CAPÍTULO III

DE BAJA (I)


Hospital mágico de San Mateo. Madrid. Febrero de 2000…

-¡Pero doña Pilar! – Exclamo Goyo.- ¿Seguro que no tiene encima su varita?

-¡No tengo ninguna perrita! – Replicó la señora.- No me gustan los animales.

-¡Varita, señora! ¡He dicho VA-RI-TA!

- ¿Rarita?

Goyo puso los ojos en blanco, tomó un papel y escribió a toda velocidad. A continuación colocó la nota delante las narices de la señora.

-¡Ah! ¡Varita! No hijo, claro que no. La dejé ahí, con el bolso.- Doña Pilar señaló el cuartito anexo a la sala de diagnósticos mágicos donde había sustituido sus ropas por una sencilla túnica apta para las pruebas mágicas del hospital.

- Pues no sé qué pasa, pero aquí salen unas interferencias que...

-¿Circunferencias?

Goyo negó con la cabeza a la vez que desistía de aclarar nada a aquella señora tan sorda. Doña Pilar había acudido al hospital mágico quejándose de un persistente dolor de cadera, cosa por otra parte nada de extrañar teniendo en cuenta que la buena señora era más que centenaria. Precisamente por esa razón la supervisora de Goyo le había dicho que le revisara el esqueleto, por si detectaba alguna osteoporosis o semejante. Y el joven sanador, que llevaba poco en el trabajo pero era muy voluntarioso, había procedido con infinita paciencia. Porque la señora, aunque tenía buena voluntad, era sorda cual tapia reforzada. En principio Goyo pensó que el trabajo sería sencillo, pero ya iban tres veces que invocaba los pertinentes hechizos, cada vez con mas intensidad, y los resultados eran rarísimos. Tanto que el pobre ya no sabía qué hacer. Y su supervisora lo había dejado al mando. Medio desesperado, decidió acudir en busca de ayuda.

- Voy a buscar a algún colega… Espérese un momentito.

-¿Qué te vas a tomar un cafetito?

-¡QUE ME ESPERE UN MO-MEN-TI-TO!

Goyo decidió no dar mas oportunidades a aquella paciente tan vetusta para dar pie a equívocos y salió por piernas dejándola ahí, en la camilla especial para hechizos de diagnóstico, un catre estrecho hecho de madera, porque la madera absorbe mejor la magia que el metal, que a menudo la transmite a otro lugar o directamente la refleja . Doña Pilar le vio cerrar la puerta tras de sí, aguardó un minuto o dos y, en vista de que no regresaba, se incorporó y se metió el dedo en la oreja. Tras un par de vueltecillas extrajo un minúsculo objeto que depositó sobre la palma de su mano. Lo miró con atención, frunció el ceño, pausadamente descolgó los pies y, de ahí, pasó a posarse en el suelo. Con infinito cuidado, porque la cadera le dolía, se encaminó hacia la habitacioncita que hacía de vestidor.


- ¿Dónde está Elisa? – Preguntó Amaia a un azorado Goyo. Ambos caminaban a buen paso por un pasillo, él un poquito por detrás de ella, en dirección a la salita donde esperaba doña Pilar.

- Tenía otro caso que atender.- Replicó el chico.

- Muy urgente sería para dejarte solo.- Observó Amaia con cierta acidez. Elisa era la otra subdirectora de Diagnosis Mágica, una chica jovencita y menuda, de pelo muy negro, siempre corto, dientes descolocados y aspecto desarreglado. Elisa había ascendido fulgurantemente. Y aunque Amaia no diría que era mala sanadora, sí que le veía un aire trepa y cierta bisoñez. Sin lugar a dudas se había metido en el bolsillo a base de peloteo al Director, y Amaia se temía que, cuando el jefe de ambas se jubilara o pasara a otro puesto, la chica tendría un montón de papeletas para ser su sucesora. Ella no era envidiosa, ni tampoco es que pecara de exceso de ambición, pero llevaba muchos años, era muy buena en lo suyo y sabía, a ciencia cierta, que los argumentos que a veces se esgrimían para dejarla a un lado en materia de ascensos no estaban para nada justificados. Méritos tenía de sobra, mas que aquella chica que se prodigaba en asentir cualquier afirmación del Director, estuviera o no de acuerdo.

- Esto que ves es una perturbación mágica.- Amaia hizo un esfuerzo para dejar a un lado los entresijos de su relación con Elisa y decidió que debía dar una explicación al joven sanador en prácticas.- Esta señora tiene encima algún objeto mágico.

- Solo tiene encima una de las túnicas de diagnosis.- Replicó Goyo con cierta obcecación.- Elisa dice que a veces se producen figuras extrañas en los registros debidas a perturbaciones mágicas ambientales que…

- Las perturbaciones mágicas ambientales no dejan círculos concéntricos, Goyo.- Cortó Amaia. – Hacen figuras al azar. Esta señora tiene algo encima. Y vamos a averiguar qué es. ¡Buenos días!

- ¿Melodías?

Amaia, que había abierto la puerta con decisión y dirigido un saludo animoso a la anciana que, dócil, yacía sobre la camilla, alzó las cejas un poco descolocada por semejante réplica. Goyo se aproximó a su oreja y susurró.

- Es sorda como una tapia.

Amaia no replicó al muchacho. Se limitó a acercarse a buen paso a la camilla, inclinarse hacia la paciente y sonreír con dulzura.

- Soy la sanadora Vilamaior.- Dijo hablando despacio y claro.- Y según tengo entendido usted se llama Pilar. Y le duele la cadera.

La anciana, que se había fijado en el movimiento de los labios, replicó con un tono de voz un poco elevado:

- La cadera, sí. La derecha.

- Bien.- Amaia, sin dejar de mirarla a la cara para que la señora también la mirara y pudiera leer de sus labios, palpó la cadera procurando concentrarse en lo que la magia le decía a través de las manos.

- Creo que tiene un poco de osteoporosis, doña Pilar.

La anciana volvió a asentir con la cabeza mientras Amaia regresaba a la mesa desde la que Goyo había estado conjurando sus hechizos y analizando los registros que de los mismos quedaban en papel encantado.

- Hay un objeto mágico por aquí que perturba el hechizo.

- Ya le he dicho que no, sanadora. La señora no tiene encima su varita. Y mírela. Solo tiene puesta la túnica de diagnóstico. Debajo está en bolas. Sigo creyendo que es una perturbación ambiental, y que lo mejor es llevarla a otra sala de diagnosis que esté pura de magia.

Amaia respiró hondo mientras pensaba. No estaba para nada de acuerdo con la opinión de Goyo, que en realidad era la opinión de Elisa. Pero el chico parecía muy obstinado.

- ¿Le informaste previamente de que debía desprenderse de todo tipo de objetos metálicos y mágicos?

- Que sí, sanadora, que si. Se lo dimos por escrito cuando le entregamos la citación para esta prueba. Y como ya sabe usted, las instrucciones están puestas ahí en el cuartito, en la pared, bien grandes.

- Y se lo explicaste verbalmente, para asegurarte de que lo entendía…

Goyo estuvo a punto de poner los ojos en blanco. Ya lo decía su supervisora: la sanadora Vilamaior podía ser un poquito pesada.

- Se lo expliqué. ¡Poniendo la boca casi dentro de una enorme trompetilla!

"Trompetilla". La palabra caló en las neuronas de Amaia, que entrecerró los ojos y miró de soslayo a la señora. Vestida así, con una simple túnica hospitalaria que servía para poco mas que tapar la desnudez, con el pelo limpio pero de arreglo casero y sin pintar, de entrada no la había reconocido. Pero fijándose bien sí que podía recordar los rasgos de una señora mayor enfundada en un vistoso traje naranja en la boda que se había celebrado el sábado anterior en el restaurante de su marido. Aquella señora había tenido cierta participación en el incidente que mandó a hacer gárgaras la tarta de Fernando. Tal vez el porrazo con un carrito cargado de cristalería le había acelerado la dolencia, aunque en su opinión, el sustrato ya estaba ahí. Iba a decir algo, pero la puerta se abrió y Elisa entró como un huracán.

- ¡Amaia! ¡Qué amable de atender a Goyo, pero ya he llegado yo!

- ¿Alguna urgencia, Elisa? – Preguntó Amaia dedicando una sonrisa fría a su colega.

- Tu ya sabes, en este hospital es un no parar.- Replicó la otra con la misma frialdad sonriente.- A ver, Goyo ¿Qué tenemos aquí?

El joven sanador, aliviado de volver a contar con su supervisora, le tendió presto la carpeta con los resultados.

- El ambiente está mágicamente contaminado.- Concluyó Elisa tras echar un vistazo a los papeles. – Deberíamos llevarla a otra sala.

- Es lo que había dicho yo.- Añadió Goyo. Llamaré a un celador para que traiga una silla de ruedas…

- Ya… ya me levanto sola.- Doña Pilar, que en esta ocasión debía haberse enterado bien de lo que se cocía, expuso su voluntad. Y dicho y hecho procedió de la misma manera que un rato antes, cuando la habían dejado allí, ante la mirada estupefacta y atónica del personal. Pero al poner los pies en el suelo se empezó a tambalear y Amaia no pudo evitar acercarse porque se temía que se fuera al suelo. Doña Pilar de repente le echó una mano que la aferró por un brazo como si fuera un garfio de abordaje del pirata mas temible del Caribe.

- ¡Pero señora...! ¡Auch!

Amaia presintió la magia un instante antes de que todos escucharan una especie de plash, semejante a cuando se casca un huevo. Fue justo un instante después cuando sintió que no se sostenía y empezó a caer con tan mala fortuna que colisionó con el pico de la camilla que se le clavó en el hombro a la vez que doña Pilar tiraba de su brazo en sentido contrario. Durante unos dolorosos instantes quedó suspendida gracias a la camilla y a doña Pilar, mientras algo diminuto y brillante caía al suelo. Pero la señora no tenía mas fuerza para sujetarla y, sin querer, la soltó. Amaia terminó de caer y lo hizo a plomo sobre un objeto duro como el pedernal. El dolor era tan intenso que por un momento creyó que se iba a desmayar.

- ¡Amaia! – Ulloa, que pasaba por el pasillo acompañado de otro sanador en prácticas, había percibido el estallido de magia y sin pensárselo dos veces hizo entrada en la sala seguido de su alumno.

- ¡No se por qué estaba ahí! – Soltó Elisa con un deje medio histérico mientras Goyo, pálido, contemplaba a la otra sanadora tirada en el suelo, con los ojos entrecerrados del dolor y los brazos caídos.

-¿Qué ha pasado aquí? - Preguntó Ulloa con voz firme.- ¡Amaia! ¿Te encuentras bien?

Por toda respuesta, la sanadora negó con la cabeza mientras contenía a duras penas las lágrimas de dolor.

-¡Andoni! ¡Corre! Trae un par de celadores. Hay que ponerla en la camilla.

Doña Pilar, hasta el momento en un segundo plano, se acercó trompetilla en ristre y le dio un golpecito en el hombro. Ulloa se giró sorprendido.

- ¡Me estaban mirando la cadera!

- Ahora nos ocupamos…


Amaia se había recuperado lo bastante como para echar a Elisa de la sala de diagnosis que ahora ella misma ocupaba. La otra sanadora se había ofrecido para conjurar los pertinentes hechizos, pero la herida no estaba de humor para consentirlo. Prefería mil veces que lo hiciera Ulloa, aunque no estuviera tan especializado en los mismos y tuviera que verla así, prácticamente en bragas y maltapada por una sábana. Porque era absolutamente incapaz de mover el brazo derecho, y el izquierdo solo a duras penas.

Ulloa conjuró el hechizo sin que le temblara la varita, y poco después el bolígrafo encantado empezó a trazar signos en un dibujo de un humano sin piel, todo músculos al aire, y a escribir con profusión en los márgenes. Cuando terminó, Goyo, que Amaia no sabía cómo ni cuando se había colado allí, lo tomó de la mesa para llevarlo a Ulloa. Ese comportamiento la enervó.

- ¡A ver! – Exclamó Amaia en un tono que no admitía réplica y que a todos sorprendió porque no era el habitual en ella. Goyo dudó un segundo y Ulloa, para salvar su indecisión, le propinó un empujoncito por la espalda. El jovencísimo sanador no tuvo mas remedio que mostrar a su supervisora el papel con los resultados del hechizo. Amaia lo miró muy seria y de repente, para asombro total de todos, exclamó:

-¡Joder!

Goyo tragó saliva con trabajo, Ulloa alzó las cejas y Aguirre, por lo bajini, dejó escapar otro taco. Amaia Vilamaior era la dulzura personificada envuelta en una exquisita educación. Una persona que jamás había pronunciado en público una palabra mal sonante. Ulloa se acercó con suavidad y tomó el papel de manos de Goyo. Tanto él como Aguirre se limitaron a intercambiar una mirada que lo decía todo.

Continuará...