de salvar la noche de aquel súbito silencio que consumía la sala. Era como si de pronto, la fiesta se hubiese vuelto un juzgado. Y el acusado fuera Stan. —Prosigamos… la reina de este ciclo escolar es… ¡Bebe Stevens!
Los alumnos comenzaron a gritar de nuevo, pero el entusiasmo se hallaba perdido. Inclusive la alegría de la sonrisa de Bebe no llegaba hasta sus preciosos ojos.
Su noche… estaba arruinada.
Ni siquiera cuando la corona pareció ajustarle a la perfección pareció feliz. Lucía miserable.
—Muchas gracias a todos los que votaron por mi… pero, creo que no puedo aceptarla—se despojó de la corona, pero la mantuvo con fuerza entre sus manos. Casi parecía a punto de romperla. —Nuestra verdadera reina se encuentra hospitalizada. Así que espero que en honor a Wendy todos pasen una bonita noche. Gracias por considerarme su mejor opción. ¡Los amo a todos!
Bebe lloraba cuando descendió del escenario. Entre el escándalo, y los nuevos gritos que ahora aclamaban a Wendy, Bebe logró interceptarlo. Tomó uno de los brazos de Kyle entre sus manos y le observó suplicante.
—Iré a darle la corona al hospital. Cuida a Stan. Van a querer "matarlo" tras su declaración.
Kyle dio una respuesta afirmativa, pero no se sintió muy seguro de poder cumplir de esa promesa. Sabía que Bebe había dicho lo último con sarcasmo, pero algo dentro de sí le seguía afirmando que algo estaba mal. Después de todo, tenía una fuerza promedio, y en contra de un grupo numeroso, no podría salir victorioso.
—Ahora que no tenemos reina, puedes bailar el vals con quién tu desees, Stan—Le informó la directora, cuando Stan parecía estático sobre el escenario. Parecía sumamente decepcionada, e irónicamente, divertida por todo el drama. —Pide la canción que desees, nosotros nos encargaremos.
Kyle se encontró incapaz de apartar la vista de su antiguo mejor amigo, que bajaba del escenario y avanzaba en su dirección. No. Podía. Ser. Cierto.
—Yo te cubro la espalda—murmuró Craig, monótonamente, antes de retirarse.
A pesar de que los valses se caracterizan por su cadencia lenta, por las enormes bocinas empezó una canción electrónica. No marchaba rápida, pero estaba sumamente marcada por un bajo y una retumbante batería que marcaba el ritmo.
Una vez que Stan yacía frente a él. A una distancia menor a un metro, extendió su mano. Sus dedos temblaban. Kyle no supo discernir si era el miedo a lo desconocido o los nervios.
— ¿Me permites esta pieza?
"No quería ser quien olvidara. / Pensé en todo aquello de lo que no me arrepentiría. /Un poco de tiempo contigo es todo lo que tengo"
Kyle se encontró rodeado en un cálido abrazo. Stan le rodeo cuidadosamente de la cintura, y con la mano libre le tomó de la suya, entrelazando sus dedos. Kyle posicionó su brazo disponible sobre su hombro, e inhaló profundamente. No sabía cómo sentirse al respecto. Se limitó a apoyar la cabeza contra su fuerte pecho, sintiendo las vibraciones que producía al cantarle la canción. Una sensación placentera le consumía por dentro, junto con la certeza de que le quería demasiado para su propio bien.
—"Escuché tus problemas. Ahora escucha los míos…"
Estaba ligeramente desafinado, y su aliento apestaba a alcohol barato, pero eso no le restaba significado a las palabras que le recitaba. De pronto, el coro de la canción retomó cierto ritmo incierto, y Kyle se encontró riendo al mismo tiempo que intentaba seguirle el ritmo a Stan.
Era como si estuviesen en su propio mundo. Sólo ellos dos. Nadie más existía en su reclusión.
Stan nunca le soltó la mano, al contrario se la apretó con ímpetu, como si no creyese que estaba frente a él. Sintiéndolo. Guiándolo. Mostrándole el ritmo correcto con el que debía moverse. Así pues, conforme la canción progresaba, bailaban abrazados las partes lentas, y se alocaban en el estribillo.
—"Y nunca más volveremos a estar solos. Porque esto no pasa todos los días."
Stan lo quería. Aquella afirmación era tan abrumadora como el toque de sus dedos entre los suyos.
—"Ahora pienso en lo que quiero decir. Pero nunca sé a dónde ir. Así que me ato a un amigo."
Para la primera vez que se repitió el coro, Kyle se sorprendió cantando con Stan. Ambos tararearon la canción para el otro, como una declaración, y una tregua. Stan había decidido.
Y lo había escogido a él.
Stan lo giró entre sus brazos, mientras se carcajeaba. Kyle intentaba cantar el coro, pero su lengua se enredaba gracias a la rapidez con la que el vocalista se expresaba, y su creciente nerviosismo, que no parecía dispuesto a abandonarle.
—"No, no puedo entender. No te entristezcas porque no estoy contigo. Estamos nadando alrededor, es todo lo que hago, al estar contigo." —Stan desentonó un poco, al no alcanzar las notas agudas, pero Kyle le soltó, para rodearle con ambos brazos el cuello, atrayéndolo hacia sí mismo.
Kyle alzó la vista para encararle. Sus ojos verdes se clavaron en aquellos azules, que parecían nublados, pero inteligentes, como si estuviese fingiendo su estado de embriaguez. El simple hecho de que hubiese llegado a tal extremo para tomar el valor suficiente para hacer lo mejor para los dos, le estrujaba el pecho. Le dolía. Le dolía quererlo tanto. Le hacía sentir culpable. Culpable porque le había forzado a dejarlo todo por él.
Ya no iba a permitir que nada, ni nadie los separara.
…
Cuando el vals concluyó, la fiesta prosiguió su curso. Tras un par de canciones cuyos ritmos invitaban a bailar, el alumnado se relajó lo suficiente como para retomar el cauce inicial. Como si Stan no hubiese confesado nada. Para la medianoche, gran porción de los invitados estaban borrachos. La procedencia del alcohol, para los tutores encargados del control, era un dato que nunca iban a conocer.
Kenny respiró profundamente y se adentró al baño. La frente cubierta en sudor frío. Los músculos de las piernas empezaban a punzarle. Llevaba un par de horas bailando sin parar, y se debatía con enorme sinceridad la congruencia de las mujeres por soportar un par de tacones por cuestión de pura vanidad.
—Hola Kenny—saludó una tímida voz.
Butters yacía contra la pared. La espalda apoyada en el muro. Por fuera aparentaba estar perfectamente bien, pero Kenny supuso que su fatiga debía ser similar a la propia.
—Leopold.
— ¿Quieres hablar? —preguntó Butters, precipitadamente. Nuevamente estaba haciendo "eso" con los nudillos, y Kenny, ligeramente embriagado, comenzaba a dudar de su autocontrol.
—No hay de qué hablar—atajó Kenny, el entrecejo tan fruncido que parecía que la arruga de la frente terminaría marcada por el resto de su vida en su piel.
—Por favor. Siento horrible cuando no estamos juntos… te necesito. No me importa el futuro. Sólo quiero estar ahora mismo contigo, y sé que tú sientes lo mismo.
Kenny no necesitaba más palabras. Su boca encontró el camino correcto. De pronto lo apresaba contra la pared, y sus labios parecían no cansarse del sabor que tenía su aliento. No fue un beso blando, mucho menos casto. En cuanto sus bocas se toparon, Butters volvió de su lengua un intruso en la cavidad bucal ajena, presionando la parte superior del paladar de Kenny con la punta de su húmeda lengua. Volviéndolo loco.
—Llévame a casa—suplicó. El desespero apoderándose de su voz. Quebrándola. Presionándole a repetir sus palabras una y otra vez. —Por favor, llévame contigo. Hazme lo que quieras. Pero llévame contigo.
No necesitaba pedirlo dos veces.
…
Alrededor de la una de la mañana, Kyle perdió a Stan.
Fue como si sus pulmones perdiesen la capacidad de respirar.
Su mirada repasó cada rincón del recinto. Nada.
Stan no estaba.
Se apartó de la fiesta para buscarlo. Era como su propia versión macabra de las escondidas. No estaba en las mesas. Los baños estaban solos. La multitud que bailaba en la pista comenzaba a menguar, y obviamente Stan no estaba ahí.
Lo buscó en la entrada. Se asomó tras las gradas.
Lo encontró afuera.
No fue la primera persona en encontrarlo.
…
Stan tenía tanto alcohol en su sistema que no se percató cuando Jason lo arrastró del cuello de la camisa hasta el exterior. Stan estaba aturdido. La cabeza le palpitaba, y aunque su cuerpo le advertía que estaba en peligro, no quiso creerlo. No podía ser posible.
Hasta que Jason lo empujó contra un árbol.
Stan tenía la certeza de que aún en alto grado de embriaguez podría ganarle una pelea a Jason. Bien ambos eran atléticos, pero Stan tenía mayor fuerza en sus puños. Con un par de golpes bien precisos, Stan se consideraba lo suficientemente capacitado como para dejarlo inconsciente.
Pero no estaban solos.
Detrás de aquel árbol, casi a las afueras del territorio escolar, le esperaban otros cinco muchachos.
— ¿Este es el marica? —inquirió un desconocido.
Stan no lo reconoció. Parecía demasiado viejo como para cursar preparatoria. El resto parecía tan joven como Jason. Pero Stan supuso que enfocarse en sus edades no era lo más coherente que debía hacer. Debía estar ideando como escapar.
No le dieron mucho tiempo para pensar.
Rápidamente prosiguieron a proferir toda clase de insultos. Stan los ignoró. Después, uno lo sostuvo contra el árbol, con violencia, lastimándole la espalda.
—¡Contéstanos cuando te hablamos! —Y le escupió en el rostro.
Stan dirigió la palma de su mano hasta su cara y se limpió a medias. Los insultos siguieron, y en esta ocasión Stan les contestó con mayor violencia. Si iba a caer, al menos se llevaría a uno o dos con él. No iba a actuar como un cobarde.
Uno, ligeramente más corto de estatura que Stan, se acercó lo suficiente. Stan le propinó un codazo con toda la furia que tenía dentro. Falló por poco, gracias al alcohol. Su blanco había sido su boca, pero terminó impactándole con la punta del codo en el ojo. Su posible atacante, profirió un alarido de dolor y se tiró al suelo, retorciéndose ante el desespero de sentir su propia sangre entre sus dedos y la incapacidad de no poder ver con claridad.
Entonces, el resto de los jóvenes se pusieron serios.
Uno le sostuvo de una muñeca, y otro de la otra.
El más grande, tan grueso como un gran armario, comenzó a golpearle.
Un golpe. Dos golpes. Tres. Cuatro. Al décimo, Stan perdió la cuenta. Había logrado bloquear con suma agilidad gran parte de los proyectiles, inclusive había dejado fuera de juego a otro, que se retorcía tras un rodillazo bien propinado en la entrepierna.
—Háganlo pedazos—ordenó Jason, impacientándose.
— ¿A sí que te gusta que te den por el culo, eh marica? —murmuró uno, de ojos tan pequeños que parecían desnudarle con la mirada. —De seguro eres tan zorra que terminas suplicando que te lo metamos por la boca también.
No. No. No.
Stan quiso creer por un instante, que todo esto era una broma enferma. Después de todo eran homofóbicos. Para que querría un homofóbico forzar relaciones sexuales en otro hombre. No tenía sentido. Nada de esto tenía sentido. La mano que se rompía los botones de su camisa. Tampoco, la boca que succionaba su cuello y le dejaba un viscoso camino de saliva.
Su cabeza daba vueltas. No había distracción que le hiciese ignorar el hecho de que le estuviesen desnudando. Ya no tenía fuerza en su cuerpo para seguir peleando.
Háganlo pedazos.
El agudo chirrido del cierre de sus pantalones al deslizarse puso su mente en estado de alerta total.
No estaban bromeando.
Háganlo
Iban a violarlo.
Pedazos.
Stan yacía tan impotente. Débil. Uno sosteniéndole contra el árbol. Otro asegurando que no intentase nada estúpido, y el "grandote", acariciándole sobre el bóxer. Tan repulsivo. Stan se estremeció violentamente, y sintió la bilis ascendiendo a su garganta. Temía vomitar sobre ellos. Temía que le fueran a hacer algo peor en caso de que se atreviera a vomitarles encima.
Jason parecía confuso. Sólo observaba. Pero después de un rato, abrió la boca para hablar:
—Veamos qué tan puta eres, Stan.
Uno de los tipos alcanzó a pinchar uno de sus pezones, con mucha fuerza, causándole demasiado dolor. Por dentro quemándole. Por fuera punzadas. No, no había nada placentero en un par de extraños abusando de él.
Fue demasiado tarde. No pudo controlarlo. La porquería escapó de su garganta, ensuciándolo mayormente a él. A sus atacantes no tanto, pero igual les había chispeado de inmundicia las camisas.
Una mano se adentró en su propio bóxer, y Stan gimoteó. Incómodo. Sucio.
Y de súbito todo se detuvo.
— ¡Déjenlo! —exclamó una voz nasal, no tan lejos de donde se encontraba.
— ¿Tú y cuántos más nos piensan detener? —inquirió uno de los desconocidos, enarcando una ceja. —Bien, podemos golpearte y usarte a nuestro modo. Genial, tal vez te grabe para subirte a internet. Y después nos desquitamos con el otro marica. ¿Te parece perfecto?
—Yo soy suficiente.
Stan no ocupaba alzar la vista para reconocer ese hablar tan irritante.
Craig venía a salvarle. O más bien a condenarse a sí mismo.
Ninguno podría ganar solo. Así pues, aprovechando la distracción, Stan permitió que la adrenalina se apoderara de su cuerpo. Sí, se sentía sucio. Se sentía asqueroso. Y las partes donde le habían tocado, quemaban peor que brasas. Sin embargo, se sentía lo suficientemente fuerte como para defender su integridad mientras pudiese.
Stan se abalanzó sobre el grandote, colgándose de su espalda. Le jaló del cabello, y le picó los ojos. Le pegó en la nariz. Le pateó las piernas. El tipo vaciló, entre jadeos de dolor. No veía, no podía ver. Después le pegó pequeños puñetazos hasta que cayó. Cuando el resto reaccionó, Stan ya estaba pateando su cuerpo inconsciente, y Craig ya sometía a otro a sus golpes. Su rostro permanecía inexpresivo mientras peleaba.
Pero en realidad Craig no les estaba pegando con mucha fuerza. Se limitaba más bien a bloquear, y a esquivar. Como si los estuviese distrayendo.
Stan captó de inmediato en cuanto escuchó la sirena de una patrulla aproximarse.
Después se desplomó sobre la tierra.
…
Stan despertó.
Otra vez el deja vu.
Sólo que en esta ocasión no se encontraba en el hospital. Ni siquiera en su propio cuarto.
Sentía que debía reconocer este cuarto, pero la cabeza le daba vueltas, y todos sus músculos ardían.
De pronto los recuerdos volvieron a su cabeza. Violentos. Precipitados. Como una película resumida en un filme de un par de segundos.
Jason.
El árbol.
(Todavía sentía la rugosidad del tronco contra su camisa)
Los tipos. Los golpes.
(Las caricias sucias).
Craig.
Ahí finalizaba todo lo que sabía.
Era como si hubiese concluido con que se encontraba sumamente sucio, y comenzó a arañarse los brazos, buscando esa sensación de limpieza que tanto buscaba sentir. Que necesitaba sentir. Ya no portaba el esmoquin. Su pelo estaba húmedo. Apestaba a champú de vainilla. Tenía vendados los golpes.
Se sentó sobre la cama en la que le habían arropado. Portaba unas pijamas que desconocía de quien eran. Jamás las había visto. Sintió la paranoia golpearle la mente ante la idea de alguien desvistiéndole, viendo su asqueroso cuerpo sucio, para después taparlo de nuevo.
Olía el jabón.
Pero se sentía sucio. Estaba sucio, y desorientado. No sabía dónde demonios estaba. Sólo podía procesar una emoción al mismo tiempo, y decidió sucumbir al miedo. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas, ni siquiera se dignó a silenciar sus lloriqueos. Permitió que el llanto le lavara el rostro, y lloró incansablemente por lo que parecieron horas. Pero ni cuando terminó de purgar su alma con lágrimas se sintió limpio.
Su cuerpo estaba sucio. Él estaba sucio.
Tras una eternidad alguien llamó a la puerta.
—Pasa—respondió Stan, lo más fuerte que pudo. Pero su garganta estaba estrecha, y le ardía.
Kyle apareció bajo el umbral de la puerta. Tenía los ojos hinchados. El traje desarreglado. La corbata desanudada, el cabello hecho un desastre.
Stan permitió que Kyle avanzara hacia él. Inclusive lo dejó sentarse sobre la cama. Pero cuando Kyle estiró los brazos dispuesto a sostenerlo, Stan se negó.
—Estoy sucio.
Kyle negó con la cabeza.
—No. No lo estás—replicó Kyle, nuevamente sus ojos se encontraron. Algo muy, muy importante se ausentaba en los ojos de Stan. —Eres lo más limpio que conozco.
—Sí lo estoy, no mientas. No mientas. No tú. Ahora te doy asco, ahora me doy asco. Dios mío.
Y volvió a llorar. Esta vez permitió que Kyle le abrazara, que lo sostuviera entre sus brazos, como si pudiera pegar lo que estaba roto. Stan vaciló ante su toque, pero luego le devolvió el abrazo. Le empapó la camisa con lágrimas y no le importó mostrarse vulnerable.
—Estoy sucio. Soy una porquería. No pude hacer nada, y ellos… ellos me tocaron, Kyle.
—Shh, lo sé. Lo sé. Tranquilo. Todo va a estar bien.
Pero ni siquiera Kyle parecía tan seguro de sus propias palabras.
