II

UNA MIRADA

Respondiendo a una petición de Fiera: un encuentro entre Kata y Carlos…

Vera de Bidasoa, Navarra, noviembre de 1944…

- ¡Qué barbaridad! – Graciana, la bruja herbolera, acababa de entrar en el caserío y se estaba sacudiendo copitos de nieve de las gruesas botas. - ¡Hace un frío tremendo! ¡Y una ventolera huracanada que vamos! ¡Compadezco al brujo o bruja que tenga que volar con su escoba por estos pagos!

- Pero tú te has Desaparecido.- Comentó Kata mientras la ayudaba con el abrigo y el gran bolsón donde solía llevar sus útiles de partera.

-¡Pues claro! ¡No iba a subir andando desde el pueblo bajo la ventisca!

- Bueno, bueno.- Aisone, la abuela de Kata y buena amiga de Graciana, apareció por un pasillo que conducía directo a la cocina dispuesta a cortar el debate meteorológico, entre otras cosas porque cuanto mas tardara Graciana en librarse de los dichosos copitos de nieve, mas probabilidades tendría su recibidor de mojarse.- Supongo que todo ha ido bien.

-¡Oh, si! La panadera ha tenido un hermoso varón.- Exclamó alegre Graciana.- Con mucho pelo castaño oscuro, y bastante cara de niño.

- Vamos, que no tiene aspecto de dulce bebé.- Intervino Kata con una risita. – La madre era primeriza ¿Todo le ha ido bien?

- La madre se ha portado como una jabata.- Aclaró Graciana mientras colgaba el abrigo en el perchero.- Y en cuanto al bebé, es un chicarrón.

- Un chicarrón del norte, ya…

- Kata… a su madre le parece el niño mas bonito del planeta.

- No lo dudo, es solo que, tu lo sabes bien, hay bebés con cara de brutotes, o de vejetes y…

- ¡Vaya! ¡Buenos días! – Graciana cortó la nueva perorata de Kata sobre bebés bonitos y bebés feúchos. Había alzado la cabeza al escuchar el crujir de los peldaños. Por la escalera, a buen paso, descendía Sara. Todavía lucía ojeras y seguía estando bastante delgada y un tanto pálida, pero era evidente que, una vez segura de que Santi se recuperaría, su expresión y su forma de desenvolverse eran muy distintas.

- Me han echado del baño.- Comentó la joven con cierto tono irónico en cuanto alcanzó el piso inferior.- Me he ofrecido amable y solícitamente a afeitarle y me ha dicho que prefería apañárselas solo. ¿Os parece normal, cuando no llevamos ni un mes casados?

- Ni tres semanas, tampoco.- Intervino Aisone mirando fijamente a su nieta menor, que obviamente estaba haciendo uso de la ironía.- En mi opinión, mucho ha durado dejándose.

-¡Abuela! ¿Cómo puedes decir eso? – Preguntó Sara cruzándose de brazos.

- Por experiencia. Si tienen que lucir cortes en la cara, prefieren hacérselos ellos.

-¡Pero yo le he estado afeitando todo el tiempo que permaneció sin sentido!

- Por eso se dejó. Porque estaba completamente indefenso.

- E incapaz de protestar.- Terció Graciana.

-¡Oh! ¿Por qué os ponéis de su parte? – Protestó Sara con los brazos en jarras.

-Sara…- Aisone tomo del codo a su nieta y la miró fijamente a los ojos.- Deja que vaya probándose. Si en el fondo lo que quiere es volver a ser el de siempre cuanto antes.

-Ya… pues yo me siento un tantico rechazada. ¡Hala! Me voy a la cocina, al menos no me ha puesto pegas a que le prepare un buen desayuno. – Sara ya había recorrido medio pasillo cuando se detuvo y, a voz en grito, se dirigió a Graciana.- ¿Todo bien, Graciana? ¿Tenemos un nuevo vecino en Vera?

- Un chavalote muy hermoso, si.

- ¡Y feúcho, según dice! – Añadió Kata con una risotada.

- Ya se mejorará, supongo.- Respondió Sara con otra risa.- Cuando baje a la panadería por madalenas ya les felicitaré. No tenían nietos ¿No?

- No. El primero de la señora Lucía.- Aclaró Graciana, que a toda mujer la trataba con mucha deferencia, por humilde que fuera.- Lo van a llamar Pernando, como el abuelo.

- El tío Pernando.- Aclaró Kata, completando así el tratamiento que Graciana dispensaba a los varones del pueblo, salvo el cura, el boticario y, en algunas ocasiones, el alcalde, según se portara de forma razonable o se encabezonara, que el buen señor era capaz tanto de lo uno como de lo otro. El médico en cambio no gozaba de sus deferencias porque había acabado la carrera aprisa y corriendo tras la guerra civil, y Graciana no había estado conforme con algunos de sus diagnósticos. Sobre todo en materia de mujeres encintas.

- El tío Pernando. – Recordó Graciana.- ¡Qué fuerza tenía, el hombre! ¡Hay que ver cómo trabajaba! Y qué bien se conocía todas las setas de la región. Y Graciana se perdió en evocaciones de tiempos pasados, bajo las atentas orejas de Kata, que disfrutaba escuchando viejas historias del pueblo y de sus gentes y la mirada inescrutable de Aisone, que casi nunca revelaba lo que estaba pensando, mientras que Sara, realmente muy contenta de la marcha de los aconteceres domésticos y de la estupenda recuperación de su marido tras sufrir en sus carnes una terrible maldición, se encaminaba a buen paso hacia la cocina, donde a buen seguro habría madalenas de aquella panadería, que olían a vainilla y que, a buen seguro también, encantarían a Santiago. Aunque no estuvieran hechizadas.

No habría transcurrido ni media hora y cada mujer del baserri, porque en esos momentos en el caserío solo estaban brujas aparte de Santiago, andaba a sus cosas. Graciana y Aisone estaban enfrascadas en la preparación de algunas pociones curativas para los males del invierno en la enorme sala preparada al efecto en la planta baja, donde las distintas hierbas colgaban del techo en racimos o estaban cuidadosamente guardadas en un amplio botamen. Las dos trabajaban sobre una enorme mesa de roble con una balanza pequeña de cobre, una caja de pesillas y numerosas redomas. Sara y Santiago habían subido al piso superior, donde ahora estaba la habitación que compartían, ella armada de varita y dispuesta a adecentarlo todo. Y Kata, por su parte, se había aposentado en una salita pequeña cerca de la puerta de entrada para estudiar un pequeño tratado de Espagyria que pertenecía a su madre. Estaba girando una página para contemplar desde otro ángulo una curiosa lámina que representaba las fases de la alquimia cuando percibió un suave roce. Levantó la vista y observó cómo las flores secas de un cestillo habían cambiado de posición. Aquello era un aviso. Se acercaba alguien mágico al caserío.

La chica se levantó del sillón y se palpó el bolsillo oculto de su falda para cerciorarse de que tenía encima su varita. Después de lo acontecido unas semanas atrás, cuando un escuadrón de magos de Grindelwald penetró en la península ibérica, nadie en el mundo mágico hispano que tuviera dos dedos de frente se movía sin ciertas precauciones.

Aferrando el mango con la mano se acercó hasta la puerta del caserío justamente en el momento en que alguien, desde fuera, la aporreaba.

- ¡Ah de la casa! – Se oyó una voz masculina desde el otro lado, hablando en potente castellano.- ¡Soy mago y vengo a ver a la señorita Amatriaín!

Kata entornó los ojos al oír aquello. ¿A quién se podía referir? Hasta hace nada vivían en el caserío dos personas que podrían responder a ese título y denominación. Pero ¿cuánta gente sabía del matrimonio de Sara in articulo mortis?

-¿Quién es? – Replicó desde el otro lado de la puerta pegando la oreja para no perder ripio ni de la respiración del desconocido.

- Me llamo Carloh Pizarro. Soy compañero de la señorita Amatriaín, en el Magisterium de Salamanca…

Kata frunció las cejas. Había oído hablar de sobra del mago extremeño que, de alguna forma, competía con Sara por ser el mejor discípulo del profesor de Antropología Mágica que dirigía a ambos sus respectivas Disertatios. Se tomó un instante para sopesar qué contestar, pero el mago no le dio tregua.

-¡Oiga! ¿No podría abrirme? ¡Ehtá nevando!

Kata negó con la cabeza mientras abría la puerta. ¿Dónde estaba su cortesía y buenos modales? Vale que, de entrada, estaba predispuesta a que aquel sujeto le cayera mal. Pero de ahí a dejarlo pillar una pulmonía iba un buen trecho.

-Muchah graciah. ¿Puedo pasar?

Kata observó al tal Pizarro. No era alto, aunque tampoco bajo. Tenía unos hombros anchos e iba embutido en un abrigo camel con las solapas subidas, una bufanda de lana en tonos tostados enroscada al cuello, sombrero de fieltro también tostado y guantes negros. ¡Y además portaba una escoba!

- ¡Pero…! – Exclamó Kata asombrada.- ¿Ha venido volando?

El mago, que ya se había colado dentro de la casa y, ahora lo percibía Kata, estaba temblando, se encogió de hombros.

- No sabía bien dónde ehtaba la casa, así que no podía permitirme el lujo de Aparecerme. Lo que no me ehperaba era ehta ventihca. En mi tierra hace frío, pero no nieva nunca.

No, no debía nevar nunca en ese remoto lugar que era Extremadura. O al menos, eso le parecía a aquella bruja navarra.

Carlos Pizarro se desembarazó de toda la ropa que llevaba encima, que era mucha y, Kata se fijó, de muy buena calidad. El brujo extremeño debía ser pudiente, mas si cabe porque con la postguerra muggle, encontrar abrigos de esa categoría no era tan fácil como antes.

- ¿Todo el invierno eh así? Quiero decir, con ventihca y esoh nubarroneh.

- Mas o menos.- Balbuceó Kata mientras le hacía signos para que lo acompañara al salón. Carlos Pizarro, se fijó sin pretenderlo, tenía el pelo negro negrísimo, rizado y muy corto, y unos ojos grandes de un marrón muy oscuro enmarcados en largas pestañas muy negras y muy tiesas. Tenía la frente ancha y recta, y la naríz ligeramente aguileña, y por un momento a Kata se le vino a la mente la imagen de algún senador romano. - ¿Quiere tomar algo? – Añadió por pura cortesía.

-Algo caliente, sí, lo agradecería mucho.- El mago terminó la frase mirándola fijamente y sonriendo.

-¿Café?

- Perfecto.

- Voy entonces.- Kata se levantó e hizo el amago de marchar a la cocina, pero la voz del mago la detuvo. Tenía una voz profunda que volvió a evocarle la imagen mental de un romano.

- Graciah, señorita…

- Katalin.- Replicó la chica girando la cabeza y mirándolo con curiosidad. El sonrió y alzó las cejas antes de repetir su nombre.

- Katalin… ¿En cahstellano eh…?

- ¿Cómo dice?

- ¿Qué a qué nombre correhponde en cahtellano?

- Catalina.- Dijo Kata mirándolo extrañada. – Es Catalina, por Santa Catalina de Siena.

- Cata.- El mago sonrió.- Puedeh llamarme Carloh.

Kata marchó por el café absolutamente asombrada del descaro de aquel individuo. Sara se había quedado corta, muy corta, al comentar lo caradura que era aquel sujeto. Tan enfrascada andaba pensando en aquello que no se dio cuenta de que la aludida estaba en la cocina.

- Me ha parecido oir la puerta.- Comentó Sara mientras depositaba en el fregadero el contenido de una bandeja, obviamente el desayuno de su marido. Kata frunció los labios un instante antes de darle la noticia.

- Sara… En el salón tienes esperándote nada mas y nada menos que a Carlos Pizarro.

-¡Carlos Pizarro! – Exclamó Sara abriendo unos ojos como platos.- ¿Y qué hace aquí?

- No tengo ni idea.

- Voy a hablar con él.

Kata la siguió un tanto desconcertada. Sara se había pasado meses despotricando de aquel compañero de estudios y ahora marchaba rauda a hablar con él de a saber qué cosas. Ciertamente, los acontecimientos debían haberla cambiado.

- ¡Carlos! – Exclamó Sara al llegar a la puerta del salón.- No me habría imaginado que vinieras por aquí.

Carlos Pizarro se había levantado cuando ellas retornaron a la habitación. Sonreía con los labios, pero sus ojos decían otra cosa. Kata se sintió intrigada.

- Quería hablar contigo…- Dijo el joven mago. – He oído que ya no sigues con tu Disertatio…

En otra época de su vida nada remota Sara le habría soltado alguna contestación cortante del tipo "no es asunto tuyo". En su lugar se sentó en un sillón y le hizo un gesto para que él también se sentara.

- Mi vida ha cambiado radicalmente, Carlos…- E hizo un gesto con las manos que aprovechó un aislado rayo de sol que se colaba por la ventana para sacar un destello pequeño de su alianza. Carlos posó los ojos en la mano de Sara y a continuación la miró a la cara.

- El ataque… ¿Erah tu?

Sara asintió con la cabeza, con mucho temple.

- Había oído rumoreh… aunque no terminaba de creerloh. Ahora veo que eh verdad. ¿Cómo ehtá?

- Recuperándose, gracias al Creador.

-Supongo que tuh planeh han cambiado radicalmente.

- Ahora mismo, no tengo planes que no sean a corto plazo.

- Lo entiendo. No obstante… piénsatelo. Sería… una pérdida para el Magisterium.

Kata abrió unos ojos como platos al escuchar al rival académico decir aquello. Sara, sin embargo, sonrió condescendiente.

- Ya me pasaré por allí un día de éstos… Oh, pero si se nos va a enfriar el café. ¿Puedes ocuparte,Kata? Tengo que subir a ver cómo está Santiago. Me disculpas ¿Verdad, Carlos?

- Por supuesto.- Carlos se levantó y la miró marchar con un algo indescriptible en los ojos. Kata no estaba muy contenta de tener que hacer de anfitriona con él, pero hizo de tripas corazón.

- ¿Sabeh, Catalina? – Dijo de pronto, una vez estuvieron solos.- Deberíah hacer lo necesario para convencerla. Seguro que, cuando pase todo éhto, encuentra tiempo. Nuehtro tutor quería que se dedicara mah a ello, y por eso me hizo chincharla. Pero ahora, ahora lah circunstanciah son otrah.

Kata continuó con los ojos como platos. ¡Habríase visto antes semejante desfachatez entre los muros de Amatriaín Etxe! No sólo la llamaba por su nombre en versión castellana, es que además reconocía que había estado fastidiando a Sara voluntariamente. ¡Menudo caradura!

En ese momento Kata experimentó unas ganas tremendas de echarlo a la tormenta de nieve. ¡Menudo elemento! Le hubiera hechizado las orejas ipso facto. Kata pensó que era el brujo mas odioso del planeta. Y aquellos ojos casi negros no podían estar destilando tanta profundidad del alma.