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Noche eterna
-¡LOS ENCONTRÉ!- Gritó un hombre a todo pulmón. -¡Acá están!- Volvió a gritar nuevamente. Ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que dio el aviso al resto de sus compañeros. Estaba pronto a amanecer. Era el momento de mayor frío en el día. Aún estaba oscuro por lo que era muy difícil poder saber por dónde iba pisando.
El área del bosque donde se encontraba esperando por sus compañeros parecía aún más tenebrosa que de costumbre. Era de conocimiento público en la aldea de no salir a vagar por la noche al bosque. Mucho menos solo. La visión de los humanos es casi nula en los momentos de oscuridad y ahora el joven hombre lo estaba corroborando.
Ya habían buscado a Inuyasha y a Izayoi por toda la aldea, preguntaron a cada aldeano con el que se cruzaban, a cada mujer, a cada niño. Fueron hasta donde madre e hijo vivían, buscaron en hogares ajenos, por los alrededores de la aldea. Pero no había rastro alguno de ninguno de los dos. La maratón los había agotado tanto física como mentalmente. Sin embargo, tenían decidido no descansar hasta que pudieran presentar a ambos frente a su jefe.
Se juntaron en una ronda por un momento y se pusieron a pensar qué lugares no habían visitado aún. Alguien dibujó sobre la tierra un mapa de la aldea, para tener una guía. Iban tachando las zonas ya investigadas. Eventualmente, el mapa entero estaba tachado. Luego de un momento de silencio donde todos se pusieron a pensar, alguien se aventuró a trazar más líneas por fuera del dibujo principal. Era el bosque que rodeaba a la aldea.
"Es verdad que aún no hemos visitado esa zona" dijo uno. "¡Es una locura!" exclamó otro. Pero luego de una larga discusión, se levantaron decididos a buscar las armas que tenían preparadas en caso de que algún demonio se presentara y partieron a la búsqueda.
Les llevó más tiempo que la búsqueda principal. En estos momentos ninguno era tan valiente ya como para salir corriendo en cualquier dirección, realizar una búsqueda exhaustiva y volver con el grupo. Caminaban juntos, nadie se alejaba mucho. Estaban ansiosos ya que encontrar a Inuyasha significaba que finalmente iba a ser expulsado de la aldea. Lamentaban lo que sea que haya ocurrido con la dulce Kagome, pero entendían que era el precio a pagar para finalmente estar libres de ese error de la naturaleza. También lo lamentaban por Izayoi, de no haber tenido un hijo mitad bestia muchos se hubieran atrevido a pedirle la mano. Claramente nadie lo hizo. Claramente nadie quería ser asociado a los demonios. Eran impuros, ruin, malvados, despiadados, egoístas, asesinaban sin sentido… Eran todo lo que no debían ser. Todas las ideas negativas estaban asociadas a ellos. Estaban agradecidos de la presencia de la sacerdotisa Natsuki al menos. Corría el rumor de que ella controlaba a la sangre demoníaca de Inuyasha para que no despertara.
Siguieron yendo de un lado a otro sin éxito. Se estaban aglomerando todos para discutir un nuevo plan de búsqueda cuando uno de ellos recordó que todavía quedaba algo sin revisar. Por lo que en vez de unirse al resto, valientemente decidió pegar media vuelta. A estas horas su razón ya no funcionaba, él simplemente quería terminar con el tema y volver a su cálido hogar con su esposa e hijo. El cansancio lo impulsó a tener que enfrentarse con una imagen totalmente terrorífica y desgarradora. No necesitaba ni de antorcha ni de los rayos del Sol para comprender la magnitud de lo que sus ojos estaban captando. Le costaba procesar tanta información junta, pero debía hacerlo por su bien y por el de la aldea.
El olor a quemado inundaba sus fosas nasales. Aún quedaban cenizas esparcidas por todos lados las cuales, con cada nueva ráfaga de viento, se movían a un punto nuevo dentro del área. Inclusive llegaron a entrarle varias a los ojos, logrando consecuentemente que se le pongan llorosos y sea aún más difícil ver. Todavía seguía impactado por la imagen que se presentaba ante él. Ni la guerra más horrible de todas dejó algo así. No cabía alguna duda de que él era la única alma con vida. Los troncos de los árboles, sus copas, el piso… todo era negro a causa del fuego. También se podía sentir el calor aún. El pobre hombre siguió caminando observando hacia todos lados a la vez sin saber bien a qué dedicarle su completa atención. Uno, dos, tres pasos. No sabía si estaba dando vueltas en círculos viendo los mismos tres árboles o si estaba dando una gran vuelta por toda el área.
No había palabras que pudieran describir el temor que estaba sintiendo en estos momentos. Era como estar en medio del infierno, con todas las almas errantes que se equivocaron en vida. Era como la entrada de bienvenida, él era simplemente otra alma errante que no merecía lugar en el Cielo. Sentía que estaba siendo juzgado por ser impuro, por todos y cada uno de los pecados que cometió en vida. Se golpeó la mejilla y se murmuró así mismo un "no seas idiota" de forma autoritaria, lo que lo obligó a volver a enfocarse en su objetivo: encontrar a la Señora Izayoi y a su hijo bestia. Volvió a divagar a ciegas ya que la noche parecía no dar tregua. La falta de luz de la Luna, volvió esta noche eterna. A pesar de sus mejores esfuerzos para caminar tranquilo y tratar de distinguir el piso donde iba marcando sus pasos, fue incapaz de esquivar la gran roca que estaba delante de él, haciendo que se torciera el pie para finalmente terminar tirado en el suelo. Con un gran insulto al aire, se tomó el tobillo, en un intento ilógico de aliviar el dolor. Los ojos se le abrieron como platos y mantuvo si mirada fija en un punto. Intentó decir algo pero la garganta se le secó. Movió en vano la boca unas cuantas veces intentando forma alguna palabra. Ahí, frente a él… no fue una roca. Tropezó con el cuerpo de Izayoi. Esta era la imagen más asquerosa que había visto en toda su vida. No estaba seguro de que esa cosa sea Izayoi… era un cuerpo totalmente consumido por las llamas. No obstante, podía observar cómo estaba protegiendo algo. Enrollada sobre algo de una dimensión mucho menor que el de ella, pudo distinguir un par de orejas puntiagudas sobresaliendo entre sus brazos.
-Los… encontré…- dijo con un hilo de voz. Se aclaró la garganta. -¡Los encontré!- Volvió a decir. No era suficiente. – ¡LOS ENCONTRÉ!- Volvió a decir, con voz fuerte y clara. -¡LOS ENCONTRÉ!- Gritó el hombre. -¡Acá están!- Volvió a gritar nuevamente. Se alejó lo más que el dolor del tobillo le permitió y siguió gritando. Rezando que alguno de sus compañeros lo escuche. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero no pensaba dejar de gritar. Necesitaban venir, necesitaba que vean esto. Aparte, necesitaba que alguien lo cargue de vuelta él sólo no se podía ni parar. -¡LOS ENCONTRÉEEEE!- Gritó una última vez, ansioso. Pudo escuchar pasos a lo lejos, gritos de sus compañeros. Sonrió, sólo un poco. Al menos lo había escuchado, al menos no iba a morir en el olvido en esta especie de purgatorio en tierra.
-¿Qué mierda pasó acá?- Oyó que preguntaron varios de sus compañeros. -¿Dónde estás?
-¡Acá! Estoy acá.- Contestó mirando fijamente el cuerpo demacrado de Izayoi. Aún no podía creerlo. Una mujer tan hermosa, que alguna vez perteneció a la realeza… tener un final tan patético y dramático. ¿Quién lo hubiera dicho? La culpa era de la bestia que tenía por hijo. Izayoi rompió su pureza el día que decidió mezclarse con un demonio. Tal vez esto era una especie de purgatorio, para juzgar los pecados de la mujer que intercambió su pureza por la tentación.
-Ei, Roi, ¿estás bien?- Le preguntaron varios de sus compañeros. Dos lo ayudaron a levantarse.
-¡Já! El que no está bien es Kioshi.- Dijo el más joven de ellos con tono pedante mientras señalaba a un pobre hombre vomitando a un costado. – ¡Eh! ¿Por qué me golpeaste?- Preguntó enojado, dándose vuelta. Llevando la mano izquierda a su cabeza, dónde fue golpeado.
-No seas insolente.- Se dignó otro hombre a contestarle.
-Jefe,- llamó Roi al hombre que retó a su compañero. Un par de ojos esmeralda lo miraron con seriedad y cansancio. -¿qué vamos a hacer con ellos? Hay que llevarlos al Señor. ¿Cómo explicamos todo esto? No tengo idea de lo que está sucediendo.- Pero el Jefe tampoco tenía idea de lo que estaba sucediendo.
-Por ahora simplemente salgamos de este lugar tan desagradable.- La voz era ronca y grave. –Vayamos con el Señor, que él decida.- Dicho esto, el grupo de hombres dispuso la marcha de vuelta.
Por otro lado, la antigua aprendiz de Natsuki no dejaba de divagar de todas las cosas que ya habían hecho por Kagome. -¡Estamos desde ayer! ¡Ayer! ¿Sabe lo que es eso? No da tregua, no sabemos qué pasa. Pero usted sí va a saber lo que está sucediendo, ¿no? ¿No? ¿No?- La sacerdotisa sólo caminaba tras de ella sin responder. La cabaña donde se encontraba ya era visible ante sus ojos. Natsuki podía sentir toda la energía que emanaba de ese lugar. Era abrumadora de una forma muy hermosa. Hacía tanto de la última vez que sintió algo similar. Estaba feliz. Obviamente esta no fue la mejor forma, realmente lo lamentaba por Kagome.
Aceleró el paso, sacándole distancia a Yoko. Ignoró completamente los llamados, gritos y órdenes de Kiyoshi y entró sin aviso. La cabaña era una locura. Mujeres corriendo de un lado a otro, diciendo frases incoherentes, discutiendo qué era lo mejor que se podía hacer. Natsuki observó fijamente a Kagome.
-Finalmente.- Dijo orgullosa. Kagome finalmente había despertado sus poderes. Las excusas sin sentido no iban a seguir siendo necesarias para que Naomi y Kiyoshi acepten entregar a su hija al mundo espiritual. Kagome tenía un enorme poder nato y ella se iba a encargar de enseñarle a usarlo. Además, finalmente iba a comprender que su relación con Inuyasha es totalmente inviable. A quién se le ocurriría de todas formas asociarse con un ser tan impuro como él. Yoko estaba frenada detrás de ella, respirando agitada. Nunca había corrido tanto en su vida.
-Em… Natuski-sama, no quiero sonar irrespetuosa pero… ¿no debería hacer algo?
-Tch.
-¡Natsuki! Finalmente llegaste, -gritó aliviada Naomi. –Por favor, por favor, por favor. No sé que le sucede a mi hija. Por favor…- Le imploró tomándola de la ropa, moviéndola bruscamente de adelante hacia atrás.
-Déjenme sola con Kagome.- Dijo con su tono serio y monótona, como ya era costumbre. Nadie se movió. Llevó su mirada de un lado a otro y volvió a hablar. –Salgan todos, ahora.- Remarcó la última frase. Naomi se negaba a dejar sola a su hija. ¿Qué le aseguraba que la próxima vez que la viera su pequeño corazoncito seguía latiendo? Pero una mirada asesina por parte de la sacerdotisa fue suficiente para expulsarla del lugar.
Fue imperceptible el instante que pasó antes de que Kiyoshi comenzara a golpear la cabaña desde afuera. Obligándola a dejarlo entrar y que le entregue a su hija. Intentó romper la madera más de una vez, pero fue en vano. Natsuki se le había adelantado y selló por dentro todas las paredes. Era imposible entrar o salir sin que ella lo permitiera.
Se acercó a Kagome. Las quemaduras en sus manos eran peor de lo que esperaba. Tanto sudor sobre ella era desagradable. Estaba pegajosa, olía y su cuerpo estaba congelado. Su pecho subía y bajaba violentamente, acompañado por los latidos apresurados. Esto era realmente increíble. Kagome era dueña de un poder aún mayor.
Natsuki escribió dos símbolos distintos en las palmas de Kagome y luego las juntó sobre su pecho. Se tomó su tiempo para realizar todo el ritual. Normalmente su trabajo era la de sellar espíritus malignos y demonios. No obstante, ahora iba a tener el privilegio de despertar completamente el poder de la persona que estaba frente a ella.
-Vamos Kagome, necesito que cooperes.- Susurró cuánto sus manos se desacomodaron. Encendió cuatro velas, ubicándolas a los costados de Kagome, otra por encima de su coronilla y otra debajo de sus pies. Tomó las piedras cargadas de energía y las ubicó entre las velas, formando un círculo. Estuvo toda su vida preparándose para esto. Sólo esperaba que el diminuto cuerpo sea capaz de aceptar tanto poder de un momento a otro. Era un riesgo que estaba dispuesta a correr. Kagome iba a ser el fin a todos los demonios del mundo. Todo lo impuro y malvado iba a ser purificado por la luz de Kagome y ella… Ella iba a ser quién entrenó a tan poderosa sacerdotisa. Esto es lo que estuvo esperando desde el momento en que sintió la presencia de Kagome en la aldea. Estaba tan sumida en sus pensamientos que ya ni siquiera era capaz de oír los gritos y golpeteos provenientes del exterior. Ahora eran sólo ella, Kagome y sus poderes.
Se posicionó en uno de los extremos del círculo, dónde apuntaban los pies de Kagome. La mirada de Natsuki era sombría. Comenzó a formar unos sellos con las manos. Todo iba perfecto. Finalmente Kagome iba a ser su aprendiz.
-¿Por qué tengo que cargarlo yo?
-Porque nosotros ya estamos haciendo otras cosas. Roi por allá,- señaló – no puede caminar. El jefe lidera el camino. Nosotros dos – se apuntó a sí mismo y a su compañero – estamos encargándonos de la Señora Izayoi y ellos, -indicó finalmente al grupo restante – están llevando las armas.
-Pero por qué tengo que llevar yo a la bestia. ¡Dame las armas!
-Sacaste la rama más corta.- Respondió condescendientemente.
-No es justo.- Se quejó cual niño.
-La vida no es justa.
Energía expresada en la forma de luz rosada silenció su discusión. Algunos cerraron sus ojos, otros los cubrieron con las manos. Quedaron estáticos por un momento hasta que Roi dijo lo que nadie se animaba a preguntar, -¿Eso no proviene del lugar donde se encuentra el Señor?
Los ojos del Jefe se abrieron con entendimiento y ordenó, -Muévanse. Ahora.
Atrás quedó la discusión sobre las tareas de cada uno. El Sol ya estaba presente sobre el cielo, pero la noche eterna seguía. El tiempo pasaba, pero todo este frenesí era inacabable.
