Gente linda, infinitas gracias por los follows, los reviews y las leídas. Me hacen muy feliz. Espero que disfruten este capítulo.
Nota: No tengo idea del nombre del papá de Kagome, estoy 100% segura que en ningún momento se menciona. Por lo que busqué nombres de hombre en japonés y el nombre ganar fue… (silencio para generar suspenso): KIYOSHI. Tampoco absolutamente jamás en ningún momento (hasta donde pueden confirmar mis conocimientos y mi "intensa" búsqueda por Google) se menciona el nombre de la mamá de Kagome. Una vez leí en un fanfic que alguien la llamó Naomi, y por alguna extraña razón mi mente asocia ese nombre con ella. Así que ese va a ser su nombre en este fanfic.
Si alguien sabe la verdad de la milanesa con respecto a los nombres de ambos, la sabiduría será más que apreciada.
Finalmente, gracias por los consejos que me dieron. Voy a tener en todos en cuenta. Quiero ser una gran escritora, y todas sus críticas son bien recibidas y me ayudan a aprender y a mejorar.
La sacerdotisa Natsuki
-¡Señor!- entró gritando un hombre de unos cincuenta años. Tenía la respiración entrecortada, claramente estaba agitado. Apoyó sus manos por encima de sus rodillas, inclinándose un poco hacia adelante, en busca de aire. –Señor,- volvió a repetir esta vez más calmado. –fuimos a la cabaña como nos ordenó.
- ¿Y?- inquirió irritado. Su hija parecía empeorar en vez de mejorar. Su estado de nerviosismo extremo estaba comenzando a reflejarse en los demás, razón por la cual, su esposa decidió, elocuentemente, echarlo del lugar. Ya bastante tenía con la incertidumbre de lo que estaba ocurriendo con su única hija, con las quemaduras en sus manitos, con la fiebre que no dejaba de subir como para encima tener que aguantar a su esposo. La gota que rebalsó el vaso fue el momento en que Kagome empezó a temblar violentamente y a hacer ruidos extraños con su boca. Parecía que se estaba quejando.
El aldeano siguió a su jefe fuera de la cabaña.
-Y… y… ynohabianadieahí.- Contestó rápidamente sin que se le pudiera comprender absolutamente nada. Kiyoshi lo observó. Semblante serio, ceja izquierda más elevada que la derecha. Internamente se preguntaba por qué razón se rodeaba de idiotas. –No había nadie.- Repitió nuevamente más calmado. –Miramos por los alrededores también, pero nada.
Si las miradas pudieran matar, el hombre sabía que en estos instantes él estaría bien enterrado bajo tierra. Su jefe dio un respiro profundo y largo, caminó algunos pasos en dirección opuesta hacia donde estaba mirando, dándole la espalda a su acompañante. Finalmente, con una voz monótona dijo, -Estoy seguro que ese insulto a la vida es el responsable del estado de Kagome. Aunque tengan que movilizar a la aldea entera, quiero que los encuentren. ¿Soy claro?- el otro hombre asintió. –Bien.- Dicho esto, el hombre se fue corriendo sin destino aparente. Tenía que encontrar a Izayoi y a Inuyasha de una forma u otra. La realidad es que le temía Kiyoshi. Una cosa era estar bajo su protección y, otra muy diferente, era quedar en el medio de su enojo.
-¡Mierda! Tengo que encontrarlos.- Persona que veía, persona a la que le preguntaba por el paradero de madre e hijo. Sin darse cuenta, había movilizado a más de la mitad de la aldea a buscarlos.
Mientras, en la cabaña, las mujeres seguían sin saber qué hacer. Alguna en algún momento llegó a proponer la grandiosa idea de que quizás Kagome fue poseída por algún espíritu. Luego de un minuto de silencio y miradas de incertidumbre intentando comprender qué es lo que los oídos de todas las presentes habían escuchado, decidieron darle el mismo destino que a Kiyoshi: salir de la cabaña. Pero para que no sufra la ira de este último, la enviaron a buscar a la sacerdotisa del pueblo. A lo mejor, quizás y solo quizás, Yoko tenía razón. Mejor solucionarlo ahora antes de que pase a mayores.
-¡Sakura!- le gritó Yurika a su subordinada. -¿Ya le bajó la fiebre a Kagome?
-Sí… no… un poco.- Dijo indecisa. No sabía si la sentía más fría por los paños fríos que le estaban aplicando sin cesar o porque verdaderamente estaba bajándole la fiebre. Kagome tenía períodos. Por momentos parecía estar plácidamente dormida para después temblar violentamente. Era un ciclo interminable. Naomi se acercó a su hijo y acostó su cabecita sobre su regazo. –Yurika-san,- comenzó -¿Por qué no se toma unos instantes para pensar qué es lo que puede estar sucediendo con mi hija?- Le ofreció. Si hay algo en lo que se caracterizaba Naomi, era en mantener la compostura inclusive en los momentos más difícil y tensos. Si la encargada de curar a Kagome estaba bloqueada, ¿cómo iba a hacer para que su hija estuviera mejor? El aire dentro de la cabaña parecía haber sido remplazado por uno muchísimo más liviano y fresco. Una vez que tanto Yurika como sus dos aprendices, Sakura y Yuna aceptaron el consejo de Naomi, todo entró en calma. La madre de Kagome empezó a tararearle una canción que usaba cuando ella era aún un bebé, para que pudiera dormir en las noches.
Inclusive afuera Kiyoshi aparentaba haberse calmado. Se sentó sobre los escalones de la cabaña. Estaba intentando por todos los medios seguir la voluntad de su difunto padre. Jamás aceptó la presencia de Inuyasha. Izayoi parecía ser una mujer respetuosa y agradable, el único problema es que decidió mezclarse con los demonios. Y como si eso fuera poco, tuvo un hijo. ¡UN HIJO! ¿A quién se le ocurría? Es verdad que desde que ambos estaban en la aldea, el ataque de monstruos, aunque no había frenado, sí había disminuido. Y él por respeto a su padre debía seguir aceptándolos en la aldea. Por otro lado, también tenía la presión de la mayoría de los aldeanos y de la sacerdotisa. A nadie le interesaba tenerlos presentes en la aldea ni que sean parte su población. –AAAAAAAH, ¿Qué voy a hacer?- Se preguntó a sí mismo mientras se tiraba los pelos de la cabeza con las manos y la escondía entre sus brazos. En el fondo sabía lo que iba a hacer. Estaba preocupado con Kagome, pero definitivamente, esta era la excusa que por tanto tiempo estuvo buscando. Si tenía la más mínima sospecha de que Inuyasha de una forma u otra estuvo involucrado con lo que sea que le haya sucedido a Kagome, esta misma noche dejaban la aldea.
-¡Cuidado!- Gritó Yoko por vez número quince ya. Desde que la enviaron a buscar a la sacerdotisa que no dejaba de chocar contra los aldeanos. A algunos los podía esquivar, a otros les gritaba y los empujaba. Terminó dos veces en el suelo, llevando a la otra persona junto con ella. Se iba corriendo gritando un simple "lo siento" para volver a repetir todo el proceso otra vez. Era agotador. Pero esta era su misión. Tenía que llegar hasta el templo. Estaba odiando internamente a quien quiera que se le haya ocurrido poner el templo en un lugar tan lejano de la aldea. Pero ya estaba cerca. Ya podía oír el ruido de la cascada que era utilizada con el fin de lograr el ritual de purificación, ya comenzaba a observar el cambio en el paisaje. Flechas clavadas en los árboles para mantener el lugar puro y libre de demonios. No tan lejos en el horizonte, el templo hacía acto de presencia tan imponente como siempre. Antes de asistir a los aldeanos en su salud, Yoko creía que estaba preparada para la vida de sacerdotisa. De hecho, estuvo instruyéndose con la sacerdotisa Natsuki. Quizás, por dicha razón también la enviaron a ella hasta este lugar. Definitivamente, era por esto y no por el hecho de que en la cabaña estaba entorpeciéndole el paso a todos.
-Natuski-sama, ¡Natsuki-sama!- Comenzó a gritar. Aunque su destino final era el templo, esta rogando no tener que subir todas esas escaleras y encontrar a la mujer que tanto precisaba antes. Yoko gritó lo más fuerte que sus pulmones le permitieron al tiempo que recorría el área anterior al templo. -¡Natsuki-samaaaaa!- Siguió gritando. De repente se frenó en seco frente a un árbol, poniendo su mano sobre este. Sonrió con nostalgia recordando que ese era el árbol donde tiró sus primeras flechas. Nunca logró hacer que alguna de ellas sirviera para la purificación de demonios. Ni siquiera puedo purificarse a ella misma… La frustraba saber que había fallado. Pero al mismo tiempo le alegraba, ser sacerdotisa era sinónimo de estar confinada por el resto de sus días en este templo. Haciendo trabajos de sacerdotisa. Cuidando del pueblo y de su gente. Pero siendo objetiva, fría, responsable, madura y centrada. Ella podía hacer todas esas cosas. Pero con el tiempo, se dio cuenta que también quería formar una familia. Quería criar a sus hijos de la misma forma que su madre la crió a ella. Por lo que la frustración solo duraba unos segundos.
Volvió a la realidad violentamente y siguió gritando. ¿Dónde podría estar Natuski-sama? –La cascada- se respondió a sí misma en un susurro como si fuese lo más obvio del mundo. Cambió su destino hasta allí sólo para encontrarse con el lugar vacío. Respiró hondo y pesado. Estaba enojada. Muy enojada. Era su única misión y no podía cumplirla. ¿Dónde estaba la mujer? Se supone que tenía que estar acá. Nunca avisó nada de que se retiraba. ¿Por qué no está? ¿Tenía que subir hasta el templo para encontrarse con el mismo panorama vacío? Ella curaba gente, no corría llevando mensajes y buscando personas.
-Uno diría,- oyó una voz –que después de todo este tiempo, ya no pateás el suelo cada vez que algo no te sale. –Luego del exaltamiento inicial, se volteó para buscar la fuente del sonido. Allí, una mujer de unos sesenta años de edad la observaba con mirada seria. A pesar de los años, su buena figura era notable. Pero su mirada era seria y anciana, rodeada por arrugas y cansancio. Su cabello oscuro tenía algunos mechones grises entremezclados, haciendo una clara referencia al paso de los años. Esperó algún tipo de respuesta mientras acomodaba su ropa.
-Nat…Natsuki-sama…
-¿Puedo saber por qué razón estás interrumpiendo mi meditación?- Inquirió ofuscada. Los primeros gritos de Yoko eran suaves y lejanos, pero a medida que se acercaba, estos iban aumentando en volumen y potencia.
-Yo… eh… ¡Sí! Sí, sí. Kagome… Kagome está mal. Kagome la necesita.- Dijo, como si fuera una niña repitiendo lo que le dijeron. Por unos instantes cuestionó su propia inteligencia.
-¿Qué pasó?-
-No sabemos. Está temblando y con fiebre y tiene las menos quemadas, toda sudorosa… Estamos haciendo todo lo posible, pero nada da resultado. Me pidieron que venga a buscarla. Por favor Natsuki-sama, venga con migo.
Una sonrisa triunfal y de orgullo adornó la cara de la aludida. Una mirada de comprensión que Yoko fue incapaz de leer. Se giró para tomar su arco y flechas y con un simple "guiá el camino" comandó el regreso al corazón de la aldea donde la pequeña niña luchaba por su vida.
