Hola a todos. Sé que estuve desaparecida este último tiempo y quiero disculparme con por no haber subido ningún capítulo. Tuve unas semanas complicadas con algunos problemas personales, pero acá estoy. Miles y miles y miles de perdones a todos. Pero acá estoy, con un capítulo nuevo para subir y para que disfruten. Espero que les guste. Juro que hay una razón por la cual el capítulo es así, es raro, lo sé pero esta es una historia que le estoy dando vueltas desde hace algunos años y decidí escribirla.

Recordando por un sueño

Estaba corriendo sin parar desde hace un buen rato. Sus pies quemaban por toda la exigencia y al trabajo en que los estaba sometiendo. El único sonido que oía era el de su respiración agitada y cansada junto con el repiqueteo de su corazón. Corría y corría y corría sin parar. ¿Por qué corría? Ya no se acordaba. Solo sabía que una voz lo estaba guiando. La razón era totalmente ajena a él, pero por algún motivo, aquella dulce voz lo estaba guiando, invitándolo a que la encontrara. Era la voz de una mujer. Le era tan familiar y a la misma vez tan ajena a él. Creía haberla escuchado ya en otra parte, pero desde hace mucho tiempo que se alejó del resto del mundo, creando el suyo propio. Con los únicos dos seres con los cual interactuaba era con esa mujer de pelo oscuro y largo y ese monje tan extraño, pero inclusive a ellos los alejaba. No confiaba en ellos y no tenía intención de aprenderse sus nombres. Pero ellos habían salvado su vida y como el hombre digno que era, estaba esperando la oportunidad dorada de que la vida de ellos corriera peligro, poder salvarlos y retirarse silenciosamente a algún otro recoveco de estas vastas tierras. Sus pasos cada vez eran más pesados y lentos. Sus pies le pesaban terriblemente y le estaba costando correr. ¿Por qué no podía moverse libremente? Él que era dueño de los árboles. Él que se movía con gracia y agilidad entre las ramas. Él que jamás tuvo problemas de energía. ¿Por qué? La voz era cada vez más lejana y apagada hasta que eventualmente dejó de escucharla y junto con esto, dejó de moverse. Una oscuridad iba envolviéndolo poco a poco, haciendo que pierda noción de todo lo que le rodea.

Abrió sus ojos de golpe. Su respiración estaba agitada. ¿Se había quedado dormido? Él jamás hacía esto en estas noches tan oscuras y frías donde ni siquiera la Luna le hacía compañía. Era un error gravísimo. En el pasado, su mamá era quien lo cuidaba y protegía en estas noches. Ella era quien espantaba a los fantasmas que lo acechaban. Pero ahora está solo y es su deber, su instinto de supervivencia el que lo obliga a seguir despierto. Si quería vivir para presenciar una nueva puesta de Sol, era una obligación quedarse despierto en estas noches donde estaba tan débil y desprotegido. Por suerte nada sucedió y faltaba poco para que los primeros rayos empiecen a asomar por el horizonte.

Algo en su mente hacía ruido, lo sabía. Pensar nunca fue lo suyo, pero no tenía nada mejor que hacer, por lo que hizo el esfuerzo de buscar en su cabeza qué es lo que lo estaba molestando desde que se despertó. Y lo encontró. La voz de la mujer pronunciando su nombre. Se esforzó un poco más, para poder ver la cara de esa mujer y no solo oír su voz. Pero no pudo. No es que le importara saber quién era ella porque no le importaba nadie más que él o de eso se quiso convencer. Escondió su cara entre sus manos frustrado sin entenderse a sí mismo. Estaba aburrido ya. No quería seguir pensando en ese sueño porque, por alguna razón le traía recuerdos del pasado que se obligó a olvidar. Y lo estaba logrando, poco a poco pudo silenciar al ser que alguna vez fue hasta terminar enterrándolo en lo más profundo de su mente. Pero había momentos, como ahora, donde ese ser luchaba con todas sus fuerzas por emerger a la superficie, por lo que él luchaba con todas sus fuerzas para enterrarlo aún más hondo. Era un tira y afloje constante consigo mismo.

Bufó exasperado. ¿Por qué el Sol se estaba tardando tanto en salir? Cada noche que pasaba se hacía más larga que la anterior. Era fácil estar solo, pero la soledad eterna era como una maldición que no podía controlar. Cada noche era más larga que la anterior. Los demonios se burlaban de él, lo menospreciaban, lo trataban como si fuera basura. Los humanos lo rechazaban por miedo, otros le tenían asco. No era nada. No era nadie. Era una mezcla de humano y demonio. Era un híbrido. Era un hanyou. Un sucio y mestizo hanyou que nadie se dignaba a aceptar. ¿Dónde estaba su lugar en el mundo? ¿A dónde pertenecía? Nadie le daba la respuesta. Alguna vez perteneció a alguien. Alguna vez tuvo un lugar al que llamar hogar. Alguna vez su risa fue algo de todos los días. Pero eso se terminó de repente. La soledad colisionó contra él sin previo aviso y lo dejó marcado por el resto de sus días. ¿Hasta cuándo era el resto de sus días? ¿Cuántos días eran? No lo sabía. Los demonios eran eternos. Los humanos tenían un tiempo insignificante a comparación. ¿Él que tenía entonces?

Estaba empezando a temblar a causa de su hilo de pensamientos. Esta era la razón exacta por la cual se prohibía pensar. Si lo hacía, de una forma u otra recordaba el pasado y, en el medio de ese pasado, aparecía esa inconsistencia que no lograba llenar. Tenía lagunas negras y vacías de recuerdos. Su memoria saltaba de un lugar a otro cada vez que quería recordar ese momento. Solo veía el rojo oscuro y espeso de sus manos. Las gotas de sangre resbalando entre sus dedos, manchando sus brazos y su ropa. Recordaba gritos y golpes. Recordaba el olor. Pero no recordaba como terminó en esa posición. ¿Cómo es que perdió lo que con esfuerzo había ganado? No lo sabía, pero era un idiota por no cuidar lo que le pertenecía. Y así estaba ahora, solo y odiándose.

Finalmente pudo sentir la fuerza volviendo a su ser. Sus sentidos despertaron de golpe. Esa era la parte más dura de todo el proceso una vez que salía el Sol. Durante la noche se sentía débil, desprotegido, sordo y ciego. No obstante, durante el amanecer, volvía a oír todo lo que dejó de oír. Volvía a ver todo lo dejó de ver. Era una diferencia enorme y no comprendía cómo es que los humanos se acostumbraron a eso, pero si su mamá logró superarlo, no era imposible. Excepto para él que conocía un mundo de sentidos mucho más extenso, rico y desarrollo.

El Sol se elevaba radiante y poderoso en el cielo y junto a él, Inuyasha quien saltaba de rama en rama buscando algo para comer y un lago donde tomar agua. Aparte que era una oportunidad de estirar los músculos y poner el cuerpo en marcha. No tenía nada para hacer más que sobrevivir, y, como lo viene haciendo desde hace muchos años, hoy también piensa lograr su objetivo. Así que, al igual que en su sueño, corrió y corrió y corrió solo que esta vez no tenía ningún destino en mente.