CAPÍTULO 5
Especialmente dedicado a Fiera y Cris Snape, como agradecimiento por su regalo de cumple.
Con unos cuantos personajes invitados creación de Fiera. Sin ellos, no hubiera sido posible esta historieta...
GUIZOTXOA
Madrid, Hospital Mágico de San Mateo, marzo de 2010…
Faltaba poco menos de media hora para que terminara el turno de noche cuando se formó cierta algarabía en Urgencias. Aguirre, que estaba descansando en una sala preparada al efecto, extrajo del bolsillo de su bata el Avisador mágico, sorprendido en principio de que no le hubiera convocado, aunque después de verificar que el cacharrito funcionaba correctamente se encogió de hombros y concluyó que sería porque ya habían avisado al personal necesario. Estaba cansado porque, aunque sin grandes complicaciones, el goteo de enfermos durante la noche había sido constante. Salió de la sala y estuvo en un tris de irse directo al vestuario a cambiarse de ropa, pero un algo, ya fuera instinto, ya curiosidad, le llevó a encaminar sus pasos en el sentido contrario.
Avanzaba por el corredor cuando, de repente, dos medimagos le sobrepasaron a la carrera. Se dirigían a una zona muy especial de las Urgencias, la Muy Reservada, dedicada a los casos mas especiales. Los vio alejarse, corriendo al tromporrontrón, antes de escuchar su nombre pronunciado por una voz aguda y con un deje un poco histérico.
-¡Aguirre! ¿Dónde te habías metido? ¡Vamos inmediatamente a Muy Reservada!
Y sin terminar la frase Elisa ya había llegado hasta él, lo había tomado por el codo y lo arrastraba a buen paso. La sanadora estaba seria y un tanto cariacontecida, y Aguirre casi no tuvo tiempo de balbucear.
- No me convocó el Avisador…
-¡Pues yo te convoco! Tenemos un lobisón que no ha completado la T-R.
Aguirre sintió que algo le oprimía el pecho y el corazón aceleraba su latido. Mientras Elisa tiraba de él, razonó que era muy poco probable. Aún así, antes de llegar a la sala en cuestión aún le dio tiempo a rezar para sus adentros un Aita Gure y a pedirle a la Virgen que no se tratara de su sobrino Guillermo.
Cuando lo vio, lo primero que sintió fue alivio porque, como era lo mas probable, se trataba de un hombre mayor. A continuación se le encogieron las entrañas y tuvo que hacer acopio de toda su profesionalidad para mantener el tipo y ocultar el horror. El licántropo conservaba partes lobunas. Tras una primera inspección ocular, Aguirre registró que mantenía la cola, una pierna y media pata delantera, además de mucho pelo en el pecho y la cara a medio transformar.
El hombre respiraba con mucho trabajo, jadeando. Cada vez que subía aquel tórax peludo para hacer acopio de un poco del preciado oxígeno era evidente que otro poco de vida se le escapaba. Aguirre contempló el subeybaja entrecortado y se percató que el cuello del hombre estaba rodeado por una ancha banda de cuero negro: un collar perruno del que pendía una especie de medallón dorado.
- Me… me estoy muriendo…- Para estupor de todos, el licántropo tenía suficientes rasgos humanos como para percatarse perfectamente de su situación y además, podía hablar.- Tengan caridad… este dolor es insoportable… sedación…
El sanador asintió con la cabeza, inconsciente de que lo hacía, y dio un par de pasos hacia la camilla. Elisa, que hasta el momento parecía bloqueada, recuperó un poco el control y lo agarró del brazo a la vez que hablaba.
- Por supuesto. Ahora mismo lo sedamos.- Y diciendo aquello alzó la varita e invocó un hechizo. Todos los presentes creyeron en primera instancia que se trataría de un hechizo calmante (vulgarmente conocido como Aturdidor leve). Por eso se sorprendieron cuando se percataron de que lo único que había hecho era desvanecer el collar. – Y ahora vosotros…- Empezó a dar instrucciones a los dos medimagos. Pero no terminó porque el enfermo entró en una terrible crisis llena de convulsiones que en pocos segundos se convirtieron en un horror.
Porque el licántropo, aún agonizante, empezó a mover brazos y piernas con descontrol y mucha fuerza; a levantar la cabeza con furia y lanzar dentelladas y zarpazos.
Todos los presentes, instintivamente, dieron varios pasos hacia atrás hasta pegarse a la pared. Solamente uno de los medimagos conservó algunos arrestos y reforzó las insonorizaciones mágicas de la sala.
-¡DEVUÉLVAME… EL… COLLAR! – Bramó el hombre-lobo entre espasmos.- TENGA… CARIDAD.
Aguirre giró la cabeza para mirar a Elisa, dispuesto a suplicarle que le hiciera caso, pero Elisa, con los ojos muy abiertos, se desplazaba de lado hacia la puerta. Y ya estaba casi para alcanzar el picaporte si extendía la mano cuando ésta se abrió de golpe y Amaia entró en la sala.
-¡Vaya! ¡La supervisora!¡Ya era hora! – Elisa había recuperado la voz y, en tono mas o menos comedido pero suficiente para que todos la oyeran, soltó el comentario ácido.
- Las siete y media. Falta media hora para mi turno.- Replicó Amaia con un tono sereno e igualmente claro, sin dejar de mirar al licántropo. Este convulsionaba bastante menos, y la miraba fijamente.
-EL… COLLAR… - Insistió el hombre, los ojos amarillos clavados en los dos zafiros que eran los de la sanadora.
- Llevaba al cuello un collar que...- Empezó a explicar Aguirre.
- Elisa. Devuélvele el collar. Ya.- Amaia no le dejó terminar.
-¡Esto es una sala de diagnosis! Interferirá con cualquier hechizo que…- Protestó Elisa.
- O haces que aparezca el collar antes de que cuente tres, o te abro un expediente.
A regañadientes, la otra sanadora alzó la varita y murmuró algo. Un instante después el collar reposaba sobre el pecho del licántropo, que retornó los jadeos desacompasados. Los dos medimagos y Aguirre empezaron a acercarse cuando un gesto del enfermo los dejó clavados en el sitio. Elisa, por su parte, no pudo reprimir un grito. Con reflejos propios de un animal salvaje había alzado la zarpa y enganchado con ella el brazo izquierdo de Amaia. Ella sintió miedo en primera instancia. Una herida de un licántropo a medio transformar era de efectos imprevisibles, pero el hombre no había dejado de mirarla fijamente con sus ojos amarillos, y ella se dio cuenta de que no le haría daño.
- Sedación… por favor…
Amaia asintió y procedió a dar órdenes precisas. Ella misma buscó un trozo de brazo humano donde poder pinchar la aguja. El hombre le dedicó una sonrisa que, a pesar del rostro desfigurado, estaba plena de humanidad, y se fue relajando mientras la morfina invadía su interior.
-Cuando todo acabe… quédate con el collar.- Murmuró ya tranquilo.- Me ha hecho mucho bien… sabrás a quién dárselo… - El licántropo volvió a sonreír y abrió los dedos crispados. Amaia le tomó la mano y la apretó solidaria.
- Gracias, Sara…
Con aquellas dos palabras, el hombre se libró para siempre de su maldición.
Amaia, impactada, no soltó su mano hasta que se percató de que Aguirre estaba a su lado y hurgaba por la nuca del cadáver. En pocos segundos había desabrochado la hebilla y tendía el collar perruno a la sanadora. Amaia murmuró un gracias leve y lo miró.
- Es vascón.- Murmuró Aguirre mientras comenzaba a invocar los hechizos forenses pertinentes, que confirmaron que la vida era inviable. Demasiado había resistido aquel hombre, hasta las ocho y cuarto, hora a la que se certificó la defunción.
- Elisa, encárgate tu. Es hora ya de que Andoni se marche.- Replicó Amaia. El sanador negó con la cabeza e insistió en terminar lo que había comenzado. Amaia asintió y, tras dedicar una mirada llena de compasión al fallecido, se dio media vuelta y abandonó la sala.
Caminaba despacio, sumida en sus pensamientos, alejándose de las Urgencias, sintiendo el palpitar de la magia del medallón en su bolsillo. Cuando llegó a su despacho se sentó tras su escritorio, lo sacó y lo puso sobre la mesa.
En una cara tenía grabada una frase en euskera: "No hagas sufrir mas al lobo. Ya padece lo indecible con su maldición". Cuando le dio la vuelta, la visión del reverso le produjo otra fuerte impresión: tenía un símbolo. Tres hojas de roble unidas por los peciolos y colocadas como los radios equidistantes de un círculo. En el centro, y entre cada dos hojas, una bellota. En total, siete elementos. La Belagile que había conjurado el amuleto era muy, muy poderosa. Amaia dejó escapar un suspiro quedo y las lágrimas afloraron a sus ojos. Entre sus dedos fluía la magia del amuleto, que mas que extinguirse con su portador parecía revivida. Era una magia terriblemente familiar. Amaia cerró los ojos y se dejó llevar a su infancia, cuando era una cría con trenzas. Dejó que la magia la penetrara y se sintió exactamente igual que cuando su madre la abrazaba.
Permaneció así un breve lapso de tiempo, hasta que unos golpecillos suaves se escucharon en su puerta. Tras ellos entró Aguirre, que antes de despedirse hasta el día siguiente quería ponerla en antecedentes del caso, y de todo lo acaecido durante la noche. Amaia hizo el intento de mandarlo a casa inmediatamente, pero el sanador insistió. Y solo el Creador sabía lo que podía haber pasado por dentro de aquel hombre que tenía un sobrino licántropo.
Por la tarde, Amaia metió algo en su bolso, cogió un paraguas, su capa negra, le dio un beso a Fernando y se Desapareció. En Zugarramurdi llovía a cántaros, lo que hacía mas difícil cruzarse con gente. Aún así, Amaia percibió que una señora de mediana edad se sobresaltaba al paso de una sombra. El hechizo Desilusionador nunca funcionaba bien en aquel lugar. Los ingleses habían promovido el ocultamiento de la magia, pero según su experiencia, ésta se empeñaba en darse a conocer a todo el mundo en algunos lugares. Como aquel.
Se llegó hasta las cuevas y, colocando las palmas, abrió la cavidad rocosa reservada a los de su clase. Una vez dentro, se quitó los zapatos y las medias y se dejó embargar por la magia del lugar. Al cabo de un rato alzó la varita con una mano y un trozo de piedra creció desde el suelo convirtiéndose en una mesa pétrea. De su bolso extrajo entonces algo pequeño que colocó en su improvisado atril. Apuntó con la varita y el diminuto objeto se convirtió en un voluminoso Libro de Sombras. El libro de Sombras de su madre.
Amaia respiró hondo el aire mágico de la cueva e inundada por su magia depositó su varita cuidadosamente a la derecha del libro y, como su madre y su bisabuela le habían enseñado, extendió las palmas.
-Guizotxoa.- Pronunció con decisión. El libro resplandeció un instante con una luz dorada, se abrió y las páginas comenzaron a pasar vertiginosamente, hasta detenerse donde correspondía. Amaia tomó su varita, invocó un asiento y se puso a leer.
Allí estaba el dibujo del medallón, por ambas caras, colgando de una fina cadenita. Y las explicaciones. Amaia sonrió al leer los párrafos. Mamá había alternado idiomas porque había alternado magias, y aunque la esencia era un amuleto de Tradición Vascona, donde había mucho de la excéntrica tía Celia, subyacía un poso Cabalístico que residía en los párrafos en valenciano; una invocación clásica en latín y hasta un poco de la magia celta de su padre, en un gallego precario con mas de castellano que de otra cosa.
Regresó a Vera dos horas mas tarde, mucho mas reconfortada. Y desde casa llamó a Gloria.
-¡Ay! – Se lamentó su amiga desde el otro lado de la línea.- Está muy raro. No quiere salir de su habitación. Siempre es duro, pero esta vez… esta vez no se…
-Escucha. Uno de ellos no consiguió volver.
Amaia notó perfectamente cómo Gloria contenía el grito que pugnaba por salir de su pecho.
- ¿Crees que podría ver a Guillermo? – Insisitó Amaia.
- No lo se.- Replicó Gloria al otro lado del hilo.- De verdad que no se qué decirte.
- Entonces no perdemos nada por probar, si te parece bien. Dame una hora ¿Te parece?
Amaia se Apareció en las cercanías de la casa de los Aguirre – Lucena a la hora convenida. Llevaba en el bolso el amuleto y un pequeño paquetito de joyería. Y esperaba, sinceramente, que Guillermo la escuchara.
Gloria golpeó la puerta antes de asomar la cabeza para anunciarle que Amaia ya estaba allí. Aunque Guillermo hizo gala de buenos reflejos levantándose de la cama en cuanto sintió el picaporte girar, su madre también fue muy rápida y llegó a vislumbrar con el rabillo del ojo que el chico hasta el momento había permanecido tumbado sobre el edredón, ella apostaría que encogido, casi en posición fetal.
Amaia sonrió y saludo al chico con afecto. Cuando Gloria cerró la puerta tras de sí la sanadora se acercó a la mesa de estudiar de Guillermo y se sentó.
- Esta mañana lo hemos atendido en el hospital.- Empezó con dulzura, pero directa al grano. No tenía sentido ir con rodeos porque sabía que Guillermo lo había visto.
- Se ha muerto ¿No? – Replicó el chico, en un tono que podría parecer frío y despreocupado. Pero Amaia había criado a un varón adolescente y sabía que obtener una contestación era todo un hito y que de indiferencia, nada de nada.
- Si. Ha fallecido. Era inviable en su estado.
Amaia observó cómo el chico fruncía el ceño un segundo y enseguida torció la cabeza y comenzó a mirar un hilo del edredón, casi compulsivamente.
- Tenía ochenta y cinco años y su estado general era malo. Tenía el colesterol por las nubes, la tensión arterial alta, no se había cuidado…
Aquello debió incidir en algún punto de los pensamientos del chico, porque levantó la cabeza y preguntó.
-¿La forma física influye?
- Si.
- Eso pensaba…
- Igual que comer sano.
- Ya… pero uno casca a los ochenta.
- Mi madre murió con ochenta y tres y no era licántropa. Su hermana con dieciséis. Uno no sabe cuándo va a morirse.
- Pero los licántropos se mueren antes.
- Su esperanza de vida ha subido mucho, gracias a la Matalobos. Escucha, Guillermo, algún día se encontrará el contrahechizo. En tanto deberías sacarle el mayor partido a la vida.
El muchacho frunció el ceño y volvió a mirar hacia abajo. Amaia aprovechó para abrir el bolso y sacar los dos paquetes.
- El licántropo llevaba al cuello esto…
-Parecía una placa de chucho.
- Así que te fijaste. Bien. La placa de chucho es un potente amuleto. Unido a la Matalobos atenúa de forma impresionante los efectos sobre tu mente, si la llevas al cuello entre fases de la luna colgada de una cadena de plata, y no te la quitas durante las transformaciones.
-El la llevaba con un collar de pastor alemán.
- Para evitar perderla si le mordía otro licántropo. Me pidió que me la quedara, antes de morir, con el encargo de encontrar a otra persona adecuada para llevarla. Creo que ese eres tu.
- ¿Por qué yo?
- El talismán está hecho a medida. Tus circunstancias y las suyas son similares. A él también le mordieron en la Rioja y magia vascona le salvó de ser devorado. Y además, el primero que lo tocó tras la muerte de su anterior propietario fue tu tío. Todo te señala, Guillermo.
El chico no dijo nada, así que Amaia decidió seguir hablando.
- Las Tradiciones de la Meseta siempre fueron mas benévolas con los licántropos. Afortunadamente su criterio se impuso. Por eso la esencia del amuleto es magia Vascona. La de tu padre. Pero debajo subyace magia aprendida de otros. Bueno, te dejo, que vas a decir que vaya rollos que suelta esta señora…
Amaia se levantó dejando los dos paquetitos sobre la mesa, y ya iba hacia la puerta cuando el chico la llamó.
-¡Amaia! ¿por qué no llevan todos uno? – Preguntó con cierta ansia no del todo contenida.
-Guillermo… ya te he dicho que está hecho prácticamente a medida. He podido averiguar qué clase de magia contiene, pero realmente no se cómo lo hicieron. Ojalá lo supiera.
Guillermo se quedó callado, con sus pensamientos. No dudó mucho en colgarse la cadena. No creía que los de la Tradición Vascona pudieran ser tan intolerantes con los licántropos ni tan brutos como a veces proclamaban los hermanos de su padre. No era posible si había producido a una bruja como la amiga de su madre. Y eso de que algún día se encontraría el contrahechizo caló por ahí, un agujerillo diminuto, pero hondo.
Al día siguiente, Elisa despotricaba a todo pasto en el despacho del Director:
-¡Me amenazó con abrirme expediente! ¡A mi!
El Director alzó las cejas escéptico, ocasión que Elisa aprovechó para volver a arremeter.
-¡Tengo tres testigos! ¡Tres!
- Mire…le decía un rato después el primer medimago.- Yo estaba cagao. No se qué se dijo o dejó de decir. Solo se que la Sanadora Vilamior estuvo soberbia.
- ¿Hay alguna queja de la familia? – Empezó el segundo.- porque la conducta de la Sanadora fue impecable…
El mas radical fue Aguirre, que lo negó de plano.
- No le amenazó con abrirle expediente…- Claro que el mago tenía los dedos de los pies cruzados. Hizo propósito mental de confesarse con su hermano cuando volviera a España, en vacaciones. Aunque probablemente, para entonces se le habría olvidado.
La siguiente luna llena fue, en principio, tan dolorosa como siempre. Pero al culminar la transformación se sintió distinto. Tal vez mas humano. Y cuando la mujer-loba paseó delante de él, con el rabo alzado y desprendiendo feromonas, Guillermo sintió una punzada entre sus cuartos traseros, pero en esta ocasión no venció el instinto sino su humanidad. Amaia tenía razón: había que aprovechar al máximo lo que tenía. Esquivó a la loba y salió corriendo hacia el bosque, dispuesto a explorarlo. Hacia la media noche aulló a la luna desde lo alto de un risco. Y misteriosamente, no se sintió tan mal.
Al día siguiente durmió hasta mediodía y despertó contento y hambriento. Había tenido un sueño curioso: aullaba en una calle de Madrid a un balcón iluminado. Detrás de una cortina, un rostro afable que no supo recordar lo miraba.
