Hola hola hola hola hola a todos. Gracias por los reviews y los favoritos de la semana pasada y obviamente muchas gracias por haber leído. Antes de publicar la historia dije, "mejor terminarla o tenerla avanzada así puedo publicar a tiempo todos los días"… Claramente eso es algo que no hice. La paciencia es una gran virtud que no tengo. En fin, juro que en mi mente está toda la historia armada y la amo (me termino encariñando con las historias que hago) y tiene sentido.
Por si están un poco perdidos, va a ir alternando entre presente y pasado la historia. No sé si fue medio confuso la semana pasada. Espero que no se sigan perdiendo.
Perdón por el retraso. Quise que este capítulo sea más largo y todas estas obligaciones de la vida adulta me tienen loca.
En fin, a leer.
Izayoi
Desde hace un tiempo que Kagome e Inuyasha habían establecido silenciosamente un horario de juegos. Todos los días, durante la tarde se encontraban cerca del río a jugar. A veces estaban durante días haciendo las mismas actividades, otras veces discutían por el juego al que iban a jugar. Y es que Inuyasha se negaba a perder su "hombría" para hacer cosas de mujeres. No señor, suficiente ya con que tenía que compartir la casa con su mamá. ¿A quién engañaba? Amaba vivir con Izayoi pero es verdad que una figura masculina no le vendría nada mal. Por otro lado, Kagome demostró ser especial pero de una manera diferente a la suya. A veces se olvidaba que ella no compartía su misma resistencia o fuerza. En ese sentido, Kagome era más parecida a los demás niños de la aldea lo que los limitaba mucho para hacer algunas cosas como trepar árboles o correr de un lado para el otro sin parar o ver quien saltaba más alto o tenía más fuerza. Hablando de los niños de la aldea, Kagome solía usar sus mañanas para jugar con ellos. No existía día en que Kagome no intentara convencer a Inuyasha de que la acompañe y se integre al grupo porque para ella, todos eran amigos, todos eran compañeros de juegos. Pero para él, no funcionaba así. Todos le temían. Excepto su mamá y Kagome.
Hoy era esa noche especial donde todo el cielo estaba en total oscuridad. La Luna, su gran aliada nocturna no iba a hacer acto de presencia. Las estrellas eran las únicas encargadas de iluminar la oscura noche y aunque eran muchas, ninguna le daba esa sensación de seguridad ni de compañía. No al menos de la misma manera que lo hacía la Luna. Estuvo inquieto todo el día dentro de su casa. Izayoi se fue temprano por la mañana. Desde el momento en que descubrió que Inuyasha pasa la noche en vela, ella decidió hacerlo junto a él. Nunca se lo dijo. Decidió guardarlo como un secreto para que el día que ella no estuviera, su hijo no sintiera miedo. ¿Estaba bien? ¿Estaba mal? No lo sabía pero, a su parecer, a veces una madre debe hacer el trabajo de cuidar y criar a su hijo de forma imperceptible y silenciosa. Inuyasha tenía que crecer como un hombre fuerte, decidido y valiente. Para algunos, ella formando parte de este dichoso y diminuto grupo, la vida les sonríe desde los inicios. Desde el momento en que son concebidos, todos celebran su llegada al mundo. Pero para otros, es decir, seres como Inuyasha o en otra palabra, los híbridos, nadie les sonreía. Tenían que buscar una forma de llevarse el mundo por delante para abrirse un camino para recorrer.
Jamás se iba a arrepentir de tener a Inuyasha. A sus ojos siempre iba a ser un dulce bebé. No obstante, había una pequeña campanita en su cabeza sonando desde hace varios años. No dejaba de preguntarse a sí misma si no era egoísta por haberlo tenido. Por haberse enamorado de su señor, Inu No Taisho, y haber concebido a un bebé. Fue desterrada de su familia y su hogar, por lo que pidió asilo en esta aldea. No había un solo ser que aceptara a su hijo, y con ella todo eso estaba bien. No es que le gustara, pero aprendió a aceptarlo. No estaba en posición de quejarse cuando todo el mundo los echaba indignadísimos de sus respectivas aldeas por haber tenido siquiera la esperanza de poder pasar la noche. Pero por alguna extraña razón, el anterior jefe de la aldea los aceptó. Nunca entendió la verdadera razón porque nadie nunca le dio explicación alguna. Sabía que el hijo del anterior jefe y actual líder de la aldea, detestaba la presencia de su hijo y por esta razón, movió su cabaña a las afueras de la aldea. Aparentemente seguía bajo el cuidado del anterior inclusive dos años después de su fallecimiento ya que, a pesar de todo, aún pertenecía a un lugar. Izayoi intentaba ir cada ciclo lunar a llevarle flores a su tumba y a rezar por él. Ella solo deseaba que el buen hombre descanse en paz.
Izayoi iba caminando por las calles de la aldea. Estaba haciendo las compras para la cena de la noche. El invierno se estaba acercando lentamente y aunque aún faltaba algún tiempo para que el frío se comenzara a sentir, ella siempre se suplía con una cierta antelación. Sabía por experiencia que nadie iba a asistirla en caso de emergencia por lo que aprendió a asistirse a sí misma: comida, plantas medicinales, mantas… Oía los ruidos de las demás personas. A pesar de ser la madre del niño bestia, ella seguía siendo la señorita Izayoi. Sangre real y pura corría por sus venas y algunos aldeanos se guiaban por ese detalle y por dicha razón la salubadan mientras que otros conocían de primera mano el corazón bondadoso que poseía la mujer y también la aceptaban.
Izayoi siguió caminando hasta el puesto de las verduras y frutas mientras seguía pensando. El único ser que absolutamente jamás la aceptó fue el primer hijo de su señor, el hermano mayor de su hijo. Lo vio una sola vez, la intención de matar estaba escrita en toda su mirada. Sabía por Inu no Taisho que Sesshomaru detestaba a los humanos con todo su ser y que los mataba por placer. Sabía que su señor también le pidió a su hijo primerizo que cuidara de ella e Inuyasha pero lo que ella sabía y deseaba era totalmente contrario a lo que sucedía en verdad.
Inuyasha aún era un bebé, no tenía más de un año. Era una noche fría e Izayoi estaba vagando por el bosque buscando un lugar donde quedarse. El pequeño Inuyasha no paraba de llorar lo que volvía toda la situación aún más peligrosa. Sabía, gracias a su señor, que el olfato de los demonios era excepcional pudiendo incluso diferenciar a un hombre de una mujer. Y ella entraba en el último grupo y encima tenía un bebé en brazos. Estaba agotada y débil, tenía hambre, sueño, sed… pero el bienestar de su hijo estaba antes que su propio bienestar. Al ser humana y no tener ningún demonio como referente, con Inuyasha todo era prueba y error. Le faltaba ese alguien que la ayude con las cosas concernientes con los demonios. Sabía qué esperar de un bebé humano pero, ¿qué esperar exactamente de un bebé semi demonio? Sin ir más lejos, dos noches atrás, sucedió algo que no había podido explicar.
Por obra de los dioses, una cabaña abandonada apareció como si de un regalo se tratase. Estaba esperando por ella. Inuyasha, por otro lado, estaba más inquieto de lo normal. Su primer pensamiento, el cual vino acompañado de un ataque de histeria típico de madre sobreprotectora primeriza, fue el creer que algo estaba mal con su hijo. Pero ella no sabía nada de medicina y tampoco había nadie cerca y aunque lo hubiese, lo más probable es que se niegue a curar a Inuyasha. De una forma o de otra allá estaba ella, algunos años atrás, a punto de descubrir algo que sería su mayor secreto de por vida: la metamorfosis de Inuyasha de hanyou a humano. Se desesperó al punto de reír por la histeria. Ese cabello suave y lacio de un color increíblemente plateado fue cambiado de un instante a otro por uno oscuro. Esas orejitas tan simpáticas y sensibles que se movían como respuesta a su voz, fueron remplazadas por unas de humano. ¡Inclusive sus pequeñas garras desaparecieron! Su instinto de madre le decía que ese era su hijo, pero si hacía una comparación entre ambos parecían dos seres completamente diferentes.
Finalmente Izayoi estaba dirigiéndose hacie el bosque, a juntar algunas flores para llevárselas al jefe anterior de la aldea.
Decir que se desesperó fue poco. ¿Por qué le estaba pasando eso a su hijo? ¿Por qué justo ahora? Al menos estaba en una cabaña, pero desconocía si es que estaba abandonada o si los dueños aparecerían en cualquier momento. Esta era una de esas noches donde sentía que nada estaba saliendo bien. ¿Sería correcto alimentar a Inuyasha? ¿Irse a dormir? ¿Quizás necesite un baño? Lo único que pudo hacer fue fijarse si tenía fiebre. No, estaba bien. Le tocó un poco el estómago, apretando en algunos lugares clave, pero tampoco, Inuyasha estaba bien. Sus conocimientos de medicina llegaban hasta ahí, por lo que tomó la decisión de quedarse despierta hasta que su hijo volviera a la normalidad.
Estuvo un buen rato pensando qué es lo que podría ser diferente. Inuyasha aún era amantado. Ella comía frutas y verduras, un poco de carne y agua cada vez que la encontraba. Entró en una pequeña crisis pensando que quizás había comido algo extraño que su cuerpo era incapaz de soportar. ¿Y si ella era la culpable del cambio de su hijo? Siempre fue educada, siempre se comportó, siempre respetó todas las reglas de la sociedad pero por primera vez en toda su vida, insultó. Parecía algo tan simple y tonto… alguien insultando. Pero no estaba bien visto que una mujer insultara, ¿y encima alguien proveniente de la realeza? Inaudito. Pero lo hizo, no le importó nada. Al diablo las enseñanzas de sus padres. Al diablo el mundo entero. Su hijo estaba sufriendo y ella como la madre que era iba a hacer algo. En un ataque de ira le dio una patada al suelo. Una vez que aclaró su mente y descargó toda la frustración que le acarreaba la ignorancia se sentó tomando a Inuyasha, quien yacía sobre una cuna improvisada, y empezó a tararear una nana. Sí, la medicación por excelencia contra cualquier mal: amor de madre.
¿A quién engañaba? Era a causa de su desesperación. Cuando Inuyasha finalmente se durmió, empezó a observarlo. Todos sus rasgos. Definitivamente no era como un bebé humano. Es verdad, ahora se parecía bastante a uno, pero cuando estaba con sus orejitas, su pelo plateado y esos ojos dorados profundos, ignorantes del resto del mundo pero llenos de sentimientos y emociones… Quería llorar. No entendía muy bien por qué. Sentía una calidez única en su pecho. Era una sensación inexplicable. No es que estaba triste o angustiada. Las ganas de llorar no eran las lágrimas típicas… no luchaban por salir y la hacían feliz. Era un sentimiento tan poderoso e intenso que la hacía sentir la mujer más dichosa del mundo a pesar de todas las cosas negativas.
Y todavía después de todos estos años era así. Estaba tan orgullosa de Inuyasha y verlo le seguía doliendo. Pero era un dolor que no cambiaría por nada en el mundo. Después de reflexionarlo durante todos estos años, se dio cuenta que jamás iba a poder explicar el sentimiento porque era algo que simplemente no tenía explicación. Uno no elige a quien amar o como sentirse, uno no elige los sentimientos o como ellos afectan en la vida. Inuyasha no fue algo que eligió. Amarlo de la forma en que lo hace tampoco fue elegido. ¿Era egoísta por haberlo traído a este mundo sabiendo que le iba a costar tanto ser aceptado? Quizás. Pero no es algo que cambiaría por nada en el mundo, porque se dio cuenta que su mayor alegría, su razón de ser, su fuerza, todo lo que ella es, reside en esa pequeña personita que cada día se vuelve más y más fuerte. Ya se estaba dirigiendo hacia la tumba del señor.
Se dio cuenta que a pesar de estar inquieto, no se veía dolido o triste sino que parecía más bien… ¿enojado? Sí, eso. Enojado. Inuyasha parecía enojado. Eso la hizo reír. A lo mejor era algo normal de los medio demonios. Pero esta era la primera vez que sucedía razón por la cual se obligó a memorizar todas las cosas que caracterizaban la noche, el momento en que Inuyasha cambió.
Finalmente llegó. No era familiar del hombre y hoy no era el aniversario de su muerte. No obstante, ella tenía un deber con él. No es que el hombre antes de morir le dejó en claro que tenía que ser una visita recurrente en su tumba. Ella se obligó a visitarlo, no era un deber o una obligación difícil de cumplir. Iba a estar eternamente agradecida por la oportunidad que les dio el hombre de vivir en su aldea. Y a eso iba cada ciclo lunar: a agradecerle. Le contaba lo mucho que estaba creciendo Inuyasha, lo fuerte que se estaba volviendo cada día, como y no era un niño inocente y estaba comenzando a tener una percepción del mundo mayor a la esperada para alguien de su edad. También le dejaba flores. Era una linda forma de brindarle respeto a su memoria y mantener su imagen viva aún en el presente. Para ella no importaba que ese hombre ya haya fallecido porque, ante sus ojos, está vivo en cada recoveco de la aldea.
Estuvo un buen rato rezando en su tumba, limpiándola y acomodando las flores que trajo y, en algún momento, su mente viajó al día en que conoció a Sesshomaru y Totosai.
