VII
Con ocasión de la onomástica de Fiera, este capítulo y el próximo están dedicados a la interacción entre sus personajes y los mios.
ARS MAGICA I
Babe se sentó tranquilamente en un asiento libre del 3M, depositó la mochila en el suelo y extrajo un cuaderno y un boli. El suburbano mágico aún tardaría cinco minutos en hacer parada en Fuente del Berro, tiempo suficiente para dejar listos un par de ejercicios de funciones. Así iba adelantando y no tendría que dedicar tanto tiempo en casa a los deberes de la Moñis. La Moñis… Se repitió mentalmente que tenía que tener cuidado, que ya se le había escapado una vez el mote delante de su padre y se había librado por los pelos de explicarle de dónde venia…, pero enseguida se enfrascó en lo suyo y no se percató de que, al parar en la estación de Serrano, se bajaba la bruja que hasta entonces había estado sentada a su derecha y subía una chica, mochila al hombro y expresión un poco congestionada.
Pilar Calatayud, que también iba con sus correspondientes agobios escolares aunque no eran tan mundanos como los de su compañera, sí se fijó en Isabel. Sentía una mezcla de admiración y envidia sana de aquella chica tranquila y alta, que con dos años menos que la media de la clase de Pociones a menudo les daba varias vueltas a todos los demás. Un poco asfixiada por la carrera que se había echado para colarse en la parte mágica de la estación a toda mecha, para no ser vista por los muggles, cogió aire y se lanzó a sentarse.
Babe levantó la cabeza del cuaderno al sentir una presencia junto a ella, la miró con sus ojos claros y saludó con un medio tímido "hola", que fue correspondido con un movimiento de cabeza por parte de Pilar, que la pobre seguía jadeando.
- Has corrido.- Susurró Babe. La otra chica asintió con la cabeza mientras depositaba su mochila a los pies.- ¿Muggles? - Tras lanzar un suspiro afirmativo, Calatayud abrió la mochila y sacó un libro. Babe vio por el rabillo del ojo un destello y supo que, aunque la apariencia era la de un texto escolar, en realidad se trataba de un libro de magia. Sin darle mayor importancia volvió a sus matemáticas sin percatarse de que Pilar le dedicaba una mirada perpleja.
Las clases muggles habían terminado hacía poco, por lo que los estudiantes avanzados de Pociones de Madrid y aledaños habían corrido al medio de transporte colectivo por antonomasia para llegarse hasta la Schola. Ninguno tenía clases muggles por la tarde, así que podían dedicar dos o tres horas al nobilísimo Ars Magica de los hervores. Pero antes de enfrentarse a un caldero borboteante, les alimentarían en el comedor de la Schola. Babe, por lo que respectaba a esa parte, no se sentía particularmente entusiasmada. Desde hacía unos pocos años se encargaba de la contrata doña Lutgarda, la de los campamentos mágicos, lo que en su opinión traía por consecuencia un menú mas bien monótono y tirando a poco rico. Las preocupaciones de Calatayud, en cambio, iban por otros derroteros. El profesor de Pociones ya había advertido que dedicarían la jornada vespertina a una prueba práctica, y Pilar, responsable cien por cien pero un poco atragantada con las pociones, quería obtener un buen resultado. Sobre todo después del desbarajuste de la semana anterior, que tuvo por consecuencia dejar completamente inútil su caldero.
Por eso quizás parpadeó sorprendida al perder la vista sin querer por el cuaderno de su compañera un instante antes de concentrarse en su repaso y constatar que, en contra de lo que cualquiera esperaría, Fernández de Lama se estaba dedicando a las muy muggles matemáticas.
- Eh, ya estamos.- Babe le rozó el codo y Pilar, al levantar la vista del libro, observó por la cristalera cómo tomaba forma el andén. Las dos chicas se apresuraron a devolver sus cosas a sus mochilas y salieron del vagón con unos cuantos chavales mas, y fue entonces cuando Pilar registró que su compañera llevaba puesto un chándal. Seguramente, el del colegio.
Pensó en hacerle una observación al respecto, pero enseguida recordó que a Babe no le gustaba llevar uniforme del cole a las clases de magia. Era la mas pequeña de la clase y la falda escocesa y el jersey azul marino lejos de homogeneizarla con el resto la hacían destacar, así que tal vez tampoco le apeteciera que aludieran a su atuendo deportivo.
A continuación sopesó si preguntarle cómo llevaba Pociones mientras subían a buen ritmo las escaleras, pero finalmente desistió porque, era obvio, si lo que repasaba eran matemáticas tenía que estar muy segura. Al final, emergieron de la boca del metro sin haber intercambiado palabra, la mayor bastante mas violenta que la de menos edad porque en realidad le hubiera encantado hablar de algo con ella.
- ¡Hola Piluki! ¡Hola Babe! – Carmen y Charo estaban esperándola, la primera apoyada descuidadamente en un poste del metro con cierta cara de hastío. Las pociones no le gustaban nada, mientras que Charo, que tenía bastante mas maña que su otra amiga, lucía una amplia sonrisa. De hecho, había sido la que había lanzado el saludo la primera.
- Hola.- Contestó Babe colocándose bien la mochila a la espalda mientras Pilar le dirigía un "¿Cómo lo llevas?" a Charo que segregaba por todos los poros la preocupación por el examen.
- ¡Qué deportista te vienes hoy, Lama! – Exclamó Carmen mientras Charo respondía a Pilar con un encogimiento de hombros y una sonrisa. ¡Qué iba a decir! Ella no estaba nerviosa como su amiga. Y de la misma manera que no pensaba dejar que Pilar la alterara con sus preocupaciones, tampoco pretendía ponerla a ella aún mas nerviosa.
- No me daba tiempo a cambiarme…- Replicó Babe en voz bastante baja para tratarse de una adolescente.- Hoy en mi colegio es el día del…
- Vaya, Lama por fin muestra la realidad. Tiene el mismo estilo refinado de los Azcona.- Santamaría, como siempre tan agradable, soltó el improperio según pasaba por delante mientras Coronado, su perrito faldero, dejaba escapar una risita tonta.
-Y tu tienes la misma educación que un hombre del saco domiciliado en un estercolero.- Saltó Carmen como si la hubieran pinchado con un alfiler en el trasero. De haber querido controlarse, no la habría ayudado nada en absoluto la fecha del mes en la que se encontraban. Pero en su fuero interno se autojustificó diciéndose que esa individua merecía la misma consideración que ella misma se gastaba con los demás. Es decir, ninguna. Sin embargo Santamaría ya estaba dentro del recinto de la Schola poniendo ojitos a Norberto Leveque, un chaval de El Puerto de Santa María que se había venido a vivir ese curso a Madrid con su familia y no la oyó, o no quiso dejar ver que la oía.
- No pasa nada, Aguirre.- La intentó sosegar Babe.- Mi abuela dice que a la gente así lo mejor es no hacerles ni pizca de caso. Ya sabes, ese refrán de "no hay mayor desprecio que no hacer aprecio…"
- Pero es que es…- Replicó Carmen enfurecida.
- Estúpida. Ya lo sabemos. Probablemente de nacimiento.- Terció Pilar, que gracias al pequeño altercado, y por mor de aquello de que no hay mal que por bien no venga, había olvidado de golpe todas sus preocupaciones por el examen de pociones. Además se sentía plenamente identificada y solidaria con Carmen y su enfado. Porque a ver ¿Qué tenían de malo los Azona?
- Deberíamos ir entrando.- Charo metió baza antes de que Carmen siguiera poniendo verde a Santamaría.- El timbre del comedor está a punto de de perforarnos los tímpanos.
Las cuatro chicas estuvieron de acuerdo e iniciaron una marcha cansina, a pesar de la amenaza estridente, hacia el comedor del colegio.
- Pero bueno…- Carmen, algo mas calmada, retomó la conversación anterior.- Al final no nos has dicho el por qué de tu atuendo.
- Oh, es verdad.- Babe sonrió tímidamente mientras Pilar se preguntaba por qué ella no tenía la soltura de su amiga para preguntar cualquier cosa sin darle previamente mil vueltas sobre si caería bien o no la pregunta.
- Hoy es el Día del Deporte Solidario en mi colegio.- Aclaró la aludida tranquilamente.
-¿Día del Deporte Solidario? – Carmen alzó las cejas.- Y eso ¿En qué consiste exactamente?
- Se organizan actividades deportivas para todos los cursos y se recaudan fondos para una fundación que tienen mis monjas.- Babe metió las manos en el bolsillo de la sudadera roja que llevaba puesta y estiró, de manera que pudieron leer un montón de palabras dispuestas en estrella, del tipo "amigos" "familia" "solidaridad" "mundo" "pobres"… En una manga, impreso inclinado de una forma muy moderna, el escudo de las Esclavas. Era obvio que una de las fuentes de recursos era la venta de prendas - ¡Teníais que haber visto a mi hermana pequeña! ¡Saltando en plan rana! – Añadió la chica con una sonrisa.
-¿A Mencía? – Preguntó Pilar un poco dubitativa.
- A la mas pequeña. Se llama Cristina y tiene cinco años.- Aclaró Babe con una carcajada. Y ni corta ni perezosa se sacó el móvil del bolsillo del chándal y rebuscó hasta encontrar un vídeo que les mostró.
- Ah, perdona, no sabía que tenías una hermana tan pequeña.- Se disculpó Pilar mientras observaba a una cría de ojos oscuros, por lo demás bastante parecida a su hermana mayor, dando saltos en el suelo con una sonrisa de oreja a oreja.
- Tranquila. Es la última y no hay mas que no conozcas. Pero no veas cómo controla. La enana hace "así"- Babe agitó un dedo.- y desvanece un lápiz tan tranquila. Y lo mejor es que vuelve a menear el dedo y lo hace aparecer.
-¡Qué dices! – Exclamó Carmen admirada. Pilar en cambio, como era la única mágica en su casa, no se atrevió a decir nada porque no sabía muy bien cuánto de maravilloso había en todo aquello.
- Mi madre dice que su hermana es una Crack para la magia. -Charo se rió y con ella las otras tres, que para eso tenía una alegría contagiosa capaz de romper las tensiones. Además, de repente imaginar a la madre de Charo, tan clásica ella para todo utilizando esa expresión, no dejaba de tener su punto gracioso. Y Pilar, mucho mas relajada y suelta, soltó una risotada.
- Vamos.- Añadió Charo cuando las risas amainaron un poco. Se disponían a unirse a la cola del comedor y unos metros adelante vislumbraron a Santamaría.- Lo de vuestro día solidario es justamente algo completamente desconocido para algunas.- Y las cuatro volvieron a reír. Isabel era un par de años menor, pero con aquella altura que se gastaba, que le sacaba a Carmen unos cuantos dedos y eso que ella era la mas alta, y esa especie de aura de calma que solía envolverla, hacía olvidar a menudo la diferencia de edad. En un momento en el que desentendió de la charla para echar un ojo a los mostradores de comida, Pilar no pudo evitar hacer un comentario al respecto a sus dos amigas.
- Esta chica… nunca parece que tenga quince años…
- Dice mi madre que Babe es como su madre…- empezó a decir Charo, que era la que mas había tratado a los Fernández de Lama desde niña porque Cecilia mantenía una buena relación de amistad con su padre, derivada de los puntos comunes de su trabajo en el mundo mágico. Pero no terminó la frase porque Babe había vuelto con ellas.
- Macarrones con chorizo y tomate – Murmuró meneando la cabeza.- ¿Cómo pueden salirle tan malos?
- A los chicos parecen gustarles…- Comentó Pilar, que en esos momentos andaba fijándose en Manu Azcona y su hermano, unos metros por delante en la fila y demandando cazos adicionales.
- Los chicos se comen cualquier cosa.- Sentenció Carmen, que tenía un hermano mayor y otro de catorce, y ambos comían como limas.
- Eso dice mi madre…- Babe se sumó a la afirmación.- Mi hermano solo tiene diez años, pero se comería media fuente de esos macarrones si lo dejaran. Aunque claro, que mi hermana Mencía es posible que también lo hiciera.
- De todas formas podría haber sido peor.- Reflexionó Charo una vez que tenían las bandejas con la comida y caminaban hacia una mesa libre.- La Doña tiene platos peores.
- Es cierto.- Corroboró Babe.- La pizza es horrorosa.
- Congelada.- Añadió Carmen.
- En las Cochibambas, de donde procede.- Añadió Pilar.- Y los plátanos.
- Oh, si. Los plátanos.- Asintió Carmen.- ¿Cómo puede encontrar plátanos tan malos?
-¡Pues ya te lo ha dicho Pilar! – Exclamó Charo divertida.- ¡En las cochibambas!
Entre bromas, la hora de la comida pasó rauda. Y aunque Pilar se había relajado bastante, una sensación de ahogo en la boca del estómago regresó según caminaban hacia el aula de pociones.
El profesor ya los estaba esperando, delante de una pizarra inmaculada y una mesa llena de ingredientes. Pilar sintió que se le encogía aún mas el corazón. Odiaba ese tipo de sorpresas.
