CAPÍTULO IV
DE BAJA (II)
Madrid, Hospital mágico de San Mateo...
- ¿Tienes chimenea en casa? Porque la Desaparción te haría ver las estrellas, y no estás tampoco para escobas, ni para la Glu... – Decía el Director del Departamento. Había acudido en cuanto le llegaron las noticias y contemplaba un tanto patidifuso a su mejor sanadora, con ambos brazos debidamente inmovilizados por debajo de un jersey que posiblemente quedara dado de sí.
- Tengo chimenea.- Asintió Amaia, todavía de muy mal humor.
- Estupendo. Llamaré al Ministerio para que te la conecten a la Flu y...
- No hace falta.- cortó Amaia.- Tengo mis métodos Tradicionales para entrar por la chimenea de mi casa. Eso sí, tendré que avisar a mi marido.
- Y no estaría de más que a algún otro familiar para que te acompañe. Aún por la chimenea te podrías marear.
Amaia entrecerró los ojos. Su humor descendía enteros por momentos, si es que eso era aún posible.
- Llamaré a mi madre.- La bruja hizo una pausa durante la cual su expresión se tornó aún mas sombría.- Y espero que se aclare por qué la paciente llevaba en la oreja su trompetilla miniaturizada.
- Eso por descontado. Pero ahora lo importante es que descanses y te recuperes. Te marcaré el número de tus padres…
Sara abrió la boca sorprendida cuando la vio de tal guisa. Su hija le había explicado al detalle lo que había ocurrido, cómo se encontraba y la magia que necesitaba que le ayudara a invocar. Pero aún así, una cosa era que a una se lo contaran y otra verlo en directo. Máxime siendo la propia hija. Sara sintió como si una poderosa mano invisible se le colara en el cuerpo y le estrujara el estómago, y tuvo que esforzarse para que no se le notara demasiado la preocupación.
Cuando Amaia y su madre traspasaron la chimenea del salón, lo primero que vieron fue a Fernando plantado frente al hueco con los brazos cruzados y el gesto serio. Al verla alzó las cejas sorprendido y se apresuró a ponerse a su lado.
- Pero… ¿Qué te ha pasado, exactamente? – Preguntó inseguro mientras Sara abría la boca para decir algo, tal vez que ella había reaccionado exactamente igual, aunque finalmente se contuvo. Como su suegra, Fernando sabía por boca de Amaia que había sufrido un accidente en el hospital y en líneas generales lo que significaba, pero tampoco se esperaba encontrársela en semejante estado lamentable.
-Ya te lo he dicho. Tengo el hombro derecho desgarrado.- Respondió ella con un suspiro. No tenía fuerzas para seguir de mal humor. No con Fernando.
-¿Y el otro brazo? También lo llevas vendado…
-Eso es una contusión que sanará en unos pocos días.- Explicó Sara al ver que su hija cerraba los ojos y apoyaba la cabeza en el hombro de su marido. Ella también estaba afectada pero le tocaba aguantar el tipo. Lo importante era su hija. – Será mejor que la llevemos arriba y que se acomode un rato en la cama…
- ¿Puedes caminar? – Preguntó Fernando titubeante.
- No tengo nada en las piernas.- Replicó ella cerrando los ojos. – Pero no dispongo de mis manos.- Y con un suspiro aún mayor se sinceró.- Ahora, Fernando, me vas a tener que hacer todo. Incluso cuando el brazo izquierdo se me haya curado. No tengo un pelo de zurda.
- Bueno…- Fernando se encogió de hombros y su mente comenzó a procesar a toda prisa, como cuando estaba en su cocina y tenía que dar de comer a mucha gente. Lo mejor era planificar de antemano. Y eso hizo. Con cuidado la condujo a la escalera y subió atento a cada paso de su mujer y a cada peldaño, no fuera a tropezar. Cuando llegaron al descansillo se adelantó a las dos mujeres para abrir la puerta del dormitorio, y una vez allí la condujo hasta un silloncito que tenían junto al ventanal que daba a la terraza. A continuación marchó con decisión al armario, de donde extrajo un pantalón de chándal que Amaia a veces se ponía para dar paseos por el monte que había detrás del caserío y una camisa suya ya un poco gastada, de las que usaba para estar por casa.
- ¿Por qué traes tanta ropa? – Preguntó Amaia.
- Si tengo que ayudarte en todo será mas fácil con ésto que con esos vaqueros.- Explicó él alzando el brazo. Amaia comprendió y se dejó hacer. Fernando no tendría magia pero era buen planificador y tenía excelentes músculos. Al cabo de poco tiempo la ayudó a tenderse sobre la cama, debidamente rodeada de almohadas y de probablemente todos los cojines que tenían en el piso superior.
- ¿Cómoda?
- Bueno… todo lo cómoda que puedo estar. En mi bolso encontrarás unos viales. Tienen etiquetas con el nombre de las pociones y las horas a las que me las tengo que tomar…
- Los pondré sobre tu mesilla. ¿Te traigo también agua?
- Pues si. ¿Qué ha sido de mi madre? La hemos perdido en las escaleras.
Fernando dejó escapar una risita antes de contestar.
- Ha ido al piso de abajo, a ponerse en contacto con tu padre. Creo que se quedó un poco nervioso…
- ¡Pobre!
Fernando se sentó en el borde de la cama y la miró con afecto.
- Estoy pensando que te traeré la tele de los chicos… así te entretienes.
- Pues no se… cómo no cambie los canales apretando el mando con los dedos de los pies…
Fernando rió mientras le hacía una pequeña caricia en la rodilla.
- Puedes intentarlo… ¿Qué es lo que ha pasado exactamente?
- Una imprudencia… o tal vez varias…
- ¿Varias imprudencias?
- Si. Verás. Una imprudencia por parte de una paciente, que se sometió a un hechizo de diagnóstico con una trompetilla miniaturizada mágicamente en la oreja, se supone que para no perder ripio… ¿Por qué te estás riendo?
- No… no me río.- Balbuceó Fernando, que llevaba intentando contener la carcajada desde que su mujer pronunció la palabra "trompetilla".- ¡Oh! ¡No me digas que era…!
- ¡Sí! ¿Sabes de otra bruja que use trompetilla?
- No.. no…- Volvió a balbucear. Y esta vez ya no pudo contenerse y estalló en carcajadas. Amaia frunció el ceño e intentó, infructuosamente, darle una patadita, pero acabó sucumbiendo a lo cómico de la situación, dejando aparte por supuesto lo que había pasado.
- Bueno…- Cuando Fernando consiguió contener un poco las carcajadas, demandó el resto de las explicaciones.- Llevaba la trompetilla miniaturizada…
- … cosa que no le iba a servir de nada, porque precisamente la gracia de esos chismes es que tengan una boquilla grande. Pues resultó que el sanador que le echaba el hechizo estaba en prácticas, y lo habían dejado sin supervisión, y la primera vez le salieron distorsiones y no las supo interpretar, así que repitió el hechizo no una, sino dos veces mas, cada vez mas intenso. Y la trompetilla se cargó de magia. Se ve que la forma también es buena para acapararla y… bueno, cuando estaba yo reconociendo a la señora, la magia salió del receptáculo con un estallido.
- ¡Una trompetilla peligrosa!
- Efectivamente. La señora me agarró por un brazo, me lo retorció, también me impactó el hechizo y el resultado es este desastre derecho.- Amaia se miró el hombro con pesadumbre.- Desgarros en el músculo y daños en tendones. No se puede sanar con pociones ni con hechizos. Solo cabe una rehabilitación mágica muy precisa. Y si eso no sale bien, entonces supondría un quirófano muggle. Y sin garantías.
Fernando frunció el ceño preocupado. Las consecuencias del accidente eran serias.
- Pero no nos preocupemos antes de tiempo. Lola Valdés se va a encargar de la recuperación. Órdenes del director. Algún enchufe tenía que tener, si encima trabajo allí.
- ¿Lola Valdés no es la fisio medi maga esa que parece un tío?
-¡Fernando! ¡Es la mejor!
- Vale. Es la mejor. Pero también es hombruna…
- Pues que sepas que va por el segundo matrimonio… Mira, como yo.
- ¡No compares! Lola Valdés lleva el pelo mas corto que yo, tiene los hombros anchos, carece de caderas y encima viste pantalones siempre. En resumen, hombruna.
Amaia intentó por segunda vez lo de la patadita, y en esta ocasión incluso estuvo algo mas cerca. Pero Fernando le detuvo el pie con suavidad.
- Voy a por el televisor. Aunque antes tendré que buscar dónde ponerlo.
- Igual tendrías que traer la mesita sobre la que está. ¡Y aunque tenga aspecto un poco... es buena, realmente buena!
- Es lo que estaba pensando.
- ¿Que es buena?
- Que tendré que traer la mesita también.
- ¿No prefieres esperar a que vuelva mi madre?
- ¿Magia con un televisor? Mira, me acuerdo de tu hermano intentando sintonizar con magia aquel pequeñito que tenía tu madre… Hubo que tirarlo. Y sí, es buena. Fea pero buena.
-¡Fernando!
Dicho aquello Fernando sonrió, se levantó y fue a una salita en el extremo de la planta que usaban sus hijos como cuarto de estar cuando preferían un poco de espacio respecto de sus padres, que normalmente se instalaban abajo, en el salón. Allí había un televisor no muy grande que el hombre asió abarcándolo con ambos brazos.
Durante lo que restó de mañana y la primera parte de la tarde, a saltos de su trabajo entre los fogones, Fernando se ocupó de alimentarla, llevarla al baño, darle sus pociones y hasta cambiarle el canal. Antes de las cinco Amaia se había dormido. Y entonces regresó Sara.
- ¿Cómo está? – Preguntó la bruja de mas edad a su yerno.
- Magullada y bastante fastidiada.- Replicó Fernando frunciendo los labios.- Ha soltado un par de tacos. Sobre todo cuando he tenido que llevarla al baño. No puede ni bajarse sola… la ropa interior, ya me entiendes.
- Perfectamente.- Sara miró fijamente durante un segundo a su yerno, después alzó las cejas y finalmente concluyó: -¡Pues si que está fastidiada si ha soltado un par de tacos!. Lo mejor será que no pierda tiempo.- Y dicho y hecho, subió las escaleras con presteza.
Encontró a su hija recostada en la cama, rodeada de todos los cojines y almohadas que debía haber por la casa y vestida estrafalariamente, con los brazos por dentro de una enorme camisa de Fernando. Sara se sentó en el borde de la cama y le hizo una caricia en la pierna, como cuando era pequeñita. Amaia abrió los ojos, medio sonrió y los volvió a cerrar. Sara estuvo con ella un cuarto de hora, hasta que Fernando volvió a aparecer en el dormitorio.
- Sara… alguien tiene que ir a recoger a los niños…- Explicó Fernando. Y le explicó que tendría que Aparecerse en Bilbao para recoger a sus nietos mellizos del colegio.
- Ve a las seis, mamá.- Murmuró Amaia, que había vuelto a despertarse.- Si vas a las cinco Lucía intentará embaucarte.
- ¿Embaucarme? ¿Cómo?
- Fer tiene fútbol de cinco a seis. Lucía te pedirá por activa y por pasiva que la Desaparezcas nada mas salir del colegio para no tener que andar esperando a su hermano. Y mamá, antes de que me digas nada, ella tiene baloncesto los lunes y los miércoles y es a su hermano al que le toca esperar. No se pusieron de acuerdo con la actividad deportiva, así que tienen que apechugar y transigir el uno con el otro.
Sara dejó escapar un débil "¡Ahhhh!, como si con ello se explicara todo.
- Bueno, tal vez Lucía se apunte a otros planes.
-¿Otros planes?
- Déjalo de mi cuenta.
Sara se apareció en Bilbao en un parque con árboles tupidos y enseguida se puso en marcha hacia el colegio de los niños. Para cualquiera, andar yendo y viniendo entre Bera y Bilbao era un suplicio, pero claro, ignoraban por completo que para niños como aquellos no suponía mucho problema. Siempre claro está que un adulto mágicamente cualificado se encargara. Sara esperó pacientemente en la portería hasta que Lucía, rodeada de otras niñas, hizo aparición. La niña la detectó inmediatamente y sonrió.
-¡Abuela! ¿Has venido a recogerme?
- A ti y a tu hermano.- Sonrió Sara.- Pero hasta que termine el fútbol, nosotras nos vamos a merendar. ¿Te apetece?
Lucía sonrió encantada y echó a andar a buen paso junto a su abuela. Cuando estuvieron un poco alejadas de la riada de escolares Sara le explicó a la niña por qué estaba allí.
- Tu madre ha tenido un pequeño percance en el hospital y durante una temporada es mejor que no se Aparezca.- Explicó procurando que la niña no percibiera ningún signo de preocupación ni se inquietara.
-¡Un percance! ¿Es algo grave? – Lucía frunció el ceño.
- No. Es aparatoso. Ahora mismo tiene los dos brazos inmovilizados. En un par de días podrá empezar a mover el izquierdo, pero con el derecho igual se está un mes recuperándolo.
-¡Un mes! Pero… ¿Qué le ha pasado? No puede ser un hueso porque no llevan tanto tiempo.
- No, cariño.- Sara le pasó afectuosamente el brazo por el hombro mientras paladeaba interiormente lo acertado de la observación de su nieta. – Han sido los músculos. Los tiene desgarrados. Eso tarda más en soldar.
- Y además…- Lucía reflexionó.- Es el brazo de la varita. ¡Mamá es diestra!
- No te preocupes. Ahora vamos a merendar. Y compraremos una enorme palmera de chocolate para tu hermano…
Sara pasó unos tres cuartos de hora con su nieta, las dos en una cafetería bastante puesta de Bilbao, merendando. Lucía se bebió un enorme batido de fresa y engulló con ganas tres tortitas con nata y sirope de chocolate mientras le contaba a su abuela muchas cosas del colegio, sin pasársele por la cabeza en ningún momento que la Desapareciera. Lucía llevaba mal tener que pasar una hora en la portería de su colegio esperando a su hermano dos días en semana, aunque en el fondo comprendía que su madre no podía estar apareciéndose y desapareciéndose cuatro veces cada tarde. Cuando faltaban diez minutos para la salida de su hermano, emprendieron regreso al centro escolar.
Fer salió del colegio con los pantalones cortos, los calcetines y las botas. En la parte superior, afortunadamente, se había colocado el abrigo encima de la camiseta. Tenía el pelo mojado, la cara colorada y un hambre canina, a juzgar por cómo se le iban los ojos tras la bolsa de la dulcería.
-¿Mañana me llevarás a mí a merendar mientras mi hermana juega al baloncesto? – Preguntó un instante antes de que su abuela lo desapareciera. De la palmera de chocolate, solo quedaban unas pocas migas, a modo de restos.
Sara sonrió, lo atrajo hacia sí y no pudo evitar darle un beso en aquella cabeza sudada. Los niños de su hija mayor no tenían las mismas facilidades que el resto de sus nietas, que contaban con ambos progenitores mágicos. Pero ninguno se había quejado, al menos delante de ella.
- Claro que te llevaré a merendar. Y podrás pedir tortitas, como tu hermana.
-¡Guau! ¿Estaban ricas?
- Muy ricas.- Replicó Lucía.- Pero sinceramente…- Lucía miró a su mellizo muy seria.- Las de papá están mejores.
Sara dejó escapar una carcajada y ahora la abrazó a ella.
- Por supuesto, Lucía. Estas eran buenas, pero las de tu padre son infinitamente mejores. Vámonos a casa. Y tú, Fer, creo que deberías pasar por la ducha antes siquiera de darle un beso a tu madre.
- ¡Pero abuela!
- Fer…
El niño asintió dócil y apretó el paso hacia los árboles. Hacía mucho frío, pero ni él ni su hermana lo notaban. Estaban un poco preocupados por su madre, pero su abuela pensaba tomar las riendas de la parte mágica. Para todo lo demás, ya tenían a su padre.
Continuará…
