CAPÍTULO 8

OFICIALMENTE

6 de enero de 2028, por la mañana temprano…

Mónica abrió los ojos y de inmediato sintió muchas, muchas ganas de salir corriendo de la cama para ir a mirar debajo del árbol de Navidad del salón. Seguro que los Reyes Magos ya habían pasado por casa y dejado un cargamento enorme de regalos. Claro que papá le había recordado antes de darle un beso de buenas noches que ningún niño o niña debe sorprenderlos en faena. Ni aunque, como ellos, una sea una niña mágica. Tras reflexionar todo aquello, muy nerviosa, decidió que lo mejor era llamar a sus padres. Al fin y al cabo ellos eran adultos. Si echaban una mirada al salón y se encontraban a sus Mágicas Majestades no pasaría nada en absoluto. Así que, ni corta ni perezosa, empezó a gritar.

-¡PAPÁAAAAAA! ¡MAMIIIIIIIIIII! ¡QUE YA ESTOY DESPIERTAAAAAA!

Mónica esperaba que apareciera papá, con el pelo revuelto y el pijama de rayas que tanto le gustaba a ella y a mamá. Era un poco mas difícil que viniera primero mamá, con aquella enorme barriga. Pero es que dentro estaban sus hermanitos gemelos. A veces era muy emocionante poner las manitas en la tripa y notar como se movían.

"Este es el revoltoso" – Decía mamá cuando una parte de su barriga se movía con fuerza.- "Y este el tranquilo" – Y por el otro lado la niña notaba un suave mecido, casi como las olas del mar.

Había oído alguna que otra vez a papá decirle a mamá que no tenía por qué ser siempre el mismo niño el que se movía tan agitado, pero mamá estaba segurísima de que siempre, siempre, se trataba del mismo.

No había venido nadie, así que Mónica se aprestó a volver a gritar. Y ya estaba cogiendo aire cuando en la puerta de su dormitorio apareció su abuelo Ricardo.

-¡Buenos días! – Exclamó jovial.

-¡Abuelo! - Mónica sonrió encantada antes de tirarse de la cama y correr a abrazarse a sus perneras, sin fijarse en que tenía las mejillas rasposas, el pelo revuelto y la ropa un poco arrugada. Ricardo le acarició la cabeza con afecto, divertido a la par que enternecido por la efusividad de la niña. Mónica apretó fuerte su pierna y alzó sus ojos grises:

-¡Has venido! ¿Y la abu Julia?

Mónica estaba acostumbrada a tener tres pares de abuelos: Belo Alberto y Bela Ceci, que eran los papás de mamá; el abuelo Ricardo, que era el papá de papá y abu Julia, que era su mujer; y yaya Clara, que era la mamá de su papá y yayo Doc, que era el papá de la tía Amelia. Todo un galimatías para algunos niños de su clase, pero para ella estaba claro clarísimo.

-¡Yo también estoy aquí! – Exclamó abu Julia sonriente. Mónica también volvió a sonreír y corrió de las piernas de su abuelo a su abu. Julia la abrazó con mucho afecto. Quería a Mónica tanto como si fuera de verdad su nieta. Era una niña alegre, cariñosa y expresiva, que cada vez que la tenía cerca le contaba mil y una cosas.

- Oye, Moni…- Julia consiguió despegar un poco a la cría y se agachó para ponerse a su altura. - … hoy es un día muy especial.

- ¡Si! ¡Habrán venido los Reyes! -La cara de la niña volvió a iluminarse.- Porque… habrán venido ya ¿No abuelo? – De repente la duda de que los magos de oriente siguieran en casa en plena faena volvió a asaltar a la niña, que dedicó a su abuelo una mirada inquisidora. Ricardo sonrió divertido.

- Claro que han venido, Moni. Debajo del árbol, en el salón, como siempre.

-¿Puedo ir ya?

- No se a qué estás esperando…

Mónica dio un saltito nervioso antes de salir como una pequeña centella hacia el salón. Ricardo se apresuró a seguirla armado con una cámara de fotos que hizo aparecer con su varita. Coleccionaba instantáneas de la niña abriendo regalos desde que empezó a darse cuenta del significado de la palabra, bien pequeña ella, porque las expresiones de asombro que ponía le parecían impagables.

No quedó defraudado en aquella ocasión, con la cría en pijama, de rodillas bajo el árbol, abriendo apresuradamente paquete tras paquete y gritando cosas como "¡Justo lo que yo quería!" y "¡Me encanta!", entre grititos un poco nerviosos y abrazos a las cajas de los juguetes mas deseados.

Al cabo de cinco minutos Mónica había llenado el salón de papeles rasgados y contemplaba sus nuevos juguetes con deleite. No se había dado cuenta de que la mesita baja estaba corrida y que el sofá había sido mágicamente enanchado pero sí percibió algo. La niña tenía cinco años y aunque no era de las mayores de su clase, porque había nacido en septiembre, era espabilada. Ya casi sabía leer. Y desde luego, había dos paquetes que no había abierto porque ponía claramente "mamá" y "papá".

- ¿Sabes, Abu? – Mónica se dirigió a Julia con los ojos muy abiertos.- Papá y mamá no se han despertado todavía.- Concluyó muy serena mirando los dos paquetes intactos.

- Sí se han despertado, Moni.- Explicó Julia con suavidad.- Lo que pasa es que no están en casa.

- ¿No? Por qué no? – Mónica, que hasta el momento no había cuestionado ni un segundo la presencia de sus abuelos en casa, de repente no entendía que papá y mamá hubieran tenido que salir temprano en un día como aquel. ¡Con regalos de por medio! Ricardo se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, la atrajo hacia él y la sentó en el hueco de sus piernas, de lado, para que pudiera mirarle a la cara.

- Verás, Moni. Parece que tus hermanitos han decidido nacer hoy. Papá y mamá se han ido al hospital. Antes de irse, papá nos avisó para que viniéramos a cuidarte.

Mónica lo miró fijamente un instante para después posar la vista en los regalos.

-¡Oh! – Exclamó con los ojos abiertos como platos.- ¡Hay que llevarles sus regalos al hospital! ¡Voy a vestirme!

Y ni corta ni perezosa se puso de pie como una exhalación y salió pitando para su habitación.

-¡Espera! – La llamó Julia.- ¡Primero tienes que desayunar!

-Y además, hasta que papá nos avise, tenemos que esperar en casa.

Mónica, que se había detenido en seco a las puertas del pasillo, dedicó una mirada indecisa a sus abus. De repente quería que la llevaran volando a San Mateo. O mejor, que la Desaparecieran hasta allí. Pero por otra parte notó que empezaba a dolerle la tripa de puro hambre.

- Bueno, vale…-Claudicó reconduciendo sus pasos hacia la cocina. Julia la siguió preguntándole si quería colacao con cereales, o tostadas, incluso si quería que le pidiera al abu Ricardo que fuera por buñuelitos a la Floriana. La niña se conformó con los cereales, por lo que Ricardo, aliviado por no tener que salir, dio media vuelta y encaminó sus pasos al salón para devolverlo a su estado inicial.

Darío les había avisado a las cuatro de la mañana. Isabel se había levantado para ir al baño y entonces había roto aguas. Todavía faltaban quince días para que saliera de cuentas, pero tratándose de un embarazo gemelar, lo normal era un adelanto. Julia y él se habían presentado diez minutos después para quedarse con Mónica, que dormía plácida en su cama. Ricardo había levitado la mesita baja para hacer espacio y ampliado el sofá para que Julia pudiera dormir mas o menos cómoda. El, por su parte, había echado unas cabezadas en un sillón reclinable. De ahí el aspecto de la habitación y su propia apariencia, descuidadísima para lo que era él.

Sacó la varita y se dispuso a dejarlo todo en orden, incluido el desvanecimiento de los papeles de envolver rasgados y los lazos deshechos. Ricardo esperaba que todo fuera bien esta vez. Había encontrado a su nuera tranquila, pero no podía decir lo mismo de su hijo. Durante todo aquel embarazo Darío no había podido quitarse de la mente del todo ciertos temores, después de los problemas que sobrevinieron al nacimiento de Mónica. Y poco le habían tranquilizado los sanadores repitiéndole una y otra vez que la infección mágica que padeció su mujer entonces había sido un caso fortuito, que no tenía por qué volver a repetirse. Y aunque insinuó varias veces que podrían irse a un hospital muggle, su nuera insistió en "su hospital", con sus compañeros, en los que confiaba ciegamente.

Ricardo respiró hondo y se afanó con la varita. Isabel era sensata, no había trabajado en los últimos meses, se había cuidado mucho y se sentía preparada y segura. No tenía por qué repetirse aquello, se dijo antes de invocar el levitatorio.

Mónica, en la cocina, era todo verborrea mientras comía a toda prisa.

- Entonces… ¿Podemos ir a ver a los bebés en cuanto termine de desayunar? – Decía entusiasmada a la vez que se ponía la cara perdida de chocolate.

- No han nacido todavía, Moni.- Decía Julia con calma.

- ¿No? ¿Cómo lo sabes? – Preguntaba la niña con los ojos muy abiertos.

- Porque todavía no ha llamado tu papá.- Contestaba Julia sonriendo.- En cuanto hayan nacido, nos avisará. Y querrá hablar contigo.

-¡Oh!- De repente, Mónica frunció el ceño y exclamó.- ¡Abu!

- ¿Qué mi vida? – Preguntaba Julia paciente.

-¡Los Reyes! ¡No han traído nada para los bebés! ¡Voy a ver si hay algo que les guste de lo que me han traído a mí…! – Y Moni se levantaba de la mesa dispuesta a salir corriendo de vuelta al salón.

- Tranquila, Mónica. Termina primero el desayuno.- Julia la tranquilizaba divertida.

-¿Crees que les gustará el barco de las Polly Pins? – Preguntaba la niña refiriéndose a una especie de lancha con unas muñequitas cabezonas con el pelo de colores y un montón de complementos minúsculos que hacían furor entre sus coetáneas. - ¡El Abu puede reducirlo con un hechizo para que nos lo llevemos!

- Creo que son un poco pequeñitos todavía para ese juego. Seguro que prefieren que lo disfrutes tu, que eres mucho mayor…

-OOOOOhhhhh. Pues el muñeco con la sillita es de chica. – Seguía pensando la niña. Julia no le cortó la iniciativa, aunque con cada juguete alternativo le mostraba prudentemente por qué sus hermanitos no podían jugar con ello. Al fin y al cabo, mientras Mónica anduviera pensando en los juguetes no estaría nerviosa por salir pitando.

El caso fue que no eran ni las diez y media cuando sonó el teléfono, y Mónica, con la servilleta enganchada en el cuello del pijama y perdiendo las zapatillas, salió corriendo hacia el salón, tan de prisa que a poco no vierte lo que le quedaba en la taza del colacao.

- Si…- Decía el abu Ricardo.-… estupendo… ¿Cómo se encuentra Isabel…? … ¿Y tu, como estás hijo?... entiendo… Así que quieres hablar con cierta señorita…- En ese momento bajó la vista para mirar sonriendo a la cría, que con la cabecilla alzada y la boca un poco abierta le miraba expectante.

- Ahora te la paso….- Ricardo se agachó y, en cuclillas frente a su nieta, le pasó el teléfono.

- Es papá, Moni. Tiene algo muy importante que decirte.

Mónica se apresuró a coger el aparato y ponérselo en la oreja.

-¡Papi! – Gritó al auricular tan fuerte que Darío casi no hubiera necesitado de artilugio de comunicaciones para oirla.

- Felicidades Mónica.- Dijo Darío con ternura.- Ya eres, oficialmente, toda una hermana mayor.

La niña se quedó sin palabras un instante, henchida de felicidad. Y a continuación bombardeó a su padre con multitud de preguntas que a Darío casi no le daba tiempo a contestar. Tres minutos mas tarde, algo mas calmada, habló con su mamá. Después volvió a hablar con papá, que después de despedirse le pidió que le pasara el teléfono al abu. Mónica estaba tan extasiada con la noticia que no escuchó lo que decía su abuelo por teléfono. Papá le había dicho que Santi era un poquito mayor que Rodrigo; que los dos eran muy pequeñitos y que se parecían un poco a ella cuando era un bebé. Santi era algo mas gordito y Rodri tenía una manchita en la manita izquierda en forma de estrella, que se iría con el tiempo pero que, siendo bebé, le haría mas fácil distinguirlo de su otro hermano. Porque por lo demás, eran como dos gotas de agua. Todavía no se hacía bien a la idea cuánto de pequeños eran sus hermanitos. ¿Cómo los Nenucos con los que jugaba? Ni cómo de iguales. ¿De verdad eran gemelos-gemelos? Parpadeó sorprendida cuando abu se agachó otra vez delante de ella. Ya no tenía el teléfono en las manos porque era abu Julia la que hablaba muy entusiasmada.

- Moni… dicen papá y mamá que podemos ir a conocer a tus hermanitos cuando queramos.

La niña sonrió encantadísima y dio un saltito.

-¡Voy a vestirme! – Chilló tomando de la mano a su abu. Sabía vestirse sola y era bien capaz de elegir qué ponerse, pero no llegaba a todo el contenido del armario. Ricardo se dejó llevar divertido, aunque hubo de ir bajando con la varita mas de un objeto. Con la emoción, Mónica estaba experimentando no un estallido sino todo un chorreón de magia involuntaria, y a su paso por la casa iba haciendo flotar de todo.