14.
—Él se pondrá bien.
Por alguna extraña razón, era más como si intentase convencerse a sí mismo de sus propias palabras. Kyle clavó sus pupilas en la taza humeante que había sido colocada frente a él. Parecía hipnotizado por la forma en que el vapor serpenteaba, hasta disiparse en el aire. Tras no recibir respuesta alguna de Craig, su única compañía en esos momentos, se sorprendió a si mismo repitiendo lo mismo una y otra vez. Como una mantra personal. El silencio sólo lo desquiciaba más. Necesitaba ruido que calmase sus pensamientos, no un par de turbios ojos negros que le hiciesen cuestionarse su cordura.
Se precipitó sobre sus pies, y gracias a la inercia, la silla sobre la que yacía sentado se impulsó hacia atrás con fuerza. El chirrido molesto de las patas de madera arrastrándose sobre las baldosas del suelo, fue suficiente como para sobresaltar a Craig, quien frunció el entrecejo.
—Cálmate—le ordenó Craig, con suma frialdad. Después retrocedió un par de pasos hasta que su espalda topó contra la encimera de la cocina.
Kyle avanzó hacia él, a pasos largos que acortaron la habitación en cuestión de segundos. Rodeó la pequeña mesa que se interponía entre ambos y, una vez que se encontró frente a frente con Craig, le tomó con firmeza de los hombros.
—No va a ser el mismo después de esto, ¿verdad? —inquirió Kyle, parecía exasperado. Buscaba la respuesta en sus irises oscuras, que no le decían nada. Eran como un par de imponentes muros, interponiéndose entre lo que decía y lo que realmente quería expresar.
Sus dedos suavizaron su agarre, cambiando de un toque posesivo a un contacto de apoyo. Era lo que necesitaba, suporte. Ocupaba que alguien llenase su interior con la fuerza suficiente como para encarar lo que yacía escaleras arriba.
—Necesitará tiempo, pero sí—respondió, tras un largo rato. Después, con una calma perpetua, asió las muñecas de Kyle entre sus manos, y las retiró de sus hombros, amablemente. —Posiblemente lo que le ha hecho reaccionar así es el shock.
—No tienes idea de todo lo que me dijo anoche—Kyle suspiró nerviosamente, antes de continuar. —Nunca lo había visto tan trastornado.
—Por eso mismo, Stan necesita que te tranquilices. Un chiflado no puede hacer gran cosa por otro chiflado. Dale unas semanas para que se reponga un poco.
Kyle mordió el interior de sus mejillas, tratando de disminuir su inquietud. Clavó su mirada vacilante en el suelo, antes de hablar.
—Nunca te di las gracias por salvarlo.
—No lo menciones. No lo hice por él. Lo hice por ti.
Kyle alzó el mentón, y se permitió hacer contacto visual. Se encontraban tan cerca que resultaba peligroso. Craig permanecía imperturbable contra la encimera, su semblante relajado. Tan difícil de leer como en los primeros días.
—Aun después de todo lo que te hice.
—No fue nada que yo no haya hecho antes—respondió Craig, automáticamente. Su mano ascendió y permitió que sus dedos se acariciaran ausentemente un rizo bermejo que caía rebelde por su nuca.
—Te fui infiel con Stan—admitió Kyle, sin inmutarse por su tacto cuidadoso.
—Lo sé, yo también he sido infiel a otras personas. Es normal cuando estás con alguien que no quieres—su pronunciación nasal detonaba sutilmente en una cruel acusación.
—Sí sentía algo por ti. Todavía lo siento.
Craig le regaló una débil sonrisa. Apenas una curva que se asomaba en la comisura de sus labios.
—Pero lo que sientes nunca ha sido suficiente.
…
— ¡Feliz cumpleaños, Kenny!
En respuesta, una enredadera de cabello dorado emergió por entre las sábanas raídas. Una vez fuera de la seguridad que le proporcionaban sus cobertores, Kenny se frotó los ojos con rigidez, bostezando. No queriendo desperdiciar más tiempo, impuso a sus pupilas soportar la tremenda luz que traspasaba el ventanal sucio de su habitación. En cuestión de escasos segundos, su mirada adormilada se acostumbró e involuntariamente, divisó a Butters al pie de la cama, entre sus manos un modesto pastel. Kenny consintió esbozar la más grande de las sonrisas.
—Disculpa que sea tan pequeño, fue lo mejor que pude encontrar a esta hora—se excusó Butters, sin descartar su característica timidez.
—Demonios, con todo el drama que ha pasado había olvidado mi cumpleaños—admitió, avergonzado. Se sentó sobre su viejo colchón, el cual replicó con el murmullo de oxidados resortes, dispuesto a levantarse, pero se detuvo al advertir como Butters se ruborizaba reciamente. — ¿Qué pasa?... Oh.
Bruscamente, Kenny siguió la dirección a la que aquellos escrupulosos ojos azules apuntaban. Las sábanas añejas se habían escurrido como agua junto a su bello cuerpo. La percudida tela difícilmente podía cubrirle, ahora que reposaba plegada sobre su regazo.
—Te gusta lo que ves, ¿no? —inquirió. En un gesto sensual, permitió que su hábil lengua repasara su labio superior, lamiéndolo con suma lentitud. Al mismo tiempo que Kenny se despojaba de las gastadas sábanas, se deleitó ante el movimiento de una pálida garganta tras tragar saliva.
— ¡Demonios, ponte algo! —maldijo Butters, balanceando el pastel en una de sus manos, para atrapar del suelo un arrugado bóxer.
—Vamos, no actúes como si nunca me hubieses visto desnudo.
Kenny se puso de pie ágilmente, y de inmediato Butters le arrojó el bóxer, impactándolo contra su atractivo rostro socarrón.
—No deberías comer pastel desnudo, es sucio.
—No es como si hubiésemos hecho cosas muy sanitarias anoche, pequeño.
A pesar de que se daba la contraria a si mismo, Kenny se calzó el bóxer, algo divertido ante la expresión avergonzada que se pintaba en el rostro aniñado de Butters.
—Ya puedes ver—avisó Kenny.
Primeramente Butters le dirigió una ojeada discreta, cerciorándose de que no le estuviese mintiendo. Con mucho cuidado, colocó el pequeño pastel sobre el colchón viejo. Una vez que sus manos estuvieron libres, se abalanzó velozmente hacia Kenny, y poniéndose de puntitas, rodeó su cuello entre sus delgados brazos.
—Feliz cumpleaños, de nuevo.
Sus labios temblorosos se deslizaron por su el borde de su angulosa mandíbula, y ascendieron hasta toparse con su boca. Kenny recibió el beso con gusto, casi riendo ante la abrumante y repentina plenitud que le colmaba.
—Gracias.
…
Hubo un enorme lapso donde el silencio se apoderó de la habitación. Kyle mantuvo el contacto visual por un largo rato, aun cuando la mirada de Craig no hacía más que penetrarle con acusación. A pesar de la intensidad que desbordaban ambos, ninguno apartó la vista. Era un complicado juego donde ninguno pensaba ceder.
—Supongo que terminamos—asumió Kyle.
Inclusive para Craig le fue imposible no reparar en la melancolía que se alteraba de la voz de Kyle.
—Lo nuestro acabó desde el momento en que te vi con Stan en el hospital, Kyle—Craig articuló su nombre lentamente. Como saboreando la última vez que lo fuese a pronunciar en voz alta. —Aunque a veces creo que fue desde que estábamos en Denver.
Kyle asintió con la cabeza, apretando los labios. Estaba avergonzado. Había sido un estúpido al creer ciegamente que Craig no sospecharía nada.
—Sólo dime una cosa, ¿te arrepientes de lo nuestro, de todo lo que pasamos? —Craig entrecerró los ojos, y su mano abandonó la volátil cabellera de Kyle, para descender hasta la piel desnuda de su brazo. Lentamente, con la punta de los dedos rozó el largo de su antebrazo, hasta encontrarse con su mano, donde se detuvo.
—Nunca.
Súbitamente, Craig lo atrajo hacia sí. Sus manos se engancharon a la espalda de su camisa, como estrechas prensas, y le envolvieron el cuerpo en un apretón sumamente triste. Posó la cabeza en uno de sus hombros, e inhaló profundo. Kyle le correspondió lánguidamente, sus dedos se enredaron en sus lacios cabellos negros, acariciándolo en una taciturna disculpa. Deliberadamente, Craig cerró los ojos, y se sumió en su tacto.
Kyle recordó con aspereza. El principio. Su primer beso. Su primera vez. La infidelidad. El final.
Incontables cuestiones se galopaban en su cabeza. Una tras otra, atropellando a la anterior antes de ser capaz de responderse a sí mismo. La duda le inducía a vehementes escalofríos. ¿Qué era todo eso que sentía? De todas las sensaciones que le abrumaban, sólo podía discernir de una en específico: la culpa, y no era muy satisfactoria. No sabía si en realidad estaba enamorado de Craig, o si estaba enamorado de la idea que tenía acerca de él.
— ¿Se supone que te olvide?
—No lo sé, Craig.
— ¿Al menos obtengo mi último beso? —preguntó con descaro, contra su cuello blanco. Su cálido aliento golpeteó contra su nívea piel, provocándole múltiples estremecimientos.
Nuevamente su forma indiferente de pedir las cosas impedía que Kyle interpretase si estaba siendo serio al respecto o no. Se obligó a removerse entre sus brazos atrapantes, fingiendo incomodidad. Una vez que logró separarse, impuso una distancia prudente entre ambos, antes de responder.
—No.
Kyle tomó asiento de nuevo, y Craig le imitó, ocupando la silla más cercana a él.
—Por cierto, estabas al teléfono hace rato, ¿hablabas con la mamá de Stan? —curioseó Craig, para suavizar la tensión que los sobrecogía.
—Sí, ¿cómo supiste?
—Estabas relatando lo que pasó anoche, pero omitiendo la parte donde a Stan lo manosearon un par de desconocidos.
Kyle le propinó un puñetazo en el hombro. No fue muy violento, pero si lo suficiente como para provocar un malestar no tan insignificante.
—No hables así de lo que pasó—lo reprendió. Cuidadoso, Craig se palpó con la palma de su mano el área afectada, Kyle le observó apretar los dientes. —Tan pronto como Stan despierte, sus padres vendrán por él. Van a imponer una demanda.
—Es lo menos que se merecen—en un brevísimo instante sus ojos se encontraron, y en esta ocasión, Craig fue el que desplazó la mirada. — ¿Por qué no subes y cercioras si ya despertó?
Kyle asintió levemente con la cabeza y se incorporó sin voltearlo a ver. No podía encararle. Se forzó a subir las escaleras con enorme pesadez. Era como si los peldaños nunca se fuesen a acabar. Cada vez que subía un escalón, era como si apareciese otro en la cima. El arribar a su destino parecía una meta casi inalcanzable, por eso se sintió hondamente confundido cuando giró el picaporte de la puerta, el único obstáculo que le separaba de Stan. Se introdujo a la habitación pisando con cuidado, en un vano intento ser silencioso, pero fallando fútilmente.
Kyle lo estudió cautamente, sentado sobre la cama, ambos brazos entorno a sus propias piernas, abrazándose a sí mismo. Descansaba el mentón sobre sus rodillas. No alzó el rostro cuando reconoció la presencia de Kyle acercándose.
— ¿Acabas de despertar? —preguntó Kyle, con el propósito de distraerle con una conversación trivial.
Stan negó débilmente.
— ¿Quieres bajar a desayunar?
—No tengo hambre… Por cierto, ¿dónde estamos?
—Casa de Craig.
Kyle se aproximó hasta que sus piernas chocaron con el borde de la cama, y Stan retrocedió gradualmente hasta el otro extremo del colchón, cediéndole espacio. Kyle trepó a su lado, con cuidado de no quedar demasiado cerca.
—Tu madre llamó.
—Te oí al teléfono—admitió Stan, no sonaba alterado. —Gracias por no mencionarle lo que pasó realmente.
—Si van a demandar a Jason y a esos, tu madre va a necesitar saber que pasó.
Stan giró el rostro, y le encaró fijamente. Kyle advirtió automáticamente en lo apagado que lucía el azul de sus ojos. La sensación que le provocaba su mirar era similar a contemplar el vacío.
—No estoy tan seguro de querer llegar a esos extremos. ¿Y si termino en el encabezado del periódico?.. "Joven es atacado por horda de homofóbicos" —se bufó, con un cinismo que resultaba hiriente. —Mis padres ni siquiera saben que tengo esas tendencias. Para ellos Wendy todavía es mi novia.
—Encontraremos la solución—prometió Kyle, atrapando una su mano entre las suyas. —Juntos.
Stan no rechazó su toque, por el contrario accedió a entrelazar sus dedos. Inclusive Kyle fue capaz de atisbar la sombra de una sonrisa asomarse en su boca, casi imperceptible.
Antes de que Kyle pudiese recibir una respuesta, fueron interrumpidos por un inofensivo temblor en el fondo de su bolsillo. Cogió su celular de inmediato, considerando que con todo lo que había sucedido la noche pasada no podía darse el lujo de ignorarlo, podía ser una llamada de suma relevancia. Sin verificar la identidad de quien le hablaba, respondió.
— ¿Quién habla? —le fue imposible ocultar su irritación.
—El cumpleañero más sensual del pueblo.
En el instante en que Kyle reconoció la identidad de quien le llamaba, la culpa le sacudió con la misma fuerza de bofetada bien dada. Sus pupilas casualmente se posaron sobre un calendario que estaba adherido con cinta a la puerta de la habitación. Veintidós de marzo, día donde Kenny McCormick alcanzaba la madurez de los dieciocho.
—Lo siento—se disculpó con rapidez. —No me acordaba, con todo lo que pasó anoche.
—No te preocupes, Kyle. Te comprendo perfectamente. Yo también pasé una noche fenomenal.
Kyle escuchó unas protestas desde el otro lado de la línea, la voz de Butters resultaba inconfundible. Se mantuvo en silencio por un largo tiempo, hasta que finalmente asimiló que Kenny no estaba al tanto del percance que había sufrido Stan.
—Felicidades, Ken. Ahora puedes tener sexo legalmente —ambos rieron. — ¿Festejarás o algo así?
— Algo así, definitivo. Pensaba que podíamos ir a almorzar algo. Ya sabes, los cuatro idiotas, y Butters. Sí, que Butters nos acompañara estaría perfecto.
Kyle resopló fingiendo molestia. Era consciente de que por cuatro idiotas se refería a su grupo usual.
— ¿Cuatro idiotas? Tres idiotas y Kyle, por favor. Te recuerdo que tengo el mejor promedio del curso—alardeó. Stan, a su lado, rodó los ojos.
—Un par de números no define tu nivel de inteligencia—se jactó, elegantemente. —Entonces, ¿nos vemos en la pizzería a las dos o qué?
—Por supuesto —entonces recordando que Stan tenía muchos asuntos por resolver en esa misma tarde, agregó algo más. —Aunque Stan no podrá ir.
— ¿Lo dejaste inválido? —Kenny silbó con asombro. —Guau, no sabía que estuvieras tan dotado.
Stan enarcó una ceja, curioso, tras notar como las mejillas de Kyle comenzaban a ruborizarse violentamente.
—Créeme, esa no es la razón.
—Lo supuse. Stan no parece la clase de persona que se dejaría dominar…—antes de que pudiese continuar, Kyle le interrumpió:
—Ya, ya, nos vemos a las dos en Whistlin' Willy's.
Kyle cortó la llamada con brusquedad, resistiendo las tremendas ansias de lanzar su celular contra el muro más cercano.
—Así que no podré ir—Stan soltó un bufido, y estiró sus largas piernas sobre el colchón.
Kyle le dedicó una mirada colmada de sarcasmo.
—Tienes que ir a la comisaría.
—Mira, de pronto me ha dado hambre—ni siquiera se empeñó lo suficiente como para que su mentira resultara creíble. — ¿Desayunamos y luego le hablamos a mi madre?
…
Stan frotó sus manos contra los costados de su pantalón intentando borrar todo rastro de sudor. Contempló su entorno, con el propósito de distraerse de las miradas fútiles de las que estaba siendo víctima. Trató de enfocar sus energías en el repiqueteo de las manecillas del reloj de pared, el gorgoteo de la cafetera al ser vaciada, o el parloteo incesante de los policías que le acompañaban en la habitación.
Discretamente, se removió sobre su asiento. A su lado, ninguno de sus padres notó su incomodidad. Sin embargo y a pesar de guardar cierta distancia, los cinco jóvenes que yacían sentados frente a él se percataron a la perfección del efecto que tenían sobre él. Cierto placer perverso era totalmente apreciable en sus toscas expresiones de autosuficiencia.
Un eco grave le anunció que las puertas dobles de la comisaria cedieron. Jason apareció bajo su umbral, el entrecejo fruncido, los labios apretados. Su padre por la derecha, un abogado a la izquierda.
—¿Estás listo, Stanley? —la repentina pregunta de Randy, su padre, le sobresaltó, forzándole a apartar la vista.
—Esperen, primero necesito hacer algo.
Se encaminó a paso firme hacia Jason, no se permitiría flaquear en ningún momento. En vez de concentrarse en lo que estaba por decir a continuación, se concentró en su erguida postura y en mantener su mentón en alto. No iba a demostrar debilidad.
—¿Podemos hablar en privado? —sugirió Stan, complacido por su rebosante seguridad.
Jason le dedicó la más hostil de las miradas, pero accedió. Stan lo condujo calmadamente hasta el otro extremo de la habitación.
—Si te disculpas no presentaré cargos—prometió.
Jason ligeramente encorvado, cruzó los brazos con fuerza a la altura del pecho, su lenguaje corporal le decía a gritos lo mucho que le desagradaba el tenerlo tan cerca.
— ¿Qué dices?
—Si me pides perdón no te demandaré a ti—Stan enfatizó sus últimas palabras, dándole a entender que el resto de los implicados pasase lo que pasase, sufrirían consecuencias legales.
Una carcajada con tintes de cinismo brotó de la garganta de Jason, como una desentonada melodía.
—Nunca me disculparía con un marica —bufó por lo bajo. —Además si te pidiera perdón no sería justo para ti, porque no estaría siendo sincero. Nunca podría arrepentirme de lo que te hice. Después de todo, te lo merecías.
Stan se obligó a inhalar y exhalar repetidas veces para recuperar la poca paciencia que le quedaba. Dentro de él, el coraje le abrasaba con la misma intensidad con la que el sol es capaz de cegar en pleno verano. Era como una luz que se expandía, borrando todo miedo, toda tristeza relacionada con lo acontecido aquella fatídica noche. De todo lo que Stan creía capaz de sentir, la ira parecía ser lo más cercano a la esperanza. Así pues, se aferró a esa molestia ardiente, dispuesto a dejar atrás el sufrimiento, aunque fuese sólo por un instante.
—Era todo lo que necesitaba escuchar.
…
Todo el enorme local de Whistlin' Willy's poseía un penetrante aroma a aceite y queso, como si por sólo tomar una bocanada de aire estuvieses absorbiendo cantidades mórbidas de grasa. No era un olor totalmente desagradable, pero tampoco era la clase de aroma que querías saturando tus pulmones. Múltiples niños pequeños corretearon alrededor de Kyle en cuanto cruzó la puerta principal, impidiéndole avanzar hasta el área de comedor, donde debía encontrarse con sus amigos. Al fondo alcanzó a atisbar el área de videojuegos y sintió la nostalgia estrujarle la garganta al contemplar todas esas rústicas maquinitas aún funcionando.
Fue el último en llegar. Les encontró, en una mesa para cuatro personas, Kenny comía con gran efusividad una rebanada de pizza, Butters lucía más calmado, pero alegre, y Cartman, él sólo estaba ahí sentado, ocupando un asiento, masticaba su comida, pero no parecía disfrutarlo.
Kyle los saludó y ocupó la silla vacía, junto a Eric, quien refunfuñó por lo bajo al tenerlo tan cerca.
—Llegas tarde, judío—le recriminó, Eric. —Ya comimos, así que te puedes ir.
—Como si no supieras que no vengo a comer, gordo idiota—replicó con sarcasmo, recibiendo una carcajada ronca por parte de Eric.
—Cierto, lástima que la pizza no sea kosher.
Desde que donde Eric se había colado por su ventana y le había confesado las razones detrás de su paliza, su enemistad se había desvanecido hasta el nivel de una rivalidad saludable. No eran los más grandes amigos, pero eran capaces de tolerarse mutuamente. Continuaban peleando constantemente, pero eran ofensas vacías, más como un apodo que como un perjuicio.
—Vamos a las videojuegos, chicos—suplicó Kenny, esbozando un intento fallido de mohín tierno. Era imposible considerarlo inocente con aquel par de ojos avellanados tan insinuantes y perversos.
Se turnaron para utilizar sus máquinas favoritas, hasta el momento donde Kenny y Butters desaparecieron de imprevisto. Distraído en un simulador de Parque Jurásico, Kyle no se había percatado, le era más interesante matar al jefe, un amenazante tiranosaurio, que vigilar a sus amigos. El asiento doble dio un par de tumbos antes de que la pantalla mostrara el fin del juego. Unas letras con pésima resolución le avisaron que si no introducía una moneda en diez segundos perdería todo su progreso.
Eric se precipitó a meter un par de centavos, y velozmente le arrebató la pistola de plástico de las manos.
—Mi turno, judío. Observa al experto.
Kyle frunció el entrecejo, y se rió socarronamente. Sin embargo, no protestó, aferró sus manos al borde del asiento, y se sumergió en el juego que se mostraba frente a él. Según la simulación, primeramente se encontraban en un jeep, y se paseaban por un terreno irregular, por lo que por el resto de la partida el sillón de plástico debía simular los movimientos violentos que implicaban el andar por un sitio así. En la pantalla, un par de enclenques dinosaurios parecieron acercarse. Los gráficos eran deplorables, pero curiosamente Kyle los disfrutaba enormemente.
Kyle observó atónito como derrotaba al tiranosaurio con suma destreza. El asiento doble regresó a su estado de reposo y Eric se incorporó de un salto, para después hacer un breve baile de victoria, acompañada de una canción improvisada donde se burlaba de Kyle.
—Te dije que era mejor que tú.
—De seguro el tiranosaurio se asustó de tu masivo trasero obeso—se burló Kyle, retomando la pistola de juguete, que se anexaba a la enorme maquina por medio de un grueso cable negro.
—Pero tengo alma y tú no… ¿sabes qué? —Eric le dio la espalda y señaló sus posaderas cínicamente. —Puedes besar este obeso trasero, Kahl.
Kyle fingió sufrir un par de arcadas, y las carcajadas de ambos se ahogaron en medio de los gritos infantiles pertenecientes a los niños que jugaban alrededor de ellos. Se sentía bien, y por la soltura con que Eric se reía, Kyle asumió automáticamente, que él debía sentirse igual. Honestamente, desde que Wendy había sido hospitalizada, Eric no había sonreído mucho, así que verle con la chispa de antes era un buen cambio.
Kyle estuvo a punto de sugerir otra partida, pero el teléfono móvil de Eric comenzó a repiquetear. Una canción en otro idioma, alemán seguramente, llegó a sus oídos, y Kyle le dio una generosa ojeada irónica.
—Señora Testaburger, ¿a qué debo el placer de su llamada? —su semblante cambió automáticamente, como si recordara lo que acontecía no muy lejos de ahí, en el hospital local. En el instante en que Wendy inundó sus pensamientos, se dejó caer pesadamente sobre el rígido asiento. —Entiendo, entiendo.
Colgó repentinamente y Kyle buscó su mirada para buscar una reacción, pero Eric le evadió, girando el rostro hacia otro lado. Kyle recibió una breve despedida ("adiós, judío"), y en cuanto fue consciente de lo que sucedía, Eric ya cruzaba las puertas que conducían a la salida.
…
No precipitó al hospital. Eric se tomó su tiempo, manejando su furgoneta a una velocidad prudente, deteniéndose más de lo debido ante los imponentes letreros rojos que gritan "alto". Tampoco corrió mientras avanzaba por el pasillo blanco que lo conduciría a ella. Se obligó a mantener la compostura, a calmar el ritmo de sus pisadas, a fijar las pupilas al frente. Escuchó el eco de sus pisadas al repiquetear contra el suelo, hasta el momento en que se detuvo frente a su destino, una puerta, y se hizo el silencio.
Apretó los párpados y prestó atención a su entorno. Al penetrante olor a detergente, al molesto color blanco que llenaba cada rincón. El picaporte dorado que le incitaba a ser girado. Estaba en calma, en estado de absoluto sosiego. No había ninguna emoción dentro de su pecho, ni felicidad. Sólo tranquilidad.
Pero entonces, desde el otro lado de la puerta, una carcajada limpia brotó. Eric podía jurar que había sido lo más bello que había escuchado en meses, y de súbito fue como si hubiese perdido todo autocontrol. No existía ni la más remota posibilidad de que algún día pudiese olvidar esa voz.
Wendy. Su Wendy estaba despierta.
Su fachada se rompió. Eric abandonó toda frialdad afuera de aquel cuarto, y se adentró, con más apresuración de la que le hubiese gustado admitir.
—¿Eric?
Wendy lo contemplaba desde la camilla. Ya no recostada, sino sentada sobre el colchón doblado. Las sábanas blancas le cubrían las piernas. La intravenosa continuaba clavada a su delgada muñeca. Pero sus ojos radiaban vida. Aun cuando su cabellera negra acentuara la palidez casi fúnebre de su piel, y las ojeras púrpuras profundizaran su mirar, ella lucía viva.
Eric se petrificó ante ella.
La madre de Wendy les dedicó una breve sonrisa, y se disculpó antes de abandonar el cuarto. Dejando una silla vacía, junto a la camilla. Junto a Wendy. Eric avanzó con pasmosa lentitud, y tomó asiento. Apoyó sus robustas manos sobre sus propios muslos, y esperó.
Wendy posicionó sus manos sobre las de Eric, y finalmente, él hablo:
—No vuelvas a hacer eso.
Fue más bien un gruñido amenazante, así que Wendy obedientemente, optó por apartarse. Pero Eric no se lo permitió, de un veloz movimiento atrapó sus manos entre las suyas, entrelazando ágilmente sus dedos, para después dedicarle una mirada desesperada. Ella comprendió al instante.
—No volverá a pasar. Estoy bien—aseguró Wendy. —Pronto podré salir de aquí.
—Más te vale, tonta—pero hablaba con un cariño enternecedor que le inhibía de lo ofensivo a sus insultos.
Eric se incorporó hacia ella, y soltando sus manos, le rodeó con suma torpeza, pasándole los rollizos brazos por la espalda. Enterró la nariz en su cabello oscuro, e inhaló fuertemente. Olía a enfermedad, pero todavía quedaba un rastro de su característico aroma a gardenias. Era una necesidad intensa, que le imploraba sentirla en cada centímetro de su piel. Los delgados brazos femeninos se enroscaron en torno a su cuello, aprisionándolo contra su cuerpo.
—Ya no te voy a dejar—prometió ella, en un susurro.
Él asintió con la cabeza, y sus manos la acariciaron. Sus dedos tocaron la tela azul de su camisón, y cedieron ante las marcadas curvas de sus costillas.
—Estás demasiado flaca.
—Obviamente, no he comido nada—aclaró Wendy.
— ¿Quieres que traiga comida rápida?.. Aunque no le digas a nadie que me ofrecí a hacerte un favor.
Wendy volvió a carcajearse. Eric sintió un inmenso placer ante el sonido de su risa. Ella rompió el abrazo para tomar su rostro, y acercarlo al suyo. El gélido aliento de ella golpeteó contra sus labios, él fingió fruncir el entrecejo.
—Luego comeré. Por ahora, quédate conmigo.
Sus bocas se encontraron. Fue un roce. Escasos segundos, donde ninguno de los dos movió sus labios.
Eric se mostró confundido durante el contacto. Jamás había sido besado así, con tanta pureza. Todos los besos que habían compartido antes habían sido una lucha constante, una búsqueda de control. Ferviente coraje y una retorcida lujuria que ambos atribuían a sus hormonas. Inclusive en aquella ocasión donde ella le había arrebatado un beso a la corta edad de los ocho, Eric había sentido su húmeda lengua rasposa y agresiva abriéndose paso bruscamente hasta su boca.
Este debió haber sido su primer beso.
Se separaron, y Wendy bajó el rostro. Sus espesas pestañas le causaron cosquillas, cuando rozaron las mejillas masculinas.
—Mi madre me contó todo lo que hiciste mientras yo estaba inconsciente—admitió Wendy. —Gracias, en serio.
Eric soltó un bufido. Wendy prosiguió:
—Ya no me odias, ¿cierto?
—Creo que nunca lo hice.
—Perdón por manipularte todo este tiempo.
Pero no había nada que perdonar. Todo rencor se había esfumado desde el momento en que la había escuchado reír. Porque había sonado genuino y porque había sido como si mágicamente él pudiese ayudarle a borrar todo daño pasado. Casi como si la hubiese reparado de todo dolor.
Por primera vez en toda su existencia, Eric Cartman estuvo seguro de que en sus manos yacía la posibilidad de hacer feliz a alguien. Y no sabía si sentirse bien o mal al respecto. Después de todo, ¿cómo podría mostrarle la luz cuando sólo conocía la oscuridad?
…
Comenzaron las vacaciones de primavera.
Kyle tomó un vuelo a California, acompañado sólo por su padre. Stan llevó su juicio a cabo. Mientras Kyle recorría las instalaciones de la escuela de leyes en Stanford, su mejor amigo se debatía en corte. Kyle moría de nervios durante su entrevista, lo cual era irónico si se tomaba en cuenta que él mataría por esa beca. Stan se enfuriaba ante la falta de pruebas físicas que apoyasen su argumento, sí, Craig estaba junto con él, pero ¿de qué servía su palabra contra la de palabra de otro?
Al final, Kyle no supo si las palabras del rector estaban tan ensayadas como sus respuestas. Había sido amable, pero eso no le aseguraba nada.
Stan, simplemente, perdió el caso. Los bravucones no recibieron nada más que un par de órdenes de restricción.
Transcurrieron un par de días. Kyle regresó, y Jason se desvaneció del pueblo.
Luego, las vacaciones concluyeron.
…
Retornar a la escuela no fue sencillo. Los murmullos detonaron en cuanto Stan y Kyle traspasaron el enrejado, juntos.
Ante los ojos de sus compañeros, Stan tan sólo había sido víctima de las circunstancias. Se había debatido entre terminar una larga relación o darle una nueva oportunidad a Wendy. El choque automovilístico, y la culpa que acarreaba el haber mandado al hospital a la persona que más quería le había empujado a humillarse frente a la escuela. Como un castigo autoimpuesto. La paliza que secundó su humillación pública, tan sólo había sido parte de su penitencia. Una fracción de aquella purga que debía padecer por haber causado tanto sufrimiento.
Otros creían que Stan declarado sentimientos falsos hacia Kyle para llamar la atención.
Estúpidos rumores. Nadie tenía ni idea de lo que realmente había pasado.
Stan estaba sumamente molesto, y a Kyle no parecía importarle. En realidad no le interesaba lo que la gente comentase al respecto, ya había pasado por eso antes, junto a Craig. Los rumores, la atención. ¿Acaso nadie tenía nada mejor que hacer?
Wendy regresó, también. Su aspecto no era saludable, pero lucía lo suficientemente estable como para mantener su brillante promedio. Cartman la acompañaba como una sombra a todos lados, lo curioso para los espectadores, era que a Wendy parecía disfrutar genuinamente de su presencia. Bien, estaba tremendamente blanca y ojerosa, con miembros raquíticos y mejillas ahuecadas, pero era feliz. Todos podían notarlo.
…
A mediados de abril, en medio de la cafetería, a plena visión de todo el alumnado, Stan tomó la mano de Kyle, y entrelazando sus dedos, se abrió paso hasta una mesa en el centro. Y aunque mucha gente carraspeó, y recibieron miradas desaprobatorias, con el paso lánguido de los días, al alumnado dejó de importarle. Pronto se les unió Kenny y Butters a su mesa.
Se volvió una rutina. Se sentarían los cuatro y almorzarían entre risas estridentes y bromas. Por encima de la mesa, Kyle y Stan tendrían sus manos unidas, por debajo, sus rodillas se rozarían constantemente. Butters y Kenny optaron por la discreción. Butters le daría la mitad de su refrigerio a Kenny, y compartirían miradas cómplices durante el receso.
Eventualmente Bebe ocupó otro asiento.
Luego fueron siete las personas que se sentaron en la mesa del centro. Cartman se les unió, y Wendy con él.
Ese fue el principio de una larga tregua.
…
Kyle recibió la respuesta de Stanford al término de abril.
Fue un gélido sábado, una interminable nevada caía sobre el pueblo. Kyle salió a trompicones de su casa, con dos enormes bolsas negras en cada mano, repletas de basura. El hedor le irritaba los ojos, y le impedía disfrutar de la fresca brisa que les acogía, así que, estaba dispuesto a terminar con sus tareas domésticas lo más pronto posible. Todavía le faltaba sacudir la planta superior y ponerse decente para asistir al templo.
Gerald Broflovski le aguardaba tras el buzón, con una carta blanca en su mano izquierda. El sobre estaba intacto. El remitente era Stanford.
—Léela, hijo.
Kyle se precipitó bajo techo, desgarrando el pulcro sobre en un tiempo que podría considerarse récord. Sheila, su madre, lo observó con curiosidad, esperando su respuesta. Desdobló el papel, y leyó con cuidado. Una lágrima se deslizó por una de sus níveas mejillas, y se obligó a mantener su respiración estable.
—Te tengo dos noticias. Una buena y una mala—sostuvo el papel en alto, enfatizando sus palabras. — ¿Cuál quieres oír primero?
Sheila no dudó ni un instante su elección.
—La mala.
Kyle, quien ya anticipaba dicha réplica, le regaló una mirada suplicante, después preso de sus nervios, dobló el papel múltiples veces, hasta el punto donde el material ya no quiso ceder más.
Ahora o nunca.
—Mamá, soy gay.
La expresión siempre severa de Sheila se quebrantó efímeramente. Por unos instantes, Kyle fue totalmente capaz de apreciar una profunda tristeza en las pupilas de su madre, después en apenas cuestión de segundos ya le atravesaban acusadoras, como si fueran dagas.
—Lo sospechaba—gruñó. —No has demostrado interés por las niñas desde que tenías ocho años.
No obstante a pesar de que sonaba irritada, Sheila se acercó, sus cortos tacones gruesos repiquetearon contra el suelo, una vez, dos veces. Luego, lo tomó entre sus brazos, abrazándolo con sumo cuidado. Como si se fuera a romper. Como si Kyle fuese lo más frágil que hubiese tocado en toda su vida.
— ¿Qué hice mal? —inquirió, consternada. Su voz desesperada se quebró a mitad de la pregunta, el sonido característico que precede a las lágrimas.
—Nada. No hiciste nada mal.
Sheila se apartó, gruesas lágrimas habían provocado que su elaborado maquillaje se corriera por su rostro. Manchones negros le goteaban por el mentón, sus ojos lucían desquiciados.
—No sé cómo podré manejar esto —le dio la espalda, dispuesta a retirarse. Inclusive dio un par de pasos antes de detenerse en seco en medio de la estancia. La decepción era palpable en el aire. Kyle la contempló con una impotencia infinita. —Espera, si esa era la mala noticia, eso significa que…
—Sí, mamá —Kyle se estremeció ante el poder de la siguiente afirmación. —Me aceptaron en Stanford.
Un fuerte júbilo les acogió a ambos. Sheila, soltando exclamaciones entrecortadas que agradecían a su Dios, se lanzó sobre su hijo, y volvió a estrujarle, en esta ocasión en modo de reconciliación.
— ¡No podía esperar menos de ti!
Sonaba tan libre, como si hubiese olvidado su confesión anterior. Kyle se ruborizó.
—Gracias.
— ¡Mi pequeño estudiando leyes en California! ¡Y nada menos que en Stanford! —balbuceaba entre sollozos. —Vas a ser grande, bubba—después, en tono sombrío agregó: —Aunque seas gay.
Kyle la abrazó con ternura. Sintiéndose aceptado. Salir del closet no había sido una experiencia tan terrible como lo había esperado. No podía asimilarlo, era imposible que la rígida de su madre aceptase la homosexualidad de su hijo con esa rapidez tan asombrosa. Era simplemente inverosímil.
—Yo también ya sospechaba que eras gay, Kyle—aclaró Gerald, cuando cruzó la puerta y atestiguó el intercambio de amor maternal entre su hijo y su esposa. —Casi puedo asegurar que el culpable es el hijo de los Marsh… ese Stanley.
Kyle rió nerviosamente pero no agregó nada más.
…
El dos de mayo de ese mismo año, Wendy Testaburger pereció ante otro paro respiratorio.
Fue una noticia repentina, pero no por eso, menos impactante. Una resplandeciente luz se había esfumado. Aun cuando todas las señales habían estado ahí, como si hubiese parpadeado antes de apagarse por completo, todos se habían cerrado ante la inminente posibilidad.
Pero Wendy ya no era tan fuerte como antes. No había perdido ninguna lucha, porque en primera nunca había existido una batalla. Había sanado en su corazón, pero su cuerpo se había debilitado. Físicamente, sólo era una mísera carcasa de lo que solía ser.
…
Eric no asistió a la escuela ese día.
El número que usted marcó no está disponible.
Kyle encontró a Eric en su casa, para ser más precisos en su propia habitación. Había cierto presentimiento dentro de él, que le gritaba que aunque Eric se aislase de los demás era hondamente necesario el permanecer a su lado.
— ¡Estúpida rata judía! —bramó, con potente furia.
Kyle, turbado, contempló la escenografía que les rodeaba.
El escritorio que originalmente pertenecía junto a la pared, yacía sobre el suelo, tumbado de lado, con todo su contenido desperdigado sobre la alfombra. Papeles rotos se esparcían por todos lados, libros de la escuela desgarrados se desparramaban sobre la lúgubre estancia. Las sábanas arrugadas yacían al pie de la cama, junto a un par de almohadas rotas por las que ya se escapaban puños y puños de suave algodón. Las cortinas estaban tiradas, rotas. Inclusive al fondo, Kyle alcanzó a divisar una de sus dos lámparas, rota, incontables pedazos de vidrio se habían perdido entre la podredumbre a la que se había reducido la habitación.
Era patético, y al mismo tiempo demasiado triste.
Eric, con las pupilas sumamente contraídas por la intensa luz que se colaba por las ventanas desnudas, lo observó. Después tomó la lámpara sobreviviente y apuntó firmemente hacia Kyle.
— ¡Largo!, ¡Largo!
Kyle se agachó ágilmente, y la lámpara voló sobre su cabeza, apenas rozándole los rizos bermejos, para después traspasar el umbral de la puerta y culminar contra el muro del pasillo. Múltiples fragmentos de vidrio volaron en todas direcciones.
— ¡Casi me matas, culón! —reclamó Kyle, una vez que pudo incorporarse. Titiritaba violentamente, gracias al miedo.
— ¡Bueno tal vez porque eso era lo que quería! ¡No tienes idea! —gritó. Parecía al borde de la histeria. — No tienes jodida idea… ¡Ella no merecía morir!
—Ah, y solucionas tus problemas matando a tus propios amigos—Kyle no quería ser cínico, pero con Cartman le era inevitable no poder controlar su temperamento. — Así no vas a arreglar nada.
Eric no respondió y Kyle se sintió culpable al exasperarse. Debía estar preocupándose por cómo Eric se sentía realmente, no molestándose por un "pequeño" arranque de ira. La irritación que le comenzaba a aturdir era errónea, así que soltó una exhalación vacilante, y esperó a que su escasa paciencia retornara.
—Lo siento, Eric. Lo siento muchísimo.
Eric permitió que sus piernas le fallaran y se sentó sobre el suelo. Cubrió con sus robustas manos inquietas su rostro, ocultando su vergüenza.
—Lo siento—repitió Kyle, aproximándose lentamente.
Sin hacer ruido, Kyle se agachó junto a él. Mantuvo la mirada clavada en la alfombra, en la mesa volcada, en los cristales rotos, en cualquier objeto que le distrajese lo suficiente como para que no pudiese ver sus lágrimas. Kyle lo sabía. Eric no profería sonido alguno, ni parecía ahogarse en sollozos, pero Kyle sabía que estaba llorando. No por fuera, no. Una creatura tan inhumana como él sería capaz de derramar lágrimas. Pero por dentro, lo que quedaba de su corrupta alma se lamentaba. Y el dolor lo estaba matando.
Kyle le rodeó los anchos hombros con uno de sus brazos, y Eric continuó escondiendo su cara. Sin embargo, se inclinó levemente hacia él, como si buscara desesperadamente cualquier contacto humano.
—Lo siento mucho.
…
Stan permaneció bajo el chorro de la regadera durante lo que le pareció una eternidad. Mantuvo el rostro agachado, con la frente contra el muro de baldosas blancas, mientras el agua golpeteaba suavemente contra su nuca, deslizándose por los planos de su espalda. Gélida agua le acariciaba, sabía que debía sentir el frío, pero estaba entumecido. No estaba pensando con claridad, ni se sentía capaz de apreciar lo que sucedía. Era como de pronto si su mente hubiese decidido apagarse.
No quería aceptarlo.
A lo lejos escuchó que llamaban su nombre. Decían algo más, pero Stan se encontró incapaz de descifrar su mensaje. Cerró los ojos, y se enfocó en el sonido que emitía el agua al caer sobre su cuerpo.
—Stanley.
Sonaba tan lejano, pero conforme el agua continuaba deslizándose y repiqueteando hacia el suelo, su nombre sonaba cada vez más cerca. Cuando unos nudillos retumbaron contra la puerta del baño, Stan se cubrió los oídos con las manos. Los golpecitos insistieron, pero para Stan fueron como zumbidos que sólo le aturdieron más. Y sí, estar aturdido era mejor que ser consciente de la realidad.
—Stan, vas a llegar tarde.
Stan reprimió una carcajada histérica, ¿tarde a dónde? No tenía ningún sitio a donde ir. Ya había regresado de la escuela, y ese día no le correspondía entrenamiento de baloncesto. Eran frases vanas, sin lógica. Él podía permanecer bajo la regadera por una eternidad si así lo deseaba.
— ¿Hijo?
No quería emerger a la realidad. Quería quedarse por siempre ahí, donde no necesitaba de sus pensamientos. En ese sitio especial donde no había tristeza ni alegría.
Donde él estaba absuelto de toda culpa.
—Vas a llegar tarde al funeral.
Donde nadie moría.
—Wendy hubiera querido que fueras.
Pero alguien tenía que mencionarla eventualmente. La sensación que sintió tras escuchar su nombre, fue similar a ser arrastrado desde el fondo del océano hasta la superficie. Violento. Inesperado. Stan inhaló una enorme bocanada de aire, antes de comprender.
Antes de entender que era su culpa.
…
Mientras Eric tomaba una larga ducha, Kyle le seleccionó un par de prendas adecuadas para atender la pequeña ceremonia. Le escogió una camisa a botones negra, y un par de pantalones del mismo color. Los dejó pulcramente doblados junto a la puerta del baño, y regresó a la habitación.
Liane Cartman ya estaba ahí, deshaciendo el desastre que había ocasionado su propio hijo. Limpiando el caos. Kyle se aproximó y comenzó a recoger los papeles que yacían regados sobre la alfombra. Se sentía extraño, ayudando a su enemigo de toda la vida, a aquel que no parecía tener sentimientos; pero era inevitable. No lo hacía por lástima, de eso estaba seguro. Mientras ayudaba a despejar la guarida de Eric, Kyle entendió que en el fondo, muy en el fondo, entre ellos existía una minúscula amistad.
—Gracias por todo lo que has hecho por Eric—murmuró su madre, al mismo tiempo que recogía los fragmentos de vidrio que solían pertenecer a una lámpara. —Sé que tiene su temperamento, pero él es bueno. Yo sé que tú lo sabes.
Kyle no dijo nada. Se quedó pensando en cómo el profundo cariño maternal enceguece hasta puntos insospechados. Eric no era bueno.
Pero tal vez no era tan malo.
Mientras enderezaba el escritorio, y forcejeaba contra su infinito peso para colocarlo contra la pared, Eric entró a su habitación. Liane se había retirado rato atrás, y el cuarto ya estaba decente de nuevo. Lo único fuera de lugar era que la cama no tenía almohadas, y que las mesitas de noche carecían de lámparas.
—Mi mamá no te debió haber dejado solo—refunfuñó, abriéndose paso hasta su vestidor. —Podrías haberme robado algo, estúpido judío.
Kyle sintió algo explotar en su interior.
— ¿Cuál es tu maldito problema? —gruñó, a su vez. — ¡Yo sólo vengo a ayudarte!
Eric soltó una carcajada insolente.
— ¿Ayudar? ¿Y qué vas a querer a cambio? ¿Dinero? —del mueble que tenía al frente, Eric sacó una billetera. Una vez que tuvo un par de billetes a la mano, los lanzó en el espacio que le separaba de Kyle. Los billetes descendieron lentamente, hasta caer sobre la alfombra. —Yo no necesito la ayuda de nadie.
Kyle lo contempló con una expresión de horror en sus ojos verdes. Eric le devolvió la mirada con sus irises almendrados y una ceja enarcada, como esperando una réplica volátil.
—Te esperaré abajo— respondió con una eterna calma, no dispuesto a darle el gusto de verlo enfadado.
…
—"La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo…"
La voz del padre retumbó contra los imponentes muros de la iglesia. Al frente y al centro había un ataúd blanco, que contrastaba firmemente contra la oscuridad, que lo cubría todo.
—Yo confieso ante Dios padre todopoderoso y ante ustedes hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra y omisión.
En la primera banca, la señora Testaburger se abrazaba lánguidamente a su esposo, sollozando en silencio. Hombres y mujeres, enfundados en negro, el color del luto, prestaban atención a la homilía del sacerdote, quien intentaba curar su dolor inútilmente.
—Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa.
Eric dejó de escuchar, el parloteo del sacerdote se tornó en un incesante zumbido. Mantenía su semblante estoico, no pensaba compartir su dolor con los demás. A su lado, Bebe lloraba ahogadamente, apretaba un puño tembloroso contra su boca para no proferir sonido alguno. Pero no sólo era Bebe. Todos lloraban. En esa capilla, las lágrimas humedecían las mejillas de los presentes. Sólo él se mantenía seco. Se distraía pensando en que luego se lamentaría su pérdida.
Cuando estuviera solo. Cuando nadie lo pudiese ver.
Por ahora no se consideraba capaz de soportar la pena, así que apartaba todo sentimiento, aturdiéndose a sí mismo. Silenciando sus oídos ante cualquier sermón, cualquier frase que pudiese romperlo. Pero entonces, sus pupilas vacilantes se posaron sobre Stan. A dos personas de distancia. Sólo dos personas le separaban del verdugo.
El culpable.
Una ira crecentó en su cuerpo, hirviéndole los sentidos. Sentía mucho odio. Demasiado odio. Sus manos se asieron del borde de la banca donde estaba sentado. Debía soportarlo. Por ella.
Por Wendy.
No supo quién lo transportó al cementerio. Unas frívolas manos lo condujeron hasta el sitio donde la gente enfundada en negro se acumulaba frente a una fosa abierta. Todo era más fácil si no lo encaraba como era debido. Si se aislaba, en su mente todo era sumamente sencillo. Así continuó, hasta que descendieron el ataúd.
¡No!
Despertó con brusquedad, sus ojos estudiaron lo que acontecía al frente. Esa tumba no podía ser para Wendy. Era demasiado grande, para ella tan diminuta. Quería gritar, taparse los oídos. No podía tolerar el horrible ruido de la tierra al caer sobre su ataúd.
Ya no la volvería a ver.
Y aquella afirmación fue suficiente para hacerle perder la cabeza.
…
El funeral concluyó. La mayoría de la gente, cuervos negros, se había retirado tan pronto como había finalizado el entierro. Sólo quedaban los padres de Wendy frente a la tumba, como si esperaran un milagro, que de la tierra brotara su hija, como un ave fénix para resurgir de la muerte. Gloriosa y eterna.
Pero Eric sabía mejor que nadie que eso era imposible.
Ella no regresaría. Sólo quedaría su recuerdo. Sus manos tatuadas en su piel, sus labios clavados a su boca.
Veía todo rojo cuando se acercó. Stan no protestó cuando recibió el primer puñetazo. Ni el segundo. Hasta el tercero, Eric sintió un profundo dolor en el estómago. Le habían devuelto el golpe.
— ¿¡Tú crees que no me siento mal!? —exclamó Stan, ofendido. — ¿Qué no la voy a echar de menos?
De súbito, el que recibía la paliza no era Stan, sino él. Eric absorbió sus golpes en estado ausente. Sin sentir dolor físico. Sólo un profundo vacío en el sitio donde suponía se encontraba su corazón.
—Es tu culpa, Stan. Ella está muerta por ti—repitió incontables veces, soportando sus inútiles puños al impactar contra su cuerpo de granito.
Stan se carcajeó demencialmente. Se cubrió el torso con las manos, mientras sus hombros se agitaban violentamente.
—No, Cartman. Ella no sólo murió por mi culpa. Murió por nuestra culpa.
—Estás loco, hippie.
—Y tú estás enfermo.
…
Kyle no sabía que la gente podía enloquecer en los funerales. Tal vez no era culpa de los funerales en sí, sino lo que implicaba asistir a uno. Era donde uno finalmente entendía el profundo significado de la muerte. Que era una acción sin retorno, que no era reversible. ¿Acaso no era eso suficiente para trastornar una mente sana hacia una demente?
Encontró a Eric y a Stan sentados sobre el suelo. Frente a frente, mirándose fijamente. Como una batalla silenciosa que sólo ellos podían interpretar. Ambos sangraban, Stan se sostenía los costados y un hilo carmesí resbalaba de su boca, Eric portaba una mancha escarlata en una de sus sienes. Kyle les ayudó a incorporarse, y con uno apoyándose a cada costado, los dirigió hasta donde había aparcado la furgoneta de Eric. Todavía tenía las llaves de cuando lo había traído al cementerio, así que los empujó adentro, forzándolos a apretarse en un solo asiento, y tomó el lugar del piloto.
Nadie dijo nada de camino al hospital.
…
—Stan, necesitas ayuda.
Stan lo contempló con desespero, desde su camilla. Apenas había escapado de los efectos del sedante que le habían impuesto. Las pulcras sábanas le cubrían hasta el pecho, sofocándole. Las apartó de un violento manotazo, sólo para recibir una fuerte punzada en los costados, donde los golpes de Cartman se habían transfigurado en purpúreos cardenales.
— ¿Quieres mandarme con un loquero? —le recriminó, su voz ronca se quebró antes de que pudiera terminar su pregunta, entrecerró los ojos y sucesivamente los clavó en las sábanas que se arrugaban sobre el suelo blanco. Cielos, ¿por qué todo tenía que ser tan blanco en los hospitales? Le desquiciaba tanta pureza, sabiendo que existía tanta maldad.
Kyle buscó ciegamente su mano con sus dedos, Stan se apartó rápidamente al comprender sus intenciones.
—Si ocupas un jodido psicólogo, tus padres te mandarán con uno, maldita sea. No me trates como si fuera tu madre.
Stan suspiró, temblorosamente.
—Tal vez eso debí haber hecho hace mucho tiempo—esta vez, Stan encontró el camino hasta sus manos. —Todavía no supero lo que pasó. Tengo… miedo.
—Todo estará bien.
Deseó creerle. Pero en cuanto los delgados brazos de Kyle le rodearon el cuello con sutileza, atrayéndolo hacia su pecho, y Stan sintió unos escalofríos de incomodidad agitarle imperceptiblemente el cuerpo, él supo que no sería así. No podía ser así. Era incuestionable. Una sensación tan espantosa no podría ser arrancada fácilmente. Quizá hasta quedaría con el recuerdo vivo toda su vida, como una cicatriz.
No era justo para Kyle, que cada vez que le tocara, en vez de sentir la calidez de su tacto, las sucias manos de los bravucones regresaran a su mente.
— ¿Sabes de que tengo miedo?
Gracias el tono cansino de su voz, Kyle temió. Stan estaba a punto de confirmar algo que él esperaba fuera mentira. Le miró a los ojos, en búsqueda de algún indicio que precediera a su respuesta. Pero lo único que encontró fue un dolor crudo y lacerante, así que mantuvo la boca cerrada, en espera de que Stan prosiguiera.
—De nunca volver a sentirte.
…
Stan se despidió de la doctora Odendirk. Un incómodo apretón de manos, un intercambio de sonrisas forzadas y ya se encontraba fuera de su consultorio. Desde hacía menos de un mes había empezado a frecuentar a la doctora, con dos citas asignadas por semana. Técnicamente, era un lapso de tiempo demasiado corto como para mostrar una mejoría destacable, pero Stan ya se sentía bien. Al menos respecto a Kyle.
Tocarle era muy grato, ser tocado era mínimamente tolerable.
Wendy, por otro lado, era una herida abierta. La culpa no desaparecía. Inclusive, Stan se había acostumbrado a coexistir con el remordimiento y se había vuelto todo un experto en ignorarlo. Día con día escuchaba una voz en su cabeza que le decía que los papeles deberían haberse invertido. Le gritaba que él debería estar muerto.
—¿Stan? No sabía que venías con la doctora Odendirk.
Sorprendido, Stan giró su rostro en búsqueda del origen de aquella voz. Rápidamente localizó a un bonito rostro enmarcado por rizos dorados. Bebe Stevens, lo observaba como si no lo hubiese visto en años, aun cuando le habían pasado juntos esa misma mañana.
—No es algo de lo que me guste alardear—bromeó, su voz brotó insípida, mientras se acercaba. —Pregunta estúpida pero, ¿por qué vienes?
Le extrañaba que alguien tan perfecto como Bebe tuviese que recurrir por soporte psicológico. No parecía la clase de chica que tuviese complejos, y no era precisamente una persona de carencias materiales.
—No me juzgues pero… me siento culpable por lo que le pasó a Wendy.
Stan se estremeció violentamente y escondió sus manos en los bolsillos de sus pantalones.
—Todos nos sentimos un poquito culpables por su muerte.
Bebe le dedicó una mirada cargada de melancolía, y Stan advirtió la forma en que sus mejillas se ahuecaban. Su piel había perdido su característico tono bronceado, casi parecía enferma. La estudió disimuladamente, y observó su ropa negra, de luto. Su figura ya no lucía tan despampanante ahora que vestía para ocultarse y no para sobresalir.
—A pesar de todo lo que pasó, ella era mi mejor amiga. Me siento terrible por lo mucho que la hice sufrir—agachó el rostro, pero no dejó de hablar: —Siempre la odié en el fondo. Porque ella era hermosa e inteligente, y tenía una relación estable. Admito que yo también soy bonita, pero soy muy tonta y los chicos sólo fingen quererme para llevarme a la cama. Obviamente, era imposible no tenerle envidia. La noche del baile, cuando fui a visitarla por primera vez al hospital pasé toda la noche con ella, repitiéndolo una y otra vez: "lo siento, Wendy". Era mentira, no me sentía mal. No sentía nada. Así que lo dije una y otra vez, hasta que pude creerlo yo misma. Soy una horrible persona. Era como si me hubiese aprovechado de que ella estaba atada a esa cama para hacer prosperar mi popularidad.
Stan no pudo formular una respuesta adecuada, así que esperó hasta que ella retomara la palabra.
— Pero yo la amaba, a fin de cuentas. Wendy siempre estuvo ahí cuando la necesité. Me perdonó. El mismo día que despertó fui a visitarla, ella me recibió. Luego todo parecía perfecto. Nunca me la había pasado mejor que cuando comenzamos a frecuentarnos en los recesos, aun cuando tuviese a Cartman pegado a ella como una sombra. Después, ella…
Bebe era incapaz de hablar coherentemente, mascullaba frase tras frase, ahogándose entre gélidos sollozos que le humedecían las mejillas níveas.
—Es sólo que no puedo aceptarlo. A veces me siento con ustedes en la mesa del centro y todavía espero que aparezca y se siente a un lado de mí. Todavía le marco al celular y espero hasta que me responda el buzón de voz nomás para escucharla hablar. La extraño demasiado.
—Yo también la extraño.
Bebe se limpió las lágrimas con el dorso de una mano temblorosa. Stan la observó recomponerse a sí misma, Bebe se enderezó y se mordió el grueso labio inferior para acallar los sollozos de remordimiento que buscaban salir de su garganta.
—Llego tarde a mi cita—se excusó Bebe. Sonaba distante, pero por atrás tironeaba con ansiedad de la tela de su suéter negro, arrugando el material. —Nos veremos por ahí, supongo.
Stan se dirigió al exterior, aún con una vaga sensación de extrañeza acogiéndole debido a la anterior conversación. Una ráfaga de frío viento le impactó en el rostro y lamentó no haber traído ropa más abrigadora. Titiritando frenéticamente, abordó un automóvil gris que yacía aparcado frente a la acera. El vidrio del parabrisas estaba cubierto un delgado manto de nieve blanca. Ocupó el asiento del copiloto y enlazó el cinturón de seguridad en torno a su pecho antes de hablar:
— ¿Nevando en primavera, en serio?
Pero sonó más como un gruñido, tras el volante, Kyle Broflovski no se rió ante la ironía de sus palabras. Permaneció en posición taciturna, como si guardase un secreto, y accionó la palanca que correspondía al limpiaparabrisas. Una vez que el vidrio frontal estuvo despejado y que el camino que se abría al frente era completamente visible, arrancó el automóvil. El trayecto de regreso a casa transcurrió en un silencio incómodo.
—Stan, tenemos que hablar—admitió, una vez que aparcó frente al hogar de los Marsh.
—¿Vas a romper conmigo? —inquirió Stan, modulando su voz para sonar ridículamente triste, y fingió un par de sollozos.
—Claro que no—Kyle no se inmutó ante su terrible actuación. —En realidad, es algo más serio.
Stan asintió con la cabeza, levemente, y posicionó una de sus manos sobre su muslo, casi inofensivo.
—Me voy a California.
—¿De vacaciones? —preguntó, ingenuamente.
—No, Stan. A la escuela de leyes en Stanford.
Le tomó un par de minutos asimilar la nueva información.
—Creí que nos iríamos juntos a estudiar a Denver. ¡Incluso Kenny va!—Stan sostuvo el puente de su nariz entre su índice y su pulgar, frustrado. —¿Desde cuándo lo sabías?
—Hace un mes.
Con un brusco movimiento, Stan retiró su mano, ofendido. Desde hacía varios años, toda conversación referente a su incierto futuro había terminado en la misma conclusión. Debido a la carencia de opciones en el pueblo de South Park, estudiarían en la Universidad de Colorado en Denver. Al menos así era el plan original. Claro, que Stan se consideraba sumamente estúpido por no haber sospechado que Kyle sería blanco de becas alrededor del país, con su inteligencia y sus notas impecables, era imposible no haberlo supuesto. Aun así, le era absurdo mitigar la impresión de haber sido traicionado, ¿era necesario que se fuera tan lejos?
—Perdón por reaccionar así. Estaba sorprendido… —deslizó su mano por su cabellera negra, las hebras azabaches resbalaron por entre sus largos dedos y se despeinó al acto. —Dame un poco de tiempo para asimilarlo.
Con dedos torpes se desanudó el cinturón de seguridad, y presurosamente abrió la portezuela del coche, para escapar al gélido exterior.
—¡Te llamo más tarde!—mintió, al darle la espalda para alejarse en medio del viento frío.
Su ausencia escocía. Kyle impávidamente clavó sus manos al volante, hasta el punto donde sus nudillos se tornaron blancos, y aceleró lo suficiente como para que el rugido del motor acallase el rumbo peligroso de sus pensamientos.
….
Kyle se removió sobre su cama, no era capaz conciliar el sueño. Su cuerpo y su mente estaban agotados, pero una sensación de incertidumbre lo mantenía alerta. Dirigió su mirada a un par de hojas blancas que reposaban sobre su pequeño escritorio. Desde su sitio en el colchón, no alcanzaba a leer las letras, pero ya las conocía de memoria. Como una canción que te disgusta y sin embargo se queda adherida a tu cabeza por semanas. Era el discurso de su graduación.
Mañana todo terminaría.
Después él se iría a California a continuar sus estudios en una prestigiosa y exclusiva universidad. La vida no podía ser más perfecta, e irónicamente Kyle sólo concebía un inmenso vacío en su interior. Era consciente de la razón de su desgracia, pero no había forma de que él pudiese remediarlo, no cuando él no era el culpable. Stan, por el contrario, sí cargaba con toda la culpa.
Nunca había recibido su llamada.
No era cuestión de orgullo, el que Kyle decidiera no haberle hablado primero. No, por supuesto que no. Era el dolor el que le impedía abordarlo en los pasillos o el que congelaba sus dedos cada vez que se detenía a escribirle un mensaje de texto. Stan estaba siendo egoísta.
Tal vez en un pasado no muy lejano, su egoísmo hubiese sido motivo de una infinita alegría para Kyle. Pero en estos momentos, donde más necesitaba su apoyo para continuar a la siguiente etapa de su vida, su ingratitud era mal vista. Stan debía comprender que no podía atarlo a un sueño casi infantil. Era sumamente ridículo que sugiriera el que se quedara en una universidad promedio cuando podría estar en una de las mejores del país.
A Stan le correspondía dejarlo volar, no cortar sus alas.
Kyle se giró de lado, contemplando su teléfono celular sobre su mueble de noche, como si quisiese un indicio de Stan en forma de llamada. Casi consideraba la posibilidad de hablarle el mismo. De súbito, la pantalla de su móvil se iluminó mientras el aparatito vibraba soez sobre la madera, generando un molesto zumbido. Kyle lo atrapó de inmediato. No quería emocionarse. No debía hacerse vanas ilusiones de un mensaje que no debía llegar.
"Suerte mañana con tu discurso."
El texto provenía de Craig. Kyle suprimió un suspiro de impotencia, y estrujó entre sus dedos el celular, como queriendo transferirle toda su frustración. Pero antes de que pudiese descartar su teléfono móvil como opción, algo más captó la atención de su mirada. No había un mensaje nuevo en su bandeja de entrada. En la parte superior de la pantalla, se mostraba un incandescente y majestuoso número dos.
"Cielos, Ky. Tus padres deberían ponerle seguro a la puerta. Por cierto, voy hacia tu cuarto".
Enfatizando el contenido de su mensaje, la puerta de su habitación se abrió paulatinamente, como si el invasor no quisiera generar ruido alguno.
Stan en toda la gloria de un pijama azul, traspasó el umbral de su puerta. Una expresión de solemne tristeza le ensombrecía las atractivas facciones de su rostro. Kyle lo observó avanzar hasta su cama, algo se agitó dentro de su pecho. Después, Stan trepó sobre su colchón, y se acomodó junto a él.
—Perdón.
Unos masculinos brazos le envolvieron con calidez, y Stan lo atrajo hacia sí mismo. Sus piernas se enredaron y las puntas de sus narices se rozaron. Sus cuerpos se amoldaron a la perfección. Frente a frente, a Kyle le paralizó una sensación de alivio. Era como una eminente detonación que se expandía por cada centímetro de su piel.
—Fui un tonto. Nunca debí enojarme por algo así. Nunca debí haberte ignorado los últimos días de escuela—hizo una breve pausa, donde sus labios se posaron sobre sus pálidas mejillas, luego los presionó con dulzura sobre su frente. —Cuentas con mi apoyo, vayas a donde vayas, y nunca olvides que yo te voy a esperar. Aunque te tardes cinco años o una eternidad, aquí estaré.
Kyle no pudo evitar proferir un patético sonido de conmoción. Inclusive los ojos le escocían con lágrimas. Sólo que en esta ocasión las reconoció como alegría, no como un llanto proveniente de tristeza. Tragó saliva ruidosamente y contuvo sus cándidas lágrimas.
—Te amo, Ky—murmuró.
Sus bocas se encontraron con ferviente necesidad. Ahí sobre las suaves sábanas de su cama, compartieron el más dulce de los besos. Labios deslizándose contra otros con la suavidad de una pluma. Manos que acariciaban la piel ajena con dócil recelo.
—Yo también.
Habían tantos sentimientos tan violentos aglomerándose en él, abrumándole. Stan no sabía si sentirse feliz porque a pesar de su orgullo, finalmente estaba a su lado, o afligido por el corto tiempo que les quedaba juntos. Kyle, por su parte, decidió que por primera vez no pensaría demasiado las cosas, cerró los ojos, y se concentró en la cadencia serena de su respiración, y en el latir acompasado de su corazón.
…
"No es el final, sino el principio".
Probablemente uno de los clichés más gastados en cuanto a discursos de graduación se refería, pero que fuera una idea estirada no le quitaba lo cierto. Los alumnos que yacían sentados sobre las sillas, se incorporaron eufóricos y múltiples birretes negros volaron por los aires. Se escucharon gritos de alegría, todos se abrazaron con fuerza. Kyle descendió del estrado y lanzó su birrete al público, sin ningún objetivo en específico pero pegándole a Craig en la nuca, quien le fulminó con sus penetrantes ojos negros. Abajo, Stan le esperaba con brazos abiertos.
— ¡Lo logramos, Kyle! —exclamó, sujetándolo por la cintura y dándole vueltas. Aun sin importarle que su diploma se maltratara bajo sus puños. — ¡Nos graduamos!
—Claro que lo logramos—reconoció Kyle, con alegría, una vez que se encontró estable sobre el suelo.
Después todos recibieron incontables abrazos de despedida. Por un momento, todos se agradaban y no existían enemigos. Excepto, Kyle y Eric, que sólo intercambiaron sonrisas. Algunas cosas, simplemente nunca cambian.
—Kyle, deja de actuar como mariquita y deja de llorar—se burló Kenny, aproximándose.
No venía solo. Kyle bajó la vista y divisó como su mano se cernía entorno a otra más pequeña.
—¿Butters? ¿Estás de broma verdad? —inquirió Stan, genuinamente sorprendido.
Butters, junto a Kenny, empezó a balbucear incoherentemente.
—A Kenny le gusta que le den por el culo—canturreó Eric, socarrón, arribando a tiempo justo. Después sus juzgones ojos avellanados se posaron sobre Stan, quien mantenía un brazo rodeando los estrechos hombros de Kyle. —Jesucristo, había olvidado que todos mis amigos son maricas. ¿Soy el único que no va en contra de la naturaleza?
Kyle le propinó un inofensivo codazo en el costado.
—Cállate, gordo. Lo que va en contra de la naturaleza eres tú con tu obesidad mórbida—gruñó Kyle.
—Por favor, picadientes. No estoy gordo…
—Estoy fuertecito—completó Kenny, entre carcajadas violentas. Parecía que se sofocaba, tratando inútilmente de contener su risa para respirar como era debido.
—Literal—replicó Eric, con un guiño discreto, para después flexionar sus bíceps.
Pero Eric no estaba molesto por sus burlas. Para sorpresa de todos, estrujó a Kenny en un sofocante abrazo, y luego hizo una breve moción con su mano para que todos se acercaran. De pronto todos compartían un extraño abrazo grupal que duró una milésima de segundo antes de que se percataran de cuán ridículos lucían.
—Diría que los voy a echar de menos, pero tomando en cuenta que iremos a la misma universidad, no tendría sentido—Eric hizo una pausa pequeña, para tomar aire dramáticamente. —Excepto Kyle. Pero a él nunca lo extrañaría así que…
—Sólo cállate, Cartman—farfulló Stan, sonriendo.
…
Terminaron de documentar el equipaje, y se dirigieron al área de cafetería a esperar el anuncio que finalmente los separaría.
—Te voy a extrañar, Stan.
Stan en respuesta, le tomó de la mano, y entrelazó sus dedos, quizá apretando con más fuerza de la necesaria. Definitivamente, también le echaría de menos. Habían pasado tan poco tiempo en compañía del otro, que Stan lo consideraba injusto. Demasiado tiempo había sido malgastado entre peleas innecesarias, sólo habían evadido lo inevitable.
— ¿Y tú, me extrañarás? —inquirió Kyle, interrumpiendo sus pensamientos.
—Esa es una pregunta estúpida.
Como garantía de sus palabras, Stan le besó con efusividad. Su lengua delineó el contorno de su labio inferior, y a pesar de las miradas de desaprobación de los múltiples espectadores, Kyle soltó un leve gemido.
—Extrañar se queda corto—murmuró Stan.
Vuelo de las veintidós horas con escala a Palo Alto, California, favor de abordar en la sala de espera.
Kyle lo observó expectante. Sus ojos verdes destilaban una honda melancolía. Estar tan lejos sería intolerable para ambos, lo leía en el rostro de Stan y el mismo también lo presentía. Había escuchado cosas terribles sobre las relaciones a larga distancia, y la posibilidad de sólo ver a Stan un par de veces al año le aterraba de sobremanera. Se cuestionaba constantemente si se querrían lo suficiente como para soportarlo.
—Kyle, antes de que te vayas, quiero que sepas algo.
Kyle asintió con la cabeza, de súbito se sentía mareado. La cabeza le daba vueltas. No sabía que esperar a continuación.
—Sé que estamos en una relación exclusiva, pero eres libre. Si en algún momento de tu estadía allá, llegas a enamorarte de alguien más, eres libre para hacer lo que te venga en gana.
Se expresaba de una manera tan suave que Kyle le abrazó con fuerza. Sonaba tan vulnerable, tan desesperado. Kyle sólo quería que Stan fuera consciente de lo mucho que lo quería. Que nunca sería capaz de querer a alguien más. El sólo imaginarse al lado de otra persona era impensable. Ni siquiera era necesario decirlo en voz alta, sabía que Stan era tan consciente de ello como el mismo. Por eso lo dejaba en libertad. Porque confiaba plenamente en él.
—¿Qué hay sobre ti?
Stan sonrió, y le besó la comisura de los labios con una dulzura infinita.
—Te voy a esperar.
—¿Pase lo que pase?
Las manos de Stan vagaron por entre sus rizados cabellos. Tocándolo como si fuera la última vez. Todavía no se retiraba y su ausencia ya repercutía en él de forma dolorosa.
—Suceda lo que suceda.
Mención especial para los que mandaron review en el capítulo anterior: symphknot, Kurumi2413Keehl, ElisaM2331, Arioiro, Diana Antunez-Uruguay y Luffy McCormick. Gracias a todos aquellos que agregaron esta historia a favoritos y alerta. Todos y cada uno de sus comentarios fueron fuente de gran apoyo para mí.
Han pasado más de tres años desde que empecé a escribir esta historia y finalmente puedo decir que la he concluido. No fue tan complicado, si se toma en cuenta que ya tenía todo escrito hasta la mitad del capítulo doce equisdé. En realidad, el final que tenía planeado a los catorce era más cruel que éste (no terminaban juntos por lo mismo, porque Kyle se iba lejos, Cartman desaparecía, ), pero no me pude resistir a poner un final todo cursi y feliz. Ah, sí, fui y corregí todos y cada uno de los capítulos. Le cambié el color de ojos a Craig, y si se dan cuenta, me refiero a Cartman como Cartman, pero hasta el punto donde empieza a mostrar su faceta más humana lo narro como Eric.
Por cierto, ya tengo otro fic en mente, no sé sí en realidad si tomaré cartas al asunto y lo escribiré, o no. Sólo diré que será una historia muy oscura y más sensual, limones everywhere (horror/romance supongo). Kyman, no style, los amo con toda mi alma pero ya he tenido suficiente de esos dos por tres años.
Gracias a todos los que se quedaron para leer el final. Son un amor. Sobre todo porque me tomaba años actualizar un méndigo capítulo, jaja.
Sus opiniones son y serán siempre bienvenidas.
¡Muchas gracias!
