Disclaimer: Harry Potter le pertenece a Rowling. No me beneficio de nada salvo de los reviews que alegran mi día.

Advertencia: recuerden que esto está basado en el libro seis y siete, también que será Slash. Habrá otras parejas, pero la principal es Tom (Voldy)/Harry que progresará en capítulos posteriores.

N.A: ¡hola!, acá vengo con una nueva actualización, yay~ ;D. De corazón, aprecio mucho sus comentarios. Me contenta saber que he sembrado las dudas que prontamente se irán esclareciendo, más porque en los próximos caps. Habrá más puntos de vista de Tommy debido a la tensa situación —hace sonido que pretende ser misterioso (?)—. En fin, espero que disfruten de este cap. pues acá iremos entrando en materia.


Memorias destrozadas

~O~

Esto no puede estar sucediendo.

Tiene que ser una cruel mentira que vaya al Despacho del director a ver sus clases particulares con nada más y nada menos que Tom Riddle. ¿No habría alguna forma de desprenderse de él? ¿Tratar de bloquear sus pensamientos para que así no se deleitara violando su hermosa privacidad?

Harry aceptaba que quizá no habría una forma en la que pudiera averiguarlo por su cuenta, no si debía pasar primero por Tom Riddle. Ante eso, la opción más lógica que se le ocurre, y a la que ha estado acudiendo desde hace más de cinco años: consultar la sabiduría de Hermione. Pero para eso tendría que dar una explicación plausible que convenciera a su amiga de su repentino interés por el bloqueo de la mente. Estaba seguro que no obtendría nada sagaz como excusa en menos de media hora.

Como conclusión, todo se iría al demonio.

Puede que los chicos tengan razón al decir que es un idiota, pero Harry sabe reconocer el peligro que se avecina por el norte. Si abre la boca de más, entrarán alimañas.

Mientras caminaba por el extenso pasillo, pensando en lo rápido que su vida se ha convertido en un infierno en menos de un día, divisó la gárgola a unos cuantos metros de sí, esbozada inicua y siniestra en toda su comprensión. Ésta le recordaba, casi burlona, que pronto vería al director y hablarían cosas concernientes a Voldemort, o a lo que pretende. Pero no estarían solos, oh no, no lo estarían.

No habría nada más irónico que reunirse con el director a conspirar contra el Señor Oscuro cuando éste yace a su lado.

El sonido de las solitarias pisadas que era su triste caminar hacía eco en el oscuro pasillo. Los cuadros le veían, incapaces de ocultar la expresión de sorpresa y terror en sus rostros y susurraban, quizá viendo más allá de lo que un humano normal podría ser capaz de divisar.

Harry no quería pensar en lo que sucedería si esos cuadros decidían confesar lo que sus ojos habían visto.

Tragó saliva silenciosamente, el nudo en su garganta impidiéndole respirar con normalidad. Había algo allí que quemaba, ardía. La cicatriz proterva se delineaba rojiza y Harry sentía que se calcinaba como el fénix sucumbe a sus llamas. Su cuerpo se incendiaba, las cristalinas gotas de sudor iban lamiendo la extensión morena de su piel caliente, quemando; pero Harry no agonizaba en dolor, no como sucedió el año pasado como cuando era capaz de ver lo que habitaba en la mente de Voldemort.

Percibía su cicatriz envuelta en llamas ardientes que incineraban todo a su paso, un palpitar en ella como el eco de un todo, resonando en las profundidades de su mente. Consciente de todo ello, Harry sabía que debería estar llorando de dolor ahorita, pero no había nada allí, sólo emociones vibrantes.

Mas había un dolor sí, pero era sordo, lejano...

No se percató que estaba apretando los puños con ímpetu que las uñas se hundieron un poco la piel nívea de su palma.

Se detuvo en medio del gran pasillo ornamentado, observando ambas palmas con aire absorto, como si en estas yacieran esbozadas todos los secretos del universo y sus allegados. Ojos, esmeraldas apagadas tras aquellas redondas gafas parpadearon, casi confusos y perdidos; pero éstos habían visto más allá y Harry lo notó con cierto temor: estaba temblando.

Las manos se estremecían con violencia mientras su cuerpo retrocedía, tembloroso.

No quería ir al Despacho del Director.

—Harry.

Negó una y otra vez con la cabeza, sus mechones salvajes oscilando ante el movimiento, la brisa que transcurría y creaba un eco solitario de dolor, mecía también la oscura cabellera que se alzaba absurda en distintas direcciones. Los leonados labios de Harry se entreabrieron, un grito silencioso escapando de allí envuelto en un clamor infructuoso.

Había infinitas emociones acalladas, estas brotaban incapaces de ser retratadas.

Los cuadros volvieron a verle en mudo terror, luego se giraron para susurrar, seguramente, lo que eran capaces de ver. Harry volvió a tragar saliva, sintiéndose expuesto, atemorizado y había otro sentimiento allí, resurgiendo de sus entrañas, contaminándolo todo.

—Harry…

Se sentía culpable.

¿Era así como se sentía? La culpa en su interior mellaba, pero había también muchos sentimientos: rabia, molestia, cruenta ira y dolor; pero sobre todo había culpa. ¿Qué le diría al profesor? Pero no había sido por su causa, pensó con un ramalazo de desdicha, sus orbes esmeraldas cristalizadas tras aquellas horribles gafas. Aun así, el viejo profesor le vería con decepción, como si Harry hubiese sido el principal partidario de que aquello sucediera.

Como si hubiese deseado que Tom Riddle saliera a importunar su vida una vez más.

¿Por qué no fue con el director cuando salió aquella cosa de su cabeza?

Y Harry pensó, no sin cierto horror, que el director giraría su rostro a un lado, sus ojos cerúleos apagados sin ver una vez más el padecimiento de su estudiante. Posiblemente y con premeditación, omitiría todo lo que acontece, así como ignoró sus fervientes sospechas sobre Malfoy; así como ha dejado pasar lo de Snape todos estos años. Como siempre había obviado todo lo malo que le sucedía, sólo viéndole cuando Harry ya estaba agonizando en el suelo, suplicante.

Ahí estaba ese oscuro sentimiento: la intrínseca rabia corroyendo su piel, punzando su cicatriz. La ira se sentía parte de algo lejano que aguijoneaba dolorosamente en su frente, pero era la misma furia de Harry, tan intensa que su magia ondeaba, latigueando. Parecía una serpiente que se sentía amenazada.

La serpiente aguardaría agazapada, expectante a que finalmente decidieran confiar en ella, para así enterrar su veneno y liquidar todo aquello que le infligiera dolor.

— ¡Harry!

Ante la exclamación de su nombre, Harry dio un respingo, saliendo abruptamente de sus tormentosas cavilaciones. Buscó el origen de aquel grito y a ahí, al lado de él estaba Tom Riddle, observándole con el entrecejo levemente fruncido, su cuerpo recto, muy tenso.

Harry se había olvidado que Tom Riddle estaba allí en silencio. Desde esa mañana ha estado ahí como una presencia que no se puede ver, pero se percibe con dolorosa certeza. La figura silenciosa sólo le hacía más consciente de su forma fantasmal.

¿Entonces por qué se había olvidado momentáneamente de él?

Difícilmente era alguien posible de ignorar. No sólo porque es su enemigo, también es un asesino que pretende destruir todo lo bueno que conoce y Harry lo odia con mucha intensidad.

Pero eso no explica cómo pudo haber pasado por alto su presencia, como si confiara en él o como si fuese su amigo Ron o Hermione. No, Tom Riddle era un maldito bastardo que no merecía esas comparaciones.

Quizá Harry tenía muchas cosas en mente y Tom Riddle nunca sería una prioridad en su vida. Al menos no las que él conoce. Primero era el director, luego sus planes para derrotar a Voldemort.

Tom Riddle ahora parecía incapaz de hacer algo salvo incordiar; Harry podría delegarle a último lugar.

Claro, eso tenía mucho sentido.

Oh, cuán equivocado estaba.

—Espero que no se te haya olvidado que sigo leyendo tus pensamientos —Tom murmuró, su voz sonando hueca, pero había algo en sus ojos que a Harry definitivamente le atemorizó.

Una intensa emoción apenas contenida. Es como si quisiera asesinarle sólo con el poder de su mirada.

Al menos tuvo la decencia de avergonzarse un poco.

—No me puedes culpar por buscar planes para poner fin a todo esto, Voldemort me quiere asesinar —espetó, su voz temblorosa sólo hizo que el aire a su alrededor se volviera más pesado.

En aquel solitario pasillo, Harry era el único ser viviente que yacía ahí. Tom a su lado no contaba por obvias razones, pero eso sólo lo hacía más atemorizante. Estaba solo con él y no era una buena señal a la advertencia que gritaba "peligro" en su cabeza.

—Harry, Harry, me decepcionas —la suavidad con la que Tom Riddle habló, rompiendo el tenso silencio le crispó. El barítono que era su voz desquebrajó el leve murmullo que salía de las pinturas y Harry se tensó, expectante. Algo en aquel tono no le gustó.

No sonaba agradable, ni cínico como hacía horas atrás. Harry sentía cruda molestia y no sabía por qué podía percibirlo con tanta claridad, pero aquello yacía ahí esbozado, la emoción casi besándole y lamiendo el miedo que brotaba de sus poros.

Harry tragó saliva nervioso; Tom Riddle rió en un siseo bajo.

Entonces, sin percatarse siquiera, Harry fue impulsado a la pared tras él. El aliento se le escapó al momento que sus orbes se abrieron en sorpresa, dolor y tensión dibujados en estas y cada una de las partes de su cuerpo. Un quejido leve brotó de sus labios, sus manos buscando desesperadamente algún soporte para mantenerse en pie. La espalda le dolía, el golpe había sido fuerte, pero no como para causar tanto dolor y sin embargo ahí estaba, aguijoneando con ferocidad.

Buscó con la mirada la figura de Tom Riddle, esperando encontrarle frente a sí. ¿Cómo le había golpeado? Pero Harry no tuvo que buscar mucho pues ahí, delante de él estaba, mas no cerca como esperaba. No había tenido la fuerza suficiente para estamparle contra la pared, ¿verdad? ¿Entonces cómo?

Con magia. La única forma que se le ocurría era la fuerza pura de su magia. Tom Riddle aún era una presencia etérea, sólo podía estar a su lado, al menos esa impresión le había dado. ¿Podía tocarle? ¿Podía hacer magia?

La risa baja de Tom, su risa siniestra le sacó de sus cavilaciones perturbadas y confusas.

En ese instante rememoró lo acontecido en la mañana, el recuerdo cegándole como la luz de la cámara de Colin. Había conversado con Tom Riddle en su cama, como si fuese lo más normal del mundo. Harry abrió la boca, un rictus de horror e impresión surcando su rostro: Tom Riddle estuvo sentado, como un humano normal en su cama.

—Eres-

— ¿Quieres que te toque, Harry? —preguntó en un siseo bajo, sibilante. Harry no respondió, viendo como Tom se acercaba lentamente, extendiendo su mano a donde la figura temblorosa del moreno buscaba sujetarse inútilmente de las paredes.

Harry jadeó en horror absoluto, Tom estaba tan cerca. Podía sentirle ahora más que nunca, a pesar de que no le había tocado su presencia era abrumadora, asfixiante. Ahogaba cada gota de su voluntad volviéndole una masa endeble de puro temor.

—No me toques —susurró Harry, deseando con fervor que aquello sonara firme, pero su voz le traicionó, sonó como una súplica desesperada.

—Por qué, Harry —preguntó Tom, ahora a centímetros de su cuerpo.

Aún no le tocaba con su mano, pero estaba desagradablemente cerca. Podía sentir su respiración, el frio mortal de su cuerpo hacía que su presencia le atemorizaba más allá de la comprensión. Aquel hombre le observó a sus orbes y Harry se preguntó cuándo éstas habían cambiado a aquel horrible carmesí que protagonizaban sus pesadillas.

Le vio esbozar una pequeña sonrisa, pero luego desapareció, su voz sonando ahora demandante—. ¡Por qué!

Y Harry casi por inercia, respondió.

—No quiero que me toques —milagrosamente, encontró la voz para que esta sonara firme, casi desafiante, pero aún en sus orbes yacía cristalizada la aprensión.

En silencio, Tom Riddle se mantuvo escrutándole intensamente con sus ojos carmesí. Luego se inclinó un poco hacia adelante, su cabellera oscura era apenas larga, le llegaba en flequillos rizados a los hombros, estos cayendo con gracia hacia adelante, apenas acariciando la piel sudorosa en la frente de Harry.

Inconscientemente se estremeció, encogiéndose un poco. La presencia de Tom Riddle era horrible, opresiva, no podía respirar con regularidad y al parecer aquel horrible hombre o lo que sea que fuere, se regocijaba en ello. Había una diversión cruel en su mirada que a Harry le enfermó.

¿Por qué?, preguntó en un jadeo inconexo.

¿Por qué? —el silbante pársel en la voz de Tom Riddle era aún más terrorífico que su presencia. Harry tembló, deseando alejar sus esmeraldas de esos ojos sangrientos, pero una fuerza sobrenatural se lo impedía. Quizá era él—. Harry, no preguntes el porqué, ya lo sabes.

Y al instante, aquella mano cuyos dedos alargados que parecían esbozados para tocar piano, acunó una de las mejillas de Harry, frías por el sudor. Esa extremidad sólo le hizo más consciente de que Tom Riddle realmente no estaba vivo. Era una frialdad mortal, mágica; era un frío que transmitía temor y desesperación. Se estremeció bajo aquella enferma displicencia, sus ojos cerrándose instintivamente mientras buscaba en su mente alguna manera de eludir esas intensas emociones que traspasaban su débil espíritu.

Tragó saliva, se encogió más en su estatura, deseando… ¿qué deseaba? Oh, deseaba muchas cosas, pero la primera era que dejara de hacer lo que sea que estaba haciendo, que dejara de tocarle de aquella forma y de manipular sus emociones, quebrando su espíritu. Tom Riddle no era como esa mañana, no era ni perturbadoramente agradable, ni cínico, ni molesto.

Tom Riddle ahora era como él, como Voldemort.

¿Pero acaso Tom Riddle no era Voldemort?

No lo comprendía y realmente, no lo quería comprender.

—Harry —Tom habló en voz baja, aún aprisionando su cuerpo contra la pared, su mano fría seguía acunando su mejilla pálida. Había vuelto al inglés, al menos ya no le atemorizaba tanto—. Harry, abre los ojos.

No supo por qué, pero terminó acatando la orden implícita en la oración y lentamente, casi con recelo, sus orbes esmeraldas se mostraron, reflejándose acuosas en las carmesí contrarias. Volvió a tragar la saliva que se negaba a pasar por su garganta, notando lo cerca que Tom estaba de su rostro. Su aliento se entremezclaba y aquella respiración artificial sólo lo hacía más espeluznante.

Intentó mantenerle la mirada, pero aquella fuerza, esas emociones eran abrumadoras. No podía contener los temblores que surcaban su cuerpo y sabía que era a causa de Tom. Él le estaba sometiendo. Harry no sabía cómo.

Tom Riddle, luego de quizá unos minutos en silencio, le sonrió con algo parecido a la condescendencia, pero a sus ojos no llegaba tal emoción. Había algo más intenso y aterrador tras sus orbes bañadas en sangre.

—Harry, yo soy Lord Voldemort —susurró silbante, pero aún manteniéndose en inglés. Sin embargo, no por ello dejaba de sonar aterrador con ese siseo que era su voz—. Aunque quieras, no podrás ocultarme nada… —hubo una leve pausa, Tom Riddle desdibujó la sonrisa de sus labios, pero su mano comenzó a acariciar la piel que cubría con inusitada ternura, luego presionó la otra mano en su mejilla contraria, apretándola firme, mientras aquel carmesí penetraba sus ojos esmeraldas.

Tuvo las intenciones de abrir la boca para intentar refutar, decir algo, pero fue interrumpido cuando él habló una vez más, la advertencia siendo dolorosamente clara—. No me provoques, Harry. No te gustarán las consecuencias.

Y a Harry no le quedó más que asentir en crudo silencio.

Conforme al parecer, apartó las manos, alejándose al momento que el cuerpo de Harry colisiona en el piso, sus rodillas chocando dolorosamente en el frio suelo, incapaces de mantenerse. Las esmeraldas apagadas que eran sus orbes se mantuvieron prudentemente alejadas de las carmesí; pero cuando segundos después, pudo recuperarse un poco como para poder incorporarse, aunque estuviese apoyándose de igual forma en la pared, los ojos de Tom habían adquirido su matiz anterior.

Tom Riddle le observaba con una suave sonrisa satisfecha.

—Vayamos entonces, el director nos aguarda —dijo, el tono en su voz volvía a ser agradable.

Tras aquella sonrisa satisfecha, los recuerdos de hacía diez minutos parecían haberse perdido en la bruma de las sensaciones hormigueantes que les unió a ambos hacía tan sólo unos segundos atrás. Un atisbo de locura dibujada en las orbes índigo, pero eso era todo. Y sin embargo, para Harry estaba claro lo que aconteció. Se mantuvo en silencio, el rencor apuñalando su piel con punzante intensidad. Tom Riddle amplió la sonrisa, el matiz triunfante y gozoso contrastando con el dolor que el cuerpo de Harry padecía ahora.

Harry pensaba que su odio hacia Voldemort no podría crecer más, hasta esa noche.


—Harry, mi muchacho, ¿qué te sucedió? —la voz paternal de Dumbledore fue un bálsamo para la herida aún sangrante en el interior de Harry.

Los temblores esporádicos eran visibles en su cuerpo, pero Harry no creía que fuera a causa del temor. Por supuesto que sí se atemorizó hace minutos atrás, pero ya se sentía mejor.

No, su cuerpo aún temblaba porque él gritaba lo que Harry no podía decir.

Harry no supo cómo lo hizo, pero la magia de Tom le afectó más de lo que quería admitir.

—Estoy bien, señor —lacónico, Harry contestó en un susurro.

Por supuesto, el director no le creyó, pero mientras aún se mantuviera aquel brillo en sus ojos, Harry podría vivir con eso.

Caminó, hasta sentarse en la silla que quedaba justo frente a la del director Dumbledore y observó con disimulo el espacio circular a su alrededor, los diferentes artefactos mágicos zumbaban y humeaban. Había cuadros susurrantes ante la nueva visita y otros durmientes, al parecer poco importándole el asunto. Harry se preguntó vagamente qué harían esa noche, aunque estaba un poco consciente del motivo por el que fue llamado.

—Bien, Harry —comenzó Dumbledore, en tono paternal—, asumo que te habrás preguntado qué haremos para estas, bueno, llamémosle clases particulares a falta de un nombre más propicio.

Harry sabía qué nombre darle: la conspiración contra Voldemort.

A su lado, escuchó un leve murmullo y giró, observando que a su derecha yacía incorporado en toda su recta altura Tom Riddle. Él no le veía, observaba con un rostro limpio de emociones al director, pero en sus orbes índigo había un extraño brillo de comprensión y sospecha que se le antojó extraño. Luego de que Tom se sintiera observado, posó su mirada en Harry y a los segundos le sonrió ligeramente. Frunció el ceño en su dirección, resentido con el encuentro anterior.

— ¿Harry?

Harry dio un salto en su asiento, posando su atención rápidamente en el rostro del profesor. Estos le observaban y… Harry no sabía qué había en aquella mirada, pero no se sentía bien, se sentía aprensivo y molesto. Era como el sonido chirriante de un alfiler sobre un cristal.

Extraño y perturbador.

— ¿Sí, señor? —Harry contestó, tratando de sonar casual, como si hace unos segundos atrás no hubiese intercambiado miradas con un Tom Riddle que encontraba su terrible situación divertidísima.

Dumbledore mantuvo su atención posada sobre Harry, sus ojos azules tras las gafas de media luna brillando tenuemente.

— ¿Estás bien, Harry? —preguntó con suavidad el profesor.

A Harry no le faltó rapidez para responder.

—Sí, señor.

Pero una vez más, Dumbledore no le creyó pues su silencio era esclarecedor y aprensivo. Casi a los segundos, sintió algo extraño en su cabeza, más preciso, su frente. Era una leve caricia, como el aleteo de una mariposa posándose sobre su la piel que los mechones salvajes de su oscura cabellera cubría apenas. Harry parpadeó varias veces, queriendo alejar aquella sensación que si bien no era molesta, tampoco era del todo agradable.

No sabía a qué se debía y eso sólo le hacía sentirse más suspicaz al respecto.

—No mires al director, Harry —dijo rápidamente Tom a su lado.

Harry iba a responder en voz alta, hasta que la mirada punzante de Tom le recordó que el director estaba presente. Tragó saliva levemente, sintiéndose aún más culpable que antes de entrar al despacho.

«¿Por qué?»

—Sólo no lo mires —fue la escueta respuesta.

Harry lo hizo, pero no supo qué le impulsó a hacerlo. ¿Sería la magia de Tom? Eso tenía más sentido que sólo hacerlo porque sí.

Cuando el silencio se acentuó en el recinto, Harry no supo, mientras dialogaba con Tom, que Dumbledore le observaba intensamente.

—Bien —carraspeó el director, atrayendo tanto la mirada de Harry como la de Tom—. Harry, he decidido que ha llegado el momento de que conozcas información concerniente a Voldemort —informó Dumbledore con voz seria, el brillo en sus ojos ya no estaba presente—. Más, ahora que ya sabes la razón por la que él intentó asesinarte hace quince años atrás.

Luego hubo otra tensión silenciosa, donde Harry yacía congelado, incapaz de observar al ser que estaba a su lado. Pero eso quizá era una de las cosas que más le molestaba, eso que Dumbledore le diría. Había pasado un tiempo ya y el director le venía a decir ahora, cuando Tom Riddle estaba a su lado, escuchándolo todo.

Hubiese sido más sencillo si no hubiera esperado tanto tiempo. ¿Qué sucedería ahora que Tom Riddle estaba a su lado? Oh, Harry no quería saberlo pero estaba completamente seguro que nada bueno saldría de ello.

Frunció el ceño levemente, sintiéndose un poco molesto por el peso tan grande en sus hombros.

—Usted prometió que me lo explicaría a final del curso pasado, señor —el tono acusatorio en la voz de Harry fue evidente, pero no pudo evitarlo.

Se sentía realmente frustrado e incapaz de pensar con claridad. No cuando la tensión era palpable en el ambiente, no cuando estaba plenamente consciente que Lord Voldemort se encuentra a su lado, en expectante silencio.

A partir de ahí, hablaron a profundidad todo lo concerniente a Voldemort, la profecía y al hecho de que debían viajar para poder develar los misterios que se cernían sobre ellos, sobre Harry y Voldemort.

Harry se sintió un poco nervioso cuando vio al director incorporarse y pasar por su lado hasta el armario que había junto a la puerta. De allí sacó aquella vasija de piedra cuyas inscripciones incrustadas alrededor de los bordes le daban un aire solemne y delicado. El singular artefacto lo colocó sobre el escritorio frente a Harry y un silencioso Tom Riddle.

Dumbledore observó a Harry unos segundos, luego le sonrió.

—Te noto preocupado, Harry.

Ciertamente sí se sentía preocupado, Harry meditó turbiamente mientras contemplaba el pensadero con recelo. Admitía que sus experiencias con el artefacto habían sido instructivas, ya que almacenaban los recuerdos y pensamientos de un modo casi aterrador, pero a pesar de todo ello, también había sido desagradable. Además, lo que más preocupaba a Harry era que a su lado yacía Tom Riddle. Él vería lo que Harry contemplaría en aquel recuerdo.

Vagamente se preguntó qué sucedería si se postraba ante el profesor y confesaba todo lo que había sucedido hace poco más de veinticuatro horas, si decía que desde el verano anterior sentía algo punzar en su cabeza y aquello que pugnaba de allí había sido el espectro de Tom Riddle queriendo salir de… ¿su recuerdo? Quizás eso era lo más cercano a la verdad que aún desconoce.

La situación era horriblemente parecida a su segundo año, pero aún peor, porque este Tom no estaba encerrado en su diario, sino que vagaba por Hogwarts, con la plena voluntad de crear discordia y terror.

Harry sintió que en la esquina de sus ojos se amontonaban las cristalinas lágrimas de frustración, pena e inmensa culpabilidad porque, en el fondo lo sabía, no podría decir absolutamente nada aunque quisiera.

Haciendo todo lo que su fuerza de voluntad dictaba, se centró en no ver a Tom Riddle, su presencia más asfixiante y opresiva que hacía minutos atrás. Con su mirada acuosa, buscó la azul del director que le sonreía, y Harry sintió más ganas de llorar, completamente impotente.

Dumbledore seguramente asumiría su estado de ánimo al hecho de que no le gustaba viajar con el pensadero.

—Esta vez entramos juntos al pensadero, Harry. Es risible, pues ahora tienes completo permiso.

Y como si aquello fuese lo más gracioso del mundo, Harry intentó con sus fuerzas esbozar la sonrisa que sabría que convencería a Dumbledore de que nada estaba mal con él.

— ¿A dónde iremos, señor?

—Un recorrido por los recuerdos de Bob Ogden, por supuesto —respondió el viejo director, la pequeña botella con la sustancia etérea siendo extraída de su bolsillo al momento.

— ¿Quién era Bob Ogden? —preguntó Harry, observando el frasquito al que el director intentaba quitar el tapón de corcho.

—Trabajaba para el Departamento de Seguridad Mágica. Falleció hace tiempo atrás, pero logré dar con su paradero antes de que muriera. Conseguí los recuerdos que necesito y ahora daremos un paseo junto a él mientras realizaba sus obligaciones.

Harry se incorporó al momento que Dumbledore intentaba quitar el corcho de la pequeña botella. Quiso intervenir y ayudar a su viejo profesor, notando ciertamente que la mano lastimada parecía más arrugada, se notaba el escozor que le causaba aunque intentara ocultarlo sabiamente.

Cuando Harry iba a abrir la boca e inmiscuirse, Dumbledore se quedó observando el tapón de corcho y a los segundos Harry vio con fascinación como el tapón salía del frasquito con un gracioso "plop".

A pesar que el profesor Dumbledore estaba lastimado, todavía siguiendo siendo impresionante.

— ¿Cómo se hizo eso en la mano, señor? —aprensivo, Harry preguntó sin pensar mucho en la prudencia. Estaba más concentrado en ver los ennegrecidos dedos, casi fascinado por la repulsión de su imagen y apenado también.

Esperaba que el director se recuperara rápido.

—Primero nuestra cita con Bob Ogden, Harry. No es momento para esa historia.

Al instante, vertió la sustancia etérea, de aspecto blanquecino pero parecía más plateado en el pensadero, donde este comenzó a aglomerarse y brillar ominoso.

Dumbledore si hizo a un lado, señalando la vasija levemente—. Tú primero.

Sin esperar a considerar sus opciones, Harry se inclinó sobre el recipiente y con un hondo respiro, hundió el rostro en la etérea sustancia de matiz plateado. Sus pies se separaron del suelo y comenzó a caer por un oscuro torbellino. Oscuridad le cegó momentáneamente, hasta que luego, en un parpadeo, se encontró bajo un sol incandescente. Dumbledore a su lado apareció segundos después.

Bajo un cielo veraniego, un paisaje rústico se divisaba en la lejanía. Frente a ellos había un hombre de contextura gruesa y baja estatura. Llevaba unos lentes tan grandes que le daban aspecto de parecer un gordo búho. Harry concluyó que aquel hombre era Ogden, pues era el único que estaba caminando en la dirección destinada y los intrusos en el recuerdo eran el director, Harry y… bueno, Tom, que sinceramente, ahora se veía más etéreo y fantasmal que nunca con ese caminar lánguido. El sol de ese fragmento de memoria no ayudaba mucho a que presencia su fuese menos terrorífica en ese bucólico paisaje.

Con prontitud, Dumbledore, Harry y Tom siguieron al hombre en silencio, notando que en el poste indicador habían esbozados dos caminos, el de Gran Hangleton y el del Pequeño Hangleton. Harry no notó cómo los ánimos cambiaron en el ambiente, más concentrado ahora en ver lo que sucedería a continuación.

Ciertamente, estaba lo bastante intrigado como para percibir que a su lado, Tom Riddle estaba tan tenso como una cuerda de violín.

Siguieron avanzando tras el hombre, caminando por un trecho sin ver otra cosa que maleza y un imponente cielo azul. A los segundos, entre los setos casi al final, pudieron distinguir el pueblo, que era Pequeño Hangleton sin duda alguna, situado perfectamente entre las dos colinas que le distinguían, divisando la iglesia contigua y el cementerio.

Presuroso, Ogden comenzó a trotar, Dumbledore y Harry tuvieron que verse en la obligación de seguirle el paso.

Con cada paso que daban, se internaban por un estrecho sendero por maleza más alta. El camino era incómodo, lleno de baches. Era como si aquel pasaje tuviese toda la intención de alejar a los inoportunos visitantes. Harry no supo cuándo comenzó a jadear, pero casi a los segundos y cuando creía que tendría que correr, Ogden detuvo la caminata a una más tolerable, el camino parecía conducir a un pequeño bosque.

Al instante, todo movimiento se detuvo, Harry intentó ver lo que aquel hombrecillo veía, pero más adelante, entre los árboles, había una extraña estructura construida, demasiado desaliñada y de aspecto lamentable como para que alguien pudiera vivir allí en condiciones aceptables.

No cumplía siquiera los mínimos requisitos de higiene y Harry notó, no sin cierto horror que aquello era justo lo que se pretendía. Todo era premeditado, con tanta intención, era como la cueva o refugio de alguna bestia. A Harry no le gustó la dirección de sus pensamientos, pero era a la única conclusión razonable a la que podía llegar.

Sus pensamientos lo condujeron a un inevitable desenlace: nadie podría vivir ahí, al menos no alguien humano, y sin embargo, a los segundos una ventana chirrió con un ominoso chasquido, dejando entrever un leve vapor. El hombre al que seguían avanzó con sigilo. Las sombras protervas de los árboles les arropaban, casi cerniéndose sobre ellos, como si les tragara cada vez que se acercaban más y más a la extraña y destartalada vivienda.

Entonces, cuando creían que habían visto de todo en ese pequeño lapso de tiempo, Harry se percató que en la puerta de la casa yacía incrustada una serpiente muerta. Abrió la boca en impresión, un jadeo fue lo único que pudo emitir. Dumbledore a su lado estaba silencioso, escrutando todo con su ojo de halcón y Harry no tuvo tiempo para observar la expresión de Tom cuando de pronto, un hombre de aspecto lamentable cubierto en trapos sucios saltó de un árbol cercano y cayó de pie delante del hombrecillo que seguían, éste dando un respingo sorprendido.

Harry notó al hombre, observándole también. Cuando éste habló con aquella voz llena de silbidos irritantes, notó que aquel individuo no emitía el miedo que profesaba Tom cuando su voz sibilina susurraba el pársel que tanto disgusto le provocaba.

En aquel momento, se percató finalmente que sólo los que hablaban aquella lengua debían ser familiares de… Harry de soslayo observó al hombre que estaba a su lado fugazmente, un leve temor resurgiendo de sus entrañas.

Pero no había nada en su rostro, absolutamente nada que indicara… no sabía qué debía percibir, pero algo tenía que salir de allí, algún sentimiento o emoción, mas nada hallaba.

Harry estaba preocupado más por ese hecho sin saber qué repercusiones traería, pues sabía que estaba contemplando en conjunto con Tom aquel fragmento de memoria que eran sus familiares.

Continuará.