Nota importante

Estimados lectores:

Primero y principal quiero disculparme por mi GRAN y obvio atraso. Personalmente creo que cuando alguien decide crear y subir una historia está generando automáticamente una relación con el lector. Un relación súper hermosa de crecimiento mutuo dónde uno como lector recibe otro punto de vista u otra versión de una historia que ama tanto. Por otro lado, como escritor... Como escritor es una infinidad de cosas las que uno recibe. Desde el momento en que uno acepta subir una historia original (obviamente descontando a los personajes, me refiero a la trama) es por algo. Mi algo es que amo escribir y es la forma en la que mejor me expreso. No soy buena haciendo sociales con gente que no conozco y me cuesta mucho expresarme en voz alta. Pero cuando escribo es otra historia. Es mi mundo, son mis reglas, es mi felicidad.

No son muchas personas la que leyeron estos cuatro capítulos, pero estoy enormemente agradecida con todos ustedes por haberme dado la oportunidad de hacer algo que realmente me apasiona y amo. Y juro que no los olvidé. Los tengo siempre presentes.

En este último mes estuve haciendo grandes cambios en mi vida. Y así como creo que uno como autor tiene una especie de obligación de completar la historia o aclarar que no va a seguir escribiendo, también creo que hay cosas todavía más importantes y urgentes.

No quiero ponerme filosófica ni hacer todo un speech de vida. Pero estuve muy ocupada y enfocada tratando de redireccionar mi vida. Creo que lo estoy logrando. Pero entre todos esos cambios, ya me hice un lugarcito en la semana para escribir y seguir con esta historia que tanto quiero. Uno de mis sueños más grandes es poder ser escritora. En otras palabras, es poder publicar mi novela. Algún día voy a lograrlo, pero mientras, cumplo mi sueño acá. Aunque no sea mi propia historia ni mis personajes, estoy cumpliendo mi sueño y les agradezco enormemente por eso.

Espero que todavía me quieran dar otra oportunidad y me perdonen.

Saludos,

Saphira.

Mi mundo comienza a derrumbarse

Izayoi estaba a punto de irse ya que era la hora de la cena se acercaba y le preocupaba haber dejado a Inuyasha sólo todo el día. No quería que su hijo se sintiera ignorado por ella aunque últimamente, ella era la ignorada. Ese pensamiento le causó gracia. Inuyasha nunca le confesó qué es lo que lo mantenía tan ocupado desde hace algún tiempo. No obstante, ella ya lo sabía. Una parte suya estaba realmente aliviada y feliz. Sentía ese tipo de felicidad la cual se construye espontáneamente en el pecho, calentando al corazón y sube hasta los ojos, dándole ganas de llorar. No de tristeza o miedo… sino de alegría. Ella sabía lo muchísimo que Inuyasha sufría por no tener un lugar al que pertenecer, por no poder unirse a los juegos que los demás niños de la aldea jugaban, por no poder demostrar su naturaleza generosa y protectora por temor a que los aldeanos lo vean como un ataque o amenaza. Pero Kagome… Kagome era igual a su difunto abuelo. Tenía la misma mirada de empatía, comprensión y amor. Los ojos de Kagome desprendían calidez. Ella no tenía ningún trato cercano con el jefe de la aldea, es decir, el padre de Kagome. Pero las voces corrían rápido, dando como consecuencia que más de una vez oyera lo mucho que la pequeña niña sufría en su hogar.

Izayoi no conocía su interior, sólo la veía correteando por ahí todo el día. Sabía que era amable, sabía que estaba llena de energía, sabía que era de esas personas que uno estima sin siquiera intentarlo. Pero, ¿quién era Kagome? Quizás en el fondo ella sufría tanto como Inuyasha. Quizás en el fondo ella estaba igual de perdida, sintiendo la misma soledad. Quizás por eso Inuyasha se sentía tan cómo a su alrededor. Al final del día, estaban unidos por las mismas emociones.

Izayoi se paró, sintiendo como la sangre volvía a recorrer sus piernas entumecidas. Se dispuso a marcharse pero no llegó a terminar de darse la vuelta cuándo pegó un salto hacia atrás del susto. Lejos, en la fina línea que limitaba el fin del cementerio con el inicio del bosque, parado en toda su gloria entre los grandes árboles se encontraba Sesshomaru.

La primera y única vez que lo vio fue cuando Inuyasha aún era un bebé indefenso de casi un año de edad. Izayoi comenzó a sentirse nerviosa. Miles de preguntas bombardearon su mente. ¿Qué hacía acá? ¿Por qué Sesshomaru estaba tan cerca de la aldea? ¿Por qué no decía nada? ¿Había pasado algo con Inuyasha? A causa de esa última pregunta, la adrenalina se hizo presente por todo su cuerpo. No importaba lo débil que se viera o lo inútil que fuera intentar hacer algo contra un ser como lo es el primogénito de su amado Señor. Si alguien siquiera osaba tocarle un pelo a su bebé, su ira iba a caer sobre la desafortunada alma. Era humana, es verdad. Pero ante todo era madre. Una orgullosa y sobreprotectora madre.

Claramente, era más fácil decirlo que hacerlo porque en el instante en que su mirada chocó contra la del medio hermano de Inuyasha, todo su ser se heló y entró en pánico. A pesar de todos estos años, aún seguía poseyendo esa mirada desdichada, fría y cruel. Era consciente de lo mucho que detestaba a los humanos, al punto de sentirse repugnado. Inclusive Inu no Taisho había llegado a exclamar su preocupación una vez. Ella sabía que Sesshomaru fue encargado de la seguridad de ambos antes de que su Señor falleciera, sin embargo, él no tenía intención alguna de cuidar ellos.

Se aclaró la garganta, alisó un poco su ropa y se recordó a sí misma que elevara con orgullo su cabeza, lo que conllevó a que todo su cuerpo se irguiera como respuesta. Se recordó que ella seguía siendo una princesa y como tal, debía demostrar valor y poder. En vez de mirar directamente hacia los ojos de Sesshomaru, se concentró en su nariz. Esto era un pequeño truco que una vez le enseñó su madre cuándo comenzó a ser presentada ante posibles maridos y ella se sentía intimidada por toda la atención que recibía.

-Que humana más insolente, como se atreve a desafiar al amo Sesshomaru.- Una voz graciosa y rasposa llamó su atención. No fue hasta ese momento en que se dio cuenta que el sirviente de Sesshomaru también se encontraba allí. Izayoi no es una mujer que guarda rencor, pero si había algo que no le simpatizaba en absoluto y aborrecía demasiado, era esa cosa verde rana que sigue ciegamente al demonio frente suyo. –Puedo matarla amo bonito si así lo desea.-

-Silencio o te mato.- Esa respuesta habría sorprendido a cualquiera. Excepto a Izayoi. Ella ya estaba acostumbrada a su crueldad. –No voy a hacer nada con vos mujer. Dejá de despedir ese olor tan repugnante a temor.- Comenzó a preguntarse qué tan avanzado era el olfato de los demonios. Era obvio que estaba asustada pero atribuirlo al olor que desprendía era otra cosa. Se preguntó si Inuyasha algún día llegaría a tener sentidos tan finamente desarrollados como los de su hermano. Se quiso reprender a sí misma por pensar en su hijo de una manera tan trivial en un momento como este, pero no podía. Fue y va a ser siempre su unión directa con la felicidad. Pensar en Inuyasha le traía calma y esperanza. Este último sentimiento venía en la forma de desear que Sesshomaru tuviera algo más en su interior aparte de la inexplicable sed de sangre.

-Qué…-comenzó a tartamudear. –¿qué está haciendo acá?

Al mejor estilo Sesshomaru, no se dignó en contestarle. Se ocupó de dejarle en claro que él era de la realeza y ella era tan solo una sucia e insignificante humana. Se sintió molesta por un momento. ¿Quién se creía que era? Quiso responderle, por alguna extraña razón una gran necesidad de dejar de lado todo en lo que fue instruida se apoderó de ella. Pero no hizo nada. Los rayos de Sol ya no cegaban su vista y pudo observar un pequeño bulto escondido en el pelaje plateado que Sesshomaru siempre llevaba sobre su hombro.

Su corazón se aceleró por un instante para luego congelarse de súbito. Sus ojos estaban abiertos como dos medallones, al igual que su boca. Su respiración estaba agitada, cuánto más rápido respiraba más necesidad de oxígeno tenía.

No, no, no, no y no. No. Absolutamente no. NO. Se negaba a aceptarlo. No importaba lo oculto que estuviera, siempre iba a poder distinguir a su hijo. Buscó palabras para inquirir a Sesshomaru. Pero no las encontró. Su cuerpo no le respondía. Estaba totalmente atónita. Si hay algo que ningún padre debe hacer jamás, es ver morir a su hijo. Y ahí estaba el suyo, acostado sobre ese pelaje tan similar al que su Señor llevaba. Tenía la boca extremadamente seca, sus labios podían cortarse con el más mínimo tirón. Las ganas de vomitar y un gran mareo se hicieron presentes. Se odió por no poder hacer nada.

La delicadeza era una virtud que el youkai jamás recibió. Sin ningún tipo de aviso, tomó rápidamente a su pequeño hermano y lo revoleó hacia donde se encontraba Izayoi. No fue hasta que escuchó el sonido del impacto de su pequeño cuerpo y la tierra levantada entró en sus fosas nasales que volvió a la realidad. Se agachó con el corazón en la mano a mirar a su hijo. Un gran y profundo respiro se hizo presente cuando descubrió que él también respiraba. Los ojos se llenaron de lágrimas. Abrazó a Inuyasha tan fuerte que parecían uno. Sólo lloraba y lo abrazaba. ¿Por qué todos están contra ellos? ¿Por qué nadie puede cuidarlo aunque sea un poco?

-El patético intento de demonio,- dijo con su voz monótona –hoy cumple nueve años. Ya debería haber despertado sus poderes. ¿Por qué no lo hizo? ¡Respondé mujer!- ¿Poderes? ¿Cómo se supone que ella iba a saber el tema de los poderes? Era una humana. Los humanos no poseen poderes. -¡Contestá!

Pero ella no podía hacerlo. Sólo murmuraba un débil "no lo sé" y sujetaba más fuerte a Inuyasha. El Sol ya había desaparecido hace un rato. La noche estaba totalmente oscura, fría y en silencio.

De un instante a otro, un calor infernal apareció, siendo acompañado del grito "báculo de dos cabezas". Un círculo de fuego rodeó a Izayoi e Inuyasha. Era asqueroso. El calor se pegaba al cuerpo como una segunda piel y, en medio de la oscuridad de la noche, tanta luz cegaba su ya limitada visión. Quiso escapar pero no tenía cómo. No había ninguna salida. Acercó a Inuyasha aún más a su cuerpo, si es que eso era posible, intentando protegerlo con su cuerpo. A lo lejos inmutado en su lugar, entre las llamas que danzaban en el aire, pudo divisar a Sesshomaru. En ese instante comprendió que hasta que no obtuviera su respuesta nada iba a cambiar. Esto era mucho más cruel que la primera vez que lo conoció. Al menos, aquella vez simplemente intentó matarla de frente. Pero ahora… Esto era peor. Terriblemente peor. ¿Qué era peor, morir incinerada en vida o a causa del veneno de Sesshomaru? Ambas ideas le daban escalofríos. Sólo rezaba a Kami por un milagro.

Lejos de allí, en el corazón de la aldea, un grupo de mujeres corrían apresuradas y nerviosas de un lado a otro. Se escuchaba una voz dando órdenes: "traigan mantas" "traigan agua" "controlen el fuego" "llamen al señor y a la señora" "¡rápido!" Pero nada salía tan rápido como la mujer pretendía. Tantas personas en una habitación tan diminuta solo entorpecían el paso. Pero toda la histeria no era para menos, la pequeña princesa apareció inconsciente en medio de un pastizal. No había ninguna herida externa a excepción de sus manitos.

Kagome tenía todas las manos quemadas. Era algo doloroso de ver. Sus pequeñas y delicadas manos estaban a carne viva, y todavía se sentía el gran calor que desprendían. Nadie podía comprender por qué estaba así. Algunos hombres fueron a investigar la zona donde la hallaron, pero no había ninguna señal de fuego. No había cenizas o pasto quemado. Lo único que podían pensar es que fue un demonio. Que Kagome e Inuyasha estaban pasando tiempo juntos no era un secreto, era algo que toda la aldea comentaba. La mayoría con desagrado. Muy pocos era indiferentes al tema. Y es que era inaudito que alguien tan puro como Kagome se juntara con la más impura de las calañas. Por esta razón, salieron disparados hacia la cabaña del medio demonio. Si alguien atacaba al señor de la aldea o a su familia, atacaban a toda la aldea.

La mujer comenzó por sumergir en agua fría las manos de ella. Con sumo cuidado las acarició, con la intención de disminuir su temperatura. Cuando sintió que ya no quemaban, mandó a cambiar el agua y pidió por una manta para secarla. El primer paso era curar esas heridas antes de que empeoraran. Mientras, una joven mujer aprendiz preparaba un ungüento para curar quemaduras y frenar su posible infección.

Tan absorta estaba la curandera de la aldea en pasar el ungüento por la niña que estaba frente a sus ojos, que no observó el resto del cuerpo de Kagome. Fue otra de sus aprendices la que le advirtió del gran sudor que estaba en su frente, su respiración tosca y agitada y lo fría que estaba en el resto de su cuerpo.

La curandera, Yuriko-sama, pegó un grito en el cielo y ordenó a la más experimentada de sus aprendices, Sakura, que comenzara a administrarle paños fríos. Esto era un desastre. Cuándo el señor vea a su hija en este estado toda la furia iba a caer sobre ella por ser la responsable directa del cuidado de la salud de ella.

No pasó mucho más tiempo hasta que oyó la voz de alguien rompió su concentración. No le importó si fue Sakura-san, Yoko-chan o Yuna-chan. "El señor está acá" quedó haciendo eco en su mente. No había terminado de procesar esa información cuándo una voz autoritaria y extremadamente enojada exclamó, -¿QUÉ DEMONIOS PASÓ CON MI HIJA?- Ahí estaba ella, con sus tres aprendices haciendo el mejor de los esfuerzos por comprender el lamentable estado de Kagome por un lado y con la responsabilidad de responder tanto a la ira del señor como al llanto asustado de su esposa.

Hace un rato Izayoi que dejó de pedir por su vida. Solo quería que Sesshomaru tuviera piedad por Inuyasha. Pero eso era demasiado para pedir. Todo era un desastre. Su mundo se estaba derrumbando y no había nada que ella pudiera hacer. Por primera, creyó las palabras de Sesshomaru. Por primera vez se odió por ser una débil humana incapaz de defenderse a sí misma y mucho menos a aquellos que ama. Porque si fuere poderosa, su señor no hubiera muerto. Si fuera poderosa, su aldea no habría sido destruída. Si fuera poderosa, Inuyasha no estaría a punto de morir. Tan solo si fuera poderosa…

De un salto Sesshomaru entró al círculo de fuego y se llevó a Inuyasha con él, logrando un grito desgarrado de Izayoi. Lo golpeó algunas veces en la mejilla y lo sacudió hasta que se despertó. Y ahí el caos se desató.