CAPÍTULO 6

PERLAS DEL ALMA

"El amor es una parte del alma misma, es de su misma naturaleza; como ella, es una chispa divina…"

El joven detenía el lápiz sobre el cuaderno, fruncía las cejas negras, entornaba los ojos grises, se frotaba la barbilla, rasposa por la barba crecida a lo largo del día.

"Es una partícula de fuego que está en nosotros, inmortal e infinita. Se la siente arder en la médula de los huesos, se la ve brillar en el firmamento…"

Se rascaba la cabeza, pasaba páginas del diccionario, releía el texto, se desesperaba, rasgaba la hoja, hacía una bola, la arrojaba a la papelera y, sin levantarse de la silla, apuntaba con la varita y la desvanecía.

"La reducción de un universo a un solo ser, la expansión de un solo ser hasta Dios, eso es el amor…"

Llevaba días con aquello, empleando sus horas libres encerrado en la biblioteca de su padre, con los enormes tomos de los diccionarios de árabe antiguo, traduciendo. Porque no había una sola edición traducida en venta, y las había revisado todas, que resultara a su plena satisfacción. Fallaban en esto o en aquello. Una palabra que no era la mas precisa, la mas justa. Un pequeño matiz que, sin embargo, él consideraba importante.

Aquella noche estaba tan cansado que se le cerraban los párpados y los renglones del cuaderno bailaban delante de sus narices. Cerró un momento los ojos y apoyó la cara en la mesa. Unos segundos de relajación le vendrían bien…

Carlos entró en su biblioteca procurando no hacer ruido. En el centro de la gran mesa de estudio, bajo la lámpara encantada que emitía una suave luz azul verdosa, dormido como un tronco estaba su hijo menor. Ya sospechaba él de qué se trataba antes de llegarse hasta el muchacho y confirmar, con un golpe de vista, lo que ya se venía figurando.

Durante un instante sopesó qué hacer. Finalmente, se dio media vuelta y abandonó su biblioteca. En el pasillo, de camino al salón, se encontró con su mujer.

-¿Has encontrado a José Ignacio? – Preguntó la madre, extrañada por la reiterada ausencia del menor de sus hijos.

- Está en la biblioteca.- Asintió Carlos.- Dormido.

- ¡Dormido! ¿Cómo no lo has despertado y que se vaya a la cama?

- Prefiero dejar que él mismo se despierte.

-¡Pero hombre! ¡Qué ocurrencias tienes! Voy a mandarlo a su habitación.

Carlos se retiró un poco para dejarla pasar, paso firme y cabeza erguida, decidida. Sonrió al verla perderse por la puerta de la biblioteca, y solo entonces, cuando la supo dentro de aquella habitación, se dio media vuelta y caminó tranquilamente hacia el salón, de regreso al butacón en el que, hasta que su mujer le pidió que fuera en busca del benjamín, había estado leyendo un periódico. Catalina a veces necesitaba esos momentos. Y él lo sabía.

Ella, por su parte, frunció los labios al ver al chico así, dormido apoyado en un brazo, rodeado de papelotes y libros, y aceleró el paso dispuesta a sacudirle el hombro y despertarlo. Y ya tenía la mano a medio camino cuando sus ojos se posaron en la lectura.

José Ignacio estaba traduciendo. Traduciendo. Y ella sabía muy bien de qué se trataba. Durante un instante se quedó quieta, pensando. Finalmente, respiró hondo y le sacudió levemente el hombro.

- Cariño… es tardísimo y estás cansado. ¿Por qué no te vas a dormir a tu cama?

José Ignacio abrió un ojo gris, idéntico a los de su madre, y murmuró algo incomprensible.

- Anda, cielo…

Mientras el joven se enderezaba, Catalina le besó la sien y dio un par de pasos atrás.

- Ve a dormir, mi vida… ya seguirás con eso mañana…

José bostezó, tomó su varita y desvaneció sus apuntes. Después de enviar el diccionario a su sitio con otra sacudida de varita, se levantó pesadamente y siguió a su madre con paso cansino. La lámpara mágica extinguió su luz en cuanto puso pie fuera de la biblioteca.

Mientras José Ignacio se metía en su cama agotado, Catalina miraba fijamente a Carlos, que aunque sabiéndose observado aún mantuvo la vista fija en el periódico unos segundos.

- Lo habías visto tu también ¿Verdad? – Dijo ella.

- Ajá.- Asintió él medio sonriendo, todavía sin levantar la vista para mirarla.

- Y supongo que no lo había hecho antes…

- No lo creo. Es mas sencillo comprar una edición traducida. Pero no siempre están a la altura de las expectativas de quién las compra, sobre todo si han leído la versión original…

- Ya… dime una cosa ¿No se lo habrás sugerido tu?

Llegados a ese punto Carlos levantó la vista del periódico y la miró fijamente, sus ojos oscuros destilando ternura. Y sinceridad.

- No. Nunca se lo he mencionado. Ni siquiera insinuado. Pero es mi hijo. Tampoco es tan raro que se le ocurran cosas que también se le ocurrieron a su padre de joven…

Catalina permaneció un rato callada, sin saber muy bien qué decir. Al final, fue él el que habló.

- Está enamorado.

Ella suspiró. Aquellas dos palabras decían muchísimo. Le devolvió la mirada, suspiró otra vez y a continuación se acercó a besarle la mejilla.

- Es tarde…- Susurró en su oído. El, aunque podría haber permanecido despierto y despejado un buen rato, no se hizo de rogar. Dobló el periódico, lo dejó en la mesita baja, apagó la lámpara de pie con la varita y se levantó.

Juntos, abrazados, se retiraron hasta el día siguiente.

En un cajón de la mesilla, Catalina lo tenía. Perlas del Alma, se llamaba. Un libro de poesía de un mago Sufita del siglo XIV, escrito en árabe. Muchos años atrás, Carlos se lo tradujo. "Porque no hay traducciones que me satisfagan plenamente. Porque te amo". Y ahora su hijo hacía lo mismo, robando horas al descanso. Debía estar equivocada, reflexionó acariciando la tapa de cuero de aquel libro escrito a mano. Por primera vez estuvo convencida de que su sobrina no era un simple amorío de verano.

(Nota: los versos están inspirados en textos de Victor Hugo, no de un poeta sufita. El título también)