El demonio que llevo dentro

Rojo. Rojo por todos lados. Rojo era lo que veía. Rojo representado en diversas formas abstractas. Algunas estaban más cargadas y eran visualmente más pesadas que otras. Algunas se movían mientras que otras permanecían quietas. Estaba molesto. No sabía por qué, no sabía quién lo había llamado ni cómo es que había terminado en ese lugar, pero estaba enojado. ¿Por qué sus pies no estaban tocando el suelo? ¿Qué es esa pequeña y casi imperceptible presión que sentía en su espalda? ¿Y el calor corriendo rápido por sus brazos? Sentía la adrenalina dentro suyo reclamando más espacio que el que su cuerpo, aún en crecimiento, podía ofrecerle. Un huracán de emociones y sensaciones batallaba en su interior, haciendo tanto ruido que no tenía oportunidad siquiera de pensar un poco las cosas.

Su instinto no dejaba de gritarle que escapara, que se alejara de ese lugar. Se sentía amenazado y con miedo. Estaba enojado. Perdido. Confundido. Nervioso. Irritable.

Izayoi no podía ver más allá de las llamas. Sentía como estas se pegaban a su cuerpo, quemándolo. Si llegaba a salir viva de esto, estaba más que segura que le iba a quedar un recuerdo de toda esta experiencia. Podía sentir como el fuego dejaba marcas por todo su cuerpo. El humo le nublaba la vista, trayéndole lágrimas indeseadas. Las cenizas las estaban ahogando, impidiéndole respirar. Era más el aire que tocía que el que lograba inspirar. Sentía el ardor en su pecho a causa de la escasez de oxígeno. SU cabeza estaba por explotar. No lograba diferenciar entre el suelo y el cielo, todo le daba vueltas y su estabilidad era cada vez menor.

Desde donde se encontraba Izayoi, el sonido era casa imperceptible. No obstante, para Sesshomaru era algo insoportable. Aún sostenía a Inuyasha por la espalda con uno de sus brazos, como si fuera un paquete sin importancia. El segundo hijo de su padre porque, de ninguna manera esa cosa era su hermano, no dejaba de moverse y rugir. Había empezado como un temblor en su pecho hasta que no pudo contenerlo más y salió de su boca. Ahora estaba rugiendo a todo pulmón. No dejaba de moverse, de dar patadas y arañazos. En algún momento, alguno alcanzó el costado de Sesshomaru, justo por encima de la cadera, porque Inuyasha quedó en libertad. Lo observada desafiante, listo para una batalla a muerte.

Sesshomaru simplemente lo miraba desde la lejanía. Su mirada intacta. Siempre fría, siempre carente de sentimientos. Por un instante pensó en brindarle algún insulto a Inuyasha, pero era más inteligente que eso. Sabía que no tenía sentido. Irritado y decepcionado le regaló una última mirada antes de pegarse media vuelta y marcharse. No tenía tiempo para perder. Necesitaba encontrar esa maldita espada de una vez. Sabía por Totosai que, de alguna manera, Inuyasha tenía la entrada a esa espada. Pero el idiota aún no estaba listo. Ni siquiera tenía paciencia. Nunca la tuvo. Él era el todopoderoso Sesshomaru, ¿por qué iba a tenerle paciencia? Hasta los demonios más temibles no eran más que simples insectos ante él. Era el gran señor de las tierras del Oeste, ¿a qué clase de inútil se le ocurría desafiarlo de la forma en que lo hacía ese mocoso?

Inuyasha estaba sobre sus dos manos y pies. Estaba agazapado listo para atacar. En ningún momento dejó de gruñir. Sin embargo, la diferencia estaba en que ahora era algo más monótono y en un tono menor. Su mirada estaba entrecerrada, revelando la frialdad de su mirada. Su labio inferior estaba lastimado, y la sangre que salía de este estaba manchando su mentón y parte de su cuello. Lo más probable es que sus colmillos, los cuales crecieron y se afilaron al igual que sus garras, lo hayan lastimado.

Listo para el ataque, Inuyasha dio un salto hacia el interior del bosque, ignorando por completo a Sesshomaru. Su objetivo era otro.

-¡Báculo de dos cabezas!- Gritó un desesperado Jaken intentando controlar a la bestia que tenía enfrente. Instintivamente, Inuyasha se corrió para atrás, evitando el fuego que escupía esa cosa. De otro salto volvió a acercarse y, con un zarpazo, le arrancó el báculo a Jaken de las manos. Ahora estaba indefenso ante alguien él. Por eso, hizo lo mejor que sabe hacer: salir corriendo. -¡Aaaah! Amo bonito, no me abandone.- Como el cazador obstinado en que se convirtió Inuyasha, lo siguió. Pero una ráfaga de viento lo dejó frío en sus talones. Olió un poco más el aire hasta que los distinguió, olor a sangre mezclado con humo. Giró su cabeza hacia todas las direcciones posibles intentando dilucidar desde dónde provenía ese olor tan familiar. No fue sino hasta este momento, en que los ojos de Inuyasha reflejaron el gran fuego que estaba a metros de él. Pero había más. Algo en su interior le gritaba que tenía que rescatar a la persona que estaba encerrada ahí. Esa sangre olía como la suya.

Cambió su dirección, yendo hacia el fuego. Pero un golpe lo derrumbó al suelo. Todo su brazo quemaba, mostrando parte de la carne que se encuentra debajo de la piel. Ardía como mil demonios todo el área que ese látigo lo había envuelto. Era Sesshomaru quién lo había hecho. Tenía la necesidad de probarlo. ¿Hasta dónde podía llegar Inuyasha? ¿Qué tan poderoso era? ¿Qué tanto había cambiado? Ahora estaba dividido. No sabía si ir hacia el fuego o contra su rival. Sesshomaru se volvió a acercar hacia él y de una patada lo revoleó hacia el lado opuesto del fuego, haciendo que su espalda chocara duramente contra el tronco de un árbol. Si lo que quería Inuyasha era salvar a la humana que marcó el fin de su glorioso padre, entonces él iba a jugar un poco.

Ni siquiera se dignó en sacar su espada. Lo controlaba desde la lejanía. Inuyasha era una bestia salvaje sin conciencia ni razón y Sesshomaru utilizaba esto a su favor. En algún recoveco, escondido detrás de su amo bonito, Jaken no hacía otra cosa más que alentarlo.

-¿Qué pasa Inuyasha, es lo único que tenés? Vamos inútil, peleá en serio.- Y otra vez volvió a dejarlo inmóvil en el suelo. Inuyasha se levantó, ignorando el dolor de su cuerpo. Tenía que llegar hasta ese lugar. Arremetió contra el mayor de los dos, cavó sus garras en sus manos bañándolas de su propia sangre y las movió en el aire, como si estuviera arañándolo, y de sus pequeñas manos, salió un ataque. Una especie de cuchilla rojas fueron directo hacia Sesshomaru. Detrás de este, un nuevo ataque apareció. Esta vez dorado. Ambos impactaron de lleno hacia su adversario quién se mantuvo inmóvil, recibiendo por voluntad propia los ataques. Tal como lo esperaba, no le hicieron nada.

-¡Já! Idiota. ¿Creés que tus ataques pueden hacerme algo?- Una, dos, tres, cuatro… Inuyasha no dejaba de lanzarle ataques a su hermano. Uno tras otro, alternando entre ambos, sin descanso alguno. Y con cada uno, salía un nuevo insulto de parte del receptor. Lo estaba provocando. Pero todavía no era suficiente. Los ataques no lo herían, ni siquiera los sentía. Tenía que provocarlo aún más. ¿Cómo se suponía que iba a conseguir a Tessaiga si su tonto hermano aún no podía siquiera mejorar sus ataques?

En un movimiento casi imperceptible para los ojos de Inuyasha, Sesshomaru entró al círculo de fuego y sacó sin delicadeza a la mujer que se encontraba dentro. Izayoi estaba inconsciente. Tenía todo el cuerpo quemado, la cara negra y su respiración era tan pesada y paulatina que hasta para un demonio era difícil distinguir si estaba viva o muerta.

-¿Es esto lo que querés Inuyasha?- No hubo respuesta. –Respondé. ¿Es a esta patética mujer lo que querés?- Inuyasha volvió a preparar un ataque el cuál fue esquivado fácilmente por Sesshomaru. –Imbécil, si me atacás a mí la estás atacando a ella.- Pero obviamente a Inuyasha eso no le importó.Sólo veía rojo y estaba dispuesto a responder a ese sentimiento de sangre que tanto le estaba gritando en su interior. Sesshomaru tiró a Izayoi al suelo y se adelantó unos pasos hacia adelante, pisándole la mano en el camino. –Vas a tener que vencerme antes.- Dijo de la forma más pedante en que le era posible.

Nuevamente, Sesshomaru volvió a arremeter contra él. Más allá de todo, Inuyasha seguía teniendo ocho años. Era totalmente indefenso ante su contrincante. No importa lo indescifrable que se hayan vuelto sus acciones. Las manitos de Inuyasha sangraban y quemaban. Sus propios ataques lo estaban acabando al no saber controlarlos. Harto de todo esto, cansado de no lograr resultados, Sesshomaru decidió realizar el juicio final: asesinar a Izayoi frente a su hijo. Quizás así Tessaiga iba a llegar más rápido a sus manos. Y si no, ¿qué importaba? Estaría limpiando el honor de su padre. De cualquier forma ganaba.

Levantó su mano, listo para atacar a Izayoi. Inuyasha pudo percibir sus intensiones y salió corriendo hacia ella. Sesshomaru descendió con velocidad sus garras, llenas de veneno, listas para realizar un último ataque. Desde el cielo, algo cayó haciendo que el primogénito de Inu no Taisho diera un salto hacia atrás. Todo pasó tan rápido que es difícil de explicar exactamente qué sucedió hasta que el humo desapareció por completo.

-¿Qué estás haciendo Sesshomaru?- Inquirió una voz temblorosa y de anciano. Ahí, en el medio del campo de batalla, se encontraba un demonio sentado sobre una vaca de tres ojos. Su aspecto era el de un viejo abandonado, con cara de aburrimiento pero ojos bien abiertos. –Estoy seguro que esto no es lo que tu padre querría. La forma de conseguir a Tessaiga no es asesinando a Inuyasha o a su madre.-

-Si no puede defenderse de un simple ataque, mejor que ni intente vivir.- Contestó cruelmente antes de marcharse. Estaba enojado, muy enojado. Idiota Inuyasha que aún no desarrolló sus poderes por completo. Idiota Totosai que no podía ser atacado ya que era el único que conocía los secretos de las espadas. Idiota el mundo por hacerle perder el tiempo de esta manera. Idiota el momento en que padre decidió estar con una mujer, tener un hijo y dejarle la espada que sí servía a él. Idiota Tensseiga que no sirve para nada. Idiota el mundo entero. Pero, por sobre todo, idiota el idiota que iba detrás de él gritándole que no lo dejara solo.

-Debemos hacer algo con urgencia Totosai.- El aludido escuchó la vocecita proviniendo de su hombro derecho. –El amo Inuyasha y la Señora Izayoi requieren atención urgente.- Si Inu no Taisho siguiera vivo y pudiera observar el estado deplorable en el que se encontraban su mujer y su hijo, estarían rodando muchas cabezas.

-Tenemos otro problema Myoga,- dijo Totosai mirando hacia el horizonte. –los humanos de la aldea. Van a llegar en cualquier momento.- Y como si los estuviera llamando, sus desarrollados sentidos les permitieron oír en la distancia el ruido de caballos y gritos. Aún estaban extremadamente lejos de allí pero eventualmente iban a terminar apareciendo.

-Hay que hacer algo con ellos dos.-

-¿Pero qué? No hay ningún demonio que esté dispuesto a ayudar a medio demonios y mucho menos a una humana.- Totosai mantenía su semblante calmo, pero Myoga llegó a un estado hiperactivo donde saltaba entre Izayoi, Inuyasha, Totosai, la vaca de este (tomaba un poco de sangre de ella) y volvía a repetir el proceso mientras maldecía.

-Vámonos Myoga.- Ante la sorpresa de este, respondió. –Tienen más oportunidad de vivir y ser curados por estos humanos que por alguno de los nuestros. Yo hago espadas, no soy curandero.-

-¡No! No podemos dejarlos acá.-

-Vamos a mirarlos desde la lejanía. No podemos quedarnos acá.-

No hubo mucho más que pudo ser dicho. Totosai encerró a Myoga en su puño y su vaca salió volando. Necesitaba hablar con Inuyasha, no tenía intenciones de alejarse. Pero antes, alguien tenía que verlo. En el instante anterior a que tocara el suelo, justo antes de que Sesshomaru atacara a Izayoi, lanzó un rayo hacia Inuayasha, dejándolo completamente inconsciente.

Tanto madre e hijo, eran el único rastro de vida en esa área consumida por el fuego, la batalla y la locura inestable de Inuyasha.